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Viernes, 20 de octubre de 2017

Galia Cristiana

De Enciclopedia Católica

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La Iglesia gala aparece mencionada por primera vez en la Historia a raíz de las persecuciones de Marco Aurelio en Lyon (177). Los habitantes paganos de la ciudad se alzaron contra los cristianos y 48 mártires murieron tras padecer diversas torturas. Entre ellos se contaban niños cono la esclava Blandina y Póntico (Ponticus), un adolescente de 15 años. Entre los primeros Mártires de la Iglesia gala había gente de todos los rangos sociales: la aristocracia estaba representada por Veccio Epagato (Vettius Epagathus), las profesiones liberales por Atalo (Attalus) de Pérgamo, que era médico; un neófito, llamado Maturo (Maturus), murió junto a Potino —obispo de Lyon— y Santo (Sanctus), diácono de Vienne (en ocasiones se traduce también esta localidad como Viena, pero no debemos confundirla con Viena la capital de Austria). Los cristianos de Lyon y Vienne relatan la persecución que sufren en una carta a sus hermanos de Esmirna que conocemos a través de Eusebio (Hist. Eccl., V, i-iv) y que está considerada una de las joyas de la literatura cristiana. Según este documento, la comunidad de Lyon parece ser la única Iglesia organizada en aquella época en la Galia. La de Vienne estaba, probablemente, administrada por un diácono.

Cómo y dónde inició el cristianismo su primeros pasos en la Galia sigue siendo hoy una completa conjetura. Lo más probable es que los primeros misioneros llegaran por mar, penetraran por Marsella, y desde allí remontaran el Ródano hasta Lyon, difundiendo la fe en una metrópoli que era nudo de comunicación para toda la provincia gala. El firme establecimiento de la fe cristiana en la Galia se debe, sin duda, a misioneros procedentes de Asia. Potino era discípulo de San Policarpo, obispo de Esmirna, y también lo fue su sucesor, Irineo. En tiempos de Irineo, Lyon era todavía la capital de la Iglesia de la Galia. Eusebio da cuenta de cartas escritas por las Iglesias de la Galia de las que Irineo es obispo (Hist. Eccl., V, xxiii). Estas cartas fueron escritas con motivo de un importante suceso, el segundo acontecimiento destacado de la Historia de la comunidad cristiana gala. En aquellos tiempos, la Pascua no se celebraba en la misma época en todas las comunidades cristianas. Hacia finales del siglo II, el Papa Víctor deseó que se hiciera universal la costumbre romana y excomulgó a las Iglesias de Asia. Ireneo intervino para restaurar la paz. Más o menos por entonces, en una inscripción mística hallada en Autun, un tal Pectorio celebraba en versos griegos el Ichtus (pez), símbolo de la Eucaristía. Un tercer acontecimiento en el que intervienen los obispos de la Galia es la controversia Novaciana. Faustino, obispo de Lyon, y otros obispos galos aparecen mencionados en el 254 por San Cipriano (Ep. lxviii) como opuestos a Novaciano, mientras que Marciano de Arles le era favorable.

