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Martes, 21 de octubre de 2014

Exégesis Patrística: Introducción

De Enciclopedia Católica

Límites y amplitud del proyecto

Introducción de Bertrand de Margerie S.J.

Método seguido

Antecedentes judíos y fundamentos bíblicos de la exégesis de los Padres

Su apreciación por el Magisterio de la Iglesia

Generalmente se reconoce que no disponemos, hoy día, en ningún idioma, de una historia de la exégesis patrística. Tenemos numerosas monografías sobre la exégesis de tal o cual Padre, incluso de tal escuela (Antioquía, Alejandría) o sobre la historia de la exégesis patrística y post patrística de tal versículo de Escritura o de tal Salmo, incluso de tal Evangelio, el de Juan por ejemplo. Pero todavía no tenemos ninguna obra de conjunto que presente de manera distinta y sucesiva, los rasgos y características de la exégesis practicada por cada uno de los grandes Padres de la Iglesia. Lamentable laguna. El volumen introducido aquí desearía subsanar parcialmente este vacío en lo que concierne a la patrística griega y oriental. Espero, más adelante, si place a Dios y a los hombres, darle una continuación referida a la exégesis de los Padres latinos.

Contenido

El Proyecto

El Proyecto es a la vez limitado y ambicioso. Limitado: en esta introducción, el lector no encontrará nada sobre Gregorio de Nacianzo, Basilio, Cirilo de Jerusalén, Máximo el Confesor, y Juan Damasceno. Tampoco encontrará nada sobre otros escritores importantes del período patrístico como Melitón de Sardes, luego, más tarde, en Antioquía, Diodoro de Tarso y Teodoreto de Ciro o en Alejandría Isidoro de Pelusio. A lo sumo alguno de ellos será mencionado de paso. Proyecto limitado también por otra razón: sería posible consagrar un volumen entero a cada uno de los Padres a los que se ha dedicado un capítulo. Aun más de un volumen. Somos conscientes de haber sacrificado tesoros y genios. Pero, precisamente, no hemos querido ofrecer más que una introducción a un estudio más amplio que otros podrán emprender en el futuro. Sin embargo, es un proyecto ambicioso. Porque se trata de hacer manifiesto, en tanto sea posible, el interés teológico y permanente que conserva la exégesis de los Padres, especialmente frente a la incredulidad contemporánea. Esta exégesis se encuentra compilada y resumida en la obra doctrinal de los grandes concilios trinitarios y cristológicos de los siglos IV y V. Este valor permanente es reconocido por todas las comunidades e Iglesias que continúan invocando estos grandes concilios en Ginebra, Cantorbery, Moscú, Constantinopla y en Roma. No son solamente los teólogos católicos u ortodoxos, sino también un Barth, un Pannenberg, un Andrés Benedicto que nos lo repiten insistentemente: en su reflexión sobre las Escrituras, el teólogo no puede ignorar a los Padres. Incluso uno estaría propenso, delante de sus declaraciones, a prolongar el célebre término de san Jerónimo, retomado por Vaticano II de la siguiente manera: ignorar a los Padres es ignorar las Escrituras y a Cristo.

¿Esto no equivale a decir que la profundización hecha en común por las diferentes comunidades eclesiales e Iglesias de la Exégesis de los Padres les facilitaría la profesión común del Credo de los Padres? ¿Cómo subrayar mejor el interés ecuménico del proyecto? ¿Significa que interesaría sólo a los creyentes o al menos sólo a los cristianos? Pues no. Un gran número de no creyentes han brindado una útil contribución al desarrollo de los estudios patrísticos y continuarán haciéndolo, sin duda. No es necesario ser creyente para apasionarse por la historia de la exégesis o de la teología patrísticas. Un ateo, un agnóstico podría hacerlo y ayudar a los creyentes mismos a comprender mejor a los Padres.

Lo que no impide el proyecto aquí presentado y desarrollado de no ser el de una historia secular de la exégesis patrística, sino al contrario la de un creyente, deseoso de presentar a la luz del magisterio episcopal de los Padres (obispos casi todos) y de las enseñanzas constantes y actuales de la Iglesia universal la historia de los carismas concedidos por el Espíritu a la Iglesia de los Padres en el ámbito de la interpretación bíblica. Es decir: la historia de sus dones gratuitos, que sobrepasan el esfuerzo humano, por los cuales este Espíritu de Verdad ha querido conducir, sin cesar, la Iglesia hacia la Verdad. El proyecto presentado es, pues, el de una introducción a una historia teológica de la exégesis patrística.

La obra introducida aquí también es teológica bajo otro aspecto. No es posible disociar la exégesis de un Padre de su concepción del rol de las Escrituras en la economía de la salvación. Es al interior de una visión de conjunto de la función de la palabra escrita de Dios en la economía de la salvación que se sitúan las exégesis particulares de cada Padre. La realización del proyecto indicado aquí no puede hacer abstracción de este asunto. La historia de la exégesis patrística incluye, pues, la historia (al menos sumariamente presentada) de las consideraciones de los Padres - o de algunos de ellos - sobre la conexión entre las Escrituras divinas y el Misterio de la salvación, del cual son parte integrante. Tal es el proyecto, a la vez limitado y ambicioso.

¿Es factible?

