Regla de San Basilio

De Enciclopedia Católica

I.Bajo el nombre de Basilianos están incluidos todos los religiosos que siguen la Regla de San Basilio. Los monasterios de estos religiosos no han tenido nunca la organización jerárquica que existe normalmente en las casas de una orden propiamente dicha. Sólo unas pocas casas estuvieron anteriormente agrupadas en congregaciones o están combinadas de este modo hoy en día. San Basilio preparó esta Regla para los miembros del monasterio que fundó hacia el año 356 en la ribera del Iris, en Capadocia. Antes de formar esta comunidad, San Basilio visitó Egipto, Palestina, Celesiria y Mesopotamia para ver por sí mismo el modo de vida llevada por los monjes en estos países. San Gregorio Nacianceno, que compartió el retiro, ayudó a Basilio con sus consejos y su experiencia. La Regla de Basilio está dividida en dos partes: las “Reglas monásticas mayores” (Regulae fusius tractatae, Migne, P.G., XXXI, 889-1052) y las “Reglas menores” (Regulae brevius tractatae, ibid., 1051-1306). Rufino, que las tradujo al latín, reunió las dos en una única Regla bajo el nombre de “Regulae sancti Basilii episcopi Cappadociae ad monachos” (P.L., CIII, 483-554); esta Regla fue seguida por algunos monasterios occidentales. Durante mucho tiempo, se sostuvo que fue el obispo de Cesarea el autor de una obra sobre el monacato llamada “Contitutiones monasticae” (P.G., XXXI, 1315-1428). En esta Regla, San Basilio seguía un método catequético: el discípulo pregunta y el maestro responde. Él se limita a establecer una serie de principios indiscutibles que guiarán a los superiores y los monjes en su conducta. Envía a sus monjes a las Sagradas Escrituras; a sus ojos, la Biblia es la base de toda la legislación monástica, la verdadera Regla. Las preguntas se refieren generalmente a las virtudes que los monjes deberían practicar y los vicios que deberían evitar. La mayor parte de las respuestas contiene uno o varios versos de la Biblia acompañados de un comentario que define el significado. Las cualidades más destacables de la Regla Basiliana son su prudencia y su sabiduría. Deja a sus superiores el cuidado de establecer los muchos detalles de la vida diaria local e individual; no determina el material que es ejercicio de la práctica religiosa o de los reglamentos administrativos del monasterio. Pobreza, obediencia, renuncia y abnegación son las virtudes en las que se basa San Basilio para la fundación de la vida monástica.

Cuando dio esta Regla, podría no bastar para alguien que deseara organizar un monasterio, puesto que toma esta obra como un hecho cumplido. La vida de los monjes capadocios no podía ser reconstruida con estas referencias a la naturaleza y el número de comidas o la vestimenta. Los superiores tenían como guía una tradición aceptada por todos los monjes. Esta tradición fue progresivamente enriquecida por las decisiones de los concilios, por las ordenanzas de los emperadores de Constantinopla y por los reglamentos de algunos abades reverenciados. Así pues, se formó un conjunto de leyes que regulaban los monasterios. Algunas de éstas fueron aceptadas por todos, otras sólo por las casas de algunos países, mientras que había reglamentos que sólo se aplicaban en algunas comunidades. En este aspecto, el monacato oriental se asemeja al del occidental: es notable la gran variedad de prácticas. La existencia de la Regla de San Basilio formaba un principio de unidad.

