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Viernes, 20 de octubre de 2017

La verdad sobre Jesús de Nazareth: Libro Primero, Capítulo III

De Enciclopedia Católica

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El testimonio evangélico

El evangelio oral

El testimonio de San Pablo se remite, lo hemos visto, al evangelio. Pero no se trata aquí de nuestros cuatro evangelios, que todavía no había sido escritos; se trata del evangelio oral, que dos Apóstoles y dos discípulos escribirán más tarde en resumen, después de haberlos, primeramente, enseñado de viva voz. Digamos algunas palabras de este evangelio.

Sumario: 1. La religión cristiana, religión de la palabra y no del libro. 2. Jesús no escribió nada ¿Por qué? 3. Los Apóstoles hablaron antes de escribir. ¿Por qué? 4. La catequesis o el evangelio oral. ¿Quién lo organizaó? ¿Con qué fin y según qué plan?

La Religión cristiana, religión de la palabra y no del libro

La religión cristiana, no está basada sobre un libro, ni sobre libros, sino sobra la autoridad viviente y parlante de Jesús, siempre presente en su Iglesia, en la persona de Pedro, su vicario, de los doce Apóstoles, sus enviados, -sucesores de Pedro y de los Apóstoles: el Papa y los obispos.

En efecto, los Apóstoles no fueron lectores de textos, o comentadores, sino “ministros” o “servidores de la palabra”, de la “palabra de Dios”, de la palabra de Jesús que los había enviado “predicar”, es su última palabra antes de la Ascensión, - y predicar lo él mismo había dicho, después de haber oído a su Padre.

=Jesús no escribió nada ¿Por qué?

Jesús, en efecto, no había escrito nada, y esto por muchas razones:

Primeramente, un libro por más perfecto que sea, habría limitado el horizonte que Jesús nos abría por el contrario para no cerrarlo nunca. A pesar de la advertencia hiperbólica de San Juan: el universo entero no contendría los volúmenes que habría que escribir, si se quisiese relatar todo lo que Jesús djio e hizo”, - los files habrían estado tentados de pensar que en el libro de un Dios, no había nada que agregar, que podían encontrar en él, si no todo lo que Dios sabe, al menos todo lo quiso hacernos saber.

1. Jesús quería, por el contrario, que su palabra, pequeña semilla [1] , fuese completada por la de los Apóstoles, nuevos “sembradores” [2] inspirados por el Espíritu Santo, y a continuación hecho cosecha perpetua, cada vez más abundante, hasta el fin de los siglos, sobre toda tierra sembrada por su Iglesia.

2. Hubiese sido desagradable ver al maestro de humildad hablar sobre sí mismo, pintar su incomparable figura, exponer su grandes obras; al maestro de la caridad publicar las debilidades, los errores, y las faltas de sus discípulos y fieles amigos, que sin embargo no nos instruyen menos por sus debilidades antes de Pentecostés que su inquebrantable firmeza después de la venida del Espíritu Santo.

3. Por otro lado, ¿convenía al Hombre-Dios ser un autor, clasificado en la literatura, guardado en las bibliotecas al lado de los filósofos, de los moralistas y otros escritores, examinado por los críticos, discutido por los incrédulos, acusado incluso de complacencia consigo mismo y de exageración, sino de mentira, como por los Fariseos, que le reprochaban que rindiese testimonio de sí mismo? Debía ser más que un autor: una autoridad.

4. Pero sobre todo entendía que su autoridad pasaría enteramente a sus Apóstoles, y, en ellos, sería siempre una autoridad viva y parlante, frente a la cual ningún libro, incluso el suyo podría ser opuesto o solamente preferido como regla de fe. Si los protestantes debían más tarde levantarse contra la palabra de la Iglesia so pretexto de fidelidad a los escritos de sus Apóstoles, ¡con qué audacia habrían vuelto contra ella escrito por su mano! No quería que una obra de su composición fuese un día explotado contra su obra. Sabía, además, que hay divisiones sobre la interpretación de un texto, especialmente cuando el asunto es difícil y el pensamiento profundo. Ya era bastante para Él prever con tristeza que los escritos de sus Apóstoles serían entregados a las fantasías del libre examen; Él no podía abandonar la palabra de su Padre. [3] Así absteniéndose de escribir, sustraía sus pensamientos al alcance del sentido individual; en tanto que dependiese de él, proveyó a la unidad de la fe y de la sociedad cristiana: condenó con quince siglos de anticipación, a los innovadores, que por haber perdido la confianza de sus padres en la palabra infalible, desgarraron la Iglesia, se entregaron ellos mismos a interminables disputas, divididos en innumerables “denominaciones”, condenados a perpetuas “variaciones”.