El Método

1. El método seguido aquí

Un patrólogo eminente me dijo sin ambages que semejante empresa, para cualquier autor, sobrepasaría las fuerzas humanas. ¿Cómo no plegarse a esta opinión si se toma en consideración la inmensidad de la materia, incluso teniendo en cuenta los límites aquí indicados? ¿Quién podría, a costa de una nueva investigación, tratar con una competencia semejante las exégesis de Ireneo, de Gregorio de Niza, y de Cirilo de Alejandría? Delante de semejante imposibilidad era necesario encontrar un método adaptado al propósito. Éste se impuso rápidamente en el espíritu del autor. Al no tener ninguna pretensión de escribir un libro definitivo sobre la materia, se contenta con una introducción destinada a facilitar la obra de los investigadores futuros, a “desbrozar el terreno”. Se ha limitado, entonces, a sintetizar algunos de los resultados obtenidos por otros a través de una numerosa cantidad de artículos o de monografías sobre las exégesis de los diferentes Padres, manifestando lo que ha parecido ser la o las contribución(es) distinta(s) de cada uno, dando siempre, a propósito de cada, uno ejemplos concretos de su exégesis. Sin excluir, por otro lado, esto y aquello de los nuevos aportes. En suma, el autor ha seguido, mutatis mutandis, un método histórico- sistemático análogo al que emoleó poco antes, en su obra: La Trinité chrétienne dans l’histoire (col. Bibliothèque de Théologie historique, vol. 31, Beauchesne, París, 1975). Como este libro fue bien acogido por el público e incluso considerado como una “verdadera suma, que manifiesta un conocimiento personal de los Padres a partir de las fuentes” , ¿no está permitido esperar que el presente volumen, que llena manifiestamente una laguna, gozará de igual favor?

El método empleado por los Padres

Después de haber respondido a las legítimas interrogantes del lector sobre el proyecto y sobre el método, conviene, antes de precisar la exégesis particular de cada uno de los Padres elegidos, exponer globalmente el método común a los Padres en su lectura de la Escritura, método que prolonga y sobrepasa el de la exégesis judía. En realidad, como lo ha subrayado Pierre Grelot , en la época del Nuevo Testamento había varias corrientes en la exégesis judía: la exégesis de los esenios no es la del rabinismo fariseo , ni ésta es la de los saduceos, menos conocida aún; todas estas corrientes difieren del judaísmo alejandrino, el cual parece haber sido el único que ejerció mayor influencia en la hermenéutica de los Padres. Incluso si el modo de estos Padres evoca más bien la actualización escatológica de las interpretaciones de los peshers esenios . Sin embargo, la mayor influencia, al menos en la escuela alejandrina, fue la de Filón. Por otro lado, hay un punto común a todas estas corrientes: la tendencia a la relectura de los textos con miras a descubrir el sentido que pueden presentar hoy día, y la luz que proyectan sobre los problemas vitales del presente, en función de una revelación que forma un todo y que crece con el tiempo. Aproximándolas, leyéndolas en una nueva perspectiva, sea histórica, sea escatológica, se descubre un valor más profundo. Por ejemplo, desde que dejó de haber rey en Jerusalén, los salmos reales conservados en el culto sirven para cantar con antelación al Mesías futuro: exégesis excesiva que muestra el desarrollo de las concepciones mesiánicas desde el tiempo en que estos salmos fueron compuestos. Algunas veces se da el nombre de midrash, bastante discutible, a semejante operación exegética . Pero en Filón, la exégesis judía de tendencia excesiva viene a conjugarse con el método alegórico recibido del pensamiento griego. Este judío alejandrino, contemporáneo de Jesús de Nazaret, quiso aplicar al Antiguo Testamento, de manera rigurosa y transformándolo, un método que los griegos usaban para interpretar las leyendas mitológicas, mientras que los estoicos encontraban en él el medio de conciliar los mitos con las exigencias de sus doctrinas. Filón, firmemente adscrito a la observancia de la ley, busca, por medio del método alegórico, alcanzar el sentido interior y profundo de la ley exterior. De esta manera, su comentario alegórico del Génesis contiene una historia moral del alma humana, desde su origen celeste hasta su purificación moral definitiva.

El método alegórico permite a Filón encontrar, en el Antiguo Testamento, toda la filosofía helénica; a sus ojos, los sabios de Grecia no dijeron ni enseñaron nada que los escritores inspirados no hubiesen dicho o enseñado mejor que ellos. Filón se siente ciudadano del mundo. En lugar de estar encerrado en los límites estrechos de su raza y de su religión, vive en comunión con todos los sabios de todos los tiempos. El judaísmo, tal como lo describe, se vuelve la religión espiritual de la humanidad. Leyendo a Filón, se podría tener la impresión que reduce el drama bíblico a una alegoría moral del drama interior del alma humana, no sin difuminar el carácter personal del Dios de Israel o la historicidad de la Biblia, con miras a reemplazarla por un pensamiento griego y antihistórico. Apariencia reforzada por su lenguaje: cada una de sus frases o casi todas contienen expresiones tomadas de la filosofía. Sin embargo, subraya R. Arnaldez, Filón no niega nunca ni la letra de las prescripciones de la Ley ni la realidad histórica de los acontecimientos relatados por la Biblia. Los mandamientos, en su materialidad, se dirigen a los cuerpos. Ahora bien, por medio de su cuerpo, el hombre vive en la historia. Filón nunca reduce las realidades abstractas a conceptos abstractos; su pensamiento está encarnado. En lugar de que la originalidad de los judíos, descubridores de la historia, haya perdido con el contacto del pensamiento griego, se puede decir que fue a la inversa. Los conceptos helénicos se enriquecen con todos los rasgos de la personalidad que los encarna , así la contemplación se vuelve Moisés. No es Platón quien reanima las imágenes de la Biblia, que algunos creyeron muertas, sino Moisés que restituye al platonismo toda la riqueza carnal de la realidad .

Aun cuando Filón utiliza materialmente los procedimientos de la alegoría estoica, su intención exegética es original: no quiere racionalizar los mitos, sino encontrar una verdad revelada, sometida a las insuficiencias del lenguaje, siempre simbólico. Oír es menos perfecto que ver; ahora bien, Dios habla para hacer comprender a los hombres lo que ve; tal es el motor de la alegoría. Por una transposición radical, Filón integró profundamente en su pensamiento de creyente judío el método alegórico de los griegos . De esta manera - aunque el asunto no haya sido probado - fue que Filón pudo influenciar a los autores del Nuevo Testamento en el momento en que ellos se preocuparon por presentar el mensaje de Cristo al mundo griego y en griego; sobre todo, así fue que Filón tuvo - y esto es seguro - una influencia decisiva sobre los padres de la Escuela de Alejandría y sobre su método exegético. Al punto que cierta leyenda cristiana quería hacer de él casi un Padre de la Iglesia, y en todo caso un profeta. En la catedral de Puy, en Francia, un antiguo fresco lo presenta en torno a una crucifixión ¡con Isaías, Oseas y Jeremías !

Un exegeta contemporáneo, el Padre A. Feuillet, estima que san Pablo, en un texto inmediatamente anterior al que constituye uno de los fundamentos bíblicos decisivos de la exégesis tipológica de los Padres, dependía de Filón . Se trata de la identificación entre la Sabiduría de Dios y la roca del Éxodo, hecha formalmente por Filón y en la cual se inspira el Apóstol en 1 Cor 10, 1-5, inmediatamente antes de enunciar su gran principio: “Todas las cosas les sucedieron a ellos en figura y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, para quienes ha llegado la plenitud de los tiempos” (1Cor, 10, 11; cf. 10, 6). Semejante principio, expuesto de manera tan simple, sin limitación, constituye la base inspirada de la exégesis patrística, aun si se haya abusado de ella más de una vez. En sustancia, es lo que reconoce y desarrolla otro exegeta contemporáneo, Pierre Grelot . Fijemos con él el sentido esencial del pensamiento paulino.

Después de haber planteado este principio, Pablo saca en seguida aplicaciones moralizantes (10, 6-10), el principio mismo da a los ejemplos morales un fundamento profundo. Los personajes y los acontecimientos de antaño (Moisés, el paso del mar Rojo, el maná, y el agua de la roca a los que hace alusión el contexto antecedente: 10, 1-4) poseían una significación con respecto al futuro escatológico, a los últimos tiempos en los que hemos entrado (10, 11) es decir con respecto al misterio de Cristo y a los sacramentos de su Nueva Alianza. Significación es decir muy poco: estas figuras proféticas contienen incluso una presencia secreta del misterio futuro, una misteriosa participación en su realidad; de ahí el calificativo de “espiritual” adscrito al maná, a la roca y al agua de la roca: alimento espiritual, bebida espiritual, roca espiritual (10,3). Este principio no se restringe sólo a los acontecimientos del Éxodo; teóricamente, podría aplicarse, ciertamente no a todos los detalles de la Ley antigua, pero al menos a los grandes acontecimientos históricos que el Antiguo Testamento nos describe a propósito del Éxodo . San Pablo no hace mención explícita de él - fuera de I Cor 10 - más que a propósito de Adán, “figura de Aquel que debía venir” (Rom 5, 14; cf. ! Cor 15, 45-49). Pero estaba por detrás de la alegoría (Gál 4, 22-30) construida sobre las dos esposas y los dos hijos de Abrahám que son, es decir representan, a las dos alianzas, las dos Jerusalén, los dos pueblos, porque Isaac, hijo de la promesa nos representaba de antemano (cf. nota 65). Una figura (tupos: Rom 5, 14 ; 1 Cor 10, 10) puede definirse como un símbolo anunciador de las realidades escatológicas, inscrito en la filigrana de la historia santa. Inversamente, las realidades escatológicas (es decir: Cristo, su Iglesia y sus sacramentos, la consumación final del misterio de la salvación ) correspondiendo a los tipos bíblicos pueden ser considerados como antitipos (antitupoi: 1 Pe 3, 21 a propósito del bautismo). Paradójicamente, este mismo lenguaje es retomado por la epístola a los Hebreos en un sentido diametralmente opuesto . Ahí, el tupos, es decir el modelo o el arquetipo, del culto del Antiguo Testamento con su lugar sagrado, sus sacerdotes, sus ritos, es descubierto en el sacrificio de Cristo que entra por la ascensión en el santuario celeste (8, 5). El culto cristiano encierra la imagen substancial de esta realidad celeste y venidera; posee el “icono” (“eikôn”: 10, 1) de esta verdad (8, 5 ; 9, 11 ; 10, 1), mientras que el culto antiguo no poseía más que una réplica, un antitipo (antitupos: 9, 24), una copia (hupodeigma : 8, 5 ; 9, 23) un símbolo y una parábola en sus instituciones o acontecimientos ( 9, 9 ; 11, 19), nada más que una sombra (8, 5 ; 10, 1), aunque real, siendo ya presencia secreta del Nuevo Testamento en el Antiguo, en la unidad profunda del plan divino en dos etapas.

Además el alcance figurativo del Antiguo Testamento subsiste aún en el seno del Nuevo, a pesar de la abrogación de sus disposiciones provisionales, ligadas al rol pedagógico de la Ley. Las escrituras de la Antigua Alianza pueden todavía instruirnos , y por tanto siguen siendo, en este sentido, Escrituras santas de la Nueva Alianza. Pero resulta que, a la luz de la epístola a los Hebreos, las figuras de la Antigua Alianza apuntan hacia una única realidad en tres niveles: Cristo y su historia pasada, Cristo en su Iglesia presente (imagen), Cristo en su manifestación futura o verdad. Cristo se muestra así, a la vez, como arquetipo eterno y anterior, el teleotipo que aclara nuestra experiencia presente e histórica en el seno de la Iglesia. Esta propuesta compleja se esclarece a la luz de otra problemática, relativamente simple en la época del Nuevo Testamento, pero que la historia se ha encargado de embrollarla: aquella de la letra y del espíritu. Para san Pablo, en quien se inspiraron los Padres de la Iglesia, la letra designa la Escritura interpretada a la manera de los judíos y no a la luz de Cristo, mientras que, para el mismo Pablo, el espíritu de la Escritura es el sentido que la revelación del misterio de Cristo le ha dado, la interpretación de los textos del Antiguo Testamento a la luz de Cristo : la letra mata, el espíritu vivifica ( 2 Cor 3, 6 ; cf. Rom 2, 29 ; 7 , 6). De ahí la expresión de sentido espiritual y, por oposición, la de sentido literal o corporal o histórico.

