Herramientas personales
En la EC encontrarás artículos autorizados
sobre la fe católica
Viernes, 29 de marzo de 2024

Hebraísmo

De Enciclopedia Católica

Revisión de 12:14 5 ene 2010 por Luz María Hernández Medina (Discusión | contribuciones) (Página creada con 'Para complementar este artículo, que fue tomado de la Enciclopedia Católica de 1910, se recomienda una lectura orada de “Nostra Aetate” del Concilio Vaticano II. Al p…')

(dif) ← Revisión anterior | Revisión actual (dif) | Revisión siguiente → (dif)
Saltar a: navegación, buscar

Para complementar este artículo, que fue tomado de la Enciclopedia Católica de 1910, se recomienda una lectura orada de “Nostra Aetate” del Concilio Vaticano II.

Al presente el término judaísmo designa la comunión religiosa que sobrevivió la destrucción de la nación judía por los asirios y babilonios. Se dará una breve descripción del judaísmo entendido de esa forma bajo los siguientes encabezados:

El Judaísmo antes de la Era Cristiana

Tras el regreso de Babilonia (538 a.C), Judá era consciente de haber heredado la religión del Israel pre exílico. Fue esa religión la que llevó a los exiliados a regresar a la tierra que Yahveh prometió a sus antepasados, y que ahora estaban decididos a mantener en su pureza. Del cautiverio aprendieron que, en su justicia, Dios había castigado sus pecados mediante la entrega de ellos en poder de las naciones paganas, como los antiguos profetas habían anunciado en repetidas ocasiones; y que, en su amor por su pueblo elegido, el mismo Dios los había traído de nuevo, como Isaías (40-46) había anunciado particularmente. De allí, naturalmente, sacaron la conclusión de que, a toda costa, debían mostrarse fieles a Yahveh, a fin de evitar un castigo similar en el futuro. La misma conclusión también se les probó de modo concluyente cuando, algún tiempo después de la finalización del Templo, Esdras les lee solemnemente en voz alta la Ley. Esta lectura coloca claramente ante sus mentes la posición única de su raza entre las naciones del mundo. El Creador del cielo y de la tierra, en su misericordia hacia el hombre caído (Génesis 1-3), había hecho un pacto con su padre Abraham, en virtud del cual sería bendecida su semilla, y en su semilla todos los pueblos de la tierra (Gén. 12,18; Nehemías 9). Desde ese tiempo hasta ahora, Él los había observado con celoso cuidado. Una vez las otras naciones cayeron en la idolatría, Él las había dejado arrastrarse en medio de sus ritos impuros, pero había tratado de manera diferente a los israelitas, a los que quería para Sí, "un reino de sacerdotes y una nación santa" (Éxodo 19,6). Sus repetidas caídas en la idolatría no habían quedado impunes, sino que mantenía viva entre ellos la religión revelada que siempre representaba a Dios como el verdadero y adecuado objeto de su devoción, confianza, gratitud, de su obediencia y de servicio.

Así, todas las desgracias pasadas de su raza fueron vistas claramente como tantos castigos destinados por Dios para recordarle a su pueblo ingrato la observancia de la Ley, que les aseguraría la santidad necesaria para el desempeño intachable de su misión sacerdotal con el resto del mundo. Por lo tanto, ellos se comprometieron a una renovada fidelidad a la Ley, dejando en manos de Dios el logro del glorioso día en que toda la tierra, con Jerusalén como su centro, reconociera y adorara a Yahveh; rompieron todos los vínculos con las naciones circundantes, y formaron una comunidad totalmente consagrada al Señor, principalmente dedicada a la preservación de su fe y culto mediante un estricto cumplimiento con todas las prescripciones rituales de la Ley. Por un lado, esta actitud religiosa de los judíos de Judea garantizaba la preservación del monoteísmo entre ellos. La historia demuestra que los persas y los macedonios respetaban su libertad religiosa e incluso en cierta medida favorecían la adoración a Yahveh. Sigue siendo cierto, sin embargo, que en la época de los Macabeos, los hijos de Israel escaparon de ser completamente helenizados sólo a través de su apego a la Ley. Debido a este apego, las terribles persecuciones que sufrió entonces confirmaron en lugar de erradicar su creencia en el Dios verdadero. Por otro lado, el rigor con que se aplicó la letra de la Ley dio lugar a un “legalismo” estrecho. El cumplimiento meramente externo de las observancias rituales sustituyó gradualmente las demandas superiores de conciencia; el profeta fue sustituido por el “escriba", el intérprete casuístico de la Ley; e Israel, en su aislamiento sagrado, miró hacia abajo al resto de la humanidad. Un espíritu estrecho similar animó a los judíos de Babilonia, ya que fue desde Babilonia que había llegado Esdras, “un escriba diestro en la Ley de Moisés”, a revivir la Ley en Jerusalén, y su existencia en medio de las poblaciones paganas hizo mucho más imperativo que se aferraran al credo y culto de Yahveh.

Al parecer las cosas iban bien con la comunidad sacerdotal de Judá, mientras duró la supremacía persa. Era política de los antiguos imperios asiáticos conceder su autonomía a cada provincia, y los judíos de Judea se aprovecharon de esto para vivir de acuerdo a las exigencias de la Ley mosaica bajo la autoridad de sus sumos sacerdotes y la guía de sus escribas. Las ordenanzas sagradas de la Ley no eran carga para ellos, y con mucho gusto incluso aumentaron su peso mediante interpretaciones adicionales de su texto. Pero esta feliz condición fue materialmente afectada bajo el gobierno de Alejandro el Grande y sus sucesores inmediatos en Siria y Egipto. De hecho, el primer contacto de los judíos de Judea con la civilización helenística pareció abrirles un ámbito más amplio para su influencia teocrática, al hacer surgir una Diáspora occidental con Alejandría y Antioquía como sus principales centros locales y Jerusalén como su metrópolis. Por mucho que los judíos que vivían entre los griegos se mezclaran con éstos para sus actividades comerciales, aprendieran la lengua griega, o incluso se familiarizaran con la filosofía helenística, permanecieron judíos hasta la médula. La Ley, según leída y explicada en las sinagogas locales, reguló cada uno de sus actos, les impidió toda contaminación con el culto idólatra, y mantuvo intactas sus tradiciones religiosas. Respecto al credo, el culto y la moral, los judíos se sentían muy superiores a sus conciudadanos paganos, y las obras de sus principales escritores de la época eran principalmente de apologistas que intentaban convencer a los paganos de esta superioridad y atraerlos al servicio del único Dios vivo. De hecho, a través de este intercambio entre el judaísmo y el helenismo en el mundo greco-romano, la religión judía se ganó la lealtad de un cierto número de hombres y mujeres gentiles, mientras que las creencias judías en sí mismas ganaron en claridad y precisión a través de los esfuerzos realizados para hacerlas aceptables para las mentes occidentales.

El contacto del monoteísmo judío con el politeísmo griego en suelo palestino trajo resultados mucho menos felices. Sumos sacerdotes mundanos y ambiciosos no sólo aceptaron allí, sino que incluso promovieron la cultura griega y el paganismo en Jerusalén mismo; y, como ya se dijo, los gobernantes griegos de la primera época de los Macabeos demostraron ser perseguidores violentos del culto a Yahveh. La cuestión principal que enfrentaban los judíos palestinos no era, por lo tanto, la expansión del judaísmo entre las naciones, sino su misma conservación entre los israelitas. No es de extrañar, entonces, que el judaísmo asumiera allí una actitud de antagonismo directo a todo lo helenístico, que la observancia mosaica fuera gradualmente aplicada con extremo rigor, y que la ley oral, o reglas de los ancianos respecto a tales observancias, apareciera a los ojos de los judíos piadosos de Judea de no menor importancia que la Ley mosaica en sí misma. No es de extrañar, también, que en oposición a la tibieza de la Ley oral revelada por la aristocracia sacerdotal ---los saduceos, como se les llamaba--- surgiera en Judá un partido poderoso resuelto a mantener a los judíos separados a toda costa---de ahí su nombre de fariseos---de la contaminación de los gentiles por el más escrupuloso cumplimiento, no sólo con la Ley de Moisés, sino también con las "tradiciones de los ancianos". El primero de estos partidos estaba interesado principalmente en el mantenimiento de su condición actual en política y escéptico respecto a importantes creencias o expectativas de la época tales como la existencia de los ángeles, la resurrección de los muertos, la referencia de la ley oral a Moisés, y la redención futura de Israel. El último partido sostenía enérgicamente estas posiciones. Su ala extrema se componía de zelotes siempre dispuestos a recibir a cualquier falso Mesías que prometiera la liberación del odiado yugo extranjero; mientras que su base se preparaba seriamente mediante las "obras de la Ley” para la Edad Mesiánica descrita variamente por los antiguos profetas, los escritos apocalípticos y los Salmos apócrifos de la época, y generalmente esperada como una época de felicidad terrenal y de justicia legal en el Reino de Dios. El surgimiento de los esenios también se atribuye a este período.

El Judaísmo y el Cristianismo Primitivo

Al comienzo de nuestra era el judaísmo estaba en su aspecto externo completamente preparado para el advenimiento del Reino de Dios. Su gran centro era Jerusalén, la "Ciudad Santa", a donde acudían en cientos de miles judíos de cada parte del mundo, deseosos de celebrar las fiestas anuales en la "Ciudad del Gran Rey". A los ojos de todos ellos el Templo era la digna Casa del Señor, tanto por la magnificencia de su estructura y por el maravilloso nombramiento de su servicio. El sacerdocio judío no era sólo numeroso, sino también el más exacto en el ofrecimiento del sacrificio diario, semanal, mensual y otros, que era su privilegio realizar ante Yahveh. El sumo sacerdote, una persona muy sagrada, estaba a la cabeza de la jerarquía, y actuaba como árbitro final de todas las controversias religiosas. El Sanedrín de Jerusalén, o tribunal supremo del judaísmo, observaba celosamente por el cumplimiento estricto de la Ley y emitía decretos que eran obedecidos fácilmente por los judíos dispersos por todo el mundo. En Tierra Santa, y a lo largo y ancho más allá de sus fronteras, además de los Sanedrines locales había sinagogas que facilitaban las necesidades religiosas y educativas ordinarias de la población, y que estaban armados con el poder de la excomunión contra los infractores de la Ley oral y escrita. Una clase erudita, la de los escribas, no sólo leía e interpretaba el texto de la Ley en las reuniones de la sinagoga, sino que proclamaba diligentemente las "tradiciones de los ancianos", cuya colección formaba un "muro a la Ley", pues quien las observara estaba seguro de no transgredir de ningún modo contra la Ley misma. La consigna del judaísmo fue la justicia legal, y su consecución por la separación de los gentiles y los pecadores, por purificaciones, ayunos, limosnas, etc.; en una palabra la preocupación de todo judío piadoso dondequiera se encontrase era el cumplimiento de las normas tradicionales que aplicaban la Ley a todas y cada una de las ocupaciones de la vida y a todas las circunstancias imaginables. Evidentemente, los fariseos y los escribas que pertenecían a su partido habían generalmente obtenido la victoria. En Palestina, en particular, las personas seguían ciegamente a sus líderes, confiados en que el actual régimen de la Roma pagana pronto llegaría a su fin con la aparición del Mesías, esperado como un libertador poderoso de los fieles "hijos del reino". Mientras tanto, correspondía a los hijos de Abraham emular la "justicia de los escribas y los fariseos” con la que asegurarían el ingreso al imperio mesiánico mundial, del cual Jerusalén sería la capital, y del que todos los miembros judíos serían superiores tanto en las cosas temporales como en las espirituales al resto del mundo, quienes entonces se unirían a la adoración del único Dios verdadero.

