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Martes, 16 de septiembre de 2014

Obras de San Agustín de Hipona

De Enciclopedia Católica

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(Ver también la Vida; Enseñanzas y la Regla de San Agustín)

San Agustín de Hipona (354-430 DC) fue uno de los sabios más prolíficos que la humanidad haya conocido jamás, y es admirado no solamente por la cuantía de sus obras, sino también por la variedad de temas, mismos que abarcan todos los ámbitos del pensamiento. La manera en que Agustín moldea sus obras ejerce una poderosa atracción sobre el lector. Bardenhewer elogia su extraordinaria flexibilidad de expresión y su maravilloso don para describir cosas interiores, así como para representar los diversos estados del alma y los hechos del mundo espiritual. Su latinidad ostenta el sello de su época. En general, su estilo es noble y depurado; pero, dice el mismo autor, "en sus sermones y otros escritos populares, [San Agustín] desciende deliberadamente al lenguaje de la gente." Resultaría imposible hacer un análisis detallado en este espacio. Nos limitaremos a señalar sus principales escritos y la fecha (a menudo aproximada) de su elaboración:


Contenido

Autobiografía y Correspondencia

Las Confesiones son la historia de su corazón; las Retractaciones, lo son de su mente; mientras que sus Cartas dan evidencia de su actividad dentro de la Iglesia.

Las Confesiones (hacia el 400 D.C.) son, en el sentido bíblico de la palabra confíteor, no un reconocimiento o una declaratoria, sino la alabanza de un alma que admira la obra de Dios dentro de sí misma. De todos los trabajos del santo doctor, ninguno ha sido más leído y admirado universalmente, y ninguno ha provocado tantas lágrimas curativas como éste. Muy difícilmente puede encontrarse en la literatura otro libro que pueda equipararse con éste en lo referente al análisis penetrante de las más complejas impresiones del alma, a la sensación comunicativa, a la elevación del sentimiento, o a la profundidad de sus visiones filosóficas.

Las Retractaciones (escritas hacia el final de su vida, 426-428) son una revisión en orden cronológico de los trabajos del santo, donde se explican la motivación y la idea dominante de cada uno de ellos. Constituyen una invaluable guía para captar la evolución del pensamiento de Agustín.

Las Cartas, que ascienden a 270 dentro de la colección Benedictina (53 de ellas corresponden a remitentes de Agustín), son un tesoro de gran valor para profundizar en el conocimiento de su vida, de su influencia e, incluso, de su doctrina.


Filosofía

Estos escritos, en su mayoría redactados en la villa de Casisiaco, durante el lapso transcurrido desde su conversión hasta su bautismo (387-388), complementan la autobiografía del santo, permitiéndonos asomarnos a las indagaciones y vacilaciones Platónicas de su mente. Hay en ellos menos libertad que en las Confesiones. Son ensayos literarios, escritos cuya simplicidad es la cumbre del arte y la elegancia. En ninguna otra parte es tan refinado el estilo de Agustín; en ningún otro es tan puro su lenguaje. Dados en forma de diálogos, estos documentos parecerían haber sido inspirados por Platón y Cicerón. Los principales son:

Contra Academicos (el más importante de todos);

De Beatâ Vitâ;

De Ordine;

Los dos libros de Soliloquios, que no han de confundirse con los "Soliloquios" y las "Meditaciones", que ciertamente no son auténticos;

De Immortalitate animæ;

De Magistro (un diálogo entre Agustín y su hijo Adeodato); y

Seis libros curiosos (especialmente el sexto) sobre Música.