II. LOS MONASTERIOS ORIENTALES

Los monasterios de Capadocia fueron los primeros en aceptar la Regla de San Basilio; después se fue extendiendo gradualmente a todos los monasterios del Este. Los de Armenia, Caldea y Siria prefirieron en general, en lugar de la Regla de San Basilio, las prácticas que eran conocidas como la Regla de San Antonio. Ni las autoridades eclesiásticas ni las imperiales se esforzaron en universalizar la conformidad con la Regla de San Basilio. Es por tanto imposible decir en qué época adquirió la supremacía de las comunidades religiosas del mundo griego, pero la fecha es probablemente muy temprana. El desarrollo del monacato fue, por decirlo brevemente, la causa de su difusión. Protegidos por los emperadores y los patriarcas, los monasterios aumentaron rápidamente. En 536, la diócesis de Constantinopla tenía no menos de sesenta y ocho, la de Calcedonia cuarenta, y estos números aumentaron continuamente. Aunque el monacato no fue capaz de extenderse por todas las partes del imperio con igual rapidez; esto es lo que debe inferirse de estas cifras. Estos monjes fueron parte activa de la vida eclesiástica de su tiempo: participaban en todos los desacuerdos, tanto teológicos como de otro tipo, y se asociaron con todas las obras de caridad. Sus monasterios fueron lugar de refugio de estudiosos. Muchos de los obispos y patriarcas fueron elegidos de entre sus rangos. Su historia está entretejida, además, don la de las Iglesias Orientales. Dieron a la predicación del Evangelio sus más grandes apóstoles. Como resultado, la vida monástica consiguió establecerse al mismo tiempo que el Cristianismo se expandió entre todas las razas. La posición de los monjes en el Imperio fue de gran poder, y su riqueza ayudó a aumentar su influencia. Por ello, su desarrollo siguió un ritmo paralelo al de sus hermanos occidentales. Los monjes, como regla general, siguieron las vicisitudes teológicas de los emperadores y patriarcas, y no mostraron una notable independencia excepto durante la persecución iconoclasta; las posición que tomaron en esta generó la ira de los controversialistas imperiales. Hubo mártires entre ellos; muchos fueron condenados al exilio y algunos aprovecharon esta condena para reorganizar su vida religiosa en Italia.

De todos los monasterios de este período, el más célebre fue el de San Juan Bautista de Studium, fundado en Constantinopla en el siglo V. Adquirió fama en la época de la persecución iconoclasta mientras estuvo bajo el gobierno del santo Hegumenos (abad) Teodoro, llamado el Estudita. En ningún otro lugar encontraron los emperadores heréticos una resistencia más valiente. Al mismo tiempo, el monasterio era un activo centro de la vida intelectual y artística y un modelo que ejerció una considerable influencia en las prácticas monásticas orientales. Se pueden ver más detalles sobre esto en "Prescriptio constitutionis monasterii Studii" (Migne, P.G., XCIX, 1703-20) y en "Canones de confessione et pro peccatis satisfactione" (ibid., 1721-30) del monasterio. Teodoro atribuyó las prácticas seguidas por los monjes a su tío, San Platón abad, que las introdujo en primer lugar en el monasterio de Saccudium. Los demás monasterios las adoptaron uno tras otro, y son todavía seguidas por los monjes del Monte Athos. El monasterio del Monte Athos fue fundado hacia el final del siglo X con la ayuda del emperador Basilio el Macedonio y se convirtió en el más grande y célebre de todos los monasterios de Oriente; es en realidad una provincia monástica. El Monasterio del Monte Olimpo, en Bitinia, merece ser mencionado, aunque nunca fue tan importante como aquel. El monasterio de Santa Catalina, en el Monte Sinaí, que se retrotrae a los comienzos del monacato, tuvo gran fama y aún es ocupado por monjes. Nos limitaremos a citar aquí los monjes que han dejado su huella en la literatura eclesiástica: Leoncio de Bizancio (muerto en 543), autor de un tratado contra los nestorianos y los eutiquianos; San Sofronio, patriarca de Jerusalén, uno de los más vigorosos adversarios de la herejía monotelita (P.G., LXXXVII, 3147-4014); San Máximo el Confesor, abad de Crisópolis (muerto en 662), el representante más brillante del monacato bizantino del siglo VII; en sus escritos y letras, San Máximo combatió firmemente a los partidarios de las erróneas doctrinas del monotelismo (Id., XC y XCI); San Juan Damasceno, que quizá podría incluirse entre los basilianos; San Teodoro el Estudita (muerto en 829), el defensor de la veneración de imágenes sagradas; sus obras incluyen escritos teológicos, ascéticos, hagiográficos, litúrgicos e históricos (P.G., XCIX). Los monasterios bizantinos proporcionan un gran número de historiadores que también eran monjes: Juan Malalas, cuya “Monographia” (P.G., XCVII, 9-190) sirvió de modelo para los cronistas orientales; Jorge Pinceló, que escribió una “Selected Chronographia”; su amigo y discípulo San Teófanes (muerto en 817), abad del “Gran terreno” cerca de Cícico, autor de otra “Chronographia” (P.G., CVIII); el patriarca Nicéforo, que escribió (815-829) un histórico “Breviarium” (una historia bizantina) y una cronografía abreviada (P.G., C, 879-991); Jorge el Monje, cuya crónica se para en el 842 d.C. (P.G. CX). Hubo además un gran número de monjes, hagiógrafos, himnologistas y poetas que participaron activamente en el desarrollo de la liturgia griega. Entre los autores de himnos podrían citarse a: San Máximo el Confesor, San Teodoro el Estudita, San Romano el Melodista, San Andrés de Creta, San Juan Damasceno, Cosme de Jerusalén y San José el Himnógrafo. La caligrafía y la copia de manuscritos eran muy estimadas entre los basilianos. Entre los monasterios que sobresalieron en el arte de la copia se encuentran el Studium, el del Monte Athos, el monasterio de la Isla de Patmos y el de Rossano (Sicilia); la tradición continuó más tarde en el monasterio de Grottaferrata, cerca de Roma. Estos monasterios, y también otros, fueron estudios de arte religioso donde los monjes trabajaban arduamente para producir miniaturas en los manuscritos, pinturas y obras de orfebrería. El triunfo de la ortodoxia sobre la herejía iconoclasta infundió un extraordinario entusiasmo en esta parte de sus trabajos.

