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Jueves, 16 de julio de 2020

Diferencia entre revisiones de «Religiosidad agraria: La producción de alimentos en el Antiguo Perú, y las adversidades a las que estaba expuesta»

De Enciclopedia Católica

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(El aumento poblacional también afectaba la producción de los comestibles)
(La religiosidad como una estrategia agraria sui generis)
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fuerzas eran regidas por entes divinos omnipotentes a los que había que rendirles
 
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culto y rituales a fin de lograr manipularlos en su favor (Lám. 6, 7, 8).
 
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Así, la religiosidad practicada por entonces resultaba no ser otra cosa que una técnica

Revisión de 04:24 25 feb 2020

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Resumen

La presente ponencia tiene por objeto abordar la problemática que implicaba para los antiguos peruanos reunir la cantidad indispensable de comestibles para la sobrevivencia. Esto debido no solo a la tasa demográfica en permanente aumento, sino también a la falta de tierras aptas para el cultivo, y en particular los angustiosos períodos de hambruna que sobrevenían cuando azotaban las recurrentes inclemencias climáticas que hoy sabemos son originadas por el inveterado fenómeno de El Niño, y que al arruinar los sembríos llevaba a que asomara el fantasma del hambre (Kauffmann Doig, 1990). Estos problemas que afrontó el andino-costero para sobrevivir dieron lugar a que en el Perú antiguo se desarrollara una asombrosa civilización milenaria.

Si bien la temática que abordamos nos priva ahondar en aspectos concernientes al maíz, la mamasara estará omnipresente en el curso de nuestra exposición. Y es que este cultígeno desempeñó un papel preponderante y permanente en la alimentación de los antiguos peruanos desde los inicios de la puesta en marcha de la agricultura hace más de 3000 años.

Obstáculos que debían superar los antiguos peruanos para lograr el sustento

Los problemas para lograr el sustento se presentaron tempranamente en el Área Inca, a partir de la consolidación de la civilización andina; es decir desde la etapa conocida como Formativo. Esto es milenios después de haberse consumado el poblamiento de las regiones cordillerana como costeña, por las hordas de inmigrantes de filiación paleomongol que atravesando Beringia arribaron al continente americano hace más de 10000 años. Aquellos primeros pobladores de lo que sería América desconocían las prácticas agrícolas y obtenían sus alimentos mediante la recolecta, practicando así un modo parasitario de sustentarse, al alimentarse mediante la caza y acopio de algunos vegetales.

Algunos milenios después, hace unos 7000 años, surgió la agricultura, cuya primera etapa fue denominada “agricultura incipiente”. Alrededor de 1.000 a.C. esta forma primaria de labrar los campos fue reemplazada por la “agricultura desarrollada”. Según los expertos, estos hechos se deben a que hace 7000 años sobrevino un cambio climático severo y prolongado (León Canales, 2007). El clima seco y caluroso destruía los pastos que alimentaban a los animales, que hasta entonces eran el principal sustento del hombre. Las manadas perecían o se ausentaban en busca de lugares donde podrían sobrevivir. Estas fueron las circunstancias que obligaron al hombre a buscar una nueva fórmula para subsistir, recurriendo a cultivar sus alimentos, si bien por entonces todavía de modo primario. Solo después de unos 2000 años comenzó la agricultura a emplear tecnologías cada vez más ingeniosas, esto es a partir de los inicios del tercer milenio antes de Cristo (Lám. 1). Asimismo comenzaron a ponerse en práctica otras estrategias como la domesticación de animales, gran cantidad de cultígenos y el uso de terrazas de cultivo o andenes, así como nuevas tecnologías incluyendo el uso de canales.

