Herramientas personales
En la EC encontrarás artículos autorizados
sobre la fe católica
Martes, 15 de octubre de 2019

John Knox

De Enciclopedia Católica

Revisión de 18:35 3 nov 2008 por Perofe (Discusión | contribuciones) (Página nueva: <span style="color:#000066"> Protestante escocés nacido en Haddington, Escocia, entre 1505 y 1515; muerto en Edimburgo, el 24 de noviembre de 1572. La mayoría de los biógrafos ...)

(dif) ← Revisión anterior | Revisión actual (dif) | Revisión siguiente → (dif)
Saltar a: navegación, buscar

Protestante escocés nacido en Haddington, Escocia, entre 1505 y 1515; muerto en Edimburgo, el 24 de noviembre de 1572.

La mayoría de los biógrafos más antiguos le asignan 1505 como fecha de su nacimiento aunque (Lang, Hay Fleming, etc.) se han encontrado razones y ciertos hechos de su carrera, para la fecha posterior. Nada cierto se daba de sus ancestros o de sus familiares excepto que su madre era una Sinclair y su padre, probablemente un pequeño granjero. Educado en la escuela de Haddington, no hay datos de que se graduara en la universidad, aunque las de Glasgow y S. Andrews le reclama. Sus escritos testifican sus conocimientos de latín y francés y su conocimiento de las obras de algunos Padres. Parece que más tarde adquirió algún conocimiento de griego y hebreo. Su dominio del escocés vernáculo se muestra en su “Historia” así como que había estudiado leyes, porque sus citas de las Pandectas son apropiadas y no infrecuentes. Sabemos, por sus propias palabras que era presbítero – de rapados de Baal - "one of Baal's shaven sort", – como él dice y que ejerció como notario con autorización eclesiástica. En un documento que se ha conservado se dice de él "Johannis Knox, sacri altaris minister, sancte Andreæ diocesis auctoritate apostolica notarius."

Nada se sabe en absoluto de su carrera eclesiástica y solo podemos suponer que había comenzado a tener dudas, si de hecho aún no había repudiado, las ideas católicas, allá por 1540, donde le encontramos ocupado como tutor privado de ciertos niños profesión en la que continuó hasta 1547. Nos han llegado los nombres de algunos de sus discípulos, pero no conocemos detalle alguno de su vida hasta 1545, cuando su “Historia de la Reforma”, escrita unos dieciocho años después y que es ampliamente biográfica, nos lo presente por primera vez.

El más conocido de los representantes de las nuevas doctrinas en Escocia por esos años era George Wishart, que había vuelto de sus viajes por Alemania como un convencido protestante y explicaba sus opiniones en Haddinton y en otras partes de las Tierras bajas de Escocia. Wishart (cuyo más devoto discípulo entonces era John Knox) mostraba una amarga hostilidad hacia el cardenal Beaton, el gran campeón de la causa católica, y estuvo muy involucrado en las intrigas del partido protestante con Enrique VIII para secuestrar y asesinar al cardenal. Wishart fue arrestado en enero de 1546 y quemado en S. Andrews, el 1 de marzo y el 29 de mayo Beaton fue asesinado en el mismo palacio en venganza por la muerte de Wishart. El asesinato fue aprobado y aplaudido por Knox que describe el hecho con una ligereza alegre y burlona impropia de un predicador cristiano, aunque sus panegiristas hablan de ellos como simplemente “su vena de humor”.

Unos meses más tarde lo encontramos, con sus discípulos, encerrados en el castillo de S. Andrews, que los asesinos Beaton y sus amigos con los asesinos de Beaton y sus amigos retuvieron durante algunos meses contre el regente Arran y el Gobierno. El 31 de julio de 1547, los sitiadores fueron reforzados por una gran flota francesa y el castillo fue tomado y Knox, fue apresado y enviado, junto con algunos otros, a las galeras francesas durante diecinueve meses y después en Rouen. Su cautivaron, sin embargo, no fue lo suficientemente riguroso como para impedirle escribir un tratado teológico y predicar a los prisioneros.

En 1549 Knox era libre para volver a su país, pero prefirió permanecer durante un tiempo en Inglaterra, donde, bajo Eduardo VI, se sentía seguro, en vez de exponerse a un nuevo arresto en Escocia. Recibió una licencia estatal para predicar en Berwick, donde permaneció durante dos años, pesando después a Newcastle siendo nombrado al mismo tiempo capellán real. Predicó al menos dos veces ante el joven rey y en octubre de 1552 fue nombrado para el obispado de Rochester, que rehusó, renunciando también a un beneficio de la ciudad de Londres. La razón que alegó para estas renuncias fue que la Iglesia de Inglaterra era muy favorable a la doctrina romana y que no podía arrodillarse en el Servicio de la Comunión. Cuando en julio de 1553 María sucedió a su hermano Eduardo VI, Knox continuó predicando durante algún tiempo y mientra estaba en Inglaterra fue cuidadoso y no atacó al nuevo soberano, para quien publicó ciertamente una oración devota.

Pero a principios de 1554 pensó que era prudente refugiarse en Dieppe, habiendo mientras contraído una forma de matrimonio con Marjorie, quinta hija de la Sra. Bowes, una dama calvinista de su edad que vivía en Newcastle que le había tomado como su director espiritual. De Dieppe se trasladó a Ginebra, en parte para consultar con Calvino y otros teólogos sobre la legalidad y conveniencia de resistirse a María Tudor en Inglaterra y a María de Guisa, que acababa de ser nombrada regente, en Escocia, pero no logró salir satisfecho de sus consejeros. En septiembre de 1554 aceptó el puesto como capellán de los protestantes ingleses de Fráncfort, pero su puritanismo le llevó a rebelarse contra el uso del Libro de Oraciones de Eduardo VI y contra el ceremonial anglicano.

Surgió el cisma en la congregación. Sus oponente le acusaron de comparar al emperador Carlos con Nerón en un tratado publicado; las autoridades le ordenaron que abandonara Fráncfort y volvió a Ginebra donde administró estuvo al servicio de la congregación inglesa. Pero en agosto de 1555, una urgente llamada de su madrastra, la Sra. Bowes, aun en contra de su opinión, hizo que saliera para Escocia y se reuniera con su esposa en Berwick. Durante su ausencia se habían ido imponiendo las nuevas doctrinas y se encontró que podía predicar tanto en público como en casa de sus seguidores entre los nobles y la alta burguesía. En una cena histórica dada por su amigo Erskine de Dun, se decidió formalmente que ningún creyente en el evangelio podía asistir a la misa con lo que se consumó definitivamente la separación externa de la doctrina y práctica católicas.

Knox, cuya religión se había convertido completamente en seguidor del Antiguo Testamento, proclamó con atrevimiento que los seguidores de la antigua fe eran tan verdaderamente idólatras como los judíos que sacrificaban sus hijos a Moloc y que el extermino de los idólatras era la clara obligación de los príncipes y magistrados cristianos y si ellos no lo hacían era la obligación de todos los individuos “creyentes”.

Sin embargo en la carta que por entonces dirigió a la reina regente, aconsejado por dos de sus seguidores nobles, el tono era distinto, pareciendo que solo pedía tolerancia para sus correligionarios. La carta contenía también violentas afirmaciones contra los católicos y sus creencias y amenazaba a la regente con el “tormento y dolor eterno” si no actuaba siguiendo sus consejos. Parece que María trató estas efusiones con silencioso desprecio, que molestó mucho a Knox; pero convencido , al parecer, de que aún no había llegado el momento del triunfo de su causa, volvió a su ministerio, en Ginebra (en el verano de 1556) adonde ya había enviado a su mujer y a su suegra. Inmediatamente después de partir fue citado para que se presentara ente los jueces en Edimburgo y fue condenado (en ausencia) como fuera de la ley y contumaz, siendo públicamente quemado en efigie.

