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Martes, 18 de junio de 2019

Crónica de la Orden de la Merced en América: Los venerables padres fray Juan Infante y fray Juan Solórzano van con el almirante Cristóbal Colón al descubrimiento del Nuevo Mundo

De Enciclopedia Católica

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Párrafo V

Los venerables padres fray Juan Infante y fray Juan Solórzano van con el almirante Cristóbal Colón al descubrimiento del Nuevo Mundo.

Protesto mi obediencia a las bulas apostólicas y decretos pontificios de la santidad de Urbano [VIII], de los años 162[5] y 1634; y que no pretendo se les dé [a las acciones y vida y muerte de los] religiosos que trataré, mas fe que [la] puramente humana y falible, sujetando lo que dijere a la corrección de Nuestra Santa Madre Iglesia.

El venerable padre fray Juan Infante, vicario que era del convento de Córdova, y el venerable padre fray Juan Solórzano, religiosos de Nuestra Señora de la Merced, fueron en el primer descubrimiento y conquista espiritual del Nuevo Mundo lucidas nubes, palomas cándidas que, desprendidas del nido mariano de la religión, pasaron con la mayor velocidad a ser con sus misiones legados de la fe y la Santa Sede. Fueron ángeles veloces, de espíritu de fuego; fueron la caridad, por su instituto y celo, que vino embarcada en la nave, o címbalo con Cristóbal Colón. No Hubiera sido tan feliz su viaje si con él no hubieran venido los venerables padres Infante y Solórzano, porque faltando la caridad nada aprovecha y hubiera sido aquella navegación un sonido vano y un címbalo o instrumento de que se hubieran reído las naciones (1).

Había ciertas profecías, ciencia, y fe de los montes y tierra firme de esta América, y aún había esperanza de su conquista, pues todo hubiera sido nada, inútil y vano, faltando la caridad que Colón llevaba embarcada en sus carabelas (2). Cuando el almirante Colón se dio a la vela llevó en su compañía, por su capellán, al venerable padre Infante, a quien hizo vicario de esta su naval primera expedición, y al venerable padre Solórzano por su confesor, capellán y consejero; y lo fue también de Alonso de Ojeda, que se embarcó con el almirante.

Esta noticia histórica y verdadera es de todos nuestros historiadores y del padre Remesal, del sagrado orden de Santo Domingo; y es también de Pedro Mártir de Anglería, quien dice: fueron los religiosos mercedarios (3) los primeros que pasando a las Indias predicaron en ellas el Evangelio y enseñaron los misterios de la fe; fueron como los soldados de la sagrada guerra por la religión; fueron enviados los mercedarios por Dios, no solo a evangelizar y predicar la fe del Evangelio, sino también a bautizar. Son elegantes las expresiones latinas con que dice todo esto, para gloria de Dios y honor y honor nuestro (4). Estos venerables padres y primeros misioneros apostólicos, luego que saltaron en tierra, tomaron la posesión de ella por la Iglesia Católica; levantaron en sus montes y lugares públicos el estandarte de la fe, poniendo en ellos cruces; y empezaron a predicar a aquellos infieles a Cristo su amoroso Redentor, que los enviaba como legados suyos a sacarlos de las obscuras sombras de la muerte y del tiránico dominio del demonio, como nubes a destilar en ellos los celestiales rocíos de la gracia del bautismo y, como palomas cándidas a hermo[searles las] almas y enriquecerlas con los dones del Espíritu Santo y, con el [sacramen]to de la penitencia, a reconciliarlos con el verdadero Dios, que tenían o[fendi]do con sus abominables pecados, sin conocerlo. Derribaron ídolos, demolieron sus aras y adoratorios y levantaron altar para que adorasen al verdadero Dios. Dijo la primera misa allí y en toda la América el padre Juan Infante.

Sin duda fue muy del agrado del Cielo, de Cristo y de María la primera misión y conversión de estos gentiles. Habían plantado estos venerables padres, en un monte alto y despoblado, una cruz, que ahora es convento nuestro con nombre de la Cruz de la Vega. En este monte se apareció María Santísima con su Hijo en un brazo y en el derecho una cruz. Al punto que la vieron, los indios le dispararon flechas, saetas y dardos, que se volvían contra ellos, de manera que murieron muchos. Aquellos bárbaros admirados del suceso, intentaron quemar la cruz; y no pudiendo, por que el fuego no la tocó, acometieron a quitarla de su lugar; y allí se mantuvo inmóvil. Había en esta isla de Santo Domingo un emperador y siete reyes, que quedaron vencidos del patíbulo y trono del Emperador del Cielo y Tierra. En este sitio los católicos españoles labraron una hermita, que ahora es convento de nuestra religión, como se dijo. Este portentoso milagro de la benigna y misericordiosa dignación de María Santísima tiene por su autor al señor don Juan de Solórzano, quien escribe las palabras al margen. (5).

Por fruto de los evangélicos sudores de estos padres, tiene nuestra religión en esta isla Española de Santo Domingo una provincia de varios conventos. No debo omitir que en nuestro convento grande se venera una imagen de Nuestra Señora de la Merced, la más milagrosa de las Indias y patrona de aquella ciudad de Santo Domingo, la cual envió la reina católica doña Isabel, nuestra señora, mujer fuerte, heroína famosa, soberano ejemplar de príncipes en piedad y gobierno y sagrada devota de España por su religión y varonil esfuerzo, de tan elevado espíritu que, siendo tan grande el del señor rey católico don Fernando, su esposo, duo in carne una quedó en duda cual de los dos era mayor; en cuyo tiempo, por su resolución inspirada del Cielo, se descubrieron las Indias.

Nuestros venerables padres fray Juan Infante y fray Juan Solórzano, precursores evangélicos en el Nuevo Mundo que, siendo dos, fueron ambos el sol del Occidente, habiendo con su predicación y clamor, con la voz del Evangelio, allanado las sendas de esta tierra, que la hacían inculta, y sembrado en ella la semilla de la palabra de Dios, que en millares de almas convertidas y bautizadas dio al Cielo numerosísima cosecha, que se continuó por muchos años, cumplido gloriosamente el tiempo de su apostolado, descansaron en paz. La religión hace [memoria con] honorífico elogio del [venerable] padre Infante, en el Catálogo de [nuestros reverendísimos] padres maestros generales, por las palabras latinas del margen (6). Del venerable padre Solórzano se hace mención en dicho Catálogo en el gobierno del venerable padre fray Juan Urgel, vigésimo tercio maestro general, con cuya licencia, como su compañero, pasó al descubrimiento, reducción y espiritual conquista de estas Indias, como dice el padre Remesal ya citado. El elogio de este siervo de Dios es por las palabras latinas del margen (7).

De esta antigüedad son las primeras misiones de los predicadores mercedarios. Aquellos lugares de la isla Española, son los pueblos que fundaron, doctrinados con dogmas católicos. El número de los convertidos y cristianos bautizados no se puede averiguar con exacta noticia. Fueron palomas cándidas que vinieron volando a las ventanas de estas islas, entrada y puerta de este Nuevo Mundo, en que se significa el fecundísimo fruto de su predicación, por que las palomas anidan en las roturas de ellas. Y así estas palomas mercedarias engendraron para Cristo muchísimos gentiles que, ciegos y descaminados, habitaban como bárbaros en cuevas, roturas de montes y quebradas. Todo lo dicho es del padre Cornelio: véanse al margen sus palabras latinas (8). Pero lo dijo generalmente de los misioneros de Indias y es, a mi ver individual, expresión de nuestros referidos padres: de Infante, provecto varón de indecible alabanza, sagrado mercader que de lejos trajo en su nave el pan para con él ser el primero que celebrase el sacro santo sacrificio de la misa , y de Solórzano, sol y paloma que en sus alas trajo a aquellos gentiles la salud, o sanidad; y ambos son dos soles que, en el oriente de la fe, con que los ilustraron, fueron vistos en aquellas tierras occidentales, como los tres soles que, en el oriente de Cristo, se vieron en España, región occidental como ésta.

Paleografía: Fernando Armas Medina

Transcripción: José Gálvez Krüger