La falta de tierras aptas para el cultivo y técnicas aplicadas para sortearla

La incuestionable falta de tierras aptas para el cultivo, tanto en la región de la costa como en la cordillera, fue una de las grandes adversidades que soportaron los antiguos peruanos para reunir los comestibles imprescindibles (Lám. 2, 3). Sobre este tema nos hemos ocupado en anteriores publicaciones (Kauffmann Doig, 1990, 1991 y 1998). Para hacer frente a esta problemática, que se agudizaba a medida que la población iba en aumento, se realizaron obras hidráulicas en la faja costera que permitieron ganar para el cultivo tierras otrora eriazas; mientras que en los espacios cordilleranos también se realizaban obras de canalización. Una valiosa obra sobre la temática expuesta, esto es acerca de lo que sus autores conceptualizan acertadamente como “la domesticación de los Andes / gestión agrícola prehispánica...”, ha sido la publicada recientemente por el arqueólogo Jaime Deza Rivasplata y el ingeniero agrónomo Francisco Delgado de la Flor Badaracco (2017).

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Sin embargo, una de las mejores estrategias para paliar la primacía de los valles estrechos y las laderas escarpadas y áridas de los Andes que imposibilitan el cultivo, fue el empleo de la andenería o terrazas de cultivo que permitían ampliar su frontera agraria. Esta práctica requería de esfuerzos notables, cálculos precisos y de la participación comunal; lo que revela que la sociedad estaba dividida en clases: la de los mandatarios y la de los subordinados. La segmentación social debe ser considerada como una estrategia más para asegurar el sustento pues permitía la construcción de las referidas obras de andenería.

En muchos casos los andenes fueron trabajados con una elegancia inusitada, no requerida por la función a la que se les destinaba (Lám. 3). El embellecimiento de ciertas andenerías debió obedecer al deseo de honrar a la Pachamama o Diosa Tierra. Se le consideraba la oferente directa de los alimentos, que los ofrecía siempre y cuando fuera fecundada por el líquido de su contraparte masculina: una especie del Dios del Agua (Kauffmann Doig, 1996).

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El rompecabezas que significaba retratar la tierra fértil en la iconografía fue superado ejecutando para ello los trazos de una figura escalonada, tal como Arthur Posnansky (1945-57) lo planteara inicialmente (Lám. 3 / sector superior, Lám. 10).

También se emplearon otras estrategias dirigidas a la ampliación de la frontera agraria. Por ejemplo, se buscaban espacios despoblados o casi despoblados que ofrecieran la posibilidad de ser cultivados. En escala mayor esto solo podía ser ofrecido por los Andes Amazónicos, esto es el flanco oriental de los Andes.

Aunque su orografía también es fragosa, a diferencia del resto del territorio cordillerano está cubierto por densa vegetación boscosa debido a que esta región da cara a la Amazonia. El bosque tropical de neblina se proyecta aquí hasta más allá de los 3000 metros, terminando por conformar pequeñas colonias de bosque enano (Kauffmann Doig, 2017).

Ya en tiempos anteriores al Incario se cumplieron objetivos que apuntaban a la ampliación de la frontera agraria en la forma que comentamos. Lo revela el caso de los primeros chachapoyas, que partiendo de la región andina se asentaron en sectores septentrionales de los Andes Amazónicos (Kauffmann Doig, 2006).

Acaso aquel impulso colonizador obedeció a un proyecto estatal por el cual, alrededor del año 1000 d.C. cuando regía el Estado Tiahuanaco-Huari o Wari, pobladores andinos fueron ordenados a ocupar aquellos espacios. Si bien estos eran inhóspitos para ellos, precisamente por su carácter boscoso, a lo largo de los siglos lograron convertirlos en extensos campos de cultivo; naturalmente no allí donde la roca asoma desnuda a la superficie (Kauffmann Doig, 2017).

El carácter andino de los chachapoyas se expresa particularmente por cuanto se asentaron en altitudes que oscilan entre 2000 y 3000 metros. Pero desde luego también por la cultura sui generis que fueron creando dado su aislamiento del resto de las culturas andinas que dejaron atrás (Kauffmann Doig, 1999b, 2011-12, 2017).

