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Martes, 7 de abril de 2020

Cister: Historia II

De Enciclopedia Católica

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De Molesme a Cister

No se puede relatar la historia de la fundación de Cister sin mencionar un intento previo de reforma monástica: la fundación de Molesme, hecha por san Roberto en 1075. Allí, un grupo de monjes concibió la idea de realizar, en los bosques de Cister, una fundación mejor planeada y con mejores resultados. Los primeros años de la vida de Roberto están rodeados por la oscuridad; y los escasos datos aparecidos en su Vita, publicada en el siglo XIII, parecían estar influenciados por sus cargos posteriores en Molesme y Cister. Roberto nació alrededor de 1028 en algún lugar de Champaña. Sus progenitores, Teodorico y Ermengarda fueron nobles, emparentados probablemente con los condes de Tonnerre y con la casa de Reinaldo, vizconde de Beaune. Profesó siendo muy joven en la abadía de Montier-la-Celle cerca de Troyes, donde llegó a ser prior, poco después de 1033. Entre 1068 y 1072, sirvió como abad en Saint Michel-de-Tonnerre, una abadía de observancia cluniacense, en la diócesis de Langres. Por una razón u otra, su abadiato terminó abruptamente, y Roberto volvió a Troyes como simple monje. Sin embargo, pasó poco tiempo en la abadía de su profesión; después de algunos meses, fue elegido o nombrado prior de Saint-Aroul, un priorato dependiente de Montier-la-Celle en Provins, en la diócesis de Sens. Pero este lugar le resultó todavía menos acogedor que Saint-Michel, y en 1074 se unió a un grupo de ermitaños en los bosques de Collan. Con la colaboración de esos ermitaños, fundó en 1075 el monasterio de Molesme en la diócesis de Langres, en terrenos apropiados, donados para tal fin por Hugo, señor de Maligny. Roberto había tenido una considerable experiencia de la vida monástica. Aunque insatisfecho con el tipo de disciplina imperante en Cluny y atraído por la vida solitaria, como indica su empresa de Molesme, se mantuvo firme en su creencia de que las normas del ascetismo del desierto, practicadas dentro de la comunidad monástica, eran lo más cercano al ideal de vida religiosa. Pronto su sinceridad atrajo a buen número de seguidores y, con el apoyo material proporcionado por la nobleza local, Molesme se convirtió en una de las abadías reformadas de más éxito de finales del siglo XI. En realidad, la afluencia de vocaciones y las donaciones generosas hicieron posible un cierto número de fundaciones. Algunas eran simplemente cellae, pequeñas casas dependientes del monasterio, otras prioratos dependientes o abadías. Hacia 1100 eran casi 40, y estaban establecidas en doce diócesis. El rápido crecimiento de esta nueva congregación monástica atestigua claramente la validez de la idea original de Roberto, pero los problemas de organización y control, cada vez más complejos, rebasaron ampliamente el talento del santo fundador. En 1082, Molesme atrajo a san Bruno y sus compañeros, quienes pasaron allí algún tiempo, antes de partir hacia las montañas de Grenoble, la cuna de la Orden de los Cartujos. Alrededor de 1090, el mismo Roberto llegó a la conclusión de que su lugar no estaba ya en su propia abadía y se unió a un grupo de ermitaños en Aux, cerca de Riel-les-Eaux. Pronto los desconcertados monjes de Molesme, le convencieron y consintió en volver a su abadía. Pero si se da crédito a la Vita, poco después, cuatro de sus partidarios más íntimos, entre ellos Alberico y Esteban, hicieron otra escapada, viviendo «por algún tiempo» en Vivicus, un lugar que de otra forma hubiera permanecido desconocido. Estos incidentes desafortunados no significaban forzosamente la decadencia moral del cenobio molesmense. La expansión de la abadía y su buen nombre, que conservaba intacto, parecen atestiguar lo contrario. El problema fundamental radica en el hecho de que el grupo reducido de ermitaños que la fundaron se vio sobrepasado numéricamente