Desde el principio, las Iglesias Orientales tomaron a menudo a sus patriarcas y obispos de los monasterios. Más tarde, cuando el clero seglar fue reclutado ampliamente de entre los hombres casados, esta costumbre se hizo casi universal, pues como el oficio episcopal no podía ser dado a hombres que estuvieran casados, se desarrolló de algún modo en un privilegio de los religiosos que habían hecho el voto de castidad. Debido a esto, los monjes formaban una clase aparte, correspondiente al clero superior de las Iglesias Occidentales; esto dio y aún sigue dando una influencia preponderante a los propios monasterios. En algunos de ellos, se enseña Teología tanto a clérigos como a laicos. Mientras el espíritu de proselitismo existió en el este, los monasterios proporcionaban a la Iglesia todos sus misioneros. Los nombres de dos de ellos están inscritos en el calendario de las festividades de Roma: San Cirilo y San Metodio, los apóstoles de los eslavos. El cisma bizantino no cambió notablemente la posición de los monjes basilianos y sus monasterios. Sus sufrimientos comenzaron con la conquista mahometana. Para una gran parte de ellos, la conquista fue su completa ruina, especialmente para aquellos de lo que hoy es Turquía, Asia y la región de alrededor de Constantinopla. En el Este, los conventos de mujeres adoptaron la Regla de San Basilio y tenían constituciones copiadas de las de los monjes basilianos.

