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Martes, 17 de octubre de 2017

Reducciones del Paraguay

De Enciclopedia Católica

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Las Reducciones del Paraguay de los jesuitas, una de las más singulares y bellas creaciones de la actividad misionera católica, han contribuido más que ningún otro factor a poner el nombre de Paraguay en la historia. Han sido el objeto de la más sincera admiración y de la más amarga crítica. Un relato exacto, basado en las mejores fuentes, debería ser su mejor justificación.

Nociones Preliminares

La fundación y el plan de reducciones no puede ser entendido excepto a la luz de las condiciones coloniales y políticas que imperaban en el territorio español de La Plata en el momento de la llegada de los jesuitas. El país fue descubierto en 1515 por Juan Díaz de Solís y había sido gradualmente conquistado en largos y sanguinarios períodos, y al principio con batallas desastrosas con las aguerridas tribus amantes de la libertad. Hasta 1590 los españoles habían fundado diez ciudades y cuarenta colonias. Los nativos, sometidos a la fuerza de las armas o sometiéndose voluntariamente fueron puestos bajo el yugo del sistema de las encomiendas españolas que en sus más severas aplicaciones los hacía yanaconas, o esclavos, en su forma más suave mitayas, o siervos de los conquistadores y de los colonizadores blancos. Los reyes españoles intentaban mejorar la condición d los nativos con decretos sabios y humanos para su protección, pero la dificultad de controlarlo y los caprichos, debilidad o egoísmo de muchos de los oficiales permitieron que surgieran abusos. El sistema daba como resultado frecuentes levantamientos de la raza sometida y un implacable odio de los extranjeros por parte de numerosas tribus que aun retenían su libertad acompañó hasta en las primeras expediciones a La Plata. Las iglesias y parroquias fundadas en las estepas y bosques del interior fueron arrasadas y las colonias y los caminos frecuentemente abandonados. Hasta que la Reducciones no se fundaron, las condiciones no mejoraron esencialmente. Los reyes de España deseando sinceramente en su corazón la conversión de los pueblos nativos enviaron misioneros desde las primeras expediciones a La Plata, donde se fundaron iglesias y parroquias en la nueva colonia desde muy temprano. Aquí, como en todas partes, los primeros pioneros de la fe fueron los hijos de S. Francisco. Además encontramos dominicos y mercedarios y a juzgar por las listas de obispos, también agustinos y Jerónimos. El inmenso territorio se dividió en tres diócesis:

• Paraguay (ver en Asunción), establecida en 1547;

• Tucuman (ver en Santiago del Estero, después Córdoba), 1570;

• Buenos Aires (ver en Buenos Aires) 1582.

Pero hacia 1559 el clero de la colonia apenas superaba los veinte sacerdotes seculares y regulares. Cuando el primer obispo de Tucumán, D. Francisco de Victoria O.P., se hizo cargo de su diócesis en 1581, halló que en toda ella solo había cinco sacerdotes seglares y unos pocos regulares, ninguno de los cuales podía hablar el lenguaje de los indios. En A petición suya, los Jesuitas llegaron a Tucumán y en 1587 también al Paraguay requeridos por el obispo de Asunción D. Alonso Guerra, O.S.F. En vista de la fama adquirida para la joven orden, aún en su primer ardor, por Francisco Javier en la India Oriental , por Anchieta en Brasil y otros, se esperaba que la Compañía fuera de gran ayuda para mejorar las condiciones religiosas en general y para pacificar y convertir a las numerosas tribus salvajes. Los colegios, seminarios, residencias y casas de retiros espirituales fundadas después de 1593 en rápida sucesión en Santiago del Estero, Asunción , Córdoba ( universidad desde 1621) Buenos Aires, Corrientes, Tarija, Salta, S. Miguel de Tucumán, Santa fe, La Rioja etc., sirvieron para conseguir el primer propósito y el segundo se lograba con su ministerio con los indios en las encomiendas así como por misioneros viajeros por las tribus libres , cubriendo un vasto territorio en todas direcciones, lo mismo que hizo San Francisco Solano por ese mismo tiempo. Sin embargo estas excursiones misioneras reflejan el heroísmo de los misioneros, pero los resultados no eran permanentes así que el general de la orden, Aquaviva insistió en la concentración de los esfuerzos y la fundación de puntos centrales en las localidades más ventajosas, como se hacía en Brasil. El primer superior de la provincia de Paraguay, fundada en 1606 (con seis jesuita en el momento de la fundación pero que en 1613 ya tenía mas de 113) fue el P. Diego de Torres Bollo, encargado de poner estas ideas en práctica.


Fundación de las Reducciones

No deben su origen, como se ha dicho, a la idea de un estado expuesta por Campanella (La ciudad del Sol) que diera forma a la realización del deseo de poder de los Jesuitas, sino al contrario, crecieron de la forma más natural como resultado de los esfuerzos para solucionar las principales trabas que el sistema de encomiendas ponía a la conversión de los paganos, es decir:


• Opresión de los nativos por la fuerza.

• La consiguiente aversión a la religión de los opresores.

• El mal ejemplo de los colonos.

Las nuevas consignas eran:

• Libertad para los indios.

• Emancipación del servitium personal.

• Y la reunión y aislamiento de los nativos ganados por la conquista espiritual en colonias misioneras separadas o “reducciones” manejadas independientemente por los misioneros.

El plan provocó entre los colonos tormentas de animosidad contra los jesuitas, que llevaron a repetidas expulsiones de las colonias de miembros de la orden. Hasta una parte del clero, que apoyaban la institución de las encomiendas, de cuyos frutos vivían, se opusieron a los jesuitas. Pero estos tenían un poderoso aliado en el rey de España Felipe III que apoyó enérgicamente la causa del los indios oprimidos y no solo sancionó los planes de los jesuitas sino que les favoreció eficazmente con varios decretos reales y asignaciones de del tesoro público, dándoles una firme base legal. La Cedula Real del 18 de diciembre de 1606, dada en Valladolid, mandaba al gobernador Hernandarias de Saavedra que,” aunque pudiera conquistar a los indios del Paraná con la fuerza de las armas no debía hacerlo, sino que debía ganárselos con la fuerza de los sermones e instrucciones de los religiosos que había enviado con ese propósito”. La Cedula Real del 30 de enero de 1607, proveía que los indios convertidos al cristianismo no podían ser siervos y debían estar exentos de impuestos durante un período de diez años. La llamada Cedula magna del 6 de marzo de 1609, declaraba brevemente que “el indio debía ser tan libre como los españoles”.

Con estos decretos reales (a los que siguieron una larga lista de otros) como apoyo, los jesuitas comenzaron a fundar las reducciones, con explicito acuerdo de las mas altas autoridades eclesiásticas y civiles enviadas por el gobierno para proporcionar ayuda eficiente. Primero fue en la distante provincia de Guayrá (más o menos el actual estado brasileño de Paraná) donde, en 1609 se fundó la reducción de Loreto sobre el río Paranápanema, seguida en 1611 por la de San Ignacio Miri, y hasta 1630, otras once, sumando entre todas alrededor de 10.000 cristianos. Los indios se apresuraron en grandes grupos a llegar a estos lugares de refugio donde encontraban protección y seguridad de los ladrones y bandidos.

Pero a pesar de los decretos eclesiásticos y civiles, el tráfico de esclavos había experimentado un sorprendente desarrollo entre la población de las capitanías de São Vicente y Santo Amaro (en São Paulo, Brasil) entre los aventureros y bucaneros de todas las naciones. Tropas bien organizadas de cazadores de hombres, los llamados Mamelucos habían despoblados los planos de Sao Paulo y desde 1618 en adelante amenazaban también a las Reducciones hacia las que se apresuraban a refugiarse indios de todas partes. Una por una, las Reducciones cayeron en manos de los merodeadores. Solo en 1630 no menos de 30.000 indios fueron esclavizados o asesinados en La Guayrá.