Knox permaneció en Ginebra hasta finales de 1558, empapándose de todas las ideas rígidas y autocráticas de Calvino sobre la disciplina eclesiástica que después introduciría en Escocia – Inglaterra no quiso saber nada de aquello – y a las que seguiría más de un siglo de inquietud, persecución y guerra civil. Sus dos hijos Nathaniel y Eleazar, nacidos en Ginebra. Se le unieron allí, desde Inglaterra y Escocia, la Sra. Locke y otras mujeres que le admiraban. Glencairn y otros amigos intentaron persuadirle en 1557 de que volviera, porque la persecución esta disminuyendo y de hecho llegó hasta Dieppe de vuelta a Escocia. Pero parece que aquí se evaporó su valentía y después de algún tiempo como ministro al servicio de los protestantes de Dieppe, volvió a Ginebra. Durante 1558 no dejó de escribir: publicó su carta a la reina regente con comentarios, y su famoso “Primer toque de la trompeta contra el monstruoso régimen de las mujeres”, dirigido contra María Tudor, maría de Guisa, Catalina de Médicis y la joven María Estuardo que acababa de casarse con el delfín francés.

En otros escritos reiteró sus puntos de vista de que todos los cristianos (es decir, protestantes) tenían el derecho de matar a todo idólatra (es decir, católico) si tenía oportunidad. En una “Breve Exhortación a Inglaterra” insistió en la expulsión de todos “los posos papistas” y en la introducción de la disciplina completa de Calvino y de Ginebra (Kirk discipline"). En su “Tratado sobre la Predestinación “contestaba a las “blasfemas cavilaciones” de un Anabaptista. Esta obra no se publicó hasta 1560.

Por fin, a principios de 1559 (unas semanas Isabel había sucedido a su hermana la reina Mary de Inglaterra) Knox consideró seguro y oportuno volver a Escocia. Llegó a Dieppe donde le negaron un salvoconducto por Inglaterra, viajó por mar desde Dieppe a Leith, a donde llegó el 2 de mayo. Le habían informado por carta que los protestantes escoceses no corrían ningún peligro De hecho la reina regente había denunciado y prohibido en una proclama los ataques a los sacerdotes, las molestias a los servicios católicos, la invasión de las iglesias por predicadores laicos y en general, los tumultos religiosos. Per5o ya estaba muy enferma, estaba pensando si retirarse a Francia y a pesar de los consejos de este país, no tenía ni el poder ni la intención de organizar un movimiento para suprimir a los protestantes del reino, que cada día crecían en poder e influencia.

La Iglesia de S. Giles de Edimburgo había sido el escenario de una revuelta, seguida por la huida del clero católico. Los Lores de la Congregación estaban prácticamente en armas contra la regente y Knox que nunca había mostrado ningún deseo del martirio individual se mostró lleno de coraje y luchador, con una guardia personal protegiéndole. En Dundee vio que los protestantes controlaban la situación y en Perth predicó una serie de sermones inflamados que culminaron cunado una turba de la ciudad, enfadados según Knox porque la regente había roto el pacto de tolerancia de los predicadores (ver sobre esto Lange, "Knox and the Reformation", Apéndice A) – saquearon y en parte demolieron la iglesia parroquial y varios monasterios. Una carta privada de Knox describe estos actos de violencia y ultraje como realizados por los “hermanos”, pero en su Historia – escrita en parte para los seguidores de Calvino que condenaban esos actos de pillaje –culpa a la multitud canalla , sin hacer referencia alguna a que habían sido inspirados por sus propias arengas y apoyo. Los protestantes, atrincherados en Perth (la única ciudad fortificada de Escocia), se rebelaron abiertamente contra la reina regente que avanzó con sus tropas desde Stirling. Las conversaciones con la Congregación dieron como resultado un tratado por el que los protestantes debían tener completa libertad de culto y no se había de acuartelar tropas francesas en la ciudad. Knox se movió con sus amigos a S. Andrews y a pesar de que el arzobispo Hamilton le amenazó que si se atrevía a predicar allí se le saludaría con una “docena de culebrinas, cuya metralla caería sobre su nariz”, predicó allí con el mismo resultado de pillajes y saqueos por la multitud como había ocurrido en Perth tras sus sermones.

Siguió la destrucción de otra gran abadía, como Scone y Lindores: La congregación se apoderó de Stirling y marchó sobre Edimburgo, mientras la regente se retiraba a Dunbar. Knox los acompañó a la capital donde se sucedieron las mismas escenas de devastación de las iglesias y monasterios y donde fue elegido, el 7 de julio, ministro de los protestantes de Edimburgo. “No queremos tumultos ni alteración del orden “escribió a una de sus devotas damas de Ginebra “sino solo la reforma de la religión y la supresión de la idolatría”. Escribió esto mientras se estaba ocurriendo toda la revuelta contra la autoridad de la regente del reino, con el la intención manifiesta de evitar que la reina legitima, María Estuardo, tomara posesión de su corona hereditaria.

El 22 de julio la regente y sus consejeros decidieron repentinamente marchar contra Edimburgo antes de que la Congregación pudiera concentrar sus dispersas fuerzas y los protestantes deshicieron llegar a acuerdos; uno de los artículos del tratado decía que la capital era libre de elegir su propia religión. La elección de la mayoría no hubiera sido ciertamente a favor de las nuevas doctrinas. Pero este y otros puntos del tratado fueron violados abiertamente por la Congregación que dejó a sus predicadores en posesión de las iglesias y se retiró a Stirling. Conscientes, en esta situación, de la inmensa ventaja de conseguir el apoyo de Inglaterra, que ya era un reino protestante, decidieron apelar a Isabel, enviando a Knox en una misión con el poderoso ministro Cecil. Knox ya había escrito a Cecil una carta para la reina, que era más o menos una apología de su tremendo panfleto “Monstruoso…”Navegó desde Fife a Northumberland a principios de agosto, se entrevistó con Croft, gobernador de Berwick y finalmente volvió a Stirling con cartas de Cecil más o menos favorables a las demandas de ayuda de la Congregación, pero de escritas en término imprecisos. Sin embargo, correspondencia posterior con Sadler, agente de Isabel, y un regalo en dinero, hizo que los protestantes ingleses creyeran que la reina estaba de su parte. En una carta Ginebra de fecha 2 de septiembre, Knox describe sus esfuerzos como enviado de la Congregación y añade que ahora hay ministros permanentes en ocho ciudades importantes de Escocia.

Unas pocas semanas después, mientras la regente estaba en Leith, muy fortificada y con una guarnición de tropas francesas, la Congregación dio un atrevido paso. Animados por la simpatía mostrada por los ingleses y quizás más por la adhesión del poderoso conde de Arran a su causa, procedieron a deponer, o como decía Knox más prudentemente, a suspender a la regente de sus funciones en nombre de los jóvenes reyes, falsificando su sello par dar peso oficial a las proclamaciones de este hecho. Leith fue sitiada aunque sin éxito y Knox continuó apelando a Inglaterra enérgicamente reclamando tropas, dinero y mandos militares. El resultado fue que Isabel envió una flota al Estuario de Forth; y la Congregación reforzada así renovó el sitio de Leith, teniendo la regente que refugiarse en el castillo de Edimburgo, donde murió el 10 de junio de 1560. Knox denigró a esta infortunada princesa hasta el final, pero ni la opinión contemporánea ni el juicio de la historia han aceptado su opinión ni sus ultrajantes vulgaridades sobre su carácter moral. Un mes después de su muerte, los representantes de Inglaterra y Francia firmaron el Tratado de Edimburgo se firmó por el que las tropas inglesas y los francesas se retiraban de Escocia. La Congregación celebró un acto solemne de acción de gracias en la iglesia de S. Giles, naturalmente presidido por Knox, que aprovechó la ocasión para prescribir desde el púlpito el curso que debían seguir los lideres protestantes par asegurar el triunfo de su causa.

Ese triunfo parecía inminente. El Parlamento se reunió el 1 de agosto. Knox predicaba diariamente a las multitudes con “vehemencia especial” arengas sobre la necesidad de reconstruir el templo (es decir, establecer la religión protestante). El espíritu de la asamblea, en la que no estaba representado el soberano y consiguientemente no era un Parlamento estaba claro: La Nueva Confesión de Fe, redactada por Knox y sus amigos fue adoptada palabra por palabra. Se abolió la autoridad del papa, se prohibió la celebración de la Misa --“bajo ciertas penas”, cono hace notar uno de los biógrafos de Knox, la pena por la tercera ofensa significaba la muerte.

Se conservó la formalidad de rogar al joven rey que lo ratificara, pero Knox decía que no era necesario “ceremonia gloriosa y vana” simplemente. Se extinguió la iglesia católica de Escocia, hasta donde el poder humano podía extinguirla, y se estableció oficialmente la religión protestante. El parlamento se clausuró el 25 de agosto habiendo comisionado a Knox uy otros tres ministros que redactaran el plan de gobierno de la iglesia, conocido como “Primer Libro de Disciplina” que estuvo listo el 20 de diciembre de 1560, fecha de la primera reunión de la recientemente constituida Nueva Asamblea de la Iglesia en la que, naturalmente, Knox el miembro más importante.

El “Libro de Disciplina “ se basaba en el código de varios cuerpo protestantes, sobre todo las Ordenanzas de Ginebra y en los formularios de la Iglesia Alemana fundada en Londres en 1550, ambos muy familiares para Knox y ambos muy calvinistas en su espíritu. Comienza diciendo que toda doctrina contraria al nuevo evangelio debe ser suprimida como “enemiga de la salvación del hombre”; y se ordena que cada casa de la “antigua superstición” debe ser expulsada de la tierra. Los diferentes distritos de Escocia debían estar al cargo espiritual de oficiales conocidos pomo superintendentes, hasta que hubiera ministros en todas las parroquias; se hicieron provisiones para un plan completo de educación nacional, elemental, secundaria y universitaria. Se le ha atribuido todo el mérito de este plan al protestantismo, pero ya había sido preparado por la antigua Iglesia.

Aunque nunca se llevara a efecto. Ni tampoco habían surtido efecto las provisiones para la dedicación de la riqueza de la antigua Iglesia para finalidades nacionales. Muchos de los nobles protestantes firmaron el libro, poro no tenían la intención de renunciar a su parte de saqueo de los bienes eclesiásticos. “Convertidos en asuntos de doctrina, dice Lang, pero en su conducta eran los más avariciosos, sangrientos y traidores de los hombres”. Ellos eran los pilares de la nueva iglesia y de la nueva religión. En diciembre de 1560 murió el joven rey Francisco II de Francia “esposo de Jezabel”, como lo llama Knox, que perdió a su propia esposa, Marjorie Bowes, casi al mismo tiempo.

Todo había cambiado en Escocia. Los nobles católicos enviaron al obispo John Lesley para invitar a la reina viuda a que desembarcara en el norte católico; pero ella desconfiaba, no sin razón, y confiaba más en su medio-hermano protestante, Lord James Stewart, que prometió que se le permitiría a ella la celebración de misas privadas en Escocia. Mary desembarcó en Leith el 19 de agosto de 1561 y al siguiente domingo se celebró misa en su capilla de Holyrood. Hubo protestas y desórdenes. Knox declaró públicamente que “una misa es más peligrosa que 10.000 hombres armados” y en una entrevista con la reina arremetió contra “el anticristo católico”, denunció a la Iglesia católica como una ramera, se comparó a si mismo con Pablo y a la reina Mary con Nerón y otras lindezas de este estilo, lo que llama razonamiento, de las que informa copiosamente en su “Historia” (suprimiendo la mayoría de las respuestas de Mary).

