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Domingo, 29 de marzo de 2020

Cister: Historia X

De Enciclopedia Católica

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Nacimiento de las Congregaciones

La estructura básica de la interdependencia cisterciense, de acuerdo con los principios de la Carta de Caridad, era la filiación: la «madre» fundadora controlaba a la «hija» recién establecida. Dado que en última instancia cada abadía dependía de una de las cinco «protoabadías», la historia medieval cisterciense es testigo de una larga expansión lineal de las «familias» de Cister, La Ferté, Pontigny, Claraval y Morimundo. Las líneas de filiación de Claraval, la más prolífica, se extendían desde Portugal a Hungría, y de Suecia al sur de Italia; las de Morimundo eran especialmente extensas en dirección este-oeste, alineando establecimientos desde España hasta la región Báltica. Mientras cada abad pudo delegar voluntariamente las tareas de la visita regular, el sistema funcionó con notable eficiencia. Sin embargo, con el tiempo, la intromisión de abades comendatarios, la supresión en gran escala de monasterios y la aparición de estados nacionales constantemente en guerra, cortaron los medios de comunicación y control. A comienzos del siglo XV, el Capítulo General se vio obligado a desarrollar un nuevo sistema de visitas. La Carta de Caridad nunca fue derogada o reformada de forma oficial; tradicionalmente, cada sesión del Capítulo se abría con la lectura del venerable documento. Sin embargo, las nuevas disposiciones tenían muy poco en común con el primitivo concepto cisterciense de gobierno. Las novedades más importantes eran la formación de «provincias» y «congregaciones». Las primeras fueron iniciadas y controladas por el Capítulo General; las segundas vieron la luz, con frecuencia, sin el acuerdo del Capítulo, y tendieron a desarrollarse hacia organizaciones regionales o nacionales más o menos independientes. Desde el siglo XV en adelante, fueron nombrados ocasionalmente por el Capítulo General padres visitadores de monasterios aislados. Si su autoridad se extendía a un territorio más extenso, con poderes mayores que los habituales, se los llamaba con frecuencia «reformadores». En 1433, se nombró un visitador especial para cada provincia bajo la autoridad de un «visitador general». Habitualmente se nombraba para una tarea de tal envergadura a los abades más influyentes, o incluso el Abad de Cister; pero con la anuencia del Capítulo actuaron también como tales simples monjes. Se llamaba «comisarios» a los nombrados por el Capítulo para otras tareas especiales, como arbitrajes o recaudación de contribuciones. A poco de establecida esta función, se hizo cada vez más importante.

Nuevo sistema de administración

El nuevo sistema de administración adquirió una forma más fija y específica cuando, durante el siglo XVI, las abadías que no pertenecían a las congregaciones recién establecidas fueron organizadas en provincias y vicariatos bajo la directa autoridad del Capítulo General. En caso de que éste no se reuniera, el Abad de Cister ejercía su autoridad. Estas provincias cistercienses, a diferencia de las de los mendicantes, eran unidades administrativas sin autonomía ni función constitucional y correspondían territorialmente a las provincias políticas de las distintas naciones. Este esquema nuevo se desarrolló primero en Francia, y durante el siglo XVII se difundió por toda Europa. Hacia el año 1683, a más de las congregaciones, había treinta y nueve provincias. El control de los monasterios de una provincia era ejercido por el vicario provincial, nombrado por el Capítulo General, que era normalmente un abad de esa provincia. El Capítulo General de 1605 definió las funciones de este cargo nuevo e importante y los Capítulos Generales posteriores las ampliaron. La obligación principal del vicario provincial era la visita anual a todos los monasterios a su cargo. Debían comunicar sus observaciones al abad de Cister, quien podía nombrarlos o relevarlos, previa consulta con los protoabades, porque, si bien los nombramientos duraban hasta el Capítulo siguiente, podían transcurrir décadas sin un Capítulo regular. Con frecuencia, abades muy estimados desempeñaron el cargo de por vida. Cuando el Abad de Cister tomó el cargo de «abad general», los vicarios se transformaron en «vicarios generales». El procurador provincial era el subordinado oficial al vicario general, encargado de la defensa o apoyo de las abadías en casos legales. Este cargo se originó durante la lucha contra la commenda en el siglo XV. En 1565 se cambió el título por el de «síndico» o «promotor», y finalmente fue suprimido en 1695. La creciente influencia de la corte francesa en materia religiosa se manifestó en 1601, con el nombramiento de un «procurador general» que residía en el Colegio de San Bernardo en París. Su misión era similar a la del procurador general en Roma. A despecho de estas innovaciones, el Capítulo alentaba siempre a los abades a ejercer sus derechos constitucionales cooperando con los vicarios generales, en todo lugar donde existieran las líneas de filiación originales. Los mismos factores históricos que motivaron estos cambios administrativos influyeron también en la reorganización de la educación de los novicios y de los monjes recién profesos. Como consecuencia de las desgarradoras circunstancias, ya analizadas, un gran número de abadías declinaron tanto en personal como en disciplina regular, tornándose incapaces o incompetentes para mantener en forma correcta sus propios noviciados. El detallado plan de reformas del Capítulo de 1601 exigía la formación de noviciados comunes para ciertos grupos de abadías. Este plan encontró amplio apoyo en Roma, porque ya se había comprobado en otras congregaciones religiosas que era un medio práctico para mantener una disciplina uniforme. Sin duda alguna, tal medida afectaría vitalmente los derechos básicos de cada monasterio; y a ella se opusieron en especial las abadías alemanas y todas aquellas donde todavía sobrevivía la vida cisterciense tradicional. Sin embargo, el noviciado común se transformó en institución provincial, como una necesidad inevitable, en Francia e Italia. Siempre se respetó el derecho de cada abadía a mantener su propio noviciado, en la medida que fuera capaz de cumplir con los requisitos mínimos de una dirección correcta. Las casas de noviciado común orientaban, por lo general, hacia un curso posterior de teología, en el cual el neoprofeso recibía una formación más completa en la disciplina monástica. Debido a la gran importancia de estos centros educativos para propiciar reformas y fortalecer el espíritu general de la Orden, se debatió acaloradamente en todo el siglo XVII, durante la guerra de las observancias, la forma en que debía ejercerse su dirección y supervisión. Los orígenes de las congregaciones autónomas están íntimamente unidos a movimientos de reforma regionales. Tal es el caso de la Congregación fundada por Joaquín de Fiore en Calabria a comienzos del siglo XIII, de corta vida. En forma similar, el desarrollo de la poco conocida Congregación de Sibculo , en los Países Bajos, fue motivada por fuerzas de renovación espiritual. A comienzos del siglo XV, surgió en España un movimiento mucho más significativo. Martín de Vargas, un jerónimo (Congregación de ermitaños de San Jerónimo), que se convirtió en monje cisterciense en la abadía de Piedra, fundó la Congregación de Castilla u «Observancia Regular de San Bernardo». Aunque su actividad como reformador suscitó una gran controversia en Cister, era ampliamente conocido como un hombre santo y estudioso, impulsado por las mejores intenciones. Después de su estancia en Italia, en 1425, llegó a la conclusión de que la mejor forma de remediar el estado decadente de la Orden en España, debido en gran parte a la infiltración del sistema comendatario, sería la adopción de medidas que habían probado ser eficaces, en