Los misioneros apelaron en vano a las autoridades portuguesas y españolas para conseguir protección; o no pudieron o no quisieron proporcionarla y como último resorte decidieron recoger a los cristianos que aun quedaban, y los que iban llegando, a las Reducciones fundadas en los ríos Paraná y Uruguay y en 1631 el éxodo se realizó bajo la dirección del heroico Padre Simon Maceta. Algunos especialistas han llamado a este éxodo uno de los más grandes y exitosos en la historia de esta clase de eventos. Apenas 12.000 lograron llegar a su destino. De forma similar, las reducciones que se habían fundado entre 11614 y 1638 junto al río Jacuhy y en la Sierra dos Tapes en Río Grande do Sul y que sumaban unas 30.000 almas, fueron destruidas y los habitantes transferidos a otras partes. La negligencia de los gobernadores españoles en acudir en ayuda de las misiones que estaban en peligro fue pronto vengada por la destrucción posterior de las colonias españolas en la Guayrá, a manos de los portugueses que se apropiaron de toda la provincia. Abandonados a sus propios recursos, los jesuitas organizaron, con el consentimiento del rey, una milicia india, equipada con armas de fuego de manera que en 1640 pudieron presentar un ejército bien discip0linado contra los Paulistas, consiguiendo suprimir los robos y el pillaje. En adelante la Reducciones continuaron siendo una estupenda protección contra las incursiones de los portugueses.

La mayor parte de este “Estado Cristiano Indio”, como se ha llamado a las Reducciones se formó con las 30ó 32 Reducciones Guaraníes, que comenzaron a existir en el período de 1609 -1780 en el territorio del actual paraguay, las provincias argentinas de Misiones y Corrientes y la brasileña de Río Grande do Sul . Muchas de estas Reducciones tuvieron que cambiar la ubicación como consecue3ncia de las frecuentes incursiones de los Mamelucos y las tribus indias salvajes, aunque retuvieron sus nombre iniciales, lo que ha dado lugar a no pocas confusiones en mapas antiguos. El crecimiento de la Misión Guaraní puede verse en las estadísticas anuales:

• En 1648 el Gobernador de Buenos Aires, en una visita, encontró una población de 30.548 almas en diecinueve Reducciones.

• En 1667 el Fiscal de la Audiencia de Charcas, Don Diego Ibáñez de Faria, halló 58.118 en veintidós Reducciones.

• En 1702, 22 pueblos junto al los ríos Paraná y Uruguay tenían 89.500 almas.

• En 1717, 31 pueblos tenían 121.68. En 1732, 141,242; 1733, 128,389; 1735, 108.28; 1736, 102.21; 1737, 104.73; 1738, 90.87; 1739, 81.59; 1740, 73.10; 1741, 76.60; 1742, 78.29; 1743, 81.55; 1750, 95.89.

Las fluctuaciones en el número de habitantes se deben a los repetidos ataques o epidemias (ver abajo) Además de las misiones guaraníes, la misión de Chiquitos se fundó en 1698 al noroeste, en la actual Bolivia; en 1765 esta misión tenía 23.288 almas (4981 familias) en diez Reducciones.

El punto de conexión entre las misiones Guaraníes y las de Chiquitos era la misión de Taruma con trece Reducciones: San Joaquín (1747); San Estanislao (1747), y Belén (1760), a la que pertenecían 2597 almas (547 familias) en 1762, y 3777 almas (803 familias) en 1766.

Dificultades aun mayores que las de las misiones guaraníes se daban entre llamadas “tribus montadas” que hablaban muchas lenguas distintas, en el Gran Chaco y cuyos incursiones depredadores mantenían siempre en alerta a las colonias españolas. Por requerimiento urgente de las autoridades españolas los jesuitas intentaron también fundar reducciones entre ellos: 15 fueron fundadas entre 1735 y 1767 con indios de once tribus diferentes, entre ellos 5000 cristianos. Se fundaron Reducciones dispersas en Tucumán, particularmente entre los Chiriguanos y Mataguayos (1762: 1 Reducción, 268 Cristianos, 20 paganos) y en el norte de Patagonia (Terra Magallonica) donde en 1745 se estableció la Reducción de Nuestra Señora del Pilar. En total, los jesuitas fundaron unas 100 Reducciones, algunas de las cuales fueron destruidas después; 46 se establecieron en 1638 y 1768 y por consiguiente las acusaciones de Azara y otros de que su labor misionera se había estancado no se sostiene. Hasta 1767 se continuaban formando nuevas Reducciones y el flujo constante de convertidos ganando por los misioneros en sus viajes apostólicos siguió llagando a las antiguas Reducciones. Entre 1610 y 1768 fueron bautizados 702.086 indios sólo de las tribus guaraníes.

La fundación y preservación de estas reducciones fueron el fruto de siglo y medio de esfuerzo y sacrificio heroico en la batalla contra los terrores de las tierras salvajes y la indolencia e indecisión de un pueblo primitivo así como contra la política de explotación seguida por los españoles, para los que las Reducciones fueron siempre un problema. Hasta 1764, 29 jesuitas de Paraguay sufrieron muerte por martirio.

Organización de las Reducciones

Plano y ubicación de los asentamientos. Las Reducciones fueron casi siempre colocadas en lugares sanos y altos, como por ejemplo Candelaria y Yapeyu, junto a los grandes ríos del país (Paraná y Uruguay). El plano general era similar a los pueblos españoles. Había una plaza y las calles en líneas rectas, las principales con frecuencia pavimentadas, que daban al plaza grande y cuadrada conde se situaba la iglesia, generalmente bajo la sombra de los árboles, adornada con una gran cruz, una estatua de la Virgen y con frecuencia un hermoso pozo par el pueblo; a la cabeza de la plaza estaba la iglesia y junto a ella, a un lado, la residencia de los sacerdotes, llamada colegio; en la otra parte, el cementerio cerrado por una pared con un hall entre pilares. Los casas de los indos hasta finales del siglo diecisiete eran frecuentemente cabañas; después casas sólidas de planta baja, construidas de piedra o adobe y cubierta invariablemente con tejas por el peligro de fuego, de unos cinco metros por seis y dividida en varias habitaciones separadores de caña; eran cómodas para las familias de cuatro a seis miembros y de todas las maneras incomparablemente mejores que los habitáculos de los indios de las encomiendas. Un pórtico sobre piedra o pilares de madera que se extendía a lo largo de toda la fachada, proyectado en el frente de cada casa de manera que se podía caminar por todo el pueblo sin mojarse, cuando llovía. Las casas estaban en grupos separados (vici, insulae) de seis a ocho viviendas, para disminuir el peligro de fuego. El colegio estaba separado de la plaza por una pared y un pequeño patio y por otra de los edificios cercanos que contenían la escuela, los talleres, almacenes etc. Detrás estaba el bien cuidado jardín de los Padres.

Las iglesias, sobre todo de tres naves, construidas con bloques masivos de piedra, con una fachada ricamente decorada, una puerta principal y varias entradas anchas dan la impresión de grandeza hasta en ruinas. Los masivos campanarios, en general exentos de las iglesias, cuelgan seis o más campanas fundidas, en los últimos tiempos, en las mismas Reducciones. Las ricas terminaciones interiores hubieran dado envidia a las catedrales. Además de la iglesia cada pueblo tenía un o más capillas para los muertos, en las que se exponían y desde las que se llevaban a los cementerios. Había además capillas de los cementerios, que estaban a lado de la iglesia, cerrados por una pared con un atrio de pilares, llenos de filas de naranjos y muy floridos, un verdadero “jardín sagrado de los muertos”. A la izquierda del cementerio, aislado y rodeado por paredes, estaba el cotiguazu (la gran casa), que servía de asilo para las viudas que vivían allí en común; servía de reformatorio de mujeres; asilo de los impedidos y sala común donde se hilaba.

Más allá del pueblo, cerca de sus límites, estaba la capilla de S. Isidoro, la ramada o posada para los españoles viajeros y más lejos más allá de los hornos para las tejas, los molinos, estampados, las tenerías donde se curtía y teñía el cuero además de otros edificios dedicados a las industrias. Los pueblos estaban abiertos, solo las reducciones más expuestas a las incursiones de bandas de salvajes y las estancias o granjas y los corrales de ganando estaban protegidas por fosos empalizadas, muros o cerradas por setos espinoso.

