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Miércoles, 20 de noviembre de 2019

Diferencia entre revisiones de «Anillos»

De Enciclopedia Católica

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Revisión de 01:40 22 jul 2008

Aunque los anillos antiguos que aún perduran cuyo origen cristiano ha sido comprobado por su diseño, procedencia, etc., son bastante numerosos (ver Fortnum en “Arch. Journ.”, XXVI, 141 y XXVIII, 275), en la mayor parte de los casos no podemos identificarlos con ningún uso litúrgico. Sin duda, los cristianos, como el resto de la gente, llevaban anillos de acuerdo con su posición social, puesto que los anillos son mencionados sin reprobación en el Nuevo Testamento (Lucas 15,22 y Santiago 2,2). Más aún, San Clemente de Alejandría (Paed., III, c. xi) dice que un hombre puede legítimamente llevar un anillo en su dedo meñique, y que debería llevar algún emblema religioso (una paloma, un pez o un ancla), si bien, por otro lado, Tertuliano, San Cipriano y las Constituciones Apostólicas (I, III) protestan contra la ostentación de los cristianos por adornarse con anillos y piedras preciosas. En cualquier caso, las Actas de Santa Perpetua y Santa Felicidad (c. xxi), hacia el principio del siglo III, nos informan de cómo el mártir Saturo cogió un anillo del dedo de Pudens, un militar que estaba mirando, et se lo devolvió como recuerdo, cubierto de su propia sangre. Sabiendo que en los días paganos de Roma todos los flamen Dialis (es decir, un sacerdote especialmente consagrado para la adoración de Júpiter) tenían el privilegio de llevar un anillo de oro, como los senadores, no sería sorprendente encontrar evidencias de que los obispos cristianos llevaran estos anillos en el siglo IV. Sin embargo, los diferentes pasajes a los que se ha alegado para demostrarlo, o no son auténticos o no son concluyentes. Es más, San Agustín habla de cerrar una carta con un anillo (Ep. CCXVII, in P.L., XXXIII, 227), pero por otro lado su contemporáneo Posidio afirma expresamente que Agustín nunca llevó anillo (P.L., XXXII, 53), de donde podemos concluir que la posesión de un anillo de sello no demuestra que el anillo fuese parte de la insignia episcopal. Sin embargo, en un Decreto del Papa Bonifacio IV (610 dC), se habla de monjes erigidos a la dignidad episcopal como anulo pontificali subarrhatis, mientras que en el IV Concilio de Toledo, en 633, se comenta que si un obispo ha sido depuesto de su cargo, y luego restablecido, debe devolvérsele la estola, el anillo y el báculo (orarium, anulum et baculum). San Isidoro de Sevilla, aproximadamente en el mismo período, relaciona el anillo con el báculo y declara que aquel es otorgado como “un emblema de la dignidad pontifical o del sellado de los misterios” (P.L., LXXXIII, 783). Desde este momento, puede decirse que el anillo fue estrictamente hablando un adorno episcopal otorgado en el rito de la consagración, y que fue considerado como emblema del compromiso del obispo hacia su Iglesia. En los siglos VIII y IX, en manuscritos del Sacramentario Gregoriano y en algunos Pontificales antiguos (por ejemplo, el atribuido al Arzobispo Egberto de York), encontramos diversas fórmulas para la entrega del anillo. La forma gregoriana, que esencialmente subsiste hasta hoy, es así: “Recibe este anillo, es decir, el sello de la fe, a través del cual tú, siendo adornado con una fe impecable, podrás mantener sin mancha la promesa dada a la esposa de Dios, Su Santa Iglesia.” Estas dos ideas (es decir, la del sello, indicativa de discreción, y la de la fidelidad conyugal) dominan el simbolismo dado al anillo en casi todos sus usos litúrgicos. La idea de la fidelidad fue llevada tan lejos en el caso de los obispos que encontramos decretos eclesiásticos que promulgan que “un obispo que abandone la iglesia a la cual se ha consagrado y se pase a otra debe ser considerado culpable de adulterio y ser castigado del mismo modo que un hombre que, traicionando a su propia esposa, se va a vivir con otra mujer” (Du Saussay, "Panoplia episcopalis", 250). Quizá esta idea de esponsales ayudó a establecer la regla, de la cual conocemos su existencia ya en el siglo XIX, de que el anillo episcopal debía ponerse en el dedo anular (es decir, al lado del meñique) de la mano derecha. Como el anillo pontificio se llevaba de vez en cuando por encima del guante, es común encontrar ejemplares medievales más anchos y más gruesos. Pero el anillo entonces quedaba demasiado holgado; se solucionaba a menudo este inconveniente colocando otro anillo más pequeño para que el otro no se cayera (ver Lacy, "Exeter Pontifical", 3). Como muestran los cuadros de la Edad Media y del Renacimiento, antiguamente era bastante habitual que los obispos llevaran otros anillos junto con el episcopal; de hecho el actual “Caeremoniale episcoporum” (Bk. II, VIII, nn. 10-11) indica que probablemente este es todavía hoy el caso. La costumbre prescribe que un laico o un clérigo de rango inferior, presentados ante un obispo, deben besar su mano, es decir su anillo episcopal, pero suponer que existe una indulgencia relacionada con el acto es una extendida aunque errónea interpretación. Los anillos episcopales, tanto en un período reciente como más lejano, fueron usados a veces como recipientes de reliquias. San Hugo, obispo de Lincoln, tenía un anillo probablemente