No tenemos más noticias fidedignas de la Iglesia gala hasta el siglo IV, aunque dos tradiciones narrativas ayudan a cubrir el ínterin. Por una parte, una serie de leyendas locales reclama que la fundación de las principales sedes se debió a los mismos Apóstoles. A principios del siglo VI ya encontramos que el propio San Cesáreo, obispo de Arles, da crédito a estas historias; haciendo caso omiso del anacronismo, Cesáreo considera a Dafno (Daphnus), obispo de Vaison, cuya firma aparece entre los asistentes al Concilio de Arles (314) como un discípulo de los Apóstoles (Lejay, Le rôle théologique de Césaire d'Arles, p. 5). Cien años antes, uno de sus antecesores, Patrocles, ya basaba diversas reclamaciones de su Iglesia en el hecho de que San Trófimo, fundador de la comunidad de Arles, era un discípulo de los Apóstoles. Dichas alegaciones eran, sin duda, halagadoras para las gentes del lugar, y durante la Edad Media — e incluso en tiempos más recientes— surgieron numerosas leyendas basadas en ellas. La evangelización de la Galia se ha atribuido con frecuencia a misioneros enviados desde Roma por San Clemente, una teoría que ha inspirado toda una serie de leyendas falaces y hasta de objetos falsificados con los que la idea se ha fortalecido. Más crédito se puede otorgar a lo que cuenta Gregorio de Tours en su "Historia Francorum" (I, xxviii), que constituye la base del segundo grupo de tradiciones relativas a la evangelización de la Galia. Según Gregorio, en el año 250 Roma envió siete obispos que fundaron otras tantas iglesias en la Galia: Gatiano, la de Tours; Trófimo, la de Arles; Pablo, la de Narbona; Saturnino, la de Toulouse; Denis (Dionisio), la de París, Estremonio (o Austremonio), la de Auvernia (Clermont) y Marcial la de Limoges. Estas declaraciones han sido aceptadas, con más o menos reservas, por serios historiadores. No obstante, y aun cuando Gregorio, tardío sucesor de Gatiano, hubiera podido tener acceso a noticias concernientes a los inicios de su Iglesia, no debemos olvidar que un intervalo de 300 años lo aleja de la época en que ocurrieron los acontecimientos que narra en su crónica. Más aún: lo que cuenta implica serias dificultades cronológicas, de las que él mismo se daba cuenta, por ejemplo, en el caso del obispo de París. Lo más que se puede decir en su favor es que se hizo eco de una tradición de su época que representaba el punto de vista generalmente aceptado en el siglo VI, y no tanto los hechos verídicos, pero resulta imposible delimitar cuánta leyenda y cuánta realidad se mezclan en su relato.

Hacia mediados del siglo III, según atestigua San Cipriano, ya había varias Iglesias organizadas en la Galia. La gran persecución les afectó poco. Constancio Cloro, el padre de Constantino, no era hostil al cristianismo, y poco después el cese de la persecución los obispos del mundo latino se reunieron en Arles (314). Sus firmas prueban que en aquel entonces existían las siguientes sedes: Vienne, Marsella, Arles, Orange, Vaison, Apt, Niza, Lyon, Autun, Colonia, Tréveris (Trier), Reims, Rouen, Burdeos, Gabali y Eauze. Debe también admitirse la existencia de las sedes episcopales de Toulouse, Narbona, Clermont, Bourges y París. Esta fecha marca el comienzo de una nueva era en la Historia de la Iglesia en la Galia. Las ciudades habían sido ganadas tempranamente para la nueva fe; el trabajo de evangelización se había ya extendido y continuó durante los siglos V y VI. Sin embargo, las clases ilustradas continuaron largo tiempo fieles a sus antiguas tradiciones. Ausonio era cristiano, pero nos da tan pocas señales de ello que en muchas ocasiones se ha puesto este hecho en duda. Maestro y humanista, seguía viviendo en los recuerdos del pasado. Su discípulo Paulino entró en la vida religiosa, con lo cual causó gran escándalo en los ambientes letrados, hasta el punto que Paulino tuvo incluso que escribir a Ausonio para justificarse. En esa misma época, en las escuelas, como por ejemplo en la de Autun, todavía había retóricos paganos que celebraban las virtudes y hazañas de los emperadores cristianos. A finales del siglo V, sin embargo, la mayoría de los maestros galos eran ya cristianos. Generación tras generación el cambio se completó. Salviano, el orgulloso apologista fallecido en 492, era de padres paganos. Hilario de Poitiers, Sulpicio Severo (el Salustio cristiano), Paulino de Nola y Sidonio Apolinar buscaron cómo conciliar la Iglesia con el mundo de las Letras. El propio Sidonio no se libra por completo de seducciones paganas heredadas de una larga tradición. En la Galia, como en todas partes, se discutía si el Evangelio podía realmente ser adaptado a la cultura literaria. La polémica terminará con la llegada de las invasiones bárbaras.

Lo que resulta, pese a todo, evidente a lo largo y ancho del Imperio es que la cristiandad progresó principalmente en las ciudades. Las zonas rurales siguieron siendo baluartes de la idolatría, que en la Galia se sustentaba en una doble tradición, pues tanto la antigua religión gala como el paganismo grecorromano conservaban aún ardientes defensores. Más que eso: entre la población galorromana el recurso a encantamientos y conjuros para la cura de enfermedades o ante la muerte era muy habitual. La gente adoraba fuentes y árboles, creía en hadas, en determinadas ocasiones se vestía con pieles de animales y recurría a la magia y a las prácticas adivinatorias. Algunas de esas costumbres eran reminiscencias de tradiciones antiquísimas, mantenidas durante la época celta y romana, que sin duda habían dejado su huella en las creencias galas y grecorromanas y cuyo origen habría que buscar en las mismas brumas que envuelven las raíces ancestrales del folklore. Este conjunto de creencias populares, leyendas y supersticiones continuaba vivo, y fue el principal obstáculo al que tuvieron que enfrentarse los misioneros de las regiones rurales. San Martín, nativo de Panonia, obispo de Tours y fundador de monasterios, emprendió, especialmente en Galia central, una cruzada contra esta idolatría rural. En cierta ocasión, cuando estaba derribando un árbol sagrado en los alrededores de Autun, un campesino le atacó, consiguiendo escapar casi de milagro. Además de San Martín, otros conocidos predicadores atravesaron las áreas rurales, como por ejemplo Victricio, obispo de Rouen (otro soldado convertido), y también discípulos de Martín, principalmente Martín de Brives. Sus intermitentes y aislados esfuerzos, no obstante, tuvieron poco efecto, o de muy poca duración, en el ánimo de los campesinos. Hacia el 395 un retórico galo describe una escena en la que unos campesinos discuten, entre sus paisanos, acerca de la muerte. Uno de ellos proclama la virtud del signo de la Cruz, “el signo de ese Dios, el único al que adoran en las grades ciudades” (Riese, Anthologia Latina, no. 893, v. 105). Esta expresión es un tanto exagerada, ya que en aquellos años una sola iglesia bastaba para el culto de la población cristiana de Tréveris, pero sí indica que las zonas rurales seguían siendo las más refractarias. A principios del siglo V en la vecindad de Autun tuvo lugar una procesión del carro de Cibeles para bendecir las cosechas. En el siglo VI, en la ciudad de Arles, una de las regiones en las que antes y más fuertemente había prendido el cristianismo, el obispo Cesáreo continuaba combatiendo las supersticiones populares, y alguno de sus sermones constituye aún en nuestros días una importante fuente de información para los estudiosos del folklore.

Los nuevos establecimientos de monasterios ayudaron grandemente a la cristianización de las clases populares. En la Galia como por todas partes, los primeros ascetas cristianos vivían en el siglo y mantenían su libertad individual. La práctica de la vida religiosa en común fue introducida por San Martín (fallecido en 397) y por Casiano (fallecido circa 435). Martín fundó, cerca de Tours, Marmoutier, el “gran monasterio”, donde al principio los monjes vivían aislados en grutas del monte o chozas de madera. Poco después, Casiano fundó dos monasterios en Marsella (415). Antes había conocido la vida de los monjes de Oriente, sobre todo en Egipto, y se trajo consigo sus métodos, los cuales adaptó a las circunstancias de la vida galorromana. Se le considera el doctor del ascetismo galo a causa de dos de sus trabajos: "De institutis coenobiorum" y las "Collationes XXIV". Hacia la misma época, Honorato fundó un famoso monasterio en la pequeña isla de Lérins (Lerinum), cerca e Marsella, destinada a convertirse en un importante núcleo de vida cristiana de gran influencia. Las sedes episcopales de la Galia fueron a menudo objeto de disputa y codicia, y rápidamente cayeron en manos de familias aristocráticas cuyos representantes en el episcopado no todos fueron tan rectos y sabios como Germano de Auxerre o Sidonio Apolinar. Lérins acometió la tarea de la reforma del episcopado y situó a muchos de sus hijos como cabeza de diócesis: Honorato, Hilario, y Cesáreo en Arles; Eucherio en Lyon, y Salonio y Veranio en Ginebra y Vence respectivamente; Lupo (Lupus) en Troyes, y Máximo y Fausto en Riez. Lérins también se convirtió en una escuela de misticismo y teología que difundió por todos los confines sus ideas religiosas mediante útiles tratados sobre dogma, polémicas y hagiografía. En la Galia se fundaron muchos otros monasterios: Grigny, cerca de Vienne; îla Barbe, en Lyon; Réomé (más tarde conocido como Moutier-Saint-Jean), Morvan y Saint-Claude en el Jura; Chinon, Loches, etc, aunque es posible que algunas de estas fundaciones correspondan a un periodo posterior. Aquellos monjes todavía no llevaban una vida sujeta a una regla fija y codificada. Para encontrarnos con este tipo de constituciones escritas hay que esperar hasta la época de Cesáreo de Arles. Al establecimiento del monacato no le faltaron oponentes. Rutilio Nacaciano, un pagano, calificaba a los monjes de Lérins de “bandada de búhos”. Muchos incluso se resistieron al esfuerzo por hacer de la castidad una de las virtudes clave del cristianismo; los adversarios de Prisciliano, en particular, manifestaban hacia ella cierta hostilidad; la castidad fue también una de las objeciones planteadas por Vigilancio de Calahorra, el sacerdote hispano con quien San Jerónimo litigó tan enérgicamente. Vigilancio pasó mucho tiempo en la Galia y parece ser que allí falleció. En la Galia las leyes eclesiásticas sobre el celibato eran menos estrictas y en general se ponían menos en práctica que en Italia, sobre todo en Roma. Los Concilios galos de antes de la época merovingia dan testimonio tanto del incierto estado de la disciplina en aquella época como de los continuos esfuerzos por establecer algún tipo de código disciplinar.

La Iglesia de la Galia padeció tres importantes crisis dogmáticas. El arrianismo parece haber sido una gran fuente de preocupación para sus obispos; la gran mayoría de ellos, por lo general, se adscribieron a las enseñanzas del Concilio de Nicea, a pesar de algunas defecciones aisladas o temporales. Atanasio, que había sido exiliado a Tréveris (336-38), ejerció una poderosa influencia sobre los obispos galos. Uno de los grandes campeones de la ortodoxia en Occidente fue Hilario de Poitiers, que también padeció el exilio por su perseverancia. El priscilianismo, en cambio, caló más profundamente entre la feligresía y el pueblo. Se trataba, por encima de todo, de un método, de un ideal de vida cristiana que se ofrecía a todos, incluso a las mujeres. Fue condenado (380) en el Sínodo de Zaragoza, en el que estuvieron presentes los obispos de Burdeos y Agen, pese a lo cual se extendió rápidamente por la Galia central, con Eauze como bastión. Cuando en el año 385 el usurpador Máximo condenó a Prisciliano y sus seguidores a muerte, San Martín dudó sobre cómo actuar, pero rechazó con horror hacerlo en comunión con aquellos obispos que habían condenado a los infortunados. En priscilianismo, en realidad, se hallaba de alguna manera íntimamente unido al movimiento ascético en general. Por último, los obispos y monjes de la Galia estuvieron largamente divididos a causa del pelagianismo. Próculo, obispo de Marsella, obligó a Leporio, discípulo de Pelagio, a abandonar la Galia, pero no tardaron mucho Marsella y Lérins, dirigidos por Casiano, Vicente y Fausto, en convertirse en nido de unas enseñanzas contrarias a las de San Agustín conocidas con el nombre de semipelagianismo. Próspero de Aquitania escribió contra ellas y se vio obligado a refugiarse en Roma. La visión agustiniana no triunfó definitivamente hasta principios del siglo VI, cuando un monje de Lérins, Cesáreo de Arles, discípulo casi servil de Agustín, consiguió que fuera adoptada por el Concilio de Orange (529). En la confrontación final intervino Roma.

No se conoce demasiado de las primitivas relaciones entre los obispos de la Galia y el Papa. La posición de Irineo en la Controversia de la Pascua parece demostrar un alto grado de independencia, a pesar de lo cual el propio Irineo proclama la supremacía de Roma. Hacia mediados del siglo III se apela al Papa para que solucione ciertos problemas en el seno de la Iglesia gala y deponga a un obispo descarriado (Cyprian, Epist. lxviii). En el Concilio de Arles (314) los obispos de la Galia están presentes junto a los de Bretaña, Hispania, África e incluso Italia; el Papa Silvestre envió legados en representación suya. En cierto modo, se trataba del un Concilio de Occidente. A lo largo de ese siglo, sin embargo, el episcopado de la Galia no tenía una cabeza y los obispos se agrupaban según lazos de amistad o vecindad geográfica. Aún no existía la figura de los metropolitanos, y cuando se necesitaba consejo se consultaba a Milán. “La autoridad tradicional —dice Duchesne— en cualquier materia relativa a la disciplina la mantuvo siempre la Iglesia de Roma; en la práctica, sin embargo, el Concilio de Milán decidía en caso de conflicto”. Los papas entonces tomaron cartas en el asunto y en el 417 el Papa Zósimo hizo a Patrocles, obispo de Arles, su vicario o delegado en la Galia, estableciendo que se le remitieran a éste todas las disputas. Más aún: ningún prelado de la Galia tendría acceso al Papa sin cartas testimoniales del obispo de Arles. Esta primacía de Arles sufrió altibajos según los papas que se sucedieron. Vivió un periodo final de esplendor con Cesáreo, pero después se convirtió en un título meramente honorífico. Pese a todo, la extensa autoridad de Arles durante los siglos V y VI tuvo como consecuencia que allí la disciplina canónica se desarrollara más rápidamente: los "Libri canonum" que pronto van a difundirse por toda la Galia meridional tenían como modelo los de la Iglesia de Arles. Hacia el final de este periodo Cesáreo asistió a una serie de concilios, lo que hizo que la Iglesia merovingia le reconociera cierto prestigio como legislador.

Los bárbaros, entre tanto, ya se había puesto en marcha. La gran invasión del 407 convirtió a los godos en señores de la región al sur del Loira , con las excepciones de Bourges y Clermont, que no cayeron en sus manos hasta el 475; Arles sucumbió en el 480. Se organizó el Reino Visigodo, de religión arriana e inicialmente hostil al catolicismo. Gradualmente las necesidades de la vida impusieron la necesidad de una política de moderación. El Concilio de Adge, realmente un concilio nacional de la Galia visigoda (506), en el que Cesáreo fue dominante, es una prueba del cambio de talante por ambas partes. Las Actas de este concilio siguen muy de cerca los principios del "Breviarium Alarici" —un resumen del Código Teodosiano elaborado por el rey visigodo Alarico II para sus súbditos galorromanos— y hallaron aprobación de los obispos católicos del reino. Entre el 410 y el 413 los burgundios se habían asentado cerca de Mains; en el 475 ya habían avanzado hacia el sur siguiendo el Ródano y por esta época adoptaron el arrianismo. Los francos, que pronto se convertirán en amos de la Galia, abandonaron la región de Tournai, derrotaron a Syagrius en el 486 y ampliaron su área de dominación hasta el Loira. En el año 507 destruyeron el Reino Visigodo y en 534 el de los burgundios; en el 536, tras conquistar Arles, se convirtieron en sucesores de los restos del gran Estado que había creado el rey Teodorico. Con ellos comienza una nueva era (véase FRANCOS).

La transición entre uno y otro régimen fue posible gracias a los obispos de la Galia, Éstos habían desempeñado con frecuencia un eficaz papel de intermediarios con las autoridades romanas, y ya antes de las invasiones bárbaras eran los verdaderos defensores del pueblo. Hasta tal punto, que se ha creído durante mucho tiempo que les había sido otorgado el título oficial de “defensores civitatum” y que estuvieron investidos con poderes especiales. Dicho título nunca fue utilizado por los obispos como algo oficial, aunque equivocada y popularmente se les considerara tales. Algunos obispos, no obstante, como Sidonio Apolinar, Avito, Germano de Auxerre o Cesáreo de Arles sí fueron verdaderos defensores de su tierra natal. Mientras las antiguas instituciones cívicas de derrumbaban, ellos mantuvieron firme el tejido social. Gracias a sus esfuerzos los bárbaros acabaron fundiéndose con la población nativa, introduciendo en ella el germen de una nueva y vigorosa vida. Por último, los obispos fueron los guardianes de la tradición de la literatura y la cultura romanas clásicas, y ya antes del nacimiento del monacato fueron ellos los principales vehículos del conocimiento y el saber. A lo largo de los siglos VI y VII los manuscritos de la Biblia y los Padres fueron copiados para cubrir las necesidades del culto, la enseñanza eclesiástica y la vida católica en general. Los únicos edificios de la época que muestran rasgos clásicos o bizantinos son los edificios religiosos. Por todo esto, y por mucho más, los obispos de la Galia se merecen el apelativo de “hacedores de Francia”.

Traducido por Alejandra G. Bonilla.