por las nuevas vocaciones, de suerte que perdieron el control sobre la disciplina. En consecuencia, Molesme comenzó a parecerse más y más a las otras abadías prósperas de la vecindad, todas bajo la irresistible influencia de Cluny, de la cual el abad Roberto había tratado precisamente de escapar. Hacia 1090 Molesme había acumulado beneficios eclesiásticos y diezmos, rentas de iglesia, aldeas y siervos y la propia abadía bullía de sirvientes legos (famuli), hermanos (conversi), niños (oblati) y praebendarii, esto es, gente que ofrecía sus bienes a la abadía a cambio de casa y comida para toda la vida. Todo esto encajaba perfectamente dentro de las tradiciones monásticas habituales de la época, pero estaba muy lejos del aislamiento y pobreza soñados por Roberto, una vida sin el estorbo de compromisos mundanos, dedicada exclusivamente al servicio de Dios. Estos temas suscitaron discusiones y se sucedieron ásperos debates, con todo el encono de las controversias religiosas que continuaron por años. Si vamos a dar crédito a cronistas famosos de la nueva generación, Ordericus Vitalis y Guillermo de Malmesbury, Roberto juzgó conveniente apoyar el peso de sus argumentos en alusiones frecuentes a la Regla de san Benito, mientras la mayoría hostil insistía en la legitimidad de las costumbres de Cluny y rechazaba los propósitos del abad como novedades religiosas impracticables. Un compromiso formal parecía irrealizable, pero la polarización de los temas en discusión ayudó a reajustar un programa de reformas, que sería puesto en práctica en el futuro, con mejores resultados que los obtenidos en Molesme. De esta forma, se grabó profundamente en la mente de los futuros fundadores de Cister la dedicación absoluta a la Regla, a lo que se sumó una aguda suspicacia hacia Cluny y una clara conciencia de las desagradables consecuencias que traía consigo una relación demasiado íntima con la sociedad feudal. Algunos de los monjes ermitaños se cansaron de los altercados continuos, y dejaron Molesme para hacer una fundación en Aulps, una pequeña cella en la diócesis de Ginebra, que fue erigida en abadía hacia fines de 1096 o principios de 1097. El documento de este último acontecimiento daba un énfasis muy significativo a la dedicación de los monjes por cumplir mejor la observancia de la Regla de san Benito. Reviste aún más importancia el hecho de que este documento se debiera a la pluma de Esteban, el secretario inglés del abad Roberto, y que Alberico, prior de Molesme, atestiguara legalmente el acontecimiento. Ambos serían futuros abades de Cister. Probablemente en otoño de 1097 el abad Roberto y cierto número de monjes, entre ellos nuevamente Alberico y Esteban, visitaron al Arzobispo de Lyon Hugo de Die, legado papal en Francia y activo promotor de la Reforma Gregoriana. Roberto le presentó su plan para una nueva fundación, dando como razón principal «la tibia y negligente» observancia de la Regla en Molesme, que él prometía seguir «en el futuro más estricto y perfectamente». Hugo, visiblemente impresionado, bendijo el proyecto, animó a los peticionarios «a perseverar en su santo propósito» y, como este arreglo parecía servir a los intereses de ambas partes en el cenobio molesmense, autorizó a Roberto y a sus seguidores a dejar la abadía y retirarse «a otro lugar» donde pudieran «servir al Señor sin perturbaciones y en forma más provechosa». Roberto, obispo de Langres, en cuya diócesis estaba ubicado Molesme, parece no haber tenido ninguna ingerencia en este hecho. Es fácil que no tuviera ningún interés en inmiscuirse en un asunto que potencialmente podía tener consecuencias embarazosas; ni que el abad Roberto considerara necesario su permiso. Los monjes de Molesme observaron con alivio los preparativos de los disidentes, y poco después de su partida eligieron como nuevo abad a un tal Godofredo, que fue investido a su debido tiempo por el Obispo de Langres. A comienzo de 1098 se alistaron veintiún monjes para seguir a