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Viernes, 21 de noviembre de 2014

Novena

De Enciclopedia Católica

(De novem, nueve)

Se trata de una devoción pública o privada que se realiza durante nueve días en la Iglesia Católica y cuya intención es obtener gracias especiales. La octava tuvo más bien un carácter festivo. La novena pertenece a las prácticas asociadas con el duelo de oración. “El número nueve es indicativo de sufrimiento en la Sagrada Escritura” (St. Jerome, in Ezech., vii, 24; -- P.L., XXV, 238, cf. XXV, 1473).

La novena no sólo es permitida sino también recomendada por la autoridad eclesiástica, aún cuando no tenga un lugar o sitio definido en la liturgia de la Iglesia. Con todo ello, cada vez más los fieles la realizan, la llevan a cabo. Se distinguen cuatro tipos de novenas: de duelo, de preparación, de oración y de indulgencias. Esta distinción, no obstante, no es exclusiva.

Los judíos no tenían una celebración de nueve días o nueve días de duelo, al noveno día de haber muerto o enterrado a sus familiares o amigos. Ellos mantenían en condición de mayor sacralizad el número siete. Por el contrario, encontramos que entre los antiguos romanos se seguía una celebración o conmemoración oficial de nueve días, la cual está relacionada con Livy en sus orígenes (I, xxxvi).

Luego de una caída copiosa de piedras en el Monte Alban, un sacrificio oficial, ya sea que fuere un augurio o no, se mantenían nueve días en los cuales se apelaba a los dioses a fin de evitar el mal. De allí se deriva que la misma novena de sacrificios se realizaba en donde quiera que graves presagios pudieran anunciarse (cf. Livy, XXI, lxii; XXV, vii; XXVI, xxiii etc.).

Además de esta costumbre, también existían entre los romanos y griegos los nueve días de duelo, con la especial conmemoración al noveno día luego de la muerte o el entierro. Se trataba más bien de un ritual de carácter familiar (cf. Homer, Iliad, XXIV, 664, 784; Virgil, Aeneid, V, 64; Tacitus, Annals, VI, v.). Los romanos también celebraban la parentalia novendialia, una novena de character annual (13 a 22 de Feb.) en conmemoración de quienes se habían ido de este mundo (cf. Mommsen, "Corp. Inscript. Latin.", I, 386 sq.).

La celebración terminaba el noveno día con un sacrificio y un banquete. Existe referencia de estas costumbres en leyes del Emperador Justiniano ("Corp. Jur. Civil. Justinian.", II, Turin, 1757, 696, tit. xix, "De sepulchro violato"), donde los créditos eran prohibidos y que no se permitía crear problemas para los deudos del deudor durante los siguientes nueve días luego de su muerte. San Agustín (P.L., XXXIV, 596) advierte a los cristianos en función de no imitar la costumbre pagana, en tanto no hay ejemplo en las Sagradas Escrituras. Más tarde lo mismo fue hecho por el Pseudo-Alcuin (P.L., CI, 1278), invocando la autoridad de San Agustín, y aún más claramente por John Beleth (P.L., CCII, 160) en el Siglos XII. Aún Durandus en su "Rationale" (Nápoles, 1478), escribiendo sobre el Oficio de los Muertos, subraya que “algunos no aprueban esto, para evitar la apariencia de que están apelando a costumbres paganas”.

No obstante, en las celebraciones de duelo cristiano, uno encuentra que existían las de nueve días, pero también las de tres o siete. The “Constitutiones Apostolicae” (VIII, xlii; P.G., I, 1147) ya hablaba de esto. La costumbre existió especialmente en el Oriente, pero también puede ser encontrada en los francos y anglo-sajones. La misma es aún relacionada con las práctica de los paganos, aunque no tiene vestigio de superstición.

Nueve días de duelo con misas diarias, fue un procedimiento de distinción, naturalmente, el cual no era realizado sino por las clases altas. Príncipes y gente de dinero ordenaban tales procedimientos para ellos en sus testamentos. También esto se encontraba en los testamentos de papas y cardenales. Ya desde la Edad Media, se acostumbraba realizar novenas de Misas para papas y cardenales como una costumbre.

Más tarde, la celebración mortuoria para cardenales llegó a ser constantemente más simple, hasta que finalmente fue regulada y fijada por la Constitution “Praecipuum” de Benedicto XIV (23 de noviembre de 1741). Se retuvo la costumbre del duelo de los nueve días para los pontífices soberanos y fue tal la costumbre de hacer esto que se llegó a llamar simplemente “Novena del Papa” (cf. Mabillon, "Museum Italicum", II, Paris, 1689, 530 sqq., "Ordo Roman. XV"; P. L., LXXVIII, 1353; Const. "In eligendis" of Pius IV, 9 Oct., 1562).

Esta costumbre continúa y consiste fundamentalmente en una novena de Misas por los desaparecidos. Registros de la Sagrada Congregación de Ritos (22 de abril, 1633) nos informa que tales novenas de duelo, oficia novendialia ex testamento, fueron generalmente conocidas y permitidas en las iglesias religiosas (Decr. Anth. S.R.C., 604). Ellas no son más de uso común, aunque nunca han sido prohibidas, y ciertamente, por el contrario, fueron aprobadas por Gregorio XVI, novendiales precum et Missarum devociones pro defunctis (11 de julio de 1853, (sic)) así como las indulgencias por una confraternidad “agonizantium” en Francia (Resc. Auth. S.C. Indulg., 382).

Además de la novena de los muertos, encontramos en los primeros años de la Edad Media, la novena de preparación, pero siempre primero antes de Navidad y solamente en España y Francia. Esto tiene su origen en los nueve meses que Nuestro Señor estuvo en el vientre de su Bendita Madre, desde la Encarnación hasta la Navidad. En España la Anunciación se transfirió para todo el país en el Concilio de Toledo en 656 (Cap. i; Mansi, “Coll. Conc.”, XI, 34) al 18 de diciembre como la festividad más apropiada en términos de la preparación para Navidad. Con esto, aparece como una real novena de preparación para Navidad estuvo inmediatamente relacionada con toda España. Tomando en cuenta esto, se hizo una petición de parte de Azores (Insulae Angrenses) a la Sagrada Congregación de Ritos. Lo que se pedía era que se retornara a la “más antigua costumbre” de celebración, justo antes de Navidad, nueve Misas de Nuestra Señora.

Este uso fue permitido, dado que la gente tomó parte en la celebración, de manera continua y se prescribe (28 Sept., 1658; Decr. Auth., 1093). A French Ordinarium (P.L., CXLVII, 123) en preparación para Navidad. En el noveno día debe principiar con los himnos y cada día se observa la Magnífica, y el altar y el coro deben tener incienso. El Ordinarium de Nantes y el Antifonario de San Martín de Tours, en lugar de siete himnos, tienen nueve, para los nueve días antes de Navidad, los que son cantados con especial solemnidad ((Martene, "De Antiq. Eccles. Ritib.", III, Venice, 1783, 30).

En Italia la novena aparece como haberse extendido solamente hasta el Siglo XVII. Aún así, la “Praxis caeremoniarum seu sacrorum Romanae Ecclesiae Rituum accurata tractatio" del Theatine Piscara Castaldo, un libro aprobado en 1525 por el autor padre general (Nápoles, 1645, p. 386 sqq.), da completas direcciones para la celebración de la novena de Navidad con exposición del Santísimo Sacramento.

El autor subraya que esta novena en comemoración de los nueve meses de permanencia de Nuestro Señor en el vientre materno, se celebraba en muchos lugares de Italia. Además indica que al principio del Siglo XVIII, la novena de Navidad tuvo tal distinguida posición ante la Congregación de los Ritos Sagrados (7 de julio de 1718), que se permitió que tuviera una solemne celebración con exposición del Santísimo Sacramento (Decr. Auth., 2250).

No obstante, antes de esto, al menos en Sicilia, la costumbre se había generado entre religiosos y era la preparación de la festividad de su fundador, la que se realizaba con una novena de Misas, y estas Missae novendiales votitae, fueron también declaradas permisibles (2 de septiembre de 1690; Decr. Auth., 1843). En general, en el Siglo XVII, numerosas novenas se desarrollaron especialmente en las iglesias de religiosos y santos de varias órdenes (cf. Prola, “De Novendialibus supplicantionibus”, Romae 1724, passim).

Doscientos años más tarde se otorgó especial permiso para la aplicación de Sicilia de la exposición del Santísimo Sacramento del Altar en la celebración de las novenas (Decr., Auth., 3728), y en los decretos de Missae votivae del 30 de junio de 1896, existe también el asunto de Missae votivae novendiales B.M.V. (Decr. Auth., 3922 V, n. 3). Al menos de esta manera, la novena es reconocida en la Liturgia.