Para facilitar la comunicación y tráfico entre varios pueblos, se abrieron caminos de servicio con frecuencia a grandes distancias. Además la espléndida red de ríos servía como excelente red de comunicaciones. La misión tenía no menos de 1000 botes de varias clases solo en el Paraná y otros tantos en el Uruguay, con sus propios embarcaderos, como por ejemplo en Yapeyu. La población variaba mucho en los diferentes pueblos, entre 350 y 7000 almas.

El sistema económico de las Reducciones

El plan de los jesuitas de formar, con rudas tribus de nómadas mancomunidades separadas de las colonias españolas y muy al interior de un país poco explorado les planteo el problema de tener que hacer que la mancomunidad fuera económicamente independiente y capaz de autoabastecerse. Si los indios hubieran sido obligados día a día a recoger sus medios de subsistencia en el bosque o el las llanuras, nunca hubieran abandonado su vida nómada y hubieran permanecido medio-paganos. La ayuda financiera de la corona consintió, para las primeras reducciones, en una asignación moderada del tesoro estatal, así como campanas y artículos para el uso de la iglesia y después reducidos a una exención temporal de impuestos, y un salario para los misioneros que ejercían de párrocos. En el siglo dieciocho este salario consistía en 300 pesos anuales para el cura y su ayudante. Por consiguiente se tenían que explotar los recursos naturales del fértil suelo y los indios, indolentes y descuidados por disposición, habían de ser entrenados en el trabajo regular.

(1) Condiciones de propiedad.

La base económica era una suerte de comunismo que sin embargo, difería materialmente del sistema moderno del mismo nombre, y era esencialmente teocrático. “los jesuitas, escribe Gelpi y Ferro, “realizaron en su mancomunidad cristiana todo lo que es bueno y nada de lo que es malo en los planes de los socialistas y comunistas modernos”. La tierra y todo lo había sobre ella era propiedad de la comunidad. La tierra fue dividida entre los caciques, que asignaban lotes a las familias bajo su mando. Los aperos y animales de tiro los prestaba la mancomunidad. Nadia podía vender su lote de tierra o su casa, llamada abamba, es decir “propiedad propia”. Pronto se vio que los esfuerzos individuales de los indios, por su indolencia, eran inadecuados, por lo que los lotes separados fueron puestos pronto como campos comunes, llamados Tupamba, es decir “propiedad de Dios” que se cultivaban con el trabajo común bajo la guía de los Padres. Los productos de esos campos iban al almacén común y se usaban en parte para los pobres, enfermos, viudas, huérfanos, indios de la Iglesia etc., y en parte como semillas para el próximo año, como reservas para contingencias imprevistas, como medio de cambio para conseguir bienes europeos o para pagar los impuestos (ver abajo).

El producto de los campos privados y del esfuerzo individual era de absoluta propiedad de los indios y se les acreditaba a ellos individualmente en las transacciones comunes de manera que cada uno recibía en cambio las cosas que deseaba. Esos planes abamba se cambiaron de vez en cuando porque se daban situaciones falsas. Los rebaños de animales también eran propiedad común. Los caballos del Santo, que se usaban en las procesiones de las fiestas estaban reservados especialmente. Asó la Reducción de los Santos Apóstoles llegó a tener 599 de ellos.

(2) Productos.

Los indios se contentaban con el cultivo de mandioca, varios tubérculos y vegetales y un poco de algodón, pero el trabajo hecho por las comunidades asumía constantemente mayores proporciones y sobrepasaba de lejos el trabajo de las colonias españolas, tanto respecto a la variedad de los productos como a la racionalidad de su cultivo.

Además de los cereales comunes (el trigo y el arroz apenas se cultivaban fuera de las Reducciones) se plantaba tabaco, índigo, caña de azúcar y sobre todo algodón. También se cuidaba la producción de frutas, con mucho éxito. Aun hoy en día se pueden encontrar en los territorios salvajes restos de las espléndidas huertas, y sobre todo las plantaciones de naranjos. Se intentó el cultivo de la vid para vino, pero con éxito moderado.

Uno de los productos mas importantes del territorio comprendido por las Reducciones el llamado te de los jesuitas o del Paraguay (herba) o yerba mate. Consistía en hojas secas del árbol del mate (Ilex Paraguayensis), aplastado y ligeramente tostado, en agua hirviendo. Era y es la bebida favorita del país y casi logró desplazar a las bebidas intoxicantes a las que eran adictos los indios hasta extremos deplorables. Debido a que los bosques de mate (herba, herbales) estaban a veces a cientos de kilómetros de distancia y los indios empleados allí no tenían ayuda pastoral durante largos períodos, los jesuitas intentaron trasplantar loas árboles a las Reducciones. Sus esfuerzos tuvieron éxito aquí y allí pero los celosos colonos españoles utilizaron todos los medios para frustrar sus esfuerzos.

Los otros recursos naturales abundantes, como las maderas seleccionadas, resinas aromáticas, abejas de miel etc., fueron usados con fines pacíficos y se intentó, a pequeña escala producir hierro en lingotes. La cría de animales tuvo un magnífico desarrollo ya que todo el país era rico en hierba y algunas estancias llegaron a tener 30.000 ovejas y más de 100.000 cabezas de ganando, números que no eran tan usuales en las haciendas españolas. Los rebaños se incrementaban de vez en cuando con la captura de animales salvajes, y haciendo selección de razas, Caballos, mulas, burros y animales de corral se criaban a gran escala. Además, la caza y la pesca contribuía a la alimentación; estas formas de deportes estuvieron restringidas en las reducciones guaraníes por razones de disciplina. Las Reducciones individuales se dedicaban más o menos a una u otra rama de la producción y proveía a sus necesidades con el intercambio con las otras Reducciones. Un almanaque escrito en 1765 que los Padres salesianos de Don Bosco descubrieron hacia 1890 en Asunción, contiene en sus hojas de pergamino, además del calendario, avisos para los agricultores, con referencias particulares al clima del país. El manuscrito muestra cuanto conocimiento y solicitud mostraban los misioneros apostólicos hacia la agricultura.

(3) Industrias

Las enormes necesidades de tan vastos establecimientos y las dificultades y gastos de importación hicieron necesaria la fundación de las industrias domésticas. Gracias a las excepcionales dotaciones de los guaraníes, pronto se desarrollaron las habilidades necesarias para casi todos los oficios en estos pueblos. Algunos eran carpinteros, junteros, albañiles, escultores, cortadores de piedra, fabricantes de tejas, pintores de casas, zapateros, sastres, encuadernadores, tejedores, tintoreros, panaderos, carniceros, peleteros, fabricantes de instrumentos, constructores de órganos, copistas calígrafos etc. Otros eran empleados en los molinos de polvo, molinos de te, de grano etc. Cada hombre permanecía en el oficio que había adoptado y ayudaba a la transmisión de su oficio enseñándoselo a los aprendices. La maravillosa calidad de los productos de los talleres de las Reducciones se ve en las bellas piedras labradas de las iglesias. En algunas Reducciones había establecimientos de imprenta, por ejemplo en Corpus, San Miguel, San Javier, Loreto, Santa María la Mayor, donde se imprimían principalmente libros litúrgicos y de ascética.

Hay que notar que el alto desarrollo industrial no se logró hasta finales del siglo diecisiete, cuando lo jesuitas alemanes y de los Países Bajos llegaron a Paraguay en grandes números. En 1726, un procurador español de las misiones admitía que “"Artes plerasque [missionarii] erexerunt, sed eas omnes Germanis debent." Las artes y los oficios habían sido completamente descuidados en la colonia española en este tiempo en que las casas de Buenos Aires se construían con terracota y se cubrían con juncos. Un hermano laico de la Compañía de Jesús, Juan Kraus, erigió el primer gran edificio de ladrillos (colegio y noviciado) en Buenos Aires y Córdoba. El hermano José Klausner de Munich introdujo la primera fundición de de estaño en la provincia de Tucumán; mientras los indios de las Reducciones, dirigidos por los misioneros, construyan fortificaciones y parapetos de Buenos Aires, Tobati, San Gabriel y otras obras públicas.