Roberto al lugar de un «nuevo monasterio», donado a tal propósito por Reinaldo, vizconde de Beaune, viejo benefactor y pariente del abad. Aunque era vasallo de Otón, duque de Borgoña, ofreció un terreno de su propiedad, que no estaba gravado por impuestos o servicios debidos a un tercero. Estaba ubicado a unos 20 Km. al sur de Dijon, en una zona boscosa muy tupida, que el autor del Exordium Cistercii, tomando una frase del Deuteronomio (XXXII, 10) calificaba como «un lugar de horror y completa soledad». Sin duda, el pequeño grupo de monjes-ermitaños había buscado un lugar como ése, pero en realidad, la finca, situada dentro de la diócesis de Chalon-sur-Saône, incluía algunas moradas rústicas y, probablemente, hasta una vieja capilla, donde los recién llegados rezaron sus primeros oficios. El lugar ya tenía nombre: en latín Cistercium (en castellano Cister y en francés Cîteaux). Su etimología tiene distintas explicaciones; la más probable se refiere a su posición, estando «a este lado del tercer mojón» (cis tertium lapidem miliarium) del antiguo camino romano entre Langres y Chalon-sur-Saône. Por algunos años la nueva fundación no fue conocida por este nombre, sino simplemente como el Nuevo Monasterio (Novum monasterium). La fecha tradicional de la fundación, según consta en documentos posteriores, fue el 21 de marzo de 1098. Ese año, el Domingo de Ramos coincidía con la festividad de san Benito, y se lo eligió más por su significado simbólico que por hecho señalado alguno que hubiera tenido lugar en la dura vida diaria de los nuevos moradores, que ciertamente habían llegado allí con anterioridad. Según el Exordium Cistercii, la erección canónica que transformó las construcciones primitivas en abadía, el juramento de obediencia del abad Roberto al obispo Gualtero de Chalon-sur-Saône, o los votos de estabilidad de los monjes respecto del Nuevo Monasterio, podrían haber sucedido en esa fecha, pero es más lógico suponer que actos legales tan trascendentales tuvieron lugar durante el verano de 1098. Roberto y sus compañeros deseaban vivamente llevar una vida ascética en pobreza y perfecta soledad, proveyéndose de lo necesario con su propio trabajo, como los Apóstoles de Cristo. En esto no se vieron defraudados, porque la supervivencia en el bosque debió haber sido realmente dura. Sin duda, pasaron los primeros meses talando árboles, construyendo algunos refugios temporales y plantando para la cosecha otoñal. Pero pronto, noticias provenientes de Molesme alteraron el ritmo de oraciones y trabajo manual. Los monjes, que habían visto complacidos la partida de su inquieto abad reexaminaron su actitud crítica. Los nobles de la vecindad, cuyos familiares poblaban la abadía, estaban escandalizados por los hechos turbulentos acaecidos en la comunidad. Sospecharon graves abusos cometidos en la misma, y Molesme comenzó a experimentar las consecuencias de la opinión pública hostil. Los que optaron por permanecer en la misma, decidieron que la forma más eficaz de salir del paso, era, como probaban experiencias anteriores, la vuelta de Roberto a Molesme. Dado que no había esperanzas de que éste volviera voluntariamente, mandaron una delegación a Roma para conseguir que el Papa Urbano II ordenara el regreso del abad a Molesme. Probablemente, se cuestionó allí por primera vez la legalidad de la separación de Cister. El Papa no quiso decidir la cuestión contando con el testimonio de una parte sola y confió el espinoso problema a su Legado en Francia, Hugo de Lyon, sugiriéndole simplemente que «si era posible, sacara al abad de su soledad y se lo devolviera a su abadía». El legado mostró igual reticencia en dar la palabra final por sí solo y llamó en consulta a varios obispos y a algunas otras personas honorables y estimadas. El sínodo tuvo lugar probablemente a fines de junio de 1099 en Port-d’Anselle, donde el Obispo de Langres tomó partido por los monjes de Molesme. No se discutía el retorno forzoso de todos los