Hoy día, con ciertos matices y diferencias, “la distinción del sentido literal y del sentido pleno recubre casi la distinción del espíritu y de la letra tal como la entiende san Pablo”, observa P. Grelot . En la época moderna, se entiende por sentido literal lo que toma en cuenta el autor humano. Este sentido literal es siempre relativo al misterio de la salvación; pero cuando se trata de oráculos proféticos, apunta directamente al misterio de Cristo, consumador de la salvación. El sentido literal así concebido, incluye todo hacia lo que se orientaba la carta paulina; ella agregaba un matiz despectivo que no se le podría adjudicar, tanto que se mantiene abierta a una lectura cristiana. Por el contrario, si el sentido espiritual de los textos bíblicos está definido en función del espíritu paulino, se convierte en el equivalente exacto del sentido pleno, puesto que éste consiste en ir más allá de la letra para encontrar en los textos la presencia vivificante de Cristo situando el sentido de un texto particular en el contexto global de todo el plan divino de la salvación. Este sentido pleno sobrepasa el horizonte de un autor humano, pero no el de Dios, que lo había tenido en cuenta desde el momento en que inspiró la composición del texto. (Así, por ejemplo, el salmo 22 no era más que una súplica individual entre otras, que expresaba la oración de un israelita piadoso quebrado por la prueba. Pero desde que Cristo lo recitó sobre la cruz para traducir su propia situación, emergió de su sentido literal un sentido pleno en relación directa con el misterio de la Pasión y que Dios había tenido en cuenta al momento en que inspiró al autor humano).

Retomemos y recopilemos lo que hemos dicho sobre tipología, letra y espíritu en Pablo. Desarrollemos las implicaciones. Queda claro que para el Apóstol los acontecimientos del Antiguo Testamento tienen varios sentidos: un sentido inmediato e histórico -podemos llamarlo literal-, y un sentido mediato, cristológico, espiritual: el sentido espiritual o pleno. Si se sigue la pista indicada por la epístola a los Hebreos, veremos que El sentido espiritual mismo es doble: terrestre y celeste; concierne a Cristo en su vida pasada, en su existencia presente en la Iglesia, futura y eterna en la Jerusalén celeste del Reino consumado. En Pablo, los acontecimientos de la Ley Antigua, e incluso los anteriores, de los tiempos de la promesa y de la primera creación evocan para nosotros la noción de causa material respecto de Cristo, mientras que, en la epístola a los Hebreos, el misterio pascual de Cristo es análogo a una causa final del primer Adán y de la Antigua Alianza. Todo ocurrió como si Pablo hubiese querido unificar al servicio de Cristo y de la revelación de la Nueva Alianza, de una parte las técnicas rabínicas de exégesis y de otra una “concepción tipológica que lo distingue muy profundamente de los predicadores de las sinagogas” y que recibe de Filón, no sin antes repensarla en Cristo. Mientras que Filón la ponía al servicio de la Revelación de la Antigua Alianza, Pablo la retoma en dirección de esta Alianza Nueva hacia la cual tendía la Antigua.

Es importante subrayar que semejante integración, ya preparada por el Deutero-Isaías , fue cubierta por la inspiración del Espíritu Santo. A través de Pablo, es el Espíritu de Dios quien nos propone una lectura determinada del Antiguo testamento. Todo lo que acabamos de recordar, tal vez no sin una simplificación (por lo que nos excusamos delante de los especialistas) justifica globalmente, al nivel mismo del Nuevo Testamento, la lectura que los Padres hicieron del Antiguo. Decimos: globalmente. Ciertamente, no se trata de canonizar cada aplicación de detalle, ni la peligrosa tendencia alegorizante de los Padres alejandrinos . Aunque tal vez pueda no ser plenamente satisfactoria para nosotros hoy día, una presentación tomista del sentido de la Escritura resume y sintetiza luminosamente el método practicado por los Padres y que tiene su fundamento en los escritos paulinos: “Lo que se dice literalmente de Cristo, nuestra Cabeza, puede ser interpretado alegóricamente, refiriéndolo a su cuerpo místico, moralmente, refiriéndolo a nuestros actos que deben estar reformados a su ejemplo, anagógicamente, en tanto que en la persona de Cristo nos es mostrado el camino de la gloria .”

Se notará el doble mérito de esta afirmación de Santo Tomás de Aquino. Por una parte, el santo no pretendía, de ninguna manera, que cada línea del Antiguo Testamento fuese susceptible de una lectura semejante; por otra parte, lo que dice se aplica también a los Evangelios, en armonía con su propia presentación de los hechos y palabras de Cristo en su vida terrestre. Señalémoslo de paso: la exégesis moderna no ignora tampoco una pluralidad de sentidos, pluralidad querida ya por los autores inspirados, en el Nuevo Testamento. De esta manera, los evangelistas, al transmitirnos lo que el Señor había dicho y hecho, a la luz de Pascua y Pentecostés, “en función de la situación de las Iglesias” - por retomar los mismos términos del Concilio Vaticano II - nos dicen explícitamente que la misma palabra, el mismo hecho sirve para comprender los niveles distintos y sucesivos de la intención de Jesús, de la inteligencia que tuvo de ellos la comunidad que escuchaba el hecho o la palabra en cuestión, y luego de lo que ellos mismos quisieron significar al ponerlos por escrito. Además se sabe cuánto han subrayado los exegetas modernos la significación inseparablemente eclesial, ética y sacramental de los signos joánicos . ¡Qué lejos nos encontramos aquí de cualquier falsa unicidad del sentido literal y qué cerca nos encontramos de una pluralidad plenaria de las significaciones, sea explícitas, sea implícitas , de numerosos textos bíblicos!

Así, parece que por algunos lados, y a menudo sin saberlo , los exegetas retoman los horizontes de una exégesis patrística capaz, a pesar de sus numerosos límites, de ayudarlos en sus investigaciones actuales. Se ve que hay tesis exegéticas defendidas en el Instituto bíblico de Roma que se preocupan, al abordar el versículo tal de la Escritura, de rastrear el comentario no sólo en la época moderna, sino ante todo y metódicamente en los Padres . En Jerusalén, los profesores del Instituto bíblico franciscano hacen estudiar sistemáticamente el comentario de cualquier versículo en la patrística antenicena.

Interés de la exégesis patrística

Este renovado interés por la exégesis patrística se debe a varias razones. Tratemos de enumerar las principales. Ante todo, los exegetas modernos sospechan que podrían, sobre puntos particulares, aprender mucho de los Padres y descubrir en ellos pistas para la solución de problemas siempre pendientes Además, muchos han sido atraídos por la profundidad con la cual Henri de Lubac les presentó el acto exegético de los Padres. No sólo supo mostrarnos hasta qué punto los Padres comprendieron que el sentido literal y el sentido espiritual constituyen y son el Antiguo y el Nuevo Testamento, dos Economías, dos Dispensaciones, dos Alianzas, las cuales dieron nacimiento a dos pueblos, a dos regímenes establecidos por Dios uno después del otro, para ordenar las relaciones del hombre con Él . Pero sobre todo, no sin antes exhibir una lujosa y sorprendente erudición, el Padre de Lubac nos ayuda a percibir mejor, con los Padres, a Cristo como el exegeta (cf. Lc 24, 44-45 ; Jn 1, 18) y la exégesis de la Escritura a la vez; una exégesis que es acto antes que palabra. La exégesis de Cristo es Acto . Conviene citar aquí más extensamente a Henri de Lubac:

Antes de explicar a sus discípulos, en la noche de Pascua, cómo la Escritura antigua da testimonio del Testamento nuevo y se encuentra de esta manera cambiada en Él, Jesús opera este cambio... Exegeta de la Escritura, Jesús lo es por excelencia en el acto por el cual cumple su misión, en esa hora solemne para la cual vino: en el acto de su sacrificio, en la hora de su muerte en cruz. Es entonces cuando dice en sustancia: Ecce nova facio omnia, he aquí que hago nuevas todas las cosas (Ap 21, 5). Entonces es cuando mata en su letra las sombras y las imágenes, y cuando manifiesta el espíritu del que vivirán sus fieles... Al pronunciar el consummatum est (Jn 19, 30) sobre ese patíbulo que designa simbólicamente la última letra del alfabeto hebreo, Jesús da a toda la Escritura su consumación revelando por este medio todo el misterio de la redención del hombre, escondido en los veintidós libros del Antiguo Testamento. Su cruz es la única llave, universal . Mediante este sacramento de la cruz, integró los dos Testamentos en un solo cuerpo de doctrina, uniendo los preceptos antiguos a la gracia evangélica. León de Judá, obtiene muriendo la victoria que abre el Libro siete veces sellado [...] La lanzada del centurión consumó en verdad lo que la vara de Moisés, golpeando la roca, había consumado en figura: del costado traspasado por la lanza brotan las fuentes del Nuevo Testamento; “si Jesús no hubiese sido abatido; si de su costado no hubiese salido el agua y la sangre, sufriríamos aún sed por la Palabra de Dios” . [...] Saliendo del sepulcro, Cristo aparta la piedra de la letra que lo cubría, esa piedra de la letra que hasta entonces obstaculizaba la inteligencia espiritual, esa piedra que proféticamente ya había hecho retirar de la tumba de Lázaro .

En otros términos, el interés de los exegetas por los Padres y por su hermenéutica está ligado a la importancia que acompaña a la problemática de las relaciones entre los dos Testamentos, del mesianismo, de la cristología. Por último, se comienza a sospechar que un retorno parcial a la exégesis y al método de los Padres, matizado, adaptado a los progresos técnicos hechos desde entonces, podría ayudar a los exegetas en la dirección de la unificación sintética del acto exegético como a los predicadores en su servicio de la Palabra de Dios. Queda claro que una buena parte de los trabajos de los exegetas contemporáneos desemboca en una atomización de la lectura de la Escritura y en un tecnicismo que desalienta y que lo pulveriza todo. Tenemos instrumentos más seguros y más numerosos para descubrir el sentido espiritual de las Escrituras , ¡pero muchas de nuestras actuales obras de exégesis casi no están orientadas, como lo estuvieron los Padres, hacia el descubrimiento del sentido anagógico, hacia el regreso a Dios, por medio del ejercicio de las virtudes y por los sacramentos, a través de la lectura de las Escrituras! Este es el origen de la crisis de cierta predicación y, más radicalmente, la crisis de la fe, no de la Iglesia, sino en la Iglesia. En el contexto de una percepción aguda de las virtualidades de una exposición doctrinal-Kerygmática y de aliento misionero de la teoría patrística de los cuatro sentidos o más bien del cuádruple sentido de la Escritura, se nos propone una seductora analogía e integración entre estas cuatro “notas de la Escritura” y las cuatro notas de la Iglesia, siguiendo el Credo de los Padres. Expondremos a nuestra manera semejante relación. La única Escritura de la única Iglesia se dirige a la única humanidad. La unidad de la Escritura es un factor de la unidad de la Iglesia , la santidad de esta Escritura santificante la santifica. La Iglesia apostólica recibe de los Apóstoles la explicación global del Antiguo Testamento a la luz del misterio de Cristo. así, como también de todas las culturas, preparaciones al Evangelio. La Escritura, recibida universalmente, contribuye a la catolicidad de la Iglesia, siempre en crecimiento hasta el regreso de Cristo hacia el cual esta Escritura nos tiende “anagógicamente”.