(4) Distribución del Trabajo y forma de control.

La maquinaria económica de las reducciones podía mantenerse en movimiento y los indios, opuestos por naturaleza al trabajo y faltos de pensamiento, fueron educados para al trabajo sistemático solamente con una buena organización y control. También se enseñó a trabajar a los niños y día a día algunos de ellos fueron ocupados en las hilanderías bajo supervisores especiales, mientras que otros eran llevados a los campos y plantaciones, guiados por alegres piezas musicales detrás de la estatua de S. Isidoro a trabajar allí durante unas pocas horas. Las mujeres eran obligadas, además de hacer los trabajos de la casa, a hilar ciertas cantidades a la semana para uso de la comunidad, a ayudar durante la siembra y la cosecha del algodón. Los hombres que te tenían un oficio específico estaban obligados a trabajar al menos dos días por semana en los asuntos comunales, en el campo o en los edificios públicos. Yodos tenían que trabajar durante la cosecha. Relajación y recreo se hacían en las horas reservadas para ello, que se empleaban en juegos comunes, carreras militares de caballos etc., durante los muchos días de fiesta que se reservaban para la caza y otras expediciones. Las cartas y los dados, sin embargo, estaban estrictamente prohibidos. Los lideres de cada comunidad estaban encargados de dirigirlas (ver abajo).

Además cada oficio tenía sus propios superintendentes y jefes de los gremios que estaban continuamente en contacto con los misioneros, que vigilaban todo y cuya presencia y autoridad era el eje de toda la comunidad. Todos los oficiales estaban obligados a dar informes exactos de sus administraciones y es un hecho que los informes y administración eran ejemplares y ordenados, según el testimonio de los inspectores del gobierno. Los superiores del orden también hacían inspecciones todos los años. Los trabajadores y los empleados públicos como los ayudantes del hospital y otros se mantenían con fondos públicos y los campos privados de los arrieros y ferreteros, pastores y otros, que estaban ocupados en el servicio público eran arados en su lugar por otros.

(5) Distribución de raciones.

La comida y el vestido era la misma para todos, con pequeñas concesiones a favor de los caciques y oficiales públicos. El producto de los campos privados proporcionaba los segundos platos de la mesa diaria. Lo que faltaba salía del almacén común en igual medida. El artículo principal de la dieta de los indios era carne que obtenían de los mataderos comunes a intervalos regulares. Ordinariamente los animales eran sacrificados tres veces a la semana; en Yapeyu, unos 7000 habitantes, unas cuarenta reses se mataban diariamente. Para evitar que los indios consumieran en un solo día sus raciones completas de carne se le animaba a que hicieran charqui (carne secada al sol y pulverizada) con una parte. A los enfermos se les daban comidas especiales preparadas en la parroquia; los niños recibían su desayuno y la cena en el patio de la parroquia. En las fiestas mayores se celebraban banquetes públicos en común. Los almacenes comunes también proporcionaban provisiones adicionales especiales par alas fiestas de las bodas etc. Los licores fuertes fueron casi completamente sustituidos por el mate en la Reducciones guaraníes.

Cada familia recibía dos veces al año el tejido de lana que necesitaban y el algodón con el que las mujeres hacían los vestidos. Además, cada familia podía traer su cosecha propia de algodón los molinos de la parroquia. Solo se tejía un paño burdo y tejido de lino de mejor calidad para los altares y vestimentas. Los vestidos de estado había que importarlos. El vestido de los nativos era sencillo pero decente. Los hombres solían llevar calzones cortos, una camisa de algodón y dos ponchos de lana uno para todos los días y el otro para las fiestas; las mujeres llevaban una especie de camisas largas, sueltas con muchos dobles. Casi todos iban descalzos. Las prendas oficiales para las fiestas y los uniformes de gala, limpios y hechos de materiales con muchos colores, se guardaban en arcones diferentes en el colegio, de la misma manera que las banderas, disfraces teatrales, insignias etc.

Comercio y riqueza de los jesuitas.

Las acusaciones de que los jesuitas adquirieron inmensas fortuna en las Reducciones es una fábula difundida por su enemigos o los que tenían envidias de su éxito, pero ya nadie lo cree:”Me atrevo a mantener” escribió el obispo de Buenos Aires D. Pedro Tejardo, a Felipe V de España en 1721 “que si los jesuitas fueran menos virtuosos tendrían menos enemigos, He visitado sus misiones con frecuencia y puedo asegurar a su majestad que en ninguna parte he encontrado más orden y más perfecto falta de egoísmo que entre estos religiosos que nada toman de lo que pertenece a sus conversos, ya sea para su propio vestido o para su sustento”.

El hecho es que los jesuitas pagaban su propio sustento en lo que era posible de su propio salario asignado por el rey (alrededor de 250 pesos) aunque era menor que el de otros sacerdotes ya seculares o religiosos (600 pesos). En compensación por las provisiones que tomaban los padres del los almacenes comunes, como pescado, leche, huevos vegetales, el procurador enviaba a cada misionero una cantidad de sal, jabón, cuchillos, tijeras de esquilar, anzuelos, alfileres medallas etc., para distribuirlos entre los indios que eran muy aficionados a estas cosas.

Southley, que era protestante, publicó como resultado de su investigación que nada hay más cierto que los jesuitas no han amasado ninguna fortuna en el Paraguay. El mito respecto a sus grades transacciones comerciales hay que colocarlo en la esfera de l de las minas de oro de las Reducciones, que nunca existieron, a pesar de que la envidia y el odio han insistido persistentemente en esta afirmación .El Gobierno se vio obligado más de una vez a investigar. Así en 1640 D. Andrés de León Gacavita dirigió una de ellas y Don J Blázquez Valverde otra aún más exigente en 1657. En ambos casos se demostró la mentira de las acusaciones y se castigó severamente a los acusadores. Nunca se han hallado las minas de oro, ni siquiera después de la expulsión de los jesuitas. Las estimaciones que se han hecho sobre los inmensos beneficios están basados en suposiciones arbitrarias o falsas. Los grandes rebaños no eran representativos de riqueza, debido al número de ganando sin propietario que abundaba en la tierra y en consecuencia el precio de un ternero saludable era de medio peso en tiempos de Dobrizhoffer, y más tarde el precio subió a uno y dos pesos debido a la destrucción sin sentido por parte de los españoles de estos animales. El solo altar principal tallado de la iglesia de San F. de Borja valía unos 30.000 novillos.

Además, hay que tener en cuenta el gasto del mantenimiento de tan vasta comunidad; los altos precios de los nuevos productos y piezas de hierro de había que importa (cien libras de hierro de Buenos Aires costaba 16 aurei; 1 codo de paño de lino 4 antiguos rix-dólares y hasta más, un alba con sus encajes120-rix-dólares=; el tributo a la corona, que según los expertos subía a 24.000 pesos; la construcción y decoración de las numerosas iglesias muy en el interior, los equipamientos de las tropas auxiliares indias al servicio del rey ( ver abajo) todo ello “tomado en su conjunto requería gastar casi todos los ingresos. De hecho todo el comercio estaba limitado al intercambio, justificado por ley canónica de productos tales como algodón, tabaco, pieles, varias clases de madera, pelo de caballo, miel y en particular la muy estimada herba (mate) de la misión , por bienes que las reducciones no podían producir o al menos en cantidades insuficientes, así como paños, sedas, paño para las vestimentas sagradas y el altar, instrumentos objetos de cristal y de hierro, libros, papel, sal , vino, vinagre, tintes etc. El comercio por intercambio producía 100.000 pesos según el informe de la comisión real de investigación, o 7 reales per capita de la población. Un ejemplo puede ilustrar con cifras la arbitrariedad de los calumniadores de los jesuitas. Algunos especialistas afirman que los jesuitas vendían 4.000.000 de libras de herba al año mientras que la cantidad oficialmente certificada era de 6000 arrobas (150.000 libras); además cifran la cantidad de indios dedicados a su cultivo en 300.000 o el doble del número total de hombres y mujeres y niños que vivieron en cualquier tiempo en todas las reducciones.

Cuanto de imaginario tenía la riqueza atribuida a los jesuitas cuando se realizó el inventario en 1787 al tiempo de su expulsión. Se tomaron todos los edificios por sorpresa para que los jesuitas, sin previo aviso, no pudieran ocultar nada. Pero los únicos tesoros encontrados fueron los objetos preciosos del culto de las iglesias, y una ridícula cantidad de dinero. El colegio más importante, el de Córdoba, apenas se podía mantener según los documentos. Los jesuitas, escribe un investigador, por más que parezca extraño, no llevaban la misión a la manera de un negocio, sino más bien como gobernantes de una Utopía – esos tontos personajes que creen que la felicidad en preferible a la riqueza. Forma de gobierno.

La administración local de las Reducciones se arregló de acuerdo a las previsiones de la lex indica, siguiendo el modelo español y se componía del Corregidor o burgomaestre( en el idioma guaraní poro puaitara, es decir, el que da órdenes); el teniente, o deputado; tres alcaldes, i.e. bailes o inspectores, dos para el trabajo en la ciudad y uno (alcalde de la hermandad) para el trabajo en los distritos rurales; cuatro regidores o consejeros (Guaraní icabildo iguata, i.e. uno que pertenece al consejo); un alguacil mayor, una suerte de prefecto de policía (Guaraní ibirararuzu, i.e. "el jefe de los que llevan el garrote); un procurador y un escribano (Guaraní quatiaapobara, i.e. "uno que dibuja o escribe"). Además había dos alféreces reales o porta estandarte (Guaraní, aobebe rerequara, i.e. "aquel al que se confía la bandera) y algunos oficiales subalternos y ayudantes.

La elección anual se celebraba en diciembre. La lista de los nuevos candidatos se elaboraba con los oficiales retirados y se sometía al cura para ser aprobada y ocupaban sus cargos los nuevos oficiales y la investidura y de forma muy solemne se les imponía la insignia del oficio en la investidura a la puerta de la iglesia. Además de su insignia, los oficiales públicos tenían un lugar de honor en la iglesia. Su confirmación final venía en cada caso del gobernador español. El 1 de enero se elegía también a los superintendentes del trabajo, los directores de los jóvenes y otros. Cada día, después de la misa, el corregidor daba al cura un informe de todos los asuntos pendientes y recibía de él las directrices necesarias que trasmitía a los implicados. Hay que notar que el antiguo cacicazgo hereditario, y también la nobleza india hereditaria, mantuvieron todos sus privilegios y fueron honrados en las Reducciones y, al parecer, eran especialmente considerados en la asignación de oficios más elevados y cargos militares. El plan de Felipe V de nombrar a quinientos caciques de las Reducciones Caballeros de Santiago no se llevó a cabo porque los caciques no daban importancia a tal distinción.

Poder militar.

La organización de la autodefensa armada contra las frecuentes incursiones de hordas de salvajes y de los vecinos portugueses no solo la permitían los decretos reales repetidos sino que se realizó de acuerdo con los deseos expresos del rey. En conformidad con esos decretos se construyeron arsenales en todas las Reducciones en los que se almacenaban armas de buena calidad, sobre todo armas de fuego junto con la munición. El rey envió repetidamente nuevos suministros de armas, entre ellas unas 800 pistolas, en 1730. Más tarde las Reducciones producían su propia pólvora. Cada Reducción se dividía en ocho compañías con un maestro de campo, generalmente un cacique, un sargento mayor y ocho capitanes y otros oficiales. Se hacían ejercicios e instrucción militares regularmente, con ejercicios tácticos para mantener e incrementar la eficiencia militar de la gente. Los gobernadores enviaron oficiales españoles repetidamente a las Reducciones para instruir a los indios en el uso de las armas, Sin embargo la fuerza más poderosa de las reducciones era su caballería que ya se había manifestado eficaz en la defensa contra los Paulistas, desde 1842 en adelante era reclutada por los gobernadores año tras año par ayudar en las guerras contra las tribus salvajes, los portugueses, y los ingleses que amenazaban Buenos Aires y contra los colonos rebeldes e indios de encomienda. Dieron excelentes resultados, más valiosos porque no costaban nada a la corona. Los indios de las Reducciones entraron en el campo de batalla no menos de cincuenta veces a favor del rey desde 1637 a 1735, con grandes fuerzas y considerables sacrificios de tiempo y vidas.

Iglesia y vida religiosa.

A las reducciones del Paraguay se las califica justamente como un modelo teocrático de mancomunidad. La religión regía toda la vida pública y privada. Toda la comunidad asistía diariamente a misa y a las devociones de la tarde. Oraciones y cánticos religiosos acompañaban y acompasaban el trabajo y el recreo. La instrucción religiosa era impartida diariamente a los niños, varios días a la semana a los catecúmenos y todos los domingos a toda la parroquia. Utilizando cantos catecumenales se imprimía en las mentes de la gente las doctrinas y los principales acontecimientos de la vida de Cristo y de los santos. Una especia de manual que se titulaba "Ara poru aguiyey haba yacoa ymomoeoinda" (Sobre el uso apropiado del tiempo) escrito por el padre jesuita Insauralde (nacido en Asunción en 1730) e impreso en Madrid en 1759-84 en dos volúmenes, que era muy popular, daba consejos sobre cómo realizar varios actos en casa y en la iglesia de una forma santa y meritorio.

La vida pública religiosa en las espléndidas iglesias hallaba su expresión de una manera muy brillante, particularmente en las fiestas. La música de la iglesia se cultivaba con mucho cuidado, especialmente bajo la dirección de los padres italianos y alemanes y su producción hubiera sido, según el testimonio de D. Francisco Jarque, digna de cualquier catedral española. En consecuencia, los coros de las iglesias de las Reducciones eran frecuentemente invitados a las ciudades españoles: los informes de la celebración de la fiesta del Corpus Christi, de las fiestas patronales, las rogativas y procesiones penitenciales, la devoción a los santos (particularmente a la Virgen), olas representaciones del Pesebre y de la Pasión, las obras de los misterios y las danzas sacramentales, etc. muestran una estampa encantadora de la vida religiosa en las Reducciones. Las asociaciones religiosas, especialmente las Solidaridades de la Santísima Virgen lograron un desarrollo notable.

La recepción de los sacramentos, una vez estuvieron bien establecidas las Reducciones y se tenía un buen número de cristianos viejos, según el informa anual y según la práctica eclesiástica, excelente. Los miembros de las asociaciones religiosas recibían la comunión mensualmente, muchos semanalmente. Los primeros matrimonios (los chicos eran obligados a casarse a los 17 años, las chicas a los 15), la disciplina estricta y la vigilancia favorecían la castidad entre los nativos, lo que ayudaba al incremento natural de la raza, que ordinariamente no era muy fértil (el promedio de niños era cuatro). El control cuidadoso y la segregación de todos los elementos cuestionables, hacía el resto. “Hay tanta inocencia en estoas gentes”, decía el obispo Fajardo el 20 de mayo de 1720 desde Buenos aires a Felipe V, “ que están compuestas exclusivamente de indios naturalmente inclinados a toda clase de vicios, que creo que aquí nunca se comete un pecado mortal, ya que la vigilancia de los pastores prevé y previene las faltas más ligeras” . Auténticos testimonios de obispos e inspectores reales hablan con la más grande admiración del celo religioso, la devoción, pureza de la moral, amor fraterno cristiano y conciencia de los indios, así como de la devoción nunca menguante y de las vidas edificantes de los sacerdotes.

Escuelas y educación

Cada Reducción tenía, al menos en los últimos períodos, una escuela elemental con maestros indios educados por los Padres; allí, al menos los niños, sobre todo los hijos de los caciques e indios más prominentes, y tomados de entre las filas superiores de los pueblos y de otros oficiales, podían aprender a leer escribir y aritmética. En este aspecto, eran también la avanzadilla en las colonias españolas. Hasta Bucareli, que ejecutó más tarde el decreto de expulsión de forma tan inexorable, reconoció el trabajo de las escuelas de las Reducciones. Los chicos con cualidades especiales recibían también suficiente latín para permitirles que ocuparan el puesto de sacristán y pudieran leer en la mesa del colegio. Las escuelas de canto y música tenían mucho éxito de manera que cada Reducción tenía un coro capaz y una orquesta. La acusación de que los jesuitas impedían a los indios aprender español, para conservar sus secretos y par impedir el intercambio con lo colonos no es verdad, como atestigua Bucareli y es, además completamente absurda, puesto que el idioma guaraní, era entonces el idioma común también de los españoles. Las mujeres no sabían español. Los Padres intentaron introducir el español en por su propio interés todos, aunque era muy difícil de aprender para los indios y poco popular entre ellos; sin embargo siguieron el jus indicum (Tit. I, c. vi, leg. 18) que no obligaba a los nativos a aprender español.

Disciplina y normas penales

Era necesario acostumbrar a los indios a la moral cristiana y al amor al trabajo con suavidad mezclada con severidad. La rutina diaria , dirigida por el toque de la campana, la segregación estricta de los sexos en la vida pública comunitaria exigida por el jus indicum, junto con un sistema prudente de vigilancia exigida por un comité de cristianos más viejos, los neófitos y los recién llegados que venían constantemente de la selva, ayudaron a conseguir este resultado. Otra precaución fue la segregación, hasta donde era posible a los indios de los españoles y de los indios de las encomiendas, que eran en su mayoría de un carácter moral cuestionable. Esta fue una medida que muchos, refiriéndose a la triste experiencia de Perú, consideraron completamente apropiada, y cuya observancia por parte de los misioneros del Gran Chaco parecía necesaria.

Respecto a la disciplina penal, hasta Azara, que tenía tanta aversión a los jesuitas, admitía “que ejercían su autoridad con suavidad y moderación, lo que es de admirar”. Las transgresiones menores como la pereza, alborotos públicos etc. se castigaban con ayuno o unos pocos golpes con el látigo, mientras que la de naturaleza más seria con el arresto y confinamiento en la cárcel y alimentación allí con raciones pequeñas Las mujeres inmanejables eran confinadas en el cotiguazu, o casa de mujeres. Para evitar el abuso de la autoridad por parte de los oficiales indios, no se les permitía infligir castigos de ninguna clase sin haber informado previamente del caso a los Padres. Nunca se aplicó la pena de muerte, Los crímenes que la merecían, lo que ocurría raramente, eran castigados con la expulsión de la Reducción y la entrega de criminal a las autoridades españolas. El hecho de que esas tribus tan amantes de la libertad no realizaran ni un asola sublevación contra los misioneros, mientras que los indios de las encomiendas se rebelaban frecuentemente y el dato añadido de que dos o tres Padres bastaban para mantener el orden y la disciplina de poblaciones de 1000 ó 2000 personas habla alto y claro a favor del sistema y demuestra la falsedad de las acusaciones de despotismo contra los jesuitas.

El cuidado de los enfermos.

El cuidado de los enfermos estaba bien organizado en las Reducciones. En cada pueblo había de cuatro a ocho enfermeros, bien instruidos en medicina y dedicados absolutamente a su profesión; los llamaban curuzuya, o portadores de cruces, por la forma de sus bastones rematados por una cruz. Cada día hacían la ronda por el pueblo y tenían que dar a los Padres un informe exacto de las condiciones de los enfermos, de manera que casi ningún indio moría sin los últimos sacramentos. Los remedios que utilizaban era principal mente hierbas medicinales indígenas. Además cada colegio tenía una farmacia. Algunos padres y hermanos que tenían conocimientos de medicina compilaron manuales especiales de medicina para usarse en las Reducciones, Algunos Padres alemanes y unos pocos hermanos laicos, estos últimos habían sido boticarios antes de entrar en la orden, fueron particularmente meritorios para las Reducciones , por ejemplo, el tirolés Padres Segismundo Aperger.

Los guaraníes eran normalmente eran una raza saludable, pero no tenían resistencia contra algunas enfermedades contagiosas como el sarampión o la viruela. Se dieron reiteradas epidemias muy severas en 1618, 1619, 1635, 1636, 1692, 1718, 1733, 1739 y 1764 que diezmaran a la población de las Reducciones de manera pavorosa. Así en el año 1735 el sarampión causó 18,733 muertes y en 1737 la viruela causó más de 30.000 víctimas. En 1733 12,923 niños murieron de viruela. Si no hubiera sido por las epidemias, la población de las misiones guaraníes hubiera sido el doble o el triple de numerosa. Estas epidemias exigieron de los Padres esfuerzos heroicos.


Relaciones entre las Reducciones y el gobierno español

Nada puede ser más absurdo que el mito de “El Estado Jesuita Independiente del Paraguay”, construido mendazmente por Ibáñez y otros escritores. Toda la fundación y desarrollo de las Reducciones fue hecha con el consentimiento de los reyes de España con la fuerza de los decretos y privilegios reales, resumidos aumentados y confirmados por el famoso decreto de Felipe V del 8 de diciembre de 1743. Ya en 1774 el jerónimo padre Ceballos pudo mantener verdaderamente que todo lo que los jesuitas habían hecho en paraguay “"era todo probado por reales cédulas ó procedía de ordenes expresas." El territorio de las Reducciones estaba bajo la jurisdicción directa de la Corona, de manera, sin embargo que parte de los derechos de soberanía eran ejercidos por el gobernador en nombre del rey (desde 1736 en adelante todas las Reducciones estuvieron bajo al autoridad del gobernador de Buenos Aires. Todas las órdenes y decretos se anunciaban y se cumplían también en las Reducciones, a no ser que se las exceptuara expresamente.

Los gobernadores confirmaban a los nuevos oficiales de las Reducciones después de las elecciones anuales, así como a los nuevos nombramientos de cures de la Compañía de Jesús. Hacían visitas oficiales regulares a las Reducciones y enviaban informes al rey sobre su visita. Las Reducciones estaban listas para la guerra en cualquier momento que lo pidiera el gobernador que contaba siempre con su lealtad, un hecho que es reconocido frecuentemente con palabras elogiosas en los informes al rey. Más aún, las Reducciones pagaban los impuestos y los diezmos fiel y puntualmente y moldeaban su conducta de acuerdo con todas las leyes de la corona española, mientras no fueran suspendidas o modificadas en su aplicación a aquellos territorios por privilegios reales especiales (Decr. Phil. V., art. 5). Las desavenencias con los gobernadores que surgían por intrusiones injustas eran resueltas siempre a través de la audiencia real de Charcas, por los inspectores reales o por comités investigadores nombrados especialmente por el mismo rey.

Los Padres inculcaron profundamente en el corazón de los indios de las Reducciones lealtad al rey y entusiasmo por su causa y persona. El mismo Felipe V declaró en su famoso decreto del 28 de diciembre de 1743 que en todas sus posesiones coloniales de América no tenía súbditos más fieles. El las fiestas patronales se llevaba ceremoniosamente la enseña real hasta la iglesia, en cuya puerta eran recibidos con honores el alférez real que la llevaba. Se plantaba entonces en la plaza con un retrato del rey y toda la milicia con sus oficiales renovaban su homenaje de forma solemne entre gritos de: "Mburu bicha guazu: toi cobengatu ñande Tey marangatu: toi cobengatu ñande Rey N." (¡Larga vida al rey, el gran Cacique! ¡Larga vida al buen rey, que viva largamente el rey N!).

Los indios estaban orgullosos de llamarse “soldadlos del rey”. Ya se ha dicho arriba cómo sacrificaron en muchas ocasiones su vida y sus propiedades, bajo la dirección de los Padres, por la cause de la corona. La lealtad de estos indios al rey se caracteriza por su conducta durante el tiempo de los desórdenes de Antequera y la llamada revuelta de los llamados Comuneros. Ese difícil período o periodo (1721-1735) que supuso el primer intento de secesión de España de la colonia, a gran escala. El usurpador Antequera, así como los Comuneros airearon su rabia primero y sobre todo contra el jesuita y los indios de las Reducciones que demostraron ser el más fuerte reducto del gobierno español. La destrucción fue inmediatamente seguida por la revolución y la secesión de España.


Exclusión de los españoles de los territorios de las Reducciones.


El aislamiento y la exclusión de los españoles de los territorios de las Reducciones, impuestos por razones de principios y llevados a cabo firmemente dieron a los enemigos de los jesuitas amplio material de murmuración. Pero las medidas, sancionadas por los decretos reales, eran necesarias para conseguir los propósitos de la misión. “Nada puede justificar mejor este proceder”, escribe Ulloa, “que el triste ejemplo del declinar de las doctinas de Perú.

Es, sin duda, un hecho significativo que hasta el gobernador Bucarelli, en sus instrucciones a su sucesor escritas en 1768, tras la expulsión de los jesuitas, urgía con mucha fuerza que continuara el sistema de aislamiento en interés de los indios. Más aún, los representantes de la corona siempre tuvieron libre acceso a las Reducciones y allí donde no había peligro, las reducciones siempre mantuvieron buenas relaciones con los colonos españoles vecinos, que eran invitados con frecuencia a las fiestas, solicitados como padrinos de bautismos etc. Más aún, los pueblos cercanos a Asunción: Santa María, San Ignacio Guazu, Santa Rosa, Santiago, San Cosme e Itapua se abrían ciertos días del mes, a petición real, a los comerciantes españoles, para la venta de sus vendieran su mercancías. Un cierto número de españoles de confianza vivía en las Reducciones y cada una de ellas tenía una casa de huéspedes para los viajeros forasteros. Relaciones de las Reducciones con las autoridades eclesiásticas.

Una parte de las reducciones de guaraníes estaba bajo la jurisdicción del obispo de Asunción (erigido en 1647) otra bajo la autoridad del obispo de Buenos Aires (1582), mientras que las Reducciones de los Chiquitos pertenecían a la diócesis de Santa Cruz de la Sierra (1605), y los colegios y misiones de Tucumán a las sede de Córdoba (1570). La jurisdicción de los obispos estaba limitada solamente por les exenciones de la Compañía de Jesús, que tenía eso en común con otras órdenes y que estaban claramente delimitadas por las bulas papales. Por lo demás, los obispos ejercían su autoridad episcopal y sus funciones libremente en el territorio de las Reducciones, confirmaban a los curas propuestos por el superior de la orden, recogían los diezmos, realizaban sus visitas pastorales y de confirmación regularmente y enviaban informes al rey y a Roma. Como las visitas a las Reducciones distantes tenían muchas dificultades, los obispos confirieron extensos derechos a los superiores de las misiones; las relaciones entre los jesuitas y los obispos, aunque éstos pertenecían a sobre todo a otras órdenes, fueron muy buenas todo el tiempo.

Solo hay un excepción existe en el caso del obispo de Asunción D. Bernardino de Cárdenas, O.S.F. (1642-49), cuyas acciones produjeron confusión en todo el país y cuya antipatía por los jesuitas amenazó con destruir las Reducciones. En 1649 fue trasladado a Santa Cruz de la Sierra, y más tarde se reconcilió sinceramente con los jesuitas. El asunto de Cárdenas fue utilizado inmediatamente por el grupo anti-jesuítico, sobre todo en tiempos de Pômbal. No puede haber dudas en que parte estaba el la justicia, a pesar de las representación de Marcellino da Civesas. Desde 1654 en adelante el nombre de Reducción fue alterado oficialmente y se las llamó Doctrinas y a las misiones, parroquias, un proceder que no iba en contra de las reglas de la orden, como mantiene el apóstata Ibáñez. Cada parroquia tenía un cura y un vicario, y en las grandes ciudades, varios. Todo El territorio de las Reducciones estaba bajo la autoridad de un superior que residía en Candelaria y tenía, para ayudarle, un vice-superior en el territorio de Paraná y otro en el de Uruguay. Las Doctrinas en conjunto formaban un collegium, según las reglas de la orden; el superior missionis actuaba como rector y representante de la misión ante las autoridades eclesiásticas y civiles. Se rodeaba de un consejo de ocho consultores, elegidos entre los Padres más ancianos y con más experiencia. Cada tres o cuatro años el territorio de las Reducciones era visitado una o dos veces por el Provincial del Paraguay. La disciplina de la orden se mantenía estrictamente y el estupendo espíritu religioso de los miembros es atesti8guado por el testimonio oficial de los obispos, gobernadores e inspectores reales. Un documento, escrito en Cuaraní, encontrado durante la ocupación forzosa de San Lorenzo, en el que le indio Neenguiru describe la vida y actividad del Padre, es emotivamente bello.


Cómo se ha juzgado al sistema

La naturaleza singular de las Reducciones ha despertado un gran interés y admiración de numerosos pensadores, filósofos, historiadores, economistas y exploradores. Hombres de las más diversas procedencias y denominaciones han expresado su más cálida aprecio. Estas opiniones, junto con los brillantes testimonios de los reyes españoles, gobernadores, inspectores, obispos y otros debieran tener peso suficiente para descubrir como mentiras y libelos malintencionados historia los maliciosos ataques de enemigos confesos de la Iglesia y de los jesuitas. Es lamentable que los prejuicios contra la Compañía de Jesús todavía difundan esas mentiras de la historia. El sistema de reducciones sin duda tenía sus debilidades e imperfecciones; hay que ponerlos al descubierto, pero de manera consistente con la investigación histórica. Es ciertamente inconsistente alabar de forma inmoderada el sistema de los incas y al mismo tiempo hallar faltas en el sistema de reducciones que adoptó y cristianizó todo lo bueno que tenía ese sistema. Con frecuencia se pone por delante, hasta por parte de escritores de buena voluntad, que el sistema de Reducciones no educó a los indios para ser autónomos sino que los mantenía en un estado de tutelaje. Esta política, dicen, explica el declinar de las Reducciones después de la expulsión de los jesuitas. En respuesta hay de decir, brevemente, que:

• El trabajo de los jesuitas fue destruido antes de que llegase a lo más alto de su desarrollo.

• De hecho, los jesuitas pusieron todos sus esfuerzos en educar a los indios hacia su autonomía: sus esfuerzos se vieron frustrados por la profunda indolencia de la raza. La prueba está en que los indios que dejaron las Reducciones y emigraron a las colonias españolas no lograron conseguir posiciones independientes, ni siquiera en las condiciones más favorables.

• El sistema de las Reducciones no debe ser medido por los estándares europeos sino de acuerdo con las condiciones de tiempos de las colonias españolas. ”Que no solo era apropiado, sino quizás el mejor que bajo todas las circunstancias se pudo diseñar par alas tribus indias de hace trescientos años, apenas salidas del nomadismo, está tan claro, cuando se recuerda en qué estado de miseria y desesperación pasaban sus vidas los indios de las encomiendas y las unitas”.

• El sistema empleado era de hecho el único medio adoptado para salvar a los indios. ”Dígase lo que se diga de las misiones jesuíticas”, escribe el Dr. K. Haebler ("Jahrbuch d. Geschichtwissenschaft", 1895), “merecen absolutamente la alabanza porque el suyo fue el único establecimiento en el que indios no se extinguieron, sino que crecieron en número”. De los 80.000 indios que vivían en la provincia de Santiago del Estero en el siglo diecisiete, sólo 80 permanecían hacia 1750; de los 40.000 del territorio de Córdoba, solamente 40.

• Hasta que punto la autoconfianza de los indios de las Reducciones y su apreciación del original derecho de propiedad desarrollado por ellos bajo los jesuitas se demostró por su forma de comportarse en la guerra de las Siete Reducciones (ver abajo), que, como es bien sabido, fue ocasionada por la negativa de los indios a rendir su tierra a los portugueses y por le hecho de que, por primera vez en este asunto, se rebelaron contra la voluntad de los Padres. La disolución de las Reducciones después de la partida de los jesuitas no fue el resultado del sistema, sino de lo que le sucedió.


Decadencia de las Reducciones

El trágico declinar de las Reducciones no es mas que otro episodio de la Guerra contra la Compañía de Jesús que comenzó a mediados del siglo dieciocho y del que el trío de ministros librepensadores de Francia, Portugal y España (es decir Choiseul, Pombal y Aranda), fue el impulsor y líder y que terminó Copn la disolución de la orden en 1773. Solo podemos enumerar brevemente aquí los principales factores.

El Tratado de 1750.

Las dificultades que surgieron entre España y Portugal por las fronteras de sus posesiones americanas dieron al todopoderoso Pombal, enemigo mortal de los jesuitas, la excusa de dar un golpe diplomático que además de promover los intereses de Portugal y satisfacer su odios hacia la Compañía de Jesús. El tratado, firmado en secreto en Madrid el 15 de enero de 1750, contenía entre sus provisiones el acuerdo de que España retuviera la colonia largamente discutida de Santo Sacramento en la boca del Uruguay y transfería a Portugal las siete reducciones que quedaban el la rivera izquierda del río, es decir, alrededor de dos tercios del actual Río Grande du Sul y una de las más valiosas zonas del territorio de La Plata. El tratado proveía además ( artículo 16) que los misioneros y sus treinta mil indios abandonaran sus casas, fundadas a lo largo de ciento cincuenta años de paciente trabajo, con lo que pudieran llevar encima y sin demora, para establecerse en la orilla derecha del Uruguay. Este cambio de ubicación, hasta desde el punto de la política colonial y económica era un incomprensible ofensa de la justicia hacia los misioneros e indios, cuyos deseos no habían sido consultados de manera alguna; fue “una de las más tiránicas órdenes emitidas de manera irresponsable por el poder” (Southey, loc. cit., III, 449). Southey añade correctamente que el débil Fernando VI no tenía ni idea de la importancia del tratado.

La Guerra de las Reducciones.

El tratado causó sorpresa e indignación en la colonia española de La Plata. El virrey de Perú, la audiencia real de Charcas, y las autoridades eclesiásticas y civiles enviaron unánimemente protestas de naturaleza muy enfática al gobierno español. No tuvieron éxito. Tampoco los jesuitas que declararon que era imposible acercarse a los indios para que conocieran la cruel orden de que abandonaran su casa y sus posesiones, que habían sido concedidas solemnemente en tantos decretos reales, y entregarlas sin causa ni provocación a sus enemigos y opresores los portugueses. No sirvió de nada que Ignacio Visconti, general de los jesuitas, cediendo inmediatamente a los deseos del rey, emitió una orden estricta a los miembros de la orden para que cedieran ante lo inevitable e intentar que los indios expulsados se sometieran, una tarea que cumplieron, aunque sin éxito al principio. Al pedir solemnemente tiempo hasta que el cruel decreto fuera revocado, cumplían con su deber; presentar su conducta como insubordinación, como se ha hecho, es injusto. Su posición se agravó mucho por el imprudente y dominante comportamiento de los plenipotenciarios españoles y portugueses y especialmente por la actitud apasionada del comisario de la orden P Luis Altamirano nombrado por el general y el rey y que trató a sus hermanos como rebeldes, aunque le advertían que procediera con cuidado y moderación. A pesar de todas las apelaciones de los padres, los indios irritados más allá de lo soportable se levantaron en armas pero al no tener un líder y carecer de unidad, fueron derrotados en la batalla de febrero de 1758. Los que no se sometieron huyeron a los bosques, donde llevaron a cabo una guerra de guerrillas, sin éxito a la larga. La mayor parte de los indios, siguiendo el consejo de los Padres, emigraron y se asentaron en las reducciones de los ríos Paraná y Uruguay (orilla derecha). En 1762 aún había 2497 familias, unas 11.84 almas, desperdigados por diecisiete Reducciones; 3052 familias, 14018 almas, habían vuelto A su antiguo hogar en 1781, porque en ese año España canceló desafortunado tratado de 1750, reconociendo con ello el error cometido.

Pero esta guerra de las Siete Reducciones había de servir como una de las principales acusaciones de los enemigos de los jesuitas. Una oleada de panfletos difamatorios, documentos falsificados y fábulas ridículas, como por ejemplo la del rey Nicolás I de Paraguay, salió de la prensa sin escrúpulos controlada por Pombal y fue difundida por toda Europa por los enemigos de los jesuitas. A pesar de su carácter completamente falso históricamente, como se ha demostrado claramente, estas publicaciones continúan falsificando la presentación histórica de este período.

El resto es conocido. El 2 de abril de 1767, Carlos III de España, débil y engañado, firmó el edicto en el que decretaba el exilio de los jesuitas de las posesiones españolas de América. Fue la sentencia de muerte de las Reducciones del Paraguay. La expulsión fue lleva a cabo a la fuerza por el gobernador de La Plata, wel marqués de Bucareli, de la forma más brutal. “los jesuitas del paraguay, al menos, por su conducta en su último acto público, reivindicaron ampliamente su lealtad a la corona española…Nado hubiera sido más fácil, estando el virrey falto de tropas en ese momento, que haber desafiado a las fuerzas que Bucareli tenía a su mando y haber establecido un Estado Jesuita, que hubiera costado a la corona española muchos gastos para poder someterlo” (pero) “no lucharon, no ofrecieron ninguna resistencia, permitiendo que los llevaran como ovejas al matadero” (Cunninghame Graham, loc. cit., 267). La provincia jesuítica del Paraguay tenía entonces 564 miembros, 12 colegios 1 universidad 1 noviciado, tres casa de retiros, 2 residencias, 57 Reducciones y 113.716 indios cristianos. La despedida de los indios rompía el corazón. En vano pidieron de la forma más emocionada que les permitieran conservar a sus Padres o que o les aseguraran que volverían. Nunca volvieron.

Las reducciones tras la expulsión de los jesuitas

Los primeros frutos de la expulsión fueron una gran decepción. Excepto la espléndida decoración de las iglesias, de las que se llevaron muchos vagones, no se encontró ninguno de los tesoros que esperaban. La administración espiritual de las Reducciones fue transferida a los franciscanos y otros y la administración pública a los oficiales civiles españoles. Se intentó mantener la mayoría de las instituciones introducidas por l9os jesuitas, que habían sido tan severamente censurados por ello -- un hecho muy aclarador – poro la rápida descomposición de las Reducciones (en 1772 la Reducción guaraní tenía 80.881 almas; en 1797, 45.000; y poco después solo quedan unos pocos), mostró que se había destruido su vitalidad. Las hermosas iglesias fueron destruyéndose y las magníficas instituciones económicas fueron abandonadas. Hubo terribles levantamientos, revoluciones y sus batallas y finalmente el despótico gobierno de sus primeros presidentes republicanos, Francia y López, destruyeron en menos de 50 años la obra edificada laboriosamente con espíritu de sacrificio cristiano. a lo largo de más de 150.

Solo quedan unas hermosas ruinas en los lugares donde estuvo la gran mancomunidad cristiana. pero “la memoria de los misioneros aun continua viva en las bendiciones de los indios que hablan del gobierno de los Padres como de su Edad de Oro” (Stein-Wappaeus, loc. cit., 1013). "El hecho es, decía el famoso viajero y etnógrafo alemán Dr. Karl von der Steinen, "que la expulsión de los jesuitas fue un duro golpe para los habitantes de La Plata y de los territorios amazónicos, del que no se han recuperado”.


Huonder, Anthony. (1911).


Transcrición dedicada a Kenna Moreira.


Traducido por Pedro Royo. Dedicado a Magdalena Zalamea