disidentes, sino solamente de Roberto. Godofredo, su sucesor, ofreció la dimisión para facilitar el retorno, después de lo cual el Arzobispo Hugo declaró que el Abad Roberto debía volver efectivamente a Molesme. Al mismo tiempo, se permitía regresar a todos aquellos monjes del Nuevo Monasterio que prefirieran seguir a Roberto, asegurando que en el futuro no se intentaría atraer monjes de una comunidad a otra. Si Roberto, con su acostumbrada inconstancia, abandonara la comunidad, proseguía el documento, Godofredo debía sucederlo sin nueva elección. Al Nuevo Monasterio se le permitía conservar la «capilla» del Abad Roberto, esto es, el mobiliario de la iglesia y los textos litúrgicos, excepto el valioso breviario, que se les permitía conservar hasta la festividad de la Pasión de san Juan Bautista (29 de agosto). Así, podían copiarlo en ese lapso de tiempo. Roberto aceptó el veredicto del legado sin resentimiento aparente y, seguido por los monjes que estaban más unidos a él que a Cîteaux, retornó a Molesme, donde reanudó sus tareas abaciales y gobernó hasta su muerte en 1111. Su veneración popular como santo fue reconocida oficialmente en 1220 con su canonización, y en 1222 el calendario cisterciense señalaba su fiesta el 29 de abril. Sin embargo, el cambio repentino en el corazón de Roberto y su retorno voluntario a Molesme dejó perplejos a sus contemporáneos, de la misma forma que desconcierta a los historiadores modernos. Seguramente, era un hombre gastado a sus setenta años, y las penurias del primer año en Cister lo debían haber afligido mayormente que a sus compañeros, que eran más jóvenes. Por otro lado, no debía haberse dado cuenta de que su defección podría hacer peligrar la supervivencia del Nuevo Monasterio, la fundación que había planeado personalmente con cuidado y devoción. El peligro se hizo más agudo por el número de monjes que siguieron su ejemplo, quizá la mayoría de los veintiún fundadores. Esta última opinión se apoya en la crónica de Guillermo de Malmesbury, quien, apenas veinticinco años después del hecho, afirmaba en su crónica (Gesta regum Anglorum), que después del retorno del éxodo quedaban solamente ocho monjes en Cîteaux. El mismo autor, apoyándose evidentemente en fuentes cistercienses, fue el primero en divulgar el rumor de que Roberto tuvo un entendimiento secreto con sus adictos en Molesme, y que los delegados enviados al Papa pidiendo su retorno, contaban con su consentimiento previo. Por consiguiente, acogió de buena gana la orden de las autoridades. El resentimiento cisterciense hacia Roberto era todavía evidente hacia el año 1190, cuando Conrado, monje de Claraval y posteriormente abad de Eberbach, compuso su Exordium Magnum, en el cual reprendía a Roberto por su deserción inexcusable. Las primeras listas de los abades de Cister ni siquiera mencionan su nombre. Sin embargo, esta actitud llegó a convertirse en motivo de situaciones tan embarazosas después de su canonización, que se hicieron enormes esfuerzos para volver a escribir o suprimir los pasajes incriminatorios. La restauración del texto original del Exordium magnum fue posible únicamente después de descubrirse, por casualidad, un manuscrito sin corregir en el año 1908. Poco después de la partida del Abad Roberto y de sus adictos, muy probablemente en julio de 1099, la pequeña comunidad del Nuevo Monasterio eligió en su lugar a Alberico, quien había sido prior bajo Roberto y, probablemente, uno de los fundadores de Molesme. Debió haber sido un hombre de habilidad y carácter firme, porque se le atribuyen la consolidación, tanto material como espiritual, de Cister. Después de la donación inicial del lugar para el nuevo establecimiento, no fue el vizconde de Beaune, sino Otón, duque de Borgoña y, luego de su muerte acaecida en Tierra Santa en 1101, su hermano Hugo, los que ayudaron materialmente a los monjes. Otón les aseguró el uso de los bosques circundantes y donó Meursault, la primera de las muchas viñas que Cister llegó a poseer posteriormente. Cuando, debido a la escasez de agua, Alberico encontró inadecuado el sitio del primer emplazamiento y lo cambió casi un kilómetro más al norte, es muy probable que Hugo haya proveído el material necesario para la construcción de la primera iglesia de piedra de Cister, consagrada por el Obispo Gualtero de Chalon el 16 de noviembre de 1106 y dedicada a la Santísima Virgen María, inicio de una ininterrumpida tradición cisterciense. Aún más significativa fue la bula de protección papal que Alberico obtuvo de Pascual II, tan pronto como éste sucedió a Urbano II. Ese documento era de vital importancia, dada la posición harto debilitada de Cîteaux y la amenaza de nuevas presiones de parte de Molesme y otras abadías poco amigas. Para conseguir su propósito, Alberico solicitó cartas de recomendación a los nuevos legados papales, Cardenales Juan de Gubbio y Benito, quienes visitaron Cister de paso por Borgoña. El ex-legado Hugo de Die y el Obispo Gualtero de Chalon le otorgaron idéntico favor. Estos tres documentos, tal como están publicados en el Exordium parvum, no parecen ser los auténticos; pero la misión en Roma de los monjes delegados Juan e Ilbodo fue un éxito rotundo. La bula de Pascual II, fechada el 19 de octubre de 1100 y conocida en la historia cisterciense como el «Privilegio Romano», ordenó que los habitantes del Nuevo Monasterio «estén seguros y libres de toda perturbación… bajo la protección especial de la Sede Apostólica… excepto la obediencia canónica debida a la Iglesia de Chalon». Aunque el documento no puede ser considerado como el comienzo de la «exención» cisterciense, confirma la decisión de Portd’Anselle y la existencia legal e independencia de la abadía. Aprobaba al menos implícitamente la disciplina particular que los monjes practicaban, y les garantizaba la libertad y seguridad necesarias para una expansión futura. De la correspondencia entre Alberico y Lamberto, abad de Saint-Pierre de Pothières se deduce, que el resto del mandato de Alberico transcurrió en una atmósfera tranquila, de modesta prosperidad. Alberico le preguntó la aceptación y el significado correcto de ciertas palabras latinas para uso del scriptorium de Cister, y Lamberto le respondió con un elaborado ensayo erudito. Una tradición inmemorial indica que, bajo el abadiato de Alberico, los monjes adoptaron el hábito blanco, o más bien crudo, bajo el escapulario negro, por lo que recibieron el nombre popular de monjes blancos. De acuerdo con el Exordium Parvum, Alberico escribió las primeras Instituta para el Nuevo Monasterio. Este reglamento, el muy debatido capítulo XV de la famosa narración, parece constituir, sin embargo, una simple conjetura del autor, miembro de la segunda generación cisterciense. Después de la muerte de Alberico, ocurrida el 26 de enero de 1109, los monjes eligieron abad al prior Esteban Harding, un inglés, la primera persona en la historia de la Orden que puede ser reconocida como un genio creador, sin posibilidad alguna de equivocación. Heredó un simple monasterio que gozaba por entonces de cierto prestigio entre las innumerables abadías reformadas, y dejó tras de sí la primera Orden de la historia monástica, dotada de un programa claramente formulado, ensamblada en un sólido marco legal y en un estadio de expansión sin precedentes. Esteban nació en el seno de una familia noble anglosajona hacia 1060, y pasó parte de su juventud en la abadía benedictina de Sherborne, en el Dorsetshire. La invasión normanda arruinó a su familia, y tuvo que huir primero a Escocia y luego a Francia. Probablemente, completó su educación en París y, con un amigo llamado Pedro, también refugiado de Inglaterra, emprendió una larga peregrinación a Roma, donde ambos comprendieron su vocación monástica. A su retorno les llamó la atención la nueva empresa emprendida en Molesme, quedaron impresionados y decidieron unirse a la comunidad. Por ese entonces, alrededor de 1085, Esteban era un joven