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Jueves, 25 de abril de 2019

Crónica breve de las renuncias papales

De Enciclopedia Católica

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San Clemente I (88-96)
San Ponciano(230-235)
San Silverio(536-537)
San Martin I(649-654)
Benito IX (Reinó con intermedios entre 1032 y 1048)
Celestino V(1294)
(1406-1415)
Clemente VIII (1423-1429)
Benedicto XVI (2005-2013)
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La recentísima renuncia del papa todavía felizmente reinante, que será efectiva a partir de las 20 horas GMT del próximo 28 de febrero –produciéndose entonces el estado de sede vacante que terminará con la elección de su sucesor– pone de actualidad un tema quizás no tan conocido de la Historia de la Iglesia: el de los Papas que resignaron la dignidad y oficio de sucesores de Pedro. Son muy pocos, así que vale la pena detenerse un poco en casa caso.

El primero es el del tercer sucesor de san Pedro, el papa san Clemente I. Elegido el año 88 como sucesor de san Anacleto, son pocos los datos documentados de su pontificado. Según una piadosa tradición, pertenecía a la gens Flavia y en su juventud había conocido al Príncipe de los Apóstoles. De él quedó una Epístola a los Corintios generalmente aceptada como auténtica y por medio de la cual quiso intervenir para acabar con el cisma que aquejaba a esa iglesia, clara manifestación de la autoridad de la sede de Roma sobre las demás. Otros escritos atribuidos a san Clemente son apócrifos. Se le atribuye la fijación de la fórmula del símbolo Apostólico como profesión de fe en el rito del bautismo. Tuvo que enfrentarse a la persecución ordenada por su presunto pariente Domiciano entre los años 94 y 96. Asesinado el Emperador, su sucesor Nerva desterró a Clemente al Ponto en el Asia Menor. Allí, para que la iglesia de Roma no quedara sin pastor renunció al pontificado el año 97, señalando al griego Evaristo como su deseable sucesor. Esta renuncia no está, sin embargo documentada. San Clemente I habría muerto mártir poco después al ser arrojado al Mar Negro atado su cuello a un ancla. Su fiesta se celebra el 23 de noviembre y es titular de una basílica paleocristiana en Roma, construida en el siglo VI sobre el emplazamiento de una casa del siglo I, donde se desarrollaba el culto cristiano clandestino en tiempo de persecución y que una tradición quiere que perteneciera al proprio Clemente. El segundo caso histórico de renuncia papal y primero documentado es el de san Ponciano, obispo de Roma entre 230 y 235. De sus predecesores heredó la oposición de Hipólito de Roma, teólogo y escritor obsesionado con la ortodoxia hasta traspasar los límites de la prudencia. Hipólito ya había tenido problemas con el papa Ceferino (199-217) y desafió frontalmente al sucesor de éste Calixto I (217-222) erigiéndose en antipapa, el primero de la historia de la Iglesia. El cisma continuó bajo Urbano I (222-230) y su sucesor Ponciano, amigo y protegido del emperador Alejandro Severo. Al ser éste depuesto y asesinado por Maximino el Tracio, que ocupó su lugar como nuevo emperador, la suerte de Ponciano e Hipólito quedó sellada. Ambos fueron exilados en 235 a Cerdeña, donde fueron forzados a trabajar en la minas de Tavolato. Los rivales que antes se habían opuesto encarnizadamente por causa de Orígenes (admirado y defendido por Hipólito y discutido por Ponciano) se reconciliaron y, por el bien de la Iglesia, para que la sede de Roma no quedara sin pastor, se retractó de su cisma el antipapa y renunció el Papa el 28 de septiembre de 235, pudiendo así el clero de Roma elegir a san Ántero. Pocos meses después Maximino el Tracio condenó a muerte a ambos y los hizo ejecutar. El martirio de san Hipólito quedó envuelto en la leyenda, que lo quiso descuartizado por cuatro caballos a los que habían sido atadas sus extremidades. El 13 de agosto de 236, los restos de san Ponciano y san Hipólito, que habían sido llevados desde Cerdeña, fueron enterrados en el cementerio de la Vía Tiburtina de Roma. El canon segundo de la misa de rito ordinario se atribuye a san Hipólito y lleva su nombre. San Silverio, natural de Frosinone, gobernó la sede romana de 536 a 537. Era hijo legítimo del papa Hormisdas (514-523), el cual había estado casado antes de dedicarse a la Iglesia. Silverio, era subdiácono en Roma cuando el papa Agapito I murió en Constantinopla. A la sazón la Cristiandad se hallaba perturbada por la herejía monofisita (que negaba en la persona del Verbo dos naturalezas, divina y humana, subsistentes en una sola substancia divina), a pesar de haber sido condenada el siglo anterior en el concilio de Calcedonia, cuarto de los ecuménicos. La emperatriz Teodora apoyaba a los monofisitas y quería hacer elegir como sucesor del difunto Agapito a su protegido el diácono romano Vigilio, pero el rey ostrogodo Teodato –que no quería un papa agente de Constantinopla– se adelantó a la emperatriz y, gracias a su influencia, el clero romano, en principio reticente, eligió y consagró obispo a Silverio. Su pontificado se vio envuelto en las intrigas de la corte bizantina para hacerse con el dominio de Italia y acabó por ser depuesto violentamente por el general Belisario, enviado por el emperador Justiniano, el 11 de marzo de 537 bajo la falsa acusación de haber pretendido abandonar Roma a los ostrogodos. Vigilio, que había regresado a Italia después de fungir como apocrisiario en Constantinopla fue consagrado nuevo obispo de Roma en lugar de Silverio, que, privado de sus hábitos pontificales y vestido como monje, fue enviado desterrado a Patara en Licia. El obispo del lugar, convencido de la inocencia del depuesto papa, fue a la corte bizantina para pedir a Justiniano de que permitiera el regreso de éste a Roma. El Emperador accedió y dio orden a Belisario de instruir nuevamente su proceso, pero Vigilio no estaba dispuesto a abandonar la sede de Roma y logró que Silverio fuera desterrado a la isla de Palmarola en el Tirreno. El 11 de noviembre el Papa renunció al pontificado desde su exilio por bien de paz y, de este modo, el clero romano reconoció definitivamente al hasta entonces usurpador Vigilio. Menos de un mes después, el 2 de diciembre de 537, Silverio murió, a consecuencia de las privaciones de su destierro y de los malos tratos recibidos. Sus restos recibieron honrosa sepultura en la isla al siguiente año, el 20 de junio, día en que quedó fijada su fiesta en el santoral. Vigilio, por su parte, acabaría pagando cara su amistad con Teodora y sus coqueteos con los monofisitas, a los que se enfrentó valientemente como papa, lo que le valió la desgracia del emperador Justiniano. San Martín I (649-655) se vio en parecida tesitura a la de san Silverio, sólo que, en lugar de oponerse a los monofisitas (finalmente vencidos), lo hizo a los monoteletas, otros herejes que, si bien admitían en Cristo dos distintas naturalezas, no reconocían en cambio sino una sola voluntad (“monon the lema”, de ahí el nombre). Esta doctrina, defendida por los patriarcas Sergio de Constantinopla y Ciro de Alejandría unas décadas atrás, había contado con el apoyo del emperador Heraclio para atraerse a los monofisitas de Capadocia y Egipto contra sus conquistadores persas. El mismo papa Honorio I favoreció el monotelismo mandando callar a san Sofronio, celoso defensor de la ortodoxia. Pero sus ataques motivaron que Sergio redactara una formulación más prudente del monotelismo llamada la “Ekthesis”, que esperaba fuera aceptada por todos los patriarcas de la Cristiandad. Sin embargo, los sucesivos papas Juan IV y Teodoro I se opusieron a ella con el apoyo teológico del monje constantinopolitano san Máximo el Confesor, cuyos argumentos influenciaron para que el emperador Constantino III, sucesor de Heraclio, la retirara aunque de forma desfortunada, mediante el “Typos”, decreto que imponía el silencio sobre la cuestión. El sucesor del papa Teodoro, el antiguo apocrisiario Martín, apenas elegido, reunió un sínodo en Roma, en el palacio de Letrán,en el cual proclamó la doctrina de las dos naturalezas y dos voluntades en la persona de Cristo, condenando el monotelismo, a sus jefes, la “Ekthesis” y el “Typos” . El emperador Constante II, proclive al monotelismo, consideró que esta postura del Papa constituía una infidelidad política al Imperio y acabó por hacerlo por llevar, el 17 de junio de 653, a Constantinopla, donde le retuvo en un régimen de duros tratos para doblegarlo. Cargado de cadenas y en un estado deplorable, fue condenado a muerte y constante quiso incluso hacerlo ejecutar, pero a última hora le conmutó la pena y lo desterró al Quersoneso Táurico. El 10 de agosto de 654 era elegido en su lugar el romano Eugenio I. Martín no se opuso a ella, con lo que se dio por sentada su renuncia. El 16 de septiembre del año siguiente moría en su exilio como consecuencia de las graves privaciones sufridas en él, razón por la que se le considera mártir, festejándosele el 12 de noviembre. Quizás la renuncia más polémica sea la de Benedicto IX, descendiente de los Teofilactos y los Crescencios, dos familias emparentadas entre sí, que habían prácticamente monopolizado el poder en la Roma papal del siglo de hierro. Era sobrino de dos papas hermanos, Benedicto VIII y Juan XIX, sus inmediatos antecesores en el sacro solio. Llegó a él gracias al oro prodigado al clero romano por su padre Alberico III, conde de Túsculum, cuando apenas contaba doce años. Ferdinand Gregorovius, escribe que “con Benedicto IX el papado tocó el fondo de la decadencia moral". Reinó durante doce años, lapso notable si se tiene en cuenta la rápida sucesión de la mayoría de sus predecesores. Se entiende que, a los 24 años, este muchacho sin vocación y entregado a toda clase de vicios se hubiese cansado de hacer de papa. Su desfachatez y cinismo colmaron la paciencia del pueblo, que se rebeló y lo expulsó de Roma. En su lugar fue exaltado Silvestre III (1045), que parece haber utilizado la simonía para su elección y no duró mucho tiempo, ya que Benedicto recuperó su trono, aunque sólo para venderlo a los veintiún días, el tiempo necesario para excomulgar a sus enemigos y buscar un comprador. A la sazón era arcipreste del “título” o parroquia de San Juan ante Portam Latinam Juan Graciano, padrino del papa, imbuido de un acendrado espíritu de reforma. Creyendo hacer un bien a la Iglesia, Juan Graciano, dueño de una inmensa fortuna, aceptó el inicuo trato comercial, que se formalizó mediante contrato subscrito por intermediación del conde Gerardo de Galeria. Benedicto IX pronunció su renuncia, cogió su dinero y se retiró a sus posesiones tusculanas mientras Juan Graciano se convertía en Gregorio VI (1045-1046). El nuevo papa intentó emprender una seria reforma entre su clero y quiso poner orden en el caos que reinaba en su capital. No tuvo ni los apoyos suficientes ni el tiempo necesario. Al cabo de un año descendió a Italia el emperador Enrique III, hijo de Conrado II, con la intención de hacerse coronar y de aclarar la confusa situación del pontificado romano. Reunió un concilio en Sutri, al que acudieron Silvestre III y Gregorio VI, que fueron depuestos, el segundo de ellos habiendo confesado