de considerable capacidad. (Sobre la ceremonia de la investidura con anillo y báculo, ver Investiduras, Conflicto de las.) Además de los obispos, muchos otros eclesiásticos tienen el privilegio de llevar anillos. El Papa por supuesto es el primero de los obispos, pero habitualmente no lleva el anillo de sello distintivo del papado, conocido como el “Anillo del Pescador” (ver más abajo en este artículo), sino normalmente un simple camafeo, mientras que sus anillos pontificios más formidables se reservan para funciones eclesiásticas solemnes. Los cardenales también llevan anillos independientemente de su rango en la jerarquía eclesiástica. El anillo perteneciente a la dignidad cardenalicia es otorgado por el Papa mismo en el consistorio en el que el nuevo cardenal es creado con un “título” particular. Es de poco valor, con un zafiro engarzado, mientras que en la parte interna del bisel lleva las armas del Papa que lo otorga. En la práctica, el cardenal no está obligado a llevar este anillo, y normalmente prefiere usar uno propio. Los cardenales presbíteros tienen el privilegio de llevar un anillo desde el tiempo de Inocencio III o antes (ver Sägmüller, "Thatigkeit und Stellung der Cardinale", 163). Los abades de la Alta Edad Media podían llevar anillos sólo por especial privilegio. Una carta de Pedro de Blois, en el siglo XII (P.L., CCVII, 283), muestra que en esa fecha se consideraba como una ostentación el hecho de que un abad llevara un anillo, aunque en posteriores Pontificales la bendición y entrega de un anillo formaba parte del ritual corriente para la consagración de un abad, y este es todavía el caso hoy en día. Por otra parte, no existe indicación de tal ceremonia en la bendición de una abadesa, aunque algunas de ellas han recibido, o asumido, el privilegio de llevar un anillo por su cargo. También algunos otros prelados menores llevaban con regularidad el anillo, por ejemplo los protonotarios, pero no se puede decir que el privilegio perteneciera a los cánones como tales (B. de Montault, "Le costume, etc.", I, 170) sin un indulto especial. En cualquier caso, estos prelados menores no podían en general llevar tales anillos durante la celebración de la Misa. La misma restricción, sobra decirlo, se aplica al anillo otorgado como parte de la insignia de un doctor ya sea de Teología o de Derecho Canónico. Los sencillos anillos llevados por algunas órdenes de monjas y otorgados en el curso de su solemne profesión, de acuerdo con el ritual estipulado en el Pontifical Romano, parece tener justificación en una antigua tradición. San Ambrosio (P.L., XVII, 701, 735) habla de ello como si fuera una costumbre transmitida para las vírgenes consagradas a Dios ; llevarían un anillo en memoria de su compromiso con su Esposa celestial. Esta entrega del anillo a monjas también es mencionado por varios Pontificales medievales a partir del siglo XII. Los anillos de boda, o más estrictamente, los anillos entregados en la ceremonia de esponsales, parecen haber sido tolerados entre los cristianos durante el Imperio Romano desde un período bastante temprano. El uso de tales anillos fue por supuesto posterior al Cristianismo, y parece claro que la entrega del anillo fue incorporada en un primer momento en algún ritual o envuelta de algún significado religioso preciso. Pero es muy probable que, si los cristianos acogían y llevaban el anillo de esponsales con tolerancia, tales anillos habrían sido adornados con emblemas cristianos. Algunos ejemplares existentes, más particularmente un anillo dorado hallado cerca de Arles, aparentemente del siglo IV o V, con la inscripción Tecla vivat Deo cum marito seo [suo], pueden considerarse con seguridad como anillos de boda cristianos. Igualmente, en la ceremonia de coronación, ha sido costumbre durante mucho tiempo costumbre entregar tanto al rey como a la reina consorte un anillo previamente bendecido. Quizás el ejemplo más antiguo de este uso para un anillo es el caso de Judith, la madrastra de Alfredo el Grande. Sin embargo, es un poco difícil en este caso determinar si el anillo fue otorgado a la reina en virtud de su dignidad de reina consorte o simplemente por su boda con Ethelwulf de Wessex. También se han usado anillos ocasionalmente con otros propósitos religiosos. En una época temprana, las llavecitas de fragmentos de las cadenas de San Pedro parecen haber sido soldadas a una tira metálica y llevadas en el dedo como relicarios. En tiempos más recientes, se han realizado anillos con diez botoncitos o protuberancias, utilizados para recitar el rosario. Información de la Publicación Escrito por Herbert Thurston. Transcrito por Nicolette Ormsbee. The Catholic Encyclopedia, Volume XIII. Published 1912. New York: Robert Appleton Company. Nihil Obstat, February 1, 1912. Remy Lafort, D.D., Censor. Imprimatur. +John Cardinal Farley, Archbishop of New York Bibliografía Babington, Dict. Christ. Antiq.; Leclercq, Dict. dæarch. chret., I (Paris, 1907), s. v. Anneaux; Deloche, Etude historique et archéologique sur les anneaux (Paris, 1900); Du Saussay, Panoplia episcopalis (Paris, 1646), 175-294; Dalton, Catalogue of early Christian Antiquities in the British Museum (London, 1901); Barbier de Montault, Le costume et les usages ecclésiastiques selon la tradition romaine (Paris, 1897-1901). Traducción: Diego Herrero Murillas