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Miércoles, 18 de octubre de 2017

La verdad sobre Jesús de Nazareth: Introducción

De Enciclopedia Católica

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Autor: Gaëtan de Raucourt. Traducción de José Gálvez Krüger

Introducción :La Fe cristiana

Creer lo que Jesús dio porque lo dijo Él

“La verdad sobre Jesús de Nazareth”, quien es la Verdad misma, el Hijo de Dios. Tal será la conclusión de este libro. Los Apóstoles la habían ya alcanzado, después de una experiencia más directa, ciertamente, más o menos larga y menos extendida que la nuestra: en el momento en que terminaba en Galilea su primer año de predicación y de Milagros, Jesús, viendo a la multitud, ayer entusiasta, alejarse de Él decepcionada e incrédula, se volvió hacia ellos y les preguntó:

-“¿y ustedes también quieren partir?”

- Señor, ¿a quién iremos, le contesta Simón Pedro? Sólo tú tienes palabras de Vida Eterna.

Algunos meses más tarde, Jesús los interroga nuevamente

- “¿Quién dice la gente que soy?

- Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; otros incluso Jeremías o alguno de los antiguos profetas vuelto a la vida.

- - Pero, ustedes, ¿quién dicen que soy?

- Entonces Simón Pedro, tomando la palabra en nombre de todos:

- Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo”.

La historia continua. Hoy, como entonces, muchos se mantienen alejados de Jesús o lo toman por lo que no es o lo dejan. Los menos ciegos, pero no los menos excusables, se inclinan delante de su incomparable figura, pero se niegan a creer en Él e incluso a creer todo lo que dijo, teniéndolo solamente por un hombre más grande que los otros, sujeto como todos a la ilusión, ilusionado de hecho sobre si mismo.

Y los fieles, como los Apóstoles, se estrechan en torno de Él con una fe cada vez más firme y tranquila, creyendo todo lo que dijo porque lo dijo Él, creyendo en Él como creen en Dios, porque dijo ser el Hijo de Dios Vivo, uno con son Padre, la Verdad misma, en una palabra, porque tiene palabras de vida eterna. Pero ¿cómo saben que lo dijo, y cómo saben que dijo la verdad?

Donde encontrar lo que Jesús dijo. La Iglesia y el Evangelio

Para saber lo que Jesús dijo, en particular sobre sí mismo, no tenemos más que una sola fuente de información: el Evangelio y la Iglesia. No son dos fuente sino una sola, porque el Evangelio es la obra de la Iglesia, el testimonio de sus primeros jefes, fijados por ellos o por los suyos en la Escritura, luego transmitido y presentado por sus sucesores, en quien ella vive siempre. Ya que ella es la autora de esos libros sagrados, ella sola está autorizada a interpretarlos

La demostración cristiana establece, por otro lado, que escribió la verdad, que su testimonio contenido en esos Libros es infalible, porque lo rindió bajo la inspiración del Espíritu Santo, e infalible también su interpretación, porque la da con la asistencia del mismo Espíritu, en una palabra, que su tradición es divina. Y por otro lado, es evidente que no podemos partir de esta conclusión, ya que se trata de llegar a ella: ella supone, en efecto, ya establecida la misión del espíritu Santo y por consecuencia la divinidad de Cristo que lo envió; y es precisamente lo que tenemos que demostrar. Tomaremos pues la afirmación de la Iglesia y del Evangelio como si fuese solamente una tradición humana, y veremos que es la más admisible de todas, que se impone a todo hombre de buena fe.

Pero hacer el acto de fe cristiana, no es sólo recibir el testimonio de la Iglesia como de la autoridad humana más venerable y más segura; no es sólo tener la convicción, científicamente razonada, que no nos engaña cuando refiere y explica las palabras de Jesús: es creer esas palabras de Jesús; creerlas porque Él las dijo y porque es la Verdad misma, porque es Dios. ¿Y cómo sabremos que Jesús es la verdad misma, que es Dios? Demostrando que dijo serlo y que diciéndolo dijo la verdad [1].


Cómo probar que Jesús dijo la verdad

Para demostrar que Jesús no se equivocó y que no nos engañó llamándose la Verdad misma, el Hijo de Dios, Dios en persona, tenemos dos métodos:

Método ascendente

El primer método, que no seguiremos, pero que hay que conocer, es llamado método ascendente, porque consiste en remontar el curso de los tiempos hasta Jesús: reflexionamos y razonamos sobre la Iglesia considerada como un hecho en su historia y su actualidad, en sí misma y en sus relaciones con las realidades de la vida humana individual y social, luego se concluye que es un milagro de Dios, que Dios está con ella, y que ella no nos engaña cuando nos afirma 1) que Jesús se dio por la Verdad misma, por el Hijo de Dios y 2) que Él mismo no la engañó diciéndose tal.

I Consideremos la Iglesia en sí misma

Ella nos enseña como un milagro permanente 1) por la riqueza y la armonía de su dogma desarrollado desde hace diez y ocho siglos sin haber perdido nada de su sustancia y sin encontrarse en contradicción con las adquisiciones nuevas, 2) la pureza de su moral, conservada intacta a pesar de todos los desfallecimientos individuales y las solicitaciones más imperiosas, a veces las más amenazadoras del mundo y de sus potencias, 3) la belleza de su liturgia, tan variada, tan íntimamente penetrada por el dogma y la moral, que se la ha podido llamar una regla de fe, 4) el vigor de su constitución probada por una resistencia tantas veces secular, 5) la sabiduría de sus instituciones tan previsoras, tan favorables a la conservación y al progreso, 6) su fuerza de expansión victoriosa de todos los obstáculos en todos los países del mundo, 7) su maravillosa fecundidad en obras de beneficencia material y espiritual, 8) su santidad siempre manifiesta en sus verdaderos fieles y, en toda época, resplandeciente en algunos de sus miembros, etc…


II Consideremos ahora a la Iglesia en sus relaciones históricas y actuales con las realidades de la vida individual y social

Es un hecho de observación que 1) las verdades cristianas, afirmaciones dogmáticas y reglas morales, 2) las ceremonias de la liturgia cristiana, 3) las instituciones católicas, se concilian maravillosamente, no sólo entre ellas, sino todas, y cada una en particular, con la experiencia; dicho de otra manera, con las exigencias reales constatadas de la inteligencia humana y del corazón humano, con las necesidades o las conveniencias del individuo, de la familia y del Estado.


III Conclusiones

Después de haber considerado así a la Iglesia en sí misma y en sus relaciones con la humanidad, estamos obligados a reconocer que esta armonía, esta coherencia, esta perpetuidad, esta expansión, esta santidad, esta adaptación a todas las formas de la vida humana, son inexplicables por las solas fuerzas de la naturaleza; son inexplicables sobre todo en una sociedad 1) tan numerosa, 2) compuesta de hombres tan diferentes, 3) sumisa interiormente a la influencia, ordinariamente deletérea, de tantas iniciativas, en el orden del pensamiento y de la acción, 4) siempre combatida por el hecho mismo que combate, sin cesar, sin arreglos ni compromisos, todas las pasiones, todos los sistemas opuestos a su verdad, todas las potencias malvadas. Hay pues ahí, un milagro, el más sorprendente y el más durable de todos los milagros, y que nos obliga a reconocer el “dedo de Dios” (Lc. 11.20).

Pero si Dios está con su Iglesia, todo lo que ella dice es verdad; y puesto que ella dice que sus afirmaciones son las afirmaciones de Jesucristo, que las afirmaciones de Jesucristo son las afirmaciones de Dios, que Jesucristo es la Verdad misma y que es Dios, podemos tener la certeza, y debemos creerlo. Nuestra demostración está terminada.

Este primer método no será el nuestro; tiene una gran eficacia, pero es también el más difícil y el más largo: exige tanta erudición como penetración que da satisfacción al espíritu y al corazón, y exige desarrollos demasiado considerables para este pequeño trabajo; lo que hemos dicho bastará para ayudar al lector a encontrar en la historia y la realidad presente de la Iglesia, la justificación múltiple y perentoria de su fe en Jesucristo.

Método descendente

El segundo método, el que seguiremos, consiste a partir del hecho Evangélico, en estudiar el Evangelio como si fuese un libro hecho solamente por la mano del hombre: establecemos primero científicamente que es digno de fe humana; luego razonamos sobre su contenido: vemos que contiene a la vez afirmaciones de Jesucristo sobre Dios, sobre sí mismo, sobre nosotros, y hechos que, estrechamente ligados a esas afirmaciones, constituyen con ellas, un conjunto absolutamente inexplicable si Jesús es tan solo un hombre. Concluimos entonces que, para escapar a las más violentas contradicciones, para ser razonables, debemos reconocer en el hijo del hombre, al Hijo de Dios, la Verdad misma, nuestro señor y nuestro Dios.

Finalmente, confirmamos esta demostración estudiando la Iglesia. Tomándola esta vez no como una autoridad que afirma la divinidad de Cristo, sino como una obra de Cristo, reconocemos una obra divina [2] que se agrega a las obras divinas referidas en el evangelio, a los milagros de la vida pública y a las apariciones pascuales de la vida celeste, para apoyar las afirmaciones de Jesús, para hacer irrecusable su testimonio capital: Yo soy la Verdad… Mi Padre y yo, somos uno”


División de la obra, unidad del asunto, el testimonio, los testigos

La demostración aquí propuesta comprende seis Libros, cuyos seis títulos respectivos muestran la palabra testigo. Esto no es un artificio ni una vana simetría: nuestra fe, en efecto, reposa, como se acaba de ver, sobre el testimonio – el de los Apóstoles predicadores y autores del evangelio – sobre el de Jesús. – sobre el de Dios. No será inútil insistir en esto brevemente.

El testimonio, o atestiguación, es la afirmación de una persona, llamada testigo, que pretende saber, por haber visto u oído, o escuchado, lo que relata.

I. El Evangelio es esencialmente un testimonio, es la afirmación de una persona, llamada testigo, que afirman haber visto lo que Jesús hizo, y lo cuentan; haber escuchado lo que dijo y lo reproducen:

San Pedro declara que hablaron de Jesús como “testigos oculares de su majestad”, habiendo visto su gloria y escuchado la voz del Padre que lo proclamaba “Su Hijo bien amado” sobre la montaña santa (2 Pe 1.16 a 18).

San Juan escribe: “Hemos visto su gloria” (1.14) y también: “Lo que hemos escuchado, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos tocado con nuestras manos, es lo que les anunciamos. (1 Jn 1.1 a 4).

A los Apóstoles les gustaba llamarse testigos, recordando que Jesús les había dicho: “Son testigos, porque están conmigo desde el comienzo”, y a algunas horas de su Ascensión: Serán mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta en la confines de la tierra” (Jn 15. 27; Hch 1.8).

Es cierto que dos evangelistas de cuatro no son testigos oculares; pero como escribieron en nombre de los Apóstoles, bajo su supervisión, y por otro lado, para fijar su predicación oral, su testimonio forma cuerpo con el del colegio apostólico entero, compuesto por los discípulos que habían seguido a Jesús desde el comienzo de la vida pública.

Pero los evangelistas relatan, por otro lado, lo que vieron, lo que escucharon, es decir, otro testimonio más venerable que el suyo: en efecto:

II. Las afirmaciones de Jesús son en sí mismas un testimonio: Jesús se da por testigo de Dios en tres personas, el testigo de Dios, su Padre, el testigo de Dios Hijo, que es Él mismo, el testigo del Espíritu Santo que es su Espíritu y el Espíritu del Padre:

Desde los primeros días de su ministerio, pide a Nicodemo creer en Él, porque, dice, “Hablamos de lo que sabemos; damos testimonio de lo que hemos visto” (jn 3.11).

En sus discusiones con los Judíos de Jerusalén, vuelve a menudo sobre esta declaración: “A Mi Padre, que me ha enviado, lo conozco porque estoy cerca de Él… lo que escuché de Él, es lo que hablo al mundo… lo que vi cerca del Padre, lo digo… No conocen a mi Padre, pero yo lo conozco… Ustedes a mi Padre… Como mi Padre me conoce, yo también conozco al Padre” (Jn 7.28,25: 8.38,55; 10.14)

Finalmente, dijo a sus Apóstoles antes de su muerte: “Salí del Padre y vine al mundo; dejo ahora el mundo y voy al Padre…Les hago conocer todo lo que escuché de mi Padre” (Jn 16.28; 15.15).

