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Viernes, 6 de diciembre de 2019

Diferencia entre revisiones de «Obispos, Yoga, Liturgia y Oración»

De Enciclopedia Católica

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Revisión de 12:36 23 oct 2019

Fuente de la imagen Viajar con el Arte de Siria Gadea

Presentación

Se nos ha olvidado o hemos querido que se nos olvide. O a lo mejor nadie nos lo dijo ni nos lo enseñó. Tal vez no hemos caído en la cuenta viendo, cómo se celebra muchas veces la santa liturgia.

Pero la liturgia es oración.

Podría parecernos que no: que es acción, movimiento, intervenciones, ruido, ajetreo, moniciones y discursos variados. Pero, esa es la deformación de la liturgia, una deformación que padecemos y que no acaba de corregirse ni atajarse: ¡tan metida está en los espíritus secularizados de hoy que secularizan todo lo que tocan!

La Liturgia es oración: una oración especial, en común, eclesial, que incluye diversos modos (luego los veremos), con la Presencia Real de Cristo glorioso («Donde dos o tres están reunidos en mi Nombre. Cfr Origen del Nombre de Jesucristo).

Reflexiones de una Nota doctrinal

La Liturgia es oración. Los obispos españoles nos lo han recordado recientemente en una Nota doctrinal sobre la oración cristiana, «Mi alma tiene sed del Dios vivo», de septiembre de 2019.

En esa nota leemos lo siguiente, que después glosaremos:

La oración cristiana es iniciativa de Dios y escucha del hombre. En esto se distingue radicalmente de cualquier otro tipo de meditación [40]. Desde sus inicios, la comunidad cristiana ha rezado con los Salmos, aplicándolos a Cristo y a la Iglesia: en su variedad, reflejan todos los sentimientos y situaciones de la vida de Jesús y de sus discípulos [41].

La práctica de la «lectio divina», recomendada por la Iglesia, introduce al creyente en la Historia de la Salvación y personaliza la relación salvífica de Dios con su Pueblo. El lenguaje eclesial de la oración se encuentra sobre todo en la sagrada liturgia.

El creyente «interioriza y asimila la liturgia durante su celebración y después de la misma»[42]. De este modo, al unir la oración personal y la liturgia, evita caer en el peligro de un subjetivismo que reduce la oración a un simple sentimiento sin contenido objetivo.

El centro de la vida litúrgica lo constituye el sacramento de la Eucaristía, «fuente y culmen de toda la vida cristiana»[43] y, por ello, la oración más importante de la Iglesia. El encuentro sacramental con el amor de Dios en su Palabra y en el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se vive en la Santa Misa se prolonga en la adoración eucarística [44].

Vemos las principales afirmaciones:

«La oración cristiana es iniciativa de Dios y escucha del hombre»: se sigue en esto el dinamismo de la Revelación. La iniciativa, libre y amorosa, proviene de Dios, y el hombre recibe poniéndose a la escucha.

La oración no es un vacío, la nebulosa o la nada, sino la escucha ante el Tú de Dios. ¡Cuánto más en la liturgia que se escucha su Palabra proclamada! Más aún… la liturgia no es mera reunión humana, asamblearia; es un pueblo santo ante el Tú de Dios, ante Dios mismo. «Desde sus inicios, la comunidad cristiana ha rezado con los Salmos».

La Liturgia de las Horas, con sus salmos, ha marcado la jornada diaria de la Iglesia al amanecer (Laudes) y al atardecer (Vísperas), como los ejes fundamentales de su plegaria. La Iglesia, por su naturaleza, es Iglesia orante, Ecclesia orans, ya que el mismo Apóstol de las gentes mandó: «Orad sin cesar» (1Ts 5,17). La Liturgia de las Horas es la Iglesia en oración. En los salmos vemos a Cristo y/o a la Iglesia; con los salmos oramos, en las pausas de silencio saboreamos y contemplamos; con las lecturas, escuchamos y meditamos; con las preces santificamos la jornada en Laudes o intercedemos por el mundo en Vísperas. Realmente es oración. Por eso es bueno difundir su rezo entre todos como ya pedía el Concilio Vaticano II: «Se recomienda, asimismo, que los laicos recen el Oficio divino o con los sacerdotes o reunidos entre sí e inclusive en particular» (SC 100).

Hemos de convencernos del valor orante de la Liturgia de las Horas: «El Oficio divino, en cuanto oración pública de la Iglesia, es, además, fuente de piedad y alimento de la oración personal. Por eso se exhorta en el Señor a los sacerdotes y a cuantos participan en dicho Oficio, que al rezarlo, la mente concuerde con la voz, y para conseguirlo mejor adquieran una instrucción litúrgica y bíblica más rica, principalmente acerca de los salmos» (SC 90). Por eso las parroquias deben ser comunidades cristianas de oración, «escuelas de oración», y Laudes y Vísperas la oración de todos (cf. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 33-34).

