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Sábado, 29 de abril de 2017

Estampas del Ángel de la Guarda

De Enciclopedia Católica

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Compañeros dados a los hombres (Pío XII a los peregrinos estadounidenses, 3 de octubre de 1958)

Después de un largo periplo han venido a Roma, madre amante de sus almas. Han atravesado el Océano y el Mediterráneo, visitando las villas y los santuarios ricos de santos recuerdos; han visto ya muchas cosas de este mundo. Y su viaje aún no ha terminado. La tierra y el cielo, las colinas y los valles, los centros de los diferentes países con sus monumentos antiguos y sus habitantes modernos, todo eso ya ha sido contemplado por sus ojos. Y cuando la noche misteriosa descendía sobre el mar inmenso, disipando del cielo la luz deslumbrante, la creación se extendía a sus ojos con las milicias celestes de las estrellas y de los planetas que se muestran para reflejar la gloria de su Creador. ¡Qué grande y bello, pensarían entonces, es este mundo visible!

Pero el mes de octubre es un mes donde esta visión se borra un momento, recuerdan a nuestro espíritu interior que hay otro mundo, un mundo invisible, pero sin embargo tan real como el que ven cerca de ustedes. Ayer, la Iglesia celebró la fiesta de los santos ángeles. Son los habitantes de ese mundo invisible que los rodea. Estaban en las villas que visitaban como los guardianes de la Providencia de Dios; fueron los compañeros de su viaje. ¿No dijo Cristo de los niños que fueron siempre tan queridos para su corazón puro y amante: “Sus ángeles en los cielos ven sin cesar la cara de mi Padre que está en los cielos”? ¿Y cuando los niños se hacen adultos, sus ángeles los abandonan? Ciertamente no. “Cantemos a los ángeles guardianes de los hombres”, decía la liturgia de ayer, “compañeros celestes que el Padre ha dado a su frágil naturaleza para que no sucumba a los enemigos que la acechan”. Este mismo pensamiento es recurrente en los escritos de los Padre de la Iglesia. Cada uno, por humilde que sea tiene ángeles para velar por él. Son gloriosos, puros, magníficos y sin embargo, les han sido dados como compañeros de camino, están encargados de velar cuidadosamente sobre ustedes para que no se aparten de Cristo, su Señor. Y no sólo quieren defenderlos contra los peligros que los acechan a lo largo del camino, sino que se mantienen de una manera activa a su laso, alentando sus almas cuando se esfuerzan por subir cada vez más alto hacia la unión de Dios por Cristo.

Amadísimos peregrinos, al recibirlos a comienzos de octubre, no podemos dejarlos sin exhortarlos brevemente a despertar y avivar su percepción del mundo invisible que los rodea – “porque las cosas visibles no existen sino por un tiempo, las invisibles son eternas”- y a mantener ciertas relaciones familiares con los ángeles que son tan constantes en su cuidado por su salvación y su santidad. Pasarán, Dios lo quiere, una eternidad de gozo con ellos; aprendan a conocerlos desde ahora.

¡Que los ángeles lleven nuestra oración hasta el pie del trono de Dios y puedan, por la intercesión de su gloriosa reina, traerles gracias innumerables de parte de su divino Salvador!



Nuestros deberes frente a los santos ángeles (Pío XI a los niños, 2 de septiembre de 1934)


San Bernardo, el devoto de María, el amigo del Corazón de Jesús es también, se puede decir el chantre, el heraldo de los Ángeles guardianes. El santo doctor dice a cada niño, a cada ser humano que tiene un ángel, que jamás debe olvidar ese compañero de vida y rendirle “el respeto por su presencia, la devoción por su benevolencia y la confianza por su buena guardia”. El ángel de Dios nos acompaña, en efecto, con su presencia, y nos defiende con su buena guardia: Ves enseguida las disposiciones con las cuales san Bernardo nos sugiere tan bien responder a semejante bondad:

“El respeto por la presencia”. No hay que olvidar jamás la presencia del Ángel guardián, de ese príncipe celeste que jamás debe enrojecer ante nosotros. Justamente el gran doctor agrega, explicando el sentido de ese deber de respeto, y hablando de sí mismo: “No hagas en presencia del ángel lo que no harías en presencia de Bernard”. De la misma manera, estos queridos niños no deberían nunca hacer nada que pudiese ofender al ángel que tiene cuidado de su persona, no hacer lo que no harían delante del papa, delante de su propio padre y su propia madre, ni tampoco delante del más humilde de sus compañeros. Y es bueno recordar, siempre a este respecto, lo que agrega el mismo san Bernardo cuando, jugando con las palabras, agrega enseguida que en todo ángulo se encuentra un ángel”: en todo lugar, en todo momento el ángel está presente. Por tanto, “el respeto por la presencia; es decir una continencia siempre respetuosa y diferente, un homenaje conforme a la dignidad del cristino, templo del Espíritu Santo, amigo de Jesucristo, admitido a la comunión del Cuerpo y la Sangre divinos después de haber sido regenerado por el agua del bautismo, en esa sangre preciosísima.