La cuestión del privilegio privado de la reina de tener su propio servicio católico se convirtió en un asunto candente: Lord James (ahora, además conde de Moray), Morton, Marischal, o otros líderes Protestantes estaban de su parte, Knox y la mayoría de los predicadores, en contra. Se sugirió consultar a Calvino, pero mientras se aceptó le punto de vista del noble y Mary guardó la Fiesta de Todos los Santos con los que Knox llama “impía solemnidad”. El continuó en sus ataques a la reina tanto en privado como en el púlpito, a veces consiguiendo que llorara con su violencia. En la primavera de 1562 mantuvo una discusión pública sobre al doctrina de la misa con el abad Quintín Kennedy, un benedictino de Crossraguel; así como controversias por correspondencia con un apologista católica hábil Ninian Winzet de Linlithgow.

Algunos meses después Knox tenía dificultades por haber llamado a Edimburgo a los “hermanos” de todas las partes de Escocia para defender – aparentemente por medio de la violencia, si era necesario – a un tal Creanston que iba a ser juzgado por armar jaleo en la capilla real. La carta de Knox fue interpretada por el Consejo como traición, pero cuando se le llevó a juicio se juzgó que no había hecho nada más que cumplir con su deber llamando a los hermanos en momentos de peligro. Poco más tarde – en marzo 1564 – el segundo matrimonio de de Knox, con una niña de dieciséis años, Margaret Stewart, hija de Lord Ochiltree causó verdadero escándalo. Esto no lo menciona en su Historia. Los Lores de la Congregación, en el verano de eses mismo año, censuraron públicamente a Knox por la violencia de sus discursos y su postura contra la reina. A lo que Knox respondió con sus acostumbradas referencias a Akab y Jezabel, manteniendo que los idólatras deben “morir” y ser ejecutados por el pueblo de Dios.

En vano citaron los Lores las opiniones de Lutero, Calvino y Melanchton y otros protestantes continentales como completamente opuestas a las de Knox y le exigieron que les escribiera y fijara se asegurara de sus juicios sobre estos temas polémicos. Knox simplemente rehusó escribir al “Sr. Calvino y los sabios de otras iglesias” y como siempre aportó textos de las Escrituras para apoyar sus opiniones. Los Lores no quedaron convencidos pero se callaron. Un año después entró de nuevo en conflicto con el Consejo por cause de un ataque vehemente desde el púlpito contra la reina Mary y el joven rey-consorte, Darnley, en su presencia, un mes después de su matrimonio. Se le suspendió formalmente de la predicación, pero parece que hizo caso omiso de la prohibición, haciendo notar que si la Iglesia (no el Consejo) le mandaba abstenerse, él obedecería “Hasta donde lo permita la Palabra de Dios”; es decir, obedecería a la iglesia hasta donde le pareciera oportuno. Este sermón concreto, que imprimió con un prefacio, es el único ejemplo de su elocuencia pública que ha sobrevivido. Es extremadamente largo y aburrido de leer, sea cual fuere el efecto que causo cuando fue pronunciado.

La situación en Escocia era ahora muy oscura, desde el punto de vista de Knox y sus amigos. Moray y los otros Lores habían protestado por el matrimonio de Mary con Darnley, estaban en el exilio; se había perdido toda esperanza de que la reina se convirtiera al protestantismo; su secretario católico Rizzio, gozaba de toda su confianza, siendo su principal consejero.

