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Martes, 23 de septiembre de 2014

Jean Baptiste Henri Dominique Lacordaire

De Enciclopedia Católica


El más grande orador de púlpito del siglo diecinueve, nacido cerca de Dijon el 13 de mayo de 1802 y muerto en Sorèze, el 21 nov., 1861. Su padre murió cunado tenía cuatro años y quedó al cuidado de su madre “una valiente cristiana” pero no dévote. Ella venía de una familia de abogados y educó a su hijo para ese oficio. Estado en la escuela, perdió la fe. De Dijon fue a Paris a completar sus estudios legales con Guillemain.

Sus primeras intervenciones llamaron la atención de gran Berryer, que le auguró una carrera de éxitos como abogado. Mientras tanto volvió a recuperar la fe y decidió dedicarse enteramente al servicio de Dios. Entró en le seminario de Issy el 12 de mayo de 1824 y a pesar de la falta de entusiasmo de sus superiores, fue ordenado sacerdote por Monseñor de Quélen, arzobispo de Paris el 22 de septiembre de 1827. Pasó el primer año de su ministerio como capellán de un convento y en el Collège Henri IV.

Su trabajo era poco de su gusto así que cuando Monseñor Dubois, obispo de Nueva York, visitó París en 1829 para reclutar sacerdotes para su diócesis, encontró a un voluntario dispuesto en el joven Abbé Lacordaire. Se hicieron los preparativos, pero antes de salir estalló la revolución (julio 1839). El Abbé de Lamennais, que entonces estaba en el ápice de su reputación como defensor de la iglesia le ofreció inmediatamente un puesto de colaborador en "L'Avenir", un periódico que tenía el propósito reluchar por la cause de “Dios y la libertad”. La historia de este famoso periódico pertenece al artículo LAMENNAIS. Baste recordar aquí que Lacordaire aceptó alegremente el ofrecimiento y abandonó su viaje a América. Tanto él como Montalembert, a quien había encontrado en las oficinas de "L'Avenir", fueron los principales colaboradores.

Su propósito era renunciar a toda protección y asistencia estatal y exigir la libertad religiosa, no como un favor, sino como un derecho. Defendían la libertad de palabra y de prensa y animaban a los católicos a utilizar estas armas en defensa de sus derechos.

Sus enseñanzas religiosas eran marcadamente ultramontanas. En posprimeros dieciséis números el artículo principal salió en 7 ocasiones de la pluma de Lacordaire. No escribía sobre temas abstractos; su forma de escribir consistía en tomar un suceso del día – algún insulto a la religión, algo sorprendente en la acción de los católicos en otros países, sobre todo Irlanda – y aprovecharlo para exigir los derechos religiosos. Poseía en grado muy notable las cualidades de un gran periodista – claridad, fuerza, brillantez, el poder de discutir los más graves tópicos del día en un breve espacio y de manera que todos lo entendieran. Los liberales y realistas se vieron enfrentados a un poder y fiereza por la causa de la religión, que nunca antes habían conocido. Hoy mismo es imposible leer sus artículos sin sentir vivamente su viveza y su fuerza. Sus contribuciones, no las de Lamennais, fueron las más agresivas.

Cuando el periódico fue condenado por los obispos de Francia, fue Lacordaire quien sugirió que apelasen a Roma y redactó la memoria que se iba a presentar a Gregorio XVI. Y también fue el primero en darse cuenta de que su causa estaba perdida y que debían inclinarse ante la decisión del pontífice. Se marchó de Roma inmediatamente, el 15 de marzo de 1832, aunque Lamennais y Montalembert permanecieron algunos meses más. Los tres volvieron a encontrarse en Munich donde, mientras asistían un banquete, recibieron la condena formal de la política de "L'Avenir" (Encíclica "Mirari Vos", 15 agosto, 1832). A su vuelta a Francia Lacordaire fue a quedarse en La Chênaie, en Bretaña, donde Lamennais había establecido una casa de altos estudios para eclesiásticos y permaneció allí durante tres meses. Hay que señalar que las relaciones entre ellos no siempre fueron cordiales y menos tras la condena. El sistema filosófico adoptado por Lamennais nunca fue aceptado por su colega, que además se negó a rendir el homenaje que se esperaba de los internos de La Chênaie. Pero la causa principal de sus conflictos fue que la sumisión de Lacordaire era sincera mientras que Lamennais seguía hablando mal de Roma. Lacordaire dejó La Chênaie el 11 de diciembre de 1832 y volvió a París, donde fue admitido en el círculo de Madame Swetchine, que mantuvo sobre él una influencia moderadora mientras vivió. Como la prensa le estaba vedada comenzó a dar conferencias religiosas en el Collège Stanislas (enero., 1834) a las que asistían algunos de los líderes del momento, pero fueron pronto denunciadas por las idas liberales que expresaba. Intervino el arzobispo insistiendo en que las conferencias debían ser entregadas antes al censor. La correspondencia que siguió hizo que el arzobispo cambiara totalmente de postura, hasta ofrecer a Lacordaire el púlpito de Notre–Dame, donde, a principios de la cuaresma, de 1835, dio la primera de sus famosas conferencias. El éxito fue extraordinario desde el principio. La segunda serie, el siguiente, fue aún mayor.