espontáneamente el delito de simonía. Benedicto IX no compareció y el Emperador reunió un segundo sínodo en Roma, que declaró su deposición en contumacia. El 24 de diciembre de 1046 fue elegido en su lugar el sajón Sutger, obispo de Bamberg, que tomó el nombre de Clemente II pero reinó apenas nueve meses al sobrevenirle la muerte el 9 de octubre de 1047. Un mes más tarde, el 8 de noviembre de 1047, reapareció en Roma Benedicto IX, ocupando nuevamente el trono papal. Pero el Emperador, que no podía consentir el regreso sin más ni más de un personaje tan discutible instó a la renuncia a Benedicto, el cual aceptó y la hizo efectiva el 17 de julio de 1048, retirándose al monasterio de Grottaferrata, donde hizo penitencia y acabó sus días piadosamente. Ese mismo día Enrique III, con las manos libres después de haberse desembarazado de todos los papas en circulación y el apoyo del clero y del pueblo romanos, escogió al obispo bávaro Popón de Brixen para regenerar la sede romana. El nuevo pontífice se llamó Dámaso II; sin embargo no reinó ni un mes, muriendo el 9 de agosto. En el sucesivo mes de diciembre, el Emperador designó para ceñir la tiara al alsaciano Bruno de los condes de Eguisheim-Dagsburg, obispo de Toul, el cual fue ratificado por elección del clero romano el 12 de febrero siguiente y tomó el nombre de León IX. Con él se inició el gran período de la reforma gregoriana. Celestino II (Teobaldo Buccapecus), catalogado como antipapa (1124), en realidad fue elegido canónicamente como sucesor de Calixto II por los cardenales reunidos en la iglesia de San Pancracio y aceptó su elección, aunque no tuvo tiempo de ser entronizado, ya que Roberto Frangipani se presentó proclamando al cardenal Lamberto de Ostia, negociador del concordato de Worms de 1122. La mayoría de los presentes se adhirieron al nuevo elegido, que se llamó Honorio II (1124-1130), pero no quiso ser consagrado hasta que no se convalidase su elección, lo que sólo fue posible gracias a la generosa actitud de Celestino II, el cual prefirió formular su renuncia y retirarse para evitar un cisma. Al calibrar las nefastas consecuencias que un cisma habría acarreado a la Iglesia, Celestino formuló su renuncia y así pudo ser elegido legalmente su rival. No habiendo apenas reinado un día, Teobaldo Buccapecus no entró oficialmente en la nomenclatura papal, de modo que otro papa posterior, discípulo de Abelardo, llevó el nombre de Celestino II, reinando cinco meses entre 1143 y 1144. Celestino III (1191-1198), nonagenario y cansado, pretendió renunciar a la tiara aunque a condición de que fuera elegido en su lugar un sucesor por él designado, a lo que se opusieron enérgicamente los cardenales. El Papa tuvo que volver sobre su decisión y murió poco después, el 8 de enero de 1198. Fue elegido en su lugar Lotario de los condes de Segni, que quiso llamarse Inocencio III y fue el papa más poderoso de la Historia. Y llegamos al “gran rifiuto”, la famosa renuncia de Celestino V. Elegido el 5 de julio de 1294, al cabo de más de dos años de sede vacante, Pedro de Murrone, monje ermitaño que vivía en medio de las mayores asperezas en los Abruzzos, se vio exaltado de la noche a la mañana a la mayor de las dignidades sin pertenecer al Sacro Colegio. Su renuencia a aceptar el Papado hubo de ser vencida por la porfiada ofensiva de sus entusiastas partidarios. Estos, entre quienes se encontraban nada menos que dos príncipes de la Casa de Anjou, le persuadieron de que la oportunidad era propicia para emprender en serio la tan necesaria reforma de la Iglesia. Los contemporáneos vieron en la macilenta y venerable figura del Papa Celestino al “Pastor Angélico” anunciado un siglo antes por el célebre abad calabrés Gioacchino