Los Apóstoles mismos hablaron antes de escribir ¿Por qué?

Los apóstoles, antes de escribir, predicaron, organizaron, ordenaron y administraron los sacramentos.

1. La Iglesia, hacía treinta años que se extendía sobre las riveras del Mediterráneo, cuando aparecieron los primeros escritos del Nuevo Testamento. En la persona de sus cabezas, había relato con voz viva, la divina historia de Jesús; de su palabra hizo nacer la fe, como lo destaca san Pablo; sin el auxilio de libro alguno, había tomado posesión y usado extensamente la autoridad viva que Cristo le había transmitido para enseñar a las naciones

Hacia falta que fuese así, porque esta autoridad viva debía ser la forma esencial de su magisterio

2. Al igual que, sin escribir, la Iglesia había derramado la fe, sin escribir había realizado la unidad en la caridad, cuya misma autoridad viva debía ser siempre el principio y garantía. Se aísla la para leer; para comprender, se reúne; la voz de los pastores reúne el rebaño. La ausencia de libro favorece la unión de los fieles y de los Apóstoles: éstos eran la única fuente de información, se agrupo en torno de ellos, porque eran los testigos de Cristo, que lo habían visto, escuchado, tocado; que habían comido con él durante tres años y después de su Resurrección: así se constituyó “una comunidad de personas vivas”, en torno de los jefes viviente. Treinta años de esta vida social crearon nexos de amor confiante y obediente, demasiado fuertes para ser quebrados por las distensiones del libre examen [4].

3. Los Apóstoles, sin embargo, no tenían las mismas razones que Jesús para no tomar la pluma; tenían, por el contrario, lo veremos, más adelante, excelentes razones para escribir cuando el tiempo llegara; no faltaron a su misión, que era completar la Sagrada Escritura mientras sembraban la palabra de Dios.

4. Pero, escribieron sólo cuándo su autoridad, la autoridad de la Iglesia, fue establecida y reconocida; demostraron claramente

A. Que no dependía de sus libros:

B. Que tenía la propiedad exclusiva de esos libros con el derecho exclusivo de interpretarlos, ya que viviendo en ellos, ella misma los había compuesto;

C. Que la iglesia de todos los tiempos tendría la misma propiedad y el mismo derecho, ya que la Iglesia primitiva viviría en ella como el niño en el adulto. En ningún siglo podría renegar de ellos, ni corregirlos, ni corregir, porque, maestra infalible, no podría renegar ni corregir sus obras, escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo, pero mucho menos los extraños ni ninguno de sus hijos podría rechazarlas, apropiárselas, explicarlas de manera distinta que ella, ni con mayor razón juzgar, criticar, contradecir su interpretación.

D. La consumación de la salvación: Finalmente, se terminaría por el relato de la Pasión, sobre la cual se extendería más, - de las apariciones de Jesús resucitado, - de la misión solemnemente dado a los Apóstoles,- y de la Ascensión. La cuatro partes de este plan aparecen ya distinguidas en el discurso de San Pedro a Cornelio, rodeado de parientes y amigos (Act 10. 37 a 42). Así, estaba ordenado en su sustancia primitiva, el depósito de la fe; así desde el origen quedó constituido, en sus líneas maestras, el tipo de enseñaza del que San Pablo diría: “Esto es lo que predicamos, esto es en lo que han creído”. La predicación oral fue una excelente preparación para la redacción de los evangelios: una larga experiencia había permitido a los apóstoles elegir en el tesoro inagotable de sus recuerdos, los que por su naturaleza debían iluminar más, y hacer conocer más la persona, la doctrina y la obra de Jesús.

[1] “La palabra es una semilla” (Lc. 8. 11 – Hch. 4. 26).

[2] “La palabra fue sembrada” por los Apóstoles (Hch. 13.49).

[3] Mis palabras no son mías, sino del Padre que me ha enviado” (Jn 14 24).

[4] C.f. Huby s.j. L’Evangile et les Evangelistas. Ch. I. p. 19.