Apología General

En La Ciudad de Dios (iniciado en el año 413, aunque los libros 20-22 fueron escritos en 426) Agustín contesta a los paganos, quienes atribuían la caída de Roma (410) a la abolición del culto pagano. En vista de este problema de Providencia Divina con respecto al imperio romano, San Agustín amplía todavía más el horizonte y, en una explosión de gracia, inaugura la filosofía de la historia, abarcando –como él lo hace– de un solo golpe de vista los destinos del mundo agrupados en torno a la religión Cristiana, como la única que volvería a los comienzos y conduciría a la humanidad a su destino final. La Ciudad de Dios es considerada por la mayoría como la obra más importante del gran obispo. El resto de sus trabajos interesan principalmente a los teólogos; pero dicha obra, al igual que las Confesiones, pertenece a la literatura general y concierne a toda alma. Las Confesiones son teología que ha sido vivida en el alma, y la historia de la acción de Dios en un individuo, mientras que la Ciudad de Dios es teología enmarcada en la historia de la humanidad, y explica la acción de Dios en el mundo. Otros escritos apologéticos, como el "De Verâ Religione" (una pequeña obra maestra compuesta en Tagaste, 389-391), "De Utilitate Credendi" (391), "Liber de fide rerum quæ non videntur" (400), y la "Carta 120 a Consencio", hacen de Agustín el gran teórico de la Fe y de sus vínculos con la razón. "Él es el primero de los Padres...", elucubra Harnack (Dogmengeschichte, III, 97) "... que sintió la necesidad de subordinar su fe al raciocinio". Y, ciertamente, él –que tan reiteradamente afirma que la fe precede a la comprensión intelectual de las verdades reveladas– es quien con mayor claridad de definición y con mayor precisión que nadie, delinea la función de la razón como antecesora y verificadora de la profesión de fe del testigo, y como acompañante del acto de adhesión de la mente. (Carta a Consencio, n. 3, 8, etc.). Cuál no habría sido la estupefacción de Agustín si alguien le hubiese dicho que la fe debe cerrar los ojos a las pruebas del testimonio divino, ¡so pena de convertirse ella misma en ciencia! O si alguno le hubiese hablado de la fe como autoridad que da su consentimiento, ¡sin examinar motivo alguno que pueda probar la validez del testimonio! Ciertamente la mente humana se rehusa a aceptar testimonio alguno sin que existan motivos razonados para tal aceptación, como tampoco es posible que un testimonio cualquiera, aún siendo producto de la erudición, pueda proporcionar la ciencia –la visión interior– del objeto.


Controversias con los Heréticos

Contra los Maniqueos:

"De Moribus Ecclesiæ Catholicæ et de Moribus Manichæorum" (en Roma, 368);

"De Duabus Animabus" (antes de 392);

"Actas de la Disputa con Fortunato el Maniqueo" (392);

"Actas de la Conferencia con Félix" (404);

"De Libero Arbitrio" – muy importante tratado sobre la naturaleza del mal;

Varios escritos "Contra Adimantum";

contra la Epístola de Maní (la fundación);

contra Fausto (alrededor del 400);

contra Secundino (405), etc.

Contra los Donatistas:

"Psalmus contra partem Donati" (alrededor del 395), una melodía puramente rítmica para uso popular (el más antiguo ejemplo en su clase);

"Contra epistolam Parmeniani" (400);

"De Baptismo contra Donatistas" (año 400, aprox.), una de las piezas más importantes en esta controversia;

"Contra litteras Parmeniani,"

"Contra Cresconium,"

un buen número de cartas referentes a este debate.

Contra los Pelagianos, en orden cronológico, tenemos:

412, "De peccatorum meritis et remissione" (acerca del mérito y el perdón);

mismo año, "De spiritu et litterâ" (sobre la letra y el espíritu);

415, "De Perfectione justitiæ hominis" – importante para comprender la impecabilidad Pelagiana;

417, "De Gestis Pelagii" – la historia del Concilio de Dióspolis, cuyas actas reproduce;

418, "De Gratiâ Christi et de peccato originali";

419, "De nuptiis et concupiscentiâ" y otros escritos (420-428);

"Contra Julián de Eclanum" – último escrito de esta serie, interrumpido por la muerte del santo.

