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Sábado, 20 de octubre de 2018

Pierre Mignard

De Enciclopedia Católica

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Pintor francés, nació en Troyes el 7 de noviembre de 1612, y murió en París, el 30 de mayo de 1695. Aunque destinado a la profesión médica, Pierre dio tempranas señales de su verdadera vocación. Estudió en Bourges por un año, con un profesor de nombre Boucher, luego por dos años estudió en Fontainebleau, donde, gracias a los trabajos de Primatice y Rosso, y las colecciones formadas allá por Francisco I, había habido una especie de escuela nacional por sesenta años. El Mariscal de Vitry, después que Mignard había pintado la capilla de su hacienda en Coubert, lo llevó a París y le consiguió el ingreso en el estudio más famoso de la época, el de Simón Vovet. Pero el lugar que atraía a los pintores más que ningún otro era Roma, donde vivía una multitud de artistas extranjeros, entre ellos Poussin y Claude Lorrain, quienes se habían asentado ahí de por vida. Mignard fue un miembro de esta colonia por veintidós años. Ahí él encontró a Dufresnoy (1611-65), quién había sido su compañero en lo de Vovet y con quien formó una estrecha amistad y juntos copiaron los famosos frescos de Caracci en el Palacio Farnesio. Pero Dufresnoy fue ante todo un crítico, y su trabajo más conocido no es una pintura, sino un libro, “De Arte Gráfica”, un manual escrito en verso en un latín extremadamente elegante, publicado póstumamente con notas por De Piles, y reimpreso por cientos de años como una obra maestra. Este aficionado excepcional ejerció una gran influencia educativa (v. educación) sobre Mignard y lo familiarizó con Venecia y su incomparable escuela, la cual había pretendido menospreciar nuestro arte clásico. Mignard fue sobre todo un obrero hábil y trabajador, quién sabía bien como halagar el gusto público y de esta manera asegurar su propio ascenso. Pronto logró un lugar como pintor retratista único en la sociedad romana, sus mecenas eran príncipes, cardenales, y tres Papas sucesivos: Urbano VIII, Inocencio X y Alejandro VII.

Al mismo tiempo, él produjo muchas obras religiosas, infinidad de cuadros para oratorios, principalmente los de “Vírgenes”, las cuales llegaron a ser conocidas como “Mignardes”. Ese nombre, que intentaba ser laudatorio en esa época, nos parece la mejor crítica posible de un tipo de trabajo marcado por una cierta gracia y preciosidad consciente. Uno siente delicadeza al decir positivamente que estas vírgenes no eran de devoción, aunque ellas satisficieron los instintos piadosos (v. virtud de religión) de generaciones completas de personas devotas; pero es imposible en nuestra época no percibir en ellas una singular mezquindad, artificialidad y puerilidad de sentimiento. Pero en medio de todos estos trabajos, el artista encontró tiempo para composiciones tan grandes como los frescos en la Iglesia de San Carlo alle quattro fontane. De este modo logró una incuestionable eminencia en la pintura de frescos, que era un medio preeminentemente italiano tan poco empleado por los pintores franceses.

Bajo estas tres formas sus trabajos fueron ampliamente exhibidos en Roma, donde él fue comparado con Guido y con Pietro de Cortona. Durante sus viajes por la Alta Italia (1654) fue recibido en todas partes con la más grande distinción, y pintó el retrato del Cardenal Sforza y los de las princesas Isabella y María de Módena. A su regreso a Roma (1655) se casó con Anna Avolara, hija de un arquitecto; cuya belleza era perfecta y quien posó para sus vírgenes. La reputación de “Mignard el romano”, como se le llamaba para diferenciarlo de su hermano “Mignard de Avignon”, se había expandido por Francia, donde Luis XIV estaba comenzando su reinado personal, inaugurando ese sistema el cual descansaba sobre la gloria de las artes no menos que en la gloria de las armas para la exaltación de la monarquía. Mignard fue convocado de vuelta a Francia, y llegó a París en 1658, donde conoció a Molière y cultivó su famosa amistad con ese poeta.

