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Viernes, 20 de octubre de 2017

Apologética Jesuita

De Enciclopedia Católica

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Las acusaciones formuladas contra la Compañía han sido excepcionales por su frecuencia e intensidad. En realidad muchas serían demasiado absurdas como para merecer mención, si no estuvieran acreditadas por gente culta e ilustrada. Tales son por ejemplo las acusaciones de que la Compañía fue responsable de la Guerra Franco-Prusiana, del affaire Dreyfus, del escándalo de Panamá, del asesinato de Papas, príncipes, etc.- afirmaciones que se encuentran en libros y periódicos de algunas pretensiones. Semejante a eso es el así llamado juramento jesuita, una burda fabricación del falsificador Robert Ware, expuesta por Bridget en "Errores y Falsificaciones". La falacia de tales acusaciones puede a menudo detectarse por principios generales.


A. Los Jesuitas son falibles

B. Los acusadores

C. La proximidad a Cristo siempre invita a los ataques

D. La Leyenda Jesuita

E. Algunas objeciones modernas

(1) Los anti-jesuitas de hoy acusan a la Compañía de hostilidad a la libertad (2) También de hostilidad a lo que es culto e intelectual (3) Fracaso

(a) Fracaso por decadencia interna o fracaso por violencia externa (b) La decadencia tras la época de Acquaviva (c) Conflicto y debates sobre el tiranicidio y la equivocación por controversias externas (d) La alegación de que los jesuitas fueron inmensamente ricos es una fábula (e) Ciertos problemas domésticos


A. Los Jesuitas son falibles

Los jesuitas son falibles, y pueden haber dado ocasión al acusador. Las acusaciones presentadas contra ellos nunca habrían sido formuladas contra ángeles, pero no son en lo más mínimo inconsistentes con que la Compañía sea un organismo de hombres buenos pero falibles. Dramáticas negaciones y un tono ofendido estarían fuera de lugar aquí y podrían ocasionar falsas concepciones. Como ejemplo de la falibilidad jesuita, se puede mencionar que escritos de casi un centenar de jesuitas han sido colocados en el "Index" romano. Puesto que esto implica también una reflexión sobre los censores jesuitas de libros, podría parecer que es un fracaso en un asunto importante. Pero cuando recordamos que el número de autores jesuitas supera los 120.000, la proporción de los que han sido descalificados no puede considerarse extraordinaria; además, la censura infligida nunca ha sido de la clase más grave. Muchos críticos de la orden, que no consideran deshonrosas las censuras del Índice, no pueden perdonar tan fácilmente el exagerado espíritu de cuerpo en el que se complacen ocasionalmente jesuitas de experiencia limitada, especialmente en controversias o cuando elogian a sus colegas; ni pueden perdonar la estrechez o tendenciosidad con que algunos autores jesuitas han criticado a hombres de otras tierras, instituciones, o educación, aunque es injusto presentar los defectos de algunos como característicos de todo el colectivo.

B. Los acusadores

(1) En un pasaje muy citado sobre los mártires San Ambrosio nos dice: "Vere frustra impugnata qui apud impios et infidos impietatis arcessitur cum fidei sit magister" (En verdad es acusado en vano de impiedad por los impíos y los infieles, aunque es un maestro de la fe). El equilibrio personal del acusador es un factor de corrección de gran importancia; sin embargo hay que aplicarlo igualmente con gran precaución; en ningún otro punto es una persona acusada tan propensa a cometer errores. Indudablemente, sin embargo, cuando encontramos a un hombre sabio como Harnack que declara rotundamente (pero sin pruebas) que los jesuitas no son historiadores, podemos colocar esta afirmación suya junto a otra de sus dichos profesionales, que la Biblia no es historia. Si el mismo principio sirve de base a ambas proposiciones, la acusación contra la orden tendrá poco peso. Cuando un gobierno descreído, a punto de atacar las libertades de la Iglesia, empieza por expulsar a los jesuitas, con la acusación de que destruyen el amor a la libertad en sus estudiantes, sólo podemos decir que sus palabras no pueden contrapesar la lógica de sus actos. A principios de este siglo, el gobierno francés alegó como una de sus razones para suprimir todas las órdenes religiosas, entre ellas la Compañía, que los religiosos estaban excluyendo al clero secular de sus esferas de actividad propia. Apenas fueron suprimidas las órdenes religiosas cuando se aprobó la ley separando Iglesia y Estado para paralizar y dominar a los obispos y el clero secular.

(2) Tampoco hay que asombrarse de que los herejes en general, y aquellos en particular que impugnan las libertades de la Iglesia y la autoridad de la Santa Sede, estén siempre dispuestos a atacar a los jesuitas, que están ligados para siempre a la defensa de esa Sede. Parece extraño que los oponentes de la Compañía estén a veces dentro de la Iglesia, aunque es casi inevitable que tal oposición se produzca en ocasiones. No importa lo adecuadamente que el derecho canónico que regula las relaciones de los religiosos con la jerarquía y el clero pueda disponer para su pacífica cooperación en empresas misioneras, educativas y caritativas, necesariamente habrá ocasión para la diferencia de opinión, discusiones sobre jurisdicción, métodos, y puntos vitales similares que en el calor de la controversia a menudo amargan e incluso enemistan a las partes en desacuerdo. Tales controversias religiosas surgen entre otras órdenes religiosas y la jerarquía y el clero secular; no son comunes ni permanentes, ni la regla sino la excepción, así que no justifican el siniestro juicio que a veces se forma de la Compañía en particular como incapaz de trabajar con otros, celosa de su propia influencia. A veces, especialmente cuando problemas de esta clase han afectado a amplias cuestiones de doctrina y disciplina, la agitación ha alcanzado proporciones inmensas, y la amargura ha permanecido durante años. La controversia De auxiliis condujo a violentas explosiones de enojo, a intrigas, y a un furioso lenguaje que fue simplemente asombroso; y hubo otras, en Inglaterra por ejemplo sobre las facultades del arcipreste, en Francia sobre el Galicanismo, que fueron casi igualmente memorables por la pasión y la furia. El odium theologicum inspira con seguridad en todas las épocas una excitación de intensidad inhabitual, pero podemos ser comprensivos con los primitivos disputadores por la naturaleza belicosa de los tiempos. Cuando la época aprobaba enteramente a los caballeros que se mataban uno a otro en duelo por la más leve provocación, poco puede asombrarnos que los clérigos, cuando se les incitaba, olvidaran el decoro y el autodominio, afilando sus plumas como puñales, y mojándolas en hiel, golpearan en cualquier puntos sensible de sus adversarios en el que pudieran herir. Las acusaciones divulgadas por partidistas tan excitados deben ser recibidas con la máxima cautela.

(3) Los miembros más amargados e indignos de confianza de la Compañía (afortunadamente no son muy numerosos) han sido siempre desertores de sus propias filas. Sabemos con cuánta malicia y virulencia algunos sacerdotes infieles acostumbran a atacar a la Iglesia, que en otro tiempo creían ser divina, y el odio de algunos jesuitas que han sido infieles a su vocación no ha sido distinto.

C. La proximidad a Cristo siempre invita a los ataques

¿Qué debe esperarse? La Compañía ciertamente ha tenido alguna participación en la bienaventuranza de sufrir por causa de las persecuciones; aunque no es cierto, sin embargo, decir que la Compañía es objeto de aborrecimiento universal. Destacados políticos, cuyos actos afectan a los intereses de millones, son mucho más violenta y calurosamente criticados, son mucho más libremente denunciados, caricaturizados y condenados en el curso de un mes, que los jesuitas individual o colectivamente en el curso de un año. Una vez que el político es derrocado, el mundo desvía su fuego sobre el nuevo poseedor del poder, y olvida al hombre que ha caído. Pero el fuego que ataca a la Compañía nunca cesa por largo tiempo, y sus efectos acumulados parecen más serios de lo que deberían, porque la gente olvida los largos lapsos de tiempo que se producen entre los diferentes ataques señalados. Otro principio a recordar es que los enemigos de la Iglesia no atacarían a la Compañía en absoluto, si no fuera porque es notablemente popular en amplias capas de la comunidad católica. Por tanto no debe esperarse ni el odio universal ni la liberación de todo ataque, sino acusaciones que, por exageración, inversión, sátira, o ironía, de algún modo corresponden al lugar de la Compañía en la Iglesia.

Al no ser contemplativos como los monjes antiguos, los jesuitas no son desacreditados como perezosos e inútiles. Al no ser llamados a ocupar puestos de alta autoridad, o a gobernar, como Papas y obispos, los jesuitas no son seriamente denunciados como tiranos, ni difamados por nepotismo y crímenes similares. Ignacio describe su orden como un escuadrón volante dispuesto para el servicio en cualquier parte, especialmente como educadores y misioneros. Las acusaciones principales contra la Compañía son desfiguraciones de estas cualidades. Si están listos para el servicio en cualquier parte del mundo, son llamados entrometidos, turbulentos, políticos sin apego a ningún país. Si no gobiernan, al menos han de ser ansiosos, ambiciosos, intrigantes, y acostumbrados a bajos niveles de moralidad, al menos para ganar el control de las conciencias. Si están bien disciplinados, se dirá que es por espionaje y supresión de la individualidad e independencia. Si son populares como maestros, se dirá que son buenos para los niños, buenos quizá como preparadores apresurados, pero malos educadores, sin influencia. Si son los confesores favoritos, su éxito será atribuido a sus laxas doctrinas morales, a su casuística, y por encima de todo a la máxima que se supone que justifica cualquier y todo acto malo: "el fin justifica los medios". Este quizá es el más destacado ejemplo de la ignorancia y mala voluntad de sus acusadores. Sus libros están abiertos a todo el mundo. Una y otra vez se ha pedido a los que les imputan como colectivo, o a alguna de sus publicaciones, la utilización de esta máxima para justificar el mal de cualquier clase, que citen un ejemplo de la utilización, pero todo en vano. El notable fracaso de Hoensbroech para establecer ante los tribunales civiles de Tréveris y Colonia (30 de Julio de 1905) un ejemplo tal de la enseñanza jesuita, debería silenciar ésta y similares acusaciones para siempre.

D. La Leyenda Jesuita

Es curioso que en la actualidad, incluso hombres ilustrados no tengan apenas interés en los hechos objetivos referentes a la Compañía, ni siquiera en los que se supone que van en su perjuicio. Toda la atención se centra en la leyenda jesuita; artículos de enciclopedia e historias generales apenas se refieren a otra cosa. La leyenda, aunque alcanzó su forma actual a mediados del Siglo XIX, empezó en un periodo muy anterior. Las primeras persecuciones de la Compañía (que contó unos 100 mártires en Europa durante su primer siglo) fueron respaldadas por autores apasionados, ruidosos y sin escrúpulos tales como Hassenmueller y Hospinian, quienes reunieron diligentemente y defendieron todas las acusaciones contra los jesuitas. Las ofensivas ideas que expusieron estos autores adoptaron rasgos más sutiles de engaño y duplicidad por medio de las "Monita Secreta Societatis Iesu" de Zahorowski (Cracovia, 1614), una sátira que desfiguraba la regla de la orden, que es francamente creída como genuina por los adversarios crédulos (ver Monita Secreta). La versión actual de la leyenda es francesa tardía, desarrollada durante el largo fermento revolucionario que precedió al Tercer imperio. Comenzó con las denuncias de Montlosier (1824-27), y se desarrolló con fuerza (1833-45) en la Universidad de París, que afectaba considerarse la representante de la Sorbona galicana, de Port-Royal, y de la Encyclopédie. La ocasión para las hostilidades literarias se dio por los intentos de reforma en la Universidad que, así fingieron creer los liberales, estaban instigadas por los jesuitas. En seguida se dio un lugar a las "Provinciales" en el currículum de la Universidad, y Villemain, Thiers, Cousin, Michelet, Quinet, Libri, Mignet, y otros respetables académicos tuvieron éxito mediante sus escritos y denuncias en dar al anti-jesuitismo una especie de moda literaria, no siempre con una escrupulosa observancia de la exactitud o la justicia. Más dañinas aún para la orden fueron las obras de teatro, las canciones, las novelas populares contra ella. De éstas la más célebre fue el "Juif errant"(Judío errante) de Eugène Sue (1844), que pronto se convirtió en el libro anti-jesuita más popular jamás impreso, y ha hecho más que ningún otro para dar su forma final a la leyenda jesuita.

