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Lunes, 23 de octubre de 2017

Inglaterra (1066-1558)

De Enciclopedia Católica

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INGLATERRA ANTES DE LA REFORMA.

El término Inglaterra sirve aquí para designar al elemento más grande y más populoso, del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Entendido así, Inglaterra (incluyendo el Principado de Gales) es toda la parte de la Isla de Gran Bretaña que está al sur del estuario de Soway, el río Liddell, las colinas Cheviot y el río Tweed; un área de 147.629 km² (57,668 millas cuadradas). A principios del siglo 21 tenía alrededor de 50 millones de habitantes.

Para la Historia de Inglaterra hasta la Conquista Normanda, puede el lector ver el artículo IGLESIA ANGLO-SAJONA; la historia posterior se trata en el Articulo INGLATERRA DESDE LA REFORMA. El presente relato de la Inglaterra anterior a la Reforma comienza con el nuevo orden de cosas creado por Guillermo el Conquistador. Aunque la descripción de la degradación de la Iglesia inglesa en la primer parte del siglo once hecha por algunos escritores (sobre todo H. Boehmer, "Kirche und Staat", 79) es muy exagerado, sin embargo es cierto que hasta el rey Eduardo el Confesor, con toda su santidad, no hubiera sido capaz de reparar el daño causado en parte por la anarquía de los últimos diez años de dominio danés, peor no menos, con toda seguridad aunque remotamente, por los desordenes que durante muchas generaciones pasadas habían existido en el centro de la cristiandad. No hay duda de la existencia de prácticas simoníacas, escandaloso y extendido desprecio de los cánones que imponían el celibato del clero y la general subordinación de los intereses eclesiásticos a los seglares. Estos males eran casi universales. En 1065, el año de la muerte de S. Eduardo, las cosas no iban mejor en Inglaterra que en el continente, probablemente estaban peor. Pero las fuerzas que iban a purificar y renovar la Iglesia ya estaban en marcha.

La reforma monástica comenzada en el siglo décimo en Cluny se había extendido a muchas casa religiosas de Francia y en otros sitios, como la abadía Normanda de Fécamp, y después en Bec. Por otra parte esta misma disciplina ascética había hecho mucho para formar el carácter tanto de Brun, obispo de Toul que en 1040 fue elegido papa y se le conoce como León IX, como de Hildebrando, su principal consejero, después aun más famoso como Gregorio VII. Bajo los auspicios de estos dos papas amaneció una nueva era para la Iglesia. Se dieron pasos efectivos para restringir la incontinencia y avaricia de los clérigos y al mismo tiempo se emprendía una tremenda lucha para rescatar a los obispos del inminente peligro de convertirse en feudatarios del emperador y de otros príncipes seculares.

Guillermo el Conquistador había establecido unas relaciones íntimas con la Santa Sede. Llegó a Inglaterra armado con la autorización de una bula papal y su expedición, para muchos hombres serios y probablemente par los suyos propios, se identificó con la cause de la reforma eclesiástica.

El comportamiento de los normados s los sajones en la noche que precedió a la batalla de Hastings manifestaba claramente el espíritu de los dos contendiente: los normando rezaban y se preparaban para la comunión y los sajones se emborrachaban. En su conjunto, las relaciones del Conquistador con la Iglesia son dignas de una gran misión. Los mejores elementos de la jerarquía sajona fueron conservados y recibieron su apoyo y se les ayudó. S. Wulstan fue confirmado en la sede de Worcester. Leofric de Exeter y Siward de Rochester, ambos ingleses, así como media docena de prelados extranjeros de nacimiento que fueron nombrados durante su reinado no fueron molestados. Por otra parte Stigand, el intrigante arzobispo de Canterbury y uno o dos obispos más, que probablemente le apoyaban, fueron depuestos. Pero en todo esto no hubo prisas innecesarias. Se hizo en el concilio de Winchester (Pascua de 1070) al que asistieron tres legados papales. Poco después se ocuparon las sedes vacantes y al procurar a Lanfranco para Canterbury y a Thomas para Bayeux, Guillermo dio a su reino los mejores prelados posibles en ese momento.

Los resultados beneficiaron, sin duda, a la Iglesia. El mismo impuso directamente a la separación de los tribunales civiles y religiosos, porque estas jurisdicciones en las antiguas asambleas de condado y en las asambleas de ciento apenas se distinguían. Probablemente como consecuencia, en parte, de esta división Lanfranco comenzó a celebrar regularmente los sínodos eclesiásticos, con no pequeño provecho para la disciplina y la piedad.

Se adoptó una fuerte legislación (por ejemplo Winchester en 1176) para asegurar el celibato entre el clero, aun1ue no sin alguna mitigación temporal para los sacerdotes rurales, lo que prueba quizás mejor que ninguna otra cosa que para le generación del momento era imposible un a reforma repentina y completa. Más aún, varias sedes episcopales se movieron de lo que entonces eran unas meras villas a centros más populosos: por ejemplo de Sherborne a Salisbury, de Selsey a Chichester, de Lichfield a Chester y no mucho después, de Dorchester a Lincoln y de Thetford a Norwich. Estos cambios y otros parecidos y por fin la redacción de las nuevas constituciones de Lanfranco para los monjes de la iglesia de Cristo, significaron la mejora introducida por el nuevo régimen eclesiástico.

Con respecto a Roma, el Conquistador, al parecer, manifestó siempre el respeto a la Santa Sede y nunca se dio ninguna situación irregular con el papa durante su vida. Los dos arzobispos que fueron a Roma en 1071 a recibir sus “pallia” y cuando (ca.1078) se hizo llegar una queja a través del legado papal, Hubert por la falta de pago de de los atrasos del óbolo de S. Pedro (Peter´s pence) se admitió el hecho y la contribución fue apropiadamente enviada.

Pero al parecer, Gregorio parece haber reclamado al rey de Inglaterra que jurara el homenaje de su reino, con respecto por el pago del tributo a Roma (Romescot) y reconocimiento de vasallaje, como se daba en algunos casos, por ejemplo el de los Normandos de Apulia (Ver Jensen, "Der englische Peterspfennig", p. 37), Pero en esto la respuesta de Guillermo fue clara:”Admito una reclamación” el óbolo de S, Pedro o Penique de S. Pedro - [Peter's-pence] ," escribió, "lo otro no lo admito”. Nunca en el pasado he querido jurar fidelidad ni lo quiero ahora , teniendo en cuenta que nunca lo he prometido y no veo que lo hayan hecho ninguno de mis predecesores”.

Está claro que esto no tenía nada que ver con el reconocimiento de la primacía espiritual del papa ya que de hecho el rey dice en la frase que concluye la carta:”Ruega por nosotros y por el buen estado de nuestro reino, porque hemos amado tus predecesores y deseamos amarte sinceramente a ti y ante todo deseamos escucharte obedientemente" (et vos præ omnibus sincere diligere et obedienter audire desideramus).

Es posible que el incidente llevara a un a ligera frialdad, reflejada, por ejemplo en la muy negativa actitud de Lanfranco hacia el antipapa Wibert, algo más tarde (ver Liebermann in "Eng. Hist. Rev.", 1901, p. 328), pero también es posible que Guillermo y su arzobispo fueran cuidadosos en no entrometerse en la lucha entre Gregorio y el emperador Enrique IV. En cualquier caso, promovieron cordialmente la más estricta política eclesiástica del gran pontífice, de manera que Gregorio, escribiendo a Hugh, obispo de Die, hacia notar que, aunque el rey de Inglaterra no se comporta en todo tan religiosamente como deseamos, sin embargo no destruye ni vende las iglesias, gobierna en paz y justicia, rehúsa aliarse con los enemigos de la Cruz de Cristo ( los partidarios de Enrique IV) y ha obligado a los sacerdotes a dejar a sus mujeres y a los laicos a pagar atrasos de los diezmos , se ha mostrado digno de una consideración especial.

Como han señalados especialistas imparciales (Davis, "England under Normans and Angevins", p. 54) "La correspondencia y la carrera de Lanfranco demuestras que él y su soberano concedían importancia a los poderes del papa no solo en asuntos de conciencia o fe sino también en cuestiones administrativas. Admitían, por ejemplo , la necesidad par aun arzobispo de conseguir el “pallium” y el poder del papa para invalidar las elecciones de arzobispos. Eran escrupulosos en obtener el consentimiento papal cuando surgiría el caso de deposición o resignación de un obispo u sometieron a su decisión la histórica disputa entre York y Canterbury “. No hay duda de que entonces era necesario un gobierno centralizado en la Iglesia y en el Estado y no debemos precipitarnos en condenar a Lanfranco como culpable de ambición porque insistía en la primacía de su propia sede y exigía obediencia al arzobispo de York. El intento de de atribuirle una falsificación en relación con este incidente (ver Boehmer, "Falschungen Erzbischof Lanfranks")no se sostiene en lo que se refiere a la responsabilidad del gran arzobispo. Sin duda muchos de los documentos en los que se basaba la reclamación de primacía eran falsificaciones y falsificaciones de ese período precisamente, pero no se puede probar que Lanfranco fuera el falsificador y que no actuara de buena fe (ver Walter in "Götting gelehrte Anzeigen", 1905, 582; y Saltet en "Revue des Sciences Ecclés.", 1907, p. 423). Fue bueno para Inglaterra que Guillermo y Lanfranco sin destruir el orden existente de las cosas, del Estado o de la Iglesia, introdujeran reformas sistemáticas que proporcionaron al país buenos obispos.

Ahora se presentaba una lucha que desde el punto de vista eclesiástico era probablemente el suceso histórico más importante hasta el momento de la Reforma. Es la Lucha de las Investiduras que ya llevaba algunos años en el centro de Europa antes de que por medio de los hijos de Guillermo el Conquistador, Guillermo II y Enrique I, llegara a un punto álgido en Inglaterra.

Se puede decir que hasta el siglo once el procedimiento era variable, aunque la elección de los obispos había sido una elección libre, o al menos la aceptación de sus fieles. En estos primeros periodos, los obispos eran normalmente elegidos en una asamblea del clero y del pueblo, aunque los obispos vecinos, el rey o los magnates civiles influyeran más o menos en la selección del candidato aspirante. (Ver Imbart de la Tour, "Les élections épiscopales"). Pero desde el siglo séptimo u octavo en adelante cada vez es más común ver que las iglesias locales se hallan alguna clase de vasallaje. Desde principio de que “ninguna tierra sin un señor” era fácil pasar al de “ninguna iglesia sin un señor” y los obispados, estuvieran en tierras reales o de algún feudal, acabaron siendo vistos por la gente como meros feudos en los que los señores tenían la libertad de concederlos a quienes quisieran y por los que exigían el debido juramento de fidelidad.

A esto se añadía que a medida que el sistema parroquial crecía, el oratorio del magnate local, en los distritos rurales, era el que se convertía en parroquia y su capellán privado en párroco, con lo que el dueño de la tierra se convertía en patronus ecclesiae, y reclamaba el derecho de presentar candidatos elegidos por él para la ordenación de cualquier clérigo. Y la relación del soberano con los obispos se acabó viendo de forma análoga. El rey era el señor de las tierras de las que el obispo sacaba sus beneficios. En vez de ver la posesión de estas tierras como la dote del oficio espiritual, se veía la aceptación de la consagración episcopal como condición especial o servicio por el que esas tierras del rey pasaban a la tenencia del obispo. Así, el soberano temporal reclamaba hacer al obispo y para mostrarlo, “investía” al nuevo vasallo espiritual con su feudo al presentarle el anillo episcopal y el báculo. La consagración episcopal era un asunto secundario que el candidato del rey debía arreglar por si mismo con su metropolitano y los obispos vecinos.

Mientras la autoridad suprema era utilizada por hombres piadosos, príncipes que se preocupaban del bienestar espiritual se sus súbditos, no resultaba ningún gran daño de esta perversión del orden. Pero cuando, como ocurría con demasiada frecuencia, en esos tiempos de hierro, un monarca sin principios y sin Dios o se quedaba con la sede para aprovecharse de los beneficios o la vendía al mejor postor. Es obvio que si se dejaba que tal sistema se desarrollara sin ningún control solo podía llevar en unas pocas generaciones a la más profunda desmoralización de la Iglesia. Cuando los obispos, pastores del rebaño, eran licenciosos ellos mismos y corruptos hubiera sido un milagro moral si el clero bajo no degeneraba tanto o más. Del obispo dependía en último término la admisión de candidatos a la ordenación y eral el último responsable de su educación y del mantenimiento de la disciplina eclesiástica.

Y no se puede negar que el siglo décimo una muy terrible laxitud se había extendido en la cristiandad occidental. La gran reforma monástica de Cluny y muchos santos como Ulric, en Augsburgo, Dunstan y Æthelwold,en Inglaterra, hicieron mucho para detener la marea, pero eran malos tiempos. Hombres de mentalidad mundana, con frecuencia moralmente corrompidos, fueron promovidos por los soberanos y magnates territoriales a algunas de las más importantes sedes de la Iglesia, muchos obtenían esas sedes pagando o con pactos simoníacos. El clero bajo era muy ignorante y en muchos casos poco casto, pero bajo tales obispos vivían en la más completa impunidad, No es de extrañar que las corrupciones de esos tiempos hayan sido exagerados por autores como H. C. Lea, Michelet, y Gregorovius, pero nada puede probar de forma más conclusiva la gravedad del mal que el hecho de que durante dos siglos la Iglesia tuviera que luchar contra el abuso que suponía que los beneficios se convirtieran en hereditarios, pasando de los sacerdotes a sus hijos.

Felizmente la ayuda estaba a punto de llegar. Muchos reformadores individuales luchaban para introducir ideales religiosos más elevados, obteniendo éxitos parciales. Sin embargo fue mérito del gran pontífice Gregorio VII el ir directamente a la raíz del mal. Era inútil fulminar a los clérigos con decretos contra el concubinato de los sacerdotes o contra su negligencia de las funciones religiosas si los grandes señores feudales podían seguir eligiendo a obispos indigno, concediéndoles la investidura del anillo y le báculo y exigiendo la consagración de esos obispos a otros tan indignos como los candidatos. Gregorio vio que nada se iba a solucionar hasta que este sistema de investiduras laicas fuera eliminado. Los que han acusado a Gregorio de arrogancia insufrible, de un deseo de exaltación sin medida de la autoridad espiritual de la Iglesia y de humillar, haciendo morder le polvo, a los poderes seculares, dan poco crédito a la gravedad de los males que combatía y a la desesperada naturaleza de la lucha. Cuando el feudalismo parecía estar a punto de tragarse toda la organización eclesiástica, es perdonable que S. Gregorio creyera que el remedio estaba no en compromisos y equilibrios de poder sino en la aceptación sin más del principio de que la iglesia estaba sobre el Estado. Si, por una mano, creía que era la función del vicario de Cristo dirigir y, si era necesario, castigar a los príncipes de la tierra, está claro por la historia de su vida que intentaba usar ese pode bien e imparcialmente.

En Inglaterra la lucha de las investiduras se desarrolló algo después que en el continente. Y si en el asunto de la elección de obispos Gregorio VII no forzó demasiado las reclamaciones de la Iglesia con Guillermo el Conquistador, no se puede atribuir a pusilanimidad. La paciencia del papa de debía en gran parte al hecho que estaba satisfecho por la buena elección de candidatos que hacía el rey así como a la circunstancia de que de momento sus energías eran absorbidas por la lucha más grande contra el emperador.

Antes de la muerte de Lanfranco (1089), bajo el gobierno de Guillermo Rufus, no había habido grandes abusos. Vale la pena señalar que en 1088, Guillermo de S. Calais, obispo de Durham fue acusado ante el tribunal real de traición, pero cuestionó su competencia y apeló al papa. Hablando prácticamente, se hizo caso de esta apelación y se le dio un salvoconducto para abandonar el reino, aunque antes hube de entregar su feudo. Esto era una aceptación virtual de que un obispo solo recibía lo temporal la corona, pero que como una persona espiritual era libre de oponerse a las decisiones de cualquier tribunal nacional. Ese incidente se reconcilia difícilmente con la teoría de la independencia de la Iglesia de Inglaterra que es común entre los anglicanos modernos.

Con la muerte de Lanfranco, sin embargo, parece que todo lo que había de malo en la naturaleza de Guillermo Rufus, salió a la superficie. Bajo la influencia del hombre que era su genio malo, Ralph Flambard, un clérigo al que nombró obispo de Durham, el rey se puso a deshacer durante casi todo su reinado, lo que de bueno había hecho su padre junto con Lanfranco. En palabras del cronista, “La Iglesia de Dios fue arrastrado muy abajo. En cuanto fallecía un obispo o abad, uno de los clérigos del rey era enviado a tomar posesión de todas las rentas para el uso de la corona, dejando apenas una pitanza para los monjes canónigos.

Las sedes de los prelados cuyos beneficios eran confiscados se mantenían vacantes durante mucho tiempo y no se nombraba a ningún candidato si no pagaba una enorme suma a cambió de la entrega, como relevo. Para descarga de uno o dos buenos hombres, como Ralph Luffa y Herbert Losinga, que durante estos malos tiempos llegaron a ser obispos, respectivamente, de Chichester y Norwich, hay que decir que un cierto o pretexto de costumbre feudal daba una apariencia de decencia a la simonía de estas transacciones ( Losigga pagó mil libras por su nombramiento).

Flambard revivió la doctrina obsoleta de que un feudo era un estado precario y concedido solo mientras durara la vida y como corolario se exigían grandes sumas de dinero como “relevo” (de relevare, "levantar de nuevo"), cuando un feudo, laico o espiritual, se concedía aun nuevo poseedor. Pero los obispos y los abades tenían que pagar más, proporcionalmente, que los conde o barones, y se exigía a veces “el relevo” a los “tenentes” subordinados de las sedes episcopales en el momento que caía en manos del rey (ver Round, "Feudal England", p. 309).

Todo esto ilustra más aun los males inherentes en el sistema de considerar un oficio espiritual como u feudo recibido del rey. En el caso de la sede metropolitana de Canterbury, no se nombró un sucesor hasta cuatro años después de la muerte de Lanfanc, y entonces porque se lo pidieron en circunstancias de enfermedad grave del rey, en peligro de muerte. Esa enfermedad coincidió providencialmente, con la presencia de Anselmo, abad de Bec, en Inglaterra a quien todos consideraban el mejor candidato para el primado tanto por su santidad como por su sabiduría. El rey llamó a Anselmo a su lecho de enfermedad y éste logró una solemne promesa de reforma radical en la administración tanto de la Iglesia como del Estado. Poco después , a pesar de sus protestas, Anselmo fue investido, literalmente a la fuerza, con la insignia del primado y fue consagrado arzobispo antes de fin de año. Aunque debido a la firmeza del santo se recuperaron todas las posesiones que pertenecían a la sede de Canterbury en el momento de la muerte de Lanfranco, el rey volvió pronto a sus andanzas. En particular, se agarraba a la teoría de que al haber Anselmo aceptado su investidura se había convertido en su vasallo (ligeus homo), y sometido a todos los deberes de vasallaje. Cuando se pidió una ayuda para la guerra en Normandía, Anselmo rehusó, al principio, pero no queriendo provocar un conflicto caprichosamente ofreció 500 marcos; pero cuando esta cantidad fue rechazada por insuficiente, los distribuyó entre los pobres. A principios de 1095 el arzobispo pidió permiso para ir a recibir el pallium de manos del papa. Rufo respondió que mientras el antipapa Clemente III siguiera reclamando el título, le cometía a él y a su Gran consejo decidir quien era el papa al que había que reconocer. Y cuando se le pidió a Anselmo que reconociera la jurisdicción de su Consejo, Anselmo replicó: En las cosas que son de Dios yo obedeceré al vicario de S, pedro; en las cosas que respectan a la dignidad terrenal de mi señor el rey yo le daré el más fiel consejo y ayuda que pueda”.

Los otros obispos parecen haber se acobardado ante Rufus y defendido la pretensión del rey respecto a decidir cual de los papas rivales debía ser reconocido. Pero Anselmo rehusó negar la fidelidad a Urbano que había jurado cundo era abad de Bec. No reconoció el derecho del rey ni de los obispos a interferir y declaró que daría su contestación “Como y donde debiera”. Estas palabras, escribe Dean Stephens (History of The English Church, II, 99), se entendieron como que el arzobispo de Canterbury, Anselmo, “rehusaba ser juzgado por nadie salvo por el papa mismo, doctrina que al parecer nadie se atrevía a negar”. Gracias a la firmaza del santo Urbano fue reconocido y el pallium le fue entregado en Inglaterra; pero poco después, Anselmo pidió de nuevo autorización para ir a Roma y cuando le fue negada declaró en los más claros términos que debía ir hasta sin ese permiso. Porque había que obedecer antes a Dios que al hombre. El papa Urbano le recibió con todo el respeto posible y habló públicamente de él como “alterius orbis papa", una frase muy citada por los anglicanos como si implicara el reconocimiento en el arzobispo de Canterbury de una jurisdicción independiente de Roma.

La lección de la vida de Anselmo está en su creencia de que el papa es quien ha de decidir excurso a seguir en los asuntos que afectan a la iglesia, aun con el riesgo de la ira del rey y a pesar de las pretendidas costumbres nacionales. Tampoco parece que el resto de los obispos ingleses mantuvieran nada en contra de este principio, aunque consideraran que la actitud de Anselmo era innecesariamente provocadora e inflexible.

No faltan señales de que El deseo de Eadmer de exaltar a su propio y amado maestro le llevó a ser algo menos que justo con los sufragáneos de Anselmo y con la misma Santa Sede. El arzobispo permaneció en el exilio hasta después de la muerte de Rufus, cuando Enrique, que el sucedió, hizo generosas promesas de libertad par ala Iglesia, renunciando explícitamente a cualquier clase de retribución o ayuda por el nombramiento de nuevos obispos o abades y prometiendo que los ingresos de la iglesia no serían expoliados durante las vacantes de las sedes. Llamó a Anselmo para que volviera a Inglaterra pero enseguida entraron en conflicto sobre el mismo asunto de las investiduras.

En los concilios de Bari (1098) y Roma (1099), a los que había asistido el santo, se había pronunciado anatema sobre los obispos o abades que recibieran la investidura de manos de laicos. Consecuentemente Anselmo rehusó rendir homenaje él mismo por la restitución de las posesiones del arzobispado o por consagrar a otros obispos que habían recibido el anillo y el báculo de manos del rey. Con el tiempo, por consentimiento de ambas partes, el asunto se elevó a Roma. En las tres embajadas diferentes que se enviaron, el papa mantuvo los puntos de vista d Anselmo a pesar de los esfuerzos de los enviados de Enrique para conseguir alguna concesión. Entonces fue a Roma el mismo Anselmo (1103) mientras que se enviaba un nuevo grupo de emisarios reales para actuar contra él en la Curia. No se arregló nada porque Enrique se mantuvo en sus trece y Anselmo permaneció fuera de Inglaterra. Por fin, cuando Anselmo estaba a punto de excomulgar de nuevo al rey, éste, que tenía dificultades políticas, aceptó los términos modificados que sus enviados pudieran conseguir de la Santa Sede. Anselmo pudo consegrar a los que habían recibido previamente la investidura pero el rey, en un gran concilio (1107) renuncio para el futuro a reclamar investir a los obispos con el anillo y el báculo. Por otra parte se admitió tácitamente que los obispos podían rendir homenaje al rey por las posesiones temporales de sus sedes.

Este arreglo de la cuestión de las investiduras en Inglaterra ocurrió quince años antes del otrote similares características entre Calixto II y el emperador Enrique V. La importancia de la lucha apenas puede exagerarse porque, como ya se ha dicho, todo el orden eclesiástico estaba en peligro de ser reducido al estado de vasallaje con todos los vicios de los príncipes seculares. Más aún, esta resuelta oposición de Anselmo y los papas tenía su importancia política. El clero tal se había hecho ahora suficientemente independiente para liderar en parte esa resistencia al despotismo en los dos siglos siguientes, gracias a la cual se consiguieron las libertades fundamentales. Durante todo este tiempo, Inglaterra en su conjunto no simpatizaba con que el rey luchara contra el papa. Como dice el Dr. Gairdner sobre este período, “era una lucha no del pueblo inglés, sino del rey y su gobierno contra Roma…Y respecto al sentimiento nacional, el pueblo evidentemente veía la causa de la Iglesia como la causa de la libertad.” " (Lollards and the Reformation, I, 6). Nada contribuyó tanto a ganar la confianza de la nación como la independencia mostrada por la Iglesia en las luchas asociadas al los nombres de S. Anselmo, Sto. Tomás Becket y el cardenal Esteban Langton.

S. Anselmo murió pacíficamente en Canterbury en 1109, pero Enrique I vivió hasta 1135, Durante el resto del reinado de Enrique y durante toda la anarquía que dominó el gobierno de Esteban (1135-1154) en general se eligieron buenos obispos. Se dejó a los capítulos que eligieran libremente, aunque sin duda de alguna manera respondían a las preferencias del rey. No se volvió a oír hablar de En caso de pactos simoníacos, mientras que la Santa Sede tenía mucho que decir en la aceptación final de los arzobispos y los prelados más importantes. Se puede notar en ocasiones una cierta impaciencia de Roma que se muestra por ejemplo en negarse a recibir los legados en algunas ocasiones, pero el principio de la autoridad papal no se discutía. Por ejemplo, el Pallium “tomado del cuerpo del beato Pedro”, símbolo de la jurisdicción episcopal que aún aparece en las armas de las sedes de Canterbury y York, se iba personalmente a traerlo a Roma o al menos era solicitado por cada arzobispo, como se hacía en la iglesia anglo-sajona desde el principio. En el caso en que era llevado a Inglaterra en vez de ser conferido en la corte papal, los arzobispos, como S. Anselmo y Ralph d'Escures salían a recibirlo con los pies descalzos. Para los legados de la Santa Sede, aunque no siempre se deseara su presencia, se mostraba extrema deferencia. Hasta un simple sacerdote como el cardenal de Crema, cuando llegó al país como legado papal, precedía a los arzobispos en el concilio de Westminster (1125). Las protestas que se dieron por el envío de legados, no era porque se resintieran de la presencia de los representantes papales en Inglaterra, sino porque creían que los poderes del legado, por tradición ya antigua, debían conferirse al arzobispo de Canterbury, como se había hecho, por ejemplo en el caso de Tatwine, Plegmund y Dunstan.

Como informa Eadmer (Historia Novorum, p. 58), "Inauditum scilicet in Britannia…, quemlibet hominem supra se vices apostolicas gerere nisi solum archiepiscopum Cantuariæ" (era inaudito en Britania... que ningún hombre llevara la delegación apostólica sobre sí, excepto solamente el arzobispo de Canterbury). En este espíritu de protesta exarzobispo Guillermo de Corbeil , casi inmediatamente después de irse Crema, intentó hacerse con el oficio de legado, y desde entonces, aunque Inocencio II nombró legado a Enrique obispo de Winchester, en 1129, el arzobispo de Canterbury se constituía normalmente en legatus natus (natural, ordinario), un término usado para distinguirlo legatus a latere enviado en ocasiones especiales “desde un lado” del pontífice de Roma En cualquier caso el significado del nombramiento como legado, que primero se asoció a la persona de Guillermo de Corbeil (m. 1136), no ofrece dudas. Era, como observa Dean Stephens verdaderamente, "un reconocimiento de la suprema autoridad del papa, cuyo brillo se reflejaba en el primado, porque su preeminencia no era inherente sino derivada.” (Hist. of the Eng. Church, II, 142).

A pesar de los malos tiempos de la primera mitad del siglo doce, la iglesia inglesa no carecía de influencias vivificadoras. Este fue el período del principal avance en Inglaterra de la orden de Cluny (ver CONGREGACION DE CLUNY), una gran reforma benedictina a la que ya hemos aludido, cuya primera casa inglesa, Lewes, había sido establecida por Guillermo de Warrenne y Gundrada, su mujer, ca. 1077. Pero el priorato de Lewes se convirtió después en matriz de otros prioratos cluniacenses, los más conocidos de los cuales son Wenlock, Thetford, Bermondsey y Pontefract. Y aún más íntimamente asociada con Inglaterra estaba la Orden de los Cistercienses, otra reforma benedictina virtualmente fundada por S. Esteban Harding nacido en Sommersetshire. Su fama ha sido eclipsada por la de S. Bernardo, el último de los Padres y fundador de la abadía de Claraval, pero fue S. Esteban el que recibió a S. bernardo y a sus compañeros en Citeaux en 1113 y quien les dio el hábito blanco prescrito por la regla cisterciense.

La primera abadía en Inglaterra fue la de Waverley en Surrey (1128), que se convirtió en la casa matriz de varias otras. Pero Waverley fue eclipsada por la abadía de Rivaulx en Yorkshire, establecida alrededor de 1133 por monjes enviados directamente de Claraval por S. Bernardo. Entre los primeros reclutados para Rivaulx estaba S. Aelred, quizás el predicador inglés más elocuente anterior a la Reforma. Las fundaciones de los monjes blancos prosperaron y se multiplicaron excesivamente, Hacia el año 1152 había cincuenta casas cistercienses en Inglaterra (Cooke en "Eng. Hist. Rev.", Oct., 1893), siendo las más conocidas Fountains, Tintern, y Meaux. Al parecer este rápido crecimiento fue seguido pronto por alguna relajación de la austeridad y fervor primitivos, pero el movimiento, mientras duró debió haber contribuido a la difusión de ideales más espirituales y a la corrección de los muchos males morales de aquel tiempo. La regla de los cartujos, la más severa de todas, no se introdujo en Inglaterra hasta más tarde – la primera casa, la de Witham in Somerset, fue fundada por Enrique II en 1180, como resultado indirecto del martirio de Santo Tomás. Probablemente el rigor de vida extremo fue la causa de que los cartujos no fueran numerosos. La Cartuja de Witham dio a Inglaterra uno de los más grandes y más santos obispos, S. Hugo de Lincoln (m. 1200) y la cartuja de Londres en épocas posteriores jugó importante papel en la resistencia inicial a Enrique VIII.

Las casas de los Canónigos de S. Agustín, o "canónigos negros", fueron más numerosas desde el principio que las cartujas. Su primera fundación fue la Colchester, en 1105, y poseían dos grandes establecimientos en Londres: St. Bartholomew's Smithfield, y St. Saviour's Southwark. En Carlisle formaban el capítulo de la catedral, la única excepción a la regla de las catedrales que no estaban servidas por benedictinos, estaban en manos de canónigos seculares. Y& conviene anotar aquí que probablemente por el impulso inicial de S. Dunstan y las simpatías monásticas de Lanfranco, que de hecho reorganizó la iglesia inglesa después de la Conquista, Inglaterra fue casi la única nación europea en el número de catedrales servidas por monjes. Canterbury, Durham, Winchester, Rochester, Worcester, Norwich, Ely, Coventry y Bath, todas tenían capítulos formados por benedictinos. Si este arreglo hizo que se ganara algo en la piedad, había también una desventaja proporcional en la fricción que con seguridad surgiría cunado llegara al momento de elegir, por parte de los religiosos, a los sucesores a la sede.

Los benedictinos, “monjes negros”, eran siempre los más numerosos en Inglaterra y desde el principio estuvieron firmemente establecidos y en todos los tiempos hubo un crecimiento estable en el número de abadías y celdas que les pertenecían. Obligados por su regla de mostrar hospitalidad a los forasteros, siendo como eran buenos granjeros, agricultores dueños de las tierras, constituían un elemento de estabilidad y paz en todo el país, contribuyendo a unir los distritos por sus relaciones con las celdas dependientes unas de otras. Eran además grandes centros del saber y del aprendizaje más particularmente en la colección y multiplicación de los libros. Eran no solo protectores de las artes sino que además formaban lo más parecido a escuelas de arquitectura, pintura, escultura, tejidos y obras útiles. Tenían grandes ingresos, pero también era grande su caridad. Y es fácil de imaginar que el objeto más digno en el que podían utilizar lo que sobraba, eran esas magníficas abadías e iglesias que los constructores monásticos dejaron a la posteridad.

Hablando en general de las órdenes religiosas, se puede decir que nunca se les pudo acusar de vagos e inútiles. De todas las secciones de la comunidad casi solo ellos estaban ocupados y producían beneficios. Los industriosos hombres de armas, abogados trabajadores del bosque, cazadores y juglares eran con frecuencia peores que una plaga para el lugar en el que vivían. Por eso entendemos que las protestas de algunos escritores anglicanos contra la práctica común del siglo doce, es decir la de traspasar a las casa religiosas los diezmos u otras fuentes de ingresos de las iglesias parroquiales – lo que técnicamente se llamaría desapropiar. Con este arreglo, el monasterio que así se beneficiaba, recibía casi todos los fondos que pertenencia propiamente a la parroquia, pero se encargaban de las necesidades religiosas de los parroquianos, ya encargando a uno de los monjes para que actuara como párroco o pagando un pequeño estipendio a algún vicario secular. Sin duda esta práctica estaba abierta a los abusos y varios decretos sinodales se emitieron para tenerlo bajo control. Así, ya en 1102 el concilio de Westminster estableció el principio que los monasterio no debían apropiarse de iglesias sin el permiso del obispo y además exigían que las iglesias no se quedaran si ingresos de manera que los curas se vieran en la penuria.

La legislación sinodal posterior insistía en que se nombraran “vicarios perpetuos” (es decir, sacerdotes no se podían mover y que tendrían un interés permanente en su oficio y que se les pagara por su servicios “estipendios apropiados” (se fijaba un mínimo).

Y allí donde se observaban estas o similares precauciones, se sabe que los obispos no estaban en contra de que las iglesias se aginaran a loas comunidades religiosas. S. Hugo de Lincoln hizo tales concesiones (ver Thurston, "Life of St. Hugh", p. 463), y parece discutible en la condición ñeque estaba entonces el clero secular, que aún estaba muy lejos de recobrarse de la situación de ignorancia y desmoralización en la que habían caído el siglo anterior, las iglesias de las que se hicieron responsables algunas comunidades religiosas, estaban mejor cuidadas espiritualmente que aquellas que estaban a la voluntad de la corona o de magnates seglares.

Es extraño preciosamente que esos escritores que claman contra la degradación del clero medieval y contra la negligencia general en la cuestión del celibato, son los que denuncian más alto el escándalo de que los monjes disfrutaran de los ingresos que debían estar destinados a los párrocos.

¿Puede suponerse que la percepción de mayores ingresos hubiera servido para hacer al clero secular más dedicado o más continente? Algunos otros anglicanos han reconocido que la cuestión tiene dos partes: “ los curas seculares que vivían en soledad en un remoto beneficio en el campo tenía más tentaciones de hundirse en la ignorancia y la indolencia, si no en el vicio, que el miembro de una hermandad, que era responsable ante ella y que de vez en cuando era se refrescaba con una visita a la casa monástica, o recibía visitantes de ella” (Stephens, Hist. Eng. Church, II, 272.) Con el acceso de Enrique II en 1154, después de años de dificultades, Inglaterra pasó a manos de un rey fuerte y capaz. No es que el rey fuera menos egoísta o más patriota qu3e otros príncipes de su tiempo, pero sabía que un buen gobierno tiene que ser un gobierno estable. Sus reforma s legales y la nueva maquinaria de la justicia que instauró son de la mayor importancia para los juristas y para los estudiosos de la historia constitucional, pero nos preocupan ahora. Parece que el principio de su reino Enrique era bien visto en Roma y creyendo, como el autor de esta artículo cree, que la bula “Laudabiliter”, es sin duda genuina (ver ADRIANO IV y “The Month” mayo junio, 1906) y la misión religiosa confiada al rey, sin duda bajo su propia representación, en la conquista de Irlanda propuesta, tiene mucho parecido con el pretexto presentado por Guillermo el Conquistador para la invasión de Inglaterra. En ambos casos, el romano pontífice parece haber reclamado el dominio, concediendo la tierra al invasor como un feudo con pago de un cierto tributo. El hecho de que el mismo Enrique había admitido, según la bula Laudabiliter, (quod tua etiam nobilitas recognoscit) que “Irlanda y todas las otras islas sobre las que Cristo, el sol de la justicia, ha brillado, pertenecen a la prerrogativa de S. Pedro y a la santa iglesia romana” hay que tenerlo en cuenta en relación a la rendición formal de su reino a la santa sede, por parte del rey Juan, en fechas posteriores.

Pero lo que nos interesa especialmente aquel en el reino de Enrique II es la disputa entre el rey y Tomás, su arzobispo, que culminó en 1170, en el martirio éste último. Tomás Becket, un clérigo de la casa de Teobaldo, arzobispo de Canterbury, fue muy recomendado al rey y entró en su círculo de íntimos amigos y fue nombrado canciller del reino, un cargo que desempeñó con una habilidad espléndida durante siete años. Tras la muerte de Teobaldo, Tomás a instancias del mismo rey, fue elegido arzobispo de Canterbury. Intentó en vano rechazar la dignidad que lo proponían pero una vez nombrado y su consagración marca el principio de un cambio completo en su vida. Renunció a la cancillería a y todos los asuntos seculares y se dedicó a la práctica de un ascetismo riguroso. No tardó mucho en entrar en conflicto con el rey, como ya había previsto. La primera cuestión que causó una abrió una brecha entre ellos era puramente secular. Enrique exigió que cierto impuesto llamado la “ayuda del sheriff” se pagara directamente al tesoro. Tomás, en un gran concilio, declaró que estaba de acuerdo en pagar el impuesto a los sheriffs, como era costumbre, pero se negaba a pagarlo a la corona. El obispo Stubbs supone que este impuesto era el Danegeld, (dinero pagado a los vikingos daneses para que no atacaran), lo que es cuestionable, pero en todo caso compartimos su admiración porque este “es el primer ejemplo de oposición a la voluntad del rey en asunto de impuestos que consta en nuestra historia nacional”, y como añade “y parece que al fin y a la postre tuvo éxito” (Const. Hist., I, 463).

Este episodio pasó a segundo plano ante la más seria disputa sobre la constitución de Clarendon. Lo que el proponía a discusión era la falta de adecuación entre el castigo impuesto a los clérigos culpables de ofensas criminales. La afirmación de que cien homicidios habían sido cometidos por clérigos en los últimos diez años, no se basaba en pruebas, ni siquiera en los casos más concretos en los que se tiene más información son más satisfactorios (ver Morris, "Life of St. Thomas", pp. 114 ss). Puede que el rey fuera honesto cuando intentaba una reforma judicial y que la creciente jurisdicción de los tribunales eclesiásticos (la publicación del "Decretum Gratiani" y el creciente estudio del derecho canónico los había hecho muy populares) fuera un obstáculo en sus intenciones. Pero Becket, que le conocía bien, sospechó que Enrique estaba deliberadamente atacando a los privilegios de la iglesia. Y la forma que tenia de arrancar a los obispos la promesa de observar las "avitæ consuetudines", antes de siquiera saber qué eran, así como pretensión de que la Constitución de Clarendon no representaba otra cosa que la costumbre observada en tiempos de Enrique I, parece que confirmaban las sospechas de Becket.

Las constituciones tenían la intención general, una vez que se publicaron, de transferir ciertas causas – por ejemplo las de las presentaciones de los beneficios – de la jurisdicción de la iglesia a los tribunales reales, para restringir las apelaciones a Roma, y para prevenir la excomunión de los oficiales del rey y sus grandes vasallos y así como sancionar la apropiación por parte del rey de los ingresos episcopales y abaciales. La cláusula, que trata de los clérigos criminales, creó muchos malentendidos. Se suponía al principio que Enrique quería que todos los clérigos acusados de crímenes fueran juzgados en los tribunales reales. Pero esta impresión, como ha mostrado F. W. Maitland (Roman Canon Law, pp. 132-147), es errónea. Un arreglo bastante complicado proponía que el conocimiento del caso fuera admitido primero en los tribunales reales; si el culpable era un clérigo, el caso debía juzgarse en los tribunales eclesiásticos, pero debía estar presente un oficial del rey quien, si el acusado era hallado culpable, debía devolverlo a los tribunales reales, después de ser degradado, donde sería tratado como un criminal ordinario y castigado adecuadamente. El argumento del rey era que el castigo físico, las multas, la degradación y la excomunión más allá de todo lo cual no podían ir los tribunales espirituales, eran insuficientes castigo. El arzobispo decía que, aparte del privilegio clerical, degradar a un hombre primero y colgarle después era condenarle dos veces por la misma ofensa. Una vez degradado, perdía todos sus derechos y si cometía otro crimen entonces podías ser castigado con la muerte como cualquier otro felón. Y no hay que olvidar aquí que las fuerzas que apoyaban a Tomás representaban no solo el respeto que los hombres sentían por una atrevida lucha de principios, sino también la ciega lucha contra los repulsivos castigos de aquel tiempo, en el que la afirmación del privilegio eclesiástico, que cubría a viudas y huérfanos así como a Clérigos y a los que los injuriaban, era una expresión natural”. (W. H. Hutton in "Social England", I, 394).

Después de un momento de debilidad en los primeros momentos de la discusión, Tomás, a pesar de la furia de Enrique, rehusó decir nada sobre las Constituciones. El resto de los obispos le dieron poco apoyo, pero el papa Alejandro III estuvo lealmente de su parte. El resto de la historia es bien conocido. El arzobispo se encontró pronto forzado a abandonar el reino, permaneciendo casi seis años exiliado y privado de sus ingresos. En 1170 se trató de llegar a un arreglo, que resultó vacuo, y Beckett volvió a Canterbury, pero en unas pocas semanas volvió a surgir otra dificultad y el rey en un arranque de pasión pronunció las palabras que llevaron a la terrible tragedia del martirio. Tomás cayó en el transepto de la catedral, cerca del altar mayor, al caer la tarde el 29 de diciembre de 1170. La cristiandad entera estaba horrorizada y Enrique II, ya por política o por arrepentimiento sincero, abandonó sus pretensiones anteriores y, en 1174, hizo humillante penitencia ante la tumba del mártir. En unos pocos años Canterbury se convirtió en lugar de peregrinaje para toda Europa.

Nadie que estudie cuidadosamente la historia de esos tiempos pude dejar de advertir la inmensa fuerza moral que tal ejemplo dio a la causa de los débiles y de la libertad tanto de la iglesia y del pueblo contra toda forma de tiranía y absolutismo. El asunto concreto por el que luchó Tomás era relativamente menor, pero era de importancia máxima la lección de que había algo más alto, más fuerte y más permanente que la voluntad de los poderosos déspotas de la tierra. La vida del cartujo S. Hugo, al que el mismo Enrique II había hecho elegir obispo de Lincoln en 1186, es como un admirable complemente de la de Santo Tomás. Hay que tener en cuenta en primer lugar, en vista de las protestas que se elevaron un poco después por la concesión de las sedes inglesas a extranjeros, que S. Hugo eran un borgoñón , que ni siquiera al final de su vida entendía bien la lengua del pueblo. Pero nadie gobernó su diócesis mejor, nadie era más amado por sus propios canónigos seculares de Lincoln y por los numerosos religiosos de su diócesis; además. Debido a su santidad a su falta de miedo y a su alegre humor, fue el único obispo que, sin ceder ni un ápice, logró preservar la amistad de tres monarcas como Enrique II, Ricardo Corazón de León y Juan. Memorable fue su oposición en el concilio nacional a prestar ayuda, en caballeros, a las guerras de Ricardo en el extranjero. Aunque el reino de Ricardo, como el de Enrique II, siguió siendo un tiempo de reforma de la ley, también fue un período sin paralelo de exacción de dinero. En este caso, el arzobispo de Canterbury, Hubert Walter, Magistrado de Justicia, se había convertido en el instrumento de los planes del rey. Todos los Lores temporales se sometieron, pero S. Hugo ofreció una resistencia sin compromisos que tuvo éxito.”Esto” dice el obispo Stubbs, “que se hizo no por razones eclesiásticas son constitucionales es un hecho que sobresale junto a la protesta de Tomás Beckett contra el intento de Enrique de apropiarse de la parte del Danegeld perteneciente al Sheriff” " (Select Charters, p. 28).

La acuciante necesidad de dinero de Ricardo fue originada en parte por su participación en las cruzadas y por el enorme rescate que tuvo que pagar al ser capturado en su camino a casa por le duque Leopoldo de Austria. Los ingleses de entonces y anteriores habían tomado parte en las cruzadas, Balduino, arzobispo de Canterbury, que acompañó a Ricardo, y que había sido un entusiasta predicador de la guerra santa, dejó sus huesos en Palestina y el obispo Huberto Walter, destinado a sucederle en el arzobispado, se convirtió en el comandante de las fuerza inglesas, después de su muerte.

Pero las Cruzadas no ejercieron una gran influencia en la vida nacional de Inglaterra. Para el presente propósito son principalmente memorables como enfatizadoras de la verdad, tan frecuentemente ignorada por los escritores anglicanos, que la cristiandad medieval, aunque reconocía muchos pueblos diferentes y muchos y variados gobiernos, concebía a la Iglesia de Dios no como múltiple sino como una. Según esto, la teoría política medieval, fundada por Gregorio VII, que se había impuesto casi universalmente sobre la filosofía especulativa de Europa, la iglesia abrazando y controlando cualquier forma de gobierno civil, era cosmopolita y omnipresente. Precisamente por no identificarse con ningún país o pueblo y por apelar para sus sanciones a fuerzas de fuera del mundo visible, lograba una postura de árbitro de las naciones.

En principio, ningún gobernante temporal le discutía la supremacía al vicario de Cristo, mientras el asunto permaneciera en un plano abstracto y mientras fuera otro soberano el que lo sufría. Pero cuando les llevaban la contraria, se hacía resistencia activa, era casi siempre en asuntos secundarios, en algunas cosas técnicas de la ley con los que el monarca y sus consejeros intentaban evadirse de pronunciamientos no deseados. La persistencia con la que los monarcas intentaban a veces impedir la introducción de bulas, provisiones o excomuniones papales en Inglaterra, más que un repudio es un reconocimiento de la autoridad papal, de la misma forma que un hombre se atrinchera en su casa contra un escrito del juez no se le aplique está dando muestras de su supremo respeto de la majestad de la ley. Este punto de vista ha de se tenido en cuenta en relación a la resistencia contra las exacciones papales del siglo trece y con la aparentemente enemistosa legislación como los Estatutos de Præmunire y Provisores que consideraremos más adelante. El reino de Juan (1199-1216) fue un tiempo de terrible sufrimiento para el país pero tuvo resultados de gran importancia en la consolidación de Inglaterra como nación. La pérdida de las posesiones en el extranjero – ya que en tiempos de Enrique II más de la mitad de Francia reconocía la soberanía del rey inglés – contribuyeron a ese resultado.

Pero dentro de la misma Gran Bretaña, desde la conquista Normanda, los constituyentes políticos de la nación se habían dividido en dos grupos más o menos opuestos. El primer elemento o feudal, eran los grandes nobles de la conquista con sus vasallos y las influencias que ejercían- La tendencia de este grupo era centrífuga o disruptiva y miraban al país y sus gentes como sui fueran su presa legal. El segundo, que por conveniencia podemos llamar elemento nacional, era menos homogéneo. Comprendía al rey, la nueva nobleza que estaba representada por los grandes oficiales de la Corona nombrados por los reyes Enrique I y II y con ellos los obispos y el todo el clero. En su conjunto todos ellos reconocían las ventajas de un gobierno centralizado y simpatizaban con la población nativa, tratando de que sus derechos se respetasen y se hiciera justicia. Y fue la obra despótica y al margen de la ley de Juan sin Tierra, sobre todo después de que la influencia restrictiva de Hubert Walter desapareció con su muerte, la que logró que todos se unieran contra él.

Un aparte importante en todo ello la jugaron el entredicho y la sentencia de deposición pronunciada por Inocencio III contra Juan. No es necesario recapitular la historia de la elección de Stephen Langton como arzobispo de Canterbury, con la que prácticamente comenzó la lucha de Juan contra la Santa Sede. Pero si conviene recordar que Langton, que sirvió tan espléndidamente a las libertades de su país y cuyo nombre está asociado de horma indeleble con la Magna Carta, era el candidato del papa, elegido a sus instancias por los monjes de la Iglesia de Cristo que habían ido en delegación a Roma.

Bajo la presión del entredicho y de las exacciones de Juan, los Lores feudales, el clero y los nuevos nobles “ministeriales” se fueron uniendo gradualmente. Juan vio que solo había conseguido unos pocos con los que contar mientras que Felipe de Francia amenazaba con invadir el país para imponer la sentencia papal de deposición. En estas circunstancias Juan se sometió al legado, Pandolfo, prometió recibir a los obispos exiliados y restituir por las injurias y pérdidas que la Iglesia había sufrido. Unos pocos días después, el 13 de mayo de 1213, vigilia de la Ascensión, fue más allá y rindió la corona y el reino en manos del legado para recibirla otra vez de sus manos como un feudo que él y sus sucesores recibirían del papa a cambio de una renta anual de mil marcos. No es de extrañar que esta transacción haya sido denunciada por los historiadores con una gran indignación. Hasta Lingard, en su día, la describió como “una eterna, creciente infamia en la memoria de Juan”, y sus razones una y otra vez expuestas han pesado en los estudiosos posteriores. Se puede decir que se admite en general que la idea de tal rendición no se originó en el papa sin en el mismo Juan (ver Davis, "England under the Normans and Angevins", 1905, p. 368; Norgate, "John Lackland", 1902, p. 181). Como explica Norgate hay un motivo para tal comportamiento que se puede entender: Juan vio que debía vincular al papa a sus intereses personales con algún lazo especial de tal naturaleza que los intereses del papado mismo impidieran a Inocencio romperlo. Y en segundo lugar la afirmación antes hecha del grito de indignación que se oyó en toda Inglaterra cuando se supo, tiene poco de realidad. La vehemente denuncia del acto por parte del muy parcial Mathew Paris, como “una cosa que hay que detestar para siempre”, fue escrita muchos años después. “Algunos”, dice Davis,”estigmatizaron la transacción como ignominiosa, pero el cronista más legal de ese tiempo lo llama un movimiento prudente, porque, añade, apenas quedaba otra manera de que Juan escapara de todos los peligros. Ni siquiera los barones hostiles cuyos planes recibieron un apoyo inesperado se aventuraron entonces ni después a dudar de la validez de la transacción” (c. Adams, "Political Hist. of Eng.", II, 315).

Había abundantes precedentes de tal vasallaje, dentro y fuera de las islas británicas. Solo veinte años antes, como afirma Hoveden, Ricardo Corazón de León , renunció a su corona a favor del emperador Enrique, espereando recibirla como feudo del imperio por una pago anual de cinco mil libras; mientras los patriotas escoceses un siglo después , para evitar las reclamaciones de Eduardo I, reconocieron al papa como su señor feudal y pretendieron que Escocia había sido siempre un feudo de la Santa Sede. Sería engañoso interpretar estas y otras transacciones similares meramente a la luz de los sentimientos modernos. Quizás uno de los episodios más lamentables en el incidente de la sumisión de Juan y su absolución, es la sensación de seguridad que la protección del papa parece haberle dado para seguir en su carrera de maldades. Su última acción para con sus súbditos no fue ni más recta ni más constitucional que antes y parece que engañó al legado o lo atajo a su lado. Pero el arzobispo Langton y sus barones ya le conocían bien por entonces y con una persistencia inflexible obligaron a Juan a aceptar sus términos. Tomando como base un documento anterior concedido por Enrique I a principios de su reino, redactaron una carta de libertades, muchas veces confirmada con ligeras variaciones en el curso del siglo siguiente, destinada a se famosa a través de los tiempos como Carta Magna.

Este gran tratado entre el rey y su pueblo, que Stubbs, ha descrito (Const. Hist., II, p. 1) como "la consumación la obra en la que habían estado trabajando inconscientemente reyes, prelados y juristas durante un siglo, el resumen de un período de la vida nacional y el punto de partida de otro“, comienza con preámbulo religioso declarando que Juan había sido movido para publicar esta carta, por el respeto a Dios, para el beneficio de su propia alma, para la exaltación de la Santa Iglesia y para la mejora de su reino y más aun , había actuado en ello por el consejo de Estaban, arzobispo de Canterbury, de los otros obispos y de Pandulfo, “subdiácono del Lord Papa y miembro de su familia” así como de los lores seculares, los más importantes de los cuales son citados por su nombre. Como en la carta de Enrique I, aquí, el primer artículo promete libertad para la Iglesia en Inglaterra (quod aeclesia Anglicana libera sit et habeat jura sua integra et libertates suas illæsas) y especifica en particular la libertad de elección de obispos que, como explica el documento, ya se había prometido por el rey y ratificado por el papa Inocencio.

Respecto al resto, baste decir que la Carta Magna en sustancia establece el principio de que el rey no tiene derecho a violar la ley y si intenta hacerlo puede ser obligado a la fuerza a obedecerla. En particular, la justicia no se puede vender o retrasar o rehusar a ningún hombre. Ningún hombre libra ha de ser hecho prisionero o declarado fuera de la ley sin un juicio legal de sus semejantes. Ningún pago feudal o impuesto, excepto las tres ayudas regulares, debe ser impuesto a no ser que haya consentimiento del consejo común del reino.

Se nombraron 25 barones para que vigilaran la correcta ejecución de la Carta, pero no tenían la simpatía de todos “Antes de la conferencia de Runnymede terminara”, dice Mackechnie, "la confianza en las buenas intenciones de los 25 ejecutores, que habían sido elegidos de entre los más opuestos a Juan, parece que se perdió del todo” (Mackechnie, "Magna Carta", p. 53). La indignación anteriormente expresada por las acciones posteriores de Inocencio III Al declarar nula e inválida la Carta se admita que fue poco razonable. Los barones habían reclamado para sí el mérito de haber hecho de Inglaterra un feudo papal (Lingard, II, 333; Rymer, I, 185), yt era ciertamente contrario a los usos feudales que un vasallo contrajera obligaciones de esta naturaleza tan seria para el Señor supremo.

La condena papal no iba dirigida en principio contra las libertades populares inglesas, como puede inferirse del hecho de que la Carta fue confirmada en Noviembre, 1216, en cuanto subió al trono el príncipe niño Enrique III, en un momento en el que el delegado papal Gualo era todopoderoso y era muy apoyado por el nuevo papa Honorio III.. El largo reinado que comenzaba entonces con una regencia, a pesar de la piedad personal de Enrique, fue un período de muchos problemas en Inglaterra.

La debilidad real y su parcialidad para con los favoritos extranjeros le llevaron una espiral de gastos, mientras que por otra parte los impuestos que hacían falta por ello solamente los hubiera podido imponer un fuerte gobierno que de hecho no existía Abundaban las intrigas y cábalas de todo tipo y la situación se complicaba por las constantes exigencias de dinero por parte de la Santa sede. Las exacciones de los varios legados y las continuas “provisiones” de los nombrados por el papa a las canonjías y ricos oficios, fueron sin duda la causa de un amargo sentimiento en aquel momento y han constituido el tema favorito de los historiadores desde entonces. Sería inútil negar la existencia de muchos y serios abusos, y especialmente el que muchos clérigos franceses e italianos ocuparan tales beneficios ingleses sin ni siquiera visitar el país, contentándose con obtener los ingresos. Pero por otra parte hay mucho que decir para atenuar la acción papal, que desafortunadamente ha sido presentada ante los lectores ingleses a la luz más desfavorable, debido a los amargos sentimientos antipapales de gran cronista de S. Albans, Matthew Paris, cuyo juicio estaba envuelto por sus prejuicios como puede verse con claridad en sus poco amistosas referencias a los frailes, aunque era uno de ellos, o al menos relativamente, en su primer fervor. Lingard dice de él que parece haber recogido y preservado toda anécdota escandalosa que encajara con su postura censuradora y añade una expresión personal muy fuerte sobre la deslealtad de Paris (Hist. of Eng., II, 479).

No es de extrañar que en esa edad de a que habla Mateo Paris y otros como él , al sentir que sus bolsillos resultaban tocados por las demandas papales, se manifestaran a gritos y que esos gritos llegaran más allá del daño realmente causado. Este mismo período cuando Inglaterra, que estaba supuestamente bajo el talón de la tiranía papal, “en todos los demás campos de acción, excepto el político, fue una época de progreso sin parangón” (Tout in "Polit. Hist. of England", III, 81). La necesidad papal de dinero, debido a la lucha a muerte con los Hohenstaufen, era muy real. A los ojos de Gregorio IX e Inocencio IV las guerras contra el emperador alemán excomulgado, era una verdadera cruzada a favor de la Iglesia de Dios igual que la emprendida contra los turcos. Más aún, respecto a la provisión de extranjeros para los beneficios ingleses, y hasta admitiendo los amargos sentimientos hacia los extranjeros que se manifestaron tan frecuentemente en el reino de Enrique III, es imposible negar que el mundo en los siglos trece y catorce, especialmente el mundo eclesiástico, era cosmopolita hasta niveles que ahora no podemos ni imaginar. En la primera parte del siglo trece casi todos los más mayores y más influyentes hombres habían estudiado en Paris, al menos en parte. +

Los dos arzobispos de, Stephen Langton y S. Edmund Rich, ambos de pura ascendencia inglesa, que pueden ser considerados como ejemplos magníficos y si los ingleses tenían que quejarse de los muchos beneficios eclesiásticos ocupados por extranjeros, no hay que olvidar que había un considerable número de ingleses ocupando sedes extranjeras y sus correspondientes emolumentos en el Continente. El hecho es indiscutible – como es indiscutible el hecho de que ingleses formaban la gran mayoría de los filibusteros que rondaban por Italia un siglo después y aceptaban la paga de cualquiera que los alquilara – pero es interesante ver como insiste orgullosamente sobre el tema Mateo París, que en su indignación por los nombramientos de eclesiásticos extranjeros a los beneficios ingleses, declara que Inglaterra no tiene ocasión de ir al extranjero a solicitar candidatos óptimos, visto que ella misma está acostumbrada a proporcionar dignatarios a otras tierras distantes ("Nec indiget Anglia extra fines suos in remotis regionibus personas regimini ecelesiarum idoneas mendicare, quæ solet tales aliis sæpius miristrare". -- Historia Major, IV, 61).

Las tendencias cosmopolitas a las que hemos aludido aumentaron mucho en el siglo trece por uno de los renacimientos religiosos más grandes que ha visto el mundo, es decir, el que resultó de la fundación y rápido desarrollo de las órdenes mendicantes. No hay razón para suponer que los efectos producidos por las predicaciones de los frailes franciscanos y dominicos, que llegaron a Inglaterra por primera vez en 1224 y 1221 respectivamente, fueran más notables en este país que en los otros, pero todos los historiadores están de acuerdo que las impresiones producidas por esta popularización de la religión fueron notables.

La obra de regeneración espiritual que realizaron fue el principio maravillosa y fueron calurosamente animados por hombres santos y prelados tan importantes como el obispo Grosseteste. Es más importante, quizás notar que a pesar de las acusaciones de inactividad y mundanidad que se hicieron contra ellos en fechas posteriores, su entusiasmo no se extinguió aunque perdiera fuerza. Un historiador imparcial que ha puesto una especial atención en este tema, dice:”Durante más de trescientos años los frailes mendicantes en Inglaterra fueron eran en general un poder positivo, a veces más o menos, en el país, amigos de los pobres y evangelizadores de las masas. Durante todo ese largo periodo se mantuvieron solo por las aportaciones voluntarias del pueblo - como los hospitales de los incurables – y cuando fueron echados de sus casas y sus iglesias fueron saqueados como los de los monjes y monjas, los frailes no tenían grandes propiedades ni mansiones, no tenías propiedades que quitarle y poco se consiguió con el expolio de sus bienes, pero como siempre habían sido los más devotos apoyos del papado romano. Tuivieron que irse por fin, cuando Enrique VIII se decidió gobernar en su reino y ser la cabeza suprema del Estado y de la iglesia” (Jessopp, "History of England", 34).

Durante los siglos trece y catorce, las relaciones entre la iglesia medieval inglesa y la santa sede asumieron su forma definitiva. Al menos este fue el periodo en el que un campeón tan franco como el obispo Roberto de Lincoln (Grosseteste) o más tarde bajo un gobernante excelente como Eduardo I o, de nuevo, entre la creciente independencia del Parlamente, animado por alguien tan desafecto a la iglesia como Wyclef u Juan de Gante en el reino de Eduardo III, la "Ecclesia Anglicana", según una teoría más reciente generalmente aceptada, comenzó a afirmarse y se puso a trabajar decididamente para poner al papa en su sitio. Y debe decirse aquí de una vez por todas que la impaciencia natural por la supervisión e interferencia papal que se mostró con frecuencia en reyes fuertes como Eduardo I y a veces en el mismo clero, no demuestra absolutamente nada contra la aceptación de la suprema autoridad papal como cabeza de la Iglesia.

Que los subordinados deseen ser libres y gozar de más independencia, es una ley de la naturaleza humana. Las colonias inglesas, por ejemplo, podían ser muy leales. Podían reconocer totalmente el principio del derecho supremo del gobierno imperial y sin embargo cualquier dictado que vaya más allá de los acostumbrado, y sobre todo cundo se trata de los bolsillos coloniales, provoca resentimiento y es normal que encuentre fuerte resistencia. También una ferviente orden religiosa cuando ha de ser sometida a una visita oficial puede mostrar resentimiento y apelar a los precedentes por parte de los que, aun siendo dóciles, dudan de la capacidad de la autoridad extranjera para entender las condiciones locales. Una aceptación total de la supremacía de la santa sede no impide en absoluto que se entienda que un pontífice concreto, y más aun los oficiales que están en su entorno, puedan estar influenciados por motivos indignos o mercenarios. No hay autoridad alguna en el mundo que no sea desobedecida a veces y desafiada con pretextos más o menos especiosos por parte de los que sin embargo admiten su propia subordinación. Y así sucede que los que apoyan las teorías de la “Continuidad Anglicana” citan expresiones de escritores medievales que suenan desafectos o rebeldes en el tono, pueden apelar a actos individuales de desobediencia peor no pueden presentar ningún rechazo, ni siquiera menor, del principio de la supremacía espiritual papal entre los representantes acreditados de la Iglesia anterior a la Reforma.

Ningún historiador ha reconocido mejor este hecho que el distinguido jurista F. W. Maitland, que se opuso a las afirmaciones de la Comisión de tribunales eclesiásticos de 1883, que en gran manera fue dirigida por el eminente historiador, el obispo Stubbs, informó que “la ley papal no era obligatoria en Inglaterra (medieval) ni siquiera en las cuestiones de fe y moral a no ser que hubiera sido aceptada por las autoridades nacionales”. El profesor Maitland, con una incontestable lista de ilustraciones, sacadas principalmente del libro de derecho canónico de la iglesia inglesa anterior a la Reforma, el “"Provinciale" del obispo Lyndwood (1435), mantiene exactamente lo contrario. Como prueba claramente el profesor Maitland, según Lyndwood, “el papa está por encima de la ley…disputar la autoridad de un decretal pala es culpable de herejía, en tiempos en los que la herejía era un crimen capital”. “Lo último, continua Maitland, no es la opinión privada de un glosador, sino el principio al que los arzobispos, obispos y clero de la provincia de Canterbury se han adherido con palabras solemnes” (Derecho canónico romano, 17). Y como continua el mismo profesor, no solo reclamaba el papa y obtenía reconocimiento de su derecho a tomar en sus propias manos el juicio de toda causa eclesiástica, sobre la autoridad del obispo, sino que además gracias a las apelaciones a Roma de los obispos ingleses, que pedían decisiones, se construyó la fábrica del derecho canónico (loc. cit., 53, 66, etc.).

De completo acuerdo con esto hallamos al arzobispo Peckham diciendo al monarca Eduardo I que el emperador de todos ha dado autoridad a los decretos de los papas y que todos los hombres, todos los reyes, están obligados por esos decretos. Encontramos al arzobispo de Canterbury con todos sus sufragáneos escribiendo una carta conjunta al papa en la que le dicen que todos los obispos derivaban su autoridad de él como riachuelos de la de la fuente principal. (Sandale's "Register", 90-98). Encontramos al papa que retira una gran parte de la jurisdicción de los obispos ingleses, como en el caso de S. Albán o de Bury S. Edmunds, haciéndolos absolutamente exentos de la jurisdicción episcopal. Encontramos a los mismos reyes que por sus Estatutos de Provisors y Præmunire parecían haber eliminado su juramento de lealtad a Roma, rogando al papa en un lenguaje muy respetuoso que escribiera cartas de provisión o bulas de confirmación a favor de tal o cual eclesiástico que tiene el favor real. Sin duda que estos estatutos de Provisors y Præmunire juegan en algún sentido un importante papel en la historia de la Iglesia Inglesa durante el siglo catorce, aunque se admite que son dejados de lado tan frecuentemente que el resultado permanente de la legislación tenía la intención de reforzar el poder real de dispensar. Los estatutos Provisors, de los cuales el primero se aprobó en 1351 reclamaban para todos los cuerpos electores y patrones el derecho de elegir o presentar libremente a los beneficios y declaraba inválido todo nombramiento conseguido por la “provisión “papal, es decir por le nombramiento .Dos años después la legislación fue completada por el primer Estatuto de Paemunire, que ordenaba que aquellos que llevaran a tribunales extranjeros asuntos de debían conocerse en el del rey fueran multados y declarados fuera de la ley. Se ha presentado esta legislación como prueba de que la Iglesia Inglesa no reconocía ningún poder de provisión en la Santa Sede. A esto se puede replicar:

• Que como todos los obispos ingleses, hasta Grosseteste, que es presentado continuamente como el campeón de la resistencia inglesa a la autoridad papal, en este asunto reconocía completamente el derecho en principio, aunque protestara contra los abusos que se cometían.

• Que la legislación que se presentó para que se aprobara no tenía un espíritu de hostilidad contra Roma, sino contra los abusos de los “que corrían a Roma ("Rome-runners") – sacerdotes que iban a Roma a importunar a la Santa sede buscando beneficios.

• Los principales promotores de las leyes eran los patrones laicos, cuyos intereses empeoraban con las provisiones papales.

• Los obispos rehusaron aceptar esas leyes ( (Stubbs, "Const. Hist.", III, 340) he hicieron que sus protestas formales constaran oficialmente en los documentos parlamentarios.

• Que los obispos y el clero pidieron reiterada y espontáneamente que se retiraran (ibid., 342), que las universidades, en 1399, declararon que las leyes operaban en detrimento de la educación y que en 1416 los Comunes también pidieron al rey la abolición del estatuto de Provisores .

• Que los mismos reyes ignoraban esas leyes y pedían constantemente a los papas que proveyeran a las sedes.

• Que es universalmente admitido que las provisiones papales eran mas numerosas después de ser aprobadas por el parlamento que antes. Se sabe que en los 300 años anteriores a la Reforma fueron provistos por los papase; 47 de ellos antes de aprobarse el Estatuto, 266 después. (ver Moyes in "The Tablet", 2 Dec., 1893). Una cosa es cierta y es que Inglaterra en varios casos debe algunos de sus mejores y más santos prelados a la acción de los papas al proveer para las sedes inglesas en oposición de los deseos manifiestos del rey. Stephen Langton, en 1205, S. Edmund Rich en 1232, Juan Peckham en 1279 son estupendos ejemplos. Ya hemos dicho arriba que la reacción contra las teorías anglicanas sobre la posición del papa en la iglesia medieval inglesa ha ido creciendo durante el último cuarto del siglo XIX. El acuerdo completo de algunos profesores como F. M. Maitland, Dr. James Gairdner y H. Rashdall, que se acercan al tema por líneas de investigación muy notables.

El siguiente pasaje de uno de los más distinguidos autores de la escuela de historiadores ingleses, el profesor Tout de Manchester, manifiesta el caso tan francamente como pudo haberlo hecho el mismo Lingard . Después de insistir en que los Estatutos de Provisors y Præmunire, como el de Labourers, o las leyes suntuarias permanecieron como letra muerta en la práctica y después de declarar que para el clérigo o teólogo normal de su tiempo, el papa era la fuente de la autoridad eclesiástica, de origen divino, el pastor al que el Señor había encargado apacentar sus corderos, el profesor Tout continua:” Las leyes antipapales del siglo catorce fueron actos del poder secular no del poder eclesiástico. No eran simplemente antipapales, eran además de tendencia anticlerical, porque para los hombres de su tiempo un ataque al papa era un ataque a la Iglesia…El clérigo, aunque estaba indignaron con los de la Curia, creía en el papa nombrado por Dios como autócrata de la iglesia universal, Siendo un hombre, un papa podía ser un mal papa; pero el fiel cristiano, aunque podía lamentarse y protestar, no podía sino obedecer como último recurso. El papado estaba tan entrelazado con toda la Iglesia de los tiempos medievales que pocos inventos tienen tan poca base histórica que la noción de que había una Iglesia Anglicana Antipapal en los días de los Eduardos” (Polit. Hist. of Eng., III, 379).

Nadie que estudie cuidadosamente el lenguaje y los actos de un hombre como Grosseteste puede dejar reconocer que a pesar de que critica sin temor a la Curia romana, su actitud mental es completamente reverencial para con la autoridad del papa. La más famosa y más intemperada y violenta crítica verbal fue la que dirigió no al papa Inocencia IV, como se creyó, sino a uno de sus subordinados. Por otra parte, como señala Maitland, Grosseteste manifestó toda su vida en los más fuertes términos su fe en la plenitud del poder papal. “se, dice, y afirmo sin reserva que pertenece a nuestro señor el papa y a la santa iglesia romana el poder de disponer libremente de todos los beneficios eclesiásticos”.

Este lenguaje o similar, reconociendo al papa por ejemplo como el sol del que los obispos ,como la luna y las estrellas, reciben cualquier poder que tienen para iluminar y hacer fructificar a la Iglesia, no solo fue mantenido por Grosseteste hasta el final. (ver "The Month", Marzo, 1895), sino que el obispo Arundel se hace eco casi dos siglos después.

Así pues los sucesos que siguieron a la publicación por Bonifacio VIII de la bula "Clericis laicos", en tiempos de Eduardo I de del arzobispo Winchelsea, tienden a mostrar que hasta cuando el papa toma una posición que era demasiado extremista y de la que se vio obligado a retirarse, la Iglesia inglesa no era menos sino más fiel a la sede apostólica que otras naciones del continente. Nada es menos verdadero respecto a los hechos de la historia que la idea de que Inglaterra estuvo aparte del resto de la Cristiandad, con una ley eclesiástica, una teología y en lo esencial hasta un ritual propio.

El comopolitanismo de las órdenes religiosas, especialmente los mendicantes y de las universidades, hubiera bastado para que ese aislamiento fuera imposible. El aislamiento de Inglaterra comenzó cundo rompió con la obediencia a Roma, suprimió las órdenes religiosas, desterró a los sacerdotes católicos y adoptó una pronunciación del latín que ningún estudioso continental podía entender La gran fuerza desordenadora en la vida eclesiástica de Inglaterra durante el siglo catorce , mucho más que de los Estatutos de Provisors y hasta más que la Peste Negra, fue el nacimiento y propagación del Lolardismo. Puede que dudemos de si la importancia del movimiento en ese país llegó a ser tan grande como la que los historiadores le han atribuido, en parte por los levantamientos bohemios bajo Juan Hus, que salió de las doctrina de Wycliff, y en parte a través de la teoría moderna de que el Lolardismo produjo la Reforma. El Dr. James Gairdner, sin embargo, que investigó todo el movimiento y sus secuelas con una dedicación exhaustiva y conocimiento de materiales originales que nadie había utilizado antes, ha llegado a conclusiones que tienden seriamente a modificar las ideas comúnmente aceptadas hasta aquí. Para él, la novedad de la tendencia socialista de las opiniones tan atrevidamente defendidas por Wycliff constituían un grave peligro político, que quizás no era tan agudo durante la vida del reformador porque las más sorprendentes de sus ideas se desarrollaron más tarde, solo unos diez años antes de su muerte (1384), pero que fueron recogidas y exageradas por discípulos ignorantes en un tiempo gobiernos débiles y de inquietud política.

El hecho de que el Gran cisma de Occidente estallara solo seis años antes de la muerte de Wycliff, ayudó a complicar las cosas, dejando a la mayor parte de la cristiandad en un estado de incertidumbre sobre cual de los papas rivales tenia más derecho y probablemente por esto Wycliff pudo propagar sus doctrinas durante los últimos años de su vida prácticamente sin que nadie le molestara. Sería absurdo negar que sus ideas eran profundamente revolucionarias para aquellos tiempos. A nadie se le escapa el peligro de afirmar que no hay verdadera propiedad ni dominio, ni autoridad sin la gracia de Dios. De esto deducía como conclusiones que un hombre en pecado mortal no tenía derecho a nada, de que entre los cristianos debía haber una comunidad de bienes y que era un gran abuso que los clérigos pudieran tener propiedades.

También enseñaba que los laicos tenían al mismo Cristo por sacerdote, obispo y papa: que al papa había que obedecerle solo cuando enseñaba según las Escrituras y que un rey podía quitar a la Iglesia todas sus donaciones. En los últimos años mezclaba con todo esto ideas teológicas sobre los sacramentos y la Transubstanciación, muy ofensivos para el sentido cristiano de su tiempo. Sin duda que Wycliff en sus enseñanzas filosóficas proveía con salvaguardias que mitigaban las consecuencias prácticas de lo que enseñaba, pero eso era sutilezas que se perdían en los más ignorantes y fanáticos de sus seguidores, sobre todo después de la muerte del maestro.

Los puntos que entendían claramente eran que los diezmos eran limosnas pura y que si los párrocos no eran hombres buenos no había que pagar los diezmos, que los duras que recibían que recibían subvenciones anuales eran simoníacos y excomulgados; que los sacerdotes que decían misa en pecado mortal no consagraban válidamente sino que cometían idolatría; que cualquier sacerdote podía oír confesiones ( sin facultades) y que de hecho cualquier laico santo predestinado por Dios era competente para administrar los sacramentos sin ordenación.

Tales opiniones debatidas entre los ignorantes sin instrucción y reforzadas con los constantes ataques contra las practicas devocionales, tales como las peregrinaciones y contra la curia romana, contra los frailes y contra toda autoridad eclesiástica, eran peligrosas para el orden social en los momentos en que la Peste Negra sus consecuencias entre los campesinos atados a la tierra.

Hablando de los procedimientos contra el más representativo de las opiniones lolardas John Oldcastle, en 1413, el Dr. Gairdner dice: “Parece haber sido una lucha a vida o muerte entre el orden establecido y la herejía”; y el obispo Stubbs, mientras honraba excesivamente el fanático credo del líder wyckeffita, subraya:”Quizás concluiremos más seguramente, a juzgar por el tenor de la historia, que este credo doctrinal estaba mucho mejor fundado que los principios que guiaban ya su moral o su conducta política.”

Estos comentarios resumen en verdad la situación. La Herejía de Wycleff se convirtió durante algún tiempo en un peligro real para al paz del país, como demostró la insurrección de Old Castle. Por otra parte, había muy poco sano o noble en los sueños que inspiraban a los líderes y que compartían con sus ignorantes seguidores. Dadas las ideas de aquel y de mucho después, aceptadas universalmente sobre las herejías, y las medidas de represión necesarias para prevenir que la infección se extendiera, no había nada de excepcionalmente cruel o intolerante en el estatuto "De hæretico comburendo" de 1401, que preveía que los herejes convictos ante un tribunal espiritual, que rehusara retractarse, había que entregarlo al brazo secular para ser quemado. No puede haber dudas de que antes de que recurrir a estas medidas extremas había demasiada provocación por la predicación de doctrina que todos los cristianos de entonces estimaban blasfemas y que no se limitaban a la hablar mal de la Eucaristía, de papa y del clero, sino que tocaba la santidad del matrimonio y la observancia del domingo como día de descanso.

El Dr. Gairder, después de un cuidadoso examen de las pruebas, está satisfecho con que el obispo Arundel y sus sufragáneos actuaran en interés del orden público y no mostraran inclinación a imponer e estatuto ni de forma intemperada ni tiránica. De hecho, después de supresión de la insurrección de Old Castle y su ejecución, el lolardismo dejo de ser temible como poder político. Las ideas de Wycliff no penetraron en Europa en nadie de algún peso o consideración. Permanecieron durante un tiempo y quizás nunca desaparecieron del todo, aunque las persecuciones por herejía se hicieron cada vez más raras antes del final del siglo quince, pero ciertamente no pueden ser consideradas como una causa directa y primaria de los cambios religiosos que ocurrieron en el reino de Enrique VIII.

Quizás la más importante en sus últimas consecuencias de todas las posturas de Wycliff fue la suprema importancia que daba a la Sagrada Escritura. En su tratado "De Veritate Sacræ Scripturæ", escrito hacia 1378 adopta prácticamente la postura de que la Escritura es la única regla de fe. Y lógicamente, continuaba en su idea de que la palabra de Dios debía ser accesible a todos y de que todos los hombre podían interpretarla libremente por si mismos. Nos cuenta Knighton, el cronista contemporáneo y enemigo de Wycliff, que éste tradujo al inglés los Evangelios.

Sobre esta y otras pruebas se ha supuesto en general que Wycliff fue el primero en traducir la Biblia al conocimiento de los lectores en inglés y que la iglesia medieval adoptó uniformemente la práctica de ocultar la Escritura a los laicos. Ero gracias a los estudioso modernos de la historia medieval esta grave acusación que es un punto de vista tradicional del protestantismo, esta postura se ha abandonado (ver por ejemplo, Gairdner, "Lollardy", I, 100-17; "Cambridge Hist. of Eng. Literature", II, 56-62). Podemos resumir las siguientes conclusiones, que representan lo que más digno de recordar sobre reste tema. La Iglesia no se oponía en principio al uso de las traducciones vernáculas, Sun duda las traducciones al ingles de libros separados de la Escritura existían al menos desde los días de Beda. Peor es improbable que toda la biblia en inglés, distinta de la anglosajona, existiera antes de Wycliff; pero tampoco hacía tanta falta, porque casi todos los que podían leer, podían leer la Biblia, ya en el latín de la Vulgata, que la iglesia prefería, o en francés. No había una prohibición expresa de traducir la Escritura al inglés hasta la prohibición del Sínodo Provincial de Oxford de 1409. Esta prohibición no parece haber sido ocasionada por malas traducciones o por algo censurable en el texto, sino simplemente por el hecho de que se compuso para el uso general de los laicos a los que se animaba a interpretar a su propio gusto sin referencia a la tradición y enseñanzas de la Iglesia.

El doctor Gairdner concluye:”Nunca se opuso a la posesión por parte de los laicos de traducciones autorizadas, pero poner tal arma como una Biblia inglesa en manos de hombres que no tenían ningún respeto por la autoridad y que usarían sin se instruidos para usarla apropiadamente, era peligroso no solo para las almas de los que la leían, sino para la paz y el orden de la Iglesia.”

El abad Gasquet ha insistido en que las versiones inglesas conicidad comúnmente como Biblia de Wycliff, no tiene ninguna relación con él sino que es simplemente una traducción del siglo catorce aprobada por la autoridad eclesiástica y que probablemente existía en tiempos de Wycliff. No carecen de argumentos los que defienden tal postura, pero las dificultades también son serias y no se puede decir que la teoría haya sido aceptada en general.

El siglo quince, sobre todo debido a la larga minoría de Enrique VI y a las Guerras de las Rosas, fue un período de inestabilidad política lo que no añade nada a la historia eclesiástica del país. Recordemos sin embargo que la llegada de la imprenta a Inglaterra y a todas parte fue recibida cordialmente por la Iglesia y que las primeras prenses fueron montadas a la sombra de las abadías inglesas de Westminster y S. Albans. A pesar de la indiferencia religiosa que se supone que defendía la Reforma, el tono de la literatura publicada en estas prensas parece ser testigo de la prevalencia de un genuino espíritu de piedad.

Puesto que la historia de la Reforma Inglesa se relata más detalladamente en la segunda parte de este artículo, mientras que muchos artículos se pueden encontrar en la Enciclopedia Católica que tratan con las fases particulares y las personalidades más relevantes del periodo, una breve exposición del gran cambio, será suficiente para concluir el esquema de la Inglaterra anterior a la Reforma.

Los historiadores católicos y todos los demás, excepto una pequeña minoría que representa a la escuela particular del Anglicanismo, están de acuerdo en que por lo que respecta a Inglaterra, y hasta después de que el movimiento de Wycleff, el Gran Cisma de Occidente y la renovación humanística del saber, habían hecho lo peor, la posición de la Iglesia bajo la jurisdicción de Roma permaneció tan segura como siempre. El lolardismo, sin duda, había inoculado una cierta parte de la nación y había aquí y allá movidas indicativas de una revuelta doctrinal hasta en los primeros días de Enrique VIII, pero con un episcopado completamente fiel a la Santa Sede y con el apoyo de fuerte gobierno real, estas situaciones no ofrecían peligro para la paz religiosa del reino .

Los Lolardos habían sin duda inoculado ciertas secciones de la nación y aquí allá había movimientos que indicaban una revuelta doctrinal durante los días anteriores al reinado de Eduardo VIII, pero con un episcopado completamente fiel a la Santa Sede papado y el apoyo del fuerte gobierno del rey, a la larga estos intentos no eran peligrosos para la paz religiosa del reino. Tampoco parece haber habido una gran decadencia moral en el clero o del laicado. La opinión pública del mundo más ilustrado mantiene en lo sustancial la reivindicación del abad Gasquet sobre la disciplina observada en las casas religiosas antes de la supresión. Probablemente hubo escándalos ocasionales y hasta un gran abadía como S. Alban puede haber causado algunas de las acusaciones que el arzobispo Morton intentó contra ellos en 1491 y aunque es asunto es seriamente contestado (ver bibliografía) no hay razón para pensar que hubiera ninguna oleada de indignación moral por la corrupción eclesiástica o resentimiento contra la autoridad romana se había hecho sentir entre el pueblo de Inglaterra hasta muchos años después de que Lutero arrojara el guante en Alemania.

Lo que produjo la Reforma Eclesiástica fue simplemente la pasión de un déspota hábil y sin escrúpulos que fue la suficientemente lista para dirigir a su favor ciertas fuerzas revolucionarias que siempre están latentes en la naturaleza humana y que están siempre preparadas para despertar por las enseñanzas dogmáticas y las duras censuras de la Iglesia de Roma. Naturalmente el movimiento encontró mucho apoyo por la más amplia distribución de un módico conocimiento que se debía a la invención de la imprenta y que mientras permitía a la gente leer e interpretar el texto de la escritura por si mismos, lo que con frecuencia les había llenado de arrogancia y desprecio de las tradiciones escolásticas.

Aquel era un tiempo, al menos relativamente, de inquietud y novedades. El descubrimiento de América había disparado la imaginación; el humanismo se había extendido a las masas en cierta medida desde los grupos de intelectuales. Se hablaba por todas partes de un nuevo saber, una nueva ciencia – por el que, como señalaba el abad Gasquet, los hombre querían decir no el renacimiento de los estudios clásicos, sino más bien la atrevida y frecuentemente herética especulación sobre la religión que estaba agitando a tantas mentes.

Una gran parte de Alemania ya estaba revuelta e Inglaterra no estaba tan aislada como para que los ecos no llegaran a sus costas. Todas estas cosas hicieron que la tarea de Enrique fuera más fácil, por de la ruptura de Inglaterra con el papa el y solo el fue responsable. En lo que participó el Parlamente lo hico como un instrumento de Enrique. Esta forma de ver la situación que hace tiempo he sido expuesta por Dodd y Lingard, va penetrando en la opinión anglicana y nadie la enuncia más claramente que el Dr. Brewer y el Dr. James Gairdner, que a través de su conocimiento de primera mano del material manuscrito del reino de Enrique VIII, hablan con una marcada autoridad.

El hecho de que Enrique VIII fuera un teólogo aficionado y que defendiera la doctrina católica sobre los sacramentos contra Lutero, con lo que se ganó el título de “defensor de la fe “ que le dio León X estaba probablemente cargado de tremendas consecuencias en la situación creada por su intento de divorcio de la reina Catalina. Profundamente impresionado por su propia habilidad dialéctica, se persuadió a si mismo de que su caso estaba perfectamente de acuerdo con las leyes, y esto le llevó a posturas, casi sin darse cuenta, desde la que no había marcha atrás para un hombre de su temperamento.

Fue en 1529 cuando la comisión papal a Wolsey y Campeggio, para que se pronunciara sobre al validez de la dispensa concedida a Enrique muchos años antes para que se casara con la esposa de su hermano, terminó con la reclamación por el papa para que la causa volviera a Roma. Al fracaso de la comisión del divorcio siguió enseguida la desgracia y muerte de Wosley, lo que provocó que todo lo que en la naturaleza de Enrique era menos amable surgiera a la superficie. Pero ya había dos hombres muy capaces preparados para hacer cumplir sus designios, Tomás Cranmer y Tomás Cromwell. A Cranmer se debe sin duda la sugerencia de que Enrique podía obtener autoridad suficiente para tratar su matrimonio como nulo si lograba el asentimiento de ciertos universitarios de la cristiandad. Así se hizo y con varias artes y con mucho dinero obtuvo una colección de respuestas favorables. A Cromwell, por otra parta, debe la idea de que el rey debía ser la cabeza suprema de la Iglesia en Inglaterra para librarse del imperium in imperio.

Esto se fingió por la ultrajante pretensión de que el clero había incurrido colectivamente en las penas de organizó Præmunire al reconocer la jurisdicción legislativa de Wosley, aunque esto había sido ejecutado con el conocimiento y anuencia del rey. Con este ridículo pretexto, el clero fue obligado a hacer una enorme entrega de dinero e insertar una cláusula en el preámbulo del voto en el que reconocían al rey como “Protector y cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, hasta donde lo permite la ley de cristo”. Esta última frase se puso después de mucho debate, aunque parece que entonces Enrique querría que la frase “Cabeza Suprema” se entendiera de manera que no se opusiera a la supremacía papal.

De todas las maneras hasta después de esto, los obispos siguieron recibiendo las bulas de Roma y el divorcio real siguió tratándose allí. A principios de 1532 se realizó otro movimiento. Los Comunes fueron persuadidos de presentar una súplica contra el clero, de la que quedan borradores escritos por la mano de Cromwell, demostrando de quién salió. Después de varias negociaciones y una cierta cantidad de presión dio como resultado la “Sumisión del Clero” ("Submission of the Clergy") por la que prometían no legislar en el futuro sin someter sus proyectos a la aprobación del rey y un comité mixto del Parlamento. Para seguir presionando al papa, el rey hizo que el parlamento dejara en sus manos el poder de retener los pagos de annatas a la Santa Sede, o los primeros frutos a los obispados, que consistían en una cantidad de los primeros beneficios del año.

Con estos pasos graduados, la ruptura con Roma era una hecho, aunque en enero de 1533 aun se pedían a Roma, de forma insincera, bulas para el nuevo arzobispo de Canterbury, Cranmer, que había suido elegido al morir Warham, y que de hecho pronunció los votos de obediencia al papa, aunque había declarado previamente que las declaraba nulas e inválidas. Inmediatamente después Cranmer pronunció la sentencia de divorcio entre Enrique y Catalina. El rey hizo que coronaran a Ana Bolena. Al año siguiente se aprobó una ley (Act) de sucesión con un preámbulo y un juramento que debía pronunciar toda persona que llegara a la edad legal. Todo el Parlamento se sometió y emitió el juramento, excepto pero T .More y Fisher que fueron enviados a la Torre. Se puede decir que el climax de todas estas irregularidades llegó en noviembre de 1534 al aprobar ella Ley de Supremacía (Act of Supremacy) que declaraba al rey como Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra, esta vez sin calificación alguna y añadía el título a su corona imperial. Entonces comenzó un reino de terror para los que no querían acatar exactamente las medidas y las enseñanzas sobre las materias religiosas y políticas que al rey le venia bien imponer. Fisher y More habían acabado en el cadalso y otros como los cartujos, que se mantuvieron igual de firmes, fueron liquidados por una pena de muerte ignominiosa de alta traición. Por su martirio, ellos y otros son ahora venerados en los altares como siervos de Dios beatificados. Siguieron los levantamientos en el norte conocidos como peregrinación de la gracia y cuando este peligroso movimiento fue frustrado por la astucia y el perjurio sin escrúpulos de los representantes reales, se vieron nuevos horrores en una represión sin misericordia. Antes se habían suprimido los monasterios menores y poco después los más importantes, con una ley de disolución de capellanías y hospitales libres se aprobó en 1545, que sin embargo no pudo llevarse a cabo completamente antes de la muerte del rey. Probablemente todas estas cosas, como la destrucción de capillas e imágenes, reflejan una cierta rapacidad de la naturaleza del rey más que hostilidad a los que en adelante llamarían prácticas papistas.

En su teología sacramentaria aun se agarraba a la postura del "Assertio septem sacramentorum", libro que había escrito para refutar a Lutero. Tanto en los seis artículos como en su “Doctrina necesaria” el dogma de la transubstanciación es claramente defendido y de hecho más de un reformador que negó la presencia real fue mandado al patíbulo. Enrique mantuvo una cruel severidad con sus súbditos simpatizantes con el papa y no cesó hasta que se sometieron.

Respecto a hombres con tendencias calvinistas o luteranas, presentados en los sitios importantes por Cranmer, Cromwell y muchos otros, el rey se había mostrado intermitentemente favorable. Los usó para que le hicieran el trabajo y fueron muy efectivos en perjudicar la causa del papa para lo cual hasta los más violentos y ultrajantes le sirvieron bien. Cierto es que se prohibió la traducción del Nuevo Testamento hecha por Tyndale, impresa fuera y traída a Inglaterra ya en 1526, e igualmente la de Coverdale en 1546, casi al final de su reino. Está claro que la violencia de los más revolucionarios le llevó a pensar que eran un peligro para el orden público. Son muy notables las palabra de Enrique en su último discurso en el parlamento, en las que deploraba los resultados de una lectura caprichosa de la Biblia: “Lamento saber cómo esa preciada joya, la Palabra de Dios, es discutida, rimada y cantada en cada taberna. Lamento también que lectores de la misma la sigan de manera tan desmayada y fría en su vida; estoy seguro de que la caridad nunca fue a menor entre vosotros, que la vida virtuosa y divina nunca fue menos practicada y que el mismo Dios entre los cristianos nunca fue menos reverenciado, honrado y servido”.

Si alguna vez un cataclismo moral fue obra de un solo hombre, sin duda alguna, la primera etapa de la Reforma en Inglaterra fue la obre de Enrique VIII. Desearíamos saber que el sentido de su responsabilidad por los males que deploraba había vuelto a él antes de la hora, el 28 de enero de 1547, en que fue llamado a rendir cuentas. Quizás la más notable característica de la condición religiosa en Inglaterra durante el último año del reinado de Enrique fuera el hecho de que, además del mismo rey, no había no había probablemente muchas personas que estuvieran contentas con el arreglo existente. Una gran parte de la nación simpatizaba con las doctrinas de los reformadores alemanes y para ellos, la misa la confesión, al comunión bajo una especie etc. que se habían mantenido sin tocar a través de todos los cambios eran simplemente profunda amargura del espíritu. La gran mayoría numérica, por otra parte, especialmente en los distritos alejados y menos poblados, deseaban la restauración del viejo orden de cosas. Deseaban que volvieran los monjes, que se honrara de nuevo a santo Tomás de Canterbury y las capillas de Nuestra Señora y que se reconociera alpaca como el padre común de la cristiandad.

Durante los cortos reinos antes de Isabel , cada uno de esos grupos fueron ganando ascendiente alternativamente. Bajo Eduardo VI, el Protector Sommerset, y después de él el duque de Northumberland, en perfecta armonía con Cranmer, Hooper y otros obispos de mentalidad aún más calvinista, abolieron los restos del papismo. Se suprimieron canonjías y asociaciones y se confiscaron sus bienes y se destruyeron o retiraron las imágenes de las iglesias, los altares y las vestimentas sagradas, mientras que el sacrilegio material iba en la línea de los ultrajes hechos a la antigua liturgia católica en el primer y segundo Libros de Oración Común (ver ANGLICANISMO, ORDENES ANGLICANAS, LIBRO DEL ORACION COMUN). LOS OBISPOS DE MENTALIDAD MÁS CATÓLICA, COMO Bonner y Gardiner, fueron enviados a la Torre. La princesa Mary fue sometida alas más miserables formas de persecución. Tampoco se puede decir que los que detentaban el poder estuvieran animados por una desinteresada devoción a los principios de la Reforma. El expolio más vulgar estaba a la orden del día. Solo últimamente ha hecho justicia la investigación histórica a algo que parecía redimir la obra general de destrucción, la fundación de las escuelas de gramática conocidas con el nombre de Eduardo VI. Sabemos ahora que ninguna de ellas era originalmente de origen eduardiano (ver Leach, "English Schools at the Reformation"). Los recursos educativos habían sido seriamente perjudicados bajo Enrique VIII y “las escuelas que llevan el nombre de Eduardo VI nada le deben ni a su gobierno sino un establecimiento más económico. Muchas de ellas habían sido escuelas anejas a las capillas privadas. Porque si el sacerdote, chantre, antiguo desperdiciaba su tiempo cantando por las almas, con frecuencia hacía un buen trabajo como maestro de escuela”. Así lo dice un sensato resumen de las investigaciones de Mr. Leach.

