Crónica de la Orden de la Merced en América: Apóstrofe acerca de la materia del pasado: muerte del venerable padre fray Miguel de Orenes, segunda vez provincial de ésta provincia de Lima, y misiones de los mercedarios en ésta Ciudad de los Reyes

De Enciclopedia Católica

Párrafo XIII

Apóstrofe acerca de la materia del pasado: muerte del venerable padre fray Miguel de Orenes, segunda vez provincial de ésta provincia de Lima, y misiones de los mercedarios en ésta Ciudad de los Reyes

Lastimoso teatro el del Perú y deplorable sistema el de las Indias en el tiempo de los sucesos referidos. Batallas sangrientas, contra todo el Infierno, en las conquistas de los bárbaros indios, reduciéndolos, al suave yugo de la ley de Dios y a la monarquía eclesiástica y político del dominio de nuestros reyes católicos, el celo de los religiosos misioneros; y aun mismo tiempo, intestinas guerras de Almagros y Pizarros. Todo era confusión y todos debían tener un labio el[ec]to para invocar el nombre del Señor, como ya está notado con el profeta Sofonías. Estos miserables indios eran las gentes convulsas de que habla Isaías que, al tiempo de la conquista, estaban agitadas con guerras entre sí y, ahora, en grande manera, afligidos con las guerras de españoles contra españoles, en que siempre llevaban la peor parte, como se ha notado, y padecían, lastimosamente y sin poderlo remediar, las insolencias de soldados sin temor de Dios ni de la real justicia. Fueron tan lamentables estas guerras, competencias y desafueros que, afirma Garcilaso Inca, citando a Gómara, perecieron un millón quinientos mil indios. Casi increíble y lastimosa mortandad! Con el estruendo de las armas, no se oye la voz de la ley de Dios, ni menos, se percibe el eco de las leyes civiles (1). Los misioneros, angustiados, vagaban menesterosos, de un todo errantes, por soledades y por montes, sin caminos, ni sendas; su vivir era cotidiana muerte; si daban un paso, encontraban muchos precipicios, peñascos y fieras; y lo que más sentían en el alma eran las guerras y contiendas de los españoles quienes, por su ambición, codicia, soberbia y vano pundonor, embarazaban la propagación de la fe, aunque no faltando a ella, como los emperadores y reyes gentiles. Los pueblos y los indios gentiles extraños y nuestros españoles domésticos, todos cooperaban, por instigación del demonio, a poner asechanzas a la propagación de la fe y a los que ya empezaban a abrazarla.

Esta era, entonces, la postura y condición con que se fundaba en estas Indias la Iglesia Católica. Pero ahora, por la gracia de Dios, es más tranquilo su gobierno. Los varones apostólicos y curas de almas andan por caminos trillados, sin el embarazo de tan inseparables dificultades, ya vencidas éstas con las fatigas, sudores y fervoroso vigilante cuidado de los primeros misioneros, que regaron con su sangre ésta tierra eriaza entonces, para hacerla fecunda y abundante de almas cristianas, que sirviesen a Dios con sus obras y fe y a nuestro rey y señor con sus personas y tesoros.

Suplico con todo rendimiento a vuestra excelencia se sirva de instruir con estas noticias el católico celo de Su Majestad, para que, en su real mente y piadosas entrañas, hagan dictamen: que lo referido en este apóstrofe (2), de angustias, dificultades y trabajos de los primitivos misioneros, fueron más penosas cárceles que las presentadas por otro Joseph, virrey de Egipto; y que el Báratro de los atenienses es nada en su cotejo (3). Y a los muy injustificados, íntimos y sabios consejeros de su Majestad pido, con muy instante ruego, que, con San Juan Crisóstomo, ponderen, pro equo et justo, los trabajos referidos, que parece están casi literalmente delineados por el Santo Doctor (4) y que, en dictamen de un santo y justificado Rey como David es acervo dolor, maldición rigorosa, castigo, calamidad y exageración de la más trabajosa e insufrible que arrebaten extraños los trabajos propios de quien los padeció. Así lo dice en su Psalmos (5).

Pasemos, de éstos discursos melancólicos, a consolarnos con el venerable anciano fray Miguel Orenes, Padre y Abraham de éstas provincias quien, en su crecida edad, vio en gran manera multiplicada su merced. Por su nombre y espíritu, fue fortaleza de Dios. Y si el Arcángel arrojó del cielo los infieles y apóstatas, éste santo viejo, con la predicación y celo suyo y de los mercedarios misioneros, de su conducta hicieron evangélicas y eficaces diligencias para, con almas de infieles convertidos, completar las ruinas del cielo por los méritos de Cristo Señor Nuestro . Lleno de años, sin cansarse con la trabajosa peregrinación de innumerables leguas, que anduvo en busca de la oveja perdida de ésta gentilidad, y afligido su corazón con los pesares referidos de las turbulencias de Almagros y Pizarros, enfermó y descansó en paz.

Al mismo tiempo que espiró en nuestro convento, estaban exorcizando una endemoniada en la casa del tesorero Gaspar Solís. Esta energúmena, con furor infernal, empezó a dar saltos, a correr por la sala enfurecida con los circunstantes, haciendo horrendas gesticulaciones. Preguntada cual era su tormento, dio terribles voces diciendo: infelice de mi, mísero y desdichado! Que se me fue el frailecillo; escapóseme el fraile; volóseme Miguelillo. A Miguel hasta aquí hubiste de perseguirme? A éste tiempo, empezaron a doblar en nuestro convento por su bendito Padre fundador y primer provincial de esta provincia y, después del maestro fray Francisco Bobadilla, fue segunda vez provincial. El licenciado Quintana, en el libro de las Grandezas de Madrid, lo hace natural de esa ilustrísima villa y corte de nuestros monarcas españoles. Pero nuestras Crónicas y el elogio que le da la Religión, por sus virtudes y relevantes servicios a Dios y a nuestros reyes en las Indias, dice: que fue de la ciudad de Huete (6).

Murió de ciento y diez años. Pasó de la senectud al senio. Fue hombre de más de un siglo. Muy importante su vida, empleada desde su juventud en santos ejercicios e introducida de Dios para pronunciar con sus labios, a estos gentiles, las maravillas de la fe (7), hasta el último instante de su vida. Y por eso llegó con la protección de Dios, a la senectud y al senio (8).

Juzgo aquí no ser fuera de propósito hacer mención breve de las vidas largas de otros religiosos ejemplares, dedicados a la conversión de las almas: el padre fray Francisco de Riofrío, sea el primero, que se sustentó con solo pan, yerbas y frutas, durmiendo sobre un duro cañizo, por cabecera un misal y siempre vestido, vivió ciento y cinco años; el padre fray Miguel de Otazo, ciento y veinte; el padre fray Mateo Urbina ciento y diez y siete; el padre fray Toribio ciento y tres; el padre fray Jorge Daza, ciento y nueve; el padre fray Gonzalo Maraver ciento y dos, el padre fray de Molina, ciento y veinte; el padre fray Gonzalo Rondón ciento y dos: el padre maestro fray Juan de León ciento y cinco; el padre fray Pedro Vasco, ciento y tres; el padre fray Alvaro de Prado, ciento y siete. Grande felicidad humana es una vida larga, más éstas los fueron por beneficio de Dios, para que éstos varones insignes tuviesen dilatadísimo tiempo en que anunciar el brazo místico de la fe de Cristo y la observancia de los mandamientos de Dios a los que habían de engendrarse y nacer después (9). Noticias son éstas del maestro fray Luis de Vera, en su manuscrito, en nombre del reverendo padre licenciado Pedro de Bohórquez, provincial de esta provincia, en respuesta de una cédula real de treinta y uno de diciembre me mil seiscientos treinta y cinco, dirigida por mano del señor conde Chinchón, virrey de estos reinos.

Fuera omisión culpable no hacer aquí honorífica memoria del venerable padre fray Juan Bautista González, que vino a esta provincia el año