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Sábado, 4 de abril de 2020

Cister: Historia XVII

De Enciclopedia Católica

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Rutina de los monjes

Hasta la corriente actual del aggiornamento, el rasgo más durable y sobresaliente de la vida monástica tradicional fue el horarium diario. La propia Regla delineó la rutina de los monjes, basada en el «número sacro de siete» horas para el Oficio Divino: Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. El hecho insólito de levantarse a medianoche para Maitines (o vigilias) encontró su justificación, además de su valor ascético, en las palabras del Salmo 118, donde el salmista dice: «A medianoche me levanté para darte gracias». De acuerdo con la misma tradición inmemorial, los intervalos entre las horas del Oficio se rellenaban con trabajo manual y lectura espiritual. Todas las actividades de la jornada habían de completarse entre la salida y puesta del sol. En realidad, este astro fue el principal reloj que tuvieron los monjes antes de que comenzaran a usarse los de péndulo, en el siglo XVIII. Esta disposición daba por resultado más horas de trabajo en verano y mayor tiempo para descansar en las largas noches de invierno. Siempre resulta difícil circunscribir el horario monástico medieval a la estimación moderna del tiempo, debido especialmente a que a la diferente duración del día en las diversas estaciones se añaden modificaciones producidas por la situación en distintos grados de latitud geográfica. Teniendo en cuenta estos problemas, la tabla que presentamos a continuación puede dar una idea aproximada de cómo transcurría el día de los monjes entre junio y mediados de diciembre.

	Junio	Diciembre	 

Levantarse 1.45 1.20 Maitines (Vigilias) 2.00 1.35 Fin de Maitines 3.00 2.35 Intervalo Laudes 3.10 7.00 (Comienza a la aurora). Misas privadas y missa matutinalis. Intervalo Prima 4.00 8.00 Capítulo.

	 	En invierno la secuencia era la siguiente: Prima, Misa, Tercia, Capítulo.	 

Trabajo 5.00 Tercia 7.45 9.20 Misa 8.00 Lectura 8.50 Sexta 10.40 11.20 Almuerzo 11.00 13.35 Siesta En invierno Nona se decía antes del almuerzo, al cual seguía un período de lectura. Nona 14.00 Trabajo 14.30 Vísperas 18.00 15.30 Cena 18.45 En invierno no había cena. Completas 19.30 16.00 Acostarse 20.00 16.30 Sin contar el tiempo de la misa, el Oficio Divino exigía entre tres y cuatro horas diarias según el rango de las fiestas. En verano, dedicaban casi seis horas al trabajo manual, que se reducían a menos de dos en invierno. Durante esta última estación, pasaban más tiempo meditando y leyendo, especialmente en el largo intervalo entre Maitines y Laudes. En pleno verano, el descanso nocturno era algo inferior a las seis horas, compensado con una siesta después del almuerzo. En invierno, no había necesidad de eso, porque los monjes gozaban de un descanso ininterrumpido de más de ocho horas. El horario de los conversos difería completamente. Se levantaban después que los monjes terminaban maitines, pero pasaban mucho más tiempo trabajando, excepto los domingos y fiestas, cuando participaban en algunos de los oficios de los monjes. Como siempre fue difícil calcular las horas nocturnas, existieron diversas costumbres para determinar el tiempo exacto de levantarse. El Capítulo General de 1429 trató de lograr uniformidad completa, ordenando que en cada abadía el sacristán diera la señal de levantarse a las dos durante todo el año y a la una los domingos y festividades. De acuerdo con Capítulo General de 1601, la hora de levantarse los días de semana debía retrasarse hasta las tres. El Capítulo de 1765 otorgó mayores concesiones a comunidades de hasta seis miembros, a los que se les permitía comenzar su jornada a las cuatro. Por entonces, en La Trapa, y posteriormente en todas las abadías de la Estricta Observancia, se siguió, hasta la década de 1960, el horarium cisterciense original.

Capítulo

Un hecho importante en la rutina diaria de las abadías lo constituía el «capítulo» (capitulum) realizado generalmente después de prima, en la sala capitular, ubicada al lado de la sacristía en el ala oriental del claustro. Estaban presentes todos los miembros profesos de la comunidad; los novicios y conversos mantenían capítulos separados. Se trataba de que la reunión fuera, a la vez, una oportunidad para la dirección espiritual, y una ocasión para tomar decisiones administrativas, si era necesario. Primero, se leía el martirologio conmemorando todos los santos que se celebraban ese día. Luego seguía la Pretiosa, una breve oración monástica matutina, y la lectura de un capítulo de la Regla de san Benito, con un comentario o aplicación realizada por el abad o prior que presidía. Los domingos – y festividades se leía y explicaba el Libro de los Usos o los estatutos del Capítulo General. Una parte menos formal y más vivida comenzaba con el requerimiento del superior a todos los presentes que dieran un paso adelante y se acusaran de sus faltas públicas y transgresiones a las numerosas reglas y reglamentos de la Orden. En casos de notoria reticencia, se permitía a los otros monjes acusar al miembro en cuestión. A cada infractor se le daba una penitencia, que consistía de ordinario en actos de humillación, ayuno, remoción del cargo o imponiendo la disciplina regular. Por delitos muy graves, los castigos consistían en excomunión, prisión o expulsión, pero se permitía siempre apelar de dichas sentencias ante las autoridades superiores. Aunque la Regla no las mencionara, las penas de prisión eran medidas punitivas monásticas ampliamente difundidas en otras órdenes. Tal es el caso de Cluny. Pero aparecieron apenas en Cister en las actas del Capítulo General de 1206, permitiendo simplemente que se construyeran cárceles en cada abadía. En 1230 se lo ordenaba, y el estatuto insistía en que tenían que ser «sólidas y seguras». Dado que las fechas coinciden con brotes de cierta indisciplina en algún monasterio por parte de los conversos, se puede suponer que estas medidas, tomadas de la justicia secular, eran adoptadas por las autoridades de la Orden con el fin de reprimir tales indisciplinas. Los archivos del Capítulo General proporcionan detalles sobre tales hechos. El Capítulo diario era también la ocasión para anunciar acontecimientos importantes, nombramientos o elecciones de colaboradores, y el momento en que el prior asignaba a los monjes sus trabajos o tareas particulares. En ocasiones más festivas se esperaba que el abad pronunciara un sermón alusivo. También se llevaban a cabo durante el capítulo la admisión de los novicios, tomas de hábito y profesiones. La sesión terminaba con el recuerdo de los miembros fallecidos de la comunidad y la recitación del Salmo 129, el De profundis, y sus preces finales. La importancia y frecuencia del capítulo disminuyó mucho en el siglo XV, como sucedió con otras costumbres, pero fue completamente restaurada dentro de la Estricta Observancia.

Trabajo manual

El trabajo manual dependía por completo de las estaciones: más pesado en verano, más ligero en invierno. Las tareas habituales de las granjas estaban a cargo de los conversos, pero en época de arado y cosecha todos los monjes que estuvieran en condiciones participaban del trabajo en el campo el tiempo que fuera necesario. En esas ocasiones, se rezaba la misa matutinal a una hora temprana, y toda la comunidad marchaba llevando los aperos a los campos, donde pasaban el resto del día, rezando y comiendo en el lugar de trabajo. En esos casos, se suspendía la ley del ayuno y se servía mayor cantidad de bebida. Los Ecclesiastica officia especifican la distribución de unos 700 gr. de pan y una mezcla de leche y miel para beber. Con el arriendo progresivo de la tierra monástica disminuyó en gran parte la necesidad de trabajar los campos. Las huertas cercanas a las abadías, que todavía tenían que ser cuidadas fueron asignadas a los hermanos legos que quedaban. El problema de un trabajo significativo para los monjes de coro quedó como un problema debatido y básicamente sin solución hasta la Revolución Francesa. Citando la Regla de san Benito, tanto los Capítulos como los padres visitadores castigaban sin compasión la ociosidad, pero ambos fracasaron en prescribir el remedio realmente adecuado. No podía pensarse en el retorno a una actividad agrícola extensa y organizada, cuando la mayoría de las fincas monásticas eran cultivadas por arrendatarios libres. Una actividad pastoral de cierta intensidad iba en contra de la tradición monástica y de los intereses del clero secular. El trabajo intelectual habría requerido organización, disponibilidad de bibliotecas y constante aliento, todo lo cual faltaba entre los cistercienses. Cuando los Capítulos Generales de los siglos XV y XVI intentaban organizar los archivos y mantener las bibliotecas querían satisfacer simplemente necesidades prácticas, pero no abrigaban ningún anhelo de facilitar la investigación. ¿Qué podían hacer los monjes, cuando no estaban ocupados en sus tareas religiosas o ejercicios de piedad? La naturaleza de esta situación bastante patética quedó al descubierto con toda crudeza, cuando el Capítulo de 1601 ordenó que «para evitar la ociosidad, todos deberían estar ocupados a ciertas horas en el estudio concienzudo de las letras y lectura espiritual u otros actos de piedad, y si hubiera monjes poco inclinados al estudio, debía asignárseles otros trabajos, tales como pintar, tejer en telares, remendar ornamentos litúrgicos, encuadernar libros y otras actividades similares, ocupándolos siempre en algo, no sea que el demonio, buscando a quién devorar, los encuentre ociosos». Por supuesto, todo esto no era sustitutivo para el trabajo organizado e institucional que había logrado que el monacato fuera próspero y reverenciado en siglos más felices. Tampoco resultó de gran ayuda que el mismo Capítulo confiara la limpieza del monasterio a los miembros más jóvenes de la comunidad todos los sábados y vigilias. Finalmente, se ordenó que todos los monjes realizaran trabajos físicos dos veces por semana. Indudablemente debió ser muy edificante ver la fila de religiosos marchando a realizar algún trabajo de mantenimiento o jardinería. Sigue siendo dudoso, con todo, si tales ocupaciones proporcionaban campo suficiente para las energías creadoras o daban el grado de satisfacción que es indispensable para una vida religiosa sana. Sin embargo, el problema no se sintió tan agudamente en el Antiguo Régimen como en la actualidad, ya que grandes sectores de las clases altas, incluyendo al clero, disfrutaron habitualmente de una vida cómoda, mantenidos por pensiones y prebendas.

Ascetismo de los monjes

Cuando los legisladores monásticos abordaron el tema de la alimentación, dieron el debido énfasis a las virtudes de la templanza y mortificación. Aunque la Regla de san Benito muestra un grado sorprendente de moderación, desde el 14 de septiembre (fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz) hasta Pascua, permitía comer una sola vez al día, y prescribía abstinencia total y perpetua de carne durante todo el año. Ambas prescripciones seguían simplemente la tradición del ascetismo primitivo, que se convirtieron por medio de la Regla en rasgos característicos del monaquismo medieval. Una línea de autores cristianos, que comprende sin interrupción desde los primeros Padres hasta los últimos escolásticos, compartía la convicción de que un cuerpo mortificado aumentaba la vigilancia espiritual, y de que la abstinencia era un escudo efectivo contra los deseos carnales. La actitud cisterciense está perspicazmente resumida por san Bernardo en uno de sus sermones sobre el Cantar de los Cantares (n. 66): «Me abstengo de la carne, porque sobrealimentando el cuerpo, también alimento los deseos carnales; trato de comer aun el pan con moderación, no sea que mi estómago pesado me impida levantarme para orar». Santo Tomás de Aquino, en cambio, con su aguda percepción, afirma: «La Iglesia en materia de ayuno, se atiende a lo más general. Y no hay duda de que ordinariamente agrada más comer carne que pescado, aunque haya excepciones. A esa ley común se atiende la Iglesia cuando prohibe la carne… Además, entre los ayunos, tienen preferencia los cuaresmales, ya porque se imita a Jesucristo, ya porque nos preparan a la devota celebración de los misterios de nuestra redención. No hay, pues, porqué extrañarse de la prohibición de carnes en cualquier ayuno». Las costumbres cistercienses, siguiendo la Regla, permitían que en la comida principal se sirviera una generosa porción de pan, dos clases de legumbres cocidas y, como tercer plato, fruta del tiempo. Cuando se cenaba se servían verduras y fruta con la porción de pan que quedaba. En ocasiones de fiestas, se agregaba a la comida principal una «pitanza», tal como pan blanco, pescado y quesos. Fundaciones para misas de aniversario incluían con frecuencia pitanzas para la comunidad, de forma que tales comidas llegaron a ser semanales, o más frecuentes todavía. Sin embargo, no se podían servir pitanzas durante tres días consecutivos ni durante las sesiones del Capítulo General. En Adviento y Cuaresma, las restricciones de la dieta alcanzaban a los huevos, el queso y la grasa animal. Los viernes de Cuaresma, los monjes ayunaban a pan y agua. En la preparación de los platos, se podía usar sal, y sólo hierbas aromáticas cosechadas en el monasterio. A los miembros más jóvenes de la comunidad, se les permitía tomar un desayuno (mixtum), antes o después de la Sexta, franquicia que se extendía a algunos más, a causa de sus enfermedades. Al comienzo, no era más que un poco de pan mojado en vino, y aun esto se suspendía en Cuaresma. Sin embargo, en siglos posteriores se daba el desayuno a todo el mundo y, en el siglo XVIII, muchas abadías ofrecían la ración habitual de leche, té o café, agregando a veces hasta un plato de sopa. Otra costumbre primitiva y ampliamente aceptada era servir una bebida (biberes) después de Nona, especialmente en verano. Podía ser vino, o si éste no abundaba, cerveza o sidra. La cerveza se producía habitualmente en tres calidades diferentes, con mayor o menor contenido alcohólico. La mejor era privilegio de la mesa del abad, o se servía en el refectorio en ocasiones solemnes. El abad habitualmente no comía con su comunidad. Tenía su propia mesa que, de acuerdo con las instrucciones de la Regla, debía compartir con los huéspedes, cuya presencia era casi habitual. En el caso excepcional de que faltaran, el abad tenía libertad para invitar a dos monjes, aunque, en todos los casos, tanto el abad como los huéspedes debían seguir las mismas reglas alimenticias que el resto de la comunidad. Antes de entrar en el refectorio, los monjes debían lavarse las manos en una fuente-lavabo, con frecuencia primorosamente decorada, donde fluía constantemente el agua a través de un cierto número de orificios. Luego, ocupaban sus lugares en el lado externo de largas mesas dispuestas en forma de u. Encontraban ya el alimento servido. Después de la bendición en latín se sentaban, pero no comenzaban a comer, hasta que el prior, que presidía, descubría el pan. Había silencio total durante toda la comida, mientras un monje leía en voz alta pasajes selectos de la Biblia Latina. En siglos posteriores, se elegía un párrafo de la Biblia, y luego se leía un libro edificante en idioma vernáculo. El lector usaba un atril situado sobre una plataforma elevada, pegada a la pared. En el comedor del abad, se seguía la misma pauta, aunque pudiera acortar la lectura en beneficio de los huéspedes, y dar oportunidad a una conversación edificante. Muchas abadías terminaron por adoptar esta práctica también en el refectorio de los monjes. Por entonces, la lectura durante toda la comida se había convertido en signo especial de austeridad, practicada generalmente en las casas de la Estricta Observancia. En los países donde se podían cultivar viñas, la bebida era el vino, que había sido aprobado con cierta reticencia por san Benito. De acuerdo con la Regla, la cantidad diaria de vino que un monje podía beber era una hemina, que está calculada como 0,275 l. Se colocaba en un jarro de barro cocido frente a cada monje, pero la misma cantidad debía alcanzarle, si desayunaba y cenaba. En climas más fríos, en donde no se produce vino, se tomaba cerveza o sidra. Se evitaba en lo posible el consumo de agua, dada a veces la conocida insalubridad de la mayoría de los suministros y conducciones.

Comportamiento de los monjes

El correcto comportamiento de los monjes estaba sujeto a minuciosas reglamentaciones, dando a la ocasión un carácter semilitúrgico. La urbanidad cisterciense en la mesa exigía que los monjes tomaran las tazas para beber con ambas manos, que se sirviera la sal con la punta del cuchillo, y se frotaran los cubiertos con un pedazo de pan y no con la servilleta. Las comidas se concluían con una acción de gracias, durante la cual toda la comunidad marchaba en procesión a la iglesia, donde terminaba la ceremonia. Como ocurrió en otras áreas de la disciplina, la regla de la alimentación tendió hacia una gradual mitigación, especialmente en materia de abstinencia perpetua. El proceso comenzó en la enfermería del monasterio, donde se permitía comer carne a los enfermos hasta que recuperaran sus fuerzas. La fácil admisión en la enfermería dio ocasión de comer carne. El Capítulo General de 1439, aprobando silenciosamente esta costumbre, insistía simplemente en que, en cualquier caso, por lo menos los dos tercios de la comunidad debía seguir la dieta regular en el refectorio, y que nadie debería comer carne más de dos veces por semana. A comienzos del siglo XIV fueron otras causas las exigencias de la hospitalidad y la dificultad de obtener legumbres. En un cierto número de casos, las dispensas papales otorgadas a abadías particulares habían debilitado la ley de abstinencia en tal grado, que aun la bula de reforma de Benedicto XII, la Benedictina de 1335, no sólo fracasó en hacer cumplir las observancias primitivas, sino que eximió de la abstinencia perpetua a los abades dimisionarios y a los comensales de la mesa del abad.

Prácticas de abstinencia

Hacia el año 1473, las prácticas locales de abstinencia eran tan divergentes, que el Capítulo General decidió dirigirse a la Santa Sede para nuevas reglamentaciones. La aclaración de este tema, entre otras cosas de mayor importancia, fue confiada a la delegación de abades con tanta frecuencia mencionada, que se envió a Roma en 1475. Una bula promulgada por Sixto IV el 13 de diciembre de 1475 no otorgó dispensa absoluta, pero facultaba al Capítulo General y al Abad de Cister para adoptar la ley de abstinencia a las circunstancias modificadas. Incluso se multiplicaron las concesiones del Capítulo en favor de un cierto número de abadías de forma tan rápida, que, en el plazo de diez años, la abstinencia perpetua llegó a ser del pasado. Los términos de la autorización dada a la casa alemana de Eberbach, en 1486, sirvieron como nueva norma de observancia: podían comer carne tres veces por semana, los domingos, martes y jueves. En Whalley, Inglaterra, la administración de su último abad, de trágico destino, Juan Paslew (1507-1537) fue una era de magnificencia y abundancia, disfrutada por toda la comunidad. En 1520, los monjes gastaron alrededor de las dos terceras partes de su presupuesto anual en comida y bebida, y su mesa se caracterizaba por servir en ella, higos, dátiles, y dulcería. Los hermanos hasta pagaban abultadas cifras por entretenimientos, cantores, y espectáculos con osos. La vuelta a la abstinencia perpetua se convirtió en la exigencia principal de la Estricta Observancia en el siglo XVIII. La Constitución Apostólica de Alejandro VII In Suprema de 1666, elogiaba la intención de los «abstinentes», pero permitía comer carne al resto de la Orden tres veces por semana, es decir, aprobaba la dispensa difundida y practicada desde antiguo. No obstante, el movimiento de reforma reintrodujo un cierto número de austeridades de la primera época. El delegado de Bohemia en el Capítulo General de 1664, el abad Lorenzo Scipio de Ossegg, relataba las comidas en Cister con franca desaprobación por tales mortificaciones: «en el momento de comer, que siempre era muy regular, la lectura proseguía sin benedícite (signo de concluir la misma), y toda la comida se terminaba en menos de una hora. Nunca se servían más de dos platos, a lo sumo tres, todos preparados en el miserable estilo borgoñón, prácticamente sin especias. Pero el vino era bastante bueno, y si alguien prefería, podía mezclarlo con agua». En el siglo XVIII, mientras la Estricta Observancia continuaba fiel a la abstinencia perpetua, la Común Observancia, sin relajarse lo más mínimo en la austeridad monástica, y obligada, en muchos casos, por la superior carestía del pescado, tomaba carne algunos días de la semana. De acuerdo con los libros de cuentas del Colegio de San Bernardo, en Tolosa de Languedoc, la comunidad (una docena de monjes) y sus huéspedes consumieron en 1755 una cantidad considerable de carne, de gran variedad de animales: vaca (80 kg.), carnero (120 kg.), ternera (90 kg.), caza, cerdo (40 kg.), gallinas (214), palomas (138), codornices (50), pollos (228), pavos (15), gansos (6), patos (14). El hecho de que el pescado (300 kg.) y los huevos (7.422) fueran los dos elementos de mayor consumo en la lista parecería indicar que la comunidad todavía seguía prefiriendo la dieta monástica tradicional. Era característica de la localidad conseguir con facilidad frutas del Mediterráneo, que los monjes encontraban con frecuencia en sus mesas: naranjas, limones, castañas, aceitunas, higos y pasas. El café, por entonces una rareza, se servía sólo en ocasiones festivas. Por otro lado, la comunidad bebía vino con la moderación habitual. En el año lectivo de 1753-1754, diez monjes, con sus sirvientes y huéspedes ocasionales, consumieron quince barriles de vino común, pero téngase en cuenta de que el Colegio era una residencia de estudiantes y no un monasterio propiamente dicho. A veces los monjes salían de su frugalidad cotidiana, especialmente en fiestas señalas como la de san Bernardo que coincidía con la terminación del año académico. Después de la misa solemne, con un predicador de nota, la comunidad acompañada de amigos se sentaba en la mesa, aquel día mejor aderezada que de costumbre en donde se servía una comida extra.

Recreación

Hasta el siglo XVII, el horario diario cisterciense no incluía recreación. Esto no quiere decir que los monjes no pudieran abrir sus corazones unos a otros, en especial si la conversación tenía una motivación espiritual que la justificara. En esta línea, el Capítulo General de 1232 estableció con claridad que, «para evitar conversaciones ilícitas, se ordena que, cuando el «guardián del orden» (una autoridad monástica de menor rango) estimulara a los monjes para hablar, la conversación debía girar sobre los milagros de los santos, objetos de santificación y temas relativos a la salvación de las almas, excluyendo siempre detracciones, controversias y otras vanidades». La carta de visita regular de 1523 para el colegio de san Bernardo de París permitía excursiones anuales a la campiña cercana bajo estricta supervisión. El Capítulo General de 1601 aprobó caminatas para recreación, al decir que «cuando fuera conveniente salir del claustro para tomar aire fresco o recreación, las caminatas realizadas con dicho propósito no deben llegar muy lejos, ni durar más de dos o tres horas y (son permitidas) únicamente cuando toda la comunidad, conducida por el prior, pueda salir». Períodos diarios de conversación después de las comidas aparecen en los horarios del Colegio Parisiense en la década de 1630. Es probable que disposiciones similares fueran bastante comunes también en otras casas, excepto aquellas bajo control de la Estricta Observancia. Una costumbre monástica peculiar, impuesta por la regla de silencio estricto, fue el uso de un lenguaje de signos. El abad Odón (926-942) lo introdujo en Cluny, y se difundió entre las congregaciones reformadas de los siglos XI y XII. Cister no dictó reglas obligatorias para su aplicación, pero adoptó probablemente el lenguaje de señas que se practicaba en Molesme. Los signos, formados con dedos y brazos, no debían ser usados para desarrollar una conversación, y estaban ideados simplemente para transmitir mensajes e instrucciones. Un manuscrito de Claraval que ha llegado hasta nosotros contiene un «diccionario» de doscientos veintisiete signos, correspondientes al mismo número de palabras o términos latinos. En otras partes, usaban para expresarse una cantidad más o menos similar. Distintas reglamentaciones restrictivas dictadas por el Capítulo General parecen indicar que el lenguaje de señas era usado con frecuencia para bromear, en lugar de favorecer el espíritu de silencio y recogimiento. La relajación gradual de la regla de silencio estricto eliminó los motivos del lenguaje de señas, que fue restaurado posteriormente por la Estricta Observancia.

Dormitorios

En sus dormitorios los monjes del Cister primitivo hicieron un valiente esfuerzo por seguir las sugerencias de la Regla de san Benito. En concordancia con la misma, los monjes, no importa cuán numerosos fueran, debían dormir en el mismo dormitorio común y acostarse completamente vestidos en sus duros lechos. La «cama» era un simple catre provisto de un colchón de paja, una almohada y una manta. La prohibición cisterciense de tener cualquier fuente de calor en los dormitorios, constituía otra penuria. En los climas nórdicos, donde el viento húmedo y helado penetraba en esas salas inhóspitas desde fines de noviembre y apenas cedía a comienzos de la primavera, en abril, la noche exigía a causa del frío tanta resistencia de los monjes como el duro trabajo diario. No es de extrañar que el Capítulo General se viera pronto envuelto en una batalla en dos frentes en la que llevaba las de perder: tratando de rechazar los esfuerzos constantes para proveer de alguna calefacción a los dormitorios de los monjes; evitar la partición de los dormitorios comunes en celdas pequeñas, que el creciente énfasis por los estudios y el deseo de aislamiento hicieron más deseables. Ya en 1194, el Capítulo castigó al abad de Longpont por tener un dormitorio construido «irregularmente». Durante todo el siglo XIII, aumentaron las irregularidades de tal manera, que en 1335, la Benedictina tuvo que aceptar el desafío y reforzar la antigua ley con la autoridad papal. Aun así, la bula otorgó excepciones a favor de los enfermos en la enfermería, y a un número no especificado de «oficiales, que no podrían dormir convenientemente en el dormitorio». Mas aún, se permitía a los priores y subpriores construir celdas individuales en los dormitorios comunes, aunque todas las otras celdas dentro de .los mismos debían ser destruidos en tres meses, bajo pena de excomunión. De acuerdo con una interpretación posterior de la bula, se designaba con el término de celda una habitación con una puerta provista de cerradura; por consiguiente, podía tolerarse la simple separación por medio de paredes que no tuviera puertas. De cualquier modo, el Capítulo General de 1392 permitió a un monje de Boulbonne cerrar su habitación con una puerta. Mientras tanto, la rápida disminución del número de monjes y la orientación cada vez más intelectual de muchas comunidades hicieron que los anticuados dormitorios comunes fueran prácticamente insostenibles. El Capítulo de 1494 autorizó a los abades a dispensar de los dormitorios comunes «por una causa justa» prácticamente a todo el mundo, aunque el decreto insistía todavía en que las estufas debían ser retiradas de los dormitorios comunes. En 1530, la abadía de Poblet recibió autorización para dividir el dormitorio en celdas privadas. El Capítulo de 1573 trató simplemente de evitar la construcción de celdas fuera de los viejos dormitorios. El Capítulo de 1601 generalizaba el uso de celdas individuales, porque permitía a los monjes estudiar en sus propios cuartos. La destrucción de las chimeneas se ordenó por última vez en 1605, aunque este decreto fue tan ineficaz como las incontables medidas anteriores. Por último, la In Suprema de 1666, aprobó las celdas individuales amuebladas con moderación, «por el bien de una mayor modestia y honestidad de vida». La Trapa y la Estricta Observancia del siglo XIX volvieron a los dormitorios comunes y en esas casas, como en el Cister antiguo, y el único cuarto con hogar era el calefactorio. Después del Concilio tienen celdas particulares.

Higiene

Las fuentes de que disponemos ofrecen únicamente escasa información sobre la higiene personal de los monjes. Sin duda no tenían ni tiempo ni oportunidad para lavarse antes de Maitines, y el único lugar para hacerlo sería la fuente-lavabo a la entrada del refectorio. El mandatum o lavatorio de pies de los monjes todos los sábados a la noche, desde Pascua hasta el 14 de septiembre, tenía con toda probabilidad un fin práctico, aparte de su carácter litúrgico. En los Ecclesiastica officia se lo menciona por primera vez, y aparece todavía en los estatutos del Capítulo General de 1601. Al comienzo sólo se permitía bañarse a los enfermos en la enfermería. Todos los demás que se atrevían a frecuentar lugares donde corría naturalmente el agua eran hasta censurados y castigados por el Capítulo General. Un estatuto de 1188 juzga que todos aquellos que dejen sus monasterios buscando «baños calientes», no debían ser readmitidos. En 1202, fue depuesto el abad de san Giusto, en Toscana, porque comió en compañía secular y, como dice el texto lacónicamente, «gustó de bañarse sin su hábito fuera de la abadía». En 1212, se llamó la atención a un monje de Hautecombe por haber comido carne y haberse bañado. Como primera indicación de un deshielo en la materia, el Capítulo de 1437 estableció que «a las personas sanas, no se les debía permitir más de un baño por mes». Un estatuto de 1439 parece implicar que por entonces ya estaba institucionalizado el bañarse. Todavía insistía en que el baño era una condescendencia mensual, pero agregaba que no debía ser ocasión para un «comportamiento frívolo» y que los bañistas debían contentarse con los servicios de hasta dos servidores. ¿Dónde estaba situado el baño? Quizá en la enfermería. Por último, el Capítulo General de 1783 permitió hasta que se frecuentaran lugares donde corría naturalmente el agua, si lo justificaban prescripciones médicas.

Sangrado, rasurado y tonsura

Al comienzo, era costumbre afeitarse y hacerse la tonsura monástica siete veces al año, en las vigilias de las fiestas principales. En 1257, el Capítulo General aumentó las ocasiones a doce, y un estatuto de 1297 ordenó afeitarse dos veces al mes. La In Suprema de 1666 prescribía todavía lo mismo, aunque el texto ponía más énfasis en la prohibición de usar una barba acicalada, a la usanza de la época. Las sangrías periódicas (flebotomía) a los monjes obedecían a una combinación de razones médicas y ascéticas. Se le hacía a todo miembro de las comunidades monásticas cuatro veces al año, si no estaba enfermo, de viaje o realizando algún trabajo pesado. Se creía generalmente, durante todo el medioevo y comienzos de la Edad Moderna, que la sangría, aparte de su resultado benéfico en determinados casos médicos, era un requisito indispensable para mantener una buena salud, y un medio efectivo contra el apetito sexual. En la primitiva legislación cisterciense, aparece bajo el término minutio, y su práctica continuó hasta el siglo XIX. Se hacía en el calefactorium. o en la enfermería y a los pacientes se les hacía descansar varios días y se les daba comida y bebida extra. El espíritu de la más profunda consideración prevaleció en el cuidado de los enfermos y ancianos. Toda planta monástica con. taba con una enfermería espaciosa, construida un poco apartada del claustro. La sala principal de la enfermería de Cister medía 55 metros de largo por 20 metros de ancho, dividida en tres pasillos por dos hileras de delicadas columnas soportando la elegante bóveda gótica. La enfermería de Ourscamp, que todavía se conserva, sirve hoy de iglesia parroquial. Esta última construcción incluye un piso superior provisto de celdas individuales para los enfermos graves. Pero hasta las construcciones más pequeñas incluían comodidades para los enfermeros, y estaban equipadas con una farmacia, cocina y amplia chimenea. Aunque se suponía que los enfermos posibilitados para caminar concurrían a los oficios en las iglesias, con frecuencia se agregaba una capilla donde se pudiera decir misa y administrar los sacramentos. Se suponía, que tanto los pacientes como el personal de servicio debían respetar la regla de silencio, pero las leyes sobre alimentación estaban en suspenso de acuerdo con la gravedad de cada caso. El comedor de la enfermería se llamaba con frecuencia misericordia, porque allí, por conmiseración, se permitía a los miembros delicados comer carne. La asistencia dada en la enfermería no excedía en general de las medicaciones y remedios caseros. Si algunos de los monjes que las atendían habían tenido alguna experiencia en Medicina, era pura coincidencia. Sólo desde el Renacimiento, muchas abadías prósperas emplearon a un seglar como clínico o cirujano residente, que estaba a cargo de la sangría regular de los monjes y pudo haber acompañado al abad y su comitiva en los largos viajes de visitas regulares. De acuerdo con las reglamentaciones del Capítulo General de 1189, no se permitía que los monjes enfermos buscaran cura fuera de sus abadías, y fue sólo mucho tiempo después cuando se permitió a los cistercienses concurrir a reputados centros de salud.

Muerte

Cuando un monje estaba próximo a morir, el tañido de las campanas llamaba a todos sus hermanos al lado de su lecho, para ser testigos de los últimos sacramentos y de su feliz partida. En estas ceremonias, se sacaba el colchón de la cama y se depositaba en el suelo, sobre una capa de cenizas. Después de que exhalara su último aliento, la comunidad se retiraba y el cuerpo era llevado a una cámara adyacente y depositado sobre una tabla de piedra. Luego era despojado de sus vestiduras, y lavado con agua caliente de la cabeza a los pies. Esto era un acto simbólico de una tradición cristiana inmemorial, pero también podría haber sido una autopsia primitiva que revelaba los estragos visibles de su enfermedad mortal y tal vez la causa de su muerte. Caso de tratarse de la defunción de un monje notable por su austeridad, es posible que esta ceremonia despertara deseos de comprobar para personal edificación si había en el cuerpo del muerto señales de mortificaciones. La piedra de la cámara mortuoria de Claraval donde fue lavado el cuerpo de san Bernardo se convirtió en objeto de veneración. Algunos visitantes devotos aseguraban haber visto la marca del cuerpo del Santo sobre la piedra pulida. Si se puede dar crédito a la extraordinariamente inverosímil historia que narra Cesáreo de Heisterbach en el Dialogus miraculorum, fue justamente en esa ocasión que los monjes de Schönau descubrieron que el «Hermano losé», que había muerto como novicio, era en realidad una chica. Su nombre verdadero era Hildegunda, hija de un honrado ciudadano de Neuss del Rhin, que había fallecido de regreso ambos de Tierra Santa. Después de increíbles penurias, Hildegunda fue admitida en la abadía de Schönau donde nadie advirtió su sexo. Su muerte ocurrió el año 1188. Cuando Cesáreo contó su historia parece que estaba en vías de convertirse en «santa» para ser tenida así parte de la Edad Media. Después del lavado ceremonial, el cuerpo del monje fallecido, vestido con el hábito y la cogulla cisterciense habituales, era llevado en procesión a la iglesia y se colocaba sobre un féretro en medio del coro. Si todavía había tiempo para una misa de funeral, el sepelio se realizaba el mismo día. De lo contrario, los monjes velaban el cuerpo toda la noche y se disponía la misa y el entierro para la mañana siguiente. Después de las exequias, se transportaba el cuerpo a través de la puerta en la pared norte del crucero hacia el cementerio adyacente. El cadáver, sin ataúd, era bajado a la tumba, y el lugar se dejaba sin señalar. Después del siglo XVII, se colocaba sobre cada tumba una cruz de madera con el nombre del monje y el año de su muerte. En los cementerios de las abadías muy pobladas, como Claraval y Orval, siempre había una fosa abierta recién cavada, esperando a su ocupante, quizás inesperado. Los abades eran enterrados bajo el claustro, entre la sala capitular y la iglesia, a veces también en la sala capitular, o en una cripta bajo la iglesia. La situación de los cuerpos de los abades estaba señalada por lápidas, más o menos decoradas, encastadas en el piso del claustro o colocadas en la pared. Una vida monástica, altamente ritualista, ordenada con tal rigidez que prácticamente no deja lugar a la iniciativa individual, aparecería como antinatural, hasta inhumana a los ojos de los lectores modernos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que muchas grandes abadías albergaron a cientos de individuos, cada uno con su temperamento, grado de inteligencia y posición social diferente; todas sus vidas transcurrieron en lugares demasiado estrechos, sin las ventajas del aislamiento que el hombre de nuestros días consideraría indispensable. En tales circunstancias, una coexistencia armoniosa y una creatividad comunitaria significativa hubieran sido imposibles de no haberse impuesto reglamentos estrictos, asignando a cada individuo su propio lugar y limitada función, reduciendo de este modo los roces producidos por voluntades antagónicas e intereses en conflicto. Esta organización inteligente y reglamentada logró que la vida monástica dejara su indeleble impacto en la sociedad cristiana. Aun el espectador de mente más simple quedaría impresionado por el éxito descollante de los monjes en todos los campos de sus múltiples actividades. Los logros espirituales e intelectuales, la monumental arquitectura, la eficiencia en la economía y los beneficios de la seguridad personal, prueban con elocuencia la superioridad de una vida basada en la aceptación voluntaria de la disciplina, dedicación al trabajo duro y sumisión a la autoridad religiosa. La creencia inquebrantable del mundo occidental de que hasta el trabajo manuales ennoblecedor, de que «la ociosidad es enemiga del alma» y, de que, por consiguiente, el trabajo es la única fuente moralmente aceptable de bienestar, constituyen elementos del noble legado del monaquismo cisterciense.

Selección: José Gálvez Krüger

Fuente: [www: omesbc.wordpress.com]