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Sábado, 21 de octubre de 2017

San José: Iconografía del Santo Custodio

De Enciclopedia Católica

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En el contexto de la exhortación apostólica Redemptoris Custos de Juan Pablo II se vuelve a poner de relevancia el amparo especial que San José ejerce sobre la Iglesia Católica atendiendo a varias razones. Entre ellas, como señala el propio título del documento, su papel de “custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia”. A decir verdad, esta imagen de San José como padre tutelar del Niño Jesús recogía toda una tradición literaria anterior expuesta, por ejemplo, en la obra de Fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios cuando dice: “Considere quien fuere devoto de San José que sin armas, ni ejército de soldados, ni muros, baluartes y fortalezas, sólo, viejo y pobre defendió al Emperador de todo el mundo del poder del Rey Herodes cuando le quiso matar…”. Incluso podemos llegar a rastrear algún eco iconográfico derivado de esta cuestión como el San José vestido con poncho y espuelas de capitán que José Ignacio Rey localizó en el Museo de santos de palo en Puerto Rico. Al tratar de encontrar una fuente para tan sorprendente iconografía, el autor rescata unos versos de Sor Juana Inés de la Cruz en los que llama al santo “capitán de la guardia del Rey”, un villancico chileno que se dirige a él como “Señor San José, Sargento Mayor” y una estrofa del cancionero popular portorriqueño donde se le describe como un militar.

San José, patrón de las milicias

Trasladados a un marco más amplio, estos testimonios artísticos y literarios insisten en presentar a San José como garante de la unidad de la Iglesia, entendida ésta como imagen de Cristo cuya integridad física defiende José. Sin embargo, en ciertos momentos de la historia, su condición de miles Christi acabará siendo aplicada con un sentido literal dentro de un escenario político, dando lugar al surgimiento de un nuevo patrocinio josefino.

En efecto, el nombre de San José será con frecuencia invocado en situaciones de conflicto armado como cuando en 1695 la población de Turín decide encomendarse al santo en medio del asedio francés o cuando en 1488 los habitantes de Novara consiguen la victoria sobre sus sitiadores savoyanos tras haberse puesto en manos de San José. Del mismo modo, la Biblioteca Nacional de Madrid conserva la traducción castellana de unos Honores tributados a San Joseph por la Iglesia Catedral y ciudad de Toul en cuyo original francés –fechado en 1650- se invoca a San José como “príncipe de la Paz” rogando por el fin de los conflictos que asolaban Francia por aquellos años. Ahora bien, si en algún momento se recurrió de manera especial al auxilio de San José, fue en aquellas circunstancias en las que el enemigo a batir supuso una amenaza para la fe católica. Por esta razón, San José adquiere un protagonismo destacado en el contexto de las llamadas “guerras de religión”. Es el caso de la “Guerra de los 30 años” tras cuyo final Fernando III de Habsburgo consagra el imperio austriaco a San José en agradecimiento por la victoria.

Pero al margen de su pugna con los protestantes, las naciones católicas convirtieron en otra cruzada por la fe sus luchas frente al Islam, implorando aquí también el socorro de San José. Así sucede de nuevo en Austria que atribuirá su victoria ante los turcos en la Batalla de Viena a la intercesión del santo patriarca. Por lo que respecta a España, estas actuaciones provocarán un proceso imitativo que lleva a Mariana de Austria a solicitar el patrocinio josefino sobre los reinos españoles. A pesar de su brevedad –apenas un año desde que se logra en 1679- será considerado clave en el reestablecimiento de la paz con Francia así como en la derrota de los corsarios de la Inglaterra protestante. Otro dato muy significativo será el hecho de que una de las primeras iglesias levantadas en territorio andalusí tras el fin de la Reconquista y edificada sobre una antigua mezquita lleve precisamente el nombre de San José.

Pero es que en el caso español, tendrán también la consideración de “santa cruzada” aquellas expediciones ultramarinas que se llevan a cabo a raíz del descubrimiento de América. En esta ocasión, San José será invocado para vencer toda resistencia a la llegada del nuevo credo y del nuevo orden. Así, por ejemplo, sus Desposorios serán celebrados en Mérida como acción de gracias por la derrota de unos indios sublevados. Igualmente se habla de cómo el Capitán Quiroga fue capaz de someter a las tribus salvajes de las islas Marianas gracias a su confianza en el auxilio de San José.

Con tales antecedentes, no resulta extraño que España volviera a acudir a San José en otro amargo trance de su Historia: la ocupación francesa de 1808. Existen testimonios puntuales como los de las Madres carmelitas de Burgos, cuyas crónicas narran cómo se vieron obligadas a salir del convento durante la guerra siendo auxiliadas por el propio San José quien les indica el camino para escapar. Sin embargo, ninguno tan llamativo como el documento que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid con el título de Sermón en acción de gracias al patriarca San Josef por la defensa de Valencia contra el ejército francés día 28 de junio de 1808 y en reconocimiento a la protección del mismo santo invocada sobre los heridos en el combate de Quarte y ataque expresado. Firmado por el agustino Vicente Facundo Labaig y Lassala, a lo largo de sus páginas se concibe el conflicto como un remedo de aquellas antiguas “guerras de religión” donde ya no es Lutero el enemigo a vencer, sino la descreída Francia. La invocación a San José como defensor de la fe estaría por tanto justificada frente a la instauración de un gobierno laico, pero es que además, este sermón ve la luz en Valencia, feudo josefino por antonomasia y bastión de la resistencia frente al francés. Por si esto fuera poco, el propio autor nos aclara que él mismo había pedido la victoria al santo el 19 de enero de 1806 atribuyéndole por tanto la liberación. De hecho, refiere toda una serie de avances por parte de las tropas españolas conseguidos gracias al favor de San José y justificados, una vez más, por su condición de “Custodio del Redentor”:

“¿Quién pudo conservarnos en estos días de turbación y de dolor la santidad de nuestros altares, la majestad de nuestro culto y la hermosura de la iglesia, sino el mismo que la salvó en su nacimiento del furor de las persecuciones? ¿Quién arrancó a tantos niños de las manos de unos bárbaros soldados sino el mismo que libertó al niño Dios del furor de un Herodes?...”

Consecuencias de este patrocinio en el arte y la iconografía

A efectos iconográficos, la presencia de San José en todos estos acontecimientos de orden político y militar tendrá también su repercusión. Así por ejemplo, Leopoldo I de Austria levantará al santo una estatua de plata en señal de gratitud tras la expulsión de los turcos de Viena, mientras que los Reyes Católicos –como ya dijimos- consagrarán al patriarca una mezquita reconvertida en iglesia. Por su parte, D. Baltasar de Zúñiga, virrey de Nueva España, dedicará a San José un retablo en el convento del Corpus Christi “porque la conquista de las Indias se debió a su jurado patrocinio…”. A su vez, el mismo personaje bautizará como “Bahía de San José” a cierto territorio ganado por su espada en la región de Nueva Sigüenza. Otro tanto sucederá en Italia, concretamente en Venecia. Allí, en la iglesia de San José de Castello, se levantará un altar dedicado al santo cuya imagen titular, a modo de exvoto, se acompaña de tres galeras en referencia al triunfo de Lepanto.

El mismo carácter de exvoto tendrá la costumbre de añadir a las imágenes del santo elementos tales como proyectiles fallidos o pliegos de papel conteniendo súplicas por la paz. En el primer caso, esta singular rutina dará lugar a advocaciones e iconografías tan sorprendentes como el llamado “San José de la bomba”, mencionado en algunos testimonios surgidos durante los convulsos años de la República Italiana o, ya en el siglo XX, durante la no menos violenta guerra civil salvadoreña. Mientras, en lo que atañe a las plegarias escritas en favor la paz y depositadas junto a la imagen del santo, el mismo sermón de Labaig explicando cómo “su santa imagen es la que opone al enemigo: por sus manos despacha los memoriales al cielo” nos hace pensar que también en aquella ocasión pudo haberse llevado a cabo esta piadosa práctica. Fuese o no así, la cita nos remite a su vez a otra manifestación iconográfica que casi parece describir y que quizá llegó a inspirar las encendidas palabras de Labaig. Nos referimos a aquellas escenas conocidas como “Despacho de San José” donde el santo tramita –literalmente- los ruegos que sus devotos dirigen a Cristo y uno de cuyos mejores exponentes lo hallamos en la pintura que José de Alcíbar firma en 1771.

