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Jueves, 23 de octubre de 2014

Algonquinos

De Enciclopedia Católica

Los indios conocidos por este nombre fueron, probablemente, en un tiempo los más numerosos de todas las tribus Norteamericanas. Sin embargo, las migraciones, la endogamia, las alianzas políticas, la absorción mayoritaria de los cautivos y las deserciones hacen imposible que se puedan fijar los límites tribales con algún grado de exactitud; aunque se dice que los Algonquinos erraban por todo el territorio desde lo que hoy es Kentucky hasta la Bahía de Hudson, y desde el Atlántico hasta el Misisipi e incluso más allá.

Entre ellos se pueden contar a los micmacs, abenaquis, Montagnais, Penobscots, Chippewas, Mascoutens, Nipissings, Sacs, Pottowatomies e Illinois, los Pequods de Massachussets, los Mohegans de Nueva York, y los Lenapes de Pennsylvania y Delaware, con muchas tribus menores, las cuales tienen inconfundibles rasgos comunes lingüísticos y físicos. John Eliot y Cotton Mather tenían de ellos un concepto muy pobre, llamándolos “infinitamente bárbaros”.

Los primeros misioneros franceses proporcionaron datos más lisonjeros de su capacidad intelectual, poesía, oratoria, nobleza de carácter e incluso de su destreza mecánica. En su obra “Tribus Indígenas de Estados Unidos”, Drake, aunque refiriéndose a indios más modernos, comparte más bien la segunda opinión, por lo menos en lo que atañe a los algonquinos del Lago Superior.

El nombre de algonquinos parece haberse usado como una designación general; no hay ninguna certeza de que estuvieran reunidos en una confederación, por lo menos no en una tan compacta y permanente como la de los iroqueses, quienes luego los suplantaron y aniquilaron. Cualquier unión que hubieran podido tener, ya se había deshecho antes de la llegada de los blancos. Se entiende que uno de los errores de Champlain fue adherirse a la causa de los algonquinos, ya que su poder no solamente estaba menguando, sino que se habían constituido entonces en vasallos de los iroqueses. Otro error fue hacer la guerra a éstos, enemigos de los algonquinos. Esta política, además, arrojó a los iroqueses al bando de los ingleses con el resultado de tantas guerras cruentas. En su Prefacio a la obra “Relaciones Jesuitas”, Thwaites expresa la opinión de que han representado en nuestra historia una figura mayor que ninguna otra tribu, porque a través de sus tierras llegó el movimiento más importante y agresivo de población blanca, tanto francesa como inglesa. Sin embargo, modernamente, se supone que el número de indígenas nunca fue tan grande como lo estimaron los padres jesuitas y los más antiguos colonizadores ingleses. Una cuidada estimación actual, establece que los algonquinos nunca sobrepasaron las noventa mil almas, incluso posiblemente, ni siquiera las cincuenta mil. Como la cantidad de algonquinos que viven actualmente excede ese número, es más que probable que los primeros misioneros no exageraran y que pudiera haber existido cerca de un millón de ellos, tal como lo afirman muchos historiadores modernos. Las primitivas misiones empezaron con la tribu Micmac de Nueva Escocia y la de los Abenakis en Main. En Tadoussac, la misión fue contemporánea con el primer intento de colonización; se extendía al norte hasta la Bahía de Hudson, a lo largo de los ríos San Lorenzo y Ottawa, hasta los Grandes Lagos en cuyas orillas se encontró a los algonquinos, quienes a veces vivían con la tribu de los hurones, parientes de los iroqueses.

En 1641, Raymbault y Jogues visitaron a los Chippewas, en Sault Ste. Marie. Éstos eran algonquinos, lo mismo que aquellos que, tiempo después, Allouez reunió en su famosa misión de La Pointe junto al Lago Superior. La lengua algonquina ha sido la más cultivada de las norteamericanas. Sus sonidos no son difíciles de aprender, su vocabulario es abundante y sus expresiones, claras. Los antiguos misioneros la apodaban “idioma de corte indígena”. Era el más difundido y fértil en dialectos de todas las lenguas autóctonas. Bancroft afirma que “se hablaba, aunque no era la única lengua, en un territorio que se extendía a lo largo de sesenta grados de longitud y más de veinte de latitud”. Hasta cierto punto, esto facilitaba el trabajo de los misioneros. Eliot tradujo la Biblia al algonquino y el padre Rasle dejó un diccionario abenaki, hoy en posesión de la Universidad de Harvard. Hace poco, el Obispo Baraga de Sault Ste. Marie, Michigan, ha escrito una serie notable de obras como el Catecismo Ojibway, libro que contiene oraciones, himnos, extractos del Antiguo y Nuevo Testamentos, Evangelios del año, una gramática y un diccionario. Los indígenas consideraban a Manabozho, o Gran Liebre, como su antepasado, y la tribu que tenía este tótem merecía el mayor de los respetos. Era el fundador y maestro de la nación, el creador del sol y de la luna, el moldeador de la tierra.

Todavía sigue viviendo junto al Océano Ártico. Al Espíritu Supremo le llamaban Monedo o Manitou, a quien atribuían algunos de los atributos de Dios, pero que no juzga ni castiga el mal. No se consideraba que las malas acciones estuvieran dirigidas contra él. Existe un espíritu maligno al que se le debe rendir propiciación. Junto a él, existen muchos otros que pueden acarrear toda suerte de desgracias temporales. De allí provienen la superstición universal, la magia, los hechizos y todo lo demás. De acuerdo con una autoridad en la materia, el número de indios de la estirpe de los algonquinos, se estimaba en 1902, en alrededor de ochenta y dos mil almas, de las cuales cuarenta y tres mil estaban en Estados Unidos y el resto en Canadá, excepto unos pocos refugiados en México.


Bibliografía: Drake, Tribus Indígenas de los Estados Unidos; Relaciones con los Jesuitas; Charlevoix, Histoire de la Nouvelle-France.

Fuente: Campbell, Thomas. "Algonquins." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01311b.htm>.

Traducido por Estela Sánchez Viamonte.