Contra los Semipelagianos:

"De correctione et gratiâ" (427);

"De prædestinatione Sanctorum" (428);

"De Done Perseverantiæ" (429).

Contra el Arrianismo:

"Contra sermonem Arianorum" (418) y

"Collattio cum Maximino Arianorum episcopo" (la conferencia de Hipona celebrada en 428).


Exégesis Bíblica

En su obra "De Doctrinâ Christianâ" (iniciada en 397 y concluida en 426), Agustín nos brinda un auténtico tratado sobre exégesis, que históricamente es el primero (ya que San Jerónimo escribió más propiamente como polemista). En varias ocasiones intentó un comentario sobre el libro del Génesis. El gran trabajo titulado "De Genesi ad litteram" fue escrito de 401 a 415 D.C. Las "Enarrationes in Psalmos" son una obra maestra de elocuencia popular, y están provistas de una cadencia y una calidez inimitables. Acerca del Nuevo Testamento: su "De Sermone Dei in Monte" (dado durante su ministerio sacerdotal) es especialmente digno de mención; "De Consensu Evangelistarum" (Concordancia de los Evangelios, 400); Homilías de San Juan (416), clasificadas generalmente entre los principales trabajos de Agustín; la "Exposición de la Epístola a los Gálatas" (324), etc. Sus trabajos bíblicos más notables ilustran ora una teoría de la exégesis (de aceptación generalizada) que se deleita en encontrar interpretaciones místicas o alegóricas, ora un estilo de predicación fundamentado en esa visión. Algunos estudiosos opinan que el trabajo estrictamente exegético de Agustín está lejos de igualar en valor científico al de San Jerónimo. Su conocimiento de los idiomas bíblicos era insuficiente: leía el Griego con dificultad; en cuanto al Hebreo, todo lo que podemos sacar en claro de los estudios de Schanz y Rottmanner es que Agustín estaba familiarizado con el Púnico, un dialecto afín al Hebreo. Más aún, las dos magníficas cualidades de su genio –un fervoroso sentimiento y una sutileza prodigiosa– le condujeron hasta el extremo de ofrecer interpretaciones que resultaban violentas, aunque no por ello menos sólidas.

Pero la hermenéutica de Agustín es muy digna de elogio, especialmente por su insistencia en la rigurosa ley que prescribe prudencia extrema en la determinación del significado de las Escrituras: Debemos cuidarnos de emitir interpretaciones que sean riesgosas u opuestas a la ciencia, pues ello expondría la palabra de Dios al vilipendio de parte de los no creyentes (De Genesi ad litteram, I, 19, 21, particularmente el n. 39). Una aplicación admirable de su bien fundada libertad es la que aparece en su tesis relativa a la creación simultánea del universo, y al paulatino desarrollo del mundo bajo la acción de las fuerzas naturales implantadas en él. Ciertamente, el acto instantáneo del Creador no produjo un universo organizado tal como lo vemos ahora. Por el contrario, en el principio, Dios ha creado todos los elementos del mundo en una masa confusa y nebulosa (las palabras empleadas por Agustín son: Nebulosa species apparet; "De Genesi ad litt." I, n. 27), y en dicha masa se encontraban los misteriosos gérmenes (rationes seminales) de los futuros seres, los cuales habrían de desarrollarse cuando las circunstancias así lo permitieran. ¿Es entonces Agustín un Evolucionista?

