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Viernes, 20 de octubre de 2017

San Gregorio Nacianceno en las audiencias de Benedicto XVI (II)

De Enciclopedia Católica

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Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 22 de agosto de 2007 en la que presentó las ENSEÑANZAS de san Gregorio Nacianceno

En los retratos de los grandes padres y doctores de la Iglesia que trato de ofrecer en estas catequesis, la última vez hablé de san Gregorio Nacianceno, obispo del siglo IV, y hoy quisiera seguir completando el retrato de este gran maestro. Hoy trataremos de recoger algunas de sus enseñanzas.

Reflexionando sobre la misión que Dios le había confiado, san Gregorio Nacianceno concluía: «He sido creado para ascender hasta Dios con mis acciones» («Oratio 14,6 de pauperum amore»: PG 35,865). De hecho, puso al servicio de Dios y de la Iglesia su talento de escritor y orador. Escribió numerosos discursos, homilías y panegíricos, muchas cartas y obras poéticas (¡casi 18.000 versos!): una actividad verdaderamente prodigiosa. Había comprendido cuál era la misión que Dios le había confiado: «Siervo de la Palabra, me adhiero al ministerio de la Palabra, que nunca me permita descuidar este bien. Yo aprecio y gozo con esta vocación, me da más alegría que todo lo demás» («Oratio 6,5»: SC 405,134; Cf. también «Oratio 4,10»).

El nacianceno era un hombre manso, y en su vida siempre trató de promover la paz en la Iglesia de su tiempo, lacerada por discordias y herejías. Con audacia evangélica se esforzó por superar su propia timidez para proclamar la verdad de la fe. Sentía profundamente el anhelo de acercarse a Dios, de unirse a Él. Lo expresa él mismo en una poesía, en la que escribe: «grandes corrientes del mar de la vida, agitado de aquí a allá por impetuosos vientos; había sólo una cosa que quería, mi única riqueza, consuelo y olvido de los cansancios, la luz de la santa Trinidad» («Carmina [histórica]» 2,1,15: PG 37,1250ss.).

Gregorio hizo resplande cer la luz de la Trinidad, defendiendo la fe proclamada en el Concilio de Nicea: un solo Dios en tres Personas iguales y distintas —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, «triple luz que se une en un único esplendor» («Himno vespertino: Carmina [histórica]» 2,1,32: PG 37,512). De este modo, Gregorio, siguiendo a san Pablo (1 Corintios 8,6), afirma: «para nosotros hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas; un Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas, y un Espíritu Santo, en el que están todas las cosas» («Oratio 39»,12: SC 358,172).

Gregorio puso muy de relieve la plena humanidad de Cristo: para redimir al hombre en su totalidad de cuerpo, alma y espíritu, Cristo asumió todos los componentes de la naturaleza humana, de lo contrario el hombre no hubiera sido salvado. Contra la herejía de Apolinar, quien aseguraba que Jesucristo no había asumido un alma racional, Gregorio afronta el problema a la luz del misterio de la salvación: «Lo que no ha sido asumido no ha sido curado» («Epístola 101», 32: SC 208,50), y si Cristo no hubiera tenido «intelecto racional, ¿cómo hubiera podido ser hombre?» («Epístola 101»,34: SC 208,50). Precisamente nuestro intelecto, nuestra razón, tenía necesidad de la relación, del encuentro con Dios en Cristo. Al hacerse hombre, Cristo nos dio la posibilidad de llegar a ser como Él. El nacianceno exhorta: «Tratemos de ser como Cristo, pues también Cristo se hizo como nosotros: ser como dioses por medio de Él, pues Él mismo se hizo hombre por nosotros. Cargó con lo peor para darnos lo mejor» («Oratio 1,5»: SC 247,78).

María, que dio la naturaleza humana a Cristo, es verdadera Madre de Dios («Theotókos»: Cf. «Epístola 101»,16: SC 208,42), y de cara a su elevadísima misión fue «pre-purificada» («Oratio 38»,13: SC 358,132, presentando una especie de lejano preludio del dogma de la Inmaculada Concepción). Propone a María como modelo de los cristianos, sobre todo a las vírgenes, y como auxilio que hay que invocar en las necesidades (Cf. «Oratio 24»,11: SC 282,60-64).

Gregorio nos recuerda que, como personas humanas, tenemos que ser solidarios los unos con los otros. Escribe: «"Nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo" (Cf. Romanos 12,5), ricos y pobres, esclavos y libres, sanos y enfer mos; y única es la cabeza de la que todo deriva: Jesucristo. Y como sucede con los miembros de un solo cuerpo, cada quien se ocupa de cada uno, y todos de todos».

Luego, refiriéndose a los enfermos y a las personas que atraviesan dificultades, concluye: «Esta es la única salvación para nuestra carne y nuestra alma: la caridad hacia ellos» («Oratio 14,8 de pauperum amore»: PG 35,868ab).

Gregorio subraya que el hombre tiene que imitar la bondad y el amor de Dios y, por tanto, recomienda: «Si estás sano y eres rico, alivia la necesidad de quien está enfermo y es pobre; si no has caído, ayuda a quien ha caído y vive en el sufrimiento; si estás contento, consuela a quien está triste; si eres afortunado, ayuda a quien ha sido mordido por la desventura. Da a Dios una prueba de reconocimiento para que seas uno de los que pueden hacer el bien, y no de los que tienen que ser ayudados… No seas sólo rico de bienes, sino de piedad; no sólo de oro, sino de virtudes, o mejor, sólo de ésta. Supera la fama de tu prójimo siendo más bueno que todos; conviértete en Dios para el desventurado, imitando la misericordia de Dios» («Oratio 14, 26 de pauperum amore»: PG 35,892bc).

Gregorio nos enseña, ante todo, la importancia y la necesidad de la oración. Afirma que «es necesario acordarse de Dios con más frecuencia de lo que respiramos» («Oratio 27»,4: PG 250,78), pues la oración es el encuentro de la sed de Dios con nuestra sed. Dios tiene sed de que tengamos sed de Él (Cf. «Oratio 40», 27: SC 358,260). En la oración, tenemos que dirigir nuestro corazón a Dios para entregarnos a Él como ofrenda que debe ser purificada y transformada. En la oración, vemos todo a la luz de Cristo , dejamos caer nuestras máscaras y nos sumergimos en la verdad y en la escucha de Dios, alimentando el fuego del amor.

En una poesía, que al mismo tiempo es meditación sobre el sentido de la vida e invocación implícita de Dios, Gregorio escribe: «Alma mía, tienes una tarea, si quieres, una gran tarea. Escruta seriamente en tu interior, tu ser, tu destino; de dónde vienes y adónde irás, trata de saber si es vida la que vives o si hay algo más. Alma mía, tienes una tarea, purifica, por tanto, tu vida: considera, por favor, Dios y sus misterios, indaga en lo que había antes de este universo, y qué es para ti, de dónde proce de y cuál será su destino. Esta es tu tarea, alma mía, por tanto, purifica tu vida» («Carmina [historica] 2»,1,78: PG 37,1425-1426).

El santo obispo pide continuamente ayuda a Cristo para elevarse y reanudar el camino: «Me ha decepcionado, Cristo mío, mi exagerada presunción: de las alturas he caído muy bajo. Pero, vuelve a levantarme nuevamente ahora, pues veo que me engañé a mí mismo; si vuelvo a confiar demasiado en mí mismo, volveré a caer inmediatamente, y la caída será fatal» («Carmina [historica] 2»,1,67: PG 37,1408).

Gregorio, por tanto, sintió necesidad de acercarse a Dios para superar el cansancio de su propio yo. Experimentó el empuje del alma, la vivacidad de un espíritu sensible y la instabilidad de la felicidad efímera. Para él, en el drama de una vida sobre la que pesaba la concien cia de su propia debilidad y de su propia miseria, siempre fue más fuerte la experiencia del amor de Dios.

Tienes una tarea —nos dice san Gregorio también a nosotros—, la tarea de encontrar la verdadera luz, de encontrar la verdadera altura de tu vida. Y tu vida consiste en encontrarte con Dios, que tiene se de nuestra sed.