Al mismo tiempo que se desarrollaba la novena de preparación, también emergía la novena de oración entre los fieles. Se considera que las mismas tenían lugar especialmente por necesidad de recobrar la salud. El sitio original de esta novena debe haber sido Francia, Bélgica y lugares adyacentes como el Bajo Rin. Especialmente notable fueron hasta el año 1,000 las novenas de San Huberto, San Marcolf, y San Mommolus. San Mommolus (o Munmmolus) fue considerado como Santo Patrono e intercesor de las enfermedades mentales. Las novenas que se le hacían tenían lugar en la Santa Cruz del Monasterio de Bordeaux, lugar donde el santo fue sepultado (Mabillon, "Act. Sanct. O. S. B.", II, Venice, 1733, 645 sqq.; "Acta SS.", August, II, 351 sqq.; Du Cange, "Glossarium", s. v. "Novena").

San Marcolf procuró para los reyes de Francia con el poder de curar con las manos. Para este propósito, casi inmediatamente luego de su coronación en Reims, los reyes tenían que ir en persona en peregrinaje a la tumba de San Marcolf en Corbeny y hacer una novena allí. Los que deseaban ser curados también debían hacer una novena similar. Sin embargo, la novena mejor conocida es la de San Huberto, la que continúa siendo así hoy en día. Se hace contra los males de las gentes que han sido mordidas por perros o lobos rabiosos (Acta SS., noviembre, I, 871, sqq).

Esta novena últimamente mencionada fue atacada en los últimos tiempos, particularmente por los jansenitas, y fue rechazada por supersticiosa (cf. "Acta SS.", loc. cit., where the attack is met and the novena justified). Antes de esto, Gerson, en el Siglo XIV, ya había advertido contra el abuso de supersticiones en esta novena. Pero él no rechazó las novenas en general y vemos por medio de sus trabajos que en sus tiempos esto ya era algo que se había extendido (Opera, París, 1606, II, 328, III, 386, 389). No obstante las advertencias de Gerson, las novenas fueron cada vez más numerosas entre los fieles. Sus resultados fueron incluso milagrosos y significativos.

Benedicto XIV (De canonizat. sanct., lib. IV, p. II, c. xiii, n. 12) nos dice de un número de tales milagros que habrían ocurrido en el proceso de canonización. Los católicos conocen por su propia experiencia, que las novenas no son algo pagano, supersticioso o sólo derivado de la costumbre, sino uno de los mejores medios para obtener gracias celestiales, y en lo que se incluye la intersección de Nuestra Señora y de todos los santos.

La novena de oración es por tanto, un tipo de oración que incluye una plegaria para ser escuchada, confianza y perseverancia, dos de las cualidades más importantes en cuanto a la eficacia de la oración. Aún si el empleo del número nueve en la cristiandad estuviese conectado con un uso similar en el paganismo, su uso no sería culpable de ninguna superstición. No se trata, por supuesto, de que todas las variaciones o adiciones en las novenas deben ser algo defendible o justificado. Se puede abusar de la sagrada costumbre, pero el uso del número nueve no sólo debe ser justificado, sino también interpretado en el mejor de los sentidos.

El número diez es el más alto, el número máximo, simplemente el perfecto, el cual se ajusta a Dios; el número nueve, que carece del rasgo para ser diez, es un número de imperfección, es el que se ajusta a la condición humana. De esta manera fue como filosofaron gente que va desde Pitágoras, Filo el Judío, los Padres de la Iglesia, y los monjes de la Edad Media. Por esta razón ese número fue adaptado para el uso de la acción por la cual la oración se transformaba en oración a Dios (cf. Jerome, loc. cit.; Athenagoras, "Legat. pro Christian.", P.G., VI, 902; Pseudo-Ambrosius, P.L., XVII, 10 sq., 633; Rabanus Maurus, P.L., CIX, 948 sq., CXI, 491; Angelomus Monach., In Lib. Reg. IV, P.L., CXV, 346; Philo the Jew, "Lucubrationes", Basle, 1554, p. 283).