III. De esta manera los evangelistas son los testigos del testigo por excelencia. ¿Es suficiente para justificar los títulos dados a los seis libros de esta obra?. Estudiaremos, primeramente, el testimonio dado por los Apóstoles o sus portavoces:

Libro I: Los testigos de Jesús. Libro II: Los testigos de Jesús, testigos verídicos.


Luego, abordaremos el testimonio de Jesús mismo:

Libro III: Jesús testigo de Dios. Libro IV: Jesús su propio testigo. Libro V: Jesús testigo altamente calificado Libro VI: Jesús testigo divinamente autorizado.

Este último libro podría ser titulado también “Dios testigo de Jesús”. Pero Dios cubrió con su testimonio, además del de su Hijo, el de los evangelistas: por una Providencia espacialísima y milagrosa que será el objeto del primer capítulo, que no ha dejado de atestiguar que la Iglesia, que vive en ellos y en sus sucesores, fue en el origen y lo es por siempre, para Jesús, lo que Jesús fue para su Padre, un Testigo fiel” (Apoc. 1.5)


Importancia e interés de este estudio apologético

I. Afirmará nuestra fe contra las tentaciones, las pruebas, las vacilaciones del sentimiento.

II. Nos hará capaces de comunicar la fe, que sin duda, se propaga, sobre todo, por el buen ejemplo, pero más rápido aún cuando el buen cristiano está en capacidad de hacer comprender las razones de su creencia;

III. Nos armará para la defensa de la religión contra los ataques odiosos actuales, de aquellos que la detestan porque la ignoran y la deforman, y que a menudo quieren ignorarla o deformarla porque a menudo la encuentran demasiado pura y demasiado bella para sus almas bajamente embriagada por placeres subalternos o por una libertad orgullosa;

IV. Finalmente alegrará nuestro corazón, iluminando nuestro espíritu y alimentando nuestra piedad, dándonos este conocimiento amante de Nuestro Señor Jesucristo, en el que el Apóstol San Juan ve la vida eterna ya comenzada.

V. Importa, sin embargo, comprender bien que no termina por ella misma y por ella sola en el acto de fe. El acto de fe, lo veremos, es una cosa muy distinta de la adhesión de la inteligencia a la consecuencia de un razonamiento que tendría por premisas las razones de creer; es una afirmación intelectual y racional, sin duda [4] , pero condicionada esencialmente por las buenas disposiciones morales [5] y comandada por la voluntad bajo la influencia de la gracia:


Principios lógicos de la demostración:Fe y apologética. Fe y teología

I. La apologética o ciencia de las razones de creer, siendo un trabajo de la inteligencia humana, ayudada por Dios, llega solamente a esta conclusión científica: es razonable, es bueno, es necesario creer en Jesús. La fe es cosa distinta de esta conclusión: dicho de otra manera, no sería fe. En efecto, 1) sería la evidencia directa de las cosas demostradas por la razón, y sería una visión intelectual, cuando es un conocimiento oscuro; en ese sentido el creyente no ve la verdad de lo que afirma, sino por una evidencia indirecta, en el testimonio, ya claramente conocido, de Dios revelador.- 2) La fe no podría tener más firmeza que la adhesión a las verdades científicas, cuando sobrepasa en certidumbre a todas las verdades más evidentes.

Sabemos de donde viene a la fe su oscuridad: del hecho que está esclarecida por una evidencia indirecta (por la palabra de Aquél que ve y no engaña). Pero, entonces, si es oscura, ¿de dónde puede venir su certidumbre superior a todas las demás? De una intervención legítima de la voluntad, y de una influencia misteriosa, muy poderosa, de la gracia.

1. Acción de la voluntad en el acto de la fe. La voluntad tiene por objeto el bien, es decir que, por naturaleza, tiende al bien, y tanto más cuanto mayor sea este bien. Ahora bien, la verdad es el bien de la inteligencia, y la verdad divina, sobre todo la Verdad sustancial que es Dios, es su más grande bien. Ya que la inteligencia ve que esta verdad divina es su más grande bien, la voluntad, bajo esta luz, puede, en virtud misma de su tendencia hacia el bien, mandar afirmarla lo más fuertemente posible. Esta afirmación, esta adhesión más firme que todas las otras a la verdad divina, es el acto de fe. Se ve, por esto, que el acto de fe es libre y meritorio, ya que la voluntad que puede mandar la afirmación, puede, igualmente, abstenerse.