circunstancias semejantes, para los benedictinos italianos, bajo el liderazgo de Ludovico Barbo († 1443), obispo de Treviso. Con la aprobación del papa Martín V, Vargas abandonó Piedra en 1427, y con once compañeros, fundó Montesión cerca de Toledo. El Capítulo General fue informado de la existencia del nuevo movimiento alrededor de 1430, después de que Vargas y sus monjes tuvieron éxito al lograr controlar la abadía cisterciense de Valbuena. Cister protestó, pero la reforma recibió en 1434 un nuevo apoyo del papa Eugenio IV, que estuvo ligado con anterioridad a Ludovico Barbo. En rápida sucesión, siguió la conquista de otras seis abadías, y el Capítulo General, sintiéndose ultrajado, excomulgó al insubordinado español. Sin embargo, el Papa Eugenio, convencido de que Vargas estaba en la posición correcta, y Cister en la equivocada, no sólo aprobó la nueva Congregación de Castilla en 1437, sino que exigió que el Capítulo General aprobara su organización. El Capítulo de 1438 obedeció de mala gana, pero en 1445 Vargas fue excomulgado por segunda vez, muriendo en desgracia al año siguiente. Por entonces, la Congregación había logrado amplio apoyo, y sobrevivió a su fundador sin mayores dificultades. Con toda certeza, Vargas fue un innovador audaz. Para desalentar a potenciales comendatarios, reemplazó a los abades por priores elegidos por el término de tres años. Podían ser reelegidos, pero no por un período consecutivo. Se autotituló «Reformador», y compartió la autoridad con ocho definidores. Estos nombraban a los visitadores, quienes eran responsables ante el capítulo trienal de la Congregación. Se abolió el voto de estabilidad y cada monje podía ser transferido a cualquier sitio dentro de la organización. Algunos superiores terminaron reasumiendo el título abacial, pero seguían estando sólo tres años en funciones. En resumen, Vargas adoptó principios que demostraron ser útiles a las congregaciones reformadas de su época en Italia, y pronto iban a ser introducidas en España. Aunque con bastante dificultad podría conciliarse la tradición cisterciense con estas disposiciones, lo que causó mayor resentimiento en el Capítulo General fue la eliminación práctica de todos los controles que previamente habían unido a las abadías españolas con sus casas madres francesas, y en último término con Claraval y Cister. En 1493, Pedro de Virey, abad de Claraval, hizo un serio esfuerzo para afirmar de nuevo la autoridad del Capítulo General y la suya propia, y firmó un acuerdo con la reforma. Esta última expresaba su devoción a Cister, y prometía no llevar la expansión más allá de las ocho casas y Montesión y Valbuena, cunas de la Reforma. Pero el crecimiento de la Congregación no podía frenarse; en 1532, contaba con treinta y cinco monasterios. Al año siguiente, otro abad de Claraval, Edmundo de Saulieu, emprendió un viaje de visita a España para asegurarse de que por lo menos las abadías restantes en España y Portugal obedecían a Cister y al Capítulo General. Su éxito fue temporal. En 1559, la última casa cisterciense en el viejo reino de León y Castilla se unió a la Congregación de Castilla, que por ese entonces constaba de cuarenta y cinco monasterios florecientes y bien disciplinados. A pesar del recelo de Cister, es innegable que los cambios constitucionales efectuados por la Congregación de Castilla estaban justificados. Probaron por sí mismos estar llenos de éxito y ser incluso populares. Si bien es cierto que las relaciones entre Castilla y Cister fueron frías debido a la hostilidad perpetua entre Borbones y Habsburgos, es muy dudoso que el Capítulo General pudiera haber retenido un control significativo sobre las casas españolas, aun cuando hubiera gozado de la mejor disposición de los cistercienses de allende los Pirineos. Sin embargo, puede alegarse a favor de los castellanos que, cuando Cister abandonó la antigua liturgia cisterciense en el siglo XVII, los españoles la conservaron hasta la disolución monástica general de 