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Lunes, 26 de agosto de 2019

Diferencia entre revisiones de «Clemente XIV, Papa»

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J. WILHELM.
 
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Transcrito por WGKofron , Con agradecimiento a la iglesia de Sta María de Akron, Ohio.
 
Transcrito por WGKofron , Con agradecimiento a la iglesia de Sta María de Akron, Ohio.
 
  
 
Traducido por Pedro Royo.
 
Traducido por Pedro Royo.

Última revisión de 16:20 19 ene 2007

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(LORENZO– o GIOVANNI VINCENZO ANTONIO–GANGANELLI).

Nacido en Sant´Angelo, cerca de Rimini el 31 de octubre de 1705 y muerto en Roma 22 sept. 1774. Al morir Clemente XIII, la iglesia estaba en apuros. Galicanismo, Jansenismo, Febronianismo y Racionalismo se habían levantado en rebelión contra la autoridad del pontífice romano. Los gobernantes de Francia, España, Nápoles, Portugal, Parma estaban de parte de los sectarios que daban alimentaban sus prejuicios dinásticos y, al menos en apariencia, trabajaban para fortalecer al poder temporal contra el espiritual. El nuevo papa tenía que enfrentarse a una coalición de fuerzas morales y políticas a la que Clemente XIII había logrado resistir, pero no desmontar. La gran cuestión entre Roma y los príncipes borbones era a la supresión de la Compañía de Jesús, que ya se había consumado de facto en Francia, España y Portugal. La llegada de un nuevo papa fue la ocasión para insistir en que se aboliera en la raíz y en las ramas, de facto y de jure, en Europa y en todo el mundo.

El cónclave se reunió el 15 de febrero d 1769, víctima de tales interferencias intrigas y presiones como rara vez había sufrido. El embajador de Francia (d’Aubeterre), España (Azpuru) y los cardenales de Bernis (France) y Orsini (Nápoles) dirigían la campaña. El sacro colegio, 47 cardenales, estaba dividido en cardenales cortesanos y Zelanti. Éstos, favorables a los jesuitas y opuestos a las interferencias seculares, eran mayoría. “Es fácil prever las dificultades de nuestras negociaciones en un escenario en el que más de tres cuartos de los actores están contra nosotros”, escribía Bernis a Choiseul, ministro de Luis V. El objeto inmediato de los intrigantes era ganar para su bando suficientes Zelanti. D’Aubeterre, inspirado por Azpuru, urgió a Bernis que insistiera que la elección del Nuevo papa se hiciera dependiendo de un compromiso escrito para suprimir a los jesuitas. El cardenal, sin embargo, rehusó. En un memorando a Chiseul fechado el 2 de abril de 1769, dice: “Requerir del futuro papa una promesa escrita o ante testigos para destruir a los jesuitas, sería una flagrante violación del derecho canónico y por consiguiente una mancha en el honor de las coronas”.

El rey de España (Carlos III) estaba dispuesto a soportar esa responsabilidad. D´Aubeterre opinaba que simonía y derecho canónico no podían oponerse a la razón que reclamaba la abolición de la Compañía para la paz del mundo. Se recurrió a las amenazas: Bernis sugirió un bloqueo de Roma e insurrecciones populares para vencer la resistencia de los Zelanti. Francia y España, en virtud de su derecho al veto, excluyeron a 23 de los 45 cardenales; nueve o diez más por cuestión de edad o por otras razones, no eran papabili, de manera que sólo cuatro o cinco permanecían elegibles. El Sagrado colegio tenía razones para protestar, como temía Bernis, contra la violencia y separarse aduciendo la falta de libertad para elegir a un candidato adecuado. Pero D´Aubeterra no cedía. Quería intimidar a los cardenales. “Un papa elegido contra los deseos de las Cortes”, escribió, “no será reconocido”; y en otra ocasión “ Pienso que un papa de ese ( filosófico) temperamento, es decir, sin escrúpulos, no oyendo otras opiniones y consultando sólo sus propios intereses, podría ser aceptable par alas Cortes. Los embajadores amenazaron con abandonar Roma si el cónclave no cedía a su dictado. La llegada de dos cardenales españoles, Solís y La Cerda, añadió fuerza al partido de la Corte Solís insistió en que el futuro papa diera una promesa escrita de suprimir a los jesuitas, pero Bernis no cedió ante tal desprecio de la ley. Solís, por consiguiente, apoyado en el cónclave por el cardenal Malvazzi y fuera por los embajadores de Francia y España, tomó el asunto en sus manos. Comenzó por sondear al cardenal Ganganelli sobre su aceptación de la promesa requerida por los príncipes borbones como condición necesaria para la elección.

¿Por qué a Ganganelli?. Era el único fraile en el sacro colegio; de humilde cuna ( su padres había sido cirujano en Sant´Arcangelo y había recibido su educación de los jesuitas de Rimini y los Piaristas de Urbino; a los 19 años había entrado en los Frailes Menores de S. Francisco cambiando su nombre bautismal (Giovanni Vincenzo Antonio) por el de Lorenzo : Su talento y sus virtudes le había elevado a la dignidad definitor generalis de su orden (1741); Benedicto XIV le hizo Consultor del Santo oficio y Clemente XIII le dio el capelo cardenalicio(1759) por petición, se dice, del P. Ricci, general de los jesuitas. Durante el cónclave intentaba agradar tanto a los Zelanti como a los de la Corte sin comprometerse con ninguno de ellos. De todas las maneras, firmó un papel que satisfizo a Solís. Crétineau-Joly, el historiador de los jesuitas aporta el texto. El futuro papa declaraba: “que reconocía en el soberano pontífice el derecho a extinguir, con buena conciencia, la Compañía de Jesús, siempre que observase el derecho canónico y que era deseable que el papa hiciera lo que estuviera en su poder para satisfacer los deseos de las Coronas” . Pero el original de ese documento no he halla en ninguna parte, aunque su existencia parece bien establecida por los siguientes acontecimientos y por el testimonio de Bernis en cartas a Choiseul (28 de julio y 20 de noviembre de 1769). Ganganelli se aseguró a sí los votos de los cardenales cortesanos, mientras los Zelanti le creían si no favorable, por lo menos indiferente a los jesuitas. d’Aubeterre había estado siempre a su favor por ser “un sabio y moderado teólgo” y Chiseul le había señalado como “muy bueno” en la lista de papables. Bernis, ansioso por tener su parte en la victoria de los soberanos urgió la elección y el 18 de mayo de 1769 Ganganelli fue elegido por 46 de los 47 votos: el número cuarenta y siete era el suyo propio, que había dado al cardenal Rezzonico, sobrino de Clemente XIII. Tomó el nombre de Clemente XIV La primera encíclica del Nuevo papa definió claramente su política: mantener la paz con los príncipes católicos pera conseguir su apoyo en la guerra contra la irreligiosidad. Su predecesor le había dejado una herencia de problemas con casi todos los poderes católicos de Europa. Clemente se puso a arreglar todos los que pudo con concesiones y medidas conciliatorias. Sin revocar la constitución contra los abusos del joven duque de Parma contra los derechos de la iglesia, retuvo su ejecución y le concedió graciosamente una dispensa para casarse con su prima la archiduquesa Amelia, hija María Teresa de Austria. El rey de España suavizado por estas concesiones, retiró el edicto anticanónico con el que un año antes había dado un contragolpe a los procedimientos del papa contra el infante duque de Parma, sobrino del rey; también reestableció el tribunal del nuncio y condenó algunos escritos contra Roma.. Portugal se había separado de Roma desde 1760 y Clemente XIV trató de llegar a una reconciliación elevando al cardenalato a Paulo Carvahlo, hermano del famoso ministro Pombal y las negociaciones terminaron en la revocación, por el rey José I, de las ordenanzas de 1760, origen y causa de la ruptura entre Portugal y la Santa Sede. Una queja común de los príncipes católicos era la publicación, en Jueves Santo de cada año, de las censuras reservadas al papa. Clemente abolió esta costumbre en la primera cuaresma de su pontificado.

Pero quedaba la amenazadora cuestión de los Jesuitas. Los Borbones, aunque agradecidos por las concesiones menores no iban a descansar hasta conseguir con sus maquinaciones la total supresión de la Compañía de Jesús que, aunque perseguida en España Francia Sicilia y Portugal, aún tenían muchos y poderoso que les protegían a ellos y a sus numerosos establecimientos en los electorados eclesiásticos de Alemania, en el Palatinado, Baviera, Silesia, Polonia, Suiza y muchos pasases que estaban bajo el cetro de María Teresa, sin mencionar los Estados pontificios y las misiones extranjeras. Los príncipes borbones estaban movidos, en las persecuciones, por el espíritu de los tiempos que en los países latinos estaba representado por el filosofismo francés irreligioso, por el Jansenismo, Galicanismo y Erastianismo, quizás también por su deseo natural de recibir la sanción papal por su forma injusta de proceder contra la orden, por lo que estaban acusados en el tribunal del la conciencia católica. La víctima de la injusticia de un hombre con frecuencia se convierte en objeto de su odio. Así sólo las conductas de Carlos III, Pombal, Tanucci, Aranda, Moñino han de rendir cuentas. Una permanente y casi única queja contra la Compañía era que allí donde se establecían fírmeme, los Padres enturbiaban la paz.

La acusación no carece de fundamento: Los Jesuitas perturbaban la paz de los enemigos de la iglesia porque, en palabras de D´Alembert a Federico II, eran “los granaderos de la guardia del papa”. El Cardenal de Bernis, ahora embajador francés en Roma, recibió instrucciones de Choiseul para seguir el ejemplo de España en la renovada campaña contra los jesuitas. El 22 de julio de 1769 presentó al papa un memorando en nombre de tres ministros de los reyes borbones. “los tres monarcas” decía, “aún creen que la destrucción de los jesuitas es útil y necesaria y han hecho la petición a Su Santidad y la renuevan en este día”. Clemente contestó “que tenía que consultar a su conciencia y honor” y pedía tiempo. El 30 de septiembre hizo vagos promesas a Luis XIV, que era menos exigente en este asunto que Carlos III quien quería la inmediata supresión de la orden y obtuvo de Clemente XIV, por la presión de Azpuru, la promesa escrita “ de enviar a su majestad un plan para la absoluta supresión de la Compañía (30 nov.1769).

Para probar su sinceridad el papa comenzó las hostilidades abiertas contra los Jesuitas. Rehusó ver a su general, el P. Ricci y gradualmente alejó de su entorno a los mejores amigos de los jesuitas; sus únicos consejeros eran dos frailes de su propia orden Buontempo y Francesco, ningún príncipe o cardenal estaba junto a su trono. El pueblo romano, descontento con este estado de cosas y sufriendo hambre por la mala administración, mostró abiertamente su descontento. Clemente atado por sus promesas y cogido en medio de los problemas diplomáticos de los borbones fue incapaz de retractarse, A los Jesuitas se le quitó el colegio y seminario de Frascati y se le entregó al cardenal de Cork. En 1770 se prohibieron sus catequesis de Cuaresma. Una congregación de cardenales hostiles a la orden visitaron el colegio romano e hicieron que se expulsara a los Padres, atacando también al noviciado y al colegio alemán, que ganó su causa ante los tribunales, aunque nunca se ejecutó. Los novicios y estudiantes fueron devueltos a sus familias. Un sistema similar de persecución se llevó a cabo en Bolonia, Rávena, Ferrara, Módena, Macerata. En ninguna parte ofrecieron resistencia. Los jesuitas: sabían que sus esfuerzos eran inútiles. El P. Garnier escribió: “Me preguntas por qué los jesuitas no se defendieron: nada pueden hacer. Todas las puertas se les cierran, directa o indirectamente, tapiadas con doble pared. Ni el más insignificante memorando puede entrar. Nadie se atreve a entregarlo “(19 de enero 1773).

El 4 de julio de 1772 apareció en escena un nuevo embajador español, José Moñino, conde de Floridablanca. Inmediatamente comenzó la ofensiva ante un papa perplejo. Le amenazó abiertamente con un cisma en España y probablemente en otros Estados de los Borbones, como el de Portugal de 1760 a 1770. Por otra parte, prometió la restitución de Aviñón y Benenvento, aun conservados por Francia y Nápoles. Mientras el enfado papal surgía por esta proposición simoníaca, su corazón, bueno pero débil, no pudo superar el miedo de la extensión de un cisma. Moñino había vencido. Y ahora se dedicó a saquear los archivos vaticanos y españoles para proveer a Clemente con hechos que justificaran la supresión prometida. Moñino debe ser considerado responsable por el asunto del Breve "Dominus ac Redemptor", i.e., por sus hechos y requerimientos. El papa contribuyó a él poco menos que con la forma de su suprema autoridad. Mientras tanto, Clemente continuó molestando a los jesuitas en sus propios dominios, quizás para preparar al mundo católico para el Breve de Supresión, o quizás esperando con su severidad suavizar el enfado de Carlos III y evitar la supresión de toda la orden.

Hasta el final de 1772 aun encontraba algún apoyo contra los Borbones en el rey Carlos Manuel de Cerdeña y en la emperatriz María Teresa de Austria, pero muerto Carlos Manuel , Maria Teresa cediendo a los importunados ruegos de su hijo José II y de su hija la reina de Nápoles, dejó de defender a la Compañía de Jesús. Así que Clemente se quedó solo o mejor a merced de Carlos III y las astucias de Moñino y comenzó en noviembre la composición del Breve de abolición, que le costó siete meses terminar. Lo firmó el 8 de junio de 1773 al mismo tiempo que se nombraba una congregación de cardenales para administrar los bienes de la orden suprimida. El 21 de julio las campanas del Gesù tacaron para el comienzo de la novena anual que precedía a la fiesta de S. Ignacio. El papa, al oírlas, dijo: ”No tocan por los santos sino por los muertos”. El breve de suspensión, firmado el 8 de junio, lleva la fecha de 21 de julio de 1773. Se les comunicó al padre general (P. Ricci) y sus asistentes en el Gesù, la tarde del 16 de agosto: al día siguiente fueron llevados al colegio inglés y después al castillo de Sant´Angelo, donde comenzaba su largo juicio. Ricci no vio el final del mismo. Murió en prisión, protestando hasta el último momento de su inocencia y de la de su orden. Sus compañeros fueron liberados bajo Pio VI cuando sus jueces no los encontraron culpables.

El Breve "Dominus ac Redemptor" abre con la afirmación de que es la obligación del papa asegurarse en el mundo de la unidad de pensamiento en el compromiso de la paz y por ello debe estar preparado, por razón de la caridad, para arrancar las raíces y destruir las cosas más queridas para él, por más que esto conlleve dolor y amargura. Con frecuencia los papas que le han precedido han hecho uso de su suprema autoridad para reformar y disolver órdenes religiosas que se habían convertido el dañinas y perturbadores de la paz de las naciones más que promoverla. Se citan numerosos ejemplos y el breve sigue: “Nuestros predecesores, en virtud de la plenitud del poder que es suyo como vicarios de Cristo, han suprimido tales órdenes sin permitirles manifestar sus quejas o refutar la graves acusaciones que se hacen contra ellos ni impugnar los motivos del papa”.

Clemente tiene que tratar con un caso similar, el de la Compañía de Jesús. Habiendo enumerado los principales favores que les han concedido los papa anteriores, hace notar que “ese mismo tenor y términos de las llamadas constituciones apostólicas muestran que la Compañía desde sus primeros días llevó los gérmenes de la disensión y celos que rasgan a sus propios miembros, les permiten levantarse contra otras ordenes religiosas, contra el clero secular y las universidades, y hasta contra los mismos soberanos que les han recibido en sus estados.” Y a continuación sigue una lista de las luchas en las que los Jesuitas han participado, desde Sixto V a Benedicto XIV.

Clemente XIII esperaba silenciar a sus enemigos renovando la aprobación de su instituto, “pero la Santa Sede no consiguió ninguna consolación, la Compañía no consiguió ayuda, la Cristiandad ninguna ventaja de las cartas Apostólicas de Clemente XIII, de bendita memoria, cartas que fueron conseguidas a la fuerza más que dadas libremente”. El final del reinado de este papa” los gritos y quejas contra la Compañía crecían día a día, los mismos príncipes cuya piedad y benevolencia hereditaria hacia ella son conocidas de todas las naciones – nuestros amados hijos en Jesucristo los reyes de Francia, España, Portugal y las dos Sicilias – se vieron forzadas a expulsarlos de sus reinos, estados y provincias a todos los religiosos de esta orden sabiendo bien que esta medida extrema era el único remedio de tan grandes males”. Ahora, la completa abolición de la orden es exigida por los mismos príncipes y tras una madura consideración, el papa “ compelido por su oficio, que le impone la obligación de procurar , mantener y consolidar con todo su poder la paz y tranquilidad del pueblo cristiano – y más aún , persuadido de que la Compañía de Jesús no es capaz ya de producir el abundante fruto y el gran bien para el que instituida – y considerando que , mientras subsista esta orden, es imposible a la Iglesia disfrutar de una paz libre y sólida”, resuelve “suprimir y abolir” la Compañía, “para anular o derogar todos y cada uno de sus oficios, funciones y administraciones”. La autoridad de los superiores se traspasaba a los obispos y se hicieron detalladas previsiones para el mantenimiento de los miembros de la orden. El Breve concluye con una prohibición de suspender o impedir su ejecución, hacerla la ocasión de insultos o de ataques a nadie y menos a los que eran jesuitas. Finalmente exhorta a los fieles a vivir en paz con todos los hombres y amarse los unos a los otros.

El único motivo para la supresión de la Compañía que manifiesta este Breve es la restauración de la paz de la iglesia, paz que se logra suprimiendo del campo de batalla a una de las partes contendientes. No se menciona ninguna culpa de las reglas de la orden o de la conducta personal de sus miembros o la ortodoxia de sus enseñanzas. Más aún, el P. Sydney Smith, S.J. (en "The Month", CII, 62, julio 1903), observa:”Permanece el hecho de que la condena no se pronuncia con el lenguaje de una afirmación directa, sino que es meramente insinuada con la ayuda de una diestra fraseología” y hace notar el contraste de este método para poner las razones de la supresión de la Compañía, con respecto al idioma directo utilizado por papas anteriores al suprimir a los Humiliati y otras órdenes. Si Clemente XIV esperaba parar la tormenta de increíble odio contra la Barca de Pedro arrojando al mar a los mejores remeros, estaba profundamente equivocado. Pero es poco probable que se creyera tal falacia. El amaba a los Jesuitas que habían sido sus primeros maestros, sus consejeros en los que confiar, los mejores defensores de la iglesia que él gobernaba. Esta acción no fue guiada por animosidad personal. Los mismos jesuitas, de acuerdo con todos los historiadores serios, atribuyen su supresión a la debilidad de carácter de Clemente, diplomacia poco hábil y esa clase de bondad de corazón que se inclina más a hacer lo que agrada que lo que es correcto. No estaba hecho para mantener la cabeza sobre la tempestad, sus dudas y luchas no sirvieron a la Compañía y sus amigos no encontraron una excusa mejor para él que la de S. Alfonso. ¿Qué podía hacer el papa si todas las Cortes insistían en su supresión? El Jesuita Cordara expresa lo mismo: “Creo que no debiéramos condenar al pontífice que tras tantas dudas, ha pensado que era su obligación suprimir la Compañía de Jesús. Yo amo a mi orden como el que más pero si hubiera estado en el lugar del papa probablemente hubiera obrado como él. La Compañía, fundada y mantenida para el bien de la iglesia, pereció por el mismo bien; no pudo morir más gloriosamente.”

Hay que notar que el Breve no fue promulgado de la forma acostumbrada para las constituciones papales pensadas como leyes de la iglesia. No era una Bula sino un Breve, i.e., un decreto de menos obligatoriedad y de revocación más fácil. No se fijó en las puertas de S. Pedro o en el Campo di Fiore; ni siquiera se comunicó de forma legal a los jesuitas de Roma. El general y sus asistentes sólo recibieron la notificación de su supresión. En Francia no se publicó porque la iglesia galicana, especialmente Beaumont, arzobispo de París, se opuso con resolución por ser un acto personal del papa no apoyado por toda la iglesia y por consiguiente no obligaba a la iglesia de Francia.

El rey de España creyó que el Breve era demasiado blando porque no condenaba ni la doctrina ni la moral ni la disciplina de sus víctimas. La corte de Nápoles prohibió su publicación bajo pena de muerte. María Teresa permitió a su hijo José II apoderarse de las propiedades de los jesuitas (alrededor de $10,000,000) y después. “reservando sus derechos” dio permiso a la supresión “por la paz de la iglesia”. Polonia resistió un tiempo, los cantones suizos de Lucerna, Friburgo y Solothurn nunca permitieron que los jesuitas entregaran su colegios. Dos soberanos no-católicos, Federico de Prusia y Catalina de Rusia tomaron a los jesuitas bajo su protección. Sean cuales fueran las razones para hacerlo, ya sea fastidiar al papa o a las Cortes de los Borbones o para agradar a sus súbditos católicos y preservar apara ellos los servicios de los mejores educadores, el caso es que su intervención mantuvo viva a la orden hasta su restauración completa en 1804. Federico perseveró en su oposición sólo unos años; en 1780 el Breve fue promulgado en sus dominios. Los jesuitas retuvieron sus posesiones de colegios y de la Universidad de Breslau hasta 1806 y 1811, pero como sacerdotes seculares y sin admitir a más novicios. Sin embargo Catalina II resistió hasta el final. Por orden suya, los obispos de la Rusia blanca ignoraron el Breve de supresión y encomendaron a los jesuitas que continuaron viviendo en comunidades y continuar con su trabajo habitual. Parece que Clemente XIV aprobó su conducta. La emperatriz, para tranquilizar los escrúpulos de los jesuitas negoció con el papa y consiguió lo que quería. También en Francia los jesuitas perseguidos tenían amigos: Madame Louise de France, hija de Luis XV, que habían entrado en la orden del Carmelo y era, con sus hermanas, la líder de un grupo de pías damas en la corte de su real padre, pensó un plan para reestablecer a los jesuitas en seis provincias bajo la autoridad de los obispos. Sin embargo, Bernis frustró sus buenas intenciones. Obtuvo del papa un nuevo Breve, dirigido a él mismo en el que le pedía que los viera que los obispos franceses cumplieran cada uno en su diócesis, el Breve "Dominus ac Redemptor".

Tras la muerte de Clemente XIV se rumoreaba que se había retractado del Breve de abolición con una carta del 29 de junio de 1774. Se decía que había confiado esa carta a su confesor para que la entregara al siguiente papa. Se publicó por primera vez en 1789 en Zurich en P. Ph. Wolf's "Allgemeine Geschichte der Jesuiten". Aunque Pío VI nunca protestó contra esta afirmación, la autenticidad del documento en cuestión no está suficientemente establecida (De la Serviére).

La primera y única ventaja que el papa obtuvo de su política de concesiones fue la restauración de la Santa Sede de Aviñón y Benevento, que le habían sido arrebatadas a Clemente XIII por el rey de Francia y el de Nápoles cuando excomulgó al familiar de éstos el joven duque de Parma (1768). La restitución, conseguida inmediatamente después de la supresión de los jesuitas parecía el precio cobrado por ello, aunque para salvar las apariencias el duque intercedió ante los dos reyes a favor del papa y Clemente. En el consistorio de 17 de enero de 1774, aprovechó la ocasión para dedicar a los príncipes alabanzas que no merecían. Las maniobras hostiles y cismáticas contra la Iglesia no cesaron en muchos países católicos. En Francia, una comisión para la reforma de las órdenes religiosas llevaba trabajando varios años, a pesar de las enérgicas protestas de Clemente XIII. Sin el consentimiento papal había abolido en 1770 las congregaciones de Grandmont y de los Benedictinos exentos; había amenazado a los Premostratenses, Trinitarios y a los Mínimos con el mismo destino. El papa protestó a través de su nuncio en París contra tales abusos del poder secular, pero en vano. Los Celestinos y los Camaldulenses fueron secularizados aquel mismo año de 1770. La única concesión de Luis XV se dignó hacer fue enviar a Clemente el edicto general de reforma de los religiosos franceses antes de su publicación. Esto sucedió en 1773 y el papa consiguió la modificación de algunos puntos.

En 1768 Génova había cedido la isla de Córcega a Francia. Enseguida surgió el conflicto por la introducción de los “uso galicanos”. El papa envió a un visitador apostólico a la isla y logró prevenir la adopción de esos usos que se oponían a la práctica romana. Sin embargo, Luis XV se vengó no admitiendo en absoluto la soberanía del papa sobre Córcega. Luis XV murió en 1774 y uno se sorprende por el elogio que Clemente XIV pronunció en un consistorio sobre “el profundo amor del rey por la Iglesia y su admirable celo en la defensa de la religión católica”. También esperaba que la muerte penitente del rey le hubiera asegurado la salvación. Puede ser que quisiera agradar a la hija más joven del rey Madame Louise de France, priora de las Carmelitas de St. Denis por la que había mostrado siempre un gran afecto, como muestran los numerosos favores concedidos a ella y a su convento.

Durante el pontificado de Clemente XIV los principales gobernantes en tierras alemanas eran María Teresa de Austria y Federico el Grande de Prusia. Federico, al preservar a los jesuitas en sus dominios rindió a la iglesia un buen servicio que quizás no intentaba. También autorizó la erección de una iglesia católica en Berlín por lo que el papa envió una generosa contribución y ordenó que se hicieran colectas en con el mismo propósito en Bélgica, en el Rhin y en Austria. Clemente XIII concedió a María Teresa el título de Regina Apostólica. Pero las doctrinas de Febronius prevalecían en su corte enseguida entró en conflicto con el papa. Rehusó suprimir la nueva edición de Febronius, como quería Clemente XIV, prestó oídos a las “agravios de la nación alemana”, un plan de reformas de la iglesia que la hacían más dependiente del príncipe que del papa, y legisló para las ordenes religiosas de sus dominios sin consultar al papa. Mantuvo el edicto sobre los religiosos contra las protestas del papa pero retiró su protección al autor de los “Agravios”, los Electores de Colonia, Maguncia y Tréveris. También obtuvo del papa en 1770 la institución de un obispo ruteno para los católicos rutenos, de rito oriental de Hungría. En otras partes de Alemania el papa hubo de afrontar dificultades similares. El número y la riqueza de las casas religiosas y en algunos casos su inutilidad, ocasionalmente sus desórdenes, tentaban a los príncipes a poner sus manos violentas y rapaces sobre ellas. Numerosas casas debían suprimirse en Baviera para la fundación económica de la universidad de Ebersberg y en el Palatinado debía detenerse la administración de nuevas órdenes. Clemente se opuso a ambas medidas con éxito. Westfalia le debe la Universidad de Münster, erigida el 27 de mayo de 1773 En España, Clemente aprobó la orden de los Caballeros de la Inmaculada Concepción, instituida por Carlos III. El rey también quería que definiera el dogma de la Inmaculada Concepción, pero Francia bloqueó el camino. Portugal, aunque hizo algunos gestos externos de buena voluntad, continuó interviniendo en los asuntos eclesiásticos e imponiendo en los colegios y seminarios una educación más de acuerdo con el filosofismo francés que con el espíritu de la Iglesia. En Nápoles el ministro Tanucci impedía el reclutamiento de las órdenes religiosas; los actos episcopales requerían el placet real y la prensa anti-religiosa disfrutó de alta protección.

Polonia y Rusia fueron otra fuente de profundo dolor para Clemente XIV. Mientras que Polonia preparaba políticamente su propia ruina, los Priaristas enseñaban públicamente el peor filosofismo en sus escuelas y no permitían que el nuncio papal en Varsovia visitase sus casas. El rey Estanislao planeaba la extinción de las ordenes religiosas y favorecía a los Francmasones. El papa estaba impotente y las pocas concesiones que obtuvo de Catalina II para los católicos de su nueva provincia fueron anuladas por la terca mujer tan pronto como le convino para su política. Por su propia autoridad creó ella misma para los católicos rutenianos anexados una nueva diócesis (Mohileff) administrada por un obispo (Siestrencewicz) de tendencias cismáticas. Clemente XIV tuvo la satisfacción de que su nuncio Caprara, fuera recibido favorablemente en la corte de Inglaterra para iniciar las medidas para la emancipación de los católicos ingleses. Este cambio en las relaciones entre Roma e Inglaterra se debía a la concesión de honores reales al hermano del rey cuando visitó Roma en 1772, mientras que los mismos honores le fueron negados al Pretendiente. En el este, el patriarca nestoriano, Mar Simeón, y seis de sus sufragáneos se reunieron con Roma, En la misma Roma el papa era poco apreciado por el patriciado romano o por el Sagrado Colegio ya que ninguna de las medidas que tomó para mejorar a su gente podía compensar, a sus ojos, el servilismo hacia las cortes de los Borbones y la supresión de los jesuitas. Los últimos meses de su vida estaban amargados por la consciencia de sus fracasos; a veces parecía abrumado bajo el peso del dolor. El 10 de septiembre de 1774, ya en el lecho de muerte, recibió la extremaunción el 21 y murió piadosamente el 22 del mismo mes. Muchos testigos del proceso de canonización de S. Alfonso de Liborio atestiguaron que el santo había estado milagrosamente presente en lecho de muerte de Clemente XIV para consolarle y darle fuerzas en su última hora. Los doctores, que abrieron el cuerpo del muerto en presencia de muchos testigos asignaron la muerte al escorbuto y disposiciones hemorroidales de larga duración, agravadas por el exceso de trabajo y el hábito de provocar perspiración artificial hasta durante los más grandes calores. A pesar del certificado del doctor, el “partido español” y los novelistas históricos atribuyeron la muerte al veneno administrado por los jesuitas. Los restos mortales de Clemente XIV descansan en la iglesia de los Doce Apóstoles (ver Compañía de Jesús, Jesuitas).


Bibliografía.


Bullarium Romanum: Clementis XIV epistolæ et brevia, ed. THEINER (Paris, 1852); CORDARA, Memoirs sobre la suppression de los jesuitas publicado por DÖLLINGER en Beitrage zur politischen, kirchlichen u. Culturgeschichte (Viena, 1882). – Respecto a las Lettres intéressantes de Clément XIV, publicadas por el MARQUES CARACCIOLO en 1776, el P. Sydney Smith, S. J., dice en una nota a uno a uno de los artículos en The Month (CI, 180, Feb., 1903) al que se refiere abajo: "Hay mucha discusión acerca de estas cartas. El marqués Caracciolo en su Prefacio es sospechosamente reticente respecto a los canales a través de los que las obtuvo, y las ofrece en traducción francesa en vez del original italiano. En este respecto, es difícil creer que algunos de los contenidos vinieran de Fra Lorenzo (como llamaban a Clemente XIV en religión), muchos críticos han rechazado la colección entera como espuria. Pero VON REUTMONT piensa (Ganganelli–Papst Clement–seine Briefe und seine Zeit, 1847, Preface 40-42) que es sustancialmente una colección genuina,aunqe8u algunas cartas sean falsas y interpoladas. Von Reumont arguye muy justamente que sería muy dificil falsifgicar tantas cartas dirigidas a corresponsales muchos de los cuales estaban vivos en el momento de la publicación y sin embargo darles la unidad, diferenciación y espontaneidad de un personaje vivo."–CHRETINEAU¬JOLY, Clément XIV et les Jésuites (Paris, 1847); Le Pape Clément XIV, Lettres au P. Theiner; MASSON, Le Cardinal de Bernis (Paris, 1884); ROUSSEAU, Expulsion des Jésuites en Espagne (Paris, 1907); DE LA SERVIÉRE en VACANT, Dict. de théol. cath. (Paris, 1907), s. v. Clément XIV; The Dublin Review (1855), XXXIX, 107; SMITH, The Suppression of the Society of Jesus, articles in The Month (London, 1902-3), XCIX, C, CI, CII; RAVIGNAN, Clément XIII et Clément XIV (Paris, 1854).


J. WILHELM.

Transcrito por WGKofron , Con agradecimiento a la iglesia de Sta María de Akron, Ohio.

Traducido por Pedro Royo.