La característica específica de esta fábula es que apenas tiene nada que ver en absoluto con la orden, habiéndose copiado simplemente sus rasgos de la masonería. El anterior fantasma jesuita era uno que al menos habitaba iglesias y colegios, y operaba a través del confesionario y del púlpito. Pero esta creación de la ficción moderna ha perdido toda relación con la realidad. Él (o incluso ella) es una persona, no necesariamente un sacerdote, a las órdenes del Papa negro que vive en un mundo imaginario de escaleras traseras, armarios y oscuros pasadizos. Se ocupa de tramar e intrigar, hipnotizando a los débiles y corrompiendo a los honrados, ocupaciones diversificadas por crímenes secretos o intentos melodramáticos de crímenes de toda especie. Vemos que la idea está tomada en conjunto del método de vida real, o supuesto, del masón continental. Aún así ésta es la clase de absurdo sobre el que corresponsales especiales envían telegramas a los periódicos, sobre el que agitadores revolucionarios y astutos políticos hacen largos discursos inflamados, sobre el que obras corrientes de referencia discuten bastante seriamente, al que ninguno de nuestros autores populares se atreve a presentar como una impostura (ver Brou, op. cit., infra II, 199-247).

E. Algunas objeciones modernas

(1) Sin haber renunciado a las viejas objeciones históricas ( para cuyo estudio pueden consultarse las secciones históricas de este artículo), los anti-jesuitas de hoy acusan a la Compañía de estar anticuada respecto del Zeitgeist moderno, de ser hostil a la libertad y la cultura, y de ser un fracaso. La libertad, a continuación de la inteligencia (y algunos la ponen antes), es la más noble de las cualidades humanas. Sus enemigos son los enemigos de la raza humana. Aun así se dice que el sistema de Ignacio, al aspirar a una "obediencia ciega", paraliza el juicio y por consiguiente expulsa la voluntad, introduciendo en su lugar la voluntad del superior, como un relojero reemplaza un muelle por otro (cf. Encyc. Brit., 1911, XV, 342); perinde ac cadaver, "como un cadáver", también, "similar al bastón de un anciano" - por tanto muerto y desmayado, similar a meras máquinas, incapaces de distinción individual (Bohmer-Monod, op. cit. infra, p. lxxvi).

La agudeza de esta objeción reside en su audaz inversión de ciertas verdades simples. En realidad nadie amaba la libertad mejor o la aseguraba más cuidadosamente que Ignacio. Pero él sostenía el principio más profundo de que la verdadera libertad consiste en obedecer a la razón, siendo licencia todas las demás opciones. Los que se consideran a sí mismos libres para desobedecer incluso las leyes de Dios, que declaran toda regla en la Iglesia una tiranía, y que aspiran al amor libre, al divorcio libre, y al libre pensamiento - rechazan, por supuesto, su teoría. Su costumbre en la práctica era formar la voluntad tan completamente que sus hombres fueran capaces en poco tiempo de "elevar a su nivel" a otros (una cosa más difícil), incluso aunque vivieran fuera de los claustros, sin apoyo externo para su disciplina. Los maravillosos logros de contener y hacer retroceder la marea de la Reforma, en lo que se debió a los jesuitas, fue el resultado del poder aumentado de la voluntad dado a los anteriormente irresolutos católicos por los métodos de Ignacio. Respecto a la obediencia "ciega", debemos señalar que toda obediencia debe ser ciega hasta cierto punto - "Lo suyo no es razonar el por qué, sino que lo suyo es hacer y morir". Ignacio tomó de antiguos escritos ascéticos las fuertes metáforas del "hombre ciego", "el cadáver", "el bastón del anciano", para ilustrar la naturaleza de la obediencia de manera vívida; pero no quiere llevar esas metáforas hasta la muerte. No sólo quiere que el subordinado implique tanto a la cabeza como al corazón en la ejecución de la orden, sino que conociendo la naturaleza humana y sus flaquezas, reconoce que surgirán cuestiones cuando la orden del superior pueda parecer impracticable, irrazonable, o mala a un subordinado libre y puede que realmente así sea. En tales casos es una tarea reconocida del subordinado apelar, y su juicio tanto como su conciencia, incluso cuando pueda ocurrir que está mal formada, debe ser respetado; las Constituciones prevén la resolución de tales conflictos mediante la discusión y el arbitraje, una disposición que sería inconcebible, salvo que se reconociera y respetara una voluntad y una opinión libres, independientes de, y posiblemente opuestas a, la del superior. Ignacio espera de sus subordinados que estén "muertos" o "ciegos" sólo con respecto a la pereza, a la pasión, al interés propio, y a la autoindulgencia, que impediría la pronta ejecución de las órdenes. Tan lejos está de desear una ejecución mecánica, que explícitamente denigra "la obediencia, que se ejecuta sólo en trabajo", como "indigna del nombre de virtud" y urge calurosamente a "inclinarse, con todas las fuerzas de la mente y el corazón, a que debemos llevar a cabo las órdenes rápida y completamente" (Carta sobre la obediencia, sec. 5, 14). Una ilustración adicional del amor de Ignacio por la libertad la podemos encontrar en los Ejercicios Espirituales, y en el carácter de ciertas doctrinas teológicas, como el Probabilismo y el Molinismo (con sus modificaciones subsiguientes) que son enseñados habitualmente en las escuelas jesuitas. Así, el Molinismo "está por encima de todo determinado a rodear con un muro de seguridad la libre voluntad" (ver Gracia, Controversias sobre la) y el Probabilismo (vid.) enseña que la libertad no puede ser restringida salvo que la fuerza de restricción se fundamente en una base de seguridad. La característica de ambas teorías es enfatizar el carácter sagrado de la libre voluntad, algo más de lo que se hace en otros sistemas. Los Ejercicios Espirituales, el secreto del éxito de Ignacio, son una serie de consideraciones ordenadas, como él dice al ejercitante desde el principio, a permitirle hacer una opción o elección sobre los principios supremos y sin miedo a las consecuencias. También se advierte al sacerdote que explica las meditaciones para que tenga el mayor cuidado de no inclinar al ejercitante más hacia un objeto de elección que hacia otro (Anot. 15).

Es obviamente imposible esperar que los autores antijesuitas de nuestra época se enfrenten a su materia con sentido común o de manera científica. Si lo hicieran, uno señalaría que la única manera racional de investigar la cuestión sería aproximarse a las personas bajo discusión (que son después de todo muy accesibles), y ver si no tienen carácter, como se dice que son. Otra prueba sencilla sería volver sobre las vidas de sus grandes misioneros, Brebeuf, Marquette, Silveira, etc. Ningún hombre menos parecido a "meras máquinas" hubiera sido posible de concebir. Los éxitos de la Compañía en la educación confirman la misma conclusión. Es verdad que últimamente, como medida preparatoria del cierre de sus escuelas por la violencia, los anti-jesuitas franceses afirmaron tanto por escrito como en la Cámara que la educación jesuita produce meros instrumentos, apocados, nulidades sin iniciativa. Pero la razón real fue notoriamente que los estudiantes de las escuelas jesuitas eran excepcionalmente afortunados en los exámenes de ingreso como oficiales del ejército, y mostraron ser los hombres más valerosos y vigorosos de la nación. En un asunto controvertido como éste, la prueba más obvia de que la educación de la Compañía adapta a sus discípulos a la lucha de la vida se encuentra en la disposición constante de los padres a confiar a sus hijos a los jesuitas incluso cuando, desde un punto de vista meramente mundano, parecería haber muchas razones para vacilar. (Una discusión sobre esta cuestión, desde un punto de vista francés, se encontrará en Brou, op. cit. infra, II, 490; Tampe en "Etudes", París, 1900, pp. 77, 749). Apenas es necesario añadir que naturalmente los métodos de disciplina escolar diferirán en gran medida en los distintos países. La Compañía preferiría ciertamente observar, mutatis mutandis, su bien probado Ratio Studiorum; pero está lejos de creer que las costumbres locales (como por ejemplo las relativas a la vigilancia) y la disciplina externa deban ser uniformes en todas partes.

(2) Otra objeción análoga a la supuesta hostilidad a la libertad es la presunta Kulturfeindlichkeit, hostilidad a lo que es culto e intelectual. Este grito se ha elevado principalmente por los que rechazan la teología católica como un dogmatismo, que se burlan de la filosofía católica como escolástica, y de la insistencia de la Iglesia en la inspiración bíblica como retrógrada y acientífica. Tales hombres tienen poco en cuenta el trabajo por los ignorantes y los pobres, tanto en el interior como en las misiones, hablan de la pobreza evangélica, de las prácticas de penitencia y de mortificación, como si fueran envilecedoras y retrógradas. Comparan sus numerosas y ricamente dotadas universidades con los pocos y relativamente pobres seminarios de los católicos y de los jesuitas, y sus progresos en una multitud de ciencias con la timidez intelectual (como ellos creen) de aquellos cuya suprema ambición es no ir más allá de la ortodoxia teológica. Los jesuitas, dicen, son los líderes de la Kulturfeindliche; su gran objeto es reforzar las tradiciones anticuadas. No han producido genios, mientras que hombres a los que habían formado, y que se liberaron de sus enseñanzas, Pascal, Descartes, Voltaire, han influido poderosamente en las creencias filosóficas y religiosas de grandes masas de la humanidad; mientras que la respetable mediocridad es la marca de la larga lista de nombres jesuitas en los catálogos de Alegambe y de Backer. Bajo Bismarck y Waldeck-Rousseau argumentos de este tipo fueron acompañados de decretos de expulsión y de confiscación de bienes.

Esta objeción surge principalmente del prejuicio -religioso, a nivel mundial, o nacional. El católico opinará más bien mejor que peor de hombres que son denunciados y perseguidos por razones que se aplican a toda la Iglesia. Es verdad que las escuelas jesuitas modernas son a menudo más pequeñas y pobres que los establecimientos de sus rivales, que a veces se instalan en las academias que los jesuitas de épocas anteriores lograron fundar y dotar. No se va a cuestionar que la suma total de instituciones de enseñanza en manos de no católicos es mayor que la que está en manos de nuestros correligionarios, pero el amor a la cultura seguramente no se ha extinguido en los jesuitas franceses, alemanes o portugueses exilados, quienes quizá privados de todo lo que poseen, en seguida comienzan de nuevo su tarea de estudio, escritura o de educación. Son muy raros los casos en que los jesuitas, viviendo entre gente emprendedora, se han conformado con la inferioridad educativa. Por la superioridad sobre otros, incluso en enseñanza sagrada, la Compañía no compite ni debe hacerlo. En su propia línea, esto es, en teología católica, filosofía y exégesis, ellos esperan no estar en un nivel inferior al de su generación, y por eso, lejos de conformarse con una inferioridad intelectual, aspiran a hacer sus escuelas tan buenas como las circunstancias se lo permitan. También reclaman haber formado muchos buenos estudiosos en casi todas las ciencias.

La objeción de que los maestros jesuitas no influyen en las masas de la humanidad, mientras hombres como Descartes y Voltaire, tras romper con la educación jesuita, lo han hecho, deriva su fuerza de pasar por alto la labor principal de los jesuitas, que es salvar las almas, y cualquier medio legítimo que ayude a ese fin, como, por ejemplo, el mantenimiento de la ortodoxia. Es fácil olvidar esto, y los que objetan probablemente lo despreciarán, incluso si lo reconocen. La labor no es llamativa, mientras que la de los satíricos, los iconoclastas, y periodistas atrae la atención. Evitando comparaciones, es seguro decir que los jesuitas han hecho mucho por mantener la enseñanza de la ortodoxia, y que los ortodoxos superan mucho en número a los seguidores de hombres como Voltaire y Descartes. Sería imposible, dada la naturaleza del caso, idear una prueba satisfactoria que demuestre qué amor a la cultura, especialmente a la cultura intelectual, hay en un colectivo tan diverso y disperso como la Compañía. Muchas podrían aplicarse, y una de las más eficaces es la regularidad con que cada prueba revela refinamiento y estudio en cualquier parte de sus filas, incluso en las pobres y lejanas misiones extranjeras. A alguno le parecerá significativo que el Papa, cuando busca teólogos y consultores para diversos colegios y congregaciones romanas, deba tan frecuentemente elegir a jesuitas,

