Herramientas personales
En la EC encontrarás artículos autorizados
sobre la fe católica
Lunes, 23 de octubre de 2017

Mary Aikenhead

De Enciclopedia Católica

Saltar a: navegación, buscar

Marie de Vignerot de Pontcourlay, marquesa de Combalet y duquesa de Aiguillon; sobrina del Cardenal Richelieu. Nació en 1604; murió en París, en 1675.

Prometida inicialmente al conde de Bethune, hijo de Sully, se casó en 1620 con Antoine de Route, marqués de Combalet, muerto dos años más tarde en el sitio de Montpellier. Viuda y sin hijos, ingresó al convento carmelita de París, decidida a terminar ahí sus días, pero tuvo que seguir a Richelieu luego de su nombramiento como primer ministro de Luis XIII, y se le nombró dama de cámara de María de Medici. Encargada de servir como anfitriona en el palacio del cardenal, se hizo cargo, como dijera Fléchier, de repartir “su liberalidad y sus limosnas”. Convencida de la vanidad de los honores terrenales, se ocupó solamente de distribuir riquezas sin procurarse disfrute alguno de éstas. Por sus virtudes y piedad mereció con suficiencia los títulos que le dieron sus panegiristas, “gran cristiana” y “mujer heroica”.

La caridad fue su principal virtud. Participó en todas las actividades benéficas de su tiempo. Fundó, dotó o enriqueció particularmente a las fundaciones de las misiones extranjeras en París y Roma, a la Iglesia y el seminario de San Sulpicio, a los hospitales de Marsella y Argelia, al convento carmelita, a las hermanas de San Vicente de Paul y a todas las casas religiosas de París. Dio cincuenta mil francos para la fundación de un hospital general en París, que ella misma estableció en un principio en La Salpêtrière. Como patrona de San Vicente de Paul, animó asambleas caritativas, misiones evangélicas y la mayor parte de las instituciones creadas por aquel santo. Dio los fondos para establecer el College des Bons-Enfants. Sus obras caritativas alcanzaron hasta las misiones en China y sufragó el costo de enviar allá a los primeros obispos. Sin embargo, fue sobre todo la colonia de Canadá la que recibió una gran parte de sus beneficios. Ante su tío abogó en especial por esta obra, y Richelieu procedió a enviar allá algunos jesuitas. El Hôtel-Dieu de Quebec se construyó a sus expensas y fue ella quien lo puso a cargo de los religiosos hospitalarios de Dieppe, habiéndolo dotado de una renta anual de tres mil francos. Al día de hoy continúan cantándose ahí misas diarias, por la intención de la duquesa y de Richelieu, y una inscripción suya puede leerse sobre la entrada principal. Fue gracias a su elevado patronazgo que se envió allá a las primeras ursulinas. Concibió la fundación de la colonia de Montreal junto con Olier y logró que el Papa aprobara la sociedad formada para el efecto. Por último, sometió la creación del obispado de Quebec ante la Asamblea General de clérigos franceses y para su manutención, obtuvo de Mazarino una pensión de 1,200 coronas.

Esta mujer de amplitud intelectual fue procurada por príncipes de sangre real pero ella prefirió mantener su viudez para no desviarse de sus actividades caritativas. Al recibir el título de duquesa, donó 22 mil libras para establecer una misión que instruyera a los pobres del ducado. Fue asimismo patrona ilustrada de los escritores de su tiempo. Voiture, Scudéry, Molière, Scarron y Corneille recibieron su favor. Este último le dedicó “El Cid”. Designada principal heredera de Richelieu, a la muerte de éste se retiró al Petit-Luxembourg, publicó los trabajos de su tío y continuó su generosa beneficencia para con toda clase de labores caritativas. Llevó a efecto la última petición del cardenal, la terminación de la iglesia y el colegio de la Sorbona, así como del Hôtel Richelieu, que desde entonces se convirtió en la Biblioteca Nacional de Francia. Su oración fúnebre, a la que se tiene por una de las obras maestras de la oratoria francesa desde el púlpito, se encomendó al gran Fléchier.

BONNEAU-AVENANT, La duchesse d'Aiguillon, nièce du cardinal de Richelieu, sa vie et ses oeuvres charitables (París, 1879); Revue Canadienne, nueva serie, II, 735; III, 27.

J. EDMOND ROY

Traducido por Gabriel E. Breña