“La devoción por la benevolencia”. El ángel guardián no sólo está presente, sino su compañía desborda de ternura y de amor; lo que requiere además de nuestra parte, respecto de él, un amor hecho de ternura, es decir la devoción. La devoción agrega algo a la piedad filial, incluso a la que se experimenta y se muestra hacia Dios. Una piedad devota quiere decir una piedad delicada que trae consigo la donación de toda el alma, de todo el corazón. El ángel de Dios está siempre con nosotros, en nuestra vida, con su solicitud y su afecto excepcional. Por lo tanto, hay que serle devoto: no solamente rendirle afecto por afecto, sino devoción. La devoción se actualiza en la práctica de cada día, invocando su ángel al principio y al fin de cada día. Los invitamos, queridos niños, imitar en este punto al papa. Al principio y al fin de cada día de su vida, invoca a su Ángel guardián; y a menudo renueva esta invocación a lo largo del día, especialmente cuando las cosas por hacer son un poco complicadas y difíciles, lo que ocurre a menudo. Ahora bien, tiene que decir, siempre por deber de reconocimiento hacia su Ángel guardián, que se siente siempre asistido por él de manera admirable, aunque una gratitud particular viene a asociarse a otros tantos motivos por los cuales se siente deudor respecto del espíritu celeste que lo asiste. A menudo ve y percibe que su ángel está ahí, cerca suyo listo a asistirlo, a ayudarlo. Es igualmente lo que hacen los ángeles de todos estos queridos pequeños: siempre presentes, siempre amantes, siempre vigilantes. De ahí, repitámoslo, la necesidad de recurrir frecuentemente a ellos con devoción.

“La confianza por la buena guardia”. Saberse guardado por un príncipe de la corte celestial, por uno de esos espíritus elegidos, de los que el Señor –hablando propiamente de los niños- ha dicho que ven siempre la Majestad de Dios en el esplendor del paraíso, lo que no sólo inspira respeto y devoción sino también suscita la mayor confianza. La confianza, que es bien distinta de la audacia terrestre, es necesaria y debe sostener, especialmente cuando el deber es difícil y se encuentra abrumador el conjunto del buen propósito. En ese momento, de manera más acentuada, se debe esperar la ayuda, la defensa y la guarda de los santos ángeles; y verdaderamente en ese sentimiento de confianza, se destaca además y de manera más evidente la necesidad de la oración, que es precisamente la expresión auténtica y espontánea de la confianza.

Y de nuevo insistimos con gran solicitud paternal en la necesidad del respeto, del amor y de la oración confiada por parte de los niños católicos hacia sus propios ángeles bajo la conducción y según la sublime invitación de san Bernardo.

Apropiándonos de esta palabra del santo, que hemos tenido la suerte de encontrar en los comienzos de nuestra vida, hemos podido conocer y sentir la luz benéfica. Contribuyó con todo lo que pudimos realizar por la gracia divina en nuestra vida. Y seguramente a él le debemos el apoyo y la confianza necesarios para todo el tiempo de existencia que plazca a Dios concedernos todavía. Por eso deseamos tanto y deseamos que ese sea el programa luminoso de la vida de estos niños privilegiados, gracias al cual podrán ser siempre dignos de la presencia continua, a su lado, de un príncipe celeste; siempre tiernamente devotos a este amigo tan fiel, tan grande, y siempre estado de gozar y de beneficiarse de su guarda benefactora y sabia.


Siempre a nuestro lado en la ruta (Juan XXIII, 9 de agosto de 1961)


Estos encuentros que se suceden en Roma y aquí en la residencia de verano del “Castello”, y sus innombrables hijos espirituales, constituyen u motivo de dicha y de emoción profunda. Lo son igualmente al mediodía, los domingos y días de fiesta, cuando suena el Ángelus, Continúan la evocación del diálogo entre el Mensajero celeste y la dulce Madre de Jesús y nuestra Madre, que resume el más alto misterio de la vida y de la historia – diálogo seguido de la dulcísimo invocación: Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis – que hace nacer en el corazón una ternura, una exaltación que son ya como una degustación del paraíso.