En realidad, los judíos estaban muy poco preparados para el cumplimiento de las promesas que el Todopoderoso le había hecho a su raza en repetidas ocasiones. Esto les fue mostrado por primera vez cuando se oyó en el desierto de Judá una voz, la de Juan, el hijo de Zacarías y el heraldo del Mesías. Convocó a todos los judíos, con muy poco éxito, a un verdadero dolor por el pecado, el cual era de hecho ajeno a su corazón, pero el único que podía, a pesar de su título de "hijos de Abraham”, adaptarlos para el Reino inminente. Esto les fue mostrado luego por Jesús, el Mesías mismo, quien al mismo comienzo de su vida pública les repitió la llamada de Juan al arrepentimiento (Marcos 1,15), y quien a lo largo de su ministerio trató de corregir los errores del judaísmo de la época sobre el reino que había venido a fundar entre los hombres. Con autoridad verdaderamente divina, ordenó a sus oyentes que, si querían entrar a ese Reino, no estuviesen satisfechos con la justicia externa de los escribas y los fariseos, sino que aspiraran a la perfección interior que sólo podría levantar la naturaleza moral de los hombres y hacerlos dignos adoradores de su Padre celestial. Declaró claramente que el Reino de Dios había llegado sobre sus contemporáneos, ya que Satanás, el enemigo de Dios y del hombre, había sido, a sus ojos, arrojado por Él y por sus discípulos escogidos (Mc. 12,20; Lucas 10,18). El reino que los judíos debían esperar era el Reino de Dios en su modesto, secreto, y por así decirlo, insignificante origen. Como todos los seres vivos, está sujeto a las leyes del crecimiento orgánico y por lo tanto su cultivo y desarrollo temprano no atrae mucha atención, pero no es así con su expansión ulterior, ya que está destinado a impregnar y transformar el mundo.

Este reino es, en efecto, rechazado por los que tuvieron la primera opción a su posesión y al parecer fueron los mejor calificados para entrar en él; pero serán admitidos todos aquellos, tanto judíos como gentiles, que acepten sinceramente la invitación del Evangelio. Este es realmente un nuevo Reino de Dios que será transferido a una nueva nación y será regido por un nuevo grupo de gobernantes, aunque no es menos cierta la continuación del Reino de Dios bajo la antigua alianza. Una vez que se organice este reino en la tierra, su Rey, el verdadero hijo y Señor de David, se marcha a un país lejano, confiando en sus representantes el ser más fieles que los dirigentes del antiguo reino. Al regreso del rey, el reino de la gracia será transformado en un reino de gloria. La duración del reino en la tierra sobrevivirá a la ruina de la Ciudad Santa y de su Templo; será coextensivo con la predicación del Evangelio a todas las naciones, y esto, cuando se logre, será el signo de la cercanía del reino de la gloria. Al describir así el Reino de Dios, Jesús trató justamente como vanas las esperanzas de sus contemporáneos judíos de convertirse en los amos del mundo en caso de un conflicto con Roma; también anuló el tejido de legalismo que sus dirigentes consideraban sería perpetuado en el Reino Mesiánico, pero que en realidad debían haber considerado como inútil o positivamente perjudicial, ahora que había llegado el tiempo de extender “la salvación fuera de los judíos” a las naciones en general; claramente, los sacrificios legales y ordenanzas ya no tenía ninguna razón de ser, ya que habían sido instituidos para impedir que Israel abandonara al Dios verdadero, y dado que el monoteísmo se encontraba firmemente establecido en Israel; claramente, también, las "tradiciones de los ancianos" no debían tolerarse por más tiempo, ya que habían paulatinamente conducido a los judíos a ignorar algunos de los preceptos más esenciales de la ley moral consagrada en el Decálogo.

Jesús no vino para destruir la Ley o los Profetas, es decir, los escritos sagrados que Él, no menos que sus contemporáneos judíos, claramente reconocían como inspirados por el Espíritu Santo; por el contrario, su misión fue garantizar su cumplimiento. De hecho, habría destruido la Ley si se hubiese aliado con los escribas y fariseos, quienes habían levantado un cerco a la Ley, que en realidad invadió el territorio sagrado de la Ley misma, pero él la cumplió al proclamar la nueva ley del amor perfecto de Dios y el hombre, con el que se completaban todos los preceptos de la Ley antigua. Una vez más, habría destruido los profetas, si como los mismos escribas y fariseos, se hubiese dibujado una imagen del reino de Dios y del Mesías de Dios únicamente por medio de las características gloriosas contenidas en los escritos proféticos; pero cumplió dibujando una imagen que evocaba tanto los esbozos gloriosos como los no gloriosos de los antiguos profetas, colocando ambos en su justo orden y perspectiva. El Reino de Dios, según descrito y fundado por Jesús, tiene un nombre histórico: es la Iglesia cristiana, que fue capaz de impregnar silenciosamente el Imperio Romano, que ha sobrevivido a la ruina del Templo judío y su culto, y que, en el curso de los siglos, ha extendido a los confines del mundo el conocimiento y la adoración del Dios de Abraham, mientras que el judaísmo se ha mantenido como la higuera estéril que Jesús condenó durante su vida mortal.

La Muerte y Resurrección de Jesucristo cumplió los antiguos tipos y profecías acerca de Él (cf. Lc. 24,26-27), y el otorgamiento visible del Espíritu Santo sobre sus discípulos reunidos el día de Pentecostés les dio la luz para lograr este cumplimiento (Hechos de los Apóstoles|Hechos]] 3,15) y el valor para proclamarlo incluso en la audiencia de las autoridades judías que pensaban que con el estigma de la Cruz habían puesto fin para siempre a las pretensiones mesiánicas del Nazareno. Desde ese momento la Iglesia que Jesús había organizado en silencio durante su vida mortal, con Pedro como cabeza y los demás Apóstoles como sus compañeros de gobierno, tomó la actitud independiente que ha mantenido desde entonces. Conscientes de su misión divina, sus líderes valientemente acusaron a los dirigentes judíos de la muerte de Jesús, y libremente "enseñaron y predicaron a Jesucristo”, haciendo caso omiso de las amenazas e interdictos de los hombres a quienes consideraban como en una loca revuelta contra Dios y su Cristo (Hechos 4). Ellos proclamaron solemnemente la necesidad de la fe en Cristo para la justificación y la salvación, y la del bautismo para formar parte de la comunidad religiosa que creció rápidamente bajo su dirección, y que reconoce al Hijo de Dios resucitado como su "Señor y Cristo" divinamente constituido, "Príncipe y Salvador", de un modo real aunque invisible durante el actual orden de cosas. Según ellos, estos son claramente los tiempos mesiánicos como lo demuestra la realización de la profecía de Joel relativa a la efusión del Espíritu Santo sobre toda carne, para que los “primero” los judíos y luego los gentiles sean llamados a recibir la bendición divina prometida desde hace tanto tiempo en la simiente de Abraham para todas las naciones. Al igual que en esos primeros días la Iglesia naciente era judía en la apariencia externa, aún así causó que el judaísmo se sintiese amenazado en su sistema entero de vida civil y religiosa (Hch. 6,13-14). De ahí siguió una persecución severa contra los cristianos, en la que Saulo (San Pablo) tomó parte activa, y en el curso de la cual se convirtió milagrosamente.

Al momento de su conversión Pablo se encontró la Iglesia extendida por todas partes debido a la misma persecución que intentaba aniquilarla, y continuando oficialmente su diferenciación del judaísmo por la recepción en su seno de los samaritanos, que rechazaban el culto del Templo de Jerusalén, del eunuco etíope, que era de una clase de hombres que la ley del Deuteronomio claramente excluía de la comunidad judía, y especialmente de Cornelio y los incircuncisos de su familia de gentiles con quien el mismo Pedro partió el pan en oposición directa a las tradiciones jurídicas. Por consiguiente, cuando Pablo, ahora convertido en un ferviente apóstol de Cristo, afirmó abiertamente la libertad de los gentiles convertidos de la Ley tal como la entiende y ejecutan los judíos e incluso por algunos judeo-cristianos, él estaba en completo acuerdo con los dirigentes oficiales de la Iglesia en Jerusalén, y es bien sabido que los mismos líderes oficiales aprobaban positivamente su curso de acción a este respecto (Hch. 15, Gál. 2). La verdadera diferencia entre él y ellos consistía en su arrojo en la predicación de la libertad cristiana y que reivindicaba en sus Epístolas la necesidad y eficacia de la fe en Cristo para la justificación y la salvación, independientemente de las "obras de la ley", es decir, los grandes principios reconocidos y sobre los que actuó en consecuencia antes de él esta Iglesia cristiana. El resultado de sus polémicas fue el marcado establecimiento de la relación existente entre el judaísmo y el cristianismo; en el Reino de Cristo sólo los judíos y gentiles creyentes se reclinan con Abraham, Isaac y Jacob (cf. Mateo 8,11); son coherederos de la promesa hecha al padre de todos los fieles cuando él era todavía incircunciso; la Ley y los Profetas se han cumplido en Cristo y su cuerpo, la Iglesia; el Evangelio debe ser predicado a todas las naciones, y entonces vendrá la consumación. El resultado de su celo consumidor por la salvación de las almas redimidas por la Sangre de Cristo fue la formación de comunidades religiosas unidas por la misma fe, esperanza y caridad, como las iglesias de Palestina, que compartían los mismos misterios sagrados, regidas por pastores asimismo investidos de la autoridad de Cristo, y que formaban un organismo eclesial extenso vivificado por el mismo Espíritu Santo, y claramente distinto del judaísmo. Así, la pequeña semilla de mostaza sembrada por Jesús en Judea se había convertido en un gran árbol completamente capaz de acercarse a las tormentas de la persecución y la herejía (véase Epístola a los Colosenses, ebionitas, gnosticismo).

El Judaísmo desde el Año 70 d.C.

El Judaísmo y la Legislación de la Iglesia

Bibliografía: Religión Judía: NATHAN, Religion, Natural and Revealed (Nueva York, 1875); TROY, Judaism and Christianity (Boston, 1890); MENDELSSON, Civil and Criminal Jurisprudence of the Talmud (Baltimore, 1891); LEVIN, Die Reform des Judenthums (Berlin, 1895); HIRSCH, Nineteen Letters, tr. (Nueva York, 1899); FRIEDLANDER, The Jewish Religion (2da. ed., Nueva York, 1900); LAZARUS, Ethics of Judaism, tr. (Filadelfia, 1901); MORRIS JOSEPH, Judaism as Creed and Life (Nueva York, 1903); SCHREINER, Die jüngsten Urtheile über das Judenthum (Berlín, 1902); MONTEFIORE, Liberal Judaism (Nueva York, 1903); LEVY, La Famille dans l'Antiquité (París, 1905); SCHECHTER, Studies in Judaism (Nueva York, 1896); IDEM, Some Aspects of Rabbinic Theology (Nueva York, 1909).

Fuente: Gigot, Francis. "Judaism." The Catholic Encyclopedia. Vol. 8. New York: Robert Appleton Company, 1910. 4 Jan. 2010 <http://www.newadvent.org/cathen/08399a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.