Hay dudas de que Knox estuviera enterado del asesinato de Rizzio ante la misma reina el 9 de marzo de 1566; pero su afirmación de que “el acto fue el más justo y digno de toda alabanza”, muestra que lo aprobó después sin duda alguna. Pero por su acaso pensó en abandonar Edimburgo en estas circunstancias y se retiró con sus amigos a Ayrshire, donde se ocupó en la escritura de su “Historia”. En diciembre recibió la autorización de la Asamblea para ausentarse de Escocia durante seis meses, de manera que no fue testigo de los acontecimientos de la primera mitad de 1567, incluido el asesinato de Darnley, el secuestro de Mary por Bothwell y su matrimonio con él (15 de mayo de 1567).

La reina ya era prisionera en Lochleven desde el desastre de Carberry Hill, cuando Knox reapareció en Edimburgo y enseguida comenzó con sus invectivas desde el púlpito contra la reina, a pesar de las advertencias del embajador inglés Throgmorton, y sus denuncias de las alianzas con Francia. El 29 de julio Knox fue a Stirling a predicar en la coronación del joven rey James VI, donde protestó contra el rito de la unción como una reliquia del papismo. El nombramiento de Moray como regente volvió relacionarle con Knox, quien, sin embargo, después de la caída de la reina – su gran antagonista – ya no volvió, al parecer, a recuperar su gran protagonismo en el país. “Vivo como un hombre ya muerto en todos los asuntos civiles” escribiría mas tarde al agente de Moray en Inglaterra. “Tonta Escocia”, decía en otra ocasión, “que ha desobedecido a Dios al salvar a la reina”. Parece que siempre vivió preocupado y por el miedo a que hubiera una restauración. Y sus temores parecían justificados cuando ella se escapó de Lochleven, pero quince días después fue derrotada definitivamente en Langside, huyendo a Inglaterra.

En adelante Knox, al que le iban faltando las fuerzas, dedicó las que le quedaban al trabajo ministerial que parece haber llevado con muchos intervalos de fatiga y depresión. “Con un pie en la tumba” como se describía a si mismo, el asesinato Moray en enero de 1569 fue un duro golpe para él. Predicó en los funerales del regente en la iglesia de S. Giles y, según uno de sus admiradores, “conmovió a tres mil personas al llanto por la perdida de tan buen y piadoso gobernador”. El impacto que causó en el este hecho influyó en su salud: sufrió una apoplejía en otoño de la que nunca se recuperó del todo.

Knox continuó predicando en su iglesia de Edimburgo, pero como los nobles, tanto católicos como protestantes, algunos de los cuales habían sido amigos suyos, se habían coaligado para restaurar a la reina, ya no se sentía seguro en casa no en la capital, así que en la primavera de 1571 se retiró a S. Andrews, donde estuvo unos quince meses, escribiendo y predicando ocasionalmente con la misma pasión y fuego que antaño, a pesar de sus enfermedades.

En agosto de 1572 los seguidores de Mary abandonaron Edimburgo y Knox se dejó persuadir y volvió allí. Las noticias de la Masacre de S. Bartolomé acababa de llegar a Escocia y Knox tronó desde su púlpito ( al que casi tenía que ser llevado) en presencia del embajador francés, denunciando “al cruel asesino y falso traidor, el rey de Francia”. El 9 de noviembre tomó parte en la introducción de su sucesor en S. Giles, Mr. Lawson, como ministro y quince días después, el 24 de noviembre de 1572 murió en su casa de Edimburgo.

Richard Bannatyne y Thomas Smeton han dejado descripciones de sus últimas enfermedades y muerte y están impresas por Laing en su dedición de las “Obras” de Knox (vol. VI). En su entierro, dos días después, el regente Morton pronuncio las conocidas palabras: “Aquí yace un hombre que en su vida nunca temió el rostro del hombre”, ("Here lieth a man who in his life never feared the face of man.”). Quizás los hechos de su vida no justifiquen las palabras laudatorias de su simpatizante y e ilustrado biógrafo y editor, el Dr. Laing:” No se puede decir de Knox tuviera el impetuoso y heroico atrevimiento de un Lutero…En más de una ocasión mostró un timidez o encogimiento ante el peligro que apenas debía esperarse de alguien que presumía de su voluntad de sufrir la muerte por la causa de su maestro”. Para sí mismo era valiente en sus encuentros personales con su infortunada reina; pero, según otros biógrafos protestantes “era muy valiente cuando tenía la espalda protegida por hombres armados y la idea popular de su valor personal, que se dice que fue expresada por el regente Morton, es completamente errónea.”

