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Viernes, 19 de abril de 2019

Beguines y Beghards

De Enciclopedia Católica

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(Beguines & Beghards)

La etimología de los nombres Begardo y Beguina solamente pueden ser conjeturados. Probablemente hayan derivado de la palabra beghen en flamenco antiguo, con el sentido de pedir ("rezar") y no de "limosnear", ya que ninguna de las dos comunidades en ningún momento fueron órdenes mendicantes. Tal vez deriven de la palabra "Bega", santo patrón de Nivelles, en donde, según una dudosa tradición, el primer Beguinage fue establecido. Tal vez, de nuevo, derive de Lambert le Bègue, sacerdote de Liège quien murió en 1180, después de haber gastado una fortuna en la fundación de una iglesia y claustro para viudas y huérfanos de los cruzados en su pueblo nativo.

Ya en el comienzo del siglo XXII había mujeres en los países bajos que vivían solas, y sin tomar los votos, se consagraban a la oración y a las buenas obras. Al principio no había muchas de ellas, pero a medida que el siglo doce avanzaba, el número de mujeres incrementaba; era la época de las Cruzadas, y las tierras hervían llenas de mujeres desoladas – materia prima para un patrón de neófitos. Estas solitarias armaron sus hogares no en los bosques, en donde los verdaderos eremitas aman habitar, sino en los bordes de los pueblos, en donde estaba su trabajo, ya que servían a Cristo en Su pobreza. Alrededor del comienzo de la decimotercera centuria, algunas de ellas agrupaban sus cabañas juntas; la comunidad así formada fue el primer Beguinage.

Una Beguine difícilmente pueden ser llamada monja; ella no tomaba votos, podía volver al mundo y casarse si así lo deseaba, y no renunciaba a su propiedad. Si no tenía medios para mantenerse, no pedía ni aceptaba limosnas, sino que se mantenía a través de labores manuales o a través de la enseñar a los hijos de burgueses. Durante su noviciado, vivía con la "Gran Señora" de su claustro, pero luego adquiría su propia morada, y si podía permitirse el lujo, era atendida por sus propios sirvientes. Los mismos propósitos de vida, búsquedas comunes y comunidad dedicada a la adoración eran los lazos que la vinculaban a sus compañeras. No había casa-madre, como así tampoco una regla común, ni una orden general; sino que cada comunidad estaba completa en si misma, y organizaba sus propia forma de vida, sin embargo mas tarde, muchas adoptaron las reglas de la Tercer Orden de San Francisco. Estas comunidades, eran tan variadas como el estatus social de sus miembros; algunas de ellas admitían solamente señoras de alto nivel, otras eran exclusivamente reservadas para personas de orígenes humildes; otras abrían sus puertas de par en par a mujeres de cualquier condición, y estas ultimas eran las mas densamente pobladas. Varias de estas comunidades, como el gran Beguinage de Ghent, contaba sus habitantes en los miles. Así, esta institución semi-monástica, adaptada admirablemente a las necesidades espirituales y sociales de la era, se extendió rápidamente a través de la tierra y en poco tiempo comenzó a ejercitar una profunda influencia en la vida religiosa de la gente. Cada una de estas instituciones era un ardiente centro de misticismo, y no fueron los monjes, quienes moraban mayormente en las áreas rurales, ni tampoco el clero secular, sino las Beguinas, los Begardos y los hijos de San Francisco, quienes moldearon el pensamiento de la población urbana de los Países Bajos. Ya existía un Beguinage en Mechlin en 1207, otro en Bruselas en 1245, otro en Louvain en 1243, otro en Brujas en 1244, y para el final del siglo, difícilmente existía una comunidad dentro de los Países Bajos que no tuviese su propio Beguinage, y prácticamente todas las grandes ciudades tenían dos o tres o tal vez más.

La gran mayoría de estas instituciones fueron suprimidas durante los problemas religiosos del siglo XV, o durante los tormentosos años que cerraron el siglo XVIII, pero aun así, algunos conventos de Beguinas todavía existen en varias partes de Bélgica. Los mas notables son los de Brujas, Mechlin, Louvain and Ghent, el cual en el ultimo recuento tenia casi mil miembros.

El extenso renacimiento religioso que origino los Beguinages, también trajo al mismo tiempo, similares sociedades comunes para los hombres. De estas, la más importante y la mas extendida fue la de los Begardos. Los Begardos eran laicos, y como las Beguinas, no tomaban los votos, las reglas que observaban no eran uniformes y los miembros de cada comunidad estaban sujetos solamente a los superiores de su localidad; pero, al contrario de las beguinas, los begardos no poseían propiedad privada, los hermanos de cada monasterio tenían un solo monedero común, habitaban todos bajo un mismo techo, y comían todos de la misma mesa. Eran por sobre todo, pero no siempre, hombres de orígenes humildes – tejedores, tintoreros, limpiadores, etc – y por ende estaban íntimamente conectados con el gremio de las artes de la ciudad. Efectivamente, ningún hombre podía ser admitido en el convento de Begardos de Bruselas a menos que fuese un miembro de la compañía de tejedores, y este probablemente no haya sido un caso único. Los Begardos eran hombres para los cuales, usualmente, la fortuna no había sido buena – hombres que habían sobrevivido a sus amigos, o para los cuales los lazos familiares se habían quebrado por algún evento, y o que por razones de salud pobre o de avanzada edad, o tal vez por algún accidente, no podían mantenerse o vivir solos. Un escritor reciente dijo "los pueblos medievales de los Países Bajos, encontraron en los Beguinages una solución a la pregunta femenina", el establecimiento de estas comunidades les proporcionó al menos una solución parcial a otro problema que presionaba por una respuesta: el difícil problema de como lidiar con el rendido hombre trabajador. Aunque el objeto principal de estas instituciones no era temporal, sino espiritual, se agruparon juntas para construir al hombre interno. También, mientras trabajaban por su propia salvación, no descuidaban a sus vecinos en el mundo, y gracias a su íntima conexión con el gremio de artesanos, fueron capaces de influenciar abundantemente la vida religiosa, al extremo de moldear la opinión religiosa de ciudades y pueblos de los Países Bajos, en todos los eventos en el caso del proletariado, durante mas de doscientos años.

Teniendo en cuenta las desdichadas y pisoteadas clases sociales de las cuales los Begardos eran generalmente reclutados, y el hecho de que estaban tan poco restringidos por el control eclesiástico, no es sorprendente que el misticismo de algunos de ellos se convirtiera rápidamente en una especie de panteísmo místico, o que algunos de ellos gradualmente desarrollaran opiniones que no armonizaban con la Fe Católica; opiniones, que efectivamente, si podemos confiar en John Ruysbroek, quien parece diferir un poco de las opiniones religiosas y políticas que profesan los anarquistas de hoy. De acuerdo a las autoridades eclesiásticas, las tendencias heréticas de los Begardos y de las Beguinas, necesitaban medidas disciplinarias, a veces severas. Varias restricciones fueron impuestas sobre ellos por el Consejo Eclesiástico de Fritzlar (en 1259), Mainz (en 1261), Eichstätt (en 1282); y fueron prohibidos por "no tener aprobación" por parte del Consejo Eclesiástico de Béziers (en 1299). Fueron condenados por el Consejo de Viena en 1312, pero esta sentencia fue mitigada por Juan XXII en 1321, quien permitió que las Beguinas continuaran con su estilo de vida, ya que “habían enmendado sus formas”. Los Begardos eran mas obstinados. Durante el siglo catorce fueron condenados repetidamente por la Santa Sede, los obispos (notablemente en Alemania), y la Inquisición. Cabe acotar que por otro lado, a pesar de los extensos abusos, hombres de fe y piedad eran encontrados entre los Begardos. Por ellos, Gregory XI (1374-77) y Bonifacio IX (1394) dictaron Bulas a los obispos de Alemania y de los Países Bajos. Un eco de los errores teológicos en los que cayeron los Begardos, puede ser encontrados en la doctrina del Quietismo.

Las comunidades de Begardos, en los Países Bajos no escaparon sin embargo, el destino que sufren tarde o temprano todas las instituciones humanas: antes del final de la edad media, prácticamente todas estaban en decadencia completa. Aunque sus vidas no fueron aplastadas por el peso del oro, como tantas veces sucede, con el transcurso del tiempo, si adquirieron sin embargo dotes. Nunca fueron ricos; sino que menguaron con el menguar del comercio de tela, y, cuando esa industria se murió, ellos decayeron aun mas. Sus locas naves fueron penosamente puestas a prueba por las tormentas de los años 1500; algunas se fueron al fondo, algunas resistieron su furia, pero quedaron tan maltrechas que luego se hundieron en las calmas aguas. Algunas pocas, de una forma u otra, consiguieron mantenerse a flote hasta que el huracán de la Revolución Francesa, finalmente los partió en pedazos. El número más alto de esta fundación en Bélgica fue de 94. En 1734 fueron reducidas a 34 y en 1856 a 20. Sus miembros en 1631 eran 2,487; en 1828 contaban con 1,010 miembros, y en 1856 alrededor de 1,600 miembros.

Por ERNEST GILLIAT-SMITH Transcrito por Janet Grayson Traducción de Brenda M. Whitton.