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Domingo, 26 de octubre de 2014

Cultura y contracultura de muerte

De Enciclopedia Católica

La Muerte, de Baltazar Gavilán, Lima-Perú
S/T. Asad López de Castilla
S/T. Asad López de Castilla
S/T. Asad López de Castilla
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Contenido

Presentando el concepto

Urge poner el lenguaje al día no solo para incorporar nuevos términos o acepciones cuando se requieran, sino también cuando, por tergiversaciones o desvíos interesados, hay necesidad de corregir el abuso y rectificar su trayectoria desde la autenticidad léxica. Cultura -de colere- se refirió primero a la agri-cultura. Y ya, en Catón el Viejo (s. III a. C.). Cultor vitis es el que cultiva la viña; cultores veritatis, fraudis inimici, son, según Cicerón, los amigos de la verdad y enemigos del fraude; Marcial llama cultor Minervae a quien cultiva las letras. Para Cicerón, Philosophia est cultura animi ; y el culto y práctica religiosa es Cultura Dei.

La cultura es, ante todo, una labranza o laboreo, esfuerzo de las potencias espirituales y materiales para la elevación del hombre. Es también el mejor resultado de ese esfuerzo conseguido a través del tiempo por los diferentes pueblos. Engloba todos los valores que elevan al hombre y su dignidad en los distintos niveles. La cultura da al hombre capacidad de encontrarse a sí mismo y facilita caminos de superación.

Definiendo el concepto

Cultura es, pues, concepto y contenido positivos. Nos enseña responsabilidad. El hombre se reconoce a sí mismo como proyecto y busca valores que lo perfeccionen y lo trasciendan. Por el contrario, lo que se oponga a esta aspiración de ser mejores y al esmero ético de crecer en dignidad, será, según los casos, incultura, subcultura, seudocultura, anticultura, contracultura.

El hombre no puede acceder a la verdadera y plena humanidad más que a través de la cultura, es decir, cultivando los bienes y valores de la naturaleza. Por tanto, siempre que se trata de vida humana, naturaleza y cultura están en la más íntima conexión. Con la palabra "cultura" se indica, en general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus múltiples cualidades espirituales y corporales, nos enseña ya el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et Spes, (53). El Evangelio es la más eminente forma de cultura porque integra todos los esfuerzos y posibilidades humanas para que el hombre vaya llegando a ser -fieri- lo que está llamado a ser: icono, imagen de Dios. Y Jesucristo, que representa los más altos valores humanos, es el innegable patrimonio cultural de la humanidad. El Evangelio vivo va asumiendo como propias todas las manifestaciones auténticas de valor y cultura del hombre. S. Pablo pregona atrevida e insistentemente: Todo es vuestro, Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, las cosas presentes, las futuras; todo es vuestro; vosotros de Cristo, y Cristo, de Dios (I Co 3 21-23).

Claridad y rectitud en el hablar

Quienes llevamos la Luz de la Revelación debemos marcar el paso decididamente y trasmitir luz, certezas, seguridad. Lavemos fórmulas equívocas o deletéreas. Pongamos al día el lenguaje liberándolo de esas inexactitudes, tergiversaciones y maliciosos abusos que suelen hacerle los intereses disimulados, y aun descarados, de muchos gremios de la sociedad.

La manipulación de las palabras se convierte en mentira porque oculta la verdad y es grave hipocresía. Por la historia de la cultura sabemos que los límites u horizontes del lenguaje, son los límites u horizontes del mundo. También son definitorios de la persona. A modo de refrán: Dime cómo te expresas y te diré tus veras. Es deber nuestro, de los cristianos -ministros del Verbo- y maestros de la Palabra, devolver la verdad a las cosas; que es adecuar la palabra con la cosa: Adaequatio intellectus cum re. Una vez convenido el instrumento del lenguaje, debe respetarse, de lo contrario estaremos intencionadamente ocultando la realidad, y eso es engañar, mentir, -mentior- , esto es, esconder el verbum mentis, o sea, lo que se piensa, bajo el disfraz del verbum oris, lo que se dice. Que vuestro hablar sea sí, por sí; no, por no. Lo que pase de ahí procede del Malo, enseñaba Jesús (Mt 5 37).

San Pedro, exhortando a los fieles, trae los sufrimientos de Cristo que nos dejó su ejemplo -upogrammón- (la muestra que el pedagogo escribe para que los niños la imiten) y sigamos sus pasos; y advertirle al cristiano, que por sentido de responsabilidad -propter conscientiam Dei- y debiéndose a la verdad, sufrirá injustamente padecimientos. Y Jesús los sufrió, a pesar de no hallarse dolo en su boca: Non est inventus dolus in ore eius (I Pe 2 19-22 ).

Falsificación del lenguaje

Muchos emplean hoy la palabra cultura, tanto para cosas positivas como negativas. Las cosas negativas no debieran llevar el nombre de cultura, pues encierra contradictio in terminis, máxime cuando se refieren a situaciones límite. Las necesidades lingüísticas y literarias fueron creando los metaplasmos para adecuar el lenguaje a lo que se deseaba expresar. Recurramos a metaplasmos también hoy, si fuere necesario, aunque con urgencia no tanto literaria, cuanto moral. A las situaciones negativas límite, como lo nefando, las aberraciones y el crimen, a eso es a lo que llamamos subcultura, anticultura y contracultura.

En cualquier campo científico y, por supuesto, en el jurídico y moral, hay que hacer palmaria defensa de la vida del niño y protegerla con máximo cuidado desde el primer instante de la concepción; el abominable crimen del aborto debe ser condenado sin ambages (GS 51). El hombre, o lo es desde el principio, o no lo será nunca. Con palabras de Tertuliano: Homo est et qui est futurus: El hombre ya es el que será. Y puntualmente anota el profesor Picasso Muñoz en su Antología latina: "Regla de oro: un ser con potencialidad (no digo posibilidad) de ser persona, es ya una persona". En la Biblia leemos textos que dicen cómo Dios nos teje y va bordándonos ya en el vientre de nuestra madre: Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Cuando me ibas formando (mi hipóstasis, leemos en los LXX) en lo oculto y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mi embrión -to akatérgaston mou-. Se definían todos mis días antes de llegar el primero. El P. Alonso Schökel expone una actual y bellísima exégesis de estos versillos (Sal 139 13-16).

Cómo llamar al concebido y aún no nacido

Las palabras cigoto, mórula, embrión y feto en su origen griego o latino, hacen referencia a la unión, semejanza, al brote, germinación, al fruto de la fecundación.

Zigoto: de zygotós = uncido, unido. Célula que resulta de la unión de dos gametos. Mórula: de morula = (diminutivo de mora) embrión temprano que, durante el período de segmentación, tiene el aspecto de una mora.

Embrión: de en-brúo = brotar, germinar; surgir. Es un brote que germina, el nuevo ser vivo que acaba de ser concebido, y ya empieza a desarrollarse hasta adquirir las características morfológicas de la especie, y que acabará siendo completo lo que es ya en esencia: un ser humano. Microscópico organismo viviente que pesa, nos dicen, tan solo 15 diez millonésimas de gramo. Esta primera célula es un ser humano con identidad propia, con una composición genética propia y distinta de la de su madre. En esa primera célula se encuentran todas las cualidades genéticas del individuo, que irán desarrollarse progresivamente.

Feto: de fetus –a –um, preñado, que lleva el fruto de la fecundación.

Fetosus: fecundo. Fetus –us, parto, nacimiento. El feto es, pues, el embrión, fruto de la fecundación que desarrollará lo que ya es esencialmente en su ser hasta el nacimiento. Médica y técnicamente pueden recibir nombre y conceptuación diferentes; ónticamente, aun con nombres distintos, es la persona única e inviolable.

El nasciturus o nascituro. Utilicemos de modo corriente las verdaderas palabras que expresan la realidad, el hecho verdadero y completo. S. Agustín y Paladio ya emplean nasciturus como participio futuro. La palabra nasciturus o nascituro está vigente en el lenguaje jurídico y moral, pero muchos que incluso manejan el derecho, se esfuerzan por ignorarla. Nasciturus es part. fut. del verbo intransitivo nascor, nasci, natus sum, nacer. Tiene la composición de incoativo, es decir, el hecho de nacer se está ya realizando; de modo semejante, el verbo cresco, crecer, iuvenesco, ir haciéndose joven; senesco, ir haciéndose viejo, envejecer... etc... En el prenacimiento, diríamos, ya se está naciendo. En el campo jurídico, la palabra ya está sustantivada; es un sustantivo: el que va a nacer, el que nacerá. No es una cosa que simplemente está ahí, manipulable. Sino un sujeto: el nasciturus, el nascituro. Palabra que debemos usar corrientemente, pues ello implica no solo el proceso natural de quien va a nacer, sino también configura la individualidad, alteridad -personalidad- del que ya se sabe, se espera que, está punto de, deberá nacer.

El nascendo: part. fut. de nascor. Señala deber e inminencia. En español podría llamársele también nascendo, pues el rasgo de deponente desapareció en castellano. Ya Aulo Gelio, gramático del s. II, emplea esta frase hablando de formar a los hombres ya en el seno materno: ad homines nascendos: a los que deben nacer, a los nascendos.

El nascente, el naciente: Es partic. pres. de nascor: que viene al nacimiento. Ya Tertuliano en su Apologeticum nos habla de manera clarísima y rotunda del crimen del aborto, y lo define como homicidii festinatio, que traduciremos, con el vigor verbal del cartaginés, como la prisa por matar. Y habla de prohibir nacer y de que, si se le mata, es el mismo crimen matar al nacido como al nascente ( natum o nascentem). Podemos usar, pues, el nascente, ya sustantivado, en su propia forma culta latino-española, o en la ya evolucionada de naciente.

El nonato: Nonato es funcionalmente un sustantivo compuesto de la negación non, y del adjetivo natus; así, de dos monemas (adverb. y partic. non natus, no nacido), formamos una sola palabra: nonacido o nonato. Es curioso que la misma Academia, que admite el vocablo nonato, lo considere solamente como adjetivo y con denotación restringida aplicada exclusivamente al no nacido naturalmente, sino sacado del claustro materno mediante la operación cesárea. O sea, lo aplica al ya nacido, aunque no naturalmente, pero no al que aún no ha nacido. ¿Y no es ya hora de pedirle a la Academia que introduzca la acepción de nonato, también como sustantivo, y con toda propiedad, para quien ha sido concebido y está ya en el claustro materno aunque aún no ha sido dado a luz? Desde hace siglos viene empleando nuestro lenguaje, familiar y universalmente, el adjetivo nonato para referirse al célebre santo español, S. Ramón Nonato, mercedario y cardenal de la Iglesia en el s. XIV, y que ha quedado como su característico apelativo. Habiendo muerto su madre, fue extraído por cesárea del vientre materno. Y se le invoca como abogado y patrono de todas las madres gestantes y parturientas. Es correcto y oportunísimo extender la palabra nonato para referirnos, con toda propiedad, y como sustantivo, a los nonacidos, o sea, a los aún no nacidos, pero que son ya nascituros, es decir, que están para nacer, o sea, que deberán nacer, y que, de hecho ya son nascentes o nacientes, porque el verbo nascor (na-sc-or) es, por el infijo -sc-, de formación incoativa. La acción intransitiva-incoativa de nacer es un proceso desde la concepción hasta el nacimiento propiamente dicho.

El prenacido o nonacido: Como en la formación de nonato, lingüísticamente hablando es económica, al formar una sola palabra de dos monemas. Pero sobre todo, semánticamente cobra una expresividad mayor, incluso personalidad. El nonacido o el prenacido, empleado ya como sustantivo, es la persona que desde el instante de su concepción está en el seno materno y que posee todos los derechos intrínsecamente inerentes a él, y nosotros todos los deberes para con él.

Gracias al deber cristiano de poner conciencia en el mundo -propter conscientiam Dei (I Pe 2 19), en favor de la verdad y de la justicia, y para atajar la contracultura de muerte, se está universalizando el Día del Nonacido o del Niño por nacer, 25 de marzo, fiesta de la Anunciación y Encarnación. Varios países lo celebran ya con diversos actos, tanto oficiales en el marco civil, como eclesiales.

Nos incumbe devolver su significado a las palabras que, en lo posible, deben reflejar las realidades. Nomina sunt consequentia rebus, establece el derecho romano: los nombres deben ser consecuencia de lo que son las cosas; punto de partida del recto humanismo. Quien procede lealmente -qui facit veritatem, dice S. Juan- se acerca a la luz (Jn 3 21). O sea, la verdad se hace. Y el primer modo de hacer la verdad es decirla.

Donato Jiménez OAR

Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima

Ver: Voz Aborto

Selección de imágenes: José Gálvez Krüger 05-03-2009