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Jueves, 19 de octubre de 2017

Pobreza y Pauperismo

De Enciclopedia Católica

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(Este artículo fue escrito en 1911.)

Vea también Cuidado de la Iglesia por los Pobres.

En un sentido técnico y legal, pauperismo denota la condición de las personas que son mantenidas con fondos públicos, ya sea dentro o fuera de las casas de caridad. Más comúnmente el término se aplica a todas las personas cuya existencia depende durante un período considerable de la asistencia caritativa, ya sea esta ayuda pública o privada. A menudo denota un grado extremo de pobreza entre un grupo grande de personas. Así hablamos del pauperismo de las clases más serviles en las grandes ciudades. La pobreza es incluso menos definida y más relativa.

En los tratados doctrinales y ascéticos católicos indica simplemente la renuncia al derecho de propiedad privada; como al hablar del voto de pobreza o la pobreza de los pobres de espíritu recomendada en el Sermón de la Montaña. Aparte de este significado restringido y técnico, pobreza significa en general una condición de subsistencia insuficiente, pero diferentes personas tienen diferentes conceptos de suficiencia. En un extremo la pobreza incluye a los pobres, mientras que su límite superior, al menos en el lenguaje común, varía con el plano de vida que se supone sea normal. Según usado por los economistas y los estudiantes sociales, denota una falta de alguno de los requisitos de la eficiencia física, es decir, salud normal y capacidad de trabajar. Al igual que el pauperismo, implica una condición más o menos prolongada; pues el estar sin suficiente comida o ropa por unos pocos días no es necesariamente estar en la pobreza. A diferencia del pauperismo, la pobreza no siempre supone el recibo de ayuda caritativa. Como la definición dada establecer un estándar puramente material y utilitario, a saber, la eficiencia productiva, en este artículo la sustituiremos por una que es más consonante con la dignidad humana, aunque es substancialmente equivalente en contenido que la concepción económica. —Pobreza, entonces, denota esa condición más o menos prolongada en la cual la persona carece de algunos de esos bienes esenciales para la salud y fuerza normales, un grado elemental de confort y una vida moral correcta.

Una pregunta que a la vez se sugiere a sí misma es si la cantidad de pobreza y pauperismo existente hoy día (1911) es mayor o menor que la de otros tiempos. No se puede dar una respuesta general que no sea engañosa. Incluso los estimados parciales y particulares que se hacen a veces no son ciertos ni iluminantes. Historiadores económicos como Rogers y Gibbins declaran que durante el mejor período de la Edad Media —digamos, desde el siglo XIII al XIV, inclusive— no hubo tal pobreza absoluta y sin esperanza, no hubo tal cuasi miseria crónica de cualquier clase, como existe hoy día entre las clases más grandes en las grandes ciudades (cf. "Six Centuries of Work and Wages", y "Industry in England"). Probablemente esto es cierto en cuanto a los más pobres entre los pobres en estos dos períodos. En la Edad Media no hubo una clase parecida a nuestro proletariado, que no tiene seguridad, ni lugar definido, ni cierta pretensión sobre cualquier organización o institución en el organismo socio-económico.

No tenemos medios para saber si el número total de personas en la pobreza en la Edad Media fue relativamente mayor o menor que al presente. La proporción de personas medievales que carecían de lo que hoy se consideran requisitos para el confort elemental era probablemente más grande, mientras que la proporción de los que tenían que pasar sin ropa o comida adecuada por largos períodos de [|tiempo]] era probablemente más pequeña. Una de las mayores causas de pobreza —a saber, la inseguridad de empleo, de residencia y de vivienda— ciertamente fue mucho menos frecuente en los tiempos pasados. Si comparamos la pobreza de hoy (1911) con la de hace un siglo, encontramos a todas las autoridades de acuerdo en que se ha reducido tanto en términos absolutos como relativos. Frente a este hecho general, sin embargo, debemos señalar una o dos circunstancias que son menos gratificantes. Tanto la intensidad como el alcance del grado más bajo de pobreza son probablemente tan grandes como lo eran a principios del siglo XIX; y hay algunos indicios de que la mejora que se produjo durante los últimos veinticinco años ha sido menor que en el medio siglo anterior.