2. Acción de gracias en el acto de la fe. Pero la firmeza superior de la fe viene principalmente por la gracia, y por medio de una doble gracia, sin la cual es imposible creer: una gracia de luz y una gracia de fuerza. Dios comunica a nuestra inteligencia la luz de su inteligencia infalible, para hacerle comprender que la verdad divina supera incomparablemente a todas la otras y es un, por tanto, un bien soberano; y comunica a nuestra voluntad la fuerza de su adhesión infinita a ese soberano bien que es él mismo, para que la asuma y conduzca a sí a la inteligencia con mayor amor que a todas las otras verdades. De esta manera, nos hace participar en su certeza infinita.

La gracia es ordinariamente proporcional a la oración, y he aquí por qué la oración es siempre para un descreído, la condición de su paso a la fe, para un creyente, la condición de sus progresos en la firmeza de la fe.

II. La Teología, entendida en un sentido extenso, como conocimiento de las verdades reveladas, que son el objeto de la fe, es también necesaria al Cristiano como la teología entendida en el sentido más extenso, como conocimiento de la razones de creer. Creer sin ninguna razón sería creer ciegamente, irracionalmente; no sería fe cristiana; creer sin conocer de ninguna manera el objeto de la fe, sin saber en lo absoluto en lo que se cree, es pura imposibilidad. Pero no más que las razones de creer más ponderadas, el conocimiento, incluso profundizado, de la doctrina cristiana no da la fe o no se identifica con ella. Es evidentísimo para cualquiera que se acuerde, que es un acto libre y un acto sobrenatural imposible sin la gracia. De hecho hay teólogos que tienen un conocimiento religiosos muy extendido y muy profundo, con una fe imperfecta, y hay ignorantes que no saben nada más que el catecismo y que creen con una gran perfección.

III. No es menos cierto que debemos tratar de avanzar en este doble conocimiento de la verdad revelada y buscar motivos que nos garanticen la realidad de la revelación, y que este esfuerzo debe ser proporcionado tanto a nuestra edad como a nuestra situación en el mundo:

El conocimiento elemental del catecismo, adquirido en nuestra infancia, no es suficiente para nuestra juventud ni para nuestra edad madura. A medida que avanzamos en la vida, nuestra razón se hace más exigente y no dejamos de suministrarle los aumentos de luz que necesita. ¿De qué manera nuestra fe, que es el ejercicio más alto de nuestra razón y una participación en la razón divina, escaparía esta ley del progreso? Si no agregamos nada a las adquisiciones humanas de los primeros años, seguiríamos siempre siendo niños; ¡permanecer niño en la ciencia de Dios, qué vergüenza para aquel que está tan orgulloso de llegar a ser un hombre por medio de la experiencia y el saber profano!

Por otro lado, es claro que el hombre cultivado, teniendo exigencias racionales más imperiosas que los otros, de la misma edad, estando en relaciones con espíritus tan cultivados y exigentes como el suyo, debe empujar aún más lejos el estudio de su religión y de los motivos que justifican su fe delante de la razón. Debe hacerlo por el honor y e incluso por la firmeza de su creencia, con el fin de poder defenderla contra las objeciones que pudieran alcanzarla, sea de fuera, sea de sus conocimientos personales, filosóficos o científicos, pero también con el fin de poder exponerla y aplicarla a las circunstancias más complejas y más delicadas en que se encuentre en razón de su rango social.

Este pequeño libro, escrito para él, sólo lo ayudará a justificar su fe delante fe la razón; pero le inspirará, tal vez, el deseo de encontrar en otros lugares los medios de conocerla mejor; y desde la primera página debe decirle: no te contentes con buscar “La verdad sobre Jesús de Nazareth”; camina hacia Él, escúchalo en el su Evangelio y en su Iglesia, ya que es Él quien te habla, quien “tiene las palabras de vida eterna”, quien es la Verdad misma, el Hijo de Dios.

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] La verdad sobre Jesús de Nazareth: Libro Primero, Capítulo V