1835. Contactos personales aislados mantuvieron viva la memoria de relaciones más estrechas. Periódicamente, aparecía algún monje castellano en Cister; Edmundo de la Croix, abad de esta última, emprendió una visita a España en 1604, murió durante el viaje, y fue enterrado en Poblet. Sin duda alguna, el siglo XVII fue la «época de oro» de la Congregación de Castilla. Las cuarenta y cinco abadías de la organización incluían dos colegios, uno establecido en 1504 en Salamanca y el otro, de mayor renombre, fue fundado en 1534, vinculado a Alcalá de Henares, universidad en rápido desarrollo. La erudición llegó a convertirse en una gran tradición de la Congregación. El eminente historiador Angel Manrique (1577-1648), monje de Huerta y graduado en Salamanca, fue sólo uno de tantos de sus miembros de capacidad descollante. Todavía falta resaltar otro rasgo notorio de la Congregación: aceptaba a judíos conversos, quienes, de acuerdo con el testimonio de Claudio de Bronseval (1533), constituían el grueso de los monjes. Testigo poco amistoso, pudo muy bien haber exagerado, pero su aseveración no es infundada. La gran cantidad de monjes de origen judío puso a la Congregación en una situación delicada, y en 1534 se ordenó la expulsión de los mismos. Las abadías cistercienses del norte de Italia, asoladas por el sistema comendatario, encontraron hacia fines del siglo XV un protector benévolo en la persona de Ludovico Sforza (el Moro), duque de Milán (1496-1500). Obtuvo en 1497 una bula del papa Alejandro VI, autorizando la formación de una «Congregación de San Bernardo», autónoma que reunía a todas las abadías de la Orden en Lombardía y Toscana. Esta organización, al igual que la de Castilla, se formó sin el consentimiento de Cister, y siguió el modelo de otros movimientos contemporáneos similares. La nueva Congregación iba a celebrar sus capítulos independientes, bajo un «presidente general» apoyado por nueve «definidores» y varios visitadores. En lugar de abades, cada casa debía tener «prelados», nombrados por tres años. Debido a la vigorosa protesta de Cister, Alejandro VI revocó su bula, y en 1500 el Capítulo General tomó la iniciativa. Todas las abadías de las provincias debían ser visitadas, reformadas y reorganizadas bajo los auspicios de Cister. El esfuerzo fue infructuoso.

Julio II restaura la indpendencia de San Bernardo

Entonces, en 1511, Julio II restauró la independencia de la Congregación de San Bernardo, con una constitución ligeramente modificada. Los capítulos anuales se llevarían a cabo alternadamente en Lombardía y Toscána, y cada una de las provincias tendría siete definidores. La presidencia se alternaría de la misma forma. Dentro de cada provincia, los monjes podían ser transferidos de una casa a otra, pero el cambio de personal entre las dos provincias era excepcional. En 1578, Gregorio XIII modificó más ampliamente la constitución. Los capítulos se llevarían a cabo cada tres años, y el «presidente» retenía su posición por el mismo tiempo. Nunca se determinó la relación entre Cister y la Congregación. Durante los siglos XVII y XVIII, el Capítulo General realizó una serie de esfuerzos tendentes a lograr algún control, por lo menos, sobre la Congregación, pero sin mayor éxito. Con el tiempo, la Congregación llegó a contar con cuarenta y cinco casas pequeñas. Los superiores de algunas de las comunidades más renombradas recobraron el título abacial, pero su mandato continuó siendo trienal. El propio Capítulo General promovió la fundación de Congregaciones en otras partes de Italia. En 1605 se unieron siete abadías sobrevivientes en el sur de la Península para formar la Congregación de Calabria y Lucania. En 1633, Urbano VII aprobó las constituciones de la nueva organización exigiendo capítulos provinciales trienales bajo un «presidente». A pesar de las protestas de Cister, se abolió la estabilidad monástica, y aun los bienes materiales de cada casa entraban a formar parte de la propiedad de la Congregación.

Pobreza y escasez: la plaga de las comunidades

La pobreza y la escasez de vocaciones continuaban siendo una plaga en las comunidades. El Capítulo General de 1686 se quejaba todavía del «estado miserable de la Congregación de Calabria y Lucania, y comisionaba al procurador general en la Curia para visitar y reformar en cabeza y miembros, lo antes posible, a cada uno de los monasterios de la Congregación». El Capítulo General de 1738 dictó reglamentos para esas casas, acentuando la necesidad de instrucción teológica. Con tal fin, la Congregación mantenía un colegio en la ciudad de Cosenza, donde después de siete años de estudios un monje podía obtener el grado de doctor en teología. Algunos superiores locales eran llamados abades, otros priores, pero todos estaban nombrados por el término de cuatro años. En 1613 el Capítulo General propuso la formación de la Congregación Romana, que comprendía ocho abadías dentro de los Estados papales y el Reino de Nápoles. De acuerdo con la constitución aprobada en 1623 por Gregorio XV, esas casas tenían capítulos provinciales cada cuatro años, donde nombraban abades que ejercerían sus cargos por el mismo lapso de tiempo. También se organizó la Congregación de Aragón en el mismo Capítulo de 1613 respondiendo a las exigencias de Felipe III. Reunían dieciséis abadías de España no incluidas en la Congregación de Castilla. Esta nueva Congregación debía quedar bajo la autoridad del Capítulo General y enviar dos delegados a Cister cada vez que se reunía el Capítulo. La Congregación estaba autorizada para celebrar su propio capítulo cada cuatro años, ocasión en que se elegía un vicario general, definidores y visitadores, también por el término de cuatro años. El cargo de abad tampoco era vitalicio, y para su elección cada comunidad sólo podía elegir uno, entre los tres candidatos presentados por el vicario general. La situación completamente diferente por la que atravesaba Portugal condujo al desarrollo de la Congregación de Alcobaça, que permaneció independiente. Durante la visita regular a las casas portuguesas en 1532, Edmundo de Saulieu, abad de Claraval, descubrió que la mayoría de los monasterios estaban en condiciones deplorables y advirtió los intentos de la Congregación de Castilla para infiltrarse e incorporar las comunidades empobrecidas. Saulieu tuvo éxito al neutralizar los esfuerzos de los castellanos, pero no pudo desalojar al abad comendatario de Alcobaça y asegurar la libre elección en dicha abadía, de la cual dependían todas las otras casas. Sin embargo, la muy piadosa corte lusitana no tenía intención de permitir que se desbaratasen los esfuerzos por lograr una reforma. La posibilidad de la misma surgió en 1540 cuando el rey Juan II (1521-1557) nombró a su hermano, el cardenal Enrique, como abad comendatario de Alcobaça. El primer paso fue la eliminación de los comendatarios y su reemplazo por priores nombrados por tres años. Luego, en 1564, el Cardenal comenzó a celebrar capítulos en Alcobaça. La creación de una congregación independiente fue aprobada en 1567 por Pío V y confirmada en 1574 por Gregorio XIII, quien reconoció al cardenal Enrique como «general» de la nueva Congregación de Alcobaça. Al ascender este cardenal al trono de Portugal (1578-1580), quedó asegurada la prosperidad de la organización. La Congregación portuguesa agrupaba a catorce monasterios y seguía el modelo ya familiar de abolir la estabilidad monástica y adoptar abades que duraban tres años en sus funciones. Nunca se aclaró su relación con Cister y de hecho no mandó delegados al Capítulo General.

Siglo XVII : reavivamiento de la disciplina y prosperidad