Por lo demás, no sólo en las artes plásticas sino también en la arquitectura parece hallar reflejo esta dimensión josefina cuando, por ejemplo, uno de los baluartes integrados en la muralla de Badajoz toma el nombre de San José. A su vez, en la localidad oscense de Latorre existe una iglesia dedicada al santo que casualmente formó parte de una antigua casa fuerte, origen tal vez del toponímico.

San José, protector de monarcas

Otra de las posibles vertientes que tuvo la advocación de San José como Custodio del Redentor fue el hecho de que muchos monarcas católicos lo tomaran por patrón y abogado suyo. Es fácil adivinar que el origen de este patrocinio procede de considerar a San José guardián de Cristo Rey, una imagen popularizada también a través de la literatura piadosa utilizando en ocasiones un lenguaje cortesano y colorista para facilitar la visualización del concepto. Así dice Jerónimo Aldovera y Monsalve en sus Discursos de las fiestas de los Santos (Zaragoza, 1626) que “San José fue el Presidente del Consejo Real de Dios en la tierra, el Maestro del Sacro palacio, el Camarero de la Reyna, el de la Llave dorada, para entrar y salir a la recámara Real”. Del mismo modo, Fray Alonso Guerrero citaba entre las “excelencias de San José” su función de “Ayo de Nuestro Señor”, una expresión de raigambre teresiana cuya aplicación iconográfica la encontramos, por ejemplo, en un episodio recogido por Sánchez Molero sobre la infancia de Felipe II. En él se narra cómo el príncipe ayudó a ataviar una imagen de San José con las prendas propias del oficio cortesano de ayo. Así pues, la ceremonia tendría como fin apelar al papel de San José como preceptor de Cristo para que lo fuera también del príncipe, protegiéndole.

Ahora bien, dicha imbricación entre San José y la monarquía española parece remontarse ya a épocas anteriores, como se deduce a partir de las decoraciones que ornan las claves del claustro de Santa María la Real de Irache en Ayegui, Navarra. En ellas aparecen una serie de santos acompañados por diversos personajes colocados bajo su amparo. Así por ejemplo, a los pies de Cristo aparecen los apóstoles, junto a la Virgen, santas y monjas; junto a San Benito, abades; junto a San Martín, obispos y junto a San Pedro, papas. Atendiendo a estas vinculaciones, no podemos considerar casual la presencia en otro pinjante de San José cobijando a una serie de frailes y al propio monarca.

Esta temprana intención de manifestar a través de la iconografía la protección de San José sobre la monarquía adquirirá un carácter más generalizado con el desarrollo del absolutismo en Europa. Las monarquías adheridas a este sistema dependen en gran medida para su sostenimiento en la creencia de un origen divino que legitime su lugar en el trono. Comprendiendo la necesidad de explotar este aspecto ante sus súbditos, las diferentes dinastías reinantes recurrirán a la instrumentalización política de la devoción josefina como apoyo a sus pretensiones. Para ello incidirán en esa condición otorgada al santo de poder asegurar la unidad de los cristianos, a sabiendas de que la cohesión de sus reinos venía establecida muchas veces por medio de la fe católica como nexo de unión. Y de nuevo aquí la iconografía podría haber sido utilizada como instrumento político al servicio de la corona. Así, por ejemplo, Chorpenning observa cómo la pintura colonial en Hispanoamérica representa muchas veces al santo coronado, de cuerpo entero, con un cortinaje detrás y con sus atributos de santidad sobre una mesa, siguiendo una composición paralela a los retratos de corte propios de los últimos Austrias. Paralelamente, en la iglesia de San Martín de Zillis en Suiza, San José aparece llevando un cetro en la mano siendo de igual modo significativa la existencia en la localidad burgalesa de Lerma de una cofradía llamada “Corte de San José” en la que se tributaban al santo honores de soberano.

Tales demostraciones de piedad han de entenderse como una forma de honrar a San José en agradecimiento a sus desvelos durante la infancia de Jesús pero en el contexto político al cual nos referimos es posible que el tipo iconográfico de San José con el Niño –en palabras de Egido López- sea un trasunto de la concepción paternalista que del Estado tienen los gobiernos despóticos en época ilustrada. No en vano, el monarca portugués José I mandó colocar en 1758 dentro del convento franciscano de Xábregas una estatua dedicada a su patrón con el sintomático título de “Padre de los Hombres”. Además de servir como aserto a la teoría anterior, este dato implica un deseo por parte del rey de rendir homenaje a su patrón de bautismo, circunstancia que se repetirá en el caso español con la subida al trono del hermano de Napoleón, José I.

En efecto, aunque la defensa del catolicismo no caracterizará su gobierno, el rey intruso supo aprovechar la coincidencia de su patronímico para granjearse si no el afecto, al menos la indulgencia del pueblo. Como testimonio documental de dicha maniobra, la Biblioteca Nacional de Madrid guarda unos papeles con fecha del 18 de marzo de 1811 correspondientes al Bando por el que se manda celebrar con pompa y solemnidad en Sacedón (corregido Auñón) los días del rey intruso José Bonaparte. Todas las disposiciones que contiene -marcadamente populistas- evidencian un claro objetivo legitimista por parte de José I. Pese a todo, no deja de resultar irónico que durante la guerra contra los franceses, la facción independentista acudiera precisamente a San José para que les librara del yugo invasor. De hecho, en su regreso a España desde el exilio, Fernando VII ingresará junto con su esposa en la Cofradía de la Real Esclavitud de San José de Barcelona, a modo de agradecimiento. De esta manera, Fernando VII agradecía de cara al pueblo la protección dispensada por el santo mediante un acto cargado de simbolismo que venía a reafirmar los fundamentos católicos –y en cierto modo también josefinos- del trono español, dando por superados los cinco años de interrupción dinástica. No era ésta, sin embargo, la primera ocasión en que el monarca hacía público alarde de su devoción a San José pues en 1815, el pintor de corte Vicente López Portaña lleva a cabo un retrato del rey que titula “Fernando VII pide por al felicidad de sus vasallos a San José y al Niño”. En él puede verse al soberano entregando a San José un compendio de oraciones en acción de gracias por su probada intercesión referida, fundamentalmente, a la guerra contra los franceses. Al parecer, el diseño de Vicente López convertido en estampa iba destinado a servir de ilustración a un pliego devocional editado en 1816 que debió gozar de un notable éxito conociendo varias reediciones e incluso alguna copia al óleo. De esta forma, la intención propagandística de la obra queda muy clara al presentarnos al rey como mediador entre sus súbditos y el Cielo, legitimando así su condición de soberano “por la gracia de Dios”.

Conclusión

A través de este breve recorrido histórico hemos pretendido aproximarnos a la realidad de un patronazgo atribuido a San José cuya naturaleza resulta, cuanto menos controvertida. En efecto, a diferencia de otros casos, este singular patrocinio josefino adquiere un carácter partidista que parece empequeñecer la figura del santo patriarca poniéndolo al servicio de intereses tan mundanos como la guerra o las cuestiones de Estado. Será necesario, sin embargo, encuadrarlo en un contexto histórico muy concreto para poder entender tan sorprendente invocación como fruto de la profunda confianza que los cristianos depositaron en aquel que fue llamado a ser Custodio del Redentor y al que finalmente la Iglesia rescató para colocarlo en su justo lugar. Así pues, a través de la Quamquam Pluries y la Redemptoris Custos, la veneración a San José quedará exenta de cualquier forma de instrumentalización política devolviéndonos una imagen del santo como Padre y Protector no ya de un pueblo o de una nación concretos, sino de todo el conjunto de la Iglesia. De aquellas épocas pasadas en las que la devoción a San José tuvo implicaciones más allá de la propia fe permanecerán como recuerdo un buen número de manifestaciones artísticas capaces de ilustrarnos sobre la trascendencia de este fenómeno y fundamentalmente, sobre la piedad de unos hombres que creyeron tener al santo de su lado. Lo que ellos no sabían es que el favor de San José se derrama sobre toda la Humanidad y que precisamente por esta razón, también les alcanzó a ellos.

Sandra Arriba


Selección: José Gálvez Krüger

Fuente IX Congreso de Josefología , Polonia.