Así, el ejercicio, moderado, pero constante, en el seno de las normas actualmente reconocidas por una sana exégesis y por el magisterio de la Iglesia, del método patrístico de interpretación podría incitarnos de una manera decisiva a evitar los compartimientos estancos y las separaciones entre lectura de la Escritura, vida sacramental, esfuerzo ético, actuar eclesial, en el horizonte de la tensión hacia la espera del fin último. Será así como la vida humana y cristiana reunificada al rededor de la palabra de Dios, hará brillar con nuevo esplendor la unidad inamisible de la Iglesia única del Dios único.

Acabamos de insinuarlo: los Padres no podrían hoy día brindarnos el servicio que acabamos de esbozar si no nos inspiráramos en su preocupación fundamental, manteniéndonos, con ellos, “fieles a la regla de la Iglesia celeste de Cristo (ekklèsia ouranios ), regla que ha llegado hasta nosotros por medio de la sucesión apostólica”. En el siglo XIX, esta norma de Orígenes era comentada de manera luminosa por J. A. Moehler :

La escritura debe ser interpretada según el Espíritu, porque ella es obra del Espíritu Santo; la Iglesia de Jesús es la que nos lo da este Espíritu, la que ha llegado hasta nosotros en una perfecta continuidad; lo que la contradiga debe ser tenido por erróneo... La Escritura debe ser interpretada espiritualmente, es decir que no se puede encontrar en ella nada que esté en contradicción con la convicción de la Iglesia... Es propio de la Iglesia exponer las Escrituras... Hay un no sé qué de grande, de sublime, de verdaderamente divino en la manera en que el católico lee la Sagrada Escritura, la lee con la totalidad de los fieles a los que está unido por un mismo espíritu sin distinción de tiempo, como si se encontraran reunidos en un templo santo donde sopla el único Espíritu que los penetra a todos. Como si todos no formaran más que un alma. Como si toda una familia leyera la carta afectuosa del padre amante y amado...He ahí el consensus unanimis del concilio de Trento, imagen de una unidad en completa libertad.

Los católicos no son los únicos que invocan razones teológicas para acoger con fervor la exégesis patrística; un teólogo protestante como el Pastor Lods subrayaba en París, en 1978, el mérito de esta exégesis, que engloba a la Escritura en su totalidad , sin dejar paso a las elecciones, que son el punto de partida de todas la herejías (Marción eligió a Lucas y Pablo, rechazando el Antiguo Testamento; el montanismo sobrestima el evangelio joánico y la escatología, etc.).

Por lo tanto, no es de extrañar que la Iglesia Católica, en el curso de los siglos XIX y XX. a través de la voz de los Papas León XIII, Pío XII y Pablo VI (en Vaticano II) haya exaltado la importancia de la exégesis de los Padres, a la vez que indicaba sus límites.

León XIII, en 1893, en la Encíclica Provindetissimus Deus, remitía la exégesis patrística a la de las reglas de interpretación que los Padres recibieron de los Apóstoles, e insinuaba que se apoyaba sobre su carisma episcopal de sucesores de los apóstoles; sacando importantes conclusiones:

Los Padres explicaban las Escrituras no a partir de su propia opinión, sino a partir de los escritos y la autoridad de sus predecesores, porque era evidente que estos habían recibido de la sucesión apostólica una regla de interpretación (ipsos ex apostolica successione intelligendi regulam suscepisse). El testimonio de los santos Padres que, “después de los Apóstoles fueron, por así decirlo, los jardineros de la Santa Iglesia, sus constructores, sus pastores, que la nutrieron, y que la hicieron crecer ” tiene también una gran autoridad todas las veces que explican, todos, de una misma manera un texto bíblico, como concerniente a la fe o a las costumbres: porque de su acuerdo resulta claramente que, según la doctrina católica, esta explicación deriva de los Apóstoles por tradición (ita ab Apostolis secundum catholicam fidem traditum nitide eminet) .

Dicho de otra manera, el consentimiento unánime de los Padres, incluso si como debía precisarlo Pío XII, de hecho no se dio más que en un reducido número de casos , significa que el punto en cuestión se remonta a los apóstoles: por eso León XIII, retomando los términos de Vaticano I, precisaba que no está permitido interpretar la Escritura de una manera contraria al consentimiento unánime de los Padres.

Sin embargo, la Iglesia no ha insistido solamente sobre este rol de los Padres como testigos auténticos de la Revelación divina, sino también sobre otras razones que los exegetas tienen al cultivar sus escritos. Este fue claramente el caso de Pío XII en su gran encíclica de 1943 sobre los Estudios Bíblicos, Divino Afflante Spiritu:

Para llevar adelante su tarea, el exegeta podrá encontrar una ayuda preciosa en el estudio serio de las obras que los Santos Padres, los Doctores de la Iglesia y los más ilustres exegetas de los tiempos pasados consagraron a la explicación de las Sagradas Epístolas. Aquellos, en efecto aunque a veces su erudición profana y sus conocimientos lingüísticos fueron menos adelantados que los de los exegetas modernos, los superan en razón del rol que Dios les atribuyó en la Iglesia, por una suerte de suave intuición de las cosas celestes y por una admirable penetración de espíritu, gracias a las cuales se dirigen mucho antes a las profundidades de la palabra divina iluminando todo lo que pueda servir para explicar la doctrina de Cristo y a hacer progresar la santidad de vida.