Si con esto último estamos sugiriendo que Agustín poseía una percepción mental más aguda y amplia que la de otros pensadores, sobre las fuerzas de la naturaleza y la plasticidad de los seres, esto es un hecho irrefutable; y desde este punto de vista, el padre Zahm (Biblia, Ciencia y Fe, pp. 58-66, trad. Francesa) atinadamente felicita a Agustín por haber sido el precursor del pensamiento moderno. Pero si lo que queremos decir es que San Agustín concedía a la materia un poder de diferenciación o de transformación gradual, merced a la cual pasa de lo homogéneo a lo heterogéneo, los textos más serios nos orillan a reconocer que Agustín proclamó la inminencia de las especies, y que no admitía la afirmación de que "a partir de un principio primitivo idéntico, o a partir de un germen, pueden generarse realidades diferentes". La siguiente apreciación del Abate Martin, contenida precisamente en su estudio sobre este tema (S. Agustín, p. 314), se añade a la conclusión del padre Zahm. "Los elementos de este mundo corporal poseen asimismo una fuerza bien definida, y una cualidad distintiva, de lo cual depende lo que cada uno de ellos pueda o no pueda hacer, y lo que la realidad deba o no generar a partir de cada uno de ellos. Por consiguiente, se tiene que de un grano de trigo no puede generarse un frijol, ni trigo a partir de un frijol, ni un hombre a partir de una bestia, ni una bestia a partir de un hombre" " (De Genesi ad litt., IX, n. 32).


Exposición Dogmática y Moral

Los quince libros que integran la obra De Trinitate, en los cuales trabajó durante quince años, del año 400 al 416, constituyen el más profundo y elaborado de los trabajos de San Agustín. Los últimos libros, referentes a las analogías que el misterio de la Trinidad tiene con nuestra alma, son muy polémicos. El santo mismo declara que son meramente analógicos, muy ambiciosos y oscuros. El Enchiridion, o manual sobre la Fe, la Esperanza y el Amor, redactado en el año 421 a petición de un Romano devoto llamado Laurencio, es una síntesis admirable de la teología Agustiniana, reducida a las tres virtudes teologales. El padre Faure nos ha proporcionado un docto comentario de esta obra, y Harnack, un análisis pormenorizado de ella (History of Dogmas, III, pp. 205, 221).

Varios volúmenes de cuestiones diversas, entre los cuales "Ad Simplicianum" (397) ha sobresalido especialmente.

Incontables escritos de Agustín tienen una finalidad práctica: dos de ellos acerca de "La Mentira" (374 y 420), cinco más sobre "Continencia", "Matrimonio" y "Viudez en Santidad"; uno acerca de "La Paciencia", y otro sobre "Plegarias por los Difuntos" (421).


Pastorales y Predicación

La teoría relativa a la predicación y a la instrucción religiosa de la gente viene dada en su "De Catechizandis Rudibus" (400) y en el libro cuarto de "De Doctrinâ. Christianâ". El trabajo retórico por sí solo es de gran extensión. Además de las homilías Bíblicas, los Benedictinos han recopilado 363 sermones que son ciertamente auténticos; la brevedad de estos escritos sugiere que son estenográficos, y a menudo corregidos por Agustín mismo. Si el Doctor en él predomina sobre el orador, o si acaso exhibe menos color, opulencia, actualidad o encanto oriental que San Juan Crisóstomo, encontramos en Agustín, a cambio, una lógica más vigorosa, comparaciones más osadas, mayor elevación y mayor profundidad de pensamiento, y, algunas veces, en sus erupciones de emoción y en sus audaces incursiones a la forma dialogal, Agustín logra la fuerza irresistible del orador Griego.


Ediciones de las Obras de San Agustín

La mejor edición de sus obras completas es la de los Benedictinos, once tomos de ocho volúmenes en folio (París, 1679-1700). Esta colección ha sido reimpresa frecuentemente, por ej. por Gaume (París, 1836-39), en once volúmenes en octavo, y por Migne, PL 32-47. El último volumen de la reimpresión de Migne contiene algunos importantes estudios previos sobre San Agustín -- Vivès, Noris, Merlin, especialmente la historia literaria de las ediciones de Agustín, tomada de la "Bibl. Hist. lit. patrum lat" de Schönemann (Leipzig, 1794).

EUGÈNE PORTALIÉ Transcrito por Dave Ofstead Traducido por Omar Saleh