III. BASILIANOS CISMÁTICOS

Los monasterios de basilianos cismáticos más conocidos son el del Monte Athos y el del Monte Sinaí. Aparte de estos, hay todavía muchos monasterios en Turquía y en Asia, de los cuales 10 en Jerusalén, 1 en Belén y 4 en Jericó. Son también numerosos en las islas del mar Egeo: 3 en Quíos, 6 en Samos, unos 50 en Creta y 11 en Chipre. En el Viejo Cairo está el monasterio de San Jorge. En Grecia, donde hubo anteriormente hasta 400 monasterios, había en 1832 solamente 82, que aumentaron hasta 169 en 1904; 9 conventos basilianos para mujeres existe actualmente en Grecia. En Rumanía, hay 22 monasterios; 44 en Serbia, con sólo unos 118 monjes; en Bulgaria 78, con 193. Montenegro tiene 11 monasterios y unos 15 monjes; Bosnia 3 y Herzegovina 11. En Dalmacia hay 11 monasterios y en Bucovina 3. Hungría tiene 25 monasterios y 5 ramas distintas. Los monjes cismáticos son mucho más numerosos en Rusia; además, es en este país donde tienen mayor influencia y tienen los monasterios más ricos. En ningún otro sitio ha estado la vida monástica tan conectada con la existencia nacional. Los monasterios más célebres son Pescherskoi, en Kieff, y Troïtsa (Trinidad, Nota del Traductor), en Moscú; cabe mencionar asimismo los monasterios de Solovesk, Nóvgorod, Pskof, Tver, and Vladmir. Rusia tiene unos 9000 monjes y 429 monasterios. No hay diócesis que no tenga al menos una casa religiosa. Los monasterios están divididos entre los que tienen subvenciones estatales y los que no reciben este tipo de ayudas. IV. BASILIANOS CATÓLICOS Cierto número de monasterios basilianos estuvieron siempre en comunión con la Santa Sede. Entre estos estaban las casas fundadas en Sicilia, en Italia. El monasterio de Rossano, fundado por San Nilo el Joven, siguió siendo fiel durante mucho tiempo a las mejores tradiciones literarias de Constantinopla. Cabe mencionar los monasterios de San Salvatore de Mesina y San Salvatore de Otranto; también fue célebre el monasterio de Grottaferrata. La emigración de los griegos al oeste tras la caída de Constantinopla y la unión con Roma, concluida en el Concilio de Florencia, dio un cierto prestigio a estas comunidades. El cardenal Bessarion, que fue abad de Grottaferrata, luchó para estimular la vida intelectual de los basilianos por medio de los tesoros literarios que contenían sus bibliotecas.

Un buen número de comunidades católicas siguió existiendo en el Este. La Santa Sede las animó a unirse en congregaciones, a saber: San Salvador, fundada en 1715, que incluye 8 monasterios y 21 hospicios con unos 250 monjes; la congregación de Aleppo, con 4 monasterios y 2 hospicios; la de los Baladitas (Valaditas), con 4 monasterios y 3 hospicios. Estas dos últimas congregaciones tienes sus casas en el distrito del Monte Líbano. San Josafat y el padre Rutsky, que trabajaron para devolver a las Iglesias rutenas a la unidad católica, reformaron a los basilianos de Lituania. Comenzaron con el monasterio de la Santísima Trinidad en Vilna (1607). El monasterio de Byten, fundado en 1613, fue la ciudadela de la unión en Lituania. Otros monjes adoptaron la reforma o fueron fundados por monjes reformados. El 19 de julio de 1617, los monasterios reformados se organizaron en una congregación bajo un proto-archimandrita, y conocido como la congregación de la Santísima Trinidad o de Lituania. La congregación aumentó con la unión. El número de casas se había elevado hasta treinta en tiempos del capítulo general de 1636. Tras el concilio de Zamosc, los monasterios fuera de Lituania que no se habían incorporado a la congregación de la Santísima Trinidad se integraron en una congregación que llevaba el título de “Patrocinium [Protección] B.M.V.” (1739). Benedicto XIV deseó en 1744 formar una sola congregación de estas dos, dándole el nombre de Orden Rutena de San Basilio y dividiéndola en las dos provincias de Lituania y Curlandia. Tras la supresión de la Compañía de Jesús, estos religiosos se encargaron de los colegios jesuitas. El derrocamiento de Polonia y la persecución llevada a cabo por los rusos contra los uniatos griegos fueron muy desfavorables para el crecimiento de la congregación, y el número de estos monasterios basilianos disminuyó enormemente. León XIII, en su encíclica “Singulare praesidium” del 12 de mayo de 1881, ordenó una reforma de los basilianos rutenos de Galitzia. Esta reforma comenzó en el monasterio de Dabromil; sus miembros han sustituido poco a poco a los no reformados en los monasterios de la región. Se dedican, en conexión con el clero uniato, a las distintas labores de apostolado que demandan la condición moral o las diferentes razas del distrito. V. BASILIANOS LATINOS En el siglo XVI, los monasterios italianos de esta orden fueron decayendo. A instancias del cardenal Sirlet, el Papa Gregorio XIII ordenó en 1573 su unión en una congregación bajo el control de un superior general. Se utilizó la posibilidad de separar los ingresos de las abadías de los de los monasterios. Las casas de los basilianos italianos fueron divididas en las tres provincias de Sicilia, Calabria y Roma. Aunque los monjes siguieron fieles al principio a la liturgia griega, mostraron una inclinación hacia el uso de la liturgia latina; algunos monasterios han adoptado este último de un modo completo. En España, había una congregación basiliana con no tenía ninguna conexión tradicional con los basilianos orientales; sus miembros seguían la liturgia latina. El padre Bernardo de la Cruz y los eremitas de Santa María de Oviedo de la diócesis de Jaén formaban el núcleo de la congregación. Los demás basilianos, que seguían unas prácticas menos rigurosas, mostraban un mayor crecimiento; sus monasterios estaban formados en las dos provincias de Castilla y Andalucía. Estaban gobernados por un vicario general y bajo el control, al menos nominalmente, de un superior general de la orden. Cada una de las provincias tenía su colegio o escolástica en Salamanca y Sevilla. No se abstenían del vino. Como sus hermanos de Italia, llevaban una cogulla similar a la de los benedictinos; esto condujo a recriminaciones y procesos, pero fueron autorizados por Roma para seguir usando esta ropa. Se pueden encontrar algunos escritores entre ellos, como por ejemplo: Alfonso Clavel, el historiógrafo de la orden; Diego Niceno, que ha dejado sermones y escritos ascéticos; Luis de los Ángeles, que escribió una obra sobre las “Instrucciones para novicios” (Sevilla, 1615), y tradujo igualmente al español la exposición del cardenal Bessarion de la Regla de San Basilio; Felipe de la Cruz, que escribió un tratado sobre el dinero prestado con intereses, publicado en Madrid en 1637, y otro sobre diezmos, publicado en Madrid en 1634. Los basilianos españoles fueron suprimidos por otras órdenes en 1833, y no han sido reestablecidos. En Annonay (Francia), se formó una comunidad religiosa masculina en 1822 bajo la Regla de San Basilio, que tiene una rama en Toronto (Canadá) (Ver BASILIANOS, SACERDOTES DE LA COMUNIDAD DE SAN BASILIO.)

Información de la Publicación Escrita por J.M. Besse. Transcrita por el dominico de clausura Nuns, Monastery of the Infant Jesus, Lufkin, Texas. Dedicada a la renovación de la vida monástica. The Catholic Encyclopedia, Volume II. Published 1907. New York: Robert Appleton Company. Nihil Obstat, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor. Imprimatur. +John M. Farley, Archbishop of New York Bibliografía BESSE, Les moines d'Orient (París, 1900); MARTIN, Les moines de Constantinople (París, 1897), GUÉPIN, Un apótre de l'union des églises au XVIIe siècle, St. Josaphat (París, 1897); LEROY-BEAULIEU La religion in L'empire des Tsars et les Rusees (París, 1889) III; CLAVEL, Antigüedad de la religión y regla de san Basilio (Madrid, 1645); HÉLYOT, Histoire des ordres monastiques, I; HEIMBUCHER, Die Orden and Kongregationen, I, 44-47; MINIASI, San Nilo (Nápoles, 1892); RODOTÀ, Origine, progresso e stato attuale del rito greco in Italia (Roma, 1755); SILBERNAGL-SCHNITZER, Verfassung, etc., in Kirchen des Orients (Múnich, 1905); MILASCH-PESSIC, Kirchenrecht d. morgene. Kirche (2nd ed., Mostar, 1905). Traducción: Diego Herrero Murillas

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Jueves, 24 de julio de 2014