No puede haber duda que las medidas violentas provocaron reacciones. Ya en 1549 hubo serias insurrecciones por todo el país, más particularmente en Devonshire y en Norfolk. A la muerte del joven rey en julio de 1553, en Northumberland se intentó que la sucesión pasara a Lady Jane Grey, pero María, al menso de momento tenía a la gente con ella y ahora era el turno de Bonner, Gardiner y de la reacción católica. Se intentó con el papa reinante Julio III y con el cardenal Pole llegó a Inglaterra en noviembre de 1554, porque su misión como legado fue desafortunadamente retrasada por Carlos V, por razones diplomáticas que tenían que ver con el matrimonio de la reina Mary con su hijo Felipe II. Pole fue calurosamente recibido en Inglaterra. Después de que las cámaras del parlamento, a través del rey y la reina, pidieran humildemente la reconciliación con al Santa Sede, Pole pronunció formalmente la absolución, estando el rey y la reina y todos los presente arrodillados par recibirla. No se insistió en la devolución de la propiedad eclesiástica confiscada en el reino anterior.

El reino de Mary es, por desgracia, recordado principalmente por la severidad con la que se impusieron los estatutos contra la herejía, no confirmados por el Parlamente. Cranmer había sido condenado a muerte por alta traición, y la sentencia parece haber sido justa políticamente, pero no se ejecutó inmediatamente. No parece que Mary o sus principales consejeros desearan crueles represalias, pero las fuerzas reaccionarias en marcha parece que les asustaron, fomentando así medidas más duras y como resultado Cranmer, Latimer, Ridley y un gran número de delincuentes menos importantes, muchos de ellos después denegarse a retractarse de sus herejías, fueron condenados y ejecutados. Nadia ha juzgado esta miserable época de persecución de forma más moderada que el historiador que de entre todos los demás vivió el espíritu de los tiempos: James Gardiner, anglicano convencido, en su obra "Lollardy and the Reformation", parece insistir más en la apología que ofreció previamente por las terribles medidas represión. Así, dice: “Con todo esto uno podría imaginarse que no fue fácil para Mary ser tolerante con la nueva religión y sin embargo lo fue al principio, hasta donde podía serlo…El caso era simplemente que había un cierto número de personas determinadas a no exigir una mera tolerancia para si mismos, sino que quería arrancar lo que ellos llamaban idolatría y mantener el servicio eduardiano en las parroquias desafiando a toda autoridad, hasta contra los sentimientos de sus co-parroquianos. En resumen, había un espíritu de rebeldía en el país que tenía su raíces en la amargura religiosa; y su María quería reinar en paz y que se conservara el orden, ese espíritu había de ser reprimido. Consta que 270 personas fueron quemadas en varias partes de Inglaterra durante esos tres tristes años y nueve meses, desde el momento que comenzó la persecución hasta la muerte de Mary. Pero el número tremendo de condenados no debe cegarnos completamente ante las provocaciones., ni se debe olvidar que una vez se consideró justo que fuera aprobado en el parlamento como ley, lo correcto es aplicarla”. Como dice el mismo autor en otro sitio “Entre las víctimas hubo sin duda verdaderos héroes y hombres honestos, pero muchos de ellos hubieran sido perseguidores si hubieran tenido la oportunidad”. La reina maru murió el 17 de noviembre de 1558 y el cardenal Pole en mismo días, doce horas después.

Fuentes

Discutir largamente las crónicas monásticas, cartas, rollos y otros documentos que constituyen las Fuentes últimas de información sobre la historia medieval de Inglaterra, está fuera de lugar en este artículo. Solo se ha hecho una corta selección de las obras útiles publicadas últimamente (hasta 1909). Ponemos primero los nombres de algunos libros y estudios católicos que el lector puede encontrar útiles y después añadimos una sección de obras misceláneas y libros escritos dese un punto de vista que no es católico.

Católico.

-- LINGARD, History of England (10 vols., London, 1849); RULE, Life of St. Anselm (2vols., London, 1883); RAGEY, Histoire de S. Anselme (2 vols., Paris, 1890); DELARC, Le Saint Siège et la conquête d'Angleterre in Revue des Quest. Histor., XLI (1887); RAGEY, Eadmer (Paris, 1892); MORRIS, Life of St. Thomas Beckett (London, 1885); L'HUILLIER, S. Thomas de Canterbury (Paris, 1891); THURSTON, Life of St. Hugh of Lincoln (London, 1898); BISHOP, Cathedral Canons in Dublin Review (London, 1898), CXXIII; WALLACE, Life of St. Edmund (London, 1893); WARD, St. Edmund Archbishop of Canterbury (London, 1903); DE PARAVICINI, Life of St. Edmund of Abingdon (London, 1898); KNELLER, Des Richard Löwenherz deutsche Gefangenschaft (Freiburg, 1893); FELTEN, Robert Grosseteste Bischof von Lincoln (Freiburg, 1887); GASQUET, Henry III and the Church (London, 1905); STRICKLAND, Ricerche storiche sopra il B. Bonifacio Archivescovo di Cantorbery (Turin, 1895); PALMER, Fasti Ordinis FF. Pr dicatorum (London. 1878); MOYES, How English Bishops were made before the Reformation in The Tablet, Nov., 1893, and many other articles in the Same periodical; GASQUET, The Great Pestilence (London, 1893); ID., The Old English Bible and other Essays (London, 1897); STEVENSON, The Truth about John Wyclif (London, 1885); STONE, Reformation and Renaissance Studies (London, 1904); GASQUET, The Eve of the Reformation (London, 1900); BRIDGETT, Life of Blessed John Fisher (London, 1888); ID., Life and Writings of Sir Thomas More (London, 1891); GASQUET, Henry VIII and the English Monasteries (London, 1888); RIVINGTON, Rome and England (London, 1897); BRIDGETT, Blunders and Forgeries London, 1893); GASQUET, The Last Abbot of Glastonbury (London, 1895); ID. (ed.), COBDEN, Hist. of the Reformation; STONE, Mary I of England (London, 1901); ZIMMERMANN, Kardinal Pole, sein Leben und seine Schriften (Ratisbon, 1893); GASQUET AND BISHOP, Edward VI and the Book of Common Prayer (London, 1890).

Sobre la vida religiosa en Inglaterra, en general, ver: BRIDGETT, History of the Holy Eucharist in Great Britain (new ed., 1908); GASQUET, Parish Life in Medi val England (London, 1906); WATERTON, Pietas Mariana Britannica (London, 1879); BRIDGETT, Our Lady's Dowry (London, 1875); GASQUET, English Monastic Life (London, 1904); TAUNTON, The English Black Monks of St. Benedict (2 vols., London, 1897); GASQUET, Archbishop Morton and St. Albans in The Tablet, Oct. 17, 1908, and Jan. 23, 1909; but cf. GAIRDNER in Eng. Hist. Rev., Jan., 1909.

Entre otras Historias de Inglaterra escritas desde un punto de vista católico, se pueden mencionar:: BURKE, Abridgment of Lingard, re-edited and continued by BIRT (London, 1903); ALLIES, History of the Church in England (London, 1902); CATH. TRUTH SOCIETY, A Short History of the Church in England (London 1895); GASQUET, Short Hist. of the Cath. Church in England (London, 1903); WYATT-DAVIES, School History of England (London, 1902); STONE, The Church in Eng. History (London, 1907). Obras No Católicas. – De las historias generales e pueden mencionar tres series como representativas de la mejor profesionalidad moderna y que intentan consciente e imparcialmente el tratamiento de las cuestiones religiosas: The Political History of England, de las que los 5 Vols. que van del 54 a.C. al 1547 d. C, están escritas respectivamente por T. HODGKIN, G. B. ADAMS, T. F. TOUT, C. OMAN, H. A. L. FISHER (London, 1904-1905). – el volumen de Tout en particular es excelente. -- A History of England in Six Volumes. – Los primeros cuatro, que van desde el principio a la época isabelina, están escritos respectivamente por C. OMAN, H. W. C. DAVIS, OWEN EDWARDS, y A.D. INNES (London, 1905-1906). La mejor contribución , de lejos, es la de Mr Davis-- A History of the English Church. – Los primeros cuatro volúmenes se extienden hasta la muerte de la reina Mary y tiene respectivamente como autores a W. HUNT, DEAN STEPHENS, CANON CAPES, y DR. J. GAIRDNER (London, 1901-1902). La obra del Dr. Gairdner es indispensable para el estudiante del período de la Reforma – Las obras del Obispo STUBBS han ejercido un inmensa influencia en los estudios históricos en Inglaterra. las más notables son: Constitutional History (3 vols.); Select Charters, y Prefaces a varias contribuciones a las Rolls Series (es decir HOVEDEN, BENEDICT, etc.), que han sido recogidas y publicadas separadamente Los puntos de vista de Stubs sobre la tenencia de la tierra etc. durante el período normando están algo anticuadas, pero el principal defecto de esta obra, desde un punto de vista católico es su adhesión a la ficción de una iglesia nacional inglesa independiente de Roma.. -- FREEMAN, Norman Conquest (5 vols.) y William Rufus (2 vols.) muestran un inmenso dominio del detalle pero están por los puntos de vista bastante excéntricos del autor sobre el imperialismo británico. Muchas de las conclusiones menos confiables de Stubbs y Freeman serán corregidas en las obras de MAITLAND, que son de primera importancia en más de un campo. Su Roman Canon Law in the Church of England (1898) es del más alto valor estableciendo correctamente la postura de la iglesia Inglesa sobre al Santa sede. Su History of English Law (1895), Domesday Book and Beyond (1897), y varias contribuciones a TRAILL, Social England (1901), son de gran importancia dese un ponto de vista legal y constitucional. Para el último periodo que termina en el reino de Enrique VIII o Mary, los escritos de J. S. BREWER, particularmente los Prefaces to the Calendars reeditados bajo el título The Reign of Henry VIII to the Death of Wolsey (2 vols., 1884), y del DR. J. GAIRDNER son de la mayor importancia , especialmente por corregir la irresponsable falta de precisión de Froude. El DR. GAIRDNER en particular ha publicado una obra titulada Lollardy and the Reformation (2 vols., 1908), que hace completa justicia a la postura católica.

Entre otros libros notables de pueden mencionar: BÖHMER, Kirche und Staat in England und in der Normandie (Leipzig, 1899); ID., Die Fälschungen Erzbischof Lanfranks (Leipzig, 1902) – poco convincente como han mostrado Saltet y otros; ROUND, Feudal England (London, 1895); NORGATE, England under the Angevin Kings (2 vols., London, 1887); ID., John Lackland (London, 1902); STEVENSON, Robert Grosseteste (London, 1899); BLISS AND TWEMLOW, Calendars of Entries in Papal Registers Relating to Great Britain and Ireland; JENSEN, Der englische Peterspfennig (Heidelberg, 1903); CREIGHTON, Historical Essays (London, 1902); ID., Historical Lectures (London,1903) – ambas obras muy influenciadas por las posturas anglicanas de los autores; JESSOPP, The Coming of the Friars (London, 1889); BREWER, Preface to the Monumenta Franciscana in R. S., y a las obras de GIRALDUS CAMBRENSIS; MAKOWER, Constitutional History of the Church of England (London, 1895); WYLIE, History of England under Henry IV (4 Vols., 1882-96); WORKMAN, John Wyclif (London, 1902); Dr. Gasquet and the Old English Bible in the Church Quarterly Review, Vol. LI (1901); LANG, The Maid of France (London, 1908); GAIRDNER, The Paston Letters (3 vols., London, 1872-5); DIXON, History of the Church of England from 1529 (6 vols., London, 1878-1902); EHSES, Röm. Dok. zur Gesch. der Ehescheidung Heinrichs VIII (Paderborn, 1902) – una obra católica. Sobre el divorcio el mejor relato es el de GAIRDNER, New Lights on the Divorce in Eng. Hist. Rev., XI-XII (1896-97). TYTLER, England under Edward VI and Mary (2 vols., London, 1839); LEACH, English Schools at the Reformation (London, 1896); POCOCK, on The Reign of Edward VI in English Historical Review, July, 1895. Para las condiciones sociales y económicas en Inglaterra, ver ASHLEY, An Introd. to Eng. Economic Hist. and Theory (2 vols., London, 1893); CUNNINGHAM, The Growth of Eng. Industry and Commerce (2 vols., Cambridge, 1896); THOROLD ROGERS, Hist. of Eng. Agriculture and Prices (6 vols., London, 1866-87); ID., Six Centuries of Work and Wages (2 vols 1891); RASHDALL, Universities of the M. A. (3 vols., Oxford, 1895); CHAMBERS, The Medieval Stage (2 vols., Oxford, 1903).

Thurston, Herbert (1909)

Traducido por Pedro Royo