Respecto a la religión de Knox, baste decir, sin cuestionar la sinceridad de sus convicciones, que la reacción contra el catolicismo de su juventud para haberle colocado completamente fuera del cristianismo. Permeado por el espíritu del Antiguo Testamento y con la oscura austeridad de los antiguos profetas, no muestra ni en sus voluminosos escritos y en los documentos sobre sus actos públicos, el menor reconocimiento de las enseñanzas de los Evangelios, ni del carácter amable e inclinado al perdón de la economía cristiana. Puede que en su vida privada fuera amable de, de corazón amigable, pero es difícil ver de qué premisas ha deducido su panegirista que poseía esas cualidades, porque la ferocidad y violencia sin restricción de su manifestaciones públicas están ahí, hasta para un tiempo sin ley y rudo como el que le tocó vivir, sobrepasando todo lo que se ha dicho de sus contemporáneos, hasta aquellos que estaban más cerca de sus posturas políticas y eclesiásticas.

Murió como vivió, como un pobre hombre que nunca se enriqueció con los dones de la iglesia a la que abandonó - un rasgo en el que contrasta con los Lores y nobles protestantes que fueron sus amigos y seguidores.

No hay duda alguna de su poder de influenciar a aquellos entre los que vivió y trabajó. Su dotación como portavoz y predicador hay que admitirlos ante los testimonios de sus contemporáneos y del dominio de su lengua nativa tenemos pruebas abundantes en sus escritos, particularmente en su Historia”, de lejos el más notable ejemplo del escocés vernacular del siglo dieciséis que nos ha llegado. La mejor edición está en sus “Obras “reunidas por David Laing en seis volúmenes.

La imagen mejor conocida de Knox (del que no existe ningún retrato contemporáneo es la xilografía de los “Iconos” de Beza, publicada en Ginebra wb 1580 y desde entonces publicada con frecuencia. Lord Torphichen tenía un retrato pintado un siglo después, probablemente a partir del Beza. El llamado retrato Somerville que Carlyle mantenía como el único parecido auténtico de Knox, aparentemente representa a un teólogo del siglo diecisiete. Su viuda le sobrevivió y se casó de nuevo y también dos hijos de su primer matrimonio (que murieron sin descendencia) y tres hijas de su segundo matrimonio. Dejó descendencia de la más joven de ellas.


Fuentes

LAING, Works of John Knox, con notas cronológicas introductorias (6 vols., Edinburgh, 1895); MCCRIE, Life of Knox (2 vols., Edinburgh, 1813); HUME BROWN, John Knox (2 vols., Londres, 1845); LANG, John Knox and the Reformation (Londres, 1905); MILLER, John Knox, the Hero of the Scottish Reformation (Londres, 1905); GOSSE, Life and Times of John Knox (Londres, 1888); ROGERS, Genealogical Memoirs of John Knox (Grampian Club, 1879); TAYLOR INNES, John Knox (Famosa serie escocesa, Edinburgh, 1896); WILMOT, John Knox and the Scottish Reformation (Glasgow, Catholic Truth Society, s. d.); MACKAY in Dict. Nat. Biog., s.v. (Londres, 1892); CARLYLE, Essay on the Portaits of John Knox in Collected Works (Londres, 1885); BROWN, The Life Story of John Knox (Londres, 1905).


Hunter-Blair, Oswald. (1910).


Transcrito por WGKofron. Con agradecimiento a Fr. John Hilkert, Akron, Ohio.

Traducido por Pedro Royo