Herramientas personales
En la EC encontrarás artículos autorizados
sobre la fe católica
Martes, 24 de octubre de 2017

Antropología cristiana: El cristianismo crea un hombre nuevo

De Enciclopedia Católica

Saltar a: navegación, buscar

El humanismo cristiano es humanismo de virtudes, es decir, va creando un hombre "virtuoso", donde el bien va siendo cada vez más connatural a él, por el ejercicio repetido de actos de virtud.

Las virtudes naturales y humanas son reforzadas, potenciadas, por el cristianismo. El cristianismo crea hombres auténticos y plenos. ¿Es una ideología humanista, una ética humanista? ¿Tiene al hombre por centro? No, tiene a Jesucristo porque en Él sabemos quién es Dios y vemos qué es el hombre. El cristianismo conforma a cada hombre con el Modelo y Arquetipo, el Hombre Cristo Jesús.

Esto se hará a base de esfuerzo, trabajo interior, ascesis, desarrollando todo lo bueno del hombre, ejercitándolo en el bien y la verdad, en la belleza y el crecimiento de las virtudes para que forman parte de él, de su actuar.

"A cuantos se plantean la cuestión que ahora vamos a desarrollar, sobre la perfección humana, sobre el ideal hacia el cual el hombre moderno debe orientarse, se le ocurren muchos pensamientos que constituyen una de las características de la mentalidad de los hombres de nuestro tiempo. En general, estos pensamientos parten de una valoración negativa de los tipos humanos, según los cuales nos ha educado la pedagogía de las generaciones precedentes; una crítica audaz, y frecuentemente cruel, ataca a los hombres ejemplares que nos han precedido; la estatura de los héroes de los tiempos pasados se limita y se reduce a niveles frecuentemente inferiores a los normales, especialmente los representantes de las generaciones próximas a la nuestra son rechazados sin más como ineptos para enseñar algo a las generaciones juveniles, antes, por el contrario, son frecuentemente acusados como culpables de las situaciones inaceptables para la juventud actual que las ha heredado todo el bien que los viejos o los que empiezan a serlo, han hecho o han intentado hacer, se olvida de buen grado; todo debe ser pensado de nuevo y emprendido sin tener en cuenta, más aún, en oposición con el dato tradicional, que el curso del tiempo y la madurez civil nos presentan como fruto de inmensas fatigas y digno de honrosa gratitud.

Todo es equivocado, se dice, por lo menos todo debe ser abandonado y hecho de nuevo con respecto a la figura del hombre, que hasta ayer era considerada como ejemplar. Se quiere un humanismo nuevo. Tan nuevo que continuamente están rechazando las fórmulas humanísticas presentadas hasta ayer y hasta hoy por las diversas escuelas del pensamiento o por los diversos movimientos sociales. En la búsqueda de una originalidad siempre nueva se cae fácilmente en un conformismo con algún autor discutible que esté de moda, y precisamente porque está de moda.

La vocación del cristiano

Pero en la búsqueda de una humanidad típica e ideal existen también pensamientos positivos, especialmente en el ámbito afortunado de nuestra comunidad eclesial. Toda la doctrina sobre la perfección de la vida religiosa, el llamamiento a la santidad que nace de la misma vocación cristiana, la afirmación de los valores, no sólo de la esfera sobrenatural de la gracia, sino también del orden y de la actividad temporal, que el Concilio ha repetido en sus documentos, nos ayudan a creer que el seguidor de Cristo puede y debe tener también hoy su propia grandeza moral, heredada, ciertamente, pero viva y que debe ser recordada, de la cual, si él no tiene siempre la más alta prerrogativa, por desgracia, en su vida práctica, tiene, sin embargo, su secreto, la fórmula justa en el campo doctrinal. El cristiano que es lo de verdad es el hombre verdadero, es el hombre que se realiza plena y libremente a sí mismo; y todo ello, inspirándose en un modelo de infinita perfección y de insuperable humanidad. Cristo, Nuestro Señor, imitable en algunas formas necesarias, las exigidas por la fe y por la gracia, y en muchas otras, sugeridas por su propio carácter de cristiano y por su consciente elección (cf. Sto. Tomás, I-II, 109,1).

Aquí encontramos una objeción difundida y repetida en la historia y en la literatura, que se hizo clásica por el eco que encontró en autores célebres como Maquiavelo y Pascual (cf. Papini, Escritores y artistas, 1959, p. 443), y que, formulada por Sismondi en el último volumen de su historia de las repúblicas italianas en la edad Media, tuvo el honor de una reputación tan sagaz como respetuosa en una obra, demasiado subestimada incluso en Italia (cf. Croce), y demasiado olvidada también por nosotros los católicos. Nos referimos a las “Observaciones sobre la moral católica”, que merecen todavía hoy, a nuestro juicio, el estudio y la admiración, no sólo de los cultivadores de las obras literarias del gran escritor, sino de los creyentes, y no sólo de los de ayer, sino también de los de hoy (cf. el elogiable estudio de Humberto Colombo, en el vol. III de “Opera Omnia de Manzoni”).

La objeción, a saber: de que la religión católica, especialmente en su presentación de las doctrinas morales, debilita el verdadero sentido moral, antepone las doctrinas dogmáticas a los dictámenes de la conciencia, prefiera el quietismo y las virtudes teologales a los principios de la justicia propia de la moralidad natural. Dejamos el estudio de la cuestión a los voluntarios.

Relación entre religión y moral

Por lo que se refiere a este nuestro humilde diálogo, nos limitaremos a algunas sencillas e importantes observaciones. La primera es la que defiende la relación entre religión y moral: Nos afirmamos con toda la tradición teológica y pedagógica del cristianismo, que la gracia perfecciona la naturaleza; esto es, la fe, la vida religiosa, el referir nuestras obras a Dios, como a su principio y a su fin, el ejemplo y la virtud que derivan del Evangelio, la enseñanza que la Iglesia imparte a los fieles sobre el conocimiento de sus propios deberes y el modo de conocimiento de los propios deberes y el modo de concebir la vida individual y la vida social, la práctica de la oración y del temor de Dios, etc., no deforman el carácter del hombre, no atentan contra su libertad, no suplantan el proceso íntimo de su conciencia, ni mucho menos autorizan al fiel a evadirse de sus compromisos en el contexto natural y civil, no lo convierten en un fariseo gazmoño e hipócrita, sino que despiertan en el hombre el verdadero sentido del hombre, excitan en él no sólo la consciencia del bien y del mal, y lo liberan del indeferentismo moral hacia el que se desliza aquella mentalidad difusa en la cual, borrado el sentido de Dios, se oscurece el cómo y el porqué de la conducta honesta, sino que le comunican además su propia energía para ser fuerte y recto y la otra misteriosa, la gracia, viene a añadirse y conduce al hombre a superarse a sí mismo, a aspirar al verdadero superhombre que es el justo según la fe, el héroe sencillo y constante de las grandes y cotidianas pruebas de la vida, el santo, en suma, tanto en el sentido primitivo de la comunidad cristiana, como en el sentido de algunos casos singulares de la hagiografía moderna.

No tema el creyente ser el último ni siquiera el segundo con respecto al ideal humano por el que está interesada la mentalidad contemporánea.

Y esto, con vistas a una segunda observación. La concepción del perfecto cristiano debe tener en gran estima las virtudes morales propias de la naturaleza humana, integralmente considerada. Citemos la primera de estas virtudes: la sinceridad, la veracidad. “Sea vuestro lenguaje, nos enseña el Señor, sí, sí; no, no” (Mt 5,37; Sant 5,12). Debemos defender al cristiano de la falsa e infamante opinión de que le es lícito no ser fiel a su palabra, de que haya en él duplicidad entre pensamiento y lenguaje, de que pueda engañar al prójimo con buena intención. La hipocresía no puede disfrazarse con el manto de la religión (cf. Bernanos, L´imposture). Lo mismo cabe decir del sentido de la justicia. En primer lugar, de la justicia conmutativa, que se refiere a lo mío y a lo tuyo, es decir, a la honestidad en las relaciones económicas, en los negocios, en la rectitud administrativa, especialmente en los cargos públicos; y luego la justicia social (legal, como la llamaban los antiguos, “en el sentido de que por ella el hombre se conforma con la ley que ordena los actos de toda la conducta humana hacia el bien común” –cf. Sto. Tomás, II-III, 58, 6; Santo Tomás la llama por ello “una virtud arquitectónica”- cf. Id., 60,1-4). Estima de las virtudes naturales

Y lo mismo diremos del sentido del deber, de la valentía, de la magnanimidad, de la honestidad de las costumbres; y así sucesivamente (cf. Guillet, el valor educativo de la moral católica).

Gran estima debemos tener de estas virtudes naturales, aunque no debemos olvidar que ellas, fuera del orden de la gracia, son incompletas y frecuentemente van acompañadas de debilidades humanas muy deplorables (cf. San Agustín, De civ. Dei V,19); y no olvidemos que de suyo carecen de valor sobrenatural (Id., XX,25 y XXI,16).

¿Se trata de doctrinas anticuadas? No, nos lo recuerda el concilio, cuando dice, por ejemplo: “Muchos contemporáneos nuestros... parecen temer que, si se establecen vínculos demasiado estrechos entre la actividad humana y la religión, sea frenada la actividad de los hombres, de la sociedad, de la ciencia”. Y así defiende la legítima autonomía de las realidades terrenas (GS 36).

Y en otro lugar dice así. Por ejemplo: “Todos consideren como sagrado incluir entre los deberes principales del hombre moderno el observar las obligaciones sociales” (Id. n. 30). Y constantemente el Concilio propone al cristiano un humanismo sabio, que, sin olvidar las grandes leyes de la perfección evangélica, como las renuncias que hacen que seamos mejores y más espirituales, el sacrificio, que imprime el signo redentor de la Cruz en nuestra vida, eleva al mismo cristiano a la estatura del hombre integral, a la plenitud de los dones recibidos de Dios con la vida, al equilibrio jerárquico de su facultades, al uso incansable y armonioso de sus fuerzas, al sentido comunitario de sus concretas relaciones humanas, a la dignidad de su propia conciencia, y ésta no ya como criterio de verdad objetiva, sino como principio de libre y responsable conducta moral.

Es hermoso que también en nuestro tiempo, tan turbado por las confusiones ideológicas y sociales, la Iglesia de Dios hable a todos y cada uno de perfección humana, moral y divina. Escuchémosla".

(PABLO VI, Audiencia general, 17-julio-1968).

Fuente Corazón Eucarístico de Jesús [1]