Destaquemos aquí la introducción de una razón distinta de aquella que evocamos anteriormente con León XIII para estudiar la exégesis patrística: ella “penetra mucho antes las profundidades de la palabra divina” dicho de otra manera en su sentido espiritual, y pone de relieve, no sólo los aspectos históricos, sino también “la doctrina de Cristo”, resaltando lo que Pío XII llama un poco más adelante el “sentido literal teológico” de las Escrituras . Equivale a decir que el exegeta debe ser también, inseparablemente y ante todo un teólogo, preocupado por transmitir en su plenitud lo que Dios ha querido enseñar a través de las Escrituras, lo que el apóstol Juan, siguiendo a Jesús mismo, llama la “doctrina de Cristo”, que quien no la posee y no permanece en ella no tiene al Padre ni al Hijo (2 Jn 9; cf. 7, 16-17). De ahí, además, la importancia que presenta la exégesis doctrinal de los Padres para el teólogo de oficio, especialmente si se recuerda, con León XIII y Vaticano II, que el estudio de la sagrada Escritura debe ser el alma de toda su teología .

Lo que buscaba Pío XII era pasar de lo ideal a lo real, al analizar el estado de los estudios de exégesis en el momento en que escribía :

Ciertamente es lamentable que estos preciosísimos tesoros de la antigüedad cristiana sean tan poco conocidos por tantos escritores de nuestro tiempo y que los historiadores de la exégesis no hayan realizado todavía todo lo que parecería necesario para un estudio metódico y una justa apreciación de esta materia tan importante. Quiera el cielo que se levanten en gran número los trabajadores que investiguen con cuidado los autores y las obras católicas que han interpretado las Sagradas Escrituras y que tomen de ellos, por así decirlo, todas las riquezas casi inconmensurables amasadas por estos autores. Contribuirán, de esta manera, a mostrar de mejor manera con qué cuidado esos antiguos exegetas escrutaron y sacaron a luz la doctrina de los Libros Sagrados, y a obligar a los exegetas contemporáneos a inspirarse con su ejemplo, a buscar en ellos argumentos oportunos.

Así se realizará finalmente la feliz y fecunda unión de la doctrina y de la unción de los antiguos con la erudición más vasta y el arte más perfeccionado de los modernos; unión que producirá frutos novedosos en el campo de las divinas Letras, el cual no será nunca suficientemente cultivado ni enteramente agotado.

Desde 1943, se dio algo nuevo: la colección Sources Chrétiennes contribuyó ciertamente a hacer conocida la exégesis de los Padres como su obra en general. Es verdad, sin embargo, que la mayor parte de los volúmenes que publicó no concernían de manera específica a las obras exegéticas de los Padres. Sobre todo, la situación que deplora Pío XII no parece fundamentalmente modificada: los historiadores de la exégesis todavía no han estudiado metódicamente los comentarios bíblicos de los Padres, que siguen sin ser mencionados por numerosos exegetas contemporáneos. Precisamente, ese es el origen de la obra que presentamos al público y que tiene por fin contribuir a cubrir la laguna mencionada.

Pío XII manifestaba también dos límites de la exégesis patrística: ante todo, insinuaba que había abusado a menudo de la exégesis alegórica, al urgir la exposición del sentido espiritual, “dado que, ciertamente, fue querida por Dios”. Porque “Dios solo ha podido revelárnoslo”. Ahora bien, este sentido existe; “Cristo, los Apóstoles, la tradición constante de la Iglesia (alusión evidente a los Padres) y el antiguo uso de la liturgia” se refieren a ella . Semejante uso puede ser la ocasión de abuso: es verdad que muchos padres parecieron “presentar como sentido auténtico de la Sagrada Escritura a significaciones metafóricas”, práctica contra la cual el Papa de Divino Afflante Spiritu prevenía a los exegetas.

Luego, Piío XII subraya con fuerza que un gran número de problemas bíblicos han permanecido “impenetrables” para los Padres (primeros capítulos del Génesis, sentido literal de los salmos) que no estaban equipados para comprenderlos .

Por tanto, la Iglesia está lejos de preconizar un regreso puro y simple a la exégesis patrística, en especial a la de la escuela alejandrina. No quiere favorecer la investigación de un sentido espiritual más que sobre la base de una búsqueda previa del sentido literal y no contra ella. La exégesis del sentido espiritual no debe ser antiliteral, sino “post-literal” y “transliteral”. Esto se desprende con toda claridad de la enseñanza de Pío XII en Humani Generis, en 1950 .


Se trata entonces de que la Iglesia supere la exégesis de los Padres en todos sus elementos caducos como consecuencia de tantos descubrimientos. Pero se trata de sobrepasarla dentro de su línea, buscando con ella y bajo su luz el sentido espiritual y doctrinal de los textos bíblicos. Correspondería a Vaticano II, en su constitución dogmática sobre la Revelación divina, Dei Verbum, recoger la insistencia de los Pontífices anteriores haciéndonos comprender por qué la exégesis se condenaría a la superficialidad si pretendiera ignorar a los Padres.