«El lenguaje eclesial de la oración se encuentra sobre todo en la sagrada liturgia». Quien participa en la liturgia y se deja imbuir del espíritu litúrgico, va aprendiendo a orar y dirigirse a Dios con los mismos términos con que la liturgia lo hace, con la misma reverencia y recogimiento con que la Iglesia pronuncia sus plegarias. Sabemos lo que es oración cristiana porque participamos en la oración litúrgica de la Iglesia. Y su lenguaje es lenguaje de oración en la liturgia que modela nuestra alma. La liturgia es una gran escuela de fe y de oración: hemos de apreciarla. Y decir «escuela» no significa –por si acaso, lo matizamos- que haya que multiplicar elementos didácticos, moniciones, diálogos, carteles, etc. De por sí, en sí misma, la liturgia en su desarrollo es ya escuela de oración. «El creyente «interioriza y asimila la liturgia durante su celebración y después de la misma»[42]». Cita esta Nota de los obispos el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 2655. Como la liturgia no es mero ceremonial, acción, o happening en otro sentido opuesto, sino oración de la Iglesia, el creyente debe ir asimilando, interiorizando, haciendo suya la liturgia misma en cuanto que es oración. «Durante», dice el texto: la liturgia misma es oración al ser celebrada y durante la liturgia el creyente debe orar con la liturgia, orar la liturgia, interiorizar cuanto en la liturgia se reza o se canta. Y también «después»: acostumbrarse en la oración personal, en la meditación, a tomar la liturgia, sus oraciones, sus prefacios, sus textos, sus antífonas, etc., y saborearlas despacio, extraer toda la riqueza que contienen, imbuir el alma de esta «theologia prima», de esta teología primera que es la liturgia. «Al unir la oración personal y la liturgia, evita caer en el peligro de un subjetivismo que reduce la oración a un simple sentimiento sin contenido objetivo». Hay un peligro real: el subjetivismo, cargado de emoción y sentimientos, que sólo valora lo que me provoca emociones, sentimientos… Este subjetivismo todo lo reduce a emoción y sentimiento, al mero movimiento afectivo. También la fe la reduce a sentimiento. La oración personal unida a la liturgia nos cura de esas emotividades, de ese subjetivismo, para situarnos frente al Misterio de Dios, la Verdad revelada. Entramos en lo objetivo: la liturgia, el orden de la revelación, la fe recibida. El paso ciertamente es difícil acostumbrados a buscar lo emotivo, lo sentimental, lo que me apetece, lo que me llena, etc., marcados por esta «sociedad líquida» que dicen los expertos de estas materias. «El centro de la vida litúrgica lo constituye el sacramento de la Eucaristía, «fuente y culmen de toda la vida cristiana»[43] y, por ello, la oración más importante de la Iglesia». ¡Quién lo diría! La celebración de la Santa Misa es oración, «la oración más importante de la Iglesia». Aparentemente, no. Se celebra terriblemente mal (en general): abuso de moniciones, cantos ruidosos que no son litúrgicos, omisión de los momentos de silencio, etc. Además, a veces se entiende lo de orar en la Santa Misa como rezar cada cual por su cuenta lo que pueda y sepa. Tampoco es eso. Lo que se trata es de orar la Santa Misa, orar con la Santa Misa, con sus himnos y cantos, con sus oraciones y prefacio y plegaria eucarística, meditar con las lecturas bíblicas, orar en silencio en las distintas pausas… uniéndonos al sacerdote y ofreciéndonos al Padre por sus manos junto con el Sacrificio de Cristo: «aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (SC 48).

«El encuentro sacramental… que se vive en la Santa Misa se prolonga en la adoración eucarística». ¡Vivir la adoración eucarística siendo almas eucarísticas! Allí se forja la oración personal, adorando en silencio a Jesucristo en la custodia. ¡Horas de Sagrario y de adoración ante el Santísimo! ¡Cuánto bien hace al alma! Ahí el creyente está ante el Tú de Jesucristo, ahí ama y es amado, escucha lo que Cristo pronuncia, medita, pide, intercede. Sin duda, para la oración cristiana, es un beneficio enorme prolongar la Santa Misa con la adoración eucarística. «Todo el que se vuelve hacia el augusto sacramento eucarístico con particular devoción y se esfuerza en amar a su vez con prontitud y generosidad a Cristo que nos ama infinitamente, experimenta y comprende a fondo, no sin gran gozo y aprovechamiento del espíritu, cuán preciosa es la vida escondida con Cristo en Dios y cuánto sirve estar en coloquio con Cristo: nada más dulce, nada más eficaz para recorrer el camino de la santidad» (Pablo VI, Mysterium fidei, 8). «La presencia de Jesús en el tabernáculo ha de ser como un polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas de Él, capaces de estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su corazón. «¡Gustad y ved qué bueno es el Señor¡» (Sal 33 [34],9)» (Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, 18). Por ello, se nos invita: «La adoración eucarística fuera de la Misa… Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo. Profundicemos nuestra contemplación personal y comunitaria en la adoración, con la ayuda de reflexiones y plegarias centradas siempre en la Palabra de Dios y en la experiencia de tantos místicos antiguos y recientes» (ibíd.).

Éstas son las enseñanzas de nuestros Obispos sobre las relaciones entre la liturgia y la oración personal. Merece la pena conocerlas y ajustarnos a ellas.

2. Los tipos de oración en la liturgia

     Si consideramos todo más generalmente, es decir, las relaciones entre oración y liturgia, nos encontraremos con que la liturgia posee distintos tipos de oración en sí misma:
Escucha: la oración es escucha de Dios en la lecturas bíblicas de la Misa, de los sacramentos, del Oficio divino;
Intercesión: como son las preces de la Misa y de Vísperas; la oración es interceder ante Dios por el mundo, por los hombres, por los que sufren, por los enfermos, etc., mirando a los hombres con entrañas de misericordia, haciendo nuestro su sufrimiento y pidiendo a Dios por ellos.
Meditación: los silencios de la liturgia, especialmente al final de la liturgia de la Palabra, o los silencios en el Oficio divino, son momentos de meditación cordial, sapiencial, de los textos bíblicos escuchados.
Contemplación: especialmente la plegaria eucarística requiere silencio y contemplación por parte de todos los fieles, así como la exposición del Santísimo es tiempo de contemplación ante Él. No nos situamos en el vacío budista (ni de la meditación trascendental, etc.) sino que estamos en silencio y amor ante Cristo.
Alabanza: la oración de alabanza está muy presente, es más, marca su impronta a la Liturgia de las Horas, que es el canto de alabanza al Señor, especialmente los salmos, así como en la Misa el canto del Gloria, del Santo, las aclamaciones, etc.
 Súplica: aspecto éste clarísimo en el acto penitencial de la Misa, en el sacramento de la Penitencia y en otros momentos de la liturgia (Kyries, el Agnus Dei…)
Acción de gracias: es el nombre mismo del sacramento de la Eucaristía, acción de gracias, expresada, sobre todo, en el prefacio y toda la Santa Misa en sí misma. “¡En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar!”
      Todos esos modos de oración se entrecruzan en la liturgia, le dan forma espiritual. Cada creyente, viviendo la liturgia, está orando y avanza por la senda de la oración.

3. Relación liturgia y oración personal

    Y es que no hay otra forma: se trata de vivir la liturgia como oración e irnos llenando, imbuirnos, del espíritu de la liturgia meditando en la oración personal los textos litúrgicos. Así, en cierto modo, se prolonga la liturgia en la oración personal y ésta va asumiendo la espiritualidad litúrgica. Es el plan que sugiere el Catecismo:
  “La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto” (Mt 6,6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Trinidad santísima (cf. IGLH 9)” (CAT 2655).
    Además, los textos litúrgicos deben ser fuente de nuestra meditación personal, en diálogo con el Señor. La meditación cristiana no es vacío, sino profundizar en las verdades de fe dialogando con Cristo vivo. Para la meditación personal, los textos litúrgicos son una fuente y una garantía de ortodoxia, de fe eclesial, y nos ayudará a hacer nuestra la liturgia interiorizándola; con palabras del Catecismo:
           “La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil de encauzar. Habitualmente se hace con la ayuda de algún libro, que a los cristianos no les faltan: las sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, las imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, escritos de los Padres espirituales, obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia, la página del “hoy” de Dios” (CAT 2705).
           O con palabras de Pablo VI al hablar de las relaciones entre liturgia y oración personal en la Constitución Laudis Canticum, al aprobar la actual edición de la Liturgia de las Horas:

“Puesto que la vida de Cristo en su Cuerpo Místico perfecciona y eleva también la vida propia o personal de todo fiel, debe rechazarse cualquier oposición entre la oración de la Iglesia y la oración personal; e incluso deben ser reforzadas e incrementadas sus mutuas relaciones. La meditación debe encontrar un alimento continuo en las lecturas, en los salmos y en las demás partes de la Liturgia de las Horas. El mismo rezo del Oficio debe adaptarse, en la medida de lo posible, a las necesidades de una oración viva y personal, por el hecho, previsto en la Ordenación general, que deben escogerse tiempos, modos y formas de celebración que responden mejor a las situaciones espirituales de los que oran. Cuando la oración del Oficio se convierte en verdadera oración personal, entonces se manifiestan mejor los lazos que unen entre sí a la liturgia y a toda la vida cristiana. La vida entera de los fieles, durante cada una de las horas del día y de la noche, constituye como una leitourgia, mediante la cual ellos se ofrecen en servicio de amor a Dios y a los hombres, adhiriéndose a la acción de Cristo, que con su vida entre nosotros y el ofrecimiento de sí mismo ha santificado la vida de todos los hombres.

La Liturgia de las Horas expresa con claridad y confirma con eficacia esta profunda verdad inherente a la vida cristiana. Por esto, el rezo de las Horas es propuesto a todos los fíeles, incluso a aquellos que legalmente no están obligados a él”.

4. ¿Qué hacer?

    Al hilo de la Nota doctrinal de los Obispos, dar el valor a la liturgia como oración y enriquecer la oración personal con la liturgia. La oración cristiana tiene como centro el Tú divino que se da en la liturgia.
   Por tanto, no necesitamos ni del yoga, ni de la meditación trascendental, ni semejantes. La oración cristiana no es eso ni mucho menos –como acertadamente explica esa Nota y la Carta Orationis formas-.
  Para serenar el alma, para pacificarla, para dominar las pasiones, etc., no necesitamos recurrir a esas técnicas orientales, sino más bien a nuestra Fuente que es Cristo dándose en la oración y la liturgia.
   Hoy, psiquiatras y psicólogos aconsejan a sus pacientes la práctica del yoga y similares. Mejor iría todo, y ahí los médicos católicos podrían orientar mucho, si aconsejaran una vida cristiana de oración: la Misa bien vivida, el tiempo sereno ante el Sagrario, el rezo del rosario, la Liturgia de las Horas… absteniéndose de aconsejar esas otras prácticas orientales.
   ¿Qué hacer?
    Vivir y enseñar a vivir la liturgia como oración, esto es, unirse a las oraciones que el sacerdote pronuncia y hacerlas propias al oírlas. Para ello, recogimiento del alma y atención a lo que se celebra y ser muy consciente de lo que decimos, rezamos, contestamos, de las fórmulas de aclamación o himnos que nuestros labios pronuncian o cantan (no hacerlo mecánicamente, sino que la mente concuerde con la voz que decía S. Benito). Ese fue el sentido de la larga serie en este blog de “Respuestas y aclamaciones": ayudarnos a ser conscientes de lo que juntos oramos y respondemos.
  En la liturgia, gozar de los momentos de silencio no como simples pausas, sino momentos de adentrarnos en el Misterio, adorar, meditar, pedir, dar gracias.
   Aprovechar la Liturgia de las Horas como gran oración de alabanza a la Trinidad, de contemplación amorosa y de súplica intercesora. Ya es hora de enseñar a rezarla, de divulgarla entre todos los miembros del pueblo santo de Dios.
  Intensificar el culto eucarístico fuera de la Misa: la visita al Sagrario, la adoración eucarística ante el Santísimo expuesto… porque ahí la Presencia real de Cristo se ofrece y se entrega al alma. Se sale renovado, rejuvenecido en el espíritu.
  Y, asimismo, celebrar la liturgia –obispos y sacerdotes- con santa unción y devoción, con espíritu sacerdotal y orante; cuidando las rúbricas, porque son el camino para adentrarnos en el Misterio, y desterrando tanta secularización de la liturgia: ni moniciones, ni ofrendas raras, ni cantos sentimentales alitúrgicos; evitando, rechazando, convertir la liturgia en un happening o en una sesión de catequesis con tanta palabrería.
    Hacer de la liturgia fuente de meditación personal. Tras la celebración de la liturgia, corresponde al orante sumergirse en ella de otro modo: las oraciones colectas, los prefacios, los himnos de la Liturgia de las Horas, las preces de Laudes, etc., son un material precioso para ir saboreándolo y apropiándose de él, con sabiduría del corazón. Por ejemplo, tomar para todo el Adviento las preces de Laudes como guía de oración o penetrar en la espiritualidad pascual con los prefacios pascuales… ¡Ese es camino seguro y eclesial de oración meditada!

Javier Sánchez Martínez, Pbro.