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Viernes, 20 de octubre de 2017

Jean-Baptiste Poquelin Molière

De Enciclopedia Católica

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(Propiamente, JEAN-BAPTISTE POQUELIN, el nombre por el cual llegó a ser famoso, habiéndolo tomado cuando estuvo en el escenario, para evitar avergonzar a su familia).

Poeta cómico francés, nació en París el 15 de Enero de 1622; murió allí mismo el 17 de Febrero de 1673. Era hijo de un comerciante de muebles de París quien era también ayudante de cámara del rey, y sucedió a su padre en la última de estas dos actividades. Después de hacer sus estudios con los Jesuitas en el Colegio de Clermont, parece haber estudiado leyes en algún pueblo provincial – tal vez Orléans. No se sabe, sin embargo, si alguna vez obtuvo su licenciatura. El teatro muy pronto lo atrajo y lo absorbió. A los veintidós años ingresó a la compañía teatral, organizada bajo el nombre de “L’Illustre Théâtre”, en la cual estaban Madeleine Béjart y sus hermanos. La compañía contrató una banda de cuatro músicos a razón de una libra por día, y una bailarina, quien iba a recibir treinta y cinco sols extra por cada día en que hubiera función. El negocio comenzó con un déficit, y Molière, quien parece haber sido escogido presidente por sus asociados, fue arrestado por deuda. Fue puesto prisionero en el Châtelet, pero liberado bajo fianza.

En el transcurso de los subsecuentes vagabundeos a través de diferentes partes de Francia, Molière compuso algunas pequeñas piezas cómicas sin importancia, de las cuales se han preservado dos – “La Jalousie de Barbouill” – y “Le Médecin Volant”. Más tarde, hacia 1653 o 1655, puso en escena, en Lyons, “L’Etourdi”. En éste comenzó a utilizar el lenguaje de comedia elegante que Corneille había creado diez o doce años antes. “Le Dépit Amoureux”, producido en Béziers en 1656, también sería mencionado aquí. Dentro de poco el “Illustre Théâtre” recobró confianza para afrontar al público Parisino; lo encontramos en París en 1658. Al año siguiente, la compañía, ahora autorizada para llamarse “Troupe de Monsieur, Frère du Roi” representó “Les Précieuses Ridicules”. En esta comedia Molière declaraba la guerra contra el espíritu de preciosismo refinado (l’esprit précieux), y nunca dejó de ser su enemigo, como atestigua “Les Femmes Savantes” (1672), una de sus últimas piezas. Los últimos doce años de su vida presenciaron la producción de sus más famosas obras. “L’Ecole des Maris” (1661) muestra la belleza de un carácter confiado y gentil en un hombre; “Les Fâcheux” (también 1661) fue escrito en quince días; “L’Ecole des Femmes” (1662) da otra lección a los maridos – que fue muy loable para el dramaturgo, pues él mismo, a la edad de cuarenta años, se había casado con una joven de veinte, hermana de Madeleine Béjart, la volátil Armanda que vino a darle tantos problemas. La “Critique de L’Ecole de Femmes” y el “Impromptu de Versailles” (1663) son dos pequeñas piezas en prosa en las cuales el escritor defiende su comedia del año anterior y ataca a sus críticos. “Tartuffe” (1664), la famosa comedia, primero en tres actos, luego en cinco, reparte ingeniosos golpes a la hipocresía, infortunadamente, sin embargo, golpeando a menudo al mismo tiempo la verdadera virtud. Después de su primera producción, la representación pública de esta pieza fue prohibida, y la prohibición no fue removida durante cinco años.

En el intervalo Molière escribió: “Don Juan” (o “Le Festin de Pierre”) (1665), destinado aparentemente como un desquite por la supresión de “Tartuffe”; “Le Misanthrope” (1669) una gran comedia de carácter; “Amphitryon” (1668), tres actos en verso de varias cadencias, donde Júpiter adopta la forma del general Tebano, Amphitryon, para traicionar a su esposa, Alemena; finalmente, “L’Avare” (1668). Exceptuando “Les Femmes Savantes”, ya mencionada, las comedias de sus últimos cuatro años exhiben mucha alegría, pero no tanta amplitud – “Monsieur de Pourceaugnac” y “Le Bourgeois Gentilhomme”, en 1669, “Les Fourberies de Scapin”, en 1671 y “Le Malade Imaginaire” (1673). Mientras actuaba en el escenario en “Le Malade Imaginaire”, el autor fue atacado por una violenta hemorragia; fue llevado a casa y murió.