con un futuro prometedor. Las ricas tradiciones monásticas celtas y anglosajonas, reformadas por san Dunstan († 988), de acuerdo con los modelos lotaringio y cluniacense le influyeron poderosamente durante los primeros años de su adolescencia. Francia, por su parte, le ofreció la oportunidad de completar su formación y conocer los problemas contemporáneos de la reforma monástica y eclesiástica. Durante su viaje por Italia, debió sentirse profundamente influido por el espíritu de san Pedro Damiano; y los ejemplos de Camaldoli y Vallombrosa lo habían impresionado vivamente. En Molesme, tuvo la oportunidad de observar cómo un noble proyecto era víctima de la corrupción, y de constatar que ésta se originaba en una organización interna precaria y en la intervención externa. Al convertirse en abad de Cister, Esteban estaba preparado para hacer uso de sus conocimientos, de su experiencia y su habilidad como organizador para asegurar el éxito de dicho monasterio, que hasta entonces sólo había tratado de encontrar un lugar a salvo dentro del convulso mundo monástico. Desde el comienzo de su administración, se nota una rápida expansión del patrimonio de Cister, gracias a su excelente relación con la nobleza de la vecindad. En un período de 5 o 6 años, los monjes establecieron sus primeras granjas, Gergueil, Bretigny y Gremigny, la mayoría en tierras donadas por la condesa Isabel de Vergy, que fue bienhechora insigne de Esteban y de sus monjes. Aimón de Marigny les concedió Gilly-les-Vougeot, posterior residencia veraniega de los abades. Alrededor de 1115, consiguieron los famosos viñedos, conocidos posteriormente como Clos-de-Vougeot, que fueron, quizá, los bienes raíces más valiosos de Borgoña. Recibieron varias donaciones como «limosnas libres». Cualquier derecho sobre diezmos que retuviera el donante, se le remitía en su totalidad o se le daba su equivalente en una donación anual, nominal, de las cosechas. En el fondo, el abad Esteban reunía más condiciones de erudito que de economista. Su erudición lo capacitaba para emprender tareas que podrían poner a prueba el talento de los investigadores más modernos. Atento a las referencias que hay en la Regla sobre himnos atribuidos a san Ambrosio, intentó verificar que todos los himnos cantados por sus monjes, tanto en el texto, como en la melodía, fueran auténticamente «ambrosianos». Más aun, examinando las variantes en el texto de los códices del Antiguo Testamento a su disposición, resolvió restaurar la Vulgata original de san jerónimo. Para aclarar tales problemas, recurrió a las versiones en hebreo y arameo, que fueron consultadas por la ayuda de algunos eruditos rabinos judíos. Debido a la gran capacidad del scriptorium de Cîteaux, pudo conseguir trabajos cuidadosos, de gran precisión y, a la vez, de una belleza cautivadora. Las ilustraciones de la Biblia y de los Moralia in Job, realizadas ambas durante los tres primeros años de su administración, fueron las más notables de toda su época, dando pruebas de que, por ese entonces, el cenobio cisterciense contaba con algunos de los más grandes talentos artísticos de Francia. Sin duda alguna, el surgir de Cister de la oscuridad hasta un lugar prominente, y la magnética personalidad de Esteban, atrajeron numerosos discípulos y hacia 1112 se planeó una nueva fundación, que se materializó en mayo de 1113, cuando partió un grupo de monjes hacia La Ferté, al sur de Cîteaux, pero todavía dentro de los límites de la diócesis de Chalon-sur-Saône. Luego se hizo inevitable una segunda casa, porque como especifica graciosamente el documento de la fundación, «era tal el número de hermanos en Cister, que ni las haciendas existentes eran suficientes para mantenerlos, ni el lugar en que vivían podía hospedarlos convenientemente». Por supuesto, ese cuadro de expansión y prosperidad es muy diferente de aquel que el autor del Exordium Parvum trataba de legar a la posteridad. Hacia el final de su narración, justo antes de recordar la