Descubrió que en Francia le esperaba la misma y excepcional posición que había disfrutado en Italia. Apenas había llegado cuando realizó los retratos de Luis XIV y de otros miembros de la familia real. Su respuesta a sus detractores, quienes cuestionaban su talento por sus trabajos magníficos, fue la decoración del Hotel d’Epernon, pronto seguido por la de la cúpula del Val-de-Grâce. Esta última, se dice ser la más grande superficie pintada en fresco en el mundo, compuesta de doscientas figuras colosales que representan el Paraíso. En seguimiento de una fórmula apreciada por el decorador romano, el gentío de personajes celestiales es aquí exhibido alrededor de la Santísima Trinidad, la Virgen, los apóstoles, los Evangelistas, vírgenes, y confesores, fundadores de órdenes reyes santos como Constantino, Carlomagno, San Luis, y finalmente, Ana de Austria, arrodillada ofreciendo el modelo de la Iglesia dedicada por ella a Jesús Naciente de la Virgen Madre. Este estilo de apoteosis ya trillado en Italia, todavía poseía el mérito de novedad en Francia. La inmensa composición, habiéndole costado a su autor sólo ocho meses de trabajo, sufre la pena de su creación apresurada. La composición carece de inspiración, el color es débil y neutral más que brillante, aun así fue un trabajo muy elogiado en su época, porque halagaba la megalomanía y el chauvinismo del público; Francia no necesitaba más envidiar (v. envidia) a Italia; Roma no estaba más en Roma; estaba en París. De esta manera la cúpula de Mignard asumió el carácter de una victoria nacional, como dijo Moliere en su famoso poema "La Gloire du Val de Grâce"; de esa manera esta muy mediocre pintura, aunque ambiciosa, fue honrada (v. honor) en su nacimiento por el más popular y “nacional” de los escritores franceses. Ya sea por política o por inclinación, Mignard perteneció al círculo social de Racine, Boileau y La Fontaine, en esa época cuando los artistas en Francia se asociaban muy poco con algunos, excepto con sus hermanos en la profesión. Gracias a estas conexiones, es el artista de quien la literatura del siglo XVII tiene más que decir. Scarron y La Bruyère aclamaron su grandeza y como él tenía la habilidad de sacar provecho de sus amistades literarias, él fue capaz de mantener por treinta años su curiosa pelea con la Academia. Este cuerpo, después de una serie de dificultades, había sido definitivamente organizado por Colbert bajo la presidencia de Le Brun, cuya autoridad Mignard no reconocería. La facción completa de la corte, la cual se oponía a Colbert naturalmente se puso de parte de Mignard, quien, sin ninguna posición oficial, fue lo suficientemente listo para mantener su reputación como “Pintor Principal”, y agregarle a esto la oposición picante, la cual en Francia siempre sirve para llevar la reputación de un artista lo más lejos posible. La lista de los retratos realizados por Mignard en el segundo período de su vida incluye toda la sociedad francesa de su época. La joven reina, el Duque d’Enghien, la Princesa Palatina, Canciller Séguier, el Duque de Beaufort, Bossuet, le Tellier, Turenne, Villacerf, la Reyni, La Condesa de Grignan, la Duquesa de Chatillon, Molière, la famoso Ninon de Lenclos, todos posaron para él. El pintó A Luis XIV diez veces, y en la última ocasión el rey le dijo: “Mignard, ¿tú me encuentras cambiado?” “Cierto, Señor”, dijo el pintor; “veo unas cuantas campañas más en la frente de su Majestad”. El usó para sus modelos mujeres un estilo un poco llamativo, en el cual las telas estaban un poco exageradas, y un sistema de emblemas y alusiones medio mitológicas, las cuales reflejan fielmente los ideales de la corte de Luis XIV. Por lo tanto, estos retratos tienen el mismo valor histórico como los de Lely o Kneller, en la corte de James II, mientras algunos de ellos poseen un atractivo incuestionable. Pero esto fue sólo una parte del trabajo de Mignard. El decoró muchas residencias, edificios públicos e iglesias, pero todo lo que queda de estos trabajos es el techo de “Apollo” en el Castillo de Balleroy (Manche). Sin embargo, nosotros sabemos por los grabados que estos trabajos fueron buenos, según el gusto de la época, imitaban las mitologías de Caraceio y de Guido, artificial, agradable, superficial, un tanto pesada y débil en estilo. Lo mejor de sus pinturas religiosas es la “Visitación” que está en el Museo de Orleáns.

Por fin al morir Le Brun en el año 1691 Mignard, a la edad de ochenta años, le sucede en todos sus cargos, fue recibido solemnemente en la Academia, y en una sesión fue electo a todos sus títulos, incluyendo el de presidente. Cuando Louvois le consultó sobre el proyecto de decorar la cúpula de “Los Inválidos”, el veterano pintor vio una oportunidad de coronar su carrera con una representación excepcional, pero Louvois murió, el trabajo se demoró, y el artista perdió toda esperanza de realizar su último sueño. Casi se puede decir que murió con los pinceles en sus manos, a la edad de ochenta y cuatro años. Su último trabajo es un cuadro en el que aparece él mismo como “San Lucas pintando la Santísima Virgen”.

Fuente: DE MONVILLE, Vie de M. Mignard (Amsterdam, 1731;) LEPICIÉ, Notice in Mémoires inédits sur les Membres de l'Académie de Peinture, II (Paris, 1854); HULST, Mémoires sur l'Académie de Peinture (Paris, 1853); COURTALON-DELAISTRE, Eloge de Mignard (Troyes, 1781); BLANC, Histoire des Peintres, Ecole française, I (Paris); LE BRUN-DALBAUNE, Etude sur P. Mignard (Paris, 1878); COURAJOD, Le Buste de P. Mignard au Louvre (Paris, 1884). Gillet, Louis. "Pierre Mignard." The Catholic Encyclopedia. Vol. 10. New York: Robert Appleton Company, 1911. <http://www.newadvent.org/cathen/10289a.htm>. Transcrito por Douglas J. Potter. Traducido al español por Ana María Maturana. Revisado y corregido por Luz María Hernández Medina.