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Jueves, 18 de julio de 2019

Crucifijo del altar

De Enciclopedia Católica

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El crucifijo del altar

El crucifijo es el elemento principal del altar. Se coloca en el altar para recordar al celebrante y a los feligreses que la víctima que se ofrece en el altar es la misma que fue ofrecida en la Cruz. Por esta razón el crucifijo se debe colocar en el altar siempre que se celebra la misa (Constit., Accepimus de Benedicto XIV, 16 de julio de 1746). Los cánones del Misal Romano (XX) establecen que debe ser colocado al centro del altar entre las velas, y ser lo bastante grande como para ser vista por el celebrante y los feligreses (Cong. Sac. Rit., 17 de septiembre de 1822). Si por cualquier razón se quita este crucifijo, otro puede tomar su lugar en una posición más baja, pero en tales casos debe siempre ser visible a todos los que asisten a la misa (Ibíd.). Como se asienta anteriormente, el crucifijo se debe colocar en el altar durante la santa misa, aunque hay dos excepciones:

       • Cuando el crucifijo es la parte principal del retablo o del cuadro detrás del altar (nos referimos a la cruz como la parte principal del retablo o del cuadro, porque si el cuadro representa a un santo, por ejemplo, San Francisco Javier que sostiene un crucifijo en su mano, o Santo Tomás que se arrodilla ante la cruz, incluso si ésta es grande, tal cuadro no es suficiente para tomar el lugar del crucifijo del altar -- véase Ephem. Lit., 1893, VII, 408), y

       • Cuando se expone el Santísimo Sacramento. 

En ambos casos el crucifijo se puede colocar en el altar; sin embargo, en el segundo caso se pueden seguir las costumbres locales (Cong. Sac. Rit., 2 de septiembre de 1741), y si el crucifijo se mantiene en el altar, a éste no se le da incienso (29 de noviembre de 1738). Desde las primeras vísperas del Domingo de Pasión hasta la revelación de la Cruz el Viernes Santo, incluso si una celebración solemne se lleva a cabo durante este intervalo, el crucifijo del altar se cubre con un velo morado (Cong. Sac. Rit., 16 de noviembre de 1649), excepto durante la Misa Mayor que se celebra el Jueves Santo, cuando el velo será de color blanco (Cong. Sac. Rit., 20 de diciembre de 1783), y en Viernes Santo, cuando el velo puede ser negro. Ésta es la costumbre en Roma (Martinucci, Van der Stappen, y otros). Desde el inicio de la adoración de la cruz, el Viernes Santo, hasta la hora novena del Sábado Santo todos, incluidos el obispo, los canónigos y el celebrante, hacen una simple genuflexión ante la Cruz (Cong. Saco. Rit., 9 de mayo de 1857; 12 de septiembre de 1857). En el resto de las veces durante el año se hace una simple genuflexión ante la cruz, incluso cuando el Santísimo Sacramento no se encuentre en el sagrario durante algún oficio, por parte de todos, excepto el obispo, los canónigos de la catedral y el celebrante (Cong. Saco. Rit., 30 de agosto de 1892).

El crucifijo del altar no necesita ser bendecido, aunque puede serlo por cualquier sacerdote según la fórmula, "pro imaginibus" (Rituale Rom., tit. viii, cap. xxv). Es importante observar que si, según el estilo de la arquitectura renacentista, el trono está fijo sobre el sagrario, el crucifijo del altar nunca se debe colocar debajo del pabellón bajo el cual el Santísimo Sacramento se expone al público, o sobre el corporal que se utiliza en dicha exposición (Cong. Saco. Rit., 2 de junio de 1883). Es probable que la costumbre de colocar un crucifijo en el altar no haya comenzado mucho antes del siglo VI. Benedicto XIV (De Sacrificio Missae, P. I, 19) sostiene que esta costumbre viene desde los tiempos de los apóstoles. Sin embargo, el documento más antiguo donde se menciona la costumbre de poner una cruz en el altar es el canon III del Concilio de Tours, establecido en 567: «Ut corpus Domini in Altari, non in armario, sed sub crucis titulo componatur». Mariano Armellini (Lezioni di Archeologia) nos dice que los primeros cristianos no acostumbraban exponer la cruz en público por el miedo de escandalizar a los incrédulos y de exponerlo a los insultos de los paganos. En su lugar se utilizaban símbolos con forma similar, por ejemplo, una ancla, un tridente, etc. Una cruz simple, sin la figura de Cristo, se colocaba en la cima de los ciborios que cubrían los altares.

Traducido por Juan Escobedo Bernal