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Lunes, 23 de octubre de 2017

Acacio Obispo de Beroea

De Enciclopedia Católica

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Nació en Siria alrededor del año 322; murió en torno al 432. Cuando aún era muy joven se hizo monje en la famosa comunidad de solitarios, presidida por Asterio, en un lugar cerca de Antioquía. Parece haber sido un ardiente campeón de la ortodoxia durante las disputas arrianas, que sufrió con mucho coraje y constancia. Cuando Eusebio de Samosata volvió del exilio a la muerte de Valens en el año 378, reconoció públicamente los grandes servicios de Acacio y lo nombró Obispo de Beroea. Luego encontramos a Acacio en Roma, aparentemente como enviado de Meletius y de los Padres del Sínodo de Antioquía, cuando se plantearon ante el Papa Dámaso los temas relacionados con la herejía de Apolinario. Mientras llevaba a cabo esta difícil embajada, asistió a la reunión de prelados convocados para decidir sobre los errores de Apolinario, y suscribió la profesión de fe en las Dos Naturalezas. Fue así en gran medida gracias a sus esfuerzos que terminaron los diversos movimientos cismáticos de Antioquía. Poco después lo encontramos en Constantinopla donde había llegado para participar en el segundo Concilio General reunido en el año 381 para reafirmar las definiciones de Nicea, y rebatir los errores de los Macedonios o Pneumatómanos. Meletius de Antioquía murió ese mismo año, y Acacio, desafortunadamente, participó en la consagración ilegítima de Flaviano. A causa de este procedimiento prácticamente cismático –cismático en el sentido de que fue una violación explícita del convenio entre Paulino y Meletius y tendía infelizmente a mantener en el poder al partido Eustaquiano– Acacio se ganó la antipatía del Papa Dámaso, quién se negó a mantener la comunión con él y sus partidarios. Esta excomunión de Roma duró diez u once años, hasta que el Concilio de Capua lo readmitió en la unidad en el año 391 o 392 (Labbe, Conc., II, 1072). En el año 398, se le encargó a Acacio, que tenía ahora setenta y seis años, otra delicada misión de la Iglesia Católica. Fue elegido por Isidoro de Alejandría para llevar al Papa Siricio la noticia de la elección de San Juan Crisóstomo a la Sede de Constantinopla, y el metropolitano egipcio le exhortó especialmente que hiciera todo lo que estuviera en su poder para borrar el prejuicio que todavía existía en Occidente contra Flaviano y su partido. En esta ocasión, como en su anterior embajada, desplegó un gran tacto que desarmó toda oposición. El lector encontrará en las páginas de Sócrates, Sózimo, y Teodoreto una idea del alto valor que se le dio en todo el episcopado oriental a los servicios de Acacio, a quien se describe como "famoso en todo el mundo" (Theod., V, xxiii). Ahora llegamos a los dos incidentes en la carrera de este hombre notable, que nos dejan perplejos respecto a su real carácter, que hacen que se le pueda designar como uno de los enigmas de la historia eclesiástica. Nos referimos a su sostenida hostilidad contra San Juan Crisóstomo y a su extraño trato para con Cirilo de Alejandría durante la controversia nestoriana.

Acacio fue siempre un declarado rigorista en su conducta y disfrutó de gran reputación por su piedad. Sózimo (VII, xxviii) nos dice que era "rígido en la observancia de todas las reglas de la vida ascética" y que cuando fue elevado al episcopado vivía su vida práctica y austeramente "al aire libre". Teodoreto es firme en su admiración por sus muchas cualidades episcopales y lo llama "un atleta de la virtud" (V, iv). Al principio del episcopado de San Juan Crisóstomo, en el año 398, Acacio fue a Constantinopla, donde lo trataron con menos consideración de la que aparentemente él esperaba. Cualquiera haya sido la naturaleza de ese desaire, parece haberlo sentido vivamente, porque Paladio, el biógrafo de San Juan, registra un dicho muy poco episcopal del prelado injuriado en el sentido de que algún día le daría a su hermano de Constantinopla una muestra de su propia hospitalidad – ego auto artouo chytran (Pallad., Vita Chrys., VI, viii en P.G., XLVII, 22-29). Lo cierto es que, fuera como fuera, desde ese momento, Acacio trabajó infatigablemente por la remoción del gran orador-obispo, y no fue el menos activo de los participantes del desgraciado "Sínodo del Roble" en el año 403. De hecho, era uno de los notorios "cuatro" a quienes el Santo tenía especialmente como hombres de cuyas manos no esperaba obtener justicia común. En todos los varios sínodos reunidos para la destitución del Santo, el obstinado viejo de Beroea tomó la delantera de una manera casi mordaz, y también realizó un esfuerzo laborioso, pero felizmente fútil, para atraer al Papa Inocencio a su anti-caritativa postura. Fue excomulgado por su lucha y estuvo condenado hasta el año 414. Su actitud implacable tampoco se moderó con la muerte de su gran antagonista, o por el transcurso del tiempo. Catorce años después de la muerte de San Juan en el exilio, encontramos a Acacio escribiéndole a Atico de Constantinopla, en el año 421, para disculparse por la conducta de Teodoto de Antioquía, quien, a pesar de su buen juicio, había colocado el nombre del Santo en los dípticos. La misma desconcertante incoherencia de carácter, considerando su avanzada edad, su profesión, y la amplia fama de santidad de que gozaba, puede verse en su actitud hacia Nestorio. Cuando su violenta súplica de indulgencia hacia el hereje no produjo efecto, trabajó sagazmente para que a Cirilo le saliera el tiro por la culata y apareciera como responsable del Apolinarianismo en Éfeso. Acacio pasó los últimos años de su vida tratando, con edificante incoherencia, de echar el agua de su caridad sobre las cenizas encendidas de los feudos que el Nestorianismo había dejado en su tren. Sus cartas a Cirilo y al Papa Celestino son curiosas de leer dentro de este cuadro; y le corresponde el sorprendente honor de haber inspirado a San Epifanio para escribir su "Historia de las Herejías" (Haer., i, 2, en P.G., XLI, 176). Murió a la extraordinaria edad de ciento diez años.

Los historiadores eclesiásticos SOCRATES, en P.G., LXVII; SOZOMEN, en P.G., LXVII; THEODORET, en P.G., LXXXII; PALLADIUS, Vita Chrys., VI, viii, en P.G., XLVII; BARONIUS, Ann. Eccl. (PAGI, Crit.); TILLEMONT, M moires; NEWMAN, Ar. IV Cent. (4th ed.); GWATKIN, Studies in Arianism (2d ed.); HEFELE, Hist. Ch. Counc. (tr. CLARK; ed. OXENHAM), II.

CORNELIUS CLIFFORD

Traducido por Amparo Cabal