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Miércoles, 19 de septiembre de 2018

Crónica de la Orden de la Merced en América: Los religiosos mercedarios prosiguen sus misiones en Castilla del Oro que en Panamá, y en otras regiones

De Enciclopedia Católica

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Párrafo VII

Los religiosos mercedarios prosiguen sus misiones en Castilla del Oro, que es Panamá, y en otras partes


La antecedente diversión a la otra costa del seno mexicano fue precisa siguiendo los hermosos y primeros pasos de nuestros predicadores evangélicos. No debe ser desagradable la ceñida relación de los servicios en aquella conquista, ni debe extrañarse una breve relación narración de los espantosos peligros que experimentaron los venerables y devotos padres que surcaron el proceloso mar de infieles, convertidos a la fe en tan bárbaras naciones. El grande apóstol San Pablo, predicador de gentiles, refiere difusamente sus peligros, y se complace el señor del Evangelio que sus siervos le hagan relación del logro de sus talentos en obsequio suyo y en manifiesta honorífica confesión de ser sus siervos y ministros; y en lo político, gustan los soberanos de noticias dignas de alabanza. Así las deseaba el sabio emperador Marco Aurelio: de Sicilia volumus venire laudes et non quaerelas.


Ya están en Tierra Firme y en Castilla del Oro las nubes misioneras , para destilar con excesiva abundancia las aguas del Cielo, superiores a las lluvias de ese clima; ya están en tierra las palomas con ramos de oliva, símbolo con que reveló el cielo a nuestra gran patriarca su religión de la Merced o de la Misericordia. De aquí adelante éstas palomas procrearán, con imponderable fecundidad, infinitos hijos para el Hijo para el Cielo. Ya estos ángeles veloces, desde aquí, se verá que, como espíritus de fuego, abrazan estas regiones con mejor incendio y más provechoso al alma de los infieles convertidos.

Los conventos de Tierra Firme, de Cartagena, Puertobelo y Panamá son los términos a que se extiende esta provincia de Lima. Sea el primero glorioso misionero de Castilla del Oro, o Panamá, el venerable padre fray Juan de Vargas, varón instruido en letras y virtudes y, con la suavidad de su genio y costumbres, grato a los bárbaros, a cuya conversión fue enviado. Padeciendo naufragio el navío en que se venía y habiendo, por persuasión de los soldados y pasajeros, quitándose el santo hábito para que se salvase en una tabla, pidió que se volviesen, diciendo que sin él, sin duda, se ahogaría. ¡Caso raro! vistiósele, pisó al mar como que fuese tierra firme, donde los que después salieron, salieron a la playa, le hallaron hincado de rodillas, dando gracias al Señor. Esta es historia humana y por eso falible: y la del apóstol cabeza de los misioneros, San Pedro, que desnudo pisó los vértices del mar, es canónica y de fe (1).

Con este prodigio, veneraron en Panamá a este siervo de Dios que, siguiendo su misión, se fue a las montañas a confirmar en la fe a los indios rebeldes a Dios y a su Rey, donde estuvo mucho tiempo con admirable aprovechamiento en la conversión de algunos pueblos. Aconte[ció] que el capitán Pedro de Ursúa, con una escuadra de soldados, hizo repentina irrupción en aquellos indios, degollando a muchos; los demás convirtieron contra este siervo de Dios, su misionero y padre, el rabioso que les causó este hecho militar y, en venganza de él, lo asaetearon; y aunque tenía todo el cuerpo clavado con las flechas, como blanco de su crueldad, no hizo intermisión en predicarles. Estos ingratos y bárbaros, habiéndole hechado un dogal al cuello, lo colgaron en un, patíbulo semejante al árbol de la cruz en que Cristo murió y a quien este misionero predicaba.

Treinta días estuvo colgado en aquella región de tan excesivo calor; no se corrompió su cuerpo en tantos días; antes sí, respiraba un suavísimo olor que, en aquellas espesas montañas, fue el índice para que lo hallasen los que fueron de Panamá a buscarle, con la noticia de su muerte. Hallaron su bendito cuerpo, fresco oloroso y tratable, con otro mayor portento: que vieron al lado de su cuerpo dos aves no conocidas en aquella tierra, coronadas de crecidos penachos, que defendían el cuerpo, y otras aves de rapiña. En Panamá fue recibido y sepultado con devota veneración del presidente, Real Audiencia y de aquella república. Lo dicho consta de información que se hizo en Panamá y del elogio y memoria que de este siervo de Dios hace nuestra sagrada religión.

El padre maestro fray Melchor Fernández no perdió la vida a manos de la fiereza de los indios, pero la expuso a sus riesgos, teniendo por logro morir y siendo su vivir Cristo, a quien predicaba. Fue un ángel desinteresado como el de Tobías, enviado a Castilla del Oro a curar infieles de la mortal dolencia de la idolatría y de sus accesorios achaques, todos de eterna muerte. Es el caso de circunstancias del servicio de Dios y del rey nuestro señor, habiéndose descubierto en el distrito de la Audiencia de Panamá las provincias de Chiriqui y otros indios bárbaros de la gobernación de Taragua, feroces y guerreros, el año de mil seiscientos y nueve se pidió al clero y religiones diesen algunos sacerdotes que fuesen a predicarles. Y no habiéndose alentado ministro alguno, por parecer empresa muy difícil y de que resultaría poco o ningún fruto, movió Dios el espíritu de dicho padre maestro quien, entrando con increíble trabajo [por caminos sólo] accesibles al celo de convertir almas, fundó tres pueblos de San Pablo del Platanar, el segundo San Pedro de Aspatara y el tercero de San Pedro Nolasco.

Residió en ellos casi treinta años: de los ocho primeros que fuera de las grandes copias de almas convertidas a la fe tenía cuatrocientos indios que se [confesaban en lengua española], tenía escuelas en las que aprehendieron muchos a leer y escribir y algunos a cantar para el ministerio divino. Redújolos a todos al estado honesto de política cristiana, haciéndolos vestir porque antes andaban desnudos, al uso de aquella su tierra de excesivo calor. Consta esta historia [de informa]ción hecha en la Real Audiencia de Panamá. El padre maestro fray [Melchor Fer]nández, fuera de los referidos servicios que hizo a Dios en la conversión de estas almas es digno de memoria, como lo es este Nuevo Mundo por [haber sido] el primero que compuso el catecismo en lengua índica para la instrucción universal de estos infieles; el cual catecismo aprobó el concilio límense (2).

En estos tiempos, en el año de mil seiscientos setenta y tres, el padre fray Joseph de [Cevallos], de nuestro orden, siendo cura de dicha reducción de Chiriqui, salieron de la montaña de Suri en busca de dicho padre doctrinero, sesenta y nueve indios, grandes y pequeños, hombres y mujeres, los cuales habían andado vagos en aquella jurisdicción. Y conmovido dicho religioso del celo del servicio de Dios, usó con ellos de agasajos y los redujo a población entre el río Chiriqui y [ilegible] dan fabricándoles iglesia en que tuviesen el pasto espiritual de la misa, doctrina, y casa en que vivir; les dispuso platanares y otras sementeras para su sustento, con áni[mo] de entrar en la montaña y atraer otros muchos para que gozasen del mismo beneficio. Después de otras circunstancias, se dio noticia de esta reducción al presidente de la Audiencia de Panamá y que los indios no querían ser agregados a otras doctrinas, sino tener su población en aquel paraje y al dicho padre por su doctrinero, por tenerlos ya reducidos y educados.

Ordenó el presidente se diese cuenta de todo al ilustrísimo señor obispo de la iglesia catedral de aquella ciudad de Panamá, quien había ido al sitio de aquella población, así para reconocerla como para ver si podía reducir a aquellos indios a otro lugar pareciéndole más conveniente para la educación política y enseñanza cristianas los había hallado tan contentos en el sitio que ni aun el nombre de mudanza quisieron oír, ni pudo persuadirlos a otra cosa por agasajos, ruegos, dádivas, diciendo que habían de estar en aquella población o volverse al monte a su gentilidad; y que tampoco quisieron venir en que se les pusiese otro cura, sino que había de ser quien los doctrinase el referido padre fray Joseph Cevallos.

De todo se hicieron autos. Con testimonios fidedignos, se ocurrió por nuestra religión al rey nuestro señor para que se sirviese de aprobar el nombramiento de cura de aquella reducción en dicho padre fray Joseph Cevallos; y se atendiese al consuelo que se seguiría a los indios de que, después del dicho padre, fuese aquella doctrina de la religión. Y Su Majestad, vista esta materia por los de su Consejo de Indias y con vista y respuesta del fiscal, se sirvió de despachar cédula de ruego y encargo para que habiendo en nuestra religión sujetos dignos, en las ocasiones de vacantes de la dicha doctrina, se tenga consideración en la provisión de ellas; a lo que representó el padre maestro fray Fernando Nieto, procurador general de esta provincia, que hizo por el dicho fray Joseph Cevallos. Esta cédula está original en el libro de esta provincia al f[olio] cuatrocientos y siete, en el gobierno y provincialato [del reverendo padre] maestro [fray] Juan Centeno.

El padre fray Gaspar de Torres acompañó al cacique don García Falcuna[ca] a la conquista de los barbacoas que entonces descubrieron; y redujo al servicio del rey nuestro señor a estos infieles y los bautizó, siendo gente fiera y bárbaros indómitos.

El padre fray Matías de Vilches asistió también, con apacibilidad y doctrina y ejemplo, en la reducción de estos indios barbacoas; padeció inmensos trabajos en conservarlos en paz, en unión de la Iglesia y en el dominio de Su Majestad; repartiéronse los convertidos en cuatro poblaciones: San Felipe, San Antonio de Mayaques, San Juan y San Pablo de Juntal. Todo consta de información mandada hacer por la Real Audiencia de Panamá, su fecha en diez y siete de mayo de mil setecientos y catorce. Asegúralo así Salmerón, en sus Recuerdos históricos.

El padre fray Melchor del Castillo, de conocida virtud y talento, grande [pre]dicador, pasó a la provincia de Veragua en, donde redujo a la obediencia de Su Majestad un numeroso pueblo que se había levantado: edificó iglesia, catequizó esos indios en los misterios de nuestra santa fe y bautizó por su mano más de ochocientos. Bajaban estos gentiles de las serranías a los llanos, en tropas a oír la doctrina del Cielo de este padre misionero; y le seguían, como a Cristo los enfermos, y con el agua del bautismo les daba salud en alma y cuerpo.

El padre fray Dionisio de Castro, religioso nuestro, fundó el convento de Puerto Viejo. Que está un grado de la equinoccial, a la parte del sur, en donde convirtió a la fe a los gentiles, sus habitadores. Fueron sucediéndose varios religiosos en esta encomienda y reducción. El padre fray Miguel de Santa María fue comendador de dicho Puerto Viejo más de treinta años, fiel vasallo de Su Majestad y muy atento a su real servicio. Esta lealtad se experimentó en al primer alzamiento que hubo en la dicha ciudad de Puerto Viejo, el año de mil quinientos cuarenta y siete. Seguían al tirano más de ochenta rebeldes; y solo siete alzaron bandera contra ellos por Su Majestad, a quienes el comendador y religiosos que había en el convento alentaron y dieron armas y caballos contra dichos rebeldes, por disposición de dicho padre fray Miguel de Santa María, los prendieron y los desarmaron, estando oyendo misa sábado víspera de Ramos.

Estuvo el doctrinar toda esta provincia y sus reducciones de Conchipa, Toval, Sancala, Topaagua, Charapoto, Manta, Levique, Mayagua, Copi, Campa. Taramisso, Camilloa, Pillesagua, Pipay, Las Gisipisapas Alta y Baja, a cargo de los religiosos mercedarios de dicho convento de Puerto Viejo. Estos y otros muchos pueblos están hoy reducidos a tres doctrinas: de Manta, Priosa [sic], Gisipisapas; todas fundaciones de los religiosos [nuestros] que predicaron los primeros la fe a estos indios, los bautizaron y sacaron de sus idolatrías y del abominable pecado nefando; y a los relapsos en él los tiene Dios castigados: la doctrina de Manta tuvo más de siete mil indios y hoy no hay cuarenta: En cuatro [partes] del Perú se conoció esta abominable desdicha: en Manta a la Punta de Santa Helena, [en u]nos gigantes que vinieron de Nicaragua que totalmente se extinguieron, y en La Rinconada que esta entre Paita y Colán. De aquellas tres doctrinas referidas solamente tiene mi religión la de Proaza [sic], porque los señores obispos cuidan más de [tener] en que acomodar a los suyos, que los religiosos en defender, lícitamente y con la molestia debida, lo que han sabido adquirir con el sudor de sus frentes y sangre de sus venas; en obsequio de la fe y de nuestros reyes católicos, como así lo siente nuestro Salmerón, que fue dignísimo general de nuestra orden.

