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Jueves, 14 de noviembre de 2019

Clemente II, Papa

De Enciclopedia Católica

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(SUIDGER.)

Fecha de nacimiento desconocida; entronizado el 25 de Diciembre de 1046; fallecido el 9 de Octubre de 1047. En el otoño de 1046 el Rey de Alemania, Enrique III, cruzó los Alpes a la cabeza de un gran ejército y acompañado de un brillante séquito de príncipes seculares y eclesiásticos del imperio, con el doble propósito de recibir la corona imperial y de restaurar el orden en la Península Itálica. Las condiciones de Roma en particular eran deplorables. En San Pedro, Letrán y Santa María Mayor, se sentaban tres pretendientes rivales al papado (Ver BENEDICTO IX). Dos de ellos, Benedicto IX y Silvestre III, representaban facciones rivales de la nobleza Romana. La posición del tercero, Gregorio VI, era peculiar. El partido reformista, con el objetivo de librar la ciudad del yugo intolerable de la Casa de Tusculun, y a la Iglesia del estigma de la vida disoluta de Benedicto, había estipulado con este joven que el debería resignar la tiara mediante el recibo de una cierta cantidad de dinero. Que esta heroica medida para la liberación de la Santa Sede de la destrucción era simoníaca, había sido puesta en duda por muchos; pero que llevara el aspecto exterior de una simonía y que sería considerada una falla en el Título de Gregorio, y consiguientemente para el título imperial que Enrique estaba buscando, era la opinión general de la época.

Firmemente conciente de sus buenas intenciones, Gregorio se encontró con el Rey Enrique en Piacenza y fue recibido con todos los posibles honores. Se decidió que él debía convocar un sínodo que se reuniría en Sutri, cerca de Roma, en el cual toda la cuestión debía ser ventilada. Los procedimientos del Sínodo de Sutri, 20 de Diciembre, son bien resumidos por el Cardenal Newman en sus “Essays Critical and Histórical” (II, 262 ssg). De los tres pretendientes papales, Benedicto se rehusó a aparecer; fue nuevamente convocado y luego declarado depuesto en Roma. Silvestre fue “despojado de su rango sacerdotal y encerrado en un monasterio”. Gregorio demostró ser, si no un idiota, al menos un hombre miræ simplicitatis, al explicar en un franco discurso su acuerdo con Benedicto, y no elaboró otra defensa que sus buenas intenciones, y se depuso a si mismo (Watterich, Vitæ Rom. Pont., I, 76); un acto interpretado por algunos como una renuncia voluntaria, y por otros (Helefe), de conformidad con los anales contemporáneos, como una deposición por el sínodo. El Sínodo de Sutri se aplazó para reunirse nuevamente en Roma el 23 y 24 de Diciembre. Benedicto, al no aparecer, fue condenado y depuesto en contumaciam, y la silla papal fue declarada vacante. Como el Rey Enrique no había sido todavía coronado emperador, no tenía derecho canónico para participar en la nueva elección; pero los romano no tenían un candidato para proponer y rogaron al monarca que sugiriera a un sujeto valioso.

La primera elección de Enrique, el poderoso Adalberto, Arzobispo de Bremen, se rehusó enfáticamente a aceptar la carga y sugirió a su amigo Suidger, Obispo de Bamberg. A pesar de las protestas de este último, el rey lo tomó de la mano y lo presentó al clamoroso clero y al pueblo como su jefe espiritual. La reticencia de Suidger fue finalmente superada, aunque insistió en retener el obispado de su amada sede. Puede ser perdonado por temer que los turbulentos Romanos pronto lo mandaran de vuelta a Bamberg. Más aún, desde que el rey rehusó devolverle a la Sede Romana sus posesiones usurpadas por los nobles y los Normandos, el papa fue forzado a buscar soporte financiero en el obispado Germano. Fue entronizado en San Pedro el Dia de Navidad y tomó el nombre de Clemente II. Él había nacido de noble familia en Sajonia, fue primero un canónigo en Halberstadt, luego capellán en la corte del Rey Enrique, quien a la muerte de Eberhard, el primer Obispo de Bamberg, lo designó a esa importante sede. Fue un hombre de la más estricta integridad y de severa moralidad. Su primer acto pontificio fue colocar la corona imperial sobre su benefactor y la reina consorte, Agnes de Aquitania. El nuevo emperador recibió de los Romanos y del papa el título y la diadema de Patricio Romano, una dignidad que, desde el siglo décimo, debido al la no canónica pretensión de la aristocracia Romana, se suponía otorgaba al portador el derecho de designar al papa, o, hablando más exactamente, de indicar la persona que debía ser elegida (Helefe). De no haberle dado Dios a Su Iglesia el derecho inalienable de libertad e independencia, y enviado sus campeones determinados a hacer respetar este derecho, habría en ese momento cambiado simplemente la tiranía de las facciones Romanas por servidumbre a un poder extranjero. El hecho de que Enrique haya protegido a la Iglesia Romana y la haya rescatado de sus enemigos no le daba derecho a reclamar convertirse en su amo y señor. Reformadores de poca visión, aún hombres como San Pedro Damián (PSUC., VI, 36) quien vio en esta resignación de la libertad de las elecciones papales a la voluntad arbitraria del emperador la apertura de una nueva era, vivió lo suficiente para arrepentirse del error que había cometido. Por el debido reconocimiento de la prominente participación de los Germanos en la reforma del siglo once, no podemos olvidar que ni Enrique III ni sus obispos entendieron la importancia de la absoluta independencia en la elección de las autoridades de la Iglesia. Esta lección les fue enseñada por Hidebrando, el joven capellán de Gregorio VI, a quienes ellos llevaron a Alemania con su amo, sólo para regresar con San Leo IX para comenzar su inmortal carrera. Enrique III, el juramentado enemigo de la simonía, nunca tomó un centavo de ninguno de sus designados, pero reclamó un derecho de designación que virtualmente lo hizo cabeza de la Iglesia y pavimentó el camino para intolerables abusos bajo sus indignos sucesores.

Clemente no perdió tiempo en comenzar una obra de reforma. En el gran sínodo en Roma, Enero de 1047, la compra y venta de cosas espirituales fue castigada con excomuniones; a cualquiera que hubiera, con su conocimiento, aceptado la ordenación de manos de un prelado culpable de simonía se le ordenaba hacer penitencia canónica por cuarenta días. Una disputa de precedencia entre las Sedes de Ravena, Milán y Aquileia fue resuelta a favor de Ravena, cuyo obispo era, en ausencia del emperador, el que tomaba el lugar a la derecha del papa. Clemente acompañó al emperador en su real marcha a través de la Italia del Sur y puso a Benevento bajo un interdicto por rehusarse a abrirle sus puertas. Continuando con Enrique hacia Alemania, canonizó a Wiborada, una monja de San Gall, martirizada por los Hunos en 925. En su camino de regreso a Roma murió en Pesaro. Es una mera sospecha sin prueba que fue envenenado por los partidarios de Benedicto IX. Legó sus restos mortales a Bamberg, y en su gran catedral puede ser hoy observado su sarcófago de mármol. Es el único papa enterrado en Alemania. Muchos eclesiásticos celosos, notablemente el Obispo de Liège, entonces se esforzaron por sentar nuevamente en la silla papal a Gregorio VI, quien, junto con su capellán, mantenía Enrique en honorable custodia, pero el emperador sin ceremoniosidad designó a Poppo, Obispo de Brixen, quien tomó el nombre de Damaso II. (Ver GREGORIO VI, BENEDICTO IX)

BARONIUS, Annales Eccl., ad ann. 1046, 1047; LAFITEAU, La vie de Clément II (Padua, 1752); WILL, Die Anfänge der Restauration der Kirche im XI. Jahrhundert (Marburg, 1859); WITTMASNN, Clemens II. en Archiv. f. kathol. Kirchenrecht (1884), LI, 238; VON REUMONT, Gesch. d. Stadt Rom (Berlin, 1867), II, 339-44; ARTAUD DE MONTOR, History of the Roman Pontiffs (Nueva York, 1867); HEINEMANN, Der Patriziat d. deutschen Könige (Halle, 1887); HEFELE, Conciliengesch., IV, 7606-14.


JAMES F. LOUGHLIN


Transcripto por WGKofron


Con agradecimientos a la Iglesia de Santa María, Akron, Ohio


Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi