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Miércoles, 20 de marzo de 2019

Canuto

De Enciclopedia Católica

Revisión de 22:01 4 ene 2007 por Luisarge (Discusión | contribuciones)

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(O CNUT EL GRANDE, EL PODEROSO) Rey de los Ingleses, Daneses y Noruegos, nacido alrededor de 994; fallecido en Shaftesbury, el 12 de noviembre de 1034. Fue el hijo de Sweyn, Rey de Dinamarca, y Sigrid, viuda de Eric de Suecia.

Aunque bautizado cuando niño, no hay evidencia de Cristianismo en su vida hasta después de que ascendió al trono Inglés. Acompañó a su padre en la invasión a Inglaterra, y después del rechazo en Londres y de la muerte repentina de Sweyn cerca de Bury (3 de febrero de 1014), fue declarado Rey de Inglaterra por la flota danesa. El consejero, sin embargo, llamó a Æthelred, su “señor de nacimiento”, que había huido al aproximarse Sweyn, y Canuto, incapaz de resistirse al monarca restaurado, navegó hacia el norte. En Sandwich, después de cortarles las narices, orejas y manos a los rehenes tomados por su padre, los desembarcó- un espantoso augurio de un aún más terrible regreso. Volvió a Dinamarca, Canuto se proclamó a sí mismo rey y comenzó a reunir una flota poderosa. Inglaterra, en lugar de estar preparada para su regreso, estaba dividida por disensiones internas, y cuando Canuto apareció en las afueras de las costas con una flota, dijo tener contadas doscientas velas, cada buque con ochenta hombres, Eadrie desertó de Edmundo Ironside y se unió al estandarte danés. A la muerte de Æthelred, Edmundo fue hecho rey por el pueblo de Londres, y, con todo Wessex en sumisión, Canuto puso sitio a la ciudad. Este fue el comienzo de una serie de sangrientos conflictos, interrumpidos solamente por el pillaje de los alrededores de la ciudad, y que culminó en Assandun donde, después de una batalla que fue peleada todo el día y en la noche, los ingleses fueron conducidos, y “toda la nobleza de la raza Inglesa fue allí destruida” (Anglo-Saxon Chron., ed. Giles, Londres, 1847, p. 409). Edmundo era todavía formidable. Canuto lo siguió hasta Gloucestershire y puso los términos de la paz en la isla de Olney. Mercia y Northumbia eran la porción de Canuto y un impuesto conocido como “danegeld”(pago al danes) gravó a ambos ejércitos para costear los gastos de la flota danesa. Edmundo murió un mes después tras un heroico reinado de siete meses; Eadric fue asesinado por orden del rey; Edwig, el hermano de Edmundo fue sacado del medio de forma similar; y en Julio de 1017, Canuto se casó con Ælfgifu, o Emma, la viuda de Edmundo, una extraña unión a la que algunos escritores atribuyen motivos políticos. Canuto ya tenía dos hijos, Harold y Sweyn, de otra esposa, pero el derecho a sucesión iba a ser de la prole de la nueva unión. Así a la edad de veintitrés, por derecho del poder, Canuto se erigió amo del reino, y si fue recibido unánimemente por la gente, fue porque nadie se atrevía a oponérsele. De allí en adelante, sin embargo, su único deseo pareció ser limpiar de la memoria el derramamiento de sangre y el horror con el cual había obtenido su reino. Las huestes danesas, una fructífera fuente de animosidad, fue desconcentrada después de que se recaudó un tributo danegeld de £72.000, Londres solamente contribuyó con £15.000. Canuto retuvo las tropas de cuarenta buques como su cuerpo de guardia, conocidas como los huscarls o thingmanna. “La ley de Eadgar”, la vieja constitución del reino, fue revivida y Dane y los ingleses se mantuvieron en un calmo equilibrio. La Iglesia había sufrido duramente a manos de Canuto pero él buscó su amistad y construyó una iglesia en Assandun para conmemorar la victoria, reconstruyó la iglesia de San Edmundo en Bury y estableció allí a los monjes, y fue un benefactor en muchos otros lugares, contribuyendo hasta a la construcción de la catedral de Chartres. En sus visitas a Dinamarca llevó con él a varios misioneros, entre los cuales estaban Ranier, Bernhard y Gerbrand, Obispos de Fionia, Sconen y Zaeland. En 1026 Canuto peregrinó a Roma, marcando su ruta con sus caridades. Relata en una carta, su alegría al visitar las tumbas de los Apóstoles; su encuentro con el Papa Juan y el Emperador Conrad; su súplica por la seguridad de los viajeros ingleses y daneses hacia Roma; la promesa del papa de aligerar el impuesto para el pallium; y agrega su propio voto de reinar justamente y se arrepiente de los malos actos de su juventud.

El más grande regalo que le hizo Canuto a su pueblo fue la paz, dice Green. Dieciocho años no interrumpidos por conflictos internos llevaron a cimentar la tranquilidad nacional. El reino fue dividido en cuatro condados y poco a poco los nombres daneses desaparecieron y fueron reemplazados por los ingleses (Freeman, Norman Conquest, I, 289). El pueblo está para “amar y venerar un Dios y para amar al Rey Cnut con recta verdad”. La ferocidad que mutilara a los rehenes no estaba apagada, ya que el rey mató a uno de sus huscarles con sus propias manos. Pero pronunció una pesada sentencia sobre su acto y, en otra ocasión, se dice que reprendió a sus aduladores poniendo a su corona sobre el crucifijo de la catedral de Winchester. Desde ese momento su cetro es seguro, un sincero celo por el bienestar de su pueblo brilla en su vida. El yugo es aligerado y sus beneficios ampliamente derramados. Es el patrono de los poetas y amante de los juglares, y luego de escuchar a los monjes de Ely cantar en la Misa de las Candelas, prorrumpe en el famoso canto:

Merie sungen ðe muneches binnen Ely,

Ða Cnut Ching reu ðer by;

Roweð, Cnihtes, noer ðe land,

And here we þes muneches sæng.


(Alegremente cantaban los monjes de Ely

cuando el Rey Cnut pasó remando.

Rema, botero, cerca de tierra,

y escuchemos a esos monjes cantar.)


Intrigante, ambicioso y violento, Canuto sin embargo expió por su temprana crueldad con un cristianismo que no fue poco valioso. Llegó como un invasor y destructor sin reglas, y mediante un cambio de temperamento tan remarcable como largos fueron los alcances en sus efectos, permaneció para reinar, en justicia y paz, a un pueblo cuyo partido él adoptó completamente. Fue enterrado en el viejo monasterio de Winchester.


E.F. SAXTON


Transcripto por Gerald M. Knight


Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi