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Domingo, 22 de octubre de 2017

San Paulino de Nola en las audiencias de Benedicto XVI

De Enciclopedia Católica

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Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 12 de diciembre de 2007 en la que presentó a San Paulino de Nola

El Padre de la Iglesia que presentamos hoy es san Paulino de Nola. De la época de san Agustín, con quien estuvo unido por una intensa amistad, Paulino ejerció su ministerio en Campania, en Nola, donde fue monje, y luego presbítero y obispo. Ahora bien, era originario de Aquitania, en el sur de Francia, más en concreto de Burdeos, donde nació en el seno de una familia de alta alcurnia. Allí recibió una fina educación literaria, teniendo por maestro al poeta Ausonio. Se alejó de su tierra en una primera ocasión para seguir su precoz carrera política. Siendo todavía joven, desempeñó el papel de gobernador de Campania. En este cargo público destacó por su sabiduría y mansedumbre. En este período la gracia hizo germinar en su corazón la semilla de la conversión. La chispa surgió de la fe sencilla e intensa con la que el pueblo honraba la tumba de un santo, el mártir Félix, en el santuario de la actual Cimitile. Como responsable público, Paulino se preocupó por este santuario e hizo construir un hospicio para los pobres y un camino para hacer más fácil el acceso de los numerosos peregrinos.

Mientras se dedicaba a construir la ciudad terrena descubría el camino hacia la ciudad celestial. El encuentro con Cristo fue el punto de llegada después de un camino arduo, sembrado de pruebas. Circunstancias dolorosas, comenzando por la pérdida del favor de la autoridad política, le hicieron tocar con la mano la caducidad de lo terrenal. Tras descubrir la fe, escribirá: «El hombre sin Cristo es polvo y sombra» (Carmen X, 289). Buscando el sentido de la existencia, viajó a Milán para aprender de san Ambrosio. Después completó la formación cristiana en su tierra natal, donde recibió el bautismo de manos del obispo Delfín, de Burdeos. En su camino de fe aparece también el matrimonio. Se casó con Teresa, una mujer noble de Barcelona, con quien tuvo un hijo. Hubiera seguido siendo un buen laico cristiano, si la muerte del niño a los pocos días no le hubiera sacudido interiormente, mostrándole que Dios tenía otro designio para su vida. Se sintió llamado a entregarse a Cristo en una rigurosa vida ascética.

En pleno acuerdo con su mujer, Teresa, vendió sus bienes para ayudar a los pobres y, junto con ella, dejó Aquitania para ir a vivir a Nola, junto a la basílica del protector san Félix en casta fraternidad, según una forma de vida a la que otros se unieron. El ritmo era típicamente monástico, pero Paulino, que fue ordenado presbítero en Barcelona, comenzó a ejercer también el ministerio sacerdotal con los peregrinos.

Esto le atrajo la simpatía y la confianza de la comunidad cristiana que, al morir el obispo, hacia el año 409, le eligió como sucesor en la cátedra de Nola. Su acción pastoral se intensificó, caracterizándose por una atención por los pobres. Dejó la imagen de un auténtico pastor de la caridad como lo describió san Gregorio Magno en el capítulo III de sus Diálogos, en donde Paulino es retratado en el heroico gesto de ofrecerse como prisionero en lugar del hijo de una viuda. El episodio es discutido históricamente, pero queda la figura de un obispo de gran corazón, que supo estar junto a su pueblo en las tristes contingencias de las invasiones de los bárbaros.

La conversión de Paulino impresionó a sus contemporáneos. Su maestro, Ausonio, poeta pagano, se sintió «traicionado», y le dirigió palabras duras, reprendiéndole por su «desprecio», considerado irrazonable, de los bienes materiales, y por abandonar su vocación de escritor. Paulino replicó que su ayuda a los pobres no significaba desprecio por los bienes terrenales, sino más bien valorarlos con el fin más elevado de la caridad. Por lo que se refiere a sus capacidad literaria, Paulino no había abandonado el talento poético, que seguiría cultivando, sino las fórmulas poéticas inspiradas en la mitología y en los ideales paganos. Una nueva ascética regía su sensibilidad: era la belleza del Dios encarnado, crucificado y resucitado de quien ahora se había convertido en trovador. En realidad, no había dejado la poesía, sino que pasaba a buscar inspiración en al Evangelio, como dice en este verso: «Para mí el único arte es la fe, y Cristo mi poesía» (« At nobis ars una fides, et musica Christus »: Carme XX, 32).

Sus poemas son cantos de fe y de amor, en los que la historia diaria de los pequeños y grandes acontecimientos es vista como historia de salvación, como historia de Dios con nosotros. Muchas de estas composiciones, los así llamados «Cármenes de Navidad», están ligados a la fiesta anual del mártir Félix, a quien había escogido como patrono celestial. Recordando a san Félix, quería glorificar al mismo Cristo, convencido de que la intercesión del santo le había alcanzado la gracia de la conversión: «En tu luz, glorioso, he amado a Cristo» (Carmen XXI, 373). Expresó este mismo concepto ampliando el espacio del santuario con una nueva basílica, que decoró de manera que las pinturas, ilustradas con explicaciones adecuadas, se convirtieran para los peregrinos en una catequesis visual. De este modo explicaba su proyecto en un carmen, dedicado a otro gran catequista, san Niceto de Remesiana, mientras le acompañaba en una visita a sus basílicas: «Ahora quiero que contemples la larga serie de pinturas de las paredes de los pórticos... Nos ha parecido útil representar con la pintura argumentos sagrados en toda la casa de Félix, con la esperanza de que, al ver estas imágenes, la figura dibujada suscite el interés de las mentes sorprendidas de los campesinos» (Carmen XXVII, versículos 511.580-583). Todavía hoy se pueden admirar aquellos vestigios que hacen del santo de Nola una de las figuras de referencia de la arqueología cristiana.

En el cenobio de Cimitile, la vida discurría en pobreza, oración y totalmente sumergida en la lectio divina. La Escritura leída, meditada, asimilada, era el rayo de luz a través del cual el santo de Nola escrutaba su alma en su búsqueda de la perfección. A quien se sorprendía por la decisión de abandonar los bienes materiales, le recordaba que este gesto no representaba ni muchos menos la plena conversión: «Abandonar o vender los bienes temporales poseídos en este mundo no significa el cumplimiento, sino sólo el inicio de la carrera en el estadio; no es, por así decir, la meta, sino sólo la salida. El atleta no gana cuando se quita los vestidos, pues los deja a un lado para poder comenzar a luchar. Sólo recibe la corona de vencedor después de haber combatido como se debe» (Cf. Epístola XXIV, 7 a Sulpicio Severo).

Junto a la ascesis y a la Palabra de Dios, la caridad: en la comunidad monástica los pobres se sentían en su casa. Paulino no se limitaba a darles limosna: les acogía como si fuera el mismo Cristo. Les reservaba un ala del monasterio y, de este modo, no tenía la impresión de dar, sino de recibir, en el intercambio de dones entre la acogida ofrecida y la gratitud hecha oración de aquellos a quienes ayudaba. Llamaba a los pobres sus «dueños» (Cf. Epístola XIII, 11 a Pamaquio) y, al observar que se alojaban en el piso inferior, les decía que su oración desempeñaba la función de los cimientos de su casa (Cf. Carmen XXI, 393-394).

San Paulino no escribió tratados de teología, sino que sus cármenes y su denso epistolario están llenos de una teología vivida, penetrada por la Palabra de Dios, escrutada constantemente como luz para la vida. En particular, expresa el sentido de la Iglesia como misterio de unidad. Vivía la comunión sobre todo a través de una profunda práctica de la amistad espiritual. En este sentido, Paulino fue un verdadero maestro, haciendo de su vida un cruce de caminos de espíritus elegidos: de Martín de Tours a Jerónimo, de Ambrosio a Agustín, de Delfín de Burdeos a Niceto de Remesiana, de Vitricio de Rouen a Rufino de Aquileya, de Pamaquio a Sulpicio Severo, y muchos más, ya sean conocidos o no. En este clima nacen las intensas páginas que dirigió a Agustín. Independientemente de los contenidos de las diferentes cartas, impresiona el ardor con el que el santo de Nola canta la amistad misma, como manifestación del único cuerpo de Cristo animado por el Espíritu Santo.

Este es un significativo pasaje de los inicios de la correspondencia entre los dos amigos: «No hay que sorprenderse si nosotros, a pesar de la lejanía, estamos juntos y sin habernos conocido nos conocemos, pues somos miembros de un solo cuerpo, tenemos una sola cabeza, hemos quedado inundados por una sola gracia, vivimos de un solo pan, caminamos por un camino único, vivimos en la misma casa» ( Ep ístola 6, 2). Como puede verse, se trata de una bellísima descripción de lo que significa ser cristianos, ser Cuerpo de Cristo, vivir en la comunión de la Iglesia. La teología en nuestro tiempo ha encontrado precisamente en el concepto de comunión la clave para afrontar el misterio de la Iglesia. El testimonio de san Paulino de Nola nos ayuda a experimentar la Iglesia tal y como la presenta el Concilio Vaticano II: sacramento de la íntima unión con Dios y de este modo de la unidad de todos nosotros y por último de todo el género humano (Cf. Lumen gentium, 1). Con esta perspectiva os deseo a todos vosotros un feliz tiempo de Adviento.