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Jueves, 18 de octubre de 2018

Virtudes Cardinales

De Enciclopedia Católica

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Introducción

Se les llama virtudes cardinales a las cuatro principales virtudes sobre las que giran o descansan las otras virtudes morales, a saber: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Aquellos que rezan el oficio divino encuentran que recurre constantemente lo que parece ser la primera aparición de la palabra cardinal aplicada a las virtudes. San Ambrosio, al tratar de identificar las ocho bienaventuranzas registradas por San Mateo con las cuatro registradas por San Lucas, hace uso de la expresión: "Hic quattuor velut virtutes amplexus est cardinales". Poco después encontramos cardinal usado de la misma manera por San Agustín (Común de Muchos Mártires, tercer nocturno, segunda serie; también Migne, P.L., XV, 1653; S. Tomás, Summa Theol., I-II.79.1 ad 1). Que San Jerónimo también usa el término es una declaración que descansa en un tratado no escrito por él, pero publicado entre sus obras; se halla en Migne, P.L., XXX, 596.

El término cardo significa gozne, aquello sobre lo que gira una cosa, su punto principal; y a partir de esto Santo Tomás deriva los varios significados de las virtudes como cardinales, ya sea en el sentido genérico, en cuanto que son las cualidades comunes de todas las otras virtudes morales, o en el sentido específico, en cuanto cada una tiene un objeto formal distinto que determina su naturaleza. Toda virtud moral cumple las condiciones de ser bien juzgadas, sirven en condición subordinada al bien común, están restringidas dentro de una medida y tienen firmeza; y estas cuatro condiciones también producen cuatro virtudes distintas.

El Sistema Cuádruple

El origen del sistema cuádruple es rastreable a la filosofía griega; otras fuentes son anteriores, pero la fuente socrática es la más definida. Entre los reporteros de Sócrates, Xenofonte es vago sobre el punto; Platón en “La República” coloca juntas en un sistema las cuatro virtudes adoptadas luego, con modificaciones por Santo Tomás. (En “Las Leyes”, Lb. I, 631, Platón recurre a su división: “La sabiduría es la principal y la líder; luego sigue la templanza, y de la unión de éstas dos con la fortaleza surge la justicia. Estas cuatro virtudes toman precedencia en la clase de bienes divinos”.)

Deseando decir qué es la justicia, el socrático Platón la buscó en la ciudad-estado, donde descubrió cuatro clases de personas. La más baja era la clase productora ---los labradores y artesanos; ellos eran los proveedores para las necesidades corporales, para los apetitos carnales, que requieren la restricción de la templanza (sophrosúne). Luego la clase de policías o soldados, cuya virtud necesaria era la fortaleza (‘andreía). En este par de virtudes cardinales se exhibe una parte no muy precisa de la filosofía griega, que los escolásticos han perpetuado en la división de los apetitos como concupiscible e irascible, al tener el último miembro como su característica que debe buscar su propósito mediante un esfuerzo arduo contra los obstáculos. Esta es una modificación escolástica de tò ’epithumetikòn and tó thumoeidés, ninguna de las cuales son facultades racionales, mientras que ambas están sujetas a la razón (metà lògou); y es la fortaleza especialmente la que ha de ayudar a la razón, como facultad principal (tò ‘egemonikón ), a subyugar la concupiscencia de la primera. Esta idea de liderazgo nos da la tercera virtud cardinal, llamada por Platón sophía y philosophía, pero por Aristóteles phrónesis, la sabiduría práctica que se distingue de la especulativa.

La cuarta virtud cardinal se encuentra fuera del esquema de las otras tres, las cuales agotan la tricotomía psicológica del hombre; tò ’epiphumetikón, tò thumoeidés, tò logikón. La justicia platónica de “La República”, al menos en relación con esto, es la armonía entre estos tres departamentos, en los cuales cada facultad ejerce exactamente su propia función sin interferir en las funciones de las otras. Obviamente los sentidos pueden perturbar la razón; no tan obviamente, aunque claramente, la razón puede perturbar los sentido, si el hombre trata de regular sus virtudes sobre los principios propios de un ángel sin apetitos corporales. En esta idea de justicia, a saber, como el trabajo concordante de las partes dentro de la propia naturaleza del individuo, la noción platónica difiere de la escolástica, la cual es esa justicia que no es estrictamente hacia uno mismo, sino hacia los demás. Aristóteles, con variaciones propias, describe las cuatro virtudes que Platón había esbozado; pero en su "Ética" no las pone en un sistema. Se tratan en su discusión general, que no tiene por objeto una clasificación completa de las virtudes, y deja libres a los intérpretes para dar diferentes enumeraciones.

Los latinos, representados por Cicerón, repitieron a Platón y a Aristóteles: “Cada hombre debe comportarse de modo que la fortaleza aparezca en los trabajos y peligros; la templanza en los placeres precedentes; la prudencia en la selección entre el bien y el mal; la justicia al darle a cada cual lo suyo [in suo cuique tribuendo]” (De Fin., V, XXIII, 67; cf. De Offic., I, II, 5). Esta es una desviación de la idea prominente en la justicia platónica, y está de acuerdo con la definición escolástica. Es un hecho claramente reconocido que en la inspiración de la Sagrada Escritura el autor ministerial puede utilizar medios suministrados por la sabiduría humana. El libro de la Sabiduría está claramente bajo la influencia helénica: por lo tanto, se puede suponer la repetición de las cuatro virtudes platónicas para conectarse con su propósito. En Sab. 8,7, aparece sophía o phrónesis, dikaiosúne, sophrosúne, ’andreía. La misma lista aparece en el apócrifo 4 Macabeos 5,22-23, excepto que se sustituye sophía con e’usébeia. Filón las compara con los cuatro ríos del Edén.

Doctrina de Santo Tomás

Santo Tomás (SummaTheol., I-II, Q. LXI, aa. 2 y 4) deriva las virtudes cardinales tanto de sus objetos formales o las clases percibidas de bien racional que por lo general buscan, como de los sujetos, o facultades, en las que residen y que perfeccionan. La última consideración es la más fácilmente inteligible. En el intelecto está la prudencia; en la voluntad está la justicia; en los apetitos sensibles están la templanza restringiendo el placer, y la fortaleza incitando a los impulsos a resistir el miedo que apartaría a una persona de una acción ardua bajo dificultades; también revisando los excesos de la audacia temeraria, como se ve en algunos que se expusieron gratuitamente al martirio en tiempos de persecución.

Del lado del objeto formal, que en todos casos es el bien racional, tenemos las cuatro variaciones específicas. El bien racional como un objeto para la acción del intelecto requiere la virtud de la prudencia; en la medida en que el dictado de la prudencia se comunica con la voluntad para actuar en relación a otras personas, surge la exigencia de la justicia, dando a cada uno lo justo. Hasta aquí se han formulado las acciones; luego vienen las pasiones, las concupiscibles y las irascibles. El orden de la razón objetiva según se impone sobre el apetito por los placeres exige la virtud de la templanza; según impuesta sobre el apetito que es repelido por las tareas inspiradoras de temor, exige la fortaleza.

Santo Tomás encontró cuatro virtudes cardinales en el reconocimiento común y trató de dar una explicación sistemática del grupo en la medida en que admitió la sistematización lógica. Al hacer esto miró naturalmente las facultades empleadas y a los objetos acerca de los que se emplearon. Encontró conveniente considerar la acción de la razón, la prudencia, y las dos pasiones del apetito sensitivo, la lujuria y el miedo, como internos al agente; mientras que consideraba la acción de la voluntad como relacionada con el orden correcto respecto a la conducta hacia los demás. Como lo expresa un exponente: "Debitum semper est erga alterum: sed actus rationis et passiones interiores sunt: et ideo prudentia quæ perficit rationem, sicut fortitudo et temperantia quæ regulant passiones, dicuntur virtutes ad nos." Así con tres virtudes ad intra y una ad extra se establecieron cuatro virtudes cardinales, contrario al esquema de Platón, en el cual todas eran directamente ad intra, refiriéndose a la armonía interior del hombre.

Si se alega contra las virtudes cardinales que son morales, que todas las virtudes morales están en la voluntad racional y sólo la justicia entre las cuatro cardinales está así asentada, Santo Tomás responde que la prudencia es práctica, no especulativa; y así se refiere a la voluntad, mientras que las dos pasiones, la concupiscible y la irascible, al recibir en su propio departamento, al dictamen de la razón, las calificaciones correctoras o hábitos que son los efectos de los actos repetidos, por este medio se hacen más dóciles a la voluntad, obedeciéndola con mayor rapidez, facilidad y constancia. Así cada virtud cardinal tiene algún asiento en la voluntad, directa o indirectamente. A veces parece que Aristóteles implica lo que los pelagianos enseñaron luego, que las pasiones pueden ser entrenadas para que nunca ofrezcan la tentación; de hecho, sin embargo, él en otro sitio reconoce completamente la permanente pecaminosidad del hombre. Aquellos cuyas pasiones son más ordenadas puede, en este sentido, tener más perfecta virtud; mientras que desde otro punto de vista de su mérito es menor que el de aquellos que son constantes en la virtud por la heroica resistencia a las tentaciones perpetuas de gran fuerza.

En la explicación anterior de la doctrina propuesta por Santo Tomás se deja fuera un número de sus agudas abstracciones; por ejemplo, él distingue la prudencia en relación con los medios a fines buenos, lo cual hay que asignar a otra virtud: "ad prudentiam pertinet non præstituere finem virtutibus moralibus, sed de his disponere quæ sunt ad finem." El descansa en la synderesis, o synteresis, para los principios universales primarios; en la sabiduría para el conocimiento de lo divino; en el consejo para juzgar lo que la prudencia dicta; en lo que él llama "las partes potenciales” de las virtudes cardinales para llenar la descripción de ellos en varios departamentos bajo nombres afines, tal como aparece en la relación de la modestia, la mansedumbre y la humildad con la templanza.

Las virtud teologales son tan completamente sobrenaturales que tratarlas según pueden aparecen en el orden de la naturaleza no es provechoso; con las virtudes cardinales el caso es diferente. Lo que se ha dicho arriba sobre ellas no hace referencia a la gracia; los señalamiento se limitan a lo que pertenece simplemente a la ética natural. Hay ganancia en la restricción, pues una apreciación natural de ellas es sumamente útil, y muchos caracteres sufren de un conocimiento deficiente de las bondades naturales. Santo Tomás introduce la discusión de las virtudes cardinales como dones, pero mucho de lo que dice omite la referencia a este aspecto.

Las virtudes cardinales unen el elemento intelectual y el afectivo. Mucho se ha dicho recientemente de que el corazón va más allá del intelecto en virtud; pero las virtudes cardinales, mientras se refieren al apetito o partes afectivas, coloca la prudencia como el juez sobre todo. De mismo similar, las virtudes teologales colocan la fe como fundamento de la esperanza y la caridad. Hay así una integridad sobre el sistema que se puede afirmar sin pretensión que esencialmente estas cuatro virtudes deben ser delimitadas como un cuarteto entre virtudes. Si los griegos no hubiesen escrito, tal vez la Iglesia no habría tenido exactamente esta disposición cuádruple. De hecho, la división de buena conducta en virtudes separadas no es una instancia de líneas duras y rápidas. Siempre se debe permitir La solidaridad de las virtudes y su interacción, mientras reconocemos la utilidad de las diferenciaciones específicas. Dentro de los límites se puede decir que las virtudes cardinales son un grupo arreglado científicamente, útil para aclarar el objetivo para un hombre que está luchando por una conducta ordenada en un mundo desordenado, que no es prudente, justo, valiente, templado.


Bibliografía: PLATO, Republic, Bk. IV, 427-434; IDEM, Laws, Bk. I, 631; IDEM, Theætetus, 176B; ARISTOTLE, Ethics, VI, 5; V, 1; III, 7 and 10; PETER LOMBARD, Sent., Pt. III, Dist. xxxiii, with the various commentators on the text; ST. THOMAS, Summa Theol., I-II, Q. lxi; WAFFELAERT, Tractatus de Virtutibus Cardinalibus (Bruges, 1886).

Fuente: Rickaby, John. "Cardinal Virtues." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3, pp. 343-345. New York: Robert Appleton Company, 1908. 4 Sept. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/03343a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina