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Sábado, 28 de marzo de 2020

Cister: Historia XI

De Enciclopedia Católica

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Historia del Cister (Parte 11) – La guerra de las Observancias Noviembre 4, 2009 por omesbc Rate This

La guerra de las Observancias

La organización de congregaciones respondió tanto a necesidades administrativas como al deseo de una recuperación moral efectiva. Hacia fines del siglo XVI, todos esos movimientos estaban bien encaminados en los países de Europa donde sobrevivían los cistercienses, menos en Francia. Pero las comunidades francesas tenían tanta necesidad de una reforma como sus hermanos de otras naciones. Casi todas las abadías francesas cayeron en el siglo XVI bajo el régimen comendatario, mientras que la guerra civil incesante y las refriegas religiosas sembraban la destrucción material por doquier. El fracaso de una revitalización significativa no se debe a falta de buenas intenciones o esfuerzos sinceros, sino a las caóticas condiciones políticas y religiosas por las que atravesaba Francia. El éxito espectacular de los fulienses demuestra con toda elocuencia la fuerza de recuperación a un nivel local y limitado; pero un movimiento de magnitud nacional no podía comenzar hasta que se hubiera restaurado la paz bajo el enérgico y astuto Enrique IV (1589-1610). Entonces, como si la nación quisiera recuperar el tiempo perdido, las fuerzas reprimidas de la reforma católica se desataron en toda la nación con una intensidad inusitada. Las órdenes religiosas, inspiradas con frecuencia por sus hermanos extranjeros, pasaron por una renovación integral, restaurando controles firmes y un estricto ascetismo. Los cistercienses franceses no se quedaron atrás respecto de las otras órdenes monásticas en la búsqueda de una autoreforma efectiva. Por suerte, la sede abacial de Cister fue ocupada sucesivamente por cuatro prelados eminentes, que no escatimaron esfuerzos cuando se exigía acción resuelta en beneficio de la reforma. En 1570, jerónimo de la Souchiére (1564-1571), previamente abad de Claraval, participante del Concilio de Trento y posteriormente cardenal (1568), dictó un decreto de reforma general inspirado en el espíritu tridentino. Nicolás Boucherat I (1571-1584), otra figura activa de Trento, ocupó gran parte de su tiempo en visitas regulares e inspiró otra serie de normas, incorporadas dentro de los estatutos del Capítulo General de 1584. Edmundo de la Croix (1585-1604), consejero principal de sus antecesores, compuso un verdadero código de reformas cistercienses que fue presentado al Capítulo General de 1601. Sin embargo, todavía no era el tiempo propicio para la ejecución de un proyecto tan ambicioso, por lo que el Capítulo General de 1605 volvió al proyecto más modesto de 1584. Por último, al presentarse circunstancias más prometedoras bajo Nicolás Boucherat II (1605-1625), se desataron las fuerzas reformistas, dando origen a la Estricta Observancia. El movimiento no fue la resultante de una iniciativa oficial, sino que surgió espontáneamente de un grupo de monjes jóvenes, que estaban impacientes ante la lentitud burocrática de la administración central de Cister y que tuvieron la fortuna de encontrar un protector benévolo en la persona del Abad de Claraval. Por razones de conveniencia, se señala el año 1598 como el comienzo de la estricta Observancia. Por ese entonces, un joven clérigo de noble cuna italiana, Octavio Arnolfini, que a la sazón contaba sólo diecinueve años, fue nombrado por gracia del rey Enrique IV abad comendador de La Charmoye, casa cisterciense en la Champagne, de la filiación de Claraval. Este joven piadoso se sintió profundamente responsable de la abadía desolada, saqueada durante las guerras civiles. Comprendió muy pronto que no podía iniciar ninguna reforma, a menos que él mismo fuera cisterciense, y abad regular por lo tanto. En consecuencia, se retiró a Claraval, donde hizo su noviciado y luego su profesión monástica en 1603. Esta gran abadía, bajo la sabia dirección del santo abad Denis Largentier (1596-1624), había sobrevivido a las décadas de destrucción sin daños materiales, y seguía siendo una escuela auténtica de espiritualidad cisterciense. Largentier hizo una visita regular a La Charmoye en 1605. Quedó tan complacido con el trabajo de Arnolfini, que le confió el cuidado de otra abadía, Châtillon. Durante los tres años siguientes, Arnolfini gobernó ambas casas, pero en 1608, escrupuloso de retener dos beneficios, se mudó como abad regular a Châtillon. En La Charmoye, le sucedió otro monje joven con idéntico celo reformista, pero con más energía y ambición: Étienne Maugier. En 1606, en el Colegio de San Bernardo en París, Arnolfini y Maugier encontraron a un tal Abraham Largentier, sobrino del Abad de Claraval. Los tres firmaron un documento, por el cual renovaban su profesión monástica y expresaban su determinación inflexible de instar a una reforma, cuya finalidad precisa era conseguir que la Regla ;de san Benito fuera observada sin ninguna dispensa. Cerraban este curioso pacto con una velada condición: «… si nuestros superiores, después de repetidas súplicas, se niegan a aceptar nuestras propuestas, … estamos determinados a cargar con la Cruz de Cristo y con cualquier tribulación, antes que abandonar nuestra resolución». La referencia a practicar la Regla sin ninguna dispensa reanudar la abstinencia perpetua de carne, costumbre que, por entonces, había llegado a considerarse como rasgo distintivo de las comunidades reformadas. Por esta razón, el pequeño grupo de jóvenes cistercienses fueron conocidos bien pronto como «abstinentes», mientras que ellos mismos consideraban al resto de la Orden como los «ancianos». Denis Largentier comprendía y compartía plenamente los ideales de esta nueva generación y, como contribución propia a la causa, instaló priores con mentalidad reformista en varias casas afiliadas a Claraval, tales como Cheminon y Longpont. En la lejana Bretaña, se unió a la reforma otra hija de Claraval, Prières. El prior, Bernardo Carpentier, convirtió el desolado monasterio en una floreciente escuela de estricto ascetismo.

Escuela de estricto ascetismo

El Abad de Claraval debía proceder con cautela si quería que el movimiento tuviera éxito. Teniendo en cuenta el tradicional antagonismo de Claraval frente a Cister, no podía correr el riesgo de dar la impresión de que, una vez más, Claraval estaba llevando a cabo una empresa separatista. Por esta razón, no hizo ninguna presión para introducir la abstinencia perpetua en Claraval hasta 1615, y cuando cedió ante las exigencias de sus jóvenes admiradores, lo decidió por libre elección de los monjes. Por ese entonces, la abstinencia ya había sido introducida en otras ocho comunidades y la nueva disciplina requería obviamente alguna forma de sanción oficial. El Abad Nicolás Boucherat II, que estaba de acuerdo sobre el particular con Largentier, aseguró de buena gana su aprobación, sujeta a la decisión del Capítulo General convocado para 1618. El Capítulo elogió la reforma en cálidos términos, pero la convención estaba preocupada sobre todo por preservar una disciplina uniforme. Por eso, en lugar de otorgar un apoyo sin reservas, el Capítulo propuso una solución de compromiso: la Orden completa abrazaría la reforma con toda su austeridad, pero, en lugar de la abstinencia perpetua durante todo el año, admitía la abstinencia de carne sólo desde la fiesta de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre), hasta Pascua. La propuesta difícilmente podría agradar a los indolentes e indiferentes, y estaba en franco antagonismo con los Abstinentes. Protegidos por defensores poderosos, los abades de Cister y Claraval decidieron llevar a la práctica la abstinencia perpetua. Su resolución fue objeto de otra declaración, firmada por un número impresionante de Abstinentes en 1622, endureciendo su propósito de no negociar: «… observancia integral de la Santa Regla, es decir, efectiva abstinencia perpetua de carne y del uso de vestidos de lino, fidelidad a lo establecido en las leyes de ayuno y silencio, y todas las demás (reglamentaciones) fielmente seguidas desde épocas antiguas por sus predecesores». Teniendo en cuenta que el problema de la renovación en el seno de la Orden cisterciense estaba duplicado también en otras órdenes monásticas, la «devota» corte de Luis XIII (1610-1643) decidió facilitar la coordinación de los esfuerzos, pidiendo el nombramiento de un visitador apostólico investido con amplios poderes. Para promover la reforma de los agustinos, benedictinos, cluniacenses y cistercienses franceses, Gregorio XV nombró en 1622, como visitador apostólico y por el término de seis años, al cardenal Francisco de La Rochefoucald, miembro destacado de la jerarquía francesa, conocido por su piedad y celo reformista. El atareado cardenal cayó de inmediato bajo la influencia de Étienne Maugier y sus intransigentes compañeros y, sin duda alguna, La Rochefoucald publicó siguiendo sus consejos, a comienzos de 1623 una serie inesperada de «artículos» de reforma. Claraval, con todas sus casas afiliadas en Francia, formaría una congregación autónoma de reforma, autorizada para reunir capítulos por separado y mantener noviciados comunes propios, donde todas las nuevas vocaciones serían adiestradas en la abstinencia perpetua. Se confiaba a Maugier y Arnolfini la organización concreta de la nueva congregación de «Estricta Observancia». Tan revolucionario documento estalló como una bomba en medio del Capítulo General que había sido convocado para una nueva sesión en mayo de 1623. Las congregaciones reformistas ya habían destruido la férrea unidad de la Orden en otros países. ¡Un tal cisma no podía ser permitido en Francia! En un arrebato de indignación, los padres capitulares denunciaron abiertamente y rechazaron la orden del visitador considerándola «conducente a la división, segregación, cisma y separación, que no puede ser sancionada por ningún medio legítimo. Por consiguiente, cualquier medida que fuera promulgada en esta materia… debía ser reconocida como nula o sin efecto». Por otro lado, el mismo Capítulo se retractó en materia de abstinencia y permitió a los reformadores continuar con esa práctica, en la medida en que no ponga en peligro la caridad o el bienestar e interés básico de la Orden. Más aún, Boucherat aseguró privadamente al Cardenal que seguiría apoyando a los Abstinentes y alentaría su causa. Como demostración de su buena voluntad permitió que los Abstinentes formaran un vicariato diferente, y en seguida nombró a Maugier como el nuevo vicario de todas las casas reformadas. El Abad General fue todavía más lejos al estimular a los Abstinentes a organizar entre ellos una convención donde podrían legislar como mejor consideraran. Dicha convención tuvo lugar en 1624 en la abadía reformada de Vaux-de-Cernay, cerca de Versalles. Maugier y otros nueve superiores reformados no sólo estuvieron de acuerdo sobre decisiones disciplinares, sino que recabaron el permiso de Boucherat para reunir capítulos anuales, elegir priores en casas sometidas a abades comendatarios, mantener noviciados separados y nombrar sus propios padres visitadores. También pidieron que ningún monje «Anciano» fuera transferido a casas reformadas, ni los Abstinentes a comunidades no reformadas. Con la única excepción del derecho celosamente defendido de nombrar priores conventuales, Boucherat accedió gustoso a todas las peticiones, que quedaban sujetas a la aprobación final del próximo Capítulo General. De esta forma, lo que La Rochefoucald pedía para una congregación autónoma, Boucherat lo otorgaba a un vicariato. Por supuesto la diferencia notable radicaba en que el vicariato abstinente debía funcionar bajo la autoridad del General, pero su desarrollo futuro no quedaba en manera alguna obstaculizado. Si Maugier hubiera quedado satisfecho con estas generosas concesiones, la reforma podría haberse expandido en forma pacífica sobre una base espontánea, y un capítulo embarazoso de la historia de la Orden habría quedado sin escribir. Pero, por desgracia, esto no fue lo que aconteció.

La Estricta observancia en peligro

La coincidencia de varios hechos trágicos entre 1624 y 1625 dio a Maugier la impresión de que su novel Estricta Observancia estaba en peligro. A fines de 1624, murió Denis Largentier durante una visita a Orval, y Boucherat murió, asimismo en la primavera de 1625. La desaparición casi simultánea de esos dos baluartes de la reforma debilitó sin duda alguna la posición de los Abstinentes, pero ocurrieron desengaños aún mayores. Tanto en Cister como en Claraval las elecciones se realizaron en una atmósfera caldeada en exceso. En Claraval, Maugier compitió por la sucesión con el sobrino del Abad fallecido, Claudio Largentier. A pesar de la abierta intervención de La Rochefoucauld a su favor, Maugier perdió, y el nuevo Abad expulsó a los Abstinentes de su abadía. La reforma perdió a Claraval para siempre. En Cister, la intervención del Cardenal encontró idéntico rechazo, y el victorioso Pedro Nivelle, aunque era un hombre erudito y de amplia experiencia administrativa, no se caracterizaba precisamente por ser un reformista entusiasta. Debido a estas circunstancias, la Estricta Observancia perdió parte de su impulso inicial, pero nada más. Por su propia voluntad, Nivelle volvió a nombrar a Maugier su vicario para los Abstinentes, y el General no puso ningún obstáculo para la difusión posterior del movimiento. En 1628, la Estricta Observancia ya contaba catorce monasterios y el Capítulo General del mismo año aprobaba los términos de las disposiciones adoptadas entre Boucherat y Maugier en 1624. En 1628, expiraba el nombramiento de La Rochefoucauld como visitador, dejando así el futuro de la Estricta Observancia en manos de sus propios conductores. No obstante, el desarrollo poco espectacular de la misma despertó la impaciencia de muchos monjes jóvenes de la segunda generación reformada, en forma aún más intensa que la sentida anteriormente por Maugier. El liderazgo recayó gradualmente en Juan Jouaud, quien se convirtió en abad de Prières a la edad de 29 años, en 1631. El joven abad había hecho influyentes amistades durante sus años de estudio en París, y se había convertido en un íntimo del círculo de consejeros de Richelieu en materia de reforma religiosa. Por su profesión monástica, debería haber sido un contemplativo, pero en realidad demostró ser un hombre de acción y voluntad imperiosa que estaba muy versado en leyes y manejaba la pluma como un formidable panfletista.

El Visitador de la Rochefoucauld

Todo esto constituyó el trasfondo del inesperado nuevo nombramiento de La Rochefoucauld como visitador de los cistercienses por otros tres años, a fines de 1632. Son inciertas las circunstancias que rodearon la reaparición del anciano Cardenal, pero no es imposible, como alguno de sus contemporáneos sospecharon, que fuera una maniobra de los Abstinentes, que movilizaron a sus influyentes amigos en Roma y París. Con todo, hay una cosa cierta: una serie de hechos dramáticos se precipitó en rápida sucesión. Después de numerosas consultas con los líderes Abstinentes, el Cardenal publicó en el verano de 1634 su nuevo decreto titulado: «Proyecto de una sentencia para el restablecimiento de la observancia regular en la Orden de Cister». La magnitud de los cambios que introducía el documento produjo en la Orden un tumulto sin precedentes, que se mantuvo durante medio siglo. Nunca se curaron completamente las heridas producidas por esta guerra, sin cuartel en las palabras, y que llegó a veces hasta la violencia física. El cuerpo del texto de la sentencia de La Rochefoucauld consiste en treinta párrafos, que apuntaban a la reorganización total de la administración de la Orden bajo el control exclusivo de la Estricta Observancia. La más revolucionaria de las drásticas medidas fue la suspensión de las jurisdicciones del Abad General y del Capítulo General. La autoridad ejecutiva debía ser ejercida por un Vicario general de la reforma, hasta que la Estricta Observancia fuera suficientemente poderosa como para lograr un control efectivo de Cister y las demás abadías principales de la Orden. Las casas de los «Ancianos» tenían prohibido recibir novicios, mientras la Estricta Observancia estaba autorizada a tomar posesión de todo monasterio que estuviera en condiciones de ser reformado. Nivelle y los protoabades hicieron oír su protesta inmediatamente en la corte papal y apelaron a Luis XIII. Tan pronto como se conoció el incidente en el exterior, algunas abadías cistercienses, en especial la poderosa Congregación de Alemania Superior, amenazaron con separarse, a menos que la «Sentencia» fuera revocada. No obstante, en ese momento los Abstinentes eran firmes en sus posiciones, y en 1635, La Rochefoucauld entró en el Colegio parisino de San Bernardo con escolta militar, y expulsó al preboste y a su plana mayor, convirtiendo la institución en el cuartel general de la reforma. Como en una última jugada desesperada, Nivelle y sus colegas se dirigieron al Cardenal Richelieu en busca de ayuda. El gran Ministro ofreció su ayuda y protección, por la cual debían pagar, sin embargo, un precio muy alto: sería el Abad General de la Orden cisterciense. Nivelle, que recibió en compensación el obispado de Luçon, dimitió cortésmente, y el 19 de noviembre de 1635, un simulacro de elección otorgaba el título abacial de Cister a Richelieu. Sin embargo, éste no cumplió con lo estipulado en el pacto. Juan Jouaud ingresó en el grupo de sus secretarios y comenzó a hacer efectiva la «sentencia» de La Rochefoucauld con mucho más vigor del que el viejo cardenal hubiera sido capaz de emplear. Maugier fue nombrado nuevamente Vicario para los reformados, y comenzó con toda seriedad la eficaz propagación de la Estricta Observancia. Los «Ancianos» fueron arrojados de Cister, y en 1637, se instaló allí una nueva comunidad Abstinente. En todas partes se tomaron medidas semejantes, y sólo el limitado número de monjes abstinentes puso freno al celo de Maugier. Aun así, hasta la muerte de Richelieu acaecida en 1642, el número de casas bajo la Estricta Observancia se duplicó de quince a treinta, albergando una población estimada en cuatrocientos monjes. Muchas de las abadías recientemente conquistadas preferían someterse pacíficamente antes que luchar. En algunos casos de resistencia, tales como Barbery o Igny, se ejerció incluso presión militar. Maugier no había de disfrutar de su victoria por mucho tiempo. Murió prematuramente en el Colegio de San Bernardo en 1637. Su amigo de toda la vida, Octavio Arnolfini, de salud bastante precaria, le sucedió hasta que falleció en 1641. Desde este momento en adelante, ostentando diversos títulos, Juan Jouaud dirigió el destino de los Abstinentes: Hay un punto, sin embargo, que empañó el generalato cisterciense de Richelieu. Debido a que la validez de su elección era muy dudosa por cierto número de razones, fue repudiada por la mayoría de las congregaciones extranjeras. Todavía fue más humillante, que la Santa Sede rechazara constantemente otorgarle las dispensas necesarias para la validez canónica de su elección, formalmente deficiente. Sin embargo, la actitud de la Curia era simplemente un síntoma del empeoramiento de las relaciones entre París y Roma, envenenadas por el galicanismo. En las décadas siguientes, las observancias cistercienses en pugna continuaron explotando este conflicto diplomático con pragmática sutileza. Jouaud, con la falsa idea de que el apoyo gubernamental podía continuar después de la desaparición de Richelieu, buscó ininterrumpidamente protección y ventajas tácticas invocando principios de nacionalismo galo y rechazando terminantemente cualquier intento de mediación papal. Por el otro lado, los «Ancianos» – oficialmente la «Común Observancia» –, se dirigían por comodidad a Roma alegando ser fieles defensores de los derechos papales contra la intrusión secular en asuntos esencialmente religiosos. La posición de éstos mejoró notablemente en Roma por intercesión de un cisterciense italiano de gran influencia, Hilario Rancati (1594-1663), abad de Santa Croce y procurador general, teólogo y consejero papal muy admirado. Fue este mismo Rancati el que obtuvo un breve de Urbano VIII a fines de 1635 condenando el secuestro del Colegio Parisiense y declarando nulas y carentes de validez todas las medidas de La Rochefoucauld que privaban a Cister de sus añejos privilegios. Mientras Richelieu vivió, este breve ni siquiera pudo ser mencionado, pero después de su muerte el descubrimiento del documento levantó mucho la moral de la alicaída Común Observancia. Richelieu estaba luchando con la muerte cuando algunos de los expulsados de Cister comenzaron a converger hacia la abadía. Tan pronto como se supo la muerte del Cardenal, volvieron más, y el 2 de enero de 1643, veintiún Ancianos, en medio de la airada protesta de los Abstinentes, eligieron como nuevo abad a Claudio Vaussin (1608-1670). La tumultuosa escena distaba mucho de ser una elección legítima, pero habían acertado en la persona. Vaussin, joven monje de treinta y cinco años, no sólo era un monje de gran talento, perteneciente a una notable familia burguesa de Dijon, sino también el protegido del gobernador de Borgoña, Enrique II de Borbón, Príncipe de Condé. Esta vez le tocó protestar a Juan Jouaud, alegando que, de acuerdo con la «Sentencia» de La Rochefoucauld y las reglamentaciones de Richelieu, los miembros de la Común Observancia no podían ser elegidos abades. Como consecuencia, se entablaron reclamaciones legales en extremo complicadas, durante las cuales Vaussin ocupó inteligentemente un segundo plano. El cerebro de la estrategia que concluyó con éxito fue Claudio Largentier, abad de Claraval, que contaba con el apoyo incondicional de Rancati en Roma. El resultado final fue la decisión del Consejo real, fechado el 5 de abril de 1645; que, sin discutir la validez de la «Sentencia» de La Rochefoucauld, restauraba el derecho de los Ancianos en las elecciones abaciales. Por lo tanto, se llevó a cabo una nueva elección en Cister rodeada de todas las formalidades requeridas el 10 de mayo; Vaussin recibió el voto unánime de treinta y siete miembros de su observancia, mientras los dieciséis Abstinentes se lo otorgaban a Jouaud. A la victoria de Vaussin, siguió una rápida aprobación real y papal. Acusando el golpe, la Estricta Observancia consideró por un instante la posibilidad de aceptar un compromiso, esto es, la idea de una Congregación reformada autónoma bajo la autoridad nominal de Vaussin, pero terminó por prevalecer el empuje de Jouaud. Apoyándose en la validez de la tan discutida «Sentencia», la Estricta Observancia desafió la legitimidad de la elección de Vaussin, y exigió la inmediata puesta en práctica de las reglamentaciones de La Rochefoucauld. El pleito, que se prolongó por una década, llegó hasta el Parlamento de París, pero en la disputa las causas reales se vieron muy oscurecidas por los manejos de la diplomacia internacional y la aparición del jansenismo.

Papado de Inocencio X

Esta nueva situación era más controlable para Jouaud. Bajo el nuevo papa, Inocencio X (1644-1655), la influencia de Rancati quedaba considerablemente eclipsada, a la par que el propio Jouaud lograba un puesto prominente en la corte de la Regente, la reina Ana de Austria. La reina se convirtió en la más decidida protectora de la Estricta Observancia, y la lucha contra el jansenismo le facilitó una posición excelente para negociar en Roma: si el Papa se mostraba reticente en acceder a las demandas de la Estricta Observancia, ella sería igualmente reticente en proceder contra los jansenistas. Vaussin trató de neutralizar la ventaja de sus oponentes utilizando la intervención decidida de las grandes abadías de Alemania y Suiza, que tenían considerable poder en Roma, pero ninguno en París. Por lo tanto, la decisión del Parlamento de París del 3 de julio de 1660 cambió el sentido de las agujas del reloj hacia 1634: era válida la «Sentencia» de La Rochefoucauld, y se ordenaba su ejecución. Sólo la Estricta Observancia gozaba del privilegio de recibir novicios y sólo los Abstinentes podían ser elegidos abades. Como hacía tiempo que se esperaba este golpe de gracia, una gran cantidad de comunidades cistercienses francesas decidieron someterse a la reforma antes de 1660, y la propagación del movimiento se aceleró bajo presión legal después de esa fecha. Hacia 1664, las casas controladas por los Abstinentes alcanzaban a cincuenta y cinco, con un total de monjes que se acercaba a los setecientos.

Papado de Alejandro VII

Pero cambios importantes en el panorama político convencieron bien pronto a Vaussin que, si bien había perdido una batalla, podría todavía ganar la guerra. Con el papa Alejandro VII (1655-1667), la influencia de Rancati llegó a su grado máximo. Luego, en 1661, a consecuencia de la muerte de Mazarino, el joven rey Luis XIV tomó personalmente las riendas del gobierno. Adicto al absolutismo, miraba con suspicacia cualquier movimiento contra la autoridad establecida, y consideraba que las demandas radicales de la Estricta Observancia constituían una rebelión contra el Abad General. Además, para un monarca que tenía a la vista la expansión francesa hacia el este, era muy digna de aliento la actitud amistosa de las grandes abadías romanas. Plenamente consciente de la alianza entre Vaussin y sus colegas alemanes, el rey halló políticamente adecuado apoyar la autoridad del General. Por último, con el advenimiento del nuevo régimen francés, la atmósfera piadosa que rodeaba a la anciana Reina Madre se desvaneció. No siendo ya regente y con la salud quebrantada, perdió rápidamente influencia en los asuntos públicos. Fue en estas circunstancias, cuando Vaussin pidió al real Consejo de Estado que le permitiera transferir a Roma esta enconada disputa, de tan larga duración que parecía no tener fin, para someterla al arbitrio del papa. La decisión del Consejo de 18 de junio de 1661, mantuvo el veredicto del Parlamento del año anterior, pero autorizó a la Común Observancia a apelar a la Santa Sede para una decisión final. Jouaud, prácticamente fuera de combate, se dirigió al Parlamento en búsqueda de consuelo y redactó una serie de envenenados panfletos contra Vaussin y la intervención papal, pero fue incapaz de impedir que el General defendiera personalmente en Roma la causa de la Común Observancia. La tarea realizada por Vaussin en la Curia (noviembre 1661-marzo 1662) resultó muy satisfactoria. Convenció a las autoridades de que era más importante preservar la unidad de la Orden y promover una reforma general, que el dominio de la Estricta Observancia. En consecuencia, un nuevo breve papal invalidaba expresamente la Sentenzia de La Rochefoucauld, nombraba una congregación especial en Roma para los asuntos cistercienses, e invitaba a representantes de ambas observancias a participar en la elaboración de un código cisterciense de aplicación universal.

Tensiones entre Francia y el Papado

El empeoramiento de las relaciones diplomáticas entre Francia y Alejandro VII impidió la aplicación inmediata de los términos del breve, pero en 1664 Vaussin estaba listo para viajar de nuevo a Roma y dar un giro definitivo al litigio de las dos observancias. Anticipándose a lo peor, Jouaud se inclinaba a boicotear las negociaciones romanas, pero una convención de abades Abstinentes decidió por último enviar a dos de los suyos a defender la Estricta Observancia. Uno fue Domingo George, abad de Val-Richer y el otro fue Armando-Juan Le Bouthillier de Rancé (1626-1700), abad de La Trapa, recién reformada. En aquel borrascoso escenario, ésta fue la primera aparición de Rancé, cuya conversión al monaquismo era tan comentada. Sin duda alguna lo eligieron por su erudición, piedad y elocuencia, pero también por sus vinculaciones aristocráticas. A pesar de esto, su temperamento, su ostentoso ascetismo y su inflexibilidad no eran los mejores valores para lograr el éxito en Roma. Instintivamente, asumió en la Curia el papel de un segundo san Bernardo y trató de dar a los cardenales de la congregación especiales lecciones de espiritualidad monástica y de reforma, aunque había hecho su propia profesión monástica sólo pocos meses antes de partir para Roma. A pesar de todo, fue muy eficaz para lograr el apoyo de cierto número de personajes importantes, como el reverenciado cardenal fuliense Juan Bona, y Pablo de Gondi, cardenal de Retz. Nadie dudaba de la decisión final del arbitraje romano. A fines de 1665, la bula de reforma cisterciense estaba lista para ser promulgada y únicamente la oposición de la moribunda Ana de Austria pudo dilatarla. Murió a comienzos del año siguiente, y la muy esperada bula fue promulgada, en forma de constitución apostólica, el 19 de abril de 1666. Conocida como la In Suprema por sus palabras iniciales, sirvió de código de disciplina cisterciense hasta la Revolución Francesa. El documento era una interpretación capítulo por capítulo de la Regla de San Benito y prescribía la misma disciplina para ambas observancias, salvo en materia de abstinencia. La Estricta Observancia mantenía la abstinencia perpetua, mientras se permitía a la Común Observancia comer carne tres veces por semana, excepto durante Adviento y Cuaresma, cuando la abstinencia era total. Más importante era la reglamentación relativa a la Estricta Observancia como entidad legal diferente dentro de la Orden. El papa elogiaba a los Abstinentes por su celo y disciplina ejemplar, y expresaba sus mejores deseos de un desarrollo más amplio del movimiento, pero la Estricta Observancia tenía que contentarse con una autonomía limitada, bajo la supervisión de Cister y del Capítulo General. Las casas reformadas debían estar divididas en dos provincias, cada una de las cuales bajo un visitador Abstinente. El Colegio de San Bernardo debía ser compartido por ambas Observancias, bajo la supervisión del Capítulo General. Sólo en casos excepcionales, se aceptaba la transferencia de monjes de una a otra Observancia. Concesión sorprendente otorgada a la Estricta Observancia fue el derecho de designar de entre sus propias filas a diez delegados para el Definitorium, comité ejecutivo del Capítulo General. Como nota final de precaución, el papa impuso perpetuo silencio a aquellos que podrían estar siempre inclinados a reabrir las hostilidades. La constitución papal fue promulgada solemnemente en el Capítulo General de 1667, su primera sesión después de una reunión sin consecuencias realizada en 1651. Apenas había terminado la lectura del documento, cuando se levantó Rancé y declaró que la bula era el resultado de la información incorrecta y del fraude, publicada con el único propósito de suprimir la Estricta Observancia. Por lo tanto, se reservaba el derecho de iniciar gestiones legales posteriores en el caso. La protesta de Rancé estaba firmada por todos los participantes abstinentes del Capítulo.

Muerte de Alejandro VII

La muerte de Alejandro VII, ocurrida ese mismo año, ofreció a estos últimos la oportunidad de dirigir sus quejas al nuevo papa, Clemente IX (1667-1669). La petición fue presentada en Roma por el cardenal de Retz. El pontífice, sin embargo, familiarizado íntimamente con los asuntos cistercienses, no sólo rechazó la apelación, sino que condenó con fuertes palabras la «temeraria» actitud de Rancé. Dado que la In Suprema pedía Capítulos trienales, Vaussin pronto se ocupó en dichos preparativos para 1670. Su muerte, acaecida en Dijon el 1 de febrero de 1670, en medio de sus actividades, fue una gran pérdida a la causa de la paz, hecho que aun sus adversarios posteriormente reconocieron. Fue un hombre de buena voluntad y con sabiduría práctica, más inclinado a aceptar compromisos razonables que a luchar por la victoria total. Sobre él recayó el papel de campeón en esta larga y enconada disputa, pero su tacto y deferencia hacia los celosos protoabades aseguraron, por lo menos en la Común Observancia, una era de armonía y cooperación. El sucesor de Vaussin fue Juan Petit (1670-1682), un doctor en derecho canónico, hombre de aguda inteligencia, pero con una absoluta devoción a sus principios, uno de los cuales era el dominio total sobre la Orden. En el término de un año se vio complicado, no sólo en la lucha contra los Abstinentes, sino también contra los protoabades. Aunque la muerte de Vaussin pospuso el Capítulo General anunciado para 1670, se reunió un Capítulo en 1672. Fue el más borrascoso jamás registrado en los anales cistercienses. Los protoabades establecieron una extraña alianza con la Estricta Observancia, luchando todos contra los métodos usados por Petit para lograr el control de las sesiones. Formando una masa compacta en el poderoso Definitorium con sus propios partidarios, redujo además a seis los diez delegados Abstinentes. Los protoabades y los miembros de la Estricta Observancia se retiraron de forma teatral, y el Capítulo se disolvió en el mayor desorden. La muerte de Juan Jouaud en 1673 simplemente complicó más el ya enmarañado ovillo. Sin duda alguna, fue un carácter combativo, pero nunca se pudo poner en tela de juicio su fidelidad a las genuinas tradiciones cistercienses. El liderazgo de la Estricta Observancia recayó en Rancé, cuya fuerte inclinación a las disputas era ya legendaria, y su adhesión al rigor moral era un pobre sustituto para su falta de comprensión de la auténtica espiritualidad cisterciense. Debido a que la Estricta Observancia no había gozado nunca de mucha simpatía en Roma, Rancé decidió a fines de 1673 canalizar por otras vías sus motivos de queja, que por ese entonces incluían la abortiva sesión del Capítulo General del año anterior. Dirigió una elocuente apelación al rey en persona, y le prometía aceptar su veredicto como la voz de Dios. Al mismo tiempo, realizó una movilización total entre los numerosos amigos con que contaba en París y Versalles, y lanzó una nueva ola de panfletos de amplia circulación. Un comité real especialmente formado, encabezado por Francisco de Harlay de Champvallon, arzobispo de París, debía investigar sus cargos. Petit no estaba en condiciones de competir con la influencia de Rancé en la sociedad parisina, y se esperaba un veredicto en favor de la Estricta Observancia. La inevitable intervención de las abadías extranjeras cistercienses transformó el panorama, y obligaron al rey a cambiar de idea. En este crítico momento, sus ejércitos estaban realizando una campaña interminable en Renania, la zona de mayor protesta. El 19 de abril de 1675, el Consejo de Estado falló en contra de las, reclamaciones de los Abstinentes, aunque les permitía dirigirse a Roma si deseaban continuar el litigio. En ese momento era papa Clemente X (1670-1676), el mismo Emilio Altieri que había servido durante años al frente de la Congregación romana de asuntos cistercienses; lo cual desvanecía por sí mismo cualquier ilusión de los Abstinentes de lograr el éxito en Roma, y el asunto fue abandonado. Las acusaciones y protestas de los Abstinentes parecían proseguir indefinidamente, mientras que los papas eran sólo mortales. Papado de de Inocencio XI A Clemente le sucedió Inocencio XI (1676-1689), un santo asceta, que no había estado previamente involucrado en la guerra de Observancias cistercienses, pero que tenía gran estima por Rancé y el éxito tan propagado de su monasterio. Después que el abad de La Trapa hubo obtenido algunos valiosos breves del nuevo papa para su propia abadía, la Estricta Observancia decidió un último intento para resucitar la «Sentencia» de La Rochefoucauld. Los emisarios de los Abstinentes trabajaron diligentemente en Roma durante 1677. En ese momento, las autoridades se mostraron bien dispuestas y surgió el texto de una nueva bula papal que incorporaba la mayoría de las disposiciones de la notoria «Sentencia» y conducía nuevamente a la Estricta Observancia a los umbrales de la victoria total. Pero las relaciones del papado con Francia habían alcanzado un punto caótico, y la curia no se atrevió a publicar el documento sin consultar previamente con Luis XIV. La nunciatura papal en París tuvo a su cargo las conversaciones exploratorias y, a comienzos de 1679, los resultados ya no fueron un secreto: aunque el rey simpatizara con la reforma, no permitiría que la autoridad de Cister quedara debilitada con la formación de una congregación independiente. Se vio, con toda claridad, que no podía hacerse otra cosa que dejar completamente de lado este asunto. La situación de la Estricta Observancia no mejoró por razón de acción legal alguna, sino porque Petit comprendió el problema en forma distinta. Después de una década de duro batallar en dos frentes, llegó por fin a la conclusión de que no podía vencer a los protoabades, sin hacer antes las paces con la Estricta Observancia. En 1683, era inminente la muy diferida sesión del Capítulo General. Para evitar la confrontación de 1672, Petit negoció un pacto razonable con los Abstinentes: les aseguró independencia efectiva en la administración de sus propias casas, por entonces sesenta, y otorgó a los abades reformados el derecho de celebrar reuniones anuales, aunque se reservaba el de presidirlas. Tales reuniones tenían autoridad para nombrar a los visitadores Abstinentes, a la vez que cualquier problema de otra naturaleza debía ser dirigido a una delegación de abades reformados. Por último, aseguró Petit a la Estricta Observancia que no se oponía en modo alguno a que la reforma fuera introducida en aquellos monasterios donde la mayoría se inclinara por ese cambio. De esta forma, después de seis décadas de incesante lucha, se iba volviendo lentamente al punto de partida. El acuerdo alcanzado entre Petit y la Reforma recuerda en mucho al pacto de 1624 negociado entre Nicolás Boucherat y fitienne Maugier. Es ocioso especular sobre cual hubiera sido la suerte del movimiento sin los denodados esfuerzos para imponerse en Cister. Sin embargo, no es arriesgado aventurar que, si la Estricta Observancia hubiera aplicado todos sus recursos materiales, intelectuales y espirituales para lograr una penetración pacífica de la Orden, en lugar de buscar la victoria a través de medidas de fuerza logradas de las autoridades, el resultado final hubiera sido más sólido, aunque menos espectacular. Por una ironía del destino, cuando la larga y disputada contienda llegaba a su fin, la Estricta Observancia estaba ya en proceso de disolución. El factor decisivo en las filas de la reforma fue principalmente la personalidad de Rancé. Durante la administración de Richelieu, los líderes Abstinentes elaboraron un código de disciplina reformada basado en su mayor parte en el «Libro de las Definiciones Antiguas» de 1316. este resultó ser un instrumento que mantuvo notablemente la uniformidad, hasta que fue discutido por Rancé y sus discípulos. Sus propios reglamentos para La Trapa fueron mucho más allá de las medidas de los Abstinentes en severidad, e insistió en su derecho de formar la espiritualidad de su comunidad de cualquier forma que encontrara apropiada. Después de 1667, no concurrió más ni a las sesiones del Capítulo General ni a las asambleas especiales de la Estricta Observancia, y rechazó constantemente cualquier intento de incorporar su abadía a la misma línea de otras comunidades reformadas. A pesar de que son innegables el celo y la piedad de Rancé, debe señalarse que las características más notables de su reforma de La Trapa eran novedades en la historia de Cister. En lugar de dar nueva vida a las tradiciones cistercienses genuinas, La Trapa reflejó el desarrollo espiritual de su reformador y el ascetismo exagerado de la Francia del siglo XVII. Rancé creía que el monaquismo era básicamente una forma de vida penitencial; los monasterios una especie de prisiones y sus habitantes criminales, condenados a pasar el resto de sus vidas sufriendo castigos severos. La misión fundamental del abad era excogitar para sus monjes todo tipo de humillaciones, y estimularlos que practicaran la austeridad, aun a costa de su salud. No se les permitía sentir satisfacción alguna por sus trabajos y ejercicios; su actividad más apropiada era lamentar sus pecados. De acuerdo con esta concepción, se disponía la disciplina de la casa, el menú y el trabajo diario. Rancé y sus seguidores multiplicaron el tiempo ocupado en oraciones, volvieron al trabajo duro, dieron un nuevo énfasis al silencio y desterraron de su mesa, no sólo la carne, sino también pescado, huevos y manteca. En cierta forma, había resurgido en La Trapa el espíritu heroico de los primeros cistercienses, pero Rancé sustituyó la maravillosa vibración del espíritu contemplativo de san Bernardo por la lobreguez del rigorismo de su época. La introducción de la reforma en Sept-Fons, otro centro renombrado de renovación fue tarea de Eustaquio de Beaufort (1636-1707). En 1656, cuando recibió la abadía como merced real, era un joven de sólo veinte años. No sin alguna vacilación, se decidió a ser monje y completó su noviciado en Claraval, pero apenas se había unido a la Estricta Observancia en 1664, cuando experimentó una «segunda conversión». En los años que siguieron, sintió mucho la influencia de Rancé, a pesar de lo cual Sept-Fons desarrolló igualmente una versión distinta de la disciplina Abstinense. Por una situación similar pasó Tamié, donde la Estricta Observancia fue introducida en 1677 por el abad Juan Antonio de la Forest de Somont, que actuaba bajo la inspiración de Rancé. El único discípulo incondicional de Rancé entre los cistercienses fue Carlos de Bentzeradt, abad de Orval, quien envió a sus monjes para su formación en La Trapa, y adoptó en 1674 los reglamentos de dicha abadía. A su vez, Orval consiguió imponer el nuevo estilo de vida en las comunidades de Conques (1697), Düsselthal (1701) y Beaupré (1710). De todas las casas cistercienses, sólo Orval y sus tres casas afiliadas dieron entrada al jansenismo. Aunque Rancé gozó de la amistad de varios jansenistas, se las arregló para evitar el verse involucrado en él. A pesar de que la Estricta Observancia quedó hasta la Revolución Francesa como una institución principalmente gala, La Trapa dio en 1705 nueva vida y reformó la abadía italiana de Buonsolazzo, que a su vez introdujo la misma observancia en Casamari en 1717. El último paso en su desarrollo fue la adquisición y reforma por Sept-Fons de Val-des-Choux en 1761, anteriormente Caulite (congregación contemplativa independiente). Bajo la nueva administración, esa antigua abadía cambió su nombre por Val-Saint-Lieu. Como sucedió en todo el mundo monástico de Francia durante el siglo XVIII, la Estricta Observancia perdió mucho de su fervor original, aunque La Trapa y Sept-Fons fueron, hasta el último momento, comunidades muy pobladas, de ejemplar disciplina. La Estricta Observancia incorporó durante el siglo XVII cinco conventos de monjas cistercienses (Maubuisson, Argensolles, LieuDieu, Thorigny, Sainte-Catherine d’Angers), mientras que el convento de Les Clairets fue reformado bajo la tutela de La Trapa. Es problemático dar un número definitivo de abadías pertenecientes a la Estricta Observancia, porque algunas comunidades pequeñas cambiaron sus afiliaciones entre las dos observancias varias veces. En la cumbre de su crecimiento, la Estricta Observancia incluyó sesenta y cinco casas, sumadas a los cinco cenobios de monjas.

Fuente:http://omesbc.wordpress.com

Selección: José Gálvez Krüger