Debido a la falta de datos estadísticos, es imposible calcular, ni siquiera aproximadamente, la proporción de las personas de cualquier país que se encuentra en la pobreza. Sobre la base de las estadísticas de desempleo, estadísticas de desalojo, los casos de alivio de la caridad y otras evidencias de angustia, Robert Hunter declaró que el número de personas en situación de pobreza en los Estados Unidos en 1904 era de diez millones; es decir, ellos estaban "la mayor parte del tiempo mal alimentados, pobremente vestidos e impropiamente alojado" ("The New Encyclopedia of Social Reform", 940; cf. también su obra sobre la pobreza). En esa época diez millones representaban alrededor de un octavo de la población total. El profesor Bushnell estimó que asciende a tres millones el número de personas que se sabe que reciben asistencia pública o privada (Modern Methods of Charity, 385-90). Por supuesto, el número total de personas que recibió ayuda de caridad fue mucho más grande, pues una gran proporción de estos casos no llega al conocimiento de los estadísticos o estudiantes sociales. Por otro lado, no todos los que son asistidos por caridad viven en pauperismo, ni, estrictamente hablando, en la pobreza. El estimado del señor Hunter es quizás demasiado alto.

Después de una investigación muy cuidadosa y exhaustiva de los pobres en Londres, completada en 1902, Charles Booth encontró que casi 31% de la población de esa ciudad estaban en la pobreza (cf. "Life and Labor of the People in London”). Este estimado se confirmó plena y notablemente por los estudios de Seebohm Rowntree en la ciudad de York, donde la proporción de los habitantes en la pobreza apareció como 28% (cf. “Poverty: a Study of Town Life”). Hay buenas razones para pensar que ambos estimados son una subestimación, si pobreza se entiende según la definición adoptada en este artículo. Por ejemplo, Rowntree colocó por encima de la línea de pobreza a todas las personas que se encontraban en una condición de eficiencia física presente, a pesar de que muchos de ellos eran incapaces de hacer ningún desembolso de dinero para transporte, diversión, recreación, periódicos, religión, sociedades o un seguro para la vejez. Evidentemente la eficiencia física en tales circunstancias se puede mantener sólo por unos pocos años. De todos modos, esta condición no es el confort elemental ni una existencia decente. Dado que los salarios y su poder adquisitivo son tan altos en Inglaterra como en cualquier otro país de Europa, la proporción de pobreza es probablemente tan grande en el segundo como en el primero.

Las causas de la pobreza son muy numerosas y muy difíciles de clasificar de manera satisfactoria. Mientras que la división de ellas en causas sociales e individuales es útil y sugestiva, no es estrictamente lógica; pues cada una de ellas es a menudo, en cierta medida, responsable de la otra. Cuando ambas causas afectan a la misma persona, con frecuencia es imposible decir cuál es la más importante. Una mejor clasificación es la de causas inmediatas y originales; pero no siempre es posible determinar cuál es la verdadera causa original, ni cómo muchas de las causas intermedias han operado como meros instrumentos, y no han contribuido con ninguna influencia especial propia. Por regla general, cada caso de pobreza se debe a más de un factor distinto, y no es posible medir la contribución exacta de cada factor para el resultado general. En cualquier situación particular, el método más satisfactorio es enumerar todas las causas principales y establecer cuál parece ser la más potente.

El profesor Warner le aplicó este método a más de 110,000 casos que habían sido investigados en Londres en cinco ciudades de Estados Unidos y en setenta y seis ciudades alemanas ("American Charities", 1ra. ed., 22-58). Él encontró que la causa principal era: en el 21,3% del total de casos, mala conducta, como la bebida, la inmoralidad, la falta de capacidad y una disposición vagabunda; en un 74,4%, la desgracia, bajo la cual incluyó factores tales como la falta de apoyo normal, cuestiones de empleo y la incapacidad individual que se distingue de la culpa individual. El infortunio, por lo tanto, fue la causa predominante en tres y media veces más casos que la mala conducta. Entre los factores principales particulares a la bebida se le atribuyó el 11%, a la falta de empleo el 17.4%, a la falta de apoyo masculino el 8%, enfermedad o muerte en la familia el 23.6%, vejez el 9.6%, falta de empleo el 6.7%, empleo mal pagado el 4.4% y la ineficiencia y pereza el 8.26%. De modo general estas cifras apoyan la contención del Dr. E. T. Devine, de que la pobreza “es económica, el resultado de la inadaptación, que la personalidad defectuosa es sólo mitad de la explicación, que en sí misma resulta directamente de condiciones que la sociedad puede en gran parte controlar (Misery and its Causes, 11).

Hay que señalar, sin embargo, que el profesor Warner pretende establecer solamente las causas inmediatas. En una gran proporción de los casos estas son el resultado de alguna otra causa o causas. Así, la enfermedad, accidente o desempleo pueden deberse a inmoralidad o intemperancia en un pasado más o menos distante; y lo que ahora se clasifica como ineficiencia culpable o inutilidad puede ser atribuible en última instancia a desempleo prolongado. La lección importante que transmite este y cualquier otro intento de estimar la influencia comparativa de las diversas causas de la pobreza es que nunca debemos considerar nuestros estimados como algo más que aproximaciones muy generales. Se sabe que ciertos factores son muy importantes en todas partes. Ellos son: la intemperancia, la inmoralidad sexual, el crimen, la imprevisión, la ineficiencia, la herencia y asociaciones, empleos y salarios insuficientes, defectos congénitos, ocupaciones injuriosas, enfermedad, accidente y vejez. Cada una de éstas no es sólo capaz de producir pobreza por su propia cuenta, sino de inducir o complementar una de las otras causas. La intemperancia conduce a la enfermedad, los accidentes, la ineficiencia, la inmoralidad y el desempleo; Por otro lado, aparece a menudo como el efecto de estos. Casi todos los otros factores pueden considerarse propiamente en la misma luz, como causas y como efectos recíprocamente. La intemperancia lleva a la enfermedad, a accidentes, a ineficiencia, a inmoralidad y a desempleo; por otro lado, a menudo aparece como el efecto de éstas. Casi todos los demás factores pueden ser considerados propiamente bajo la misma luz, como causas y como efectos recíprocamente.

Entre los principales efectos de la pobreza están el sufrimiento físico, por falta de suficiente sustento, a través de la enfermedad y otras formas de discapacidad; degeneración moral e inmoralidad en muchas formas; defectos e ineficiencia intelectual; daño social a través de la disminución en la eficiencia productiva y los gastos innecesarios para el alivio de los pobres; por último, más pobreza a través del círculo vicioso de muchos de los efectos ya enumerados. Por ejemplo, la intemperancia, la imprevisión, la enfermedad y la ineficiencia son a la vez efectos y causas. En una palabra, los efectos de la pobreza son suficientemente numerosos y suficientemente destructivos como para provocar el deseo ferviente de que esta condición pueda ser totalmente abolida.

El alivio de la pobreza, sobre todo bajo la dirección de la Iglesia, se ha discutido extensamente en los artículos Cuidado de la Iglesia por los Pobres y [[Caridad e Iniciativas Caritativas]. Aquí nos limitaremos a señalar el hecho de que los pobres son ahora ayudados por las autoridades públicas, por las iglesias, las asociaciones religiosas y seculares y por individuos particulares. Todos estos métodos son objeto de abusos, pero todos son necesarios. En muchos países las pensiones y seguros, actividades de vivienda, seguros de enfermedad y otras formas de discapacidad para la vejez evitan una cantidad considerable de pobreza, y así la alivian de la manera más eficaz. En la actualidad (1911) la ayuda a los pobres en su mayoría es llevada a cabo por el Estado, y en mucho menor medida, por la Iglesia, que en el período anterior a la Reforma Protestante.

Los remedios y preventivos de la pobreza son tan numerosos y variados como las causas. Las personas que la atribuyen completamente a influencias sociales proponen correctivos sociales tal como legislación, y a menudo alguna forma simple de reconstrucción social —por ejemplo, el impuesto único o socialismo. Los que creen que el individuo es casi siempre responsable de su pobreza o la de sus dependientes naturales rechazan los remedios sociales e insisten en el valor supremo y suficiente de la reforma del carácter a través de la educación y la religión. En tiempos pasados la última actitud era mucho más común que hoy día, cuando la tendencia es fuerte y bastante generalizada hacia el punto de vista social. Ambas son exageraciones, y conducen, por lo tanto, a la utilización de métodos injustos e ineficientes para hacer frente a la pobreza.

Mientras que una gran proporción de las causas individuales de la pobreza son en última instancia atribuibles a causas sociales, a defectos congénitos, o a la desgracia pura, muchas de ellas, sin embargo, ejercen una influencia independiente y original. Esto se ve claramente en el caso de dos personas que han tenido exactamente las mismas oportunidades, medio ambiente, y atributos naturales, de los cuales sólo una está en la pobreza. Para tales casos los remedios individuales son obviamente indispensables. Por otro lado, sólo el crasamente ignorante puede honestamente pensar que toda la pobreza se debe a defectos individuales, ya sean o no culpables. Los remedios individuales, como la regeneración del carácter, no pueden sacar de la pobreza al asalariado que esté sin empleo. Las causas individuales y sociales originan y producen respectivamente sus propias influencias específicas, y se pueden contrarrestar eficazmente sólo con medidas que les afectan directamente.

De las causas individuales que deben prevenirse en su totalidad o en parte por la regeneración individual, las principales son la intemperancia, la inmoralidad, la indolencia y la imprevisión. Todas estas serían responsables de muchos casos de pobreza, incluso si el medio ambiente y los arreglos sociales fuesen ideales. Cada una de ellas es, de hecho, a menudo afectada por fuerzas sociales, y en consecuencia es prevenible en cierta medida por los recursos sociales. Así, la intemperancia se puede disminuir por una mejor regulación del tráfico de licor, y por todas las medidas que ayudan a un mejor suministro de alimentos, ropa, vivienda, seguridad y oportunidades entre los pobres. La inmoralidad se puede disminuir mediante métodos más rigurosos y eficaces de detección y castigo. Se puede desalentar y en cierta medida impedir la indolencia mediante colonias de trabajo obligatorio, así como por sanciones infligidas a personas que se nieguen a proveer para sus dependientes naturales. Se puede reducir grandemente la imprevisión mediante leyes que provean más oportunidades económicas, seguros por incapacidad y mejores métodos de ahorro. Sin embargo, en cada uno de estos casos, será beneficioso el remedio que tiene por objeto la mejora del carácter; y en muchos casos será indispensable.

Las principales causas de la pobreza a ser removidas por métodos sociales son: el desempleo, los bajos salarios, la enfermedad, los accidentes, la vejez, trabajo inadecuado para la mujer y los niños, condiciones de empleo carentes de higiene y debilitantes, la negativa del jefe de familia a proveer para el sustento de la familia y la ineficiencia industrial. Los recursos sociales necesarios deben ser aplicados por los individuos, las asociaciones voluntarias y por el Estado; y la mayor parte de ellos caerá bajo el título general de mayores oportunidades económicas. Si esto se lograse con un grado razonable, las personas que están en o por debajo del nivel de pobreza disfrutarían de ingresos adecuados y mejores condiciones de trabajo en general, y así podrían protegerse contra la mayoría de las otras causas de pobreza que han sido enumeradas.

En gran parte, esta mayor oportunidad económica tendrá que venir a través de legislación dirigida hacia una mejor organización de la producción y distribución, y hacia un sistema eficaz de educación industrial. También se debe hacer provisión legal para seguros de enfermedad, accidente, desempleo y vejez, y para la coerción y castigo de los maridos y padres negligentes. Dado que, sin embargo, muchas de estas causas sociales de la pobreza se deben con frecuencia, al menos en parte, a tendencias individuales, son curables en gran medida mediante recursos individuales. La enfermedad, los accidentes, la ineficiencia y el desempleo a menudo son el resultado de la intemperancia, la inmoralidad y la indolencia. Cada vez que este es el caso, debe entrar como remedio la reforma del carácter. En una palabra, podemos decir que los correctivos de algunas de las causas de la pobreza deben ser predominantemente sociales, otros, mayormente individuales; pero que, en casi todos los casos ambos métodos serán efectivos en cierta medida.

La abolición de toda la pobreza que no se debe a faltas individuales, defectos congénitos o a desgracia inusual es uno de los ideales de la filantropía y reforma social contemporáneas. Es un objetivo noble, y no debe ser imposible de realizar. En contra de él a veces se cita las palabras de Cristo: "A los pobres los tienen siempre con ustedes"; pero esta frase es en tiempo presente, y obviamente se dirige a los discípulos, no a todo el mundo. Hasta que a las palabras se le haya dado con autoridad una aplicación universal, la repetición de ellas como una explicación de la pobreza actual, o como un argumento contra la abolición de la pobreza, no será ni convincente ni edificante. Igualmente irrelevante es el hecho de que la pobreza es altamente honrada en la vida ascética y la literatura. En primer lugar, no es cuestión aquí de la abolición de la pobreza que es involuntaria, ni de la que es abrazada libremente. En segundo lugar, la pobreza religiosa generalmente incluye aquellas cosas cuya carencia hace al otro tipo de pobreza tan indeseable, a saber, los requisitos elementales de salud, confort y vida decente. Tampoco hay que oponerse a la abolición de la pobreza basado en que esto disminuiría las oportunidades de los pobres para la práctica de la humildad y de los ricos para ejercer la benevolencia. En la actualidad (1911) la mayoría de las personas no están en condiciones de pobreza, sin embargo, nadie pide que deberían descender a tal condición en aras de una mayor oportunidad de humildad. Todavía habría abundante espacio para el ejercicio de estas dos virtudes después que toda la pobreza involuntaria haya desaparecido, pues no habría falta de sufrimiento, desgracia, y necesidad genuina. Por otro lado, los que hayan salido de la pobreza, o hayan sido sacados de ella, estarían en mejores condiciones para practicar muchas otras virtudes más beneficiosas que la humildad obligatoria.

La pobreza, de hecho, ha sido una escuela de virtud para muchas personas que de otro modo no habrían alcanzado tales alturas de logros morales, pero estas son las excepciones. La gran mayoría de las personas están en mejor situación física, mental y moral cuando están por encima del nivel que marca el límite inferior de la salud primaria, el confort y la decencia. Para la gran mayoría, el deseo del hombre sabio, "ni pobreza ni riqueza", representa la condición más favorable para una vida recta y razonable. Si una persona ve en la pobreza mejores oportunidades para una vida virtuosa, que la abrace, pero ningún ser humano debe ser obligado a tomar este curso. Después de todo, la propuesta para abolir la pobreza involuntaria no es más que la propuesta de permitir a cada persona a tener una vida digna, y disfrutar de esa comodidad razonable y frugal que León XIII declaró ser el derecho natural de cada asalariado, y que, en consecuencia, es la condición normal de todo ser humano. Su único objetivo es levantar las clases más bajas y más débiles de la comunidad a ese nivel que el P. Pesch cree que es tanto deseable como factible: "Seguridad permanente en las condiciones de vida que sean conformes con el estado actual de la civilización, y en este sentido digno de seres humanos "(op. cit. infra., II, 276).


Bibliografía: HUNTER, Poverty (Nueva York, 1904); DEVINE, Misery and Its Causes (Nueva York, 1909); WARNER, American Charities (Nueva York, 1894); BOOTH, Life and Labour of the People in London (Londres, 1889-1902); ROWNTREE, Poverty: A Study of Town Life (Londres, 1901); HOBSON, Problems of Poverty (Londres, 1899); ADAMS y SUMNER, Labor Problems (Nueva York, 1905); SELIGMAN, Principles of Economics (Nueva York, 1905); DEVAS, Political Economy (Londres, 1901); ANTOINE, Cours d'économie sociale (París, 1899); PESCH, Lehrbuch der Nationalökonomie (Friburgo, 1909).

Fuente: Ryan, John Augustine. "Poverty and Pauperism." The Catholic Encyclopedia. Vol. 12, pp. 327-330. New York: Robert Appleton Company, 1911. 14 Sept. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/12327a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.