Pero es innegable que durante el siglo XVII se reavivaron la disciplina y la prosperidad, y hubo una renovación espiritual e intelectual notables. A la fundación de un colegio en Coimbra (1554), le sucedió la organización de otro en Alcobaça, donde se formaron gran número de eruditos y teólogos eminentes. Un fervor religioso poco común se manifestaba en la gran abadía mediante la institución del laus perennis, servicios divinos realizados en forma ininterrumpida en la iglesia día y noche. Entre 1596 y 1756, la Congregación fundó dos monasterios nuevos y cuatro conventos para monjas cistercienses reformadas, llamadas «Recoletas Descalzas». La magnífica reconstrucción barroca y la expansión de Alcobaça eran simplemente expresión externa de una reforma verdaderamente impresionante. La Congregación de Alemania Superior no sólo permaneció fiel a Cister, sino que desempeñó un papel decisivo en la historia de la Orden durante los siglos XVII y XVIII. Esta organización estaba plenamente justificada, porque la secularización de muchas abadías cistercienses durante la Reforma había roto los vínculos de filiación, y las guerras religiosas habían hecho imposible la reunión y la asistencia a un Capítulo General. Tomó la iniciativa en 1595, en la casa bávara de Fürstenfeld, donde tuvo lugar una convención abacial bajo la presidencia del abad general, Edmundo de la Croix. En principio, se decidió organizar una congregación, pero el problema del número de sus miembros dilató la acción inmediata. Aunque las abadías bávaras y renanas estaban dispuestas a cooperar, las casas suizas preferían tener su propia congregación separada. Fue sólo en 1618, cuando otra convención abacial, en Salem, pudo lograr el acuerdo para estructurar la nueva Congregación de Alemania Superior (Congregatio Superioris Germaniae). Según lo dispuesto en la constitución recién redactada, la Congregación debía permanecer fiel a la tradición básica cisterciense de abadiato vitalicio y estabilidad monástica. El documento juraba fidelidad al Capítulo General y al abad general. El «Presidente» de la Congregación debía ser elegido por el capítulo congregacional, y gozaba de los derechos y poderes ejercidos previamente por el nombrado vicario general; debía visitar todas las abadías de la Congregación anualmente, y cada cuatro años los cenobios de monjas afiliados, y presidir personalmente o por su comisario las elecciones abaciales. Se reunirían en Salem un capítulo provincial un año antes y otro después de las sesiones del Capítulo General, o cuando lo pidieran circunstancias especiales. El capítulo congregacional, la asamblea de todos los abades, tenía que elegir la delegación que se enviaría al Capítulo General al año siguiente. Debían tener un noviciado común y un colegio de filosofía y teología en Salem, la abadía más poblada de la región. El presidente estaba facultado para admitir nuevas abadías en la Congregación. El primer presidente fue el abad Tomás Wunn de Salem (1615-1647). El abad general Nicolás Boucherat II aprobó los estatutos en 1619, y la fundación de la Congregación fue sancionada por el Capítulo General de 1623. La pertinaz resistencia de las abadías suizas fue rota en 1624, cuando Urbano VIII ordenó a todas las abadías de la región unirse a la nueva Congregación. Bajo la presidencia de Tomás Wunn, la organización creció contando con veintiséis abadías divididas en cuatro provincias, y treinta y seis conventos de monjas. La Congregación de la Alemania Superior probó ser una organización efectiva y que tuvo éxito, asegurando un liderazgo competente, una ejemplar disciplina y la prosperidad general hasta la disolución en los primeros años del siglo XIX. En el contexto de la historia cisterciense durante el Ancien Régime, la Congregación fue el mejor aliado y apoyo con que contó Cister en su lucha contra las aspiraciones separatistas de la Estricta Observancia y contra los protoabades, que siempre desafiaban la autoridad del abad general. Se ha discutido sin llegar a ninguna conclusión definitiva sobre si las organizaciones regionales de Polonia, Bohemia y Austria pueden ser clasificadas como «congregaciones». El Capítulo General nunca hizo una distinción legal clara entre «vicariatos», «provincias» o «congregaciones», y estos términos aparecen usados en las actas del Capítulo indiscriminadamente. Si se acepta como rasgos distintivos de una «congregación» el hecho de auspiciar capítulos provinciales y tener una serie de reglamentos, entonces Polonia y Bohemia, por lo menos, estuvieron muy cerca de ser «Congregación». La Congregación polaca nació en 1580 en una convención de abades en Wegrowitz, bajo la presidencia de Edmundo de la Croix, representante del abad general Nicolás Boucherat I. El resultado de esa sesión fue un conjunto de normas publicadas en Cracovia en 1581 bajo el título de Statuta Reformationis. Eran estatutos para