Citemos es texto decisivo  :

La Esposa del Verbo encarnado, instruida por el Espíritu Santo, se esfuerza por adquirir una inteligencia cada vez más profunda de las Sagradas Escrituras, para ofrecer continuamente a sus hijos el alimento de la palabra divina: por este motivo (quapropter) favorece también el estudio de los santos Padres, tanto de Oriente como de Occidente, y el estudio de la liturgia.Se destacará la fuerza del nexo de causalidad que une el estudio de los Padres y de las Liturgias, por un lado, con el estudio de la Escritura, por otro lado. Debido a que la Iglesia alienta los estudios y la comprensión cada vez más profunda de las Escrituras, estimula también el estudio de los Padres. Puesto que esto es un medio a tomar en cuenta con miras a “la comprensión cada vez más profunda de las Escrituras, fin perseguido, ¿no se puede pensar que la ignorancia de los Padres conduciría sea a la ignorancia de los aspectos profundos de la Escritura, sea a la superficialidad de los conocimientos bíblicos, especialmente de la doctrina de las Escrituras? Además, ¿cómo la ignorancia de la exégesis patrística no culminaría en la ignorancia del tipo de exégesis practicado por la liturgia, o mejor dicho, por las liturgias, cuyos orígenes son, a menudo, contemporáneos a la época patrística? ¿Esta exégesis no está largamente condicionada por la exégesis patrística? La consecuencia sería mayor ya que, siguiendo la enseñanza explícita de Vaticano II, en el mismo documento solemne, es “sobre todo en la sagrada Liturgia que la Iglesia sigue tomando el pan de la vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios para ofrecerlo a los fieles ” con el Cuerpo de Cristo . La declaración conciliar sobre la importancia del estudio de los Padres con miras a adquirir una comprensión cada día más profunda de las Sagradas Escrituras termina de aclararse cuando se le compara con las afirmaciones anteriores (§ 12 y 16) de la misma constitución Dei Verbum, que ella ilumina a su vez. Son, de hecho, sobre todo los Padres los que nos ayudan a buscar y a descubrir no solamente lo que los autores humanos de las Escrituras, sino además lo que el único Autor supremo, Dios, “quiso comunicarnos y transmitir a través de sus palabras...poniendo énfasis en la unidad de toda la Escritura en consideración a la Tradición viva de toda la Iglesia y a la analogía de la fe” (§ 12) como también a percibir que “los libros del Antiguo Testamento, integralmente retomado en el mensaje evangélico, alcanzan y muestran su completa significación en el Nuevo Testamento” solamente (§ 16).

Cuando una parte de la exégesis moderna peca por abuso de análisis al atomizar el texto sagrado, la Iglesia de Vaticano II quiere -las citas que acabamos de hacer lo muestran con toda claridad- devolvernos una comprensión unitaria y cristocéntrica, en un contexto de fe, de vida litúrgica y eucarística y de contemplación espiritual , de estas Escrituras amenazadas de profanación que ella califica con cada vez más mayor insistencia de “sagradas” y “divinas”, no sin subrayar que evocan la Encarnación, en la debilidad de la carne y del lenguaje humano, del único Verbo del Padre eterno (Ibíd., § 13).

De ahí la sugerencia explícita, en los documentos post conciliares sobre la reforma litúrgica , de un retorno a la predicación cotidiana, cuya realización no dejaría de estimular el estudio de los Padres, y de sus comentarios continuos de la Escritura. ¿Su exégesis no es, de hecho, muy largamente, una “exégesis homilética” en lo que, por lo demás, esta en perfecta armonía con los documentos que comenta? ¿No es un exegeta contemporáneo el que destaca que la mayor parte de los textos bíblicos fueron originalmente escritos destinados a celebraciones litúrgicas y que su sentido no puede ser completamente comprendido más que al interior de una celebración ritual ? A pesar de sus imperfecciones y de sus límites, esperamos que la obra aquí introducida dejará entrever el carácter fascinante de la exégesis patrística, que encuentra su origen y su fin en la prolongación sacramental, litúrgica, de la presencia entre nosotros del Verbo Encarnado, exegeta del Padre.

Sin duda, se debe a esta aproximación sintética, global, y existencial que “la antigua exégesis cristiana destaca - tan bien- la novedad prodigiosa del hecho cristiano. Ella pone en obra una dialéctica sutil del antes y del después; ella define las relaciones de la realidad histórica y de la realidad espiritual... Ella organiza toda la revelación al rededor de un centro concreto: la cruz de Jesucristo. Ella es incluso una dogmática y una espiritualidad completas y completamente unificadas”, escribía con mucha razón, en 1959, Henri de Lubac . Sí, la antigua exégesis cristiana no es solamente una dogmática y una espiritualidad sino además la unificación perfecta de las dos: aborda el dogma bajo el aspecto de sus valores espirituales y considera los aspectos dogmáticos inherentes a una vida espiritual preocupada de ser eclesial. Por esto es prodigiosamente actual, respondiendo a una necesidad que a menudo, de hecho, la exégesis actual, a pesar de estar mejor equipada para satisfacerla, no satisface. Hasta el día en que no retomen la escuela de los Padres, los exegetas no estarán en capacidad de superarlos y de encontrar, dentro de la Iglesia, el sentido integral de su vocación teológica y pastoral . El carácter irremplazable del recurso a la exégesis patrística fue subrayado más recientemente por el Padre Congar en estos términos :

La espiritualidad de los Padres no se distingue de su contemplación dogmática, ligada ella misma a su meditación de las Sagradas Escrituras. Los Padres determinaron la vida de la Iglesia... a partir de las Sagradas Escrituras y de la experiencia de la realidad cristiana, ambas condicionándose y esclareciéndose recíprocamente... Nuestra fe en la Trinidad Santa... en Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre, en la gracia, en la Eucaristía, la Virgen María, en la Iglesia y en su sacerdocio es a la vez enteramente bíblico y enteramente patrístico.

Por esto esperamos que esta Introducción a la historia de la exégesis de los Padres griegos y orientales sea útil, no solamente a los exegetas y a los teólogos, sino además a los predicadores y a los catequistas.

Bertrand de Margerie S.J.

Traducido por José Gálvez Krüger