de Fiore, “di spirito profetico dotato” según Dante. Pronto, empero, se reveló la impericia del buen monje al timón de la Barca de Pedro. Él mismo era consciente de estar fuera de lugar y añoraba la soledad de sus amados montes. Dándose por vencido, decidió renunciar a la tiara a los tres meses y medio de haber sido consagrado y coronado, el 13 de diciembre de 1294, con tremendo disgusto de sus sostenedores y para alivio de los cardenales, que no veían claro a dónde iba a conducir la aventura celestina a la Iglesia. Fue el cardenal Benedetto Caetani quien asesoró al Papa en el asunto de su renuncia, lo que dio lugar, cuando resultó elegido como su sucesor bajo el nombre de Bonifacio VIII, a graves acusaciones de turbios manejos, que se vieron reforzadas cuando el dimisionario, convertido nuevamente en el humilde monje Pedro, fue recluido bajo custodia en la roca de Fumone por orden del nuevo pontífice. Allí murió el 19 de mayo de 1296, suscitandose sospechas de asesinato, que recayeron naturalmente sobre Bonifacio VIII. En realidad, éste lo único que pretendía era poner a buen recaudo al ex-papa para evitar que fuera vuelto a entronizar por los descontentos y crear así una situación de cisma. Los aspectos más siniestros de esta historia pertenecen a la leyenda forjada por la propaganda de Felipe el Hermoso en su lucha sin cuartel contra Bonifacio. La renuncia de Celestino V, hecha según todas las formalidades y sin que mediara ninguna coacción (fue más bien presionado para que no la hiciera), fue un remezón para la Cristiandad, en el difícil tránsito del siglo XIII al XIV, en el que tocaba a su fin la Edad de Oro del Pontificado. Los que suspiraban por una Iglesia más espiritual y que tenían en el papa-ermitaño un punto de referencia, tomaron muy a mal su decisión y se sintieron traicionados. Dante, que era uno de estos cristianos, no dudó en colocar en el Infierno de su “Commedia” a Celestino V, que, en cambio, fue canonizado por Benedicto XI con el nombre de San Pedro Celestino, celebrándose su fiesta el 19 de mayo. En el contexto del Cisma de Occidente se produjeron aún dos renuncias, que, fueron las últimas en la Historia de la Iglesia hasta la de Benedicto XVI. Conviene, antes que nada, recordar a los protagonistas de este cisma: por un lado estaba Gregorio XII (el veneciano Angelo Correrio), papa de la obediencia urbanista o romana; por otro, Benedicto XIII (el aragonés don Pedro de Luna), papa de la obediencia clementista o aviñonesa. Ambos habían heredado la situación creada por el doble cónclave de 1378. Un tercer papa en discordia era Juan XXIII (Baldassare Cossa), de la obediencia pisana, aunque éste era claramente un antipapa al haber sido elegido como sucesor de Alejandro V (Pietro Filargio), designado por el conciliábulo de Pisa de 1405, que pretendió acabar con el cisma sin acatar los cánones y creando más confusión. El caso es que el emperador Segismundo (de la Casa de Luxemburgo) quiso acabar con el escándalo de una Iglesia tricéfala y decidió convocar un concilio en Constanza, al cual serían llamados los tres pontífices para que renunciaran simultáneamente y dejaran paso a un nuevo papa elegido por esa asamblea. Juan XXIII quiso jugar sus cartas y confirmó la convocatoria del concilio como continuación del cismático de Pisa de 1405. Baldassare Cossa dio solemnemente lectura al acta de su “cesión” en Constanza el 2 de marzo de 1415, pensando que de esta manera demostraba su buena voluntad y sería confirmado como Papa, lo que no ocurrió. Después de su abdicación, y habiendo abandonado subrepticiamente Constanza, Juan XXIII pretendió volver sobre aquélla, denunciando —tardíamente— que el concilio violaba las prerrogativas pontificias, lo que ya había sido puesto de manifiesto por Benedicto XIII, el más enérgico defensor de éstas contra las pretensiones de los conciliaristas. Cossa fue apresado y obligado a comparecer nuevamente ante el concilio, que lo condenó como apóstata y simoníaco. Se sometió y, después de un tiempo en prisión, fue liberado y rehabilitado por Martín V, acabando sus días como cardenal-obispo de Frascati. Ocupémonos de la renuncia de Gregorio XII. Después de poner a buen recaudo a Juan XXIII, el concilio de Constanza se ocupó del papa de la línea urbanista. Este, anticipándose a los acontecimientos, había ofrecido su espontánea abdicación a la asamblea, que la aceptó no sin antes recibir del pontífice la consagración de su carácter ecuménico mediante una convocatoria en forma. El 4 de julio de 1416, Gregorio XII dejó de ser papa para convertirse en Angelo, obispo de Porto, sede que le fue ofrecida por los padres conciliares como recompensa por su desprendimiento. En realidad, este sometimiento de un papa a un concilio sentaba un nefasto precedente a favor del conciliarismo, que proyectaría su amenaza en los sucesivos pontificados hasta el punto que, todavía en el siglo XVI, se hablaba de apelar contra el Papa a un futuro concilio. Con la dimisión de Gregorio XII quedaba Benedicto XIII como papa indiscutible, pero no se le perdonaba su tenacidad en defensa del primado papal y su frontal oposición a Constanza, por lo que se le declaró depuesto el 26 de julio de 1417, después de intentar inútilmente llegar a un compromiso. El último obstáculo para la solución conciliarista había sido removido, quedando el camino expedito para la elección de un papa a la medida de las circunstancias, la cual tuvo lugar, como se verá en otra parte, en noviembre de 1417 y recayó en el cardenal Odone Colonna, que se llamó Martín V. Benedicto XIII se había refugiado en Peñíscola, en el Reino de Valencia. Abandonado de todos, no cejó, sin embargo en la defensa de sus derechos y murió, a lo que parece, el 23 de mayo de 1423, en la más extrema ancianidad y en la conciencia de ser el único papa legítimo. Reunidos en cónclave en el mismo palacio-fortaleza, tres de sus cuatro cardenales, Loba, Dahé y Bonnefoi (faltaba Carrier, que se hallaba en Francia), después de muchos forcejeos, no exentos de ciertos manejos simoníacos y en los que se inmiscuyó la autoridad de Alfonso V de Aragón, eligieron al canónigo preboste de Valencia y arcipreste de Teruel Gil Sánchez Muñoz, que tomó el nombre de Clemente VIII y se apresuró a crear dos nuevos cardenales. En cuanto al cardenal Carrier, una vez enterado de la muerte de Benedicto XIII y la elección de Muñoz en las circunstancias reseñadas, declaró ésta inválida ante notario, así como degradados a sus colegas, que a ella se prestaron. No quedando otro cardenal legítimo fuera de él mismo, procedió a elegir a Bernardo Garnier, sacristán de la catedral de Rodez, como el verdadero sucesor del Papa Luna, en honor de quien quiso llamarse Benedicto XIV. A pesar de este pequeño cisma —que tuvo sus secuaces durante mucho tiempo en el condado de Armañac— y de la ambigua actitud de la corte aragonesa, Clemente VIII se mantuvo fuerte en sus posiciones durante tres años. Martín V envió, entonces, a su secretario privado, el valenciano Alfonso de Borja, a Peñíscola para convencer a su rival a ofrecer su voluntaria renuncia. Clemente entró en razones y, en nombre de la paz de la Iglesia, abdicó en el curso de una digna ceremonia que tuvo lugar el 26 de julio de 1429. Durante la misma, revocó todas las medidas promulgadas contra el papa de Roma y convocó un nuevo cónclave, en el que entraron él y sus cardenales. La elección recayó unánimemente en el cardenal Colonna, o sea Martín V, con lo que éste quedó confirmado y convalidado como único e indiscutible Papa de toda la Cristiandad al cabo de cincuenta años de una división que, por su envergadura y sus complicaciones fue llamada “el Gran Cisma". La renuncia de Clemente VIII granjeó a éste la gratitud de Martín V, quien, a través de su legado, le nombró obispo de Mallorca, cargo en el que murió en 1446, siendo enterrado en una espléndida tumba que se puede ver en el capítulo canonical de la Catedral de Palma. También para Alfonso de Borja tuvo felices consecuencias el resultado de sus gestiones en Peñíscola, pues fue creado cardenal por su apostólico señor y ello le posibilitó su elección como Papa en 1455, convirtiéndose en Calixto III. En tiempos más recientes se llegó a plantear la posibilidad de la renuncia papal. Pío VI (1775-1799), fue la gran víctima de la Revolución Francesa. Depuesto como príncipe temporal y proclamada la República Romana el 15 de febrero de 1798, el Directorio lo hizo su prisionero y lo deportó de Roma cinco días después, dispersándose el sacro colegio. Después de un largo y penoso viaje que lo llevó por la Toscana, Bolonia, Parma, Turín, Grenoble y Briançon, llegó enfermo y al límite de sus fuerzas a Valence, donde murió acabado el 29 de agosto siguiente, a la edad de 81 años. Se supo que Pío VI, antes de partir prisionero, había dado a sus cardenales la consigna de no hacer caso de ninguna orden dada en su nombre contraria a la Religión ya que no podía considerarse dueño de sus actos y, en consecuencia, procedieran como si hubiera dado su renuncia y se reunieran en cualquier lugar donde pudieran estar seguros la mayoría de ellos para elegirle sucesor, lo cual no llegó a producirse.Todavía, sin embargo, la Revolución perturbaría la paz del vicario de Cristo, esta vez por medio de Bonaparte, proclamado servilmente emperador por el Senado el 28 de marzo de 1804 y que quería coronar sus grandes victorias militares con un indudable triunfo moral, reeditando los fastos de la coronación imperial de Carlomagno por el papa León III. A este efecto envió a Roma a su tío el cardenal Fesch para manifestar a Pío VII (1800-1823) su deseo de que fuera a París para coronarle. Nada más saber los proyectos de Bonaparte entró el papa Chiaramonti en un estado de gran perturbación, pues aprobar con su presencia la exaltación de un usurpador, del hijo y agente de la Revolución, del asesino del duque de Enghien y ceñirle la corona cesárea mientras existía todavía un Sacro Romano Emperador, defensor nato de la Iglesia, constituía una clamorosa incongruencia de parte del Romano Pontífice, que aparecería ante los ojos de toda Europa como el servil capellán de un tirano. Pero, por otra parte, el amor por el bien de las almas de un pueblo como el de Francia, la hija primogénita de la Iglesia, apenas rescatado de una cruel persecución religiosa y para el que había comprado cara la paz mediante el concordato de 1801, pesaba considerablemente en la balanza y Pío VII quería evitar provocar la ira y el despecho de un enemigo todopoderoso que pudiera hacer perder todo lo conseguido. Llamó, pues, a consulta a veinte de sus cardenales, de los cuales cinco se mostraron totalmente contrarios a la coronación de Bonaparte por el Papa, mientras los otros quince dieron su parecer favorable aunque con serias reservas. Se pusieron varias condiciones para salvar la dignidad papal antes de aceptar la invitación. Bonaparte aceptó algunas y dejó entrever que las otras también acabaría por admitirlas. Envió entonces, el 15 de septiembre, al cardenal Caffarelli a Roma con la invitación formal para el Papa. Pío VII se confió a la Providencia y se aprestó al largo viaje con la esperanza de obtener de él las mayore ventajas