Al terminar estas conferencias, lacordaire anunció su intención de retirarse del mundo durante el tiempo para dedicarse al estudio y a la oración. Durante un retiro en la casa de los Jesuitas de S. Eusebio en Roma, decidió entrar en el estado religioso. Durante sus días de seminario había pensado en hacerse Jesuita, aunque monseñor Madame pero había sido de Quélen desanimó. Decidió entonces entrar en los dominicos, cuyo nombre Padres Predicadores le atraía. Mientras tanto dictó un curso de conferencias en Metz en la cuaresma de 1838, con el mismo éxito que en Notre-Dame.

Su "Mémoire pour le Rétablissement des Frères Prêcheurs" salió antes de tomar el hábito en el Minerva de Roma (9 de abril); al año siguiente emitió los votos (12 de abril 1840) y volvió a Francia.

La primera casa de la orden restaurada fue la de Nancy, en 1843, una segunda en Chalais en 1844, un noviciado en Flavigny en 1848 y finalmente se erigió la provincia francesa con Lacordaire como primer provincial.

Mientras, en adviento de 1843, volvieron las conferencias en Notre-Dame que siguieron con solo una interrupción hasta 1852. Al principio, el rey Luis Felipe intentó impedirlas, pero en nuevo arzobispo, monseñor Affre se mantuvo firme, poniendo solamente que el predicador cubriera su cabeza y el habito de su orden con como si fuera un canónigo. El interés que despertaron las conferencias fueran mayores que nunca. El orador había ganando en profundidad y brillantez en sus años de retiro.

Ahora conviene describir la naturaleza de las conferencias y las causas del extraordinario interés que despertaban. Los sermones antiguos, pasados de moda – texto, exordio, tres puntos y perorata – trataban de temas de dogmática y moral, y estaban dirigidos a creyentes. Llegaron a su punto más alto con Bossuet, Bourdaloue y Massillon. El clero, en la primera parte del siglo diecinueve, siguió predicando como siempre, hablando de los mismos temas, poniendo los mismos argumentos, usando los mismos métodos, olvidando que ahora tenían no solo a creyentes sino a no creyentes.

Fue merito de lacordaire el discernir la necesidad de una reforma completa con nuevos temas, nuevos argumentos, y nuevos métodos. El tema debía ser apologético y puesto que la apologética varía según la naturaleza de los asaltos del enemigo, debe adaptarse para enfrentarse a ellos.

Con la visión rara de los genios, Lacordaire comenzaba donde los apologistas ordinarios terminaban. Tomó a la Iglesia como punto de partida, considerándola como un gran hecho histórico y sacando de su existencia, su larga y continua duración y su acción social y moral, la prueba de su autoridad. Así, las primeras conferencias de 1835 trataron de la constitución de la iglesia y de actividad social. En el segundo curso habló de las doctrinas de la iglesia en su aspecto general. Cuando volvió en 1843 habló de los efectos de la doctrina católica sobre la mente humana, sobre el alma (humildad, castidad y otras virtudes) y sobre la sociedad. Y antes de hablar de Dios habló de Cristo en la serie más conocida de toas (1846).Del Hijo pasó al Padre (1848) probando la existencia de Dios y tratando de su obra, la creación. De Dios descendió al hombre, la doctrina de la caída del hombre y de la Redención (1849-50). El coup d'état impidió la continuación de las conferencias en Notre-Dame, aunque dio un curso en Toulouse en 1854 que trató de la vida natural y sobrenatural. Esto respecto a los temas.

Sobre la forma de la conferencias, no se parecía a un sermón ordinario. No había texto de apertura ni oración, ni primero segundo y tercero ni pausa entre las divisiones. Después de un exordio que indicaba el tema a tratar, se metía inmediatamente in medias res, dejando que creciera sobre sus oyentes. Su voz, suave al principio crecía gradualmente en volumen hasta llegar a través de enrome bóveda de la catedral, a veces rompiéndose en un grito que impresionaba a los corazones más endurecidos. Sus gestos eran graciosos y sin embargo llenos de vigor, sus ojos negros brillaban con el fuego que le quemaba por dentro. Sus palabras las elegía sobre la marcha, viniendo libremente a sus labios después de una cuidadosa preparación de la materia en sus grandes líneas; de hecho algunos de sus brillantes pasajes fueron inspirados por el movimiento de su audiencia o por alguna repentina emoción que le asaltaba. Podemos entender el estado de postración que le producían tales esfuerzos y como se le acortaba la vida por ellos.

El gobierno de Luis Felipe acabó ignominiosamente en febrero de 1848. En la primera conferencia de ese año, pronunciada cundo aún estaban levantas las barricadas, Lacordaire dio la bienvenida a la revolución en un lenguaje que fue interrumpido por un prolongado aplauso.

Ahora por fin esperaba poder llevar a cabo su programa de “Dios y Libertad” – sin los excesos juveniles que arruinaron la política de "L'Avenir".

Un nuevo periódico "L'Ere Nouvelle", comenzó siendo el editor, aunque escribió poco en sus columnas. Se dio cuenta que su fuerza estaba más bien en sus discursos hablados que en sus escritos. Aceptó una nominación por París en las elecciones, pero solo obtuvo unos pocos votos, pero lo inatentó de nuevo por el departamento de Bouches-du-Rhône y ocupó su escaño en la extrema izquierda, vestido con su habito de dominico. Unos pocos bancos más abajo se sentaba su antiguo amigo y maestro y ahora amargo enemigo, Lamennais.

La invasión de la Asamblea por la turba le convenció de que no se iba a realizar su sueño de una república católica y renunció a su escaño el 18 de mayo, dejando también poco después su editorial "L'Ere Nouvelle".

Hizo todo lo posible para evitar que la iglesia se identificase con el Imperio de Napoleón III, por lo que se negó a continuar con sus conferencias en 1852, aunque también fue apremiado para hacerlo por Mons. Sibour.

Su último discurso en París lo dio en la iglesia de Saint-Roch en 1853. Fue un sermón sobre el texto "Esto vir" (1 Reyes 2:2), y fue un claro ataque al gobierno. Después de esto le resultó imposible quedarse en parís. El resto de su vida estuvo al cargo de la escuela militar Sorèze, en el departamento de Tara, donde inculcó los deberes de patriotismo y hombría así como los religiosos. A pesar de su dedicación a sus jóvenes alumnos, sentía que estaba exiliado y obligado a guardar silencio. En 1871 (24 de enero) fue llamado sde su oscuro retiro para ocupar su sillón en la Academia – un honor que dio brillo a sus últimos días. Fue por entonces cuando pronuncio sus famosas palabras: "J'espère mourir en religieus pénitent et en libéral impénitent."

Hacia final del año (21 de noviembre) murió en Sorèze, tras una larga y dolorosa enfermedad, con 60 años.

Lacordaire era de una altura media, de complexión fuere. Nunca quiso posar para ser retratado, pero un día, en Sorèze, lo hizo. Se le representa absorto en la oración con sus manos cruzadas una sobre otra porque la campanilla de la Elevación estaba tocando en la iglesia cuando el retrato se pintaba.

Además de sus "Eloges funèbres" (Drouot, O'Connell, y Mons.Forbin-Janson) publicó :"Lettre sur le Saint-Siège"; "Considérations sur le système philosophique de M. de Lamennais"; "De la liberté d'Italie et de l'Eglise", "Vie de S. Dominique"; "Sainte Marie Madeleine" (estos dos últimos contiene muchos pasajes sublimes, pero son de poco valor histórico). Madame Swetchune dijo de él : "On ne le connaítra que par ses lettres." No se le conocerá más que por sus cartas. Ocho volúmenes publicados , incluyendo la correspondencia con Madame y Madame de la Tour du Pin, y "Lettres à des Jeunes Gens", recogidas y editadas por su amigo H. Perreyve en 1862. Entre las más famosas obras e lacordaire están sus “Conférences”, "Dieu et l'homme" en "Conférences de Notre Dame de Paris"; "Jésus-Christ, "Dieu".


Bibliografía

Oeuvres du R. P. H. D. Lacordaire (Paris, 1873); FOISSET, Vie de Lacordaire (Paris, 1870), CHOCARNE, Le R. P. Lacordaire, sa vie intime et religeuse (Paris 1866). Estas dos biografías se completan mutuamente: la de FOISSET trata de la vida externa como en este artículo mientras que CHOCANE habla de la maravillosa historia de sus mortificaciones y búsquedas espirituales; MONTALEMBERT, Le Père Lacordaire (Paris, 1862; IDEM, Le Testament du P. Lacordaire (1870); RICARD, Lacordaire (Paris, 1888); D'HAUSSONVILLE, Lacordaire (Paris, 1895), SAINTE-BEUVE, Causeries du Lundi, I (Paris, 1852), Nouveaux Lundis, IV (Paris, 1885); -- estos artículos están escritos con toda la habilidad y discernimiento del gran crítico que tuvo intensas relaciones con Lacordaire: MacNABB, Lacordaire 1802-1861; LEAR, H. D. Lacordaire.


T.B. Scannell.

Transcrito por Albert Judy, O.P.

Traducido por Pedro Royo