una reforma religiosa, que no tenían ningún propósito de constituir la trabazón legal para formar una organización autónoma. Sin embargo, el Capítulo General de 1605 autorizó la realización de capítulos provinciales que se reunían con cierta regularidad. Con el tiempo, esta Congregación contó con quince abadías y cinco cenobios de monjas. No se puede dar una fecha exacta para fijar el origen del «vicariato» o «congregación» de Bohemia, pero en las crónicas del Capítulo General de 1613 figura en la lista, conjuntamente con Austria y otras organizaciones similares. Tres años después, se realizó en Praga un capítulo provincial bohemio, en presencia del abad general Nicolás Boucherat II, que promulgó una serie de reglamentos y decidió reunirse cada cuatro años. La Guerra de los treinta años hizo inútiles tales disposiciones, pero cerca de una docena de abadías en Bohemia y Moravia continuaron con vida hasta la era napoleónica. Las crónicas del Capítulo General de 1613, 1618, 1623 y 1628 tratan de un «vicariato irlandés», pero las condiciones imperantes en Irlanda hicieron imposible cualquier tipo de vida monástica organizada. No obstante, algunos vestigios de vida cisterciense sobrevivieron realmente. El «vicario», al que se referían dichos documentos, era Pablo Ragett, abad titular de la Abadía de Saint Mary en Dublín, quien en realidad pasó sus días en el exilio en Francia, donde murió en 1633. Le sucedió Lucas Archer, que reunió algunos novicios, se trasladó a Holy Cross y asumió el título de abad hasta el año 1637. Mientras tanto, un cierto número de monjes refugiados recibían educación, ya sea en Francia o en España, preparándose para retornar a Irlanda tan pronto como les fuera posible. Cuando subió al trono el rey Carlos I de Inglaterra, en 1625, se abrigaron muchas esperanzas de cambiar radicalmente la situación de los católicos en Irlanda. Previniendo una mayor flexibilidad, Urbano VIII autorizó en 1626 la formación de la «Congrecación irlandesa de San Malaquías y San Bernardo». La Congregación debía ser fiel a Cister, pero podía celebrar capítulos nacionales cada cinco años bajo un «presidente» elegido. En el mismo año y bajo una atmósfera todavía más optimista, la Congregación romana para la Propagación de la Fe animaba a los monjes irlandeses a iniciar litigios para recobrar propiedades monásticas confiscadas por la Corona. Estas esperanzas carecían de fundamento. Únicamente en 1630, en vísperas de la gran guerra civil, los cistercienses irlandeses tuvieron en realidad su primer y último «capítulo nacional», eligiendo como «presidente» a Patricio Plunkett, el nuevo abad de Saint Mary. Las actas del capítulo fueron aprobadas por la Santa Sede en 1639, y Plunkett consiguió reunir algunos monjes en Dublin. La vida monástica también se reanudó en otras localidades de Irlanda. La sangrienta invasión a la isla ordenada por Cromwell en 1650 terminó con la existencia precaria de los cistercienses irlandeses, y no existen crónicas posteriores indicando que la Congregación haya sobrevivido. La Congregación de Feuillant merece un lugar de honor en la historia cisterciense. Su fundador fue Juan de la Barrière (1544-1600), un noble del sur de Francia. En 1562, siendo un joven de 18 años, fue nombrado abad comendatario de Feuillant, una abadía cisterciense cerca de Toulouse, que subsistía en un estado de total decadencia moral. El joven no visitó en absoluto la decadente abadía durante varios años. No obstante, siendo estudiante en la Universidad de París, experimentó una conversión espiritual, y en 1573 se unió a la Orden cisterciense para convertirse en padre y reformador de sus relajados monjes. Después de algunos intentos fallidos, echó fuera a la mayoría de los miembros de la comunidad reticente, e inició en 1577 una vida de extraordinaria austeridad. Su ejemplo heroico atrajo a tantos novicios a Feuillant, que se hicieron necesarias nuevas fundaciones. Su éxito promovió una amplia publicidad y el movimiento encontró un eco entusiasta en Roma, donde en 1586 Sixto V se refirió a los fulienses en términos harto elogiosos. Al año siguiente, se hizo una fundación en Roma mismo bajo los auspicios papales, y el rey Enrique IV de Francia los invitó a trasladarse a París. Alrededor de sesenta monjes, conducidos por Bernardo de Montgaillard, comenzaron a pie una procesión que duraría un mes, desde Feuillant a la capital de Francia, donde se instalaron en un monasterio erigido para ellos: por el mismo rey. La gran notoriedad de los fulienses y su ruptura con muchas tradiciones cistercienses fueron seguidas con aprehensión por Cister. En 1596, una bula papal ordenó al abad general que dejara de intervenir en la reforma. A partir de este momento, la Congregación de Feuillant vivió y funcionó como orden independiente, aunque continuaron llamándose «Congregación de Nuestra Señora de Feuillant de la Orden cisterciense». Su nueva relación con la Orden madre está reflejada con toda claridad en el estatuto del Capítulo General cisterciense de 1605, que exigía un segundo noviciado a todos los fulienses que desearan volver al viejo redil. Los fulienses estaban rigurosamente centralizados bajo un general elegido y capítulos generales trienales. Los abades de las casas también eran elegidos por períodos de tres años. En 1630, se dividieron en dos ramas autónomas por causas políticas. Unas veinticuatro abadías en Francia retuvieron el nombre original, mientras un número aun mayor de casas italianas tomaban el nombre de «Bernardos Reformados». Animado por el espíritu de la Contrarreforma, el movimiento fuliense puso en práctica una firme restauración de las observancias monásticas más estrictas. Los monjes iban descalzos y con la cabeza descubierta; dormían sobre tablones y usaban piedras como almohadas; su dieta se limitaba normalmente a pan, agua y verdura. Durante la cuaresma vivían sólo de pan y agua. No tenían muebles y colocaban los platos sobre el piso desnudo, comiendo arrodillados. Realizaban trabajos manuales extenuantes, aunque, dado que preferían establecerse en ciudades, los monjes ofrecían sus servicios al clero local, como predicadores. En el Capítulo General fuliense de 1592, que tuvo lugar en Roma, comenzó a manifestarse la disensión interna. Depusieron a Juan de la Barrière y eligieron a un nuevo general. Hacia 1595, se había relajado considerablemente la rígida austeridad. La nueva dieta permitía huevos, pescado, derivados de la leche, aceite y vino, y se autorizaba a los monjes a usar sandalias y dormir sobre colchones. A pesar de esas mitigaciones, los fulienses mantuvieron durante todo el siglo XVII un alto grado de ascetismo y, especialmente en Italia, salieron de sus filas buen número de eruditos y autores eminentes, incluyendo al Cardenal Juan Bona, liturgista, y al obispo Carlos José Morozzo, historiador. Durante el siglo XVIII, la Congregación perdió mucho de su primitiva vitalidad. Hacia el fin del Antiguo Régimen, los fulienses contaban todavía con veinticuatro casas, pero el total de sus miembros se había reducido a ciento sesenta y dos monjes. La Revolución la suprimió como hizo con todas las otras órdenes. El monasterio parisino vacío se convirtió en el cuartel general del célebre Club Feuillant. En Italia, el fin sobrevino en 1802, bajo la presión del gobierno napoleónico. Algunos años después, los fulienses italianos que quedaban se unieron a la Congregación Romana de los cistercienses. El primer superior de la casa fuliense en París, Bernardo de Montgaillard (1562-1628), apodado «el pequeño fuliense» fue un ardiente defensor de la Liga Católica, y no se pudo adaptar a la ascensión al poder de un ex-hugonote, Enrique IV. En 1590, se exilió a los Países Bajos dominados por España, donde fue bien acogido. Con la ayuda material de su admirador, el archiduque Alberto de Habsburgo, el «Piadoso», fue instalado en 1605 como abad de Orval, en Luxemburgo, contra la voluntad manifiesta de los monjes. A pesar de esto, pudo devolver a la antigua abadía su esplendor original, preparando de esta forma el camino para la fusión de Orval con la Estricta Observancia. Los fulienses no hicieron ningún esfuerzo por dotar a su Congregación de una rama femenina. Siguiendo su propia iniciativa, Margarita de Polestron († 1598) fundó un convento de monjas en Tolouse, y en 1622, debido a la insistencia de la reina Ana de Austria, se estableció otro cenobio en París. Se las conocía como «las fulienses» (feuillantines).

Fuente: http://omesbc.wordpress.com

Selección de José Gálvez Krüger