posibles para la religión. Sin embargo, recordando cómo su predecesor Pío VI había sido tratado por la Revolución, tomó la precaución de dejar una carta escrita de puño y letra con su abdicación en manos de su secretario el cardenal Ercole Consalvi –a quien confiaba el gobierno político de Roma durante su ausencia– con la orden de hacerla pública en caso de que Bonaparte intentase retenerlo prisionero en Francia. El 2 de noviembre de 1804 iniciaba Pío VII su peregrinaje apostólico. Esta vez volvería, pero menos de cinco años después el temido cautiverio napoléonico se hizo efectivo, aunque no se hizo en ningún caso uso de la carta de renuncia. En circunstancias parecidas, el venerable Pío XII (1939-1958) reunió a los cardenales presentes en Roma en la Capilla Sixtina el 9 de febrero de 1944. Noticiado de que las fuerzas alemanas de ocupación tenían órdenes secretas de Hitler en el sentido de apoderarse de su persona y deportarlo a Liechtenstein o a Wartburg, en la Alta Silesia, el Papa, después de exponerles la gravedad de la situación, ante la aproximación del frente de guerra a la Ciudad Eterna, declaró que, ya que había ordenado a los demás obispos permanecer en sus puestos, junto a su grey, en los momentos de prueba, no estaba dispuesto a abandonar el suyo como obispo de Roma, aunque tuviera que pagar un alto precio. Acto seguido liberó a los purpurados de su juramento de fidelidad, que les obligaba a seguir al Papa hasta la muerte, y les dio la orden de reunirse en cónclave dondequiera, en caso de que fuera encarcelado, y elegir nuevo Papa como si él hubiera dado su renuncia. Hay que decir, que no hubo necesidad de aplicar esta medida extrema, porque Hitler, aconsejado por el General Wolff, oficial de las SS encargado de llevarlo a cabo, desistió del llamado “Proyecto Vaticano", concebido por Himmler (en el que estaba previsto no sólo capturar al Sumo Pontífice y a los altos cargos de la Curia Romana, sino también llevar la mayor parte de los tesoros artísticos vaticanos a Alemania). En los últimos años del pontificado de Pablo VI se especuló mucho sobre la posibilidad de su renuncia. El papa Montini había introducido la jubilación de los obispos a los setenta y cinco años y la de los cardenales a los ochenta en lo tocante a sus cargos en la Curia Romana y a la elección papal. Ello, unido a alguna enigmática referencia a San Pedro Celestino y a sus cada vez más frecuentes alusiones a sus dolencias, indujo a pensar a muchos que, al cumplir su octogésimo aniversario, Pablo VI, coherente con sus propias disposiciones, resignaría el cargo y se retiraría (probablemente al monasterio basiliano de Grottaferrata, por el que sentía una especial predilección). El caso es que, aun visiblemente desmejorado, el Santo Padre cruzó el umbral de la edad crucial sin mostrar la mínima intención de renunciar y murió en el poder casi un año después. Otro caso fue el del beato Juan Pablo II. Ya con ocasión de un accidente en su cuarto de baño (que ocasionó su internamiento en el policlínico Gemelli) se barajó nuevamente en ciertos círculos la posibilidad de una renuncia papal. Pero el papa Wojtyla estuviera por la labor y se dirigió a los médicos, confiándose a su pericia porque, según sus palabras, “no hay en la Iglesia lugar para un Papa jubilado”. Su evidente decadencia física, traspasados los 25 años de pontificado pusieron la cuestión dramáticamente sobre el tapete, pero Juan Pablo II se negó a “bajar de la cruz” y quiso dar en sus propias carnes una catequesis viviente de resistencia ante la enfermedad y la decrepitud, catequesis que no ha querido repetir el Santo Padre Benedicto XVI al anunciar su renuncia por las razones que guarda en su augusto pecho.

Rodolfo Vargas Rubio