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Martes, 10 de diciembre de 2019

Diferencia entre revisiones de «Venerable Cesare Baronius»

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(Página nueva: <span style="color:#000066"> Cardenal e historiador eclesiástico, nacido en Sora, en el Reino de Nápoles 30 de agosto de 1538; muerto en Roma el 30 de junio de 1607; autor de "An...)
 
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Cardenal e historiador eclesiástico, nacido  en Sora, en el Reino de Nápoles 30 de agosto de 1538; muerto en Roma el 30 de junio de 1607; autor de "Annales Ecclesiatici", una obra que marcó una época en la historiografía y mereció para su autor, después de Eusebio, el título de Padre de la Historia Eclesiástica.
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Baronio descendía de una rama napolitana de una familia  que fue poderosa, de Barono, que Cesare cambió a Baronius  según forma romana. Sus padres, humildes ciudadanos de Sora, en las Sabinas a unos noventa kms. al este de Roma, no pudieron legarle la antigua riqueza y poder ancestrales. Pero iba a poseer cualidades que proclaman mejor la nobleza – un profundo espíritu religioso, una caridad a la que repugna profundamente el egoísmo, una  firmeza de la voluntad templada en la humilde obediencia, una agudeza y vigor mentales dedicados escrupulosamente a la causa de la verdad. Estas cualidades distinguieron a Baronio como par entre los santos y sabios de su tiempo. Heredó los rasgos más vigorosos de su carácter de su padre, Camilo, un hombre mundano y ambicioso, cuya fuerte voluntad y tenacidad en sus propósitos  iban a chocar un día con las cualidades y determinación de su hijo. Su madre la piadosa y caritativa Portia Phaebonia, cuya dedicación a los intereses religiosos de Cesare se vio intensificada por lo que creía un milagro al haberse salvado de la muerte en su infancia, influyó en sus sobresalientes cualidades y tierna simplicidad de su fe, a la que atribuía una real y vívida guía de Dios que se manifestaba en visiones y sueños.
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Baronio recibió su primera educación de sus inteligentes padres y en las escuelas de la cercana Veroli. Su intenso amor al estudio y su madurez intelectual animaron a su padre a enviarlo, con 18 años, a la escuela de leyes de Nápoles: Después de unos pocos meses de confusión debido a la guerra franco-española por el dominio de Italia,  se trasladó a Roma donde fue discípulo de Cesare Costa, maestro en derecho civil y canónico.
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Allí estaba cuando se encontró con alguien que iba a influir  en su destino y determinar, hasta en los detalles, su carrera y ocupaciones. Era Felipe Neri, sacerdote de notable de conocida santidad y espíritu de piedad y caridad con los que inspiró a un grupo de sacerdotes y laicos a los que había formado en una confraternidad de buenas obras en la iglesia de Girolamo della Carità. La importancia de este encuentro no se puede sobreestimar: el mundo pudo tener un Baronio, pero el Baronio de la Historia es la obra de Felipe Neri. Impresionado por el serio estudiante de derecho de tan transparente inocencia de vida y viendo que correspondía, lo enroló en su grupo. Esto no impidió a Baronio continuar los estudios para los que había venido a Roma, pero en todo lo demás se sometió a la dirección de Felipe de forma espontánea y completa. Y no faltaron los sacrificios. Como muestra de su renuncia, quemó un tomo de sus propios poemas italianos en cuya composición había mostrado gran disposición; lo mismo ocurrió más tarde con su diploma de doctor. En este estado intentó durante tres años entrar en un convento de capuchinos, pero Felipe le retuvo. Pero era el amargo antagonismo de su padre que veía en esto locura y frustración de sus ambiciones paternales. También temía la extinción de su familia, que solo tenían a Cesara para conseguir revivir viejas glorias. Padre e hijo se mantuvieron firmes. Camilo le cortó la escasa paga y Cesare se vio obligado a vivir de la hospitalidad de uno de los amigos de Felipe. Durante seis años César llevó una forma de vida religiosa en la comunidad de San Girolamo, el núcleo de la Congregación del Oratorio. De Felipe recibió la dirección en el estudio y la guía espiritual y por sugerencia suya dedicó todo su tiempo libre a las obras de caridad entre los pobres y los enfermos.
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Durante el año 1558 Felipe le asignó el importante trabajo de predicar en las conferencias que se daban con frecuencia en la iglesia de S. Girolamo. En 1584 fue ordenado sacerdote y decidió unirse al pequeño grupo de Felipe y tan intenso era su ardor por la vida religiosa que ya había emitido los votos de pobreza, castidad, humildad y obediencia a Felipe Neri como su superior. Iba a ser, voluntariamente, su instrumento, durante 25 años. El tiempo debía dedicarlo a la preparación de su obra sobre la historia eclesiástica, en la que en adelante se centra el interés de por vida de Baronio.
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El mérito de la idea es de Felipe, como el mismo Baronio testifica con filial devoción en los “Anales”. El santo estaba preocupado  por la consternación causada en los círculos católicos por la publicación de las “Centurias de Magdeburgo” (Ecclesiastica Historia: integram ecclesiae Christi ideam complectens, congesta per aliquot studiosos et pios viros in urbe Magdeburgica, 13 vols., Basilea, 1559-74), que era una forma  de reinterpretar la historia desde el punto de vista protestante demostrando lo mucho que se había alejado la Iglesia Católica de las enseñanzas y prácticas primitivas, en contraste con  la fidelidad del la Iglesia Reformada. La idea había sido concebida en 1552 por Mathias Flach Francowiez (Flacius Illyricus) y con la colaboración de varios intelectuales luteranos de los príncipes evangélicos y otros protestantes ricos, fue completada con rapidez. Sus trece volúmenes trataban casa uno de un siglo de la Era Cristina, de así lo de “Centuriadores” que se aplicó a los autores. Aunque la obra tenía el gran mérito de ser pionera en el campo de la historia modernizada de la Iglesia y tenía un considerable espíritu crítico, la falta de escrúpulos en la visión luterana y la presentación tendenciosa de la catolicidad, estaba en realidad destinada a ser una obra efímera. Es interesante, sin embargo, en la literatura histórica como un hecho que considerar y sobre todo porque estimuló el genio de Baronio.
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Pero en el momento en que se publicaron posprimeros volúmenes, su valor polémico la hacía aceptable a los protestantes porque les proporcionaba un arma formidable para atacar a la Iglesia Católica. E hizo mucho daño. La posibilidad de un contraataque tentaba a los intelectuales católicos, pero nada adecuado salió a la luz, porque la ciencia histórica era aún una cuestión del futuro, ya que su fundador era aún un joven de veinte años y sabía poca historia. Pero fue en ese joven en le que Felipe Neri vio un posible David que pudiera derrotar a los filisteos de Magdeburgo. Inmediatamente dirigió  a Baronio para que dedicara sus conferencias en S. Girolamo exclusivamente a la Historia de la Iglesia.
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Baronio estaba desconcertado. La Historia no le atraía. Prefería mostrar su celo en las conferencias sobre tomas morales en las que había dado ya señales de su valer en el año anterior. Pero obedeció y tres años después había ya cubierto el campo de la historia eclesiástica en sus conferencias y había desarrollado un nuevo entusiasmo por los estudios históricos. Antes de su ordenación impartió el curso dos veces y otras cinco veces más lo repitió en los siguientes veinticinco, perfeccionando el texto cada vez. Se familiarizó con los primeros historiadores y con los Padres. Las bibliotecas de Roma le proporcionaron  un gran número de documentos no publicados. Monumentos, monedas e inscripciones le contaban historias insospechadas.
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Lo que hizo en y sobre Roma, lo hicieron por el por todas partes corresponsales voluntarios y el nombre de Baronio llegó a ser conocido en toda Europa como sinónimo de penetración histórica sin precedentes, poder de investigación, y celo por la verificación. Felipe debió comunicarle su plan de organizar de forma permanente el material recogido antes de 1569, pero a pesar de la importancia de la obra, fue obligado por su maestro a compartirlo todo en los ejercicios del Oratorio, cuya organización iba creciendo.
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En la iglesia de San Giovanni dei Fiorentini, en prestó sus servicios desde 1564 a 1575, tomó  parte en la administración parroquial y en los servicios domésticos "Baronius coquus perpetuus" (cocinero perpetuo) decía la leyenda jocosamente escrita en la cocina del Oratorio, en la que con frecuencia recibía a distinguidos visitantes.
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A las muchas mortificaciones impuestas por Felipe, Baronio las aumentaba, con lo que se provocaba desordenes digestivos que la ponían en peligro y que al final causaron su muerte. A pesar de los obstáculos, su prodigiosa capacidad de trabajo y su hábito de dormir solo cuatro o cinco horas hizo posible el asombroso progreso en sus investigaciones. Después de la fundación canónica del oratorio (15 de julio de 1575) residió en Santa maría en Vallicella, hogar definitivo de la nueva congregación  y siguió llevando la misma vida ocupada. A principio de los ochenta habían madurados los planes para la publicación de la nueva historia de la iglesia, y en 1584, un cuarto de siglo después de comenzar a prepararla, y estando la publicación estaba en marcha, su paciencia volvió a ponerse a prueba.
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Gregorio XIII le confió la revisión del martirologio romano. Era una obra necesaria por la confusión en los días  de fiesta debido a la reforma del Calendario Gregoriano (1582); además era la ocasión oportuna para corregir muchos errores de copistas que se habían ido acumulando en el Martirologio.  Baronio dedicó dos años a una amplia investigación críticamente orientada. Sus anotaciones y correcciones se publicaron en 1586 y en la segunda edición corrigió varios errores de los que le criticaron por haberlos pasado por alto en la primera (Martyrologium Romanum, cum Notationibus Caesaris Baronii, Rome, 1589).
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Las dificultades que halló Baronio para la publicación de los “Anales” fueron muchas y muy molestas. Preparó su manuscrito sin ayuda, escribiendo cada página con su propia mano, sin que sus hermanos oratorianos pudieran ayudarle en Roma. Los de Nápoles, que le ayudaron a revisar su copia, no eran muy competentes y por el contrario muy exasperantes por las continuos retraso y juicios poco críticos. El mismo leyó las pruebas. Los impresores, en la infancia de tal arte,  no eran ni rápidos ni meticulosos.
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En la primavera de 1588 apareció el primer volumen y fue aclamado universalmente por la sorprendente riqueza informativa, La espléndida erudición y la oportuna reivindicación de las posturas papales. “la “Centurias” fueron eclipsadas. Las más altas autoridades eclesiásticas y civiles felicitaron al autor, poro aún fue más gratificante las enormes ventas del libro y la inmediata petición de traducción  a los principales idiomas europeos. La intención de Baronio era producir un libro cada año, pero el segundo no estuvo listo hasta 1590. Los siguientes cuatro aparecieron anualmente, el séptimo a finales de 1596 y los otros cinco en intervalos aún más largos hasta 1607, cunado, justo antes de su muerte terminó el duodécimo volumen, y sabía por una visión que sería el último. Llegó hasta 1198, el año de la coronación de Inocencio III.
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La vida de estudiante de Baronio durante los veinte años de publicaciones aun fue más difícil que antes. Su gran reputación le iba produciendo contradicciones a su humildad. Tres papas sucesivos quisieron hacerle obispo. En 1593 se convirtió en el superior del Oratorio, sucediendo al anciano Felipe, a cuya muerte, en 1596, fue vuelto a reelegir para otros tres años. En 1595 Clemente VIII, del que era confesor, le hizo protonotario apostólico y el 5 de junio de 1596, le creó cardenal. A Baronio no le gustó tener que salir del Oratorio para residir en el Vaticano ni siquiera salir de Roma cuando el papa estaba ausente salía de la ciudad, cosa que le causaba tensiones porque no podía seguir trabajando en sus Anales. En 1597 Clemente, en tributo a su erudición, le nombró bibliotecario del Vaticano, lo que además de nuevas ocupaciones con la recién fundada prensa vaticana y sus obligaciones en las congregaciones, le privaron de más tiempo que invertir en sus Anales.
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Otras preocupaciones provenían de su defensa de las libertades e la iglesia que le pusieron en contra de Felipe II de España, el más fuerte de los soberanos católicos que intentaba influir en el papado. Más aun, defendió la causa del enemigo de Felipe II, el excomulgado Enrique IV de Francia, cuya absolución Baronio intentaba conseguir. Los Anales fueron condenados por la Inquisición Española y más tarde cuando publicó sus tratados sobre la monarquía de Sicilia, probando la reclamación del papado era anterior a la de España, en la soberanía de Sicilia y Nápoles, provocó una amarga hostilidad de Felipe II y de Felipe III. Pero hallaba solaz en el hecho de que la enemistad de España sería un buen obstáculo para evitar que le nombraran papa. Pero esa esperanza se puso gravemente e a prueba en dos cónclaves de 1605. Baronio era el candidato de la mayoría de los cardenales y a pesar de la oposición española hubiera sido elegido si no hubiera movido toda su diplomacia para evitarlo. Le votaron 37, aunque eran necesarios cuarenta,  en el primer cónclave. En el segundo hubo un intento de violento de provocar su “adoración “, lo que demuestra al estima en la que se le tenía.
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En la primavera de 1607 Baronio volvió al Oratorio porque una visión le había advertido que su año 69 sería el último de su vida y había llegado al último volumen previsto de sus Anales. Fue trasladado a Frescati, muy enfermo, pero viendo llegar el final, volvió a Roma, donde murió el 30 de junio de 1607. Su tumba se colocó a la izquierda del altar mayor de la iglesia de Santa maría en in Vallicella (Chiesa Nuova).
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El cardenal Baronio dejó una reputación de profunda santidad que llevó a Benedicto XIV a proclamarle “Venerable” (12 enero 1745). La restauración que hizo de su iglesia titular de los santos Nereo y Aquileo y de S. Gregorio en el Celio aún nos da una idea de su celo por el decoro en el culto.
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Pero lo que constituye el más conspicuo y permanente monumento de genio y devoción a la Iglesia son sus Anales. Durante tres siglos han sido la inspiración de los estudiantes de historia y un depósito inagotable para la investigación. Ninguna otra obra ha tratadote forma tan completa la época que estudia. En ninguna parte se hallan tantos y tan importantes documentos. Los especialistas imparciales reconocen en ellos la fundación de la verdadera ciencia histórica y en su autor, las cualidades de un historiador moderno: diligencia infatigable en la investigación, pasión por la verificación, juicio preciso y lealtad constante a la verdad.
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Hasta en las agrias controversias que provocaron sus primeros volúmenes, los especialistas críticos reconocían su meticulosidad y honestidad. Peor esto no implica que la obra no tuviera defectos o fuera definitiva, aunque era una obra maestra. Baronio era un pionero dotado con un espíritu crítico mucho más desarrollado, por decirlo de alguna manera, que el de sus contemporáneos, pero era tímido al ejercitarlo. Sin embargo estimuló un espíritu crítico que haría avanzar la ciencia histórica más allá de lo que él había conseguido. Con esta visión más amplia, sus sucesores han sido capaces de someter los Anales a bastantes correcciones críticas. Su escaso conocimiento del griego y del hebreo limitaba sus recursos al tratar de las cuestiones orientales. A pesar de su cuidado, citaba muchos documentos como auténticos que una crítica más conocedora ha rechazado como apócrifos. Su defecto más serio venía precisamente de la exactitud con la que intentaba fijar su historia en una forma estrictamente analítica.
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El intento de atribuir a cada año sucesivo sus propios sucesos le metió en numerosos errores cronológicos.
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El mismo Baronio reconoció que esa era una posibilidad e hizo muchas correcciones en su segunda edición (Maguncia 1601-05); y más tarde, sus aliados y no sus enemigos fueron los que hicieron los mayores esfuerzos de revisión cronológica, un punto que al parecer se olvidó de la “refutación “de Pagi de los errores de Baronio. No hay más que ver la diversidad de opiniones en asuntos de cronología entre los principales exponentes de la ciencia histórica actual para comprender las equivocaciones del fundador de esa misma ciencia. Dígase lo que se diga en justicia sobre Baronio, sigue siendo verdad que el valor actual de sus obras ha de ser medido a la luz de esos defectos, y los estudiantes deben referirse a las ediciones críticas de los Anales para sacar provecho, teniendo en cuanta que las equivocaciones de Baronio no afectan apenas al valor de su precioso legado, a su diligencia y genio pasado a los historiadores posteriores. La más extensa obra de correcciones es la de Pagi: "Critica historico-chronologica in Annales", etc. (3ª ed., Amberes, 1727, 4 vols.). Su prefacio contiene un buen estudio de la crítica pionera de los Anales.
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A los doce volúmenes originales de los Anales  de Baronio se han ido añadiendo continuaciones siguiendo su estilo. Los más valioso son los de los oratorianos Raynaldus, el más hábil continuador,  que con los materiales acumulados por Baronio llevó la historia hasta el año 1565 (Roma, 1646-77, 9 vols.); Laderchi, que siguió desde allí hasta 1571 (Roma, 1728-37, 3 vols.); y August Theiner, hasta 1583 (Roma, 1856). Menos notables son las continuaciones  del dominico polaco Bzovius, 1198 a 1571 (Colonia, 1621-30, 9 vols.), y el obispo francés Sponde 1198 a 1647 (Paris, 1659). Mansi hizo un buen estudio de la obra de los continuadores en la edición de Baronio de Bar-le-Duc ( XX, p iii-xi).
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Se han realizado muchos epítomes de la obra; el mejor es el de Sponde (Colonia 1690, 2 vols.). Como ejemplo del trabajo científico de una pequeña parte del campo cubierto por Baronio, se puede citar a Rauschen, "Jahrbücher der Christlichen Kirche unter dem Kaiser Theodosius dem Grossen. Versuch einer Erneuerung der Annales Ecelesiastici des Baronius für die Jahre 378-395" (Freiburg im Br., 1897).
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Las mejores ediciones de Baronio son las de Lucca (1738-59, 38 vols.) y Bar-le-Duc (1864-83, 37 vols.); la primera contiene las continuaciones de Raynald y Laderchi, la crítica de Pagi y otros y está enriquecido con las notas del arzobispo Mansi; la segunda contiene lo mejor de la primera  y lo que añadió el P Theiner, cuya continuación iba a ser incluida. La publicación se suspendió con al historia del año 1571.
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Baronio publicó muchas otras obras menores, muchas de las cuales encontraron su sitio en los Anales. Su “Vida de S. Gregorio Nacianceno está en Acta SS., XV, 371-427.
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Peterson, John Bertram (1907).
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Transcrito por Michael C. Tinkler.
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Traducido por Pedro Royo
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Última revisión de 00:33 27 nov 2019

Vea Venerable César Baronio