En la novena de duelo y la Misa en el noveno día, se recordaba en la Edad Media, cuando Cristo entregó su espíritu en la novena hora, tal y como está contenido en libros penitenciales (cf. Schmitz, "Die Bussbucher und die Bussdisciplin", II, 1898, 539, 570, 673). Se subraya también por el significado de la Santa Misa en el noveno día, a quienes se han ido y que se relacionan con los nueve coros de ángeles (cf. Beleth, loc. cit.; Durandus, loc. cit.). Para el origen de esta novena de oración podemos puntualizar el hecho de que en la novena hora en la Sinagoga, como la nona en la Iglesia Cristiana, fue una hora especial de oración en los primeros tiempos. De esa manera se recuerda dentro de lo que se denominaban las “horas apostólicas” (cf. Acts, iii, 1; x, 30; Tertullian, "De jejuniis", c. x, P.L., II, 966; cf. "De oratione", c. xxv, I, 1133).

También la Iglesia, en el Breviario, por siglos, ha invocado al Todopoderoso en nueve Salmos, y le ha rendido honores en nueve lecciones, mientras que en tiempos antiguos, el Kyrie se escuchaba nueve veces en cada Misa (cf. Durandus, "Rationale, De nona"; Bona, "Opera", Venice, 1764; "De divina psalmodia", p. 401).

Tal y como se ha dicho, la más simple explicación de la novena de Navidad son los nueve meses de Cristo en el Vientre. Pero por cada novena de preparación también hay una novena de oración. No sólo la mejor explicación, sino también el mejor ejemplo fue dado por Cristo por si mismo a la Iglesia en la primera novena de Pentecostés. El mismo expresó y exhortó a los Apóstoles a realizar tal preparación. Y cuando la joven congregación fielmente había preservado los nueve días completos, el Espíritu Santo vino como el precioso fruto de la primera novena cristiana para la festividad del establecimiento y fundación de la Iglesia.

Si uno mantiene esto en mente y recuerda además que las novenas en el curso del tiempo han llegado a ser medios para muchos eventos, incluso milagrosos, respuestas de oración, y que finalmente Cristo por sí mismo en la revelación a Santa Margarita María Alacoque recomendó la especial celebración consecutiva de los primeros nueve viernes primeros de cada mes ((cf. Vermeesch, "Pratique et doctrine de la dévotion au Sacré Coeur de Jésus", Tournai, 1906, 555 sqq.), uno se pregunta porqué la Iglesia esperó tan largo tiempo antes de aprobar positivamente y recomendar novenas, en lugar de haber dado tempranamente este paso (cf. "Collection de précis historiques", Brussels, 1859, "Des neuvaines", 157 sqq.).

No fue sino hasta el siglo XVIII que la Iglesia formalmente recomendó las novenas en términos de adquirir Indulgencias. Esto nos lleva a considerar el último tipo de novenas, las de indulgencias. Aparentemente fue Alejandro VII a mediados del Siglo XVII que otorgó las indulgencias en una novena en honor de San Francisco Xavier, la que se realizó en Lisboa (cf. Prola, op. cit., p. 79). La primera novena de indulgencias se tuvo en Roma, y aún allí se tuvo en una sola iglesia. Se trató de la novena en preparación para la festividad de San José en la Iglesia de San Ignacio.

Esto fue establecido por Clemente XI, el 10 de febrero y el 4 de marzo de 1713 (cf. Prola, loc, cit; Benedicto XIV, “De canoniz.” loc. cit.). Los franciscanos, que antes de esto acostumbraban a tener una novena con motivo de la festividad de la Inmaculada Concepción (cf. Decr, Auth, S.R.C., 2472), recibieron indulgencias especiales por ello el 10 de abril de 1764 (Resc. Auth. S.C. Indulg., 215). No fue sino hasta más tarde, especialmente a principios del Siglo XIX que varias novenas fueron enriquecidas con indulgencias en lo que fue algo común para toda la Iglesia. Ellas totalizan treinta y dos, las que generalmente son novenas de preparación para las festividades definitivas.

Los detalles de las mismas son los siguientes: una en honor de la Santísima Trinidad, la que puede ser antes de tal festividad (primer domingo después de Pentecostés) o en otro tiempo del año; dos para el Espíritu Santo, una realizada antes de Pentecostés por la reconciliación de los no-Católicos (esta se hace también públicamente en algunas parroquias), una en cualquier época del año; dos novenas para el Niño Jesús, una hecha antes de la festividad de Navidad, y la otra durante cualquier tiempo del año; tres del Sagrado Corazón, una antes de tal festividad (el viernes luego de la octava de Corpus Christi), una en cualquier época del año, y la tercera la correspondiente a la de los primeros nueve primeros viernes, la que está basada en la promesa hecha a Santa Margarita María, por el Sagrado Corazón, asegurando por tal medio la gracia final a la perseverancia y la recepción de los Sacramentos antes de la muerte, a todos los que han recibido la Santa Comunión los primeros viernes de cada mes, durante nueve meses consecutivos.

Es costumbre ofrecer esta novena en reparación de los pecados de la humanidad; once novenas en honor a la Santísima Virgen, en honor a la Inmaculada Concepción, la Natividad de María, su Presentación en el Templo, la Anunciación, la Visitación, la Maternidad de María, su Purificación, los Siete Dolores, la Asunción, el Santo Corazón de María, y el Santo Rosario; una novena para en honor de cada uno de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y una en honor al Ángel Guardián, dos para San José, una que consiste en la recitación de oraciones en honor de los sietes dolores y los siete gozos del padre adoptivo de Cristo, lo que se hace antes de la festividad del santo (19 de marzo) y otra en cualquier tiempo del año; una novena en honor de San Francisco de Asís, en cualquier tiempo del año, una para San Vicente de Paul, otra para San Juan de la Cruz, otra para San Estanislao Kotska, antes de la festividad de este santo (13 de noviembre), otra para San Francisco Xavier, y otra por las Santas Almas.

La novena en honor a San Francisco Xavier, conocida como la “Novena de la Gracia”, se originó de la manera siguiente: en 1633, el padre Mastrilli, S.J., estaba a punto de morir como resultado de un accidente, cuando se la apareció San Francisco Xavier, un santo al que el religioso tenía gran devoción. La aparición le indicó que debía dedicarse a las misiones en las Indias.

El padre Mastrilli hizo entonces la promesa ante su provincial, de que iría a las Indias, si Dios le daba vida, y en otra aparición (3 de enero de 1634) San Francisco Xavier le reitera la renovación de la promesa, le predijo su martirio, y le restauró la salud tan completamente que esa misma noche el padre Matrilli pudo escribir un recuento de su cura. La próxima mañana celebró misa en el altar del santo y reasumió su vida comunal. Fue a las misiones del Japón donde fue martirizado el 17 de octubre de 1637.

La fama y el renombre de este milagro pronto se esparcieron por toda Italia, e inspiró la confianza en el poder y la bondad de San Francisco Xavier. Los fieles imploraron su asistencia en una novena con tal éxito que llegó a ser llamada la “Novena de la Gracia”. Esta novena se hace pública en muchos países del 4 al 12 de marzo, esta última es la fecha de canonización de San Francisco Xavier conjuntamente con San Ignacio. Las condiciones incluyen la visita a una capilla o iglesia jesuita.

La indulgencia puede ser ganada uno u otro día de la novena, y aquellos que tienen la aflicción de la enfermedad o alguna otra causa legítima, pueden ganar durante la novena la indulgencia haciéndola lo más pronto posible. Todas estas novenas, sin excepción pueden ser hechas en público o en privado, con piadosos ejercicios y con la recepción de los Sacramentos, y por ello puede ser ganada una indulgencia parcial o indulgencia plena al final de la novena.

Las indulgencias y las condiciones para ganarlas están precisamente mencionadas en detalle en la auténtica “Raccolta” y en los trabajos de las Indulgencias de Beringer y Hilgers, los que han aparecido en varios lenguajes. Las novenas de indulgencia, hasta cierto punto oficiales, han contribuido al aumento de la confianza de los fieles en estas prácticas. De allí que aún la novena privada de oración florece en nuestros días.

Por medio de la novena a Nuestra Señora de Lourdes, de San Antonio o de otros santos, los fieles buscan ayuda y alivio. La historia de las novenas no está aún escrita, pero no hay duda de que formará parte de la historia de la veneración como infantil de Nuestra Señora y todos los santos, o de la viva confianza que se tiene en Dios, y como un testimonio del espíritu de oración en la Iglesia Católica.


JOSEPH HILGERS Transcripción de Herman F. Holbrook Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes Ad honorem Sanctae Dei Genetricis, Rosarii sacratissimi Reginae