El padre fray Martín de Robledo fue con el capitán don Gregorio Robledo, su pariente, el año de quinientos cuarenta y uno, a fundar la ciudad de Antioquía, en el Nuevo Reino, como dice Pedro Cieza de León. Salía a pie a predicar a los indios y consiguió tan crecido fruto que hubo día en que se bautizó más de mil.

El padre fray Gaspar de Torres, varón verdaderamente escogido de Dios para convertir almas a la fe hizo diversas misiones, saliendo de nuestro convento de Quito, a las provincias de Callapas y Barbacoas, tan ajeno de comodidades, que iba a pie y, en muchas partes, descalzo, sin cama, ropa, ni prevención de sustento; toda su compañía y consuelo era el breviario y una imagen de Nuestra Señora. Con el rigor de estas mortificaciones y con el espíritu que Dios le comunicaba en sus sermones, sacó de las tinieblas de la infidelidad tan gran multitud de idólatras; derribóles sus adoratorios que llaman huacas, en cuyo lugar edificó iglesias: quedó rendido hasta hoy en aquellas partes el ídolo Dagón, a vista del arca y de la cruz de Cristo.

Siguieron el apostólico espíritu de este misionero, el padre fray Juan Bautista de Burgos y el padre fray Hernando de Hincapié [sic], sumamente proficuos a la salud espiritual de aquellas gentes. La Real Audiencia de Quito dio noticia al señor don Felipe Segundo de estos tan lucidos progresos de nuestra Santa Fe. Y respondió su Majestad a dicha Real Audiencia expresiones dignas de tan católico y celoso príncipe: recomendó a nuestros religiosos, misioneros y al padre fray Gaspar de Torres le hizo merced de renta en su Real Caja, la que gozó toda su vida (3).

Salieron de Panamá, como se ha visto, nuestros misioneros a varias partes, siguiendo a los conquistadores. Y, ellos, prosiguieron la conquista espiritual hasta Popayán. Fue grande la valentía de ánima de entrar allí, porque estos indios eran indómitos, comían carne humana, no se sujetaban a los españoles como los demás, ni tenían caciques a quienes obedecer y, en queriéndolos obligar contra su voluntad, quemaban las casas y se iban a las espesuras. Pasaron nuestros religiosos a Villaviciosa del Pasto. Es increíble lo que trabajaron los nuestros en disuadir a estos indios los errores en que los tenía el demonio ciegos y endurecidos: uno de ellos era que habían de resucitar para vivir con el demonio en un gran reino que tenía y que, para conseguirlo, eran conveniente que con los difuntos enterrasen a sus mujeres y amigos. Así lo hacían, cebándose esta infernal furia del abismo en privar ambas vidas a infinidad de hombres y mujeres (4).

Si quisiera proseguir fuera dilatarme con demasía y creciera en volumen este informe. Y así determino, de Tierra [Firme hacer] el viaje con nuestros misioneros al Perú, dejando prime[ro adver]tido: que el convento de Panamá, fue fundación del venerable padre [Martín] Doncel, que pasó allí de la isla de Santo Domingo; el convento de Puerto Viejo fue fundación del padre fray Juan de Avendaño; el convento de Cartagena, del señor maestro Melchor Prieto, siendo vicario general del Perú y, después, electo obispo del Paraguay, que renunció. Los religiosos mercedarios fueron instituidos capellanes de los castillos de Puertobelo, con trescientos pesos de congrua cada capellán. A cargo de religioso mercedario estuvo la capellanía del castillo de Chagres, que cae al Mar del Norte, con salario de Su Majestad, fuera de las doctrinas que tenemos en Tierra Firme, como se ha dicho. Estos conventos son misiones permanentes en que, si no se convierten infieles a la fe, se convierten pecadores para que hagan penitencia de sus culpas y restaurar, así, la gracia con el uso de los sacramentos y con la predicación de la palabra de Dios, la que cayendo en buena tierra, da fruto sexagésimo y centésimo.


Paleografía: Fernando Armas Medina

Transcripción: [José Gáñvez Krüger]]