En realidad, estamos hechos de tierra, los hijos del hombre, pero todos aspiramos al cielo.

Nuestra vida es un peregrinaje que nos transporta de un punto al otro del globo terrestre. El término de nuestro viaje resplandece en el cielo y es el paraíso para el cual hemos sido creados; y nuestros años, los años de cada uno, se suceden rápidamente sobre las diversas rutas que surcan el mundo habitado. Vivir, es moverse, es encontrarse… Desgraciadamente este encuentro no siempre es sereno y dichoso; a menudo es un choque terrible y funesto.

¿No es cierto que nunca se llegará, como en nuestra época, a tal perfección de medios eficaces y rápidos para alcanzar ese viaje sobre las vías de la tierra, del mar y de los cielos? Para también es igualmente frecuente y doloroso tener que constatar que el viaje termina en tragedia de muerte y lágrimas.

En efecto, tenemos delante de nosotros las estadísticas impresionantes de los muertos y de los heridos en accidentes de tránsito, que alcanzan casi numéricamente los desastres de las guerras de tiempos pasados.

Los progresos de la ciencia y de la tecnología colocan, pues, a la humanidad ante un problema inesperado, que se agrega al gran y terrible problema de las inquietudes humanas actuales, cuya solución parece incierta y amenazadora.

Ahora bien, queridísimos hijos, permítannos ahora, para recordar los deberes de conciencia concernientes a los peligros de la ruta, indicar, según la doctrina de la Iglesia, una protección celeste segura y preciosísima, que representa uno de los puntos resplandecientes de la enseñanza cristiana: es decir la intervención de las falanges angélicas, creadas por Dios para su servicio y enviadas por la Santísima Trinidad para la protección de la Santa Iglesia, de sus hijos del mundo entero.

Esta protección es, en el uso de la buena vida cristiana, una devoción que ocupa, en el espíritu de aquel que sabe penetrarla bien, un lugar de honor especial y es un motivo de suavidad y de ternura.

Permitan que nuestra voz, que se ha elevado para una advertencia paternal y emocionada a favor de la vida humana, de toda vida, de las suyas y de las otras, reencuentre aquí, hacia el fin de nuestra simple conversación, las primeras notas del lenguaje angélico, que estamos felices de repetir con el acento más emocionado, como el del Angelus.

La evocación de los espíritus sublimes, que la solicitud vigilante del Padre celeste colocó y coloca al lado de cada uno de sus hijos, infunde dicha y coraje.

Los ángeles del señor escrutan, en efecto, el fondo de nuestro corazón y querrían hacerlo digno de favores divinos.

A ellos fue igualmente confiada la labor de guiar nuestros pasos. Y ¿cómo este pensamiento no podría suscitar una justa emoción delante del espectáculo, casi cotidiano, de la sangre que baña las rutas y clama piedad al cielo por tantas vidas humanas preciosas, de vidas jóvenes llenas de promesas, truncadas inútilmente e inconsideradamente?

Por esto, nuestro sentimiento de viva caridad paternal nos ha sugerido dar una resonancia especial a la invocación de los santos ángeles guardianes. Su presencia penetra y envuelve toda la historia de los siglos: al lado de nuestros primeros padres, luego guías del pueblo elegido, de sus reyes y profetas, hasta Jesús mismo y a sus Apóstoles.

¿La llamada suplicante a la intervención de los ángeles, encargados de velar sobre nuestra infancia y nuestro peregrinaje – a toda edad y en toda circunstancia de nuestra vida y de nuestra acción- no creen que logrará tocar a aquel que está fascinado por la velocidad, al punto de imponer finalmente el respeto absoluto y universal de las leyes que regulan el tráfico?

La dulce y ferviente penetración de la piedad hacia los ángeles quiere decir ser propicia a los pensamientos, a las voluntades, a las fuerzas mismas de la técnica, que una emulación mal entendida y una búsqueda se superioridades pueden conducir a la ruina.

Por eso, nuestro deseo es que se aumente la devoción hacia el Ángel guardián. Cada uno tiene el suyo y puede conversar con los ángeles y sus semejantes.


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  • Estampas del Ángel de la Guarda

Selección de imágenes: José Gálvez Krüger