llegada del joven Bernardo y sus compañeros, el escritor se refiere a Esteban y sus monjes, como «suplicando, clamando con lágrimas en los ojos ante el Señor, arrancando día y noche profundos y prolongados suspiros, acercándose casi a las puertas de la desesperación, a causa de carecer casi por completo de sucesores». La fama posterior de san Bernardo cegó seguramente al autor de estas líneas, que hizo todo lo posible para mostrar que Cister no tenía posibilidades de sobrevivir sin su espectacular llegada en una situación poco menos que desesperada. Con la misma intención, se hicieron interpolaciones relacionadas con la fecha de llegada de Bernardo a Cîteaux, y tuvieron tal éxito que, hasta la publicación de los estudios de A. H. Bredero en 1961, muchos estudiosos modernos creyeron que Bernardo fue admitido en abril de 1112, mientras los primeros manuscritos de la Vita prima indican claramente que ese acontecimiento tuvo lugar en 1113. Ese piadoso fraude tenía la intención de demostrar que la fundación de La Ferté había sido posible sólo gracias a la llegada de Bernardo. Es concebible que se haya acelerado dicha fundación, anticipándose a la llegada de los nuevos candidatos. Pero es incontrovertible, que las fundaciones posteriores fueron hechas realmente bajo el impacto del movimiento masivo de Cister y Claraval (Clairvaux en francés) iniciado por Bernardo. A La Ferté, siguió en 1114 Pontigny, en la diócesis de Auxerre; Claraval fue establecida en 1115 por Bernardo, que a la sazón contaba veinticinco años, y en el mismo año vio la luz Morimond, en la diócesis de Langres. Después de una pausa de tres años, siguieron en rápida sucesión Preuilly en 1118 y luego La Cour-Dieu, Bouras, Cadouin y Fontenay, todas en 1119. En este mismo año, el abad Esteban juzgó aconsejable dirigirse al Papa Calixto II, recientemente electo, y pedirle una nueva bula en beneficio de Cister y sus filiaciones. El Papa, que anteriormente había sido arzobispo de Vienne, conocía bien Cîteaux, más aún, había apoyado activamente la fundación de Bonneval haciendo frente a la oposición benedictina. En el nuevo documento, fechado el 23 de diciembre de 1119, felicitaba a Esteban y a sus monjes y «ponía el sello de confirmación a la obra de Dios que ellos habían iniciado». El texto se refiere específicamente a ciertas capitula y constituciones aprobados después de las debidas «deliberaciones y consentimiento de los abades y comunidades de nuestros monasterios», encaminados todos a la observancia de la Regla de san Benito. «Nosotros, por consiguiente – concluye el Papa –, alegrándonos en el Señor por vuestro progreso confirmamos por la autoridad apostólica esos capitula y constituciones, y decretamos que los mismos tienen validez para siempre.» Esta segunda bula en la historia de Cister es otro mojón en el camino, desde los difíciles comienzos hasta el éxito resonante. Hacia el 1119, la existencia de un número de casas afiliadas hacía necesario la adopción de ciertas medidas para salvaguardar la cohesión de la nueva Orden, incluyendo la promulgación de leyes y reglamentos para ser observadas por todas las comunidades. Se alcanzó la meta después de repetidas consultas entre los abades y los monjes, y tomaron la forma de una constitución y una serie de reglamentos, que fueron presentados posteriormente al Papa y aprobadas por el mismo. Si la bula hubiera conservado intactos los textos presentados a la consideración del Pontífice, sería mucho más fácil para los historiadores especializados la reconstrucción de la imagen del Cister primitivo. No sólo es debatible el contenido de los primeros reglamentos cistercienses y su constitución, sino las distintas etapas de su desarrollo continúan dejando perplejos a los estudiosos dedicados a investigar los manuscritos disponibles.

Bibliografía

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L.J. Lekai, Los Cistercienses Ideales y realidad, Abadia de Poblet Tarragona , 1987. © Abadia de Poblet