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Viernes, 28 de noviembre de 2014

Hugonotes

De Enciclopedia Católica


Nombre, de etimología incierta, por el que se designa con frecuencia a los protestantes franceses. Para algunos, la palabra es una corrupción popular de la alemana Eidgenossen (confederados, conspiradores), que se usó en Génova para designar a los campeones de la libertad de la unión con la Confederación Suiza, para distinguirlos de los que estaba a favor de la sumisión al duque de Saboya. La estrecha relación de los protestantes con Ginebra, en tiempos de Calvino, puede haber ocasionado que se les diera ese nombre un poco antes de 1550, el término eigenots (o aignots), que acabó en Hugonotes bajo la influencia de Beçanson Hugues, uno de sus líderes. Otros mantienen que la palabra se usó por primera vez en Tours y se aplicó a los primeros luteranos porque les gustaba reunirse cerca de la puerta llamada de Hugon, un duque de Tours de tiempos antiguos que había dejado una fama de maldad y se había convertido en popular por su genio siniestro y maléfico. La gente aplicaba este nombre como burla y odiosamente a los que en otras partes eran llamados luteranos y desde Touraine se extendió a toda Francia. Esta derivación daría cuenta de la forma Hugonote que se encuentra en la correspondencia de los embajadores venecianos y en los documentos de los archivos vaticanos y la forma Huguenoets, que era más usada por los católicos, conllevaba un matiz despectivo y hostil, lo que explicaría su completa exclusión de los documentos oficiales de la iglesia y del Estado. Aquellos a los que se aplicaba se llamaban a si mismos Réformés (reformados). Los documentos oficiales desde finales del siglo dieciséis hasta la Revolución normalmente los califican de prétendus réformés (pseudo-reformados). Desde el siglo dieciocho han sido comúnmente llamados “protestantes franceses”, sugerido por sus correligionarios alemanes, o “calvinistas”, por ser discípulos de Calvino.

Contenido

ORIGEN.

El protestantismo francés recibió de Calvino su primera organización y la forma que desde entonces ha sido tradicional, pero a Lutero le debe el impulso que le dio para nacer. Las ideas de estos dos reformadores fueron hasta cierto punto acogidas en Francia debido a la mentalidad dominante. El gran Cisma de occidente, el progreso de las ideas galicanas, la Pragmática Sanción de Bourges y la guerra de Luis XII y Julio II habían debilitado considerablemente el prestigio y la autoridad del papa. Los clérigos franceses inspiraban poco respeto debido a la conducta de muchos de sus miembros. Después de la Pragmática Sanción de Bourges (1438) las sedes episcopales se convirtieron en objeto de rivalidades continuas mientras demasiados de los obispos olvidaban su obligación de residencia.

A pesar de algunos intentos de reforma, el clero regular languidecía en la inactividad, ignorancia, relajación de la disciplina y todas las imperfecciones correspondientes. El humanismo del Renacimiento había creado un disgusto hacia el escolasticismo formalístico aún dominante en las escuelas y dirigió a los hombres hacia el culto de la antigüedad pagana, hacia el naturalismo y en algunos casos hacia la incredulidad. Otras mentes, es verdad, fueron llevadas desde el mismo Renacimiento al estudio de la Antigüedad cristiana, pero, bajo la influencia del misticismo que había vuelto a ponerse de moda como una reacción del sistema de las escuelas y la filosofía de los literati, acabaron exagerando el poder de la fe y la autoridad de la Sagrada Escritura. Fue esta clase de pensadores afectados al mismo tiempo por el misticismo y el humanismo los que tomaron la iniciativa, más o menos conscientemente, en la reforma reclamada clamorosamente por la opinión pública.

Su primer líder fue Lefèvre d'Etaples quien, después de dedicar su vida a enseñar filosofía y matemáticas, se convirtió, a los sesenta años, en exegeta y editor de las traducciones francesas de la Biblia. En el prefacio de su "Quintuplex Psalterium", publicado en 1509 y en el de su comentario a las Epístolas de S. Pablo, publicado en 1512, asigna a la Escritura una autoridad casi exclusiva en materia de religión y predica la justificación por la fe hasta el punto de que las buenas obras no cuentan para nada. Más aún, ve en la Misa solamente una conmemoración del único sacrificio de la Cruz. En 1522 publicó en latín un comentario a los Evangelios, cuyo prefacio puede ser considerado el primer Manifiesto de la Reforma en Francia. Chlitoue, Farel, Gérard Roussel, Cop, Etienne Poncher, Michel d'Arande se reunieron alrededor como sus discípulos. Briçonnet, obispo de Meaux, se convirtió en su protector contra la Sorbona y los llamó para que predicaran en su diócesis. Ninguno de ellos intentaba llevar las cosas hasta el punto de ruptura con la Iglesia; querían permanecer dentro y buscaron y aceptaron las dignidades eclesiásticas: Lefebre, como vicario general de Briçonnet; Gerard Roussel como canónigo de Meaux y después, por nombramiento papal, abad de Clairac y con el tiempo obispo de Oloron. Michel d'Arande llegó a ser Obispo de Saint-Paul-Trois-Châteaux (Triscastrinensis). Su propósito por entonces, era solamente predicar el Evangelio puro y con ello volver a llevar al pueblo a la genuina religión de Cristo que, como decían, había sido corrompido por las supersticiones de Roma.

Fueron poderosamente protegidos en su afán por Margarita, reina de Navarra, que les protegía a ellos y a sus ideas, que era su abogado ante su hermano Francisco I y cuando era necesario les protegía de la Sorbona, cuyo cuerpo de profesores comenzó a preocuparse por el progreso de las nuevas ideas. Su Síndico, Beda, era un hombre de mente estrecha y a veces de violento celo a destiempo, aunque de profundas convicciones y propósitos desinteresados. Bajo su guía, la Sorbona secundada por el Parlamento tomó la iniciativa en la lucha contra la herejía, mientras el rey dudaba entre ambos partidos o cambiaba su posición según sus intereses políticos.

Desde 1520 los escritos de Lutero se extendían por Francia, al menos entre la gente educada y sus libros se vendían en París por cientos. El 15 de abril de 1521 la facultad de teología condenaba formalmente las doctrinas de Lutero. El Parlamento de París estaba preparando vigorosas medidas contra Lefevre d'Etaples, apoyado por esta facultad y armado por el papa con especiales poderes para la supresión de la herejía, pero el rey intervino. Cuando Francisco I estaba prisionero en Madrid, el Parlamento, al que la reina no había puesto restricciones, inauguró en 1523 medidas sanguinarias de represión. No pasó un año antes de que algún hereje fuera encarcelado, azotado o quemado. El más famoso fue Louis de Berquin, un noble de Artois amigo y consejero del rey; se encontraron en su poder escritos de Lutero.

Ante esta enérgica acción del Parlamento el grupo de Meaux se asustó y quedó disuelto. Briçonnet se retractó y escribió pastorales contra Lutero. Lefèvre y Roussel escaparon a Estrasburgo o a los dominios de la reina de Navarra. Chlitoue escribió contra Lutero y Farel se reunió con Zwinglio en Suiza. Pero durante todo este tiempo el luteranismo continuó en expansión, difundido sobre todo por los estudiantes y profesores de Alemania. Una y otra vez se quejaba el rey de esta expansión en su reino. Desde 1530 existía en París un activo grupo de herejes, reclutados principalmente de entre los círculos literarios y clases bajas, llegando a ser 300 ó 400 personas. Otros podían encontrarse en las universidades de Orleans y Bourges, en el ducado de Alençon donde margarita de Navarra, la soberana, les concedía licencia para predicar y desde la herejía se extendió a Normandía, Lyon, donde apareció tempranamente debido a la llegada de extranjeros desde Suiza y Alemania y en Toulouse, donde el Parlamento arrestó a varios sospechosos y quemó a Juan de Cahors, un profesor de la facultad de derecho.

Después de condenar las obras de Margarita de Navarra, inspiradas en las nuevas ideas, la Sorbona fue testigo de la condena de Beda y del nombramiento de Cop como rector de la universidad de París, aunque ya se sospechaba que simpatizaba con el luteranismo. En la apertura del año académico, el 1 de noviembre de 1533, dio un discurso lleno de las nuevas ideas, discurso que le había preparado un estudiante joven apenas conocido entonces y cuya influencia en la reforma francesa iba a ser considerable, llamado Juan Calvino. Nacido en Noyon en Picardía en 1509, donde su padre era secretario del arzobispado y promotor para el capítulo (una oficina eclesiástica análoga a la oficina civil del fiscal público), obtuvo su primer beneficio eclesiástico en 1521. Dos años después fue a estudiar a París, a Orleáns (1528), a Bourges (leyes) donde conoció a varios luteranos – entre otros su futuro amigo Melchor Colmar, profesor de griego. Su primo Olivetan le había iniciado en sus ideas, algunas de las cuales había ya adoptado y las introdujo en el discurso del rector Cop, lo que provocó medidas represivas contra los dos amigos. Cop huyó a Suiza y Calvino a Saintonge, rompiendo pronto con el catolicismo. Renunció a sus beneficios, por lo que recibió compensación y hacia el final de 1534 se trasladó a Basilea como consecuencia del asunto de los “carteles” – i.e., los violentos manifiestos contra la misa que con la ayuda de los luteranos se habían convertido en pasquines en París (18 de octubre de 1534), en las provincias y hasta a la puerta de los apartamentos reales. Francisco I, que hasta entonces había estado dividido entre los deseos del papa y la necesidad de ganarse la ayuda de los príncipes luteranos de Alemania contra Carlos V, se decidió esta vez a acudir a las exasperadas peticiones de los católicos.

En enero siguiente tomó parte en una solemne procesión durante el curso del la cual seis herejes fueron quemados. Permitió al Parlamento arrestar a otros dieciocho en Meaux, que acabaron en la hoguera. En un decreto ordenó el exterminio de los herejes y de los que los cobijaran, prometiendo premios a los que informaran contra ellos. Pero antes de final de año el rey dio la vuelta a esta política y pensó en invitar a Melancthon a París. En esto momento Calvino entra en su gran papel de dirigente del protestantismo francés escribiendo "Institutio Christianae Religionis", cuyo prefacio, de fecha 23 de agosto 1535, puso en forma de carta dirigida da Francisco I. Se publicó en latín (marzo de 1536) y se convirtió inmediatamente en una apología, en una confesión de fe y en una señal para los partidarios de las nuevas ideas, que ya no eran católicos y dudaban entre elegir a Lutero, Zwinglio y otros jefes de la Reforma. Calvino se volvió famoso y muchos franceses se reunieron con él en Ginebra, donde residía desde 1536, haciendo de esa ciudad la sede de la reforma y desde donde sus discípulos volvieron a sus países para difundir sus escritos e ideas, para recuperar viejos partidarios y hacer otros nuevos. Francisco I, que acababa de concluir un tratado con el papa (junio 1538) se alarmó con su progreso, y tomó una postura decididamente hostil al protestantismo, que mantuvo hasta su muerte (31 de marzo 1547).

En 1539 y 1540 los antiguos edictos de tolerancia fueron reemplazados por otros que autorizaban a los tribunales y magistrados con poderes inquisitoriales contra los herejes y aquellos que les protegían. A instancias del rey, la Sorbona redactó una primera profesión de fe en 26 artículos y un índice de libros prohibidos en la que aparecían los libros de Dolet, Lutero, Melancthon y Calvino. El Parlamento recibió órdenes de perseguir a cualquiera que predicara doctrinas contrarias a esos artículos o que pusiera en circulación los libros enumeradas en el índice. Esta unanimidad entre el rey, la Sorbona y el Parlamento que impidió, puede decirse, que la Reforma ganara en Francia con el éxito fácil con que lo hizo en Alemania e Inglaterra.

Los magistrados fueron extremadamente celosos por todas partes en aplicar los edictos represivos. En París, Toulouse, Grenoble, Rouen, Burdeos y Angers fueron encarcelados muchos herejes y vendedores ambulantes de libros. En Aix, el Parlamento pasó un decreto ordenando la masacre general de los descendientes de los Valdenses, agrupados alrededor de Mérindol y de Cabrieres, aunque lo suspendía durante cinco meses para darles tiempo de convertirse. Después de mantener durante cinco años en suspenso la aprobación de este decreto, el rey dio la aprobación para que se ejecutara y alrededor de ochocientos valdenses fueron masacrados – un hecho odioso que Francisco I lamentó durante toda su vida. Su sucesor, Enrique II, mantuvo vigorosamente la lucha contra el protestantismo. En 1574, se creó una comisión – la famosa Chambre Ardente – en el parlamento de París con el propósito de juzgar herejes. En junio 1551, el Edicto Chateaubriand codificaba todas las medidas que se habían ejecutado previamente en defensa de la fe. Esta legislación fue ejecutada por el Parlamento con todo su rigor. El resultado fue la ejecución de muchos protestantes en Paris, Burdeos Lyon, Rouen, y Chambéry además de llevar a los demás a la exasperación. Los protestantes fueron ayudados por un cierto número curas y frailes apóstatas, por predicadores de Ginebra y Estrasburgo, por maestros de escuela que diseminaban la literatura de la secta, a veces por obispos como los de Chartres, de Uzés, de Nimes, de Troyes, de Valence de Florón, de Pescar, de Aix, de Montauban, de Beauvais, guiados por Calvino quien, desde Ginebra – donde él perseguía a sus enemigos (e.g., Cartelion), o quemándolos (e.g., Miguel Servet) – mantenía una activa correspondencia con sus partidarios. Con estas ayudas, los reformadores penetraban poco a poco por todas partes de Francia.

Entre 1547 y 1555 algunos de sus círculos comenzaron a organizarse en iglesias en Rouen, Troyes y en todas partes, pero fue en parís donde la primera iglesia reformada se organizó definitivamente en 1555. Otras siguieron – en Meaux, Poitiers, Lyons, Angers, Orléans, Bourges y La Rochelle. Todas tomaron como modelo la de Ginebra, que gobernaba Calvino, de quien venía el impulso que les estimulaba, la fe que les inspiraba y también todos los ministros que ponían a las iglesias en comunicación con la de Ginebra y su cabeza suprema. Hacía falta solamente una confesión de fe para asegurar la unión de las iglesias y la uniformidad de las creencias. En 1559 se celebró en París el primer sínodo nacional, compuesto por ministros y ancianos, venidos de todas las partes de Francia. Formularon la confesión de fe, inspirándose en los escritos de Calvino.

CREDO E INSTITUCIONES.

Desde este momento quedó establecida la Reforma Francesa: ya tenía su credo, su disciplina, su organización. De los cuarenta artículos de su credo sólo son de interés aquí los que resumen las creencias peculiares de los Hugonotes. Según ellos, la Escritura es regla de fe y contiene todo lo que es necesario para el servicio de Dios y nuestra salvación. Los libros canónicos de los que se compone (todos los del canon católico excepto Tobías, Judit, Sabiduría, Baruc y 1 y 2 Macabeos) pero que son reconocidos como tales no por el consentimiento común de las iglesias sino por el testimonio interno y persuasión del Espíritu Santo que es quien causa en nosotros el discernimiento para distinguirlos de otros libros eclesiásticos. Los tres símbolos, de los Apóstoles, el de Nicea, el de S. Atanasio se reciben como conformes con las Escrituras. El hombre caído por el pecado ha perdido su integridad moral, su naturaleza esta completamente corrompida y su voluntad esta cautiva del pecado. Sólo son rescatados de esta corrupción y condenación generales aquellos a quienes Dios ha elegido por pura liberalidad y misericordia en Jesucristo sin tener en cuenta sus obras, dejando a los demás en la condenación mencionada para que en ellos se manifieste Su Justicia. Estamos reconciliados con Dios por el único sacrifico que Jesucristo ofreció en la Cruz, y nuestra justicia consiste en la remisión de nuestros pecados que nos es asegurada por la imputación de los méritos de Cristo. Sólo la fe nos hace participar en esta justicia y esa fe nos es impartida por la gracia oculta del Espíritu Santo y es concedida no una vez solamente para colocarnos en el camino, sino para llevarnos al fin. Las buenas obras realizadas por nosotros no entran en el cálculo como si afectasen a nuestra justificación. La intercesión de los santos, el purgatorio, la confesión oral, el sacrificio de la misa y las indulgencias son inventos humanos. La institución de la Iglesia, es divina y no puede existir sin pastores autorizados a predicar; nadie debería vivir aparte de ella. La verdadera iglesia es la sociedad de los fieles que acuerdan seguir la palabra de Dios y la pura religión que se basa en ella. Debería ser gobernada, en obediencia a las ordenanzas de Cristo, por pastores, guardianes y diáconos. Todos los verdaderos pastores tienen la misma autoridad e igual poder. Su primer deber es predicar l apalabra de Dios, y el segundo, administras los sacramentos. Los sacramentos sin signos externos y prendas seguras de la gracia de Dios. Solo hay dos: El Bautismo y la Cena, en la que por el oculto e incomprensible poder del Espíritu, Jesucristo, aunque está en los cielos, nos alimenta espiritualmente y nos vivifica. En el Bautismo, como en la Cena, Dios nos da lo que el sacramente significa. Es voluntad de Dios que el mundo sea gobernado por leyes y constituciones. El ha establecido a los diferentes gobiernos y por consiguiente hay que obedecerles.

Esta profesión de fe, cuyos elementos son tomados de la "Institutio Christianae Religionis", de Calvino, toma evidentemente como base las principales doctrinas de Lutero, aunque aquí se exponen más metódicamente y deducidas más rigurosamente. Los Hugonotes añadieron a las teorías luteranas solamente la creencia en la predestinación absoluta y la certeza de la salvación por razón la imposibilidad de que la gracia falle. También se desvían del luteranismo en la organización de su iglesia (que no es como con Lutero, absorbida por el Estado) y en su concepción – ciertamente poco clara – de los sacramentos en los que ven algo más que los signo vacíos e ineficaces de los sacramentarianos y algo menos que ceremonia que confieren gracia, la concepción luterana de un sacramento.

La disciplina establecida por el Sínodo de 1559 se contenía también en cuarenta artículos a los que pronto se añadieron otros. La organización primaria con sus sucesivos desarrollos, puede reducirse sustancialmente a esto: Allí donde se reuniese el número suficiente de fíeles, habían de organizarse en forma de iglesia i.e., nombrar un consistorio, un ministro, establecer la celebración regular de los sacramentos y la práctica de la disciplina. Una iglesia provista con todos los elementos de organización era una église dressée, sin embargo la que tenía sólo parte, era una église plantée. La primera tenía uno o más pastores con ancianos y diáconos, que componían el consistorio. El consistorio era elegido por la voz común del pueblo y una vez hecho esto, cooptaba a sus propios miembros que sin embargo tenían que recibir la aprobación del pueblo. Los pastores eran elegidos por el sínodo provincial o por la conferencia y después de una investigación sobre sus vidas y creencias y una profesión de fe seguía la imposición de manos. Se notificaba al pueblo la elección y el recién electo predicaba ante la congregación durante tres domingos consecutivos, tomándose el silencio del pueblo como una aprobación. Los ancianos, formados por los miembros de la iglesia que eran admitidos a la Cena, se encargaban de vigilar al rebaño, juntamente con el pastor, poniendo atención a todo aquello que concernía al orden eclesiástico y al gobierno. Los diáconos eran elegidos como los ancianos y su oficio era administrar, bajo el consistorio, las limosnas recogidas para los pobres, visitar a los enfermos, a los presos etc.

Un cierto número de iglesias podía formar una conferencia. Las conferencias se reunían al menos dos veces al año. Cada iglesia era representada por un pastor y un anciano y tenía la función de arreglar las diferencias que surgían entre los oficiales de la iglesia y proveer en general todo aquello que fuera necesario para el mantenimiento del bien común de aquellos que estaban bajo su jurisdicción. Sobre las conferencias estaban los sínodos provinciales que de igual manera estaban formados por un pastor y uno o dos ancianos de cada iglesia, elegidos por el consistorio; se reunía al menos una vez al año.

Enumero de estos sínodos provinciales en toda Francia era a veces quince y otras dieciséis y caía bajo su jurisdicción la doctrina, la disciplina, el nombramiento de pastores, la erección y delimitación de parroquias. A la cabeza de la jerarquía estaba el sínodo nacional que, si era posible, debía reunirse una ver al año (de hecho sólo hubo veintinueve entre 1559 y 1560 – un promedio de uno cada tres años y medio). Estaba compuesto por dos ministros y dos ancianos enviados por cada sínodo provincial y cuando la asistencia era completa tenía (sesenta o) sesenta y cuatro miembros. Al sínoco nacional le competía pronunciarse definitivamente sobre todos los asuntos importantes, internos o externos, disciplinarios o políticos, que concernían a la religión.

A todas estas instituciones había que añadir la de la Traducción de la Biblia a los idiomas vernaculares. En 1528 Lefèvre d'Etaples había completado ya la traducción de la Vulgata, hacienda uso de la ya existente de Jean de Rely, pero suprimiendo las glosas. Su traducción se mejoró volviendo a los textos originales en las cuatro ediciones que aparecieron sucesivamente antes del año 1541. Pero la primera versión realmente hugonota fue la de Olivetan, un pariente de Calvino. Se la llamó "Bible de Sevrieres" por la localidad en la que se imprimió. Respecto a los libros protocanónicos del Antiguo Testamento llega hasta Hebreos y para los deuterocanónicos se contenta en muchos lugares con la revisión del texto de Lefèvre. El Nuevo Testamento se traduce del griego. Calvino compuso el prefacio. En 1540 apareció una edición revisada y corregida por los pastores de Ginebra y 1545 el mismo lugar apareció otra traducción que es la que Calvino tenía a mano. Una revisión más meticulosa marca las ediciones de 1553, 1561 y 1563. las dos últimas con notas tomadas de los comentarios de Calvino. Finalmente, el texto de Olivetan, más o menos revisado o renovado por Martin y Osterwald, se convirtió en el básico permanente para las Biblia en uso entre los protestantes franceses. La liturgia de los hugonotes se tomó también de Calvino y de su libro "La forme des prières et des chants ecclésiastiques" (1542) que como Lutero, abraza la supresión de la Misa, la idea de la salvación por la fe, la negación de los méritos de las obras, hasta el culto divino, la proscripción de las reliquias y de la intercesión de los santos, da gran importancia a la predicación de la palabra de Dios y el uso de la lengua vulgar.

Pero la brecha con el catolicismo es mucho más ancha en el caso de Lutero. Bajo pretexto de la vuelta a los usos de la iglesia primitiva Calvino y los protestantes franceses que le siguieron redujeron toda la liturgia a tres elementos: oraciones públicas, predicación y administración de los sacramentos. En el servicio divino de los domingos se recitaban o cantaban oraciones. Al principio había una confesión pública y absolución, el canto de los diez mandamientos o de salmos y a continuación una oración ofrecida por el ministro, seguido por el sermón y una larga oración por los príncipes, por la iglesia y sus pastores y por los hombres en general, los pobres, los enfermos etc. Además de todo ello había oraciones especiales para el bautismo, el matrimonio y la Cena, que a veces se añadía al Servicio Divino.

HISTORIA.

La historia del Protestantismo Francés puede dividirse en cuatro períodos bien definidos:

(1) Periodo militantes, el el que se lucha por la libertad (1559-98);

(2) Periodo del Edicto de Nantes(1598-1685);

(3) Periodo desde la Revocación a la Revolución (1685-1800);

(4) Período de la Revolución a la Separación (1801-1905).

(1) Período Militante.

La organización de su culto y disciplina dio a los hugonotes un nuevo poder de expansión. Poco a poco penetraron en las filas de la nobleza. Una de las principales familias del reino, los Coligny, aliados de los Montmorency, les proporcionaron los reclutamientos más distinguidos en d'Andelot: el Almirante Coligny, y el cardenal Odet de Chatillon. Pronto la reina de Navarra francesa Juana d'Albret, hija de Margarita de Navarra, profesó el calvinismo y lo introdujo en sus dominios a la fuerza. Su marido, Antoine de Bourbon, el primer príncipe de la sangre, pareció que a veces se había pasado a los Hugonotes con su hermano el Príncipe de Condé, quien nunca vaciló en su alianza con la nueva secta. Hasta el Parlamento de París, que había dirigido con vigor la lucha contra la herejía, se permitió dejarse influir al abrazar muchos de sus miembros la nueva doctrina. Era necesario tratar severamente con éstos: algunos fueron encarcelados, entre otros Antoine du Bourg. Pero en este momento murió Enrique II, dejando al trono a un delicado muchacho de dieciséis años.

Nada podía ser más ventajoso para los hugonotes precisamente en este momento formaron numeroso grupos en todos los distritos de Francia. Algunas provincias, como Normandía, llegaron a tener más de 5000 miembros. Un día, unas 6000 personas cantaron en Paris, en Pré-aux-clercs, los salmos de Marot, adoptados por los hugonotes. Se decía que la Basse-Guyenne, tenía setenta y cinco iglesias organizadas. Dos años más tarde Burdeos contaba con 7000 reformados y Rouen. 10.000; Se mencionan 20.000 en Toulouse y el Príncipe de Condé presentó un alista de 2050 iglesias – que, es cierto, no pueden ser identificadas. El nuncio papal escribió a Roma que el reino era algo más de la mitad hugonote, sin duda una exageración, ya que el embajador veneciano estimaba que el distrito estaba contaminado menos de una décima parte de Francia. Sea lo que fuere, es evidente que los hugonotes no eran ya unos peñados de de individuos repartidos por el país, cuyo caso pudiera solucionarse con unos pocos procesos judiciales.

Organizados en iglesias unidas entre si por sínodos, reforzados por los grandes señores algunos de los cuales tenían acceso a la corte del rey, los calvinistas se convirtieron en un poder político que ejercía su actividad en asuntos nacionales y que tenía su propia historia. Después del acceso de Francisco II los edictos contra los hugonotes se hacían más severos por la influencia de la familia Guisa, muy poderosos con el rey y completamente dedicados a la fe católica. Antoine du Bourg fue quemado un edicto real (del 4 de sept. 1559) ordenaba que las casa en las que se reunía las asambleas ilegales fueran registradas y los organizadores de tales asambleas condenados a muerte. Resentidos con tales medidas, los hugonotes aprovechaban cualquier ocasión de descontento que daba el gobierno de los Guisa. Después de consultar a sus teólogos en Estrasburgo y Ginebra, decidieron recurrir a las armas Se organizó un conspiración, cuyo líder era el príncipe de Condé, aunque su organización se confió al Sieur de la Renaudié, un noble de Perigord, convicto de falsificación por el parlamento de Dijón, y que había huido a Ginebra donde se había convertido en ardiente calvinista. Visitó Ginebra e Inglaterra recorrió las provincias francesas para reclutar soldados y llevarlos juntos a la Corte, porque el plan era capturar a los Guisa sin, como decían los conspiradores, poner la mano encima de la persona del rey.

Mientras que la corte, para desarmar la hostilidad de los hugonotes estaba ordenando a sus agentes que desistieran de las persecuciones y proclamar una amnistía general de la que sólo se exceptuaría a los predicadores y conspiradores, los Guisa fueron advertidos de la conjura que se estaba tramando y se les facilitó ahogarla en sangre de los conspiradores que se estaban reuniendo en bandas por Amboise donde está alojado el rey (19 de marzo de 1560). El resentimiento que siguió a la severidad de la represión y al nombramiento de Michel de L'Hôpital, un magistrado moderado, como canciller, llevó a la adopción de medidas menos violentas. El edicto de Romorantin (mayo, 1560) apaciguó mucho a los protestantes que tenían como abogados ante la “Asamblea de notables (agosto de 1560) al príncipe de Condé, canciller del L'Hôpital, y a los obispos de Velence y Vienne.

El acceso al trono de Carlos IX, menor de edad (dic. de 1560) hizo que el poder quedara en manos de la regente, su madre, Catalina de Médicis. Esto fue una suerte para los hugonotes, porque la ambiciosa regente era indiferente a las cuestiones de doctrina y no tenía escrúpulos en conceder cierto grado de tolerancia, siempre que ella pudiera disfrutar de su poder en paz. Permitió a Condé y Coligny practicar en la corte la religión reformada y hasta llamó para que predicara a Jean de Mouluc, obispo de Valence, un calvinista apenas oculto tras su mitra. Al mismo tiempo ordenó al parlamento de París que suspendiera las persecuciones y autorizó a los hugonotes el culto fuera de las ciudades hasta que se reuniera un concilio nacional que se pronunciaría sobre el asunto. Un edicto de abril prohibía las manifestaciones religiosas, pero liberaba de prisión a los que habían sido encarcelados por razones religiosas. El parlamento de París intentó que no se publicara este edicto, pero en vano, porque una comisión judicial compuesta de príncipes, altos oficiales de la Corona y miembros del Consejo Real, concedió la amnistiíta los hugonotes con la sola condición de que en el futuro vivieran como los católicos. Con la esperanza de lograr una reconciliación entre las dos religiones, Catalina reunió a prelados católicos y ministros hugonotes en la Conferencia de Poissy. Por los protestantes habló Théodore de Bèze y por los católicos el cardenal de Lorena.

Cada grupo reclamó la victoria. En consecuencia el rey prohibió a los hugonotes retener la propiedad eclesiástica y a los católicos interferir en el culto hugonote. En enero de 1562 los hugonotes fueron autorizados a reunirse fuera de las ciudades, pero habían de devolver la propiedad que habían quitado al clero y abstenerse de tumultos y reuniones ilegales. Pero este edicto exasperó a las facciones rivales; en París ocasionó disturbios que obligaron a huir a Catalina y a la corte. El duque de Guisa, que venía desde Lorena para unirse a la reina, encontró en Vassy, en Champagne, a un grupo de unos seis o setecientos hugonotes reunidos en un acto de culto (1 marzo, 1562), que según el edicto de enero, no podían realizar, por ser Vassy una ciudad fortificada. Sus canciones pronto interfirieron con la Misa a la que asistía el duque de Guisa. Siguieron provocaciones mutuas, se iniciaron peleas y se derramó sangre. Murieron 23 hugonotes y unos cien resultaron heridos.

Como consecuencia, el Príncipe de Condé llamó a las armas y estalló la primera de las guerras civiles llamadas “guerras de religión”. Los hugonotes se levantaron para forzar el respeto del Edicto de Enero que el duque de Guisa estaba pisoteando. La mutua animosidad se desató y por todas partes sucedieron actos de violencia. Los hugonotes eran masacrados en un sitio y en otro los monjes y monjas. Allí donde los insurgentes se imponían, las iglesias eran saqueadas, se mutilaban las estatuas y las cruces, se profanaban los utensilios sagrados con burlas sacrílegas, mientras se arrojaban a las llamas las reliquias de los santos. Los encuentros más serios se dieron en Orleáns, donde el duque de Guisa fue asesinado a traición por el hugonote Poltrot de Méré quien declaró que había sido obligado por Bèze y Coligny. Finalmente aunque Condé y Coligny no se habían avergonzado de comprar la ayuda de Isabel de Inglaterra entregándole el puero de Havre, la victoria fue para los católicos. Se estableció la paz en el Edicto de Amboise (19 de marzo 1563) que dio a los hugonotes libertad de culto en una ciudad de cada distrito (bailliage) y en los castillos de los señores que tuvieron el derecho de vida y muerte (haute justice). Cuatro años después estalló otra guerra civil que duró seis meses y terminó en la paz de Longjumeau (23 marzo, 1568), que restablecía el Edicto de Amboise.

Cinco meses después volvieron a comenzar las hostilidades y Condé ocupó La Rochelle, pero fue muerto en Jarnac; Coligny, que le sucedió en el mando fue derrotado en Moncontour. La paz se firmó al año siguiente y el Edicto de Saint-Germain (8 abril, 1570) garantizaba a los hugonotes libertad de culto allí donde ya se había ejercido antes de la guerra, dejando además en sus manos los cuatro refugios: La Rochelle, Montauban, La Charite y Cognac.

Al regresar a la corte Coligny halló gran favor del rey y trabajó para ganar su apoyo para los Países Bajos rebeldes. El matrimonio de Enrique, rey de Navarra, con la hermana del rey, Margarita de Valois, atrajo a todos los señores hugonotes a París. Catalina de Médicis, celosa de la influencia de Coligny ante el rey y quizás en connivencia con el duque de Guisa que tenía que vengarse del almirante por la muerte de su padre, conspiraron para asesinarle. Pero la intentona falló y Coligny se libró con sólo una herida. Catalina, que temía la represalia de los hugonotes, repentinamente ganó al rey y a su consejo para la idea de asesinar a todos lo señores hugonotes reunidos en París para la boda.

Y entonces ocurrió la odiosa Masacre del día de S. Bartolomé, llamada así por el santo del día (24 de agosto de 1572) y en la que se asesinó a Coligny y a muchos de sus seguidores hugonotes. La masacre se extendió a muchas ciudades provinciales. Se estima que murieron unos 2000 en la capital y de 6000 a 8000 en el resto de Francia. El rey explicó a las cortes extranjeras que Coligny había conspirado contra su vida y autoridad y que tuvo que reprimir la conspiración. De esta manera el papa Gregorio XIII creyó al principio que había existido la conspiración de los hugonotes y persuadido de que el rey no había hecho otra cosa que defenderse contra los herejes, celebró un oficio de acción de gracias por la represión de la conspiración, y lo celebró haciendo grabar una medalla que envió a Carlos IX, junto con sus felicitaciones. No hay prueba de que el clero católico tomara en absoluto conexión alguna con la masacre.

De las filas de los hugonotes salieron gritos de dolor y de maldición. Sus escritores hicieron que el eco llegara a Francia y a los países limítrofes por medio de panfletos en los que por primera vez atacaron al poder absoluto y hasta la institución de la monarquía. Después de S. Bartolomé, los hugonotes, aunque privados de sus líderes, se alzaron en armas. Esta fue la cuarta guerra civil y se centró en unas pocas las ciudades fortificadas como La Rochelle, Montauban, y Nimes. El Edicto de Boulogne (25 junio, 1573) le puso fin, garantizando a los Hugonotes amnistía por el pasado y libertad de culto en esas tres ciudades. Se pensaba que el creciente poder de los hugonotes había sido quebrado – en adelante nunca pudieron sostener un conflicto excepto aliándose con descontentos políticos.

Ellos mismos eran conscientes de ello y se dotaron de una organización política que facilitara la movilización de todas sus fuerzas. En sus sínodos de 1573 a 1588 organizaron Francia en généralités, colocando a la cabeza de cada una de ellas a un general con un consejo permanente y asambleas periódicas. Los delegados de estas généralités iban a formar los Estados generales de la Unión que debían reunirse cada tres meses. Se crearon comités especiales para el reclutamiento del ejército, el manejo de las finanzas y la administración de justicia. Se nombró un “protector de las iglesias” sobre toda la organización, que era el jefe del partido. Condé tuvo este título desde 1574. y Enrique de Navarra desde 1576. Era, por decirlo de alguna manera, una revuelta permanentemente organizada. En 1574 recomenzaron las hostilidades. Los hugonotes y los descontentos unieron sus fuerzas contra la realeza impotente, hasta que arrebataron a Enrique, sucesor de Carlos IX (30 mayo, 1574), por el edicto de Beaulieu ( mayo de 1576), el derecho de culto público para su religión, en adelante llamada prétendue reformée, por toda Francia excepto en París y en la corte. Había que crear cámaras compuestas por igual número de católicos y Hugonotes en ocho parlamentos, y se les debían proporcionar ocho places de surete, debía hacerse una condena de la Masacre de de S. Bartolomé y las familias que la habían sufrido habían de ser reintegradas. Estas amplias concesiones a los hugonotes y la aprobación dada a su organización política llevó a la formación de la Liga, organizada por los católicos dispuestos a defender su religión.

Los Estados Generales de Blois (dic.1576) se declararon contra el Edicto de Beaulieu, por lo que los protestantes tomaron las armas bajo el liderazgo de Enrique de Navarra, que habiendo escapado de la corte, había vuelto al calvinismo del que había abjurado cuando la masacre de S. Bartolomé. Los católicos llevaban ventaja gracias a varios éxitos del duque de Anjou, hermano del rey. La Paz de Bergerac, confirmada por el edicto de Poitiers (sep. 1577) permitió a los hugonotes el libre ejercicio de su religión solamente en los suburbios de una ciudad de cada bailliage, en los lugares donde se hubiera practicado antes de la ruptura de las hostilidades y las que ocupaban en el presente.

Los sínodos nacionales, que servían para llenar los intervalos entre las luchas armadas, nos dan una visión de las fuerzas que había en el interior del partido hugonote: Las quejas manifestadas en los sínodos manifiestan claramente que le fervor de los primeros días había desaparecido y la relajación y las disensiones se iban abriendo camino entre sus filas. A veces los pastores y sus rebaños estaban en desacuerdo.

Fue necesario prohibir a los pastores que publicases sobre las controversias religiosas y asuntos políticos sin la aprobación expresa de sus conferencias y se pidió a los consistorios (1581) detener la ola en expansión de la disolución que amenazaba a su iglesia. Un embajador veneciano escribe por estos días que el número de hugonotes había decrecido en un setenta por ciento. Pero la muerte del duque de Anjou el 10 de junio de 1584, el único héroe que quedaba de la línea de los Valois, volvió a dar alas a sus esperanzas puesto que el rey de Navarra se convertía en el presunto heredero al trono. Pero también se reforzó la Liga que exigió a Enrique III que prohibiera en todas partes el culto hugonote y que declarara a los herejes incapaces de ocupar ningún lugar o beneficio u oficio público – por lo que el rey de Navarra quedaría vetado de la sucesión.

En la Convención de Nemours (7 de julio de 1585) el rey aceptó esas condiciones. Revocó todos los Edictos previos de pacificación y ordenó a los ministros que abandonaran el reino inmediatamente y a los otros hugonotes, en seis meses, a no ser que se convirtieran. Este edicto, se dice, hizo asistir a Misa a más hugonotes que S. Bartolomé y el resultado fue la desaparición de sus iglesias al norte del Loira. No pudieron beneficiarse de las hostilidades que estallaron entre el rey y los Guisa y que terminó con el asesinato de los Guisa en los estados generales de Blois (23 dic. 1588) y la muerte de Enrique III en el sitio de la ciudad de Paris, levantada en una revuelta (1 agosto 1589). Enrique de Navarra le sucedió como Enrique IV después de prometer a los realistas católicos que se le habían unido, que buscaría la guía e instrucciones en un concilio que habría de celebrarse en seis meses, o antes si era posible, y que en el ínterin mantendría exclusivamente la práctica de la religión católica en todos los lugares en los que de hecho la religión hugonota no se practicara. Pero hubo circunstancias que le impidieron cumplir con su palabra.

La Liga mantenía París y las principales ciudades de Francia y fue obligado a una larga lucha contra ella, y sólo se le permitió ganar tras su conversión al catolicismo (julio 1593) y sobre todo tras su reconciliación con el papa (sept. 1595). Mientras, los hugonotes habían podido conseguir de él las medidas de tolerancia garantizadas en el Edicto de Poitiers, y con ello pudieron reabrir en Montauban (junio 1594) los sínodos que se habían interrumpido durante once años. Pronto completaron su organización política en las asambleas de Saumur y Loudun, la extendieron a toda Francia y exigieron tratar al rey como iguales, negociando con él la ayuda contra los españoles, rehusando prestarle ayuda en el sitio de Amiens, retirándola en medio de una campaña durante el sitio de La Fère. Así llevaron al rey, que ya deseaba terminar la guerra civil, a concederles el Edicto de Nantes (abril –mayo , 1598).

(2) Bajo el Edicto de Nantes .

El edicto, que contenía 93 artículos públicos y 36 secretos, proveía en primer lugar que la religión católica se restableciera allí donde había sido suprimida, junto con todas las propiedades y derechos que los clérigos tenían anteriormente. Los Hugonotes obtuvieron el libre ejercicio de su culto religioso en todos los lugares donde en aquel momento existiese y además en dos localidades en cada bailía (bailliage), en castillos de señores que tenían el derecho de vida y muerte y hasta en los de los nobles normales en los que el número de fieles no fuera mayor de treinta. Eran elegibles para los puestos públicos, para la admisión a los colegios y academias, podían celebrar sínodos y hasta reuniones políticas; recibirían 45.000 coronas anualmente por los gastos del culto y ayuda a las escuelas; se les dio en el Parlamento de parís un tribunal en el que sus representantes eran un tercio de los miembros, mientras que en los de Grenoble, Burdeos y Toulouse se crearon cámaras especiales, en las que la mitad de los miembros era hugonotes. Se les cedió cien lugares seguros (places de sureté) durante ocho años y mientras el rey pagaba la guarnición de estas fortalezas, nombraba a los gobernadores solamente con el asentimiento de las iglesias. Aunque muchas de estas provisiones están hoy reconocidas por le ley común, otras parecerían incompatibles con un gobierno organizado.

Esta condición de tolerancia benevolente y explícita era completamente nueva para los hugonotes. Muchos de ellos consideraban que se les había concedido demasiado poco mientras los católicos pensaban que demasiado. Clemente VIII se quejó enérgicamente por el Edicto al cardenal d´Ossat, embajador del rey, el clero francés protestó y muchos parlamentarios rehusaron registrarlo durante mucho tiempo. Enrique IV logró imponer su voluntad a todas las partes y durante algunos años el Edicto de Nantes aseguró la paz religiosa en Francia. Los hugonotes, que poseían entonces 773 iglesias, disfrutaron durante el reino de Enrique IV la más perfecta calma, únicamente inquietada por los esfuerzos de los clérigos católicos de tratar de convertirlos. El cardenal du Perron y muchos jesuitas, capuchinos y otros religiosos dedicados a este trabajo tuvieron a veces grandes éxitos. Al morir Enrique IV (1610) al principio nada cambió para los protestantes, aunque si es verdad que se multiplicaron las quejas en sus asambleas de Saumur, Grenoble, La Rochelle y Loudun, pero en realidad no tenían motivos de queja excepto aquellos debidos a la intolerancia popular, en lo que el gobierno no tenía nada que hacer. La verdad obliga a admitir a los que tienen menos prejuicios entre sus historiadores, que los hugonotes que se quejaban tanto de los católicos eran tan intolerantes en todos aquellos lugares en los que eran mas fuertes. No sólo se quedaron con la propiedad de la iglesia y el exclusivo uso de las iglesias, sino que allí donde podían (como en Béarn), se oponían a la aplicación de las cláusulas del Edito de Nantes que eran favorables a los católicos.

Fueron tan lejos como intentar prohibir el culto católico en las ciudades que se les habían cedido. Sully, ministro de Enrique IV, y protestante, lograba con muchas dificultades que se permitiera a los sacerdotes católicos entrar en los hospitales de La Rochelle, cuando eran llamados a administrar los sacramentos así como la autorización para enterrar, con muy poca solemnidad a sus correligionarios muertos. A esta intolerancia que con frecuencia explica la actitud de los católicos, añadieron la imprudencia de mostrarse siempre dispuestos a hacer causa común con los enemigos domésticos del Estado y con cualquier Señor que estuviera en rebeldía. En 1616, en Guyenne, Languedoc y Poitou, se aliaron con Rohan y Condé que se había levantado contra la reina regente Maria de Medici. Volvieron a inquietarse cuando el rey, aplicando el Edicto de Nantes, restableció el catolicismo en Bearn. Una asamblea reunida en La Rochelle a pesar de la prohibición real, dividió al reino en ocho círculos militares y entre otras cosas se encargó de asaltar los impuestos reales y los bienes de la Iglesia. Para arreglar esta situación el rey se vio obligado a tomar Namur, Thouars y otras ciudades rebeldes. Puso sitio a Montauban, defendida por Rohan y La Force, que repelió todos sus asaltos y por fin atacó a Montpelier, también sin éxito, aunque la paz se firmó allí (Octubre 1622) según la cual el Edicto de Nantes fue confirmado, se prohibieron las reuniones políticas y las ciudades que se habían ganado a los protestantes permanecían en manos del rey.

El cardenal Richelieu, al ser elegido primer ministro, tenía la idea de poner fin al poder político de los hugonotes aunque respetando su libertad religiosa. Rohan y Soubise, con el pretexto de que se había violado el Edicto de Nantes, enseguida dirigieron una revuelta en el sur de Francia y no dudaron en aliarse con Inglaterra, por la cual una flota inglesa de noventa barcos y 10.000 hombres intentaron desembarcar en La Rochelle (julio 1627). El rey y Richelieu pusieron cerco a este bastión de los rebeldes hugonotes, expulsaron a la flota inglesa e intentaron acercarse a la imposible ciudad con un topo de 1500 metros de largo que habían construido. A pesar del fanático heroísmo del alcalde Guiton y sus correligionarios La Rochelle se vio obligada a capitular. Richelieu usó la moderación tras su victoria y dejó a los habitantes que ejercieran libremente su religión, les concedió una amnistía completa y devolvió las propiedades a sus dueños. Rohan, perseguido por Condé y Epernon, mantuvo la guerra, no desdeñando aceptar ayuda de España, pero fue por fin obligado a firmar la Paz de Alais, con la que se renovaba el Edicto de Nantes, se prometía un amnistía y se ponía fin a las ciudades tomadas por los hugonotes y las guerras religiosas dadas por finalizadas (junio 1629). Consecuentemente el protestantismo desapareció de del escenario político, contento con disfrutar de las ventajas de carácter religioso que se acordaron.

La lucha fue llevada al campo de la controversia: se multiplicaron las conferencias públicas, los escritos polémicos y eruditos, los predicadores y profesores de teología – como Chamier, Amyraut, Rivet, Basnage, Blondel, Daillé, Bochart – demostraron su capacidad, sabiduría y valentía. La Iglesia en Francia cada vez más afectada por la influencia beneficiosa de Trento se opuso a ellos con vigorosos y sabios polemistas con predicadores prudentes y entusiastas, tales como Sirmond, Labbe, Coton, S. Francisco de Sales, Cospéan, Lejeune, Sénault, Tenouillet, Coeffeteau, de Bérulle, Condren, cuyo éxito se manifestó en las numerosas conversiones, especialmente en los altos círculos de la sociedad; los grandes señores abandonaron el Calvinismo, que mantuvo su influencia sólo entre las clases medias. Excluidos del servicio público, los hugonotes se hicieron fabricantes, comerciantes y granjeros.

El número de sus iglesias decreció hasta 630 y su actividad religiosa disminuyó. Entre 1631 y 1659 solamente celebraron cuatro sínodos. Las autoridades públicas respetaron su libertad religiosa garantizada en el Edicto de Nantes, aunque sin manifestar simpatía hacia ellos. Richelieu juzgó que el contenido de ese edicto no debía ampliarse, pero las libertades allí contenidas tampoco debían ser recortadas. Los historiadores protestantes alaban su moderación. Luis XIV , menor al llegar al trono, tuvo como regente a su madre Ana de Austria que comenzó su regencia asegurando a los protestantes el disfrute de sus libertades. Mazarino se abstuvo de molestarles. “Si el rebañito se nutre de malas hierbas, no se extenderá” (Si le petit troupeau broute de mauvaises herbes, il ne s'écarte pas). Es cierto, sin embargo, que algunos de los señores feudales como el Duque de Bouillon, entre otros, cuando abandonaron el Calvinismo, hicieron que se cerraran los templos que estaban dentro de su jurisdicción , pero el Edicto de Nantes permitía hacerlo y el gobierno no tenía ni el derecho ni la intención de evitarlo. En 1648 cuando Alsacia, excepto Estrasburgo, se volvió a integrar en Francia, se mantuvo la libertad del culto público para todos los nuevos súbditos que profesaban la Confesión de Ausgburgo. En 1649, el Consejo real, tratando de ciertas quejas de los hugonotes, declaró que aquellos de la religión “pseudo-reformada” (prétendue réformée) no se les debía molestar en sus prácticas de culto y ordenó la reapertura de algunos de sus templos que habían sido cerrados. Así el ministro protestante Jurieu pudo escribir que los años entre el levantamiento de La Fronda y la Paz de los Pirineos estaban entre los más felices para la memoria de su credo.

En proporción, a medida que Luis XIV iba tomando las riendas del gobierno en sus propias manos, la posición de los hugonotes era cada vez más desfavorable. Después de 1660 se les prohibió celebrar sínodos nacionales. Tenían por entonces 623 iglesias servidas por 723 pastores que administraban a 1.200.000 miembros. Una comisión, establecida en 1661 para inquirir sobres los títulos de sus lugares de culto acabó en la demolición de 100 iglesias, para las que no se pudo encontrar justificación en las provisiones del Edicto de Nantes. Una orden real de 1663 privaba a las personas relapsas – es decir a los que habían vuelto al protestantismo después de haber aburado de él – de los beneficios del Edicto de Nntes y los condenaba al exilio de por vida. Un año después se suspendió esta orden y los procesados por ella fueron arrestados. Entonces, por otra ordenanza, los curas de las parroquias fueron autorizados a presentarse con un magistrado en los domicilios de cualquier persona enferma y preguntar si esa persona quería morir en la herejía o convertirse a la verdadera religión. Los hijos de los protestantes fueron declarados competentes para abrazar el catolicismo a la edad de siete años y sus padres obligados a hacer una provisión de fondos para la educación y mantenimiento separado de sus vidas de acuerdo a su situación. Los protestantes se vieron pronto excluidos los oficios públicos, se suprimieron las cámaras de representación igualitaria, se restringió la predicación de los hugonotes y se prohibió la emigración bajo pena de confiscación de sus propiedades

Estas medidas y otras de menos importancia se tomaron principalmente en respuesta a las demandas de las asambleas del clero o de la opinión pública. Su eficacia aumentó con las obras de controversia, como la de Bossuet "Exposition de la doctrine catholique", "Avertissement aux Protestants", "Histoire des variations des Eglises protestantes", que eran notablemente brillantes y a las que los ministros — Claude, Jurieu, Pajon — replicaron muy débilmente. Mientras tanto, los comisionados (intendants) trabajaban con todo su empeño para conseguir conversiones de los protestantes para algunas de las que utilizaron a los dragones tanto como a los misioneros de manera que su conversión por la fuerza más que por convicción acabó llamándose dragonnade.


(3) Desde la Revocación del Edicto de Nantes a la Revolución.


Confiando en el número y la sinceridad de las conversiones, Luis XIV pensó que ya no era necesario observar medias medidas con los hugonotes y revocó el Edicto de Nantes el 18 de octubre, 1685. En adelante el ejercicio del culto público fue prohibido a los protestantes, sus iglesias derruidas y prohibidas las reuniones para el culto en casas privadas. Los pastores que no se convirtieran debían abandonar el país en quince días. Se prohibió a los padres instruir a sus hijos en el protestantismo ordenando que fueran bautizados por sacerdotes y enviados a escuelas católicas. Se dio cuatro meses a los fugitivos protestantes para volver a Francia y recuperar sus propiedades, tras ese lapso sus propiedades serían definitivamente confiscadas. Se prohibió a los hombres emigrar, bajo pena de galeras, y a las mujeres bajo pena de cárcel. Y en estas condiciones, los protestantes podían vivir en el reino, comerciar y disfrutar de su propiedad sin ser molestados por su religión. Esta medida, lamentable desde muchos puntos de vista, recibió en Francia el aplauso unánime de los católicos de todas clases. Con la excepción de Vauban y Saint-Simon, todos los grandes hombres de esa época aprobaron la revocación y esas medidas.

Esta actitud se explica por las ideas de esos tiempos. La tolerancia era casi desconocida en el los siglos dieciséis y diecisiete y en esos países donde ellos dominaban, los protestantes habían infligido a los católicos más duros tratamientos que los que ellos mismo recibían de los católicos en Francia: en Ginebra y en Holanda el culto católico estaba completamente prohibido; en Alemania, después de la Paz de Ausgburgo, todos lo súbditos estaban obligados a aceptar la religión de su príncipe según la máxima Cujus regio ejus et religio. Inglaterra, que hasta forzó a los que disentían de la iglesia establecida a buscar la libertad en América, trataba a los católicos peor que Turquía. Todos los sacerdotes fueron expulsados del país y si alguno volvía y se le encontraba en el ejercicio de sus funciones: pena de muerte. Se impusieron pesadísimos tributos a los papistas como si fueran esclavos.

La Revocación no produje el efecto buscado por su autor. Apenas había sido publicada cuando, a pesar de todas las prohibiciones, un poderoso movimiento de emigración se desarrolló en las provincias fronterizas. Vauban tuvo que escribir que la “Revocación trajo la deserción de 100.000 franceses, la exportación de 60.000 livres, la ruina del comercio; flotas extranjeras fueron reforzadas con 9000 marineros franceses, los mejores del reino y los ejércitos enemigos con 600 oficiales y 1200 hombres más entrenados en la guerra que los suyos propios”.

Los que se quedaron se aprovecharon del último artículo de la Revocación para asistir a la iglesia y recibir los sacramentos a la hora de la muerte. El rey, humillado, consultó a los obispos e intendentes y sus contestaciones le llevaron a relajar algo la ejecución del edicto de revocación sin cambiar nada en la letra. Por otra parte, unos pocos predicadores permanecieron a pesar de la Revocación y clandestinamente organizaron el culto en los campos y en lugares remotos o, como dicen los historiadores protestantes, “en el desierto”, entre ellos estaban Brousson, Corteiz y Regnart. En Vivarais el cuidado de las iglesias quedó en manos de los illuminés, predicadores fanáticos, campesinos y jóvenes muchachas - que excitaron a las poblaciones con profecías del triunfo de su causa que se aproximaba. Tres ejércitos y tres mariscales de Francia tuvieron que avanzar contra estos insurgentes (Camisards) que fueron reducidos al orden sólo tras una lucha que duró circo o seis años (1702-1708).

Desde entonces la iglesias vivieron solamente como asociaciones secretas, sin culto religioso y sin reuniones regulares. Los ministros fueron cazados y obligados a esconderse ya que los que eran descubiertos, morían. Sin embargo algunos de ellos no temían arriesgar sus vidas y el más conocido de ellos Antoine Court (1696-1760), pasó veinte años en esta labor secreta, viajando por el sur, distribuyendo propaganda y tratados polémicos, celebrando numerosas reuniones “en el desierto” y hasta organizando algo parecido a los sínodos provinciales en 1715 y nacionales en 1726. En 1729 se retiró a Lausana donde fundó un seminario para la educación de los pastores para el ministerio protestante en Francia.

Esta condición de persecución oficial y vitalidad oculta duró hasta después de la mitad del siglo dieciocho. Las autoridades continuaron ahorcando a ministros y destruyendo iglesias hasta 1762, pero las ideas de moderación habían ido calando poco a poco en la mente de la nación y las persecuciones por motivos religiosos dejaron de ser populares especialmente tras el caso Calas. Un protestante de ese nombre fue acusado en Toulouse de haber matado a uno de sus hijos para evitar que se hiciera católico. Arrestado y condenado por este cargo por el parlamento de Toulouse (9 marzo 1762) fue ejecutado a la edad de 68 años, después de un juicio que creó mucha excitación. Su viuda e hijos exigieron justicia. Voltaire se implicó en el caso y con sus escritos logró que la opinión pública francesa y europea se pusiera contra el parlamento de Toulouse. El Consejo Supremo (Grand Conseil) revocó por unanimidad el juicio del Parlamento y otro tribunal rehabilitó la memoria de Calas. Los protestantes sacaron buen provecho de la tendencia de la opinión pública como resultado de esta rehabilitación.

Aunque aún no se habían producido cambios legislativos, la modificación de la opinión pública iba en la dirección de mejorar sus situaciones y el gobierno los trataba con tolerancia tácita. Por fin, en 1787 con el Edicto de Tolerancia, se mejoraron sus condiciones y se permitió a los no-católicos el derecho de practicar una profesión u oficio manual sin ser molestados, permiso para casarse legalmente ante los magistrados, que los nacimientos fueran reconocidos y anotados oficialmente. En la práctica estas libertades fueron más allá y las iglesias se organizaron abiertamente. Dos años más tarde se reconoció la completa libertad de acceso a todos los empleos, como a los demás ciudadanos, por la Declaración de los Derechos del Hombre” votados por la Asamblea Constituyente (agosto 1789). Este cuerpo legislativo que por un corto período de tiempo ( marzo 1790) fue presidido por un pastor protestante, Rabaud, llegó hasta ordenar que la propiedad de aquellos que habían emigrado bajo la Revocación fuera restituida a los descendientes, que debían recuperar sus derechos como ciudadanos franceses a condición de que residieran en Francia. Los protestantes tuvieron que sufrir, como los católicos, aunque infinitamente menos, por el espíritu sectario y antirreligiosos de la Revolución: iglesias destruidas bajo el reinado del Terror. El culto religioso no pudo ser reorganizado hasta 1800.

(4) De la Revolución a la Separación (1801-1905).

Cuando se restableció el orden, los hugonotes fueron incluidos en las medidas iniciadas por Napoleón para pacificar la nación. Recibieron de él una organización enteramente nueva. Había en Francia unos 430.000 Réformés. Por la ley del 18 Germinal del año X (7 abril 1802) debía haber una iglesia consistorial para cada 6000 creyentes y cinco iglesias consistoriales formaban un sínodo. El consistorio de cada iglesia debía estar compuesto por un pastor y los ancianos dirigentes. Se les confió el mantenimiento de la disciplina, la administración de la propiedad y la elección de los pastores, cuyos nombres, sin embargo, habían de ser enviados para la aprobación del Jefe del Estado. Cada sínodo estaba formado por un pastor y un anciano de cada una de las iglesias debían supervisar el culto público y la instrucción religiosa. Sólo podía reunirse con el permiso del gobierno y bajo la presidencia de un prefecto o sub-prefecto y no por más de seis días. Las actas debían ser enviadas para la aprobación del Jefe del Estado.

No había sínodo nacional. Las iglesias de la Confesión de Augsburgo, principalmente en Alsacia, tenían, en vez de sínodos, grupos de inspección subordinados a tres consistorios generales. Se garantizaba los salarios de los pastores, que estaban exentos del servicio militar. El viejo seminario de Lausana fue trasladado a Ginebra, que entonces era una ciudad francesa. Y después a Montauban (1809) y aneja a la Universidad había una facultad de teología. Para las iglesias de la Confesión de Augsburgo había que erigir dos seminarios o facultades en el este de Francia. Políticamente el protestantismo no tenía ya más modificaciones que sufrir, fuera cual fuera el gobierno. En los primeros días de la Restauración sus miembros fueron tratados de formas bruscas en algunas ciudades del sur, pero eso era la obra de la animosidad local o de venganzas personales; las autoridades públicas no tuvieron nada que ver con ello. Las iglesias trabajaban para tratar de adaptarse el nuevo régimen que les había sido impuesto. En 1806 después de las conquistas de Napoleón, había 76 consistorios con 171 pastores.

La vida religiosa de sus iglesias era muy lánguida y la indiferencia reinaba por doquier. En París, el pastor Boistard se quejaba de que sólo de 50 a 100 asistían a los oficios regularmente: unos trescientos como máximo durante la buena estación. Los pastores preparados precipitadamente, para su labor, en Ginebra, habían traído consigo tendencias racionalistas y se contentaban con cumplir con las rutinas diarias de su profesión. Su predicación se centraba en los lugares comunes de la moralidad o de la religión natural. Comenzaba a insinuarse dos tendencias respecto al dogma: una estaba representada por Daniel Encoutre, decano de teología en Montauban y tendía a la ortodoxia rígida basada firmemente en dogmas y confesiones; la otra dirigida por Samuel Vincent, uno de los pastores más respetados de su tiempo, ponía los sentimientos religiosos sobre la doctrina o la moralidad, siendo para ellos la cristiandad una vida más que un conjunto de hechos y doctrinas reveladas. El movimiento conocido como Réveil (Despertar) cooperó a acentuar esta diferencia. Los hombres que se constituyeron como sus propagadores en Francia durante los primeros años de la Restauración eran discípulos de Wesley. Insistían en sus sermones en la absoluta incapacidad del hombre para salvarse por sus propios esfuerzos, en la justificación de la sola fe, la conversión individual y estaban animados por el celo de la salvación de las almas y la predicación de los Evangelios, lo que contrastaba con la indolencia de los pastores protestantes oficiales.

El Réveil fue mal recibido en las dos tendencias en las que se estaba comenzando a dividir el protestantismo francés. Los ortodoxos, mientras que aceptaban sus doctrinas, no simpatizaban por la renovación de la vida espiritual, de renuncia y sacrificios, y de celo por la salvación de las almas. Esto lo demostraran claramente en Lyon donde consiguieron que se quitara al pastor Adolphe Monod, que quería introducir las prácticas de Réveil. Para los representantes e las tendencias liberales, la predicación de Réveil no ora otra cosa que una colección de doctrinas pasadas de moda, que se oponían de igual manera a los que llamaban el espíritu de los Evangelios y a las ideas y aspiraciones de la sociedad moderna. Estas tres tendencias se fueron separando día a día. Los amigos de Réveil, a veces llamados Metodistas, cortaron su conexión con las Iglesias reformadas de Francia y en 1830 organizaron en la calle Taitbout, Paris, una iglesia libre de la que Edmond de Pressense se convirtió en el más conocido líder.

En su profesión de fe y sus regulaciones disciplinarias enfatizan el carácter individual de la fe, la independencia de la Iglesia respecto del Estado y el deber de mantener una propaganda. Algunos de ellos, con el periódico "L'Esperance" como órgano de difusión, rehusaron romper con la iglesia nacional. Los liberales que al principio se llamaban Latitudinarios o Racionalista repudiaron las confesiones de fe anteriores - predestinación por decreto absoluto e iluminación por la gracia irresistible- y todo su cuerpo doctrinal, según M, Nicholas, uno de ellos, consistía en “evitar las exageraciones calvinistas y racionalistas”. En el sínodo de 1848, 52 ministros y 38 ancianos, aumentó la división ya existente.

Los liberales obtuvieron la presidencia y en defensa de sus deseos, se apartó la cuestión de la confesión de fe por votación unánime, conformándose el sínodo en elaborar una referencia en la cual la mayoría propuso los principios comunes a los protestantes, es decir, respeto por la Biblia y las liturgias y fe en la cristiandad histórica y sobrenatural y cuando la asamblea rehusó establecer clara y positiva profesión de fe, los pastores Frederic Monod, Amal y Cambon abandonaron la iglesia oficial y apelaron a todas la iglesias independientes que habían sido formadas por el trabajo de evangelistas aislados. En 1849 se reunieron en sínodo en el que estaban representadas trece de esas iglesias ya formadas y dieciocho que estaban en proceso de formación, votaron una profesión de fe y establecieron la “Unión de las iglesias Evangélicas Libres de Francia” " (Union des eglises évangéliques libres de France).

Todas estas divisiones hicieron deseable una reorganización civil de las iglesias y esto se llevó a cabo por un decreto de Luis Napoleón, por entonces presidente de la República, que reconstituyó las parroquias, colocándolas bajo un consejo presbiteral de pastores y ancianos. A la cabeza de la jerarquía así constituida había un consejo central, cuyos miembros eran nombrados por el gobierno y cuya función era simplemente representar a las iglesias en su relaciones con el jefe del Estado, pero sin tener autoridad disciplinar ni religiosa. Las iglesias luteranas fueron colocadas bajo la autoridad del Consistorio Superior y de un Directorio. La única modificación subsiguiente en el estado de estas iglesias se dio con la anexión prusiana, tras la guerra de 1870 de los territorios alsacianos donde había muchos protestantes. Las iglesias luteranas perdieron por este hecho dos tercios de sus miembros y la facultad de teología hubo de ser trasladada de Estrasburgo a París, donde reforzó a la sección liberal. La distancia entre las dos facciones siguia aumentando. Los Ortodoxos intentaron en vano mantener su posición, abandonando las fórmulas de la antigua teología y rechazando todo excepto los grandes hechos y doctrinas esenciales del cristianismo. Los liberales, siguiendo la directiva de la "Revue de Strasbourg", se mostraron dispuestos a dar la bienvenida a conclusiones aún más radicales del criticismo racionalista alemán particularmente el de la escuela de Tübingen.

La autoridad de la Sagrada Escritura, la Divinidad de Cristo, la idea de la Redención, los milagros, lo sobrenatural, se fueron abandonando sucesivamente. M. Pécaut, un representante de esta tendencia hasta escribió en 1859 un libro (Le Christ et la conscience) en el que puso en cuestión las perfecciones morales y la santidad de Cristo. Otros, entre ellos pastores como Athanase Coquerel Junior, Albert Réville y Paschoud, no ocultaron su simpatía por la "Vie de Jésus" de Renan. Réville y Paschoud fueron privados de sus iglesias por el consejo y ellos, en defensa de sus ideas – como de hecho hicieron los liberales – que sólo habían utilizado el derecho investigación libre, derecho que constituye lo fundamental del protestantismo, puesto que la Reforma se basa en el derecho de cada hombre de interpretar las Escrituras de acuerdo a sus propias luces. Sus oponentes replicaron que si eso fuera así la iglesia era imposible, puesto que un culto común presupone creencias comunes.

La cuestión produjo muchas y muy vivas discusiones entre las dos tendencias en la prensa, conferencias, y en las elecciones a los consejos presbiteriales etc. Para restaurar la paz se hubo de convocar un sínodo general, con el consentimiento del gobierno, en junio de 1872. En él tenían mayoría los ortodoxos; se produjo una profesión de fe por 61 votos contra 45 y se hizo obligatorio suscribirla por todos los pastores jóvenes. Esta decisión se convirtió en una barrera infranqueable entre las dos partes. Los Liberales, no contentos con repudiar la noción de una confesión de fe obligatoria, rehusaron tomar parte en el sínodo de 1872 mientras se mantuviera esa postura y así se abstuvieron de los que se celebraron desde 1879 en París, Nantes, Sedan, Auduze y en todas partes por los que el grupo ortodoxo ha recibido el nombre de “Iglesia Sinodal”. Por todo ello, los Liberales no tenían intención de romper con la organización reconocida por el Estado. Se hicieron numerosos esfuerzos para llegar a un acuerdo entre las partes pero sin éxito en el establecimiento de la unidad doctrinal. La separación parecía calculada para aumentar las divisiones y surgió un tercer partido por la fusión en Jarnac (1 octubre 1906) de 65 iglesias liberales y 40 sinodales bajo el nombre de "Union des Eglises Reformées".

Aunque divididos entre ellos en cuestiones doctrinales, los Protestantes no han perdido en absoluto su solidaridad respecto a las actividades externas. El movimiento de renovación espiritual que siguió a las guerras napoleónicas produjo entre ellos varias empresas propagandistas, educativas y beneficencia, tales como la "Societe biblique" (1819), la "Societe des traites religieux" (1861), la "Societe des missions évangéliques de Paris" (1824), la Sociedad para la Promoción de la Instrucción Primaria, (1829),la Institución del Diaconado de la Mujer” (1841), la colonia agraria Sainte-Toy (1842), y diversos orfanatos, hogares para niños abandonados y escuelas primarias, cuya mayor parte (alrededor de 2000) han sido cerradas desde 1882.

La actividad misionera de los protestantes franceses ha sido ejercida principalmente a través de la "Societe des missions évangéliques de Paris", en Bassoutos ( Sudáfrica), que contaba a principios del siglo veinte con 15000 miembros, con escuelas y prensas. En Madagascar, donde muchas escuelas dependían de ellos (117 escuelas según las estadísticas de 1908, con 7500 alumnos); en Senegal, en el Congo francés, En Zambaza, Tahití y Nueva Caledonia. Unos sesenta misioneros trabajaban en esas misiones que en esos años recibían unos 320.000 dólares anuales. En Francia la propaganda se ejercía entre la población católica por la "Societe centrale protestante d'evangelisation", con un presupuesto de 90.000 dólares anuales; por la "Societe évangélique de France", que en algunos años recibía 24.000; por la "Mission populaire évangélique" (MacAll) sin ningún éxito apreciable.

Entre las empresas periodísticas, el primer periódico protestante, el "Archives du christianisme", fue fundado en 1818; después vino "Annales protestantes", en 1820; "Mélanges de la religion" en el mismo año, "Revue protestante" y "Lien" en 1841, "Evangéliste" en 1837, "Espérance" en 1838, "Revue de Strasbourg" en 1859, "Revue théologique", "Protestant", "Vie Nouvelle", "Revue chrétienne", y "Signal", un periódico político. Sólo se mencionan aquí los mejores, aunque la mayoría han desaparecido, muchos han sido los órganos de secciones particulares de los protestantes. De acuerdo con la "Agenda, annuaire protestant", había más de 150 en existencia, la mayoría de circulación restringida y exceptuando el “Bulletin historique et littéraire de la société de l'histoire du protestantisme français" (1852), sin lectores fuera del mundo protestante.

A Principios del siglo XX el protestantismo contaba con 650.000 seguidores en Francia – 560.000 Réformés y 10.000 independientes- es decir menos de 1 / 60 de la población, pero esta escasa minoría, como todos admiten, se ha hecho en política y en el gobierno un lugar desproporcionadamente alto teniendo en cuenta su número. Desde el punto de vista religioso el protestantismo no muestra indicio de progreso, sus doctrinas pierden espacio entre los círculos educados, donde, como declaraba Edmond Stapfer, decano de la facultad de teología Protestante de Paris, en la "Revue Chrétienne", “la gente ya no necesita la mayoría de las creencias tradicionales, ya no quieren un sistema dogmático como el que usaron los reformadores y el Réveil, en el que muchos pastores “evangélicos” creían, o por su silencio dejan que los fieles concluyan que aun lo creen”…Los intelectuales no quieren saber nada de estas antigüedades, yo no van a oír predicar a los pastores; son agnósticos que saludan cn respeto las creencias antiguas, pero siguen adelante sin ellas y no las necesitan ni para su vida moral ni intelectual”.

Así pues tampoco parece que la práctica de religión tenga más vitalidad entre las masas que fe entre los intelectuales. Informes oficiales para lo sínodos testifican que “el número de matrimonios mixtos crece, lo que prueba que la fe disminuye”. En ciertos distritos el numero es a veces más del 95 por ciento, aun en los distritos muy protestantes sabemos que el 25 por ciento en un lugar y el 20 por ciento en otro y hasta el 50 por ciento en uniones de este tipo”.

Respecto a la asistencia a los servicios públicos, “Aquí”, dice un informe hecho para el sínodo general de Burdeos (1899) están las cifras de una sedición del país que debe ser clasificado entre los mejores: el de los Pirineos. El promedio de asistencia es el 32 por ciento. No sube tanto en todas partes: en París, por ejemplo llega sólo al 11 por ciento y en algunas iglesias de Poitou aún baja más…hasta el 5 por ciento. La misma diferencia se encuentra en el número de comulgantes: aquí el 12 por ciento, allí 4 o hasta el 3 por ciento.” Estos resultados hubieran escandalizado, sin duda a Calvino, pero están suficientemente explicados por la teoría de la libertad de interpretación y por la historia del protestantismo francés, especialmente en el siglo XIX.

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ANTOINE DEGERT.


Transcrito por Judy Levandoski.


Traducido por Pedro Royo.