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Viernes, 13 de diciembre de 2019

Carlomagno y la Música litúrgica

De Enciclopedia Católica

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El interés de Carlomagno por la música sacra y la preocupación que tuvo porque se propagara en forma adecuada por todo su imperio, nunca ha sido igualado por ningún gobernante civil antes o después de él. Aunque el padre de Carlomagno, Pipino, tuvo un gran cuidado por la música sacra, la actividad desarrollada por Carlos fue mucho más inteligente y completa que la de su padre. Ayudado por un conocimiento técnico del asunto, Carlomagno apreció las razones por qué la Iglesia le da tanta importancia a la música en el culto además de la forma en que se interpreta. Utilizó toda su autoridad para reforzar los deseos de la Iglesia que había hecho suya. El punto clave de la legislación que elaboró sobre este asunto, así como sobre cualquier otro tema relacionado con la liturgia, estaba en conformidad con Roma. Cuenta la tradición que no solamente llevó con él miembros de su propia capilla a Roma, para que aprendieran directamente de las fuentes, sino también que rogó al Papa Adriano I en 774, que le dejara tener dos de los cantores papales. Uno de estos cantores papales, Teodoro, fue enviado a Metz, y el otro, Benedicto, a la schola cantorum en Soissons. Según Ekkehart IV, cronista del siglo diez del monasterio de San Gall, el mismo papa envió dos cantores más a la Corte de Carlomagno. Uno de ellos, Peter, llegó a Metz, pero Romanus, en un principio detenido en San Gall por estar enfermo, obtuvo después el permiso del emperador para quedarse en dicho lugar, y es gracias a la presencia de esos monjes romanos tanto en San Gall como en otros lugares, que poseemos los manuscritos sin los cuales no sería posible contar en la actualidad con los cantos gregorianos. El gran Carlos hizo grandes esfuerzos, aunque no del todo exitosos, para impedir que en la ciudad de Milán y en sus alrededores se continuara con los Ritos Ambrosianos y sus melodías. En el año 789 emitió un decreto para toda la clerecía de su imperio, insistiendo en que cada miembro aprendiera el Cantus Romanus y que el oficio fuera hecho en conformidad con las directrices de su padre (Pipino), quien por el bienestar de la uniformidad con Roma en toda la Iglesia (Occidental), había abolido el canto galicano. A través del sínodo que se llevó a cabo en Aachen en 803, el emperador ordenó nuevamente que, tanto los obispos como los clérigos, cantaran el oficio sicut psallit ecclesia Romana, y les ordenó establecer scholae cantorum en lugares adecuados, mientras que él daba el apoyo necesario a las que ya existían, es decir, a las que estaban en Metz, París, Soissons, Orléans, Sens, Tours, Lyons, Cambrai, y Dijon en Francia, y a las de Fulda, Reichenau, y San Gall. Tanto los hijos de los nobles del imperio como sus vasallos tenían que ser, por orden imperial, educados en gramática, música y aritmética, mientras que los niños de las escuelas públicas debían ser instruidos en música y en cómo cantar, especialmente los Salmos. Los agentes y representantes del emperador estaban en todas partes vigilando que los fieles cumplieran las órdenes que él había dado respecto a la música. Carlomagno no solamente hizo que la música litúrgica floreciera en su propia época a través de sus dominios, sino que sentó las bases para la cultura musical que está tan arraigada actualmente.

JOSEPH OTTEN Transcripto por Michael C. Tinkler Traducido por: Dr. Raúl Toledo, El Salvador