Dicho sea de paso, proponemos la misma hipótesis para el caso de la ocupación, siglos después, en tiempos del Incario, de la comarca de Vilcabamba contigua a Cusco y la que corresponde también a la región de los Andes Amazónicos. Ella también habría sido “colonizada” con fines de ampliación de la frontera agraria (Kauffmann Doig, 2013a, 2013b). Así somos herederos de soberbios testimonios monumentales como Machu Picchu, Intipata, Wiñay Wayna, Choquequirao, etc.; construcciones levantadas en altitudes entre 2000 y 3000 metros, al igual que las que ocuparon los chachapoyas por ser también andinos. Ellas fueron centros de la producción agraria, como lo parece comprobar las extensas andenerías que las rodean. En cuanto a la pulcritud constructiva que acusan edificaciones como las de Machu Picchu y otros monumentos del área, esto puede interpretarse como el deseo de honrar y mostrar gratitud a las divinidades que se presumía ostentaban la mayor jerarquía, esto es a los dioses a los que se debía el sustento (Lám. 8, 9, 10): la Pachamama y un Dios del Agua, demoníaco puesto que ofrecía el líquido vivificante requerido por los sembríos siempre y cuando se le tributara el culto, los rituales y las ofrendas que demandaba (Kauffmann Doig, 2003a, 2003b).

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El aumento poblacional también afectaba la producción de los comestibles

Otro problema que enfrentaban los antiguos peruanos para acopiar sus alimentos indispensables para la existencia, fue la tasa demográfica en permanente ascenso. Esto desde los tiempos de la civilización ancestral, cuando comenzó el auge de la tecnología agraria; esto es desde el florecimiento de la agricultura desarrollada (Lám. 4) y con la irrupción de la Etapa de la Consolidación de la Civilización Andina (Kauffmann Doig, 1990, 1991, 1998).

Como ocurre universalmente, el desmesurado aumento poblacional experimentado por los antiguos peruanos fue promovido por los avances en la implementación de recursos tecnológicos de índole agraria. A medida que estos progresaban la tasa demográfica iba elevándose y presionando, consecuentemente, para que la producción de los comestibles fuera incrementándose; lo que daba lugar a un círculo que se repetía (Lám. 5).

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La religiosidad como una estrategia agraria sui generis

A los procedimientos técnicos y la gran laboriosidad desplegada para cosechar la cuota de alimentos indispensable, hay que agregar la presunción del hombre de contar con el amparo de las fuerzas sobrenaturales (Lám. 6, 7, 11). Por ello imaginaba que estas fuerzas eran regidas por entes divinos omnipotentes a los que había que rendirles culto y rituales a fin de lograr manipularlos en su favor (Lám. 6, 7, 8).

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Así, la religiosidad practicada por entonces resultaba no ser otra cosa que una técnica sui generis vinculada profundamente a la producción de los alimentos. Por lo mismo terminó por concebirse la presencia de dos divinidades, a las que podría dárseles el título de dioses del sustento. Por un lado la Pachamama o Diosa Tierra y por otro una especie de Dios del Agua (Kauffmann Doig, 1999a, 2001a, 2003).

Si bien el último tenía el poder de hacer llover en su justa medida y a tiempo a fin de que germinaran las plantas, solía con frecuencia castigar con azotes atmosféricos, con lluvias torrenciales,sequías, granizadas, friajes, etc. Se presumía que estas fuerzas negativas podían ser manipuladas siempre y cuando se les rindiese rituales, se les ofrendara y en ocasiones de intensa crisis se les sacrificara seres vivos (Lám. 6, 7, 11).

Como quiera que a lo largo de la milenaria civilización peruana no se produjeron variaciones climáticas mayores a las que acarrea el Fenómeno de El Niño, las dos divinidades vinculadas a la producción de los alimentos, un Dios del Agua y una Diosa Tierra o Pachamama, debieron ser las mismas adoradas a lo largo de los milenios; así como la laya de rituales que se les rendía.

