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Domingo, 18 de noviembre de 2018

Concilio de Pisa

De Enciclopedia Católica

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Preliminares.

El Gran Cisma de Occidente había durado treinta años (desde 1378) y ninguno de los medios empleados para ponerle fin había tenido éxito. Nunca se había intentado seriamente un compromiso arbitral entre las dos partes. La rendición había fallado lamentablemente debido a la obstinación de los papas rivales, todos convencidos igualmente de sus derechos. La acción, es decir interferencia, de los príncipes y ejércitos no había dado resultado. Durante estas deplorables divisiones, Bonifacio IX, Inocencio VI y Gregorio XII habían sustituido en turno a Urbano VI (Bartolomé Prignano) en la sede de de Roma, mientras que Benedicto XIII había sucedido a Clemente VII (Roberto de Génova) en la de Avignon.

Los cardenales de los pontífices reinantes, que estaban muy insatisfechos tanto con la pusilanimidad y nepotismo de Gregorio XII y con la obstinación y mala voluntad de Benedicto XIII, decidieron hacer uso de medios más eficaces, es decir un gran concilio. El rey francés Carlos V, lo había recomendado al comienzo del cisma a los cardenales reunidos en Anagni y Fondi en revuelta contre urbano VI, y en su lecho de muerte había expresado el mismo deseo (1380). Varios concilios lo habían apoyado, asímismo ciudades como Gante y Florencia, las universidades de Oxford y Paris y los más famosos doctores de la época, como Henry de Langenstein ("Epistola pacis", 1379, "Epistola concilii pacis", 1381); Conrad de Gelnhausen ("Epistola Concordiæ", 1380); Gerson (Sermo coram Anglicis); y especialmente el maestro de este último Pierre d'Ailly, el eminente obispo de Cambrai que escribió de si mismo: "A principio schismatis materiam concilii generalis primus … instanter prosequi non timui" (Apologia Concilii Pisani, apud Tschackert).

Animados por tales hombres, por la conocida postura del rey Carlos VI y de la Universidad de Paris, cuatro miembros del colegio cardenalicio de Avignon fueron a Leghorn donde arreglaron una entrevista con los de Roma y con otros que se unieron pronto. Los dos grupos unidos así estaban decididos a buscar la unión de la Iglesia a a toda costa por consiguiente a no seguir a ninguno de los competidores. El 2 y 5 de julio de 1408 dirigieron a los príncipes y prelados una encíclica llamándoles a un concilio general en Pisa el 25 de marzo de 1409. Para oponerse a este proyecto, Benedicto convocó un concilio en Perpignan, mientras Gregorio reunía otro en Aquilea, aunque tuvieron poco éxito, por lo que se dirigió toda la atención y esperanzas del mundo católico al concilio de Pisa. Las universidades de Paris Oxford y Colonia, muchos prelados y los más distinguidos doctores, como d'Ailly y Gerson aprobaron abiertamente la acción de los cardenales rebeldes. Por otra parte, los príncipes estaban divididos, pero la mayor parte de ellos ya no confiaban en la buena voluntad de los papas rivales y estaban decididos a actuar sin ellos, a pesar de ellos, y si fuera necesario, contra ellos.

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Reunión del Concilio

En la fiesta de la Anunciación, 4 patriarcas, 22 cardenales y 80 obispos se reunieron en la catedral de Pisa bajo la presidencia del cardenal Malesset, obispo de Palestrina. Entre el clero había representantes de 11 obispos ausentes, 87 abades con la representación de los que no podían asistir a Pisa, 41 priores y generales de las órdenes religiosas, 300 doctores en teología y derecho canónico. Los embajadores de todos los reinos cristianos completaban esta augusta asamblea. Enseguida comenzaron los procedimientos judiciales. Dos cardenales diáconos, dos obispos dos notarios se acercaron gravemente a las puertas de de la iglesia, las abrieron y en voz alta, en latín, llamaron para que los pontífices rivales se presentaran. Nadie replica. “¿Ha sido alguien nombrado para representarles”?. De nuevo silencio.

Los delegados volvieron a sus lugares y requirieron que Gregorio y Benedicto fueran declarados culpables de contumacia. Esta ceremonia se repitió durante tres días consecutivos sin éxito y durante el mes de mayo se oyeron testimonios contra ellos, aunque la declaración formal de contumacia no tuvo lugar hasta la cuarta sesión. Un embajador alemán que se oponía al proyecto de los cardenales reunidos fue a Pisa para defender a Gregorio (15 de abril) a petición de Roberto de Baviera, rey de los romanos. Juan, arzobispo de Riga, presentó ante el consorcio varias objeciones excelentes, pero en general, los delegados alemanes hablaron tan duramente que se originaron manifestaciones hostiles contra ellos y tuvieron de salir huyendo. La línea de conducta adoptada por Carlo Malatesta, Príncipe de Rímini, fue más inteligente. Roberto con su incómoda amistad ofendía a Gregorio, que por otra parte era el más defendible de ellos. Malatesta lo defendía como hombre de letras, como orador, político y caballero, aunque no tuviera éxito. B

enedicto rehusó asistir al concilio en persona y sus delegados llegaron muy tarde (14 de junio) y causaron protestas y risas de la asamblea por sus exigencias. La gente de Pisa los abrumó con insultos y amenazas. El Canciller de Aragón fue oído con poco agrado, mientras que el arzobispo de Tarragona hizo una declaración de guerra más atrevida que sabia. Intimidados por las violentas demostraciones, los embajadores, entre ellos Bonifacio Ferrer, Prior de la Gran Cartuja, dejaron en secreto la ciudad y volvieron a sus respectivos papas.

Se ha criticado con frecuencia la pretendida preponderancia de los delegados franceses, pero el elemento francés no predominó ni en número, influencia o atrevimiento de las ideas. La característica más notable de la asamblea fue la unanimidad que reinaba entre los 500 miembros durante el mes de junio, especialmente notable en la 15 sesión general (5 de junio 1409) Cuando se completaron las formalidades normales con la petición de una condena definida de Pedro de Luna y de Angelo Corrario, los Padres de Pisa contestaron con una sentencia hasta entonces sin precedente en la Iglesia. Todos sintieron una gran conmoción cuando el Patriarca de Alejandría Simón de Cramaud se dirigió a la augusta asamblea: Benedicto XIII y Gregorio XII, dijo, son reconocidos como cismáticos, que aprueban y cometen cisma, herejes notorios, culpables de perjurio y violación de las promesas solemnes que escandalizan abiertamente a la Iglesia Universal. En consecuencia son declarados indignos del Soberano Pontificado y son ipso facto depuestos de sus funciones y dignidades y expulsados de la Iglesia. Se les prohíbe en adelante que se consideren a si mismos Soberanos Pontífices y todos los procedimientos y promociones realizados por ellos son anulados. Se declara vacante la Santa Sede y los fieles son liberados de su promesa de obediencia”.

Esta grave sentencia fue saludada con alegres aplausos, se cantó el Te Deum, y se preparó una gran procesión para el día siguiente, fiesta del Corpus Christi. Todos los miembros firmaron los decretos del concilio y todos pensaron que el cisma había terminado para siempre. El 15 de junio, los cardenales se reunieron en el palacio arzobispal de Pisa para proceder a la elección de un nuevo papa. El cónclave duró once días. No hubo interferencias exteriores que lo retrasaran.

Dentro del concilio, se dice, se intrigaba para la elección de un papa francés, pero por influencia del enérgico e ingenioso cardenal Cossa, el 26 de junio de 1409 los votos fueron entregados unánimemente al cardenal Pedro Philarghi que tomó el nombre de Alejandro V. Se esperaba y deseaba su elección como testifica la alegría general. El nuevo papa anunció su elección a todos los soberanos de la Cristiandad, de los que recibió expresiones de viva simpatía para él y para la Iglesia. Presidió las últimas cuatro sesiones del concilio y confirmó todas las ordenanzas hechas por los cardenales y su negación a la obediencia a los antipapas. Reunidos los dos sacros colegios declaró que trabajaría enérgicamente en la reforma.


Juicio sobre el Concilio de Pisa

A los cardenales les pareció indiscutible su derecho para reunir un concilio general con la intención de poner fin al cisma a, como consecuencia del principio natural de descubrir dentro de si mismo medios de salvación: Salus populi suprema lex esto, i.e., el principal interés es la salvación de la iglesia y la preservación de su indispensable unidad. Las tergiversaciones y perjurios de los dos pretendientes parecían justificar a los sagrados colegios reunidos. “Nuca, decían, lograremos terminar con el cisma mientras estas dos personas obstinadas sigan a la cabeza de los partidos opuestos. No hay un papa indiscutido que pueda reunir un concilio general y como el papa es dudoso la Santa Sede debe considerarse vacante. Tenemos por consiguiente un mandato legal de elegir un papa que no sea disputado y de convocar a la Iglesia Universal para que su adhesión fortalezca nuestra decisión “.

Famosas universidades apoyaban a los cardenales en esta conclusión y, sin embargo, desde el punto de vista teológico y judicial, su razonamiento puede ser falso, peligroso y revolucionario. Porque si Gregorio y Benedicto eran dudosos, también lo eran los cardenales que ellos habían creado. En el origen, su autoridad era incierta y también lo era su competencia para convocar a la Iglesia Universal y la elección del papa. En realidad esto es argüir en un círculo vicioso. ¿Cómo podía, pues, Alejandro V, elegido por ellos, tener derechos indiscutibles a ser reconocido por toda la cristiandad?

Más aún, había que temer que ciertos espíritus harían uso de esta situación para transformarlo en una regla universal y proclamar la superioridad del sacro colegio y del concilio sobre el papa y legalizar asi las futuras apelaciones a un futuro concilio que ya habían comenzado con el rey Felipe el hermoso.

Los medios utilizados por los cardenales no podían tener éxito ni temporalmente. La posición de Iglesia quedó aún más precaria; en vez de dos cabezas, había tres papas errantes, perseguidos y exiliados de sus capitales. Y sin embargo, como Alejandro no había sido elegido en oposición a un pontífice generalmente aceptado ni elegido por medios cismáticos, su posición era mejor que las de Clemente VII y Benedicto XIII, los papas de Aviñón. La opinión mas generalizada es que tanto él como su sucesor Juan XXIII, eran los verdaderos papas. El papa de Pisa Alejandro V era reconocido por la mayoría de la Iglesia: Francia, Inglaterra, Portugal, Bohemia, Prusia, unos pocos países germánicos, Italia etc.….mientras que Nápoles; Polonia, Baviera y parte de Alemania continuaron con la obediencia a Gregorio; España y Escocia siguieron apoyando a Benedicto.

Teólogos y canonistas se muestran severos con el concilio de Pisa. Por otra parte, un violento seguidor de Benedicto, Bonifacio Ferrer lo llama “un conventículo de demonios”. Teodoro Urie, seguidor de Gregorio, parece dudar si se reunieron en Pisa con los sentimientos de Datán y Abirón o los de Moisés. S. Antonino, Cayetano, Turrecremata y Raynald lo llaman abiertamente un conventículo o al menos muestran dudas sobre su autoridad.

Por otra parte, la escuela galicana o lo aprueba o recurre a las circunstancias extenuantes. Noël Alexander por otra parte afirma que el concilio destruyó el cisma hasta donde pudo. Bossuet, a su vez: “Si el cisma que devastó la Iglesia de Dios no fue exterminado en Pisa, al menos recibió allí un golpe mortal y el concilio de Constanza lo consumó”.

Los protestantes, fieles a las consecuencias de sus principios, aplauden a este concilio sin reservas porque ven en él “el primer paso hacia la entrega del mundo” y lo saludan como el amanecer de la reforma (Gregorovio). Quizás sea mejor decir con Belarmino que esta asamblea es un concilio general ni aprobado ni desaprobado. Debido a sus ilegalidades e inconsistencias no puede ser llamado concilio ecuménico, pero no sería justo llamarlo conventículo, comparándolo con el “latrocinio de Éfeso”, el pseudo concilio de Basilea o el concilio jansenista de Pistoya. Este sínodo no es una camarilla sacrílega. El número de padres, su calidad, autoridad, inteligencia y celosa y generosa intención, la casi unanimidad con la que llegaron a sus decisiones, el apoyo real que recibieron, alejan toda sospecha de intriga o cábala. No se parece a ningún otro concilio y tiene un lugar por sí mismo en la historia de la Iglesia, por la forma ilegal en que fue convocado, poco práctico en la elección de medios, no indiscutible en sus decisiones y sin intención de representar a la iglesia universal. El la fuente original de todos los sucesos histórico eclesiásticos desde 1409 a 1414y abre el camino a Concilio de Constanza.


Bibliografía

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L. Salembier.


Transcrito por WGKofron. Con agradecimiento a la iglesia de Sta María de Akron, Ohio.


Traducido por Pedro Royo.


The Catholic Encyclopedia, Volume XII. Published 1911. New York: Robert Appleton Company. Nihil Obstat, June 1, 1911. Remy Lafort, S.T.D., Censor. Imprimatur. +John Cardinal Farley, Archbishop of New York