Un colectivo relativamente pequeño, un treinta o un cuarenta por ciento de cuyos miembros están empleados en misiones extranjeras o entre los pobres de nuestras grandes ciudades. Los periódicos de los jesuitas, de los que una lista se da más abajo, suministran otra indicación de cultura, y favorable, a aquellos a quienes ha de recordarse que estas publicaciones están principalmente escritas con una finalidad de popularizar el conocimiento. Los libros más serios e ilustrados deben estudiarse por separado. La prueba más impresionante de todas es la ofrecida por la gran bibliografía jesuita del Padre Sommervogel, mostrando más de 120.000 autores, y una lista casi interminable de libros, panfletos, y ediciones. No hay otro colectivo en el mundo que pueda mostrar tal monumento. Cavillers puede decir que el signo distintivo es la "respetable mediocridad"; incluso así el valor del conjunto será muy notable, y podemos estar seguros de que jueces menos prejuiciosos y por tanto mejores tendrán una superior estimación. Las obras maestras, además, en todos los campos de la enseñanza eclesiástica y en varias de las ramas seculares no son raras. La afirmación de que la Compañía ha producido pocos genios no produce impresión en las bocas de aquellos que no han estudiado, o son incapaces de estudiar o juzgar, a los autores en discusión. De nuevo la objeción, sea cual sea su valor, confunde dos ideales. Los organismos educativos deben necesariamente formar por clases y escuelas y producir hombres formados sobre líneas definidas. Por otro lado, el genio es independiente de la formación y no se conforma a un tipo. Es irrazonable reprochar al sistema educativo de un misionero por no poseer las ventajas que ningún sistema puede ofrecer. Pues es bueno tener presente que el genio no se limita a solos los escritores y estudiosos. Hay un genio de organización, exploración, empresa, diplomacia, evangelización, y ejemplos de ello, en una u otra de estas direcciones, son bastante comunes en la Compañía.

Los hombres divergirán en sus estimaciones respecto a si la cantidad de genios jesuitas es o no grande, según la estimación que hagan de estos estudios en los que es más fuerte la Compañía. Pero tanto si la cantidad es grande como si es pequeña, no se ve impedida por los esfuerzos de Ignacio en pro de la uniformidad. La objeción tomada de las palabras de la regla "Decid todos lo mismo siempre que sea posible" no es convincente. Esta es una cita truncada, pues Ignacio continua añadiendo "iuxta Apostolum", una referencia evidente a la epístola de San Pablo a los Filipenses, 3, 15,16, más allá de la cual no va. En realidad, el objeto de Ignacio es el práctico de evitar que celosos profesores malgasten su tiempo de enseñanza discutiendo pequeños puntos en los que puedan diferir de sus colegas. Los autores y maestros de la Compañía nunca están obligados a la misma rígida aceptación de las opiniones de otro como es a menudo el caso en otros lugares, vg., en la política, la diplomacia, o el periodismo. Los miembros de una plantilla de escritores destacados tienen constantemente que hacer pasar por propias convicciones, no realmente suyas, a mandato del editor; mientras que los autores y maestros jesuitas escriben y hablan casi invariablemente en su propio nombre, y con una variedad de tratamiento y una libertad de pensamiento que se compara favorablemente con otros exponentes de los mismos asuntos.

(3) Fracaso

La Compañía nunca se ha "relajado", ni precisado una "reforma" en el sentido técnico en que estos términos se aplican a las órdenes religiosas. Las constantes relaciones entre todas las partes capacita al general a descubrir muy pronto cuando algo va mal, y sus amplios poderes para nombrar nuevos cargos han sido siempre suficientes para mantener un alto nivel tanto de disciplina como de virtud religiosa. Por supuesto, han surgido críticos, que han trastocado este hecho generalmente reconocido. Se ha dicho que

el fracaso se ha convertido en una nota de las empresas jesuitas. Otras instituciones religiosas y de enseñanza perduran siglo tras siglo. La Compañía apenas tiene una casa de cien años de antigüedad, muy pocos que no la hacen lo bastante moderna. Sus grandes glorias misioneras, Japón, Paraguay, China, etc. pasaron como el humo, e incluso ahora, en países predominantemente católicos, está prohibida y sus obras arruinadas, mientras que otros católicos se salvan y perduran. También que

después de la época de Acquaviva, siguió un periodo de decadencia;

las discusiones sobre el Probabilismo, el tiranicidio, la equivocación, etc., causaron un fuerte y continuo declive en la orden;

la Compañía tras la época de Acquaviva comenzó a adquirir enormes riquezas y los profesos vivían lujosamente;

la energía religiosa fue enervada por las intrigas políticas y disensiones internas. (a) La palabra "fracaso" se toma aquí de dos formas diferentes - fracaso por decadencia interna y fracaso por violencia externa. La primera es deshonrosa, la última puede ser gloriosa, si es buena la causa. Si los fracasos de la Compañía, como su supresión, y la violenta expulsión de varios países incluso en nuestra época fueron fracasos deshonrosos es una cuestión histórica tratada en otro lugar. Si lo fueron, entonces debemos decir que tales fracasos contribuyen a la reputación de la orden, que son más aparentes que reales, y que la Providencia de Dios hará, a su propia manera, buena la pérdida. En efecto vemos a la Compañía sufriendo con frecuencia, pero con igual frecuencia recuperándose y renovando su juventud. Sería inexacto decir que las persecuciones que ha sufrido la Compañía han sido tan grandes y continuas como para ser irreconciliables con el habitual curso de la Providencia, que acostumbra a mitigar la adversidad con el alivio, para hacer posible la resistencia (I Cor., 10, 13). Así, mientras que se puede decir que muchas comunidades jesuitas se han visto forzadas a disolverse en los últimos treinta años, otras han tenido una existencia corporativa de dos o tres siglos. El Colegio de Stonyhurst, por ejemplo, sólo tiene 116 años en su actual sitio, pero su vida corporativa es 202 años más antigua todavía; aun así las páginas más gloriosas de su historia son las de sus persecuciones, en las que perdió, tres veces en total, todo lo que poseía, y, escapando apenas por la huída, renovó una vida incluso más honorable y distinguida que la que le había precedido, una fortuna probablemente sin igual en la historia de la pedagogía. También los Bolandos (vid.) y el Colegio Romano pueden citarse como ejemplos bien conocidos de instituciones que, aunque una vez derribadas, han revivido y florecido después tanto como antes, si no más. Se puede citar como ejemplo, también, la provincia alemana que, aunque llevada al exilio por Bismarck, ha más que doblado su número anterior. El Cristianismo que los jesuitas implantaron en Paraguay sobrevivió de manera portentosa, después de irse ellos, y el redescubrimiento de la Iglesia en Japón presta un glorioso testimonio de la perfección de los antiguos métodos misioneros.

(b) Volviendo al punto de la decadencia tras la época de Acquaviva, podemos conceder libremente que ninguna generación subsiguiente contuvo tantas grandes personalidades como la primera. Los primeros cincuenta años muestran casi todos los santos de la Compañía y una gran proporción de sus grandes autores y misioneros. Pero el mismo fenómeno se observa en casi todas las órdenes, de hecho en muchas otras instituciones humanas tanto sagradas como profanas. Respecto a las disensiones internas tras la muerte de Acquaviva, la verdad es que los problemas graves ocurrieron antes, no después de ella. La razón de esto es fácilmente comprensible. Los problemas internos vinieron principalmente del conflicto de opiniones que era inevitable mientras las Constituciones, las reglas, y las tradiciones generales del cuerpo se estaban amoldando. Esto duró hasta casi el fin del generalato de Acquaviva. El problema peor vino al principio, bajo el propio Ignacio con respecto a Portugal como se ha explicado en otro lugar (ver Ignacio de Loyola). El conflicto de Acquaviva con España fue el siguiente en gravedad.

(c) Después de la muerte de Acquaviva de hecho encontramos algunas calurosas discusiones teológicas sobre el Probabilismo y otros puntos, pero en realidad todo este conflicto y los debates sobre el tiranicidio y la equivocación tuvieron mucho más que ver con controversias externas que con la división interna. Después de que se hubieran razonado plenamente y resuelto por la autoridad papal, el acuerdo fue aceptado por toda la Compañía sin ningún problema.

(d) La alegación de que los jesuitas fueron siempre inmensamente ricos es demostrablemente una fábula. Parecería haber surgido de la presuposición vulgar de que todos los que viven en grandes casa o iglesias deben ser muy ricos. La alegación fue explotada ya en 1594 por Antoine Arnauld, quien declaró que los jesuitas franceses tenían una renta de 200.000 livres (50.000 libras, que podrían multiplicarse por seis para obtener el poder adquisitivo relativo de esa época). Los jesuitas respondieron que sus veintidós colegios e iglesias, que tenían una plantilla de 500 a 600 personas, tenían en total sólo 60.000 livres (15.000 libras). Las rentas anuales exactas de la provincia inglesa durante unos 120 años se han publicado por Foley (Registros S.J., VII, Introd., 139). Duhr (Jesuitenfabeln, 1904, 606, etc.) da muchas cifras de la misma clase. Podemos por tanto decir ahora que las rentas de colegio eran, para su finalidad, muy moderadas. Los rumores de inmensas riquezas adquirieron vigencia adicional por dos sucesos, el Restitutionedikt de 1629, y la licencia, a veces concedida por la autoridad papal, a los procuradores de las misiones extranjeras para incluir en la venta de los productos de sus propias granjas de la misión los productos de sus conversos nativos, que eran generalmente demasiado incultos e infantiles para hacer negocios por sí mismos. El Restitutionedikt, como se ha explicado (ver arriba, Alemania), no condujo a resultados permanentes, pero la venta del producto de las misiones llegó notoriamente al conocimiento público en la época de la Supresión, por la quiebra del Padre La Valette (ver, en el artículo de arriba, Supresión, Francia). En ningún caso las transacciones monetarias, tal como fueron, afectaron al nivel de vida en la propia Compañía, que siguió siendo siempre el de los honesti sacerdotes de su época (ver Duhr, op. cit. infra, pp. 582-652).

Durante los meses finales de 1761 muchos otros prelados escribieron al rey, al canciller, M. de Lamoignon, protestando contra el arrêt del Parlement de 6 de Agosto de 1761 y prestando testimonio de la a su juicio injusticia de las acusaciones hechas contra los jesuitas, y de la pérdida que sufrirían sus diócesis por su supresión. De Ravignan da los nombres de veintisiete de tales obispos. De la minoría, cinco de seis entregaron una respuesta colectiva, aprobando la conducta y la enseñanza de los jesuitas. Estos cinco obispos, el cardenal de Choiseul, hermano del estadista, Mons. de La Rochefoucauld, arzobispo de Ruán, y Mons. Quiseau de Nevers, Choiseul-Beaupré de Châlons, y Champion de Cicé de Auxerre, declararon que "la confianza depositada en los jesuitas por los obispos del reino, todos los cuales los aprueban en sus diócesis, es la evidencia de que todos ellos son considerados útiles en Francia", y que en consecuencia, ellos, los que escriben, "suplican al rey conceda su real protección y mantenga para la Iglesia de Francia una Compañía recomendable por los servicios que presta a la Iglesia y al Estado y que se puede confiar que la vigilancia de los obispos la mantendrá libre de los males que se teme podrían llegar a afectarla." A la segunda y la tercera de las preguntas del rey respondieron que ocasionalmente jesuitas individuales han enseñado doctrinas dignas de reproche o invadido la jurisdicción de los obispos, pero que la falta no ha sido lo bastante general como para afectar al colectivo en su conjunto. A la cuarta pregunta responden que "la autoridad del general como acostumbra a ser y debe ser ejercida en Francia no parece necesitar modificación; ni ven nada objetable en los votos jesuitas". De hecho, el único punto en el que difieren de la mayoría es en la sugestión de que "para eliminar todas las dificultades en el futuro sería bueno solicitar de la Santa Sede que publique un Breve fijando con precisión los límites para ejercer la autoridad del general en Francia que requieren las máximas del reino".

Testimonios como estos podrían multiplicarse indefinidamente. Entre ellos, uno de los más significativos es el de Clemente XIII, fechado el 7 de Enero de 1765, que menciona específicamente las cordiales relaciones de la Compañía con los obispos de todo el mundo, precisamente cuando se estaba tramando su supresión. En sus libros sobre Clemente XIII y Clemente XIV, de Ravignan hace constar las actas y cartas de muchos obispos a favor de los jesuitas, enumerando los nombres de casi 200 obispos de todas las partes del mundo. De una fuente secular el testimonio más notable es el de los obispos franceses cuando la hostilidad hacia la Compañía predominaba en las altas esferas. El 15 de Noviembre de 1761, el conde de Florentin, ministro de la Casa Real, ordenó al cardenal de Luynes, arzobispo de Sens, que convocara a los obispos entonces en París para investigar los siguientes puntos:


La utilidad que los jesuitas podían tener en Francia, y las ventajas o males que podría esperarse acompañaran a su separación de las diferentes funciones a ellos encomendadas.

La forma en la que en su enseñanza y práctica se conducían los jesuitas con respecto a las opiniones peligrosas para la seguridad personal del soberano, a la doctrina del clero francés contenida en la Declaración de 1682, y con respecto a las opiniones ultramontanas en general.

La conducta de los jesuitas respecto a la subordinación debida a los obispos y superiores eclesiásticos, y respecto a si no infringen los derechos y funciones de los párrocos.

Qué limitación puede ponerse a la autoridad del General de los Jesuitas, tal como se ejerce hasta ahora en Francia. Para obtener el juicio de los eclesiásticos del reino sobre la acción del Parlement, no había preguntas más deseables, y los obispos convocados (tres cardenales, nueve arzobispos, y treinta y nueve obispos, esto es, en total cincuenta y uno) se reunieron a considerarlas el 30 de Noviembre. Nombraron una comisión compuesta de doce de ellos, a la que se dio un mes para su tarea, e informó debidamente el 30 de Diciembre de 1761. De estos cincuenta y un obispos, cuarenta y cuatro dirigieron una carta al rey, fechada el 30 de Diciembre de 1761, respondiendo a todas las cuatro preguntas en un sentido favorable a la Compañía, y dando bajo cada encabezamiento una clara explicación de sus razones.

A la primera pregunta los obispos responden que el "Instituto de los jesuitas ... está notoriamente consagrado al bien de la religión y al provecho del Estado". Comienzan señalando cómo una sucesión de Papas, San Carlos Borromeo, y los embajadores de los príncipes, que estaban presentes con él en el Concilio de Trento, junto con los Padres de ese Concilio en su capacidad colectiva, se habían pronunciado a favor de la Compañía, después de una experiencia de los servicios que podía prestar; cómo, aunque, en un primer momento, hubo un prejuicio contra ella en Francia, por motivo de ciertas novedades en sus constituciones, el soberano, los obispos, el clero, y el pueblo se habían, al llegar a conocerla, apegado firmemente a ella, como se testimonió por las demandas de los Estados Generales en 1614 y 1615, y de la Asamblea del Clero en 1617, organismos que deseaban colegios jesuitas en París y las provincias como "el mejor medio adaptado para implantar en los corazones de la gente la religión y la fe". Se referían también al lenguaje de muchas cartas patentes por las que los reyes de Francia habían autorizado diversos colegios jesuitas, particularmente el de Claremont, en París, que Luis XIV había deseado llevara su propio nombre, y que había llegado a ser conocido como el Colegio de Louis-le-Grand. Luego, viniendo a su experiencia personal, prestaban testimonio de que "los jesuitas son muy útiles en nuestra diócesis, para la predicación, para la guía de almas, para implantar, mantener y renovar la fe y la piedad, mediante sus misiones, congregaciones, retiros que llevan a cabo con nuestra aprobación y bajo nuestra autoridad" De ahí que concluyan que "sería difícil reemplazarlos sin pérdida, especialmente en las ciudades de provincia, donde no hay universidad".

A la segunda pregunta los obispos responden que, si hubiera alguna realidad en la acusación de que la enseñanza jesuita fuera una amenaza a las vidas de los soberanos, los obispos habrían tomado medidas desde hace mucho tiempo para reprimirla, en vez de confiar a la Compañía las funciones más importantes del ministerio sagrado. También indican la fuente en que tiene su origen ésta y similares acusaciones contra la Compañía. "los calvinistas" dicen "intentaron con todas sus fuerzas destruir en su cuna una Compañía cuyo principal objeto era combatir sus errores... y difundieron muchas publicaciones en los que señalaban a los jesuitas como profesando una doctrina que amenazaba las vidas de los soberanos, porque acusarlos de un crimen tan capital era el medio más seguro de destruirlos; y de los prejuicios así suscitados contra ellos se han apropiado desde entonces con avidez todos los que tenían algún motivo interesado para objetar la existencia de la Compañía (en el país)." Los obispos añaden que las acusaciones contra los jesuitas que se estaban haciendo en ese momento en tantos escritos con los que se inundaba el país no eran sino refundiciones de lo que se había dicho y escrito contra ellos a lo largo del siglo y medio anterior.

A la tercera pregunta responden que los jesuitas han recibido sin duda numerosos privilegios de la Santa Sede, la mayor parte de los cuales, sin embargo, y los más amplios, se les han acumulado por comunicación con las demás órdenes a las que se les había originariamente concedido; pero que la Compañía se había acostumbrado a usar sus privilegios con moderación y prudencia.

La cuarta y última de las preguntas no es pertinente aquí, y omitimos la respuesta. El arzobispo de París, que era uno de los obispos reunidos, aunque sobre la base de los precedentes prefirió no firmar la declaración de la mayoría, la aprobó en una carta separada que dirigió al rey.

(e) No se puede negar que, como la Compañía adquirió reputación e influencia incluso en las cortes de reyes poderosos, surgieron ciertos problemas domésticos, de los que no se habían tenido noticia antes. Algunas envidias fueron inevitables, y algunas pérdidas de amistad; también hubo peligro de que los defectos de la corte se contagiaran a los que la frecuentaban. Pero es igualmente claro que la Compañía estuvo celosamente alerta en esta materia, y parecería que sus precauciones tuvieron éxito. La observancia religiosa no sufrió de manera apreciable. Pero poca gente del Siglo XVII, si hubo alguna, se dio cuenta de los graves peligros que se estaban derivando del gobierno absoluto, el declive de energía, el deseo disminuido de progreso. La Compañía como el resto de Europa sufrió bajo esas influencias, pero fueron claramente externas, no internas. En Francia, la dañina influencia del Galicanismo debe admitirse (ver más arriba, Francia). Pero incluso en este sombrío periodo encontramos a los jesuitas franceses en el nuevo campo de misiones del Canadá mostrando un fervor digno de la más altas tradiciones de la orden. La prueba final y más convincente de que no hubo nada seriamente malo en la pobreza y la disciplina de la Compañía hasta la época de su supresión la ofrece la incapacidad de sus enemigos de sustanciar sus acusaciones cuando, tras la supresión, todas las cuentas y documentos de la Compañía pasaron en bloque a posesión de sus adversarios.¡Qué incomparable oportunidad de probar al mundo esas alegaciones que hasta ahora carecían de respaldo! Pese a ello, después de un cuidadoso escrutinio de los documentos, tal intento no se hizo. No se podían probar graves faltas.

Ni a mediados del Siglo XVIII ni en ninguna época anterior hubo decadencia interna de la Compañía; no hubo pérdida en cifras, sino al contrario, un crecimiento constante; no hubo disminución en el saber, moralidad, celo. De 1.000 miembros en 12 provincias en 1556, había crecido a 13.112 en 27 provincias en 1615; a 17.665 en 1680, 7.890 de los cuales eran sacerdotes, en 35 provincias con 48 noviciados, 28 casas profesas, 88 seminarios, 578 colegios, 160 residencias y 106 misiones extranjeras; y a despecho de todos los obstáculos, persecuciones, expulsiones, durante los Siglos XVII y XVIII, en 1749 se contaban 22.589 miembros, de los cuales 11.293 eran sacerdotes, en 41 provincias, con 61 noviciados, 24 casas profesas, 176 seminarios, 669 colegios, 335 residencias, 1.542 iglesias, y 273 misiones extranjeras. Que no hubo disminución en el saber, moralidad, o celo los historiadores en general lo atestiguan, sean hostiles o amistosos respecto a la Compañía (ver Maynard, "Los jesuitas, sus estudios y su enseñanza").

Sobre este punto el testimonio de Benedicto XIV será seguramente aceptado como incontrovertible. En una carta fechada el 24 de Abril de 1748, dice que la Compañía es aquella "cuyos religiosos tienen reputación en todas partes de tener el buen aroma de Cristo, principalmente porque, para el progreso de los jóvenes que frecuentan sus iglesias y escuelas en busca de conocimiento liberal, sabiduría, y cultura, tanto como de actos y hábitos de piedad y religiosidad cristiana, ejercitan celosamente todos los esfuerzos para el provecho de los jóvenes".

En otra carta que lleva la misma fecha dice:

Es una convicción universal confirmada por declaración pontificia [Urbano VIII, 6 de Agosto de 1623] que así como Dios Todopoderoso suscitó otros hombres santos en otras épocas, así suscitó a San Ignacio y la Compañía por él establecida para oponerse a Lutero y los herejes de su tiempo; y los religiosos hijos de esta Compañía, siguiendo la luminosa vía de tan gran padre, continúan dando un inagotable ejemplo de las virtudes religiosas y una distinguida habilidad en toda clase de saber, más especialmente en lo sacro, de modo que, como su cooperación es un gran servicio en la exitosa conducción de los asuntos más importantes de la Iglesia Católica, en la restauración de la moralidad, y en la cultura liberal de los jóvenes, merecen nuevas pruebas del favor apostólico.

En el párrafo siguiente habla de la Compañía como "la más meritoria de la religión ortodoxa" y más adelante dice: "Abunda en hombres cualificados en todas las ramas del saber". EI 27 de Septiembre de 1748, elogió al General de la Compañía y a sus miembros "por sus arduos y fieles trabajos de sembrar y propagar por todo el mundo la fe y unidad católica, tanto como la doctrina y piedad católica, en toda su integridad y santidad". El 15 de Julio de 1749, habla de los miembros de la Compañía como "hombres que mediante su asiduo trabajo se esfuerzan en instruir y formar a los fieles de ambos sexos en todas las virtudes, y en celo por la piedad y doctrina cristiana". "La Compañía de Jesús" escribía el 29 de Marzo de 1753, "estrechamente adherida a las espléndidas lecciones y ejemplos dados por su fundador, San Ignacio, se dedica al máximo a esta piadosa obra [los ejercicios espirituales] con tanto ardor, celo, caridad, atención, vigilancia, trabajo...", etc.

Para las primeras controversias ver los artículos de Annat, Cerrutti, Forer, Gretzer. Grou, y Reiffenberg en Sommervogel, y la lista completa de apologías jesuitas, ibíd., X, 1501. Bohmer-Monod, Les jesuites (París, 1910); Gioberti, Il Gesuita moderno (Lausana, 1840); Griesinger, Hist. of the Jesuits (Londres, 1872); Hoenbroech, Vierzehn Jahre Jesuit (Leipzig, 1910); Huber, Der Jesuiten-Orden (Berlín, 1873); Michelet-Quintet, des jesuites (París, 1843); Muller, Les origines de la comp. de Jesus (París, 1898); Reusch, Beitrage fur Gesch. der jesuiten (Munich, 1894); Taunton, Hist. of the Jesuits in England (Londres, 1901); Theiner, Hist. des institutions chret d'education eccles. (Tr. fr., Cohan, París, 1840). Discusiones sobre los autores citados arriba y otros hostiles se encontrarán en los periódicos jesuitas citados más arriba; ver también Pilatus (Viktor Naumann), Der Jesuitismus (Ratisbona, 1905), 352-569, una buena crítica, por un autor protestante, de la literatura anti-jesuítica; Briere, L'apologitique de Pascal et la mort de Pascal (París, 1911), Brou, Les jesuites de la legende (París, 1906); Concerning Jesuits (Londres, 1902); Duhr, Jesuiten-Fabeln (Friburgo, 1904); Du Lac, Jesuites (París, 1901); Maynard, The Studies and Teachings of the Society of Jesus (Londres, 1855); Les Provinciales et leur refutation (París, 1851-2); De Ravignan, De l'existence et de l'institut des jesuites (París, 1844), tr. Seager (Londres, 1844); Weiss, Antonio de Escobar y Mendoza (Friburgo, 1911); Reusch, Der Index der verboten Bucher; Dolinger and Reusch, Gesch, des Moralstreitigkeiten; Darrel, A Vindication of St. Ignatius from Phanaticism, and of the Jesuites from the Calumnies laid at their charge (Londres, 1688); Hughes, Loyola and the Educat. System of the Jesuits (Nueva York, 1892); Pachtler-Duhr, Ratio Studiorum in Mon. Germ. paedagogica (Berlín, 1887); Swickerath, Jesuit Education, Its History and Principles in the Light of Modern Educational Problems (St. Louis, 1905).

J.H. POLLEN Transcrito por Michael Donahue Traducido por Francisco Vázquez