Estas actividades religiosas fueron practicadas desde los inicios de la presencia en el Área Inca de culturas complejas y tempranas como la Cupisnique-Chavín o Chiripa en territorio de la actual Bolivia, tal como lo certifican los pasos seguidos por la iconografía.

Finalmente debemos ponderar que pasados cinco siglos de la irrupción europea, en parajes altoandinos siguen todavía latentes aquellos rituales milenarios. Se continúa tributando rituales y ofrendas a ciertas montañas tenidas por sagradas. Si bien se les implora por el bienestar personal, en lo fundamental lo que se les solicita son condiciones climáticas que no permitan que falte la cuota de sustento indispensable.

Se estima que en la montaña sagrada se amalgama aquella divinidad que ejerce gobierno absoluto sobre los fenómenos atmosféricos, el Apu o en otras palabras el Dios del Agua; asombra constatar que el Sol, como divinidad, no tiene espacio en estos rituales, presenciados por el autor en caseríos altoandinos sureños del país (Lám. 6). Véase al respecto también la Nota 3 que figura al pie de página.

Los dioses del sustento

Por lo expuesto se sobreentiende que el empleo de la religiosidad como estrategia agraria sui generis, surgió en el antiguo Perú como consecuencia de las adversidades que se confabulaban contra una producción estable de los alimentos. Sin duda las más temidas eran las recurrentes anomalías climáticas, fuerzas naturales contra las cuales el hombre era consciente de su incapacidad para controlarlas con sus propias fuerzas: suponía que tan solo era posible evitar su presencia, o menguar su intensidad, acudiendo al culto y a los rituales. Insistimos por lo mismo que estos debían ser dirigidos a la divinidad que se presumía regentaba aquellos desastres de origen atmosférico y a la que el autor ha denominado Dios del Agua.

De lo expuesto se concluye que a los esfuerzos de ampliar la frontera agraria mediante obras de andenería y de irrigación, o el apropiarse de espacios a ser cultivados en los Andes Amazónicos como recursos para hacer frente al permanente aumento de la tasa demográfica, como tampoco proceder a la práctica de almacenar en tambos o depósitos parte de los comestibles cosechados resultaban ser siempre fórmulas efectivas para sortear periodos críticos originados por inclemencias climáticas (Lám. 4). Por ello se presumía que a estas acciones debía sumarse la “estrategia religiosa” con sus prácticas ceremoniales.

Insistimos que las adversidades de mayor intensidad que soportaba la producción de los comestibles eran las desencadenadas por el recurrente fenómeno de El Niño; sobre su presencia en los últimos siglos se ha ocupado con detenimiento Lorenzo Huertas (2009). Recordemos una vez más que estas catástrofes, de origen atmosférico y que afectan de alguna manera la producción de los alimentos, se expresan a través de lluvias torrenciales que devienen en llocllas o huaycos, al producirse periodos de sequías, friajes, heladas y granizadas.

Las representaciones de esta divinidad abundan en la iconografía arqueológica (Lám. 6, 7). De acuerdo a las imágenes que deben aludir al referido Dios del Agua, se percibe que a este se le concebía como a un ser de rasgos humanos si bien salpicado de atributos zoomorfos, particularmente propios de los felinos y aves de rapiña.

En algunos casos la divinidad aparece recostada sobre cumbres montañosas, que sin duda aluden a los apus (Lám. 8). De acuerdo con las tradiciones que todavía subsisten en parajes cordilleranos, particularmente del sur del Perú, la divinidad que calificamos como Dios del Agua se personifica en montañas tenidas por sagradas, a las que se les conoce como apus. En este contexto, repetimos, curiosamente el culto y los rituales no son dirigidos a un dios solar sino al apu, la divinidad materializada en una montaña en particular (Lám. 6, 7).3

En la iconografía también se alude al Dios del Agua en forma abstracta, mediante imágenes derivadas de la figura de una cresta de ola (Lám. 9). Por ello toma la forma de un bastón, con variantes menores; Arthur Posnansky (1945-47) planteaba que se debía interpretar como el mundo celestial. A este emblema del Agua vivificante de las sementeras habría que sumar los motivos esféricos que deben aludir al agua en su forma de gota de lluvia. Este motivo está presente sobre todo en adornos metálicos de imágenes varias. Véase por ejemplo la imagen del personaje presente en el Tumi de Lambayeque (Kauffmann Doig, 2015a).

Como quedó dicho, en lo que respecta a la Pachamama o Diosa Tierra, su imagen fue retratada en la iconografía bajo la forma de una figura escalonada (Lám. 10), que en buena cuenta no es otra cosa que copia del perfil de los andenes, como ya lo advirtiera Posnansky (Kauffmann Doig, 2015: 124); si bien como vimos interpretándolos como alusivos al “mundo celestial”.

Ciertas escenas realistas plasmadas en la cerámica moche (Lám. 9, 10) permiten identificar certeramente los símbolos antes mencionados. Esto es los correspondientes a ambas divinidades, los dioses del sustento (Kauffmann Doig, 2001a). Mayormente aparecen combinados en una sola pieza de cerámica. En estas se advierte que el motivo alusivo al agua toma la forma de una ola que se precipita desde lo alto derramándose sobre el símbolo tierra, representado por andenes. Escenas como la descrita aluden sin duda a un cuadro que retrata cómo la Pachamama o Diosa Tierra es fecundada por el Dios del Agua, acto sin el cual la diosa femenina era incapaz de ofrendar los comestibles imprescindibles para la existencia (Kauffmann Doig, 1999a, 2001a, 2014, 2015b: 115-131).

==Epilogo: arremeter contras las adversidades como estímulo para la gestación de la civilización==

Las recurrentes adversidades de orden atmosférico que soportaban los antiguos peruanos, debido a los castigos climáticos que recurrentemente azotaban a los campos de cultivo y que a menudo hacían que aflorase el fantasma del hambre, se tradujeron en los resortes que llevaron a la invención y puesta en práctica de un sinnúmero de formas tecnológicas. Las mismas eran incrementadas y perfeccionadas a medida que la tasa poblacional iba en crecimiento, para que de este modo la producción de los comestibles fuera aumentando. Esta circunstancia motivó la puesta en práctica de una serie de recursos no vinculados directamente a la actividad propiamente agraria, tal como la aparición de líderes preocupados en organizar la sociedad; en su forma prístina en provecho de la misma. A esto se suma también la gestación de una religiosidad que garantizara una producción estable de los alimentos y para lo cual fueron inventados y puestos en práctica un culto y rituales ad hoc. Esto contribuyó a que floreciera la arquitectura religiosa así como majestuosas edificaciones palaciegas también imbuidas en lo sacral; sin olvidar los progresos crecientes en el campo de las artesanías (alfarería, metalurgia, textilería y otras industrias producidas también en esferas de lo sacro).

Por lo visto, estamos frente a un clásico ejemplo de lo que el gran historiador Arnold J. Toynbee (1933-61) proponía, en el sentido que una civilización se gestaba precisamente como respuesta a los desafíos. Y ciertamente considerables fueron los que agobiaban a los antiguos peruanos, como grandes también las respuestas que supieron generar.

No obstante la problemática que para los antiguos peruanos presentaba la naturaleza andina para lograr el sustento indispensable para la existencia, o más bien gracias a esto, con el paso de los milenios fueron emergiendo las altas culturas que florecieron en el Área Inca.4 Sobre el tema solo resta que sumemos también lo que ya propugnaban Karl Ritter (1817-59) y Friedrich Ratzel (1882-91, 1901- 02), al remarcar que era preciso tomar en cuenta las características del medioambiente como modelador del rostro de una civilización dada (Lám. 11).

Federico Kauffmann Doig

Arqueólogo

BIBLIOGRAFÍA CITADA

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