En él perdió Francia el más grande de los escritores cómicos que haya producido su historia. Juzgando a Moliere exclusivamente desde un punto de vista literario, debe admitirse que no debe su reputación a la cantidad de entramado dramático en sus comedias; la debe por encima de todo a la verdad de su postura. Su amigo Boileau lo llamó “el contemplador” (le contemplateur). El sabía cómo mirar al mundo, para observar sus vicios y sus defectos, y su genio tenía la capacidad de combinar lo que veía, fundiendo juntas todas sus observaciones, aumentándolas, y creando así seres que ya no eran individuos particulares, sino que son reconocidos como hombres de toda su época -- a menudo de todos los períodos de la humanidad. Más aún, los personajes son su principal interés: con él, como con Racine, los personajes sacan adelante la pieza completa, ellos son su alma. Su arte puede a veces caer en otros puntos – como en su dénouements, que son a menudo mal efectuados – pero en ese aspecto siempre es admirable. Sus representaciones, entonces, presentan un retrato del corazón de un hombre, pero un retrato del perfil dibujado por un escritor satírico, cuya ocupación es ver solamente su lado defectuoso, y un escritor dramático que está obligado por las leyes de la óptica teatral a acentuar ciertas líneas. Esta verosimilitud – o, como lo expresó su amigo La Fontaine, esmero “para no alejarse un paso de la naturaleza” – se encuentra en todas las obras de Molière. Es particularmente visible en su estilo. Buenos críticos, es cierto, han puesto reparos al estilo de Molière, particularmente en su poesía; Boileau, Fénelon, y La Bruyère así lo hicieron en el siglo diez y siete; Vauvenargues, en el diez y ocho; Théophile Gautier y otros, en el diez y nueve. Por otro lado, una escuela entera ha surgido en los últimos cincuenta años para ensalzar a este escritor: para los Molieristas, como han sido llamados, Molière está por encima de toda crítica; ellos predican una especie de culto de Moliere. Para ser más sensatos, debemos ser más moderados. Admitiendo que el lenguaje de la comedia, que es el de la conversación familiar, le permita ciertas libertades, por cuyo uso no puede ser justamente acusado, no obstante, haciendo toda debida concesión por la naturaleza de su medio, no se puede negar que su estilo sufre de verdadero descuido – repeticiones inútiles, metáforas incoherentes, frases burdas y enredadas. Moliere estaba obligado a escribir de prisa; era un improvisador, pero un genio de la improvisación. Por su estilo, a pesar de sus fallas, es aún así, como decía Boileau a Luis XIV, un estilo “extraordinario”. Franco y natural, sobresale haciendo discurso con razón y buen sentido. Es el estilo de un poeta, demasiado cálido, altamente colorido, brillante. Finalmente, uno encuentra en él palabras sorprendentes y detalles extraordinarios, que llegan espontáneamente, y suman a su encanto.

En cuanto a moralidad, ésta le debe a Moliere mucho menos que la literatura. Aunque divulgaba, en sus prefacios, que era su deseo y su deber como poeta dramático, ser de utilidad a la moralidad, ha sido severamente censurado al respecto, desde Bossuet hasta Jean-Jacques Rousseau. Mientras que nunca puso en el escenario – como se hace a menudo en estos días – una mujer culpable de violar sus promesas matrimoniales, o próxima a violarlas, aún así ha sido reprochado por la presentación de otras escenas peligrosas. Más aún, él siempre está del lado de la gente joven, que seguramente no necesita estímulo en sus propensiones malvadas. Todos sus sermones, todas sus sátiras, son para padres; todos los defectos desagradables representados por sus comedias residen en los padres y en la gente de edad; la risa es siempre a sus expensas, excepto cuando su egoísmo produce horror. Debe confesarse que, mientras las pasiones del joven rey, Luis XIV, solo tenían muchas buenas razones para estar complacidas con el autor de “Amphitryon”, la religión no tiene motivo para aprobar al autor del “Tartufe”. El Cristianismo de Molière no era tan profundo como el de Corneille, Racine, Boileau, y casi todos los escritores ilustres de su época. Y sin embargo, cuando hubo duda de dársele Cristiana sepultura, y el reverendo vacilaba, debido a que el sacerdote había llegado demasiado tarde para dar la absolución al comediante, quien, puede casi asegurarse, pasó del tablado al tribunal de Dios, su viuda demostró que él había recibido los sacramentos en la última pascua.

Ver la edición de Molière por DESPOIS AND MESNARD en la Collection des grands écrivains (Paris, 1873-1900), también una traducción Inglesa de sus obras con texto Francés por WALLER, 8 vols. (Londres, 1902-7), y versión inglesa con apuntaciones por WALL en Bohn's Library (3 vols., Londres, 1876-77); LACROIX, Bibliog. molièresque (Paris, 1875); VEUILLOT, Molière et Bourdaloue (Paris, 1877); LONGHAYE, Hist. de la litt. franç. au XVIIe siècle (Paris); CLARETIE, Molière and Shakespeare in Fortnightly Review, LVII (London, 1900), 317; MATTHEWS, Molière (New York, 1910).

GEORGES BERTRIN Trascrito por Gerald Rossi Traducido del Inglés por Daniel Reyes V.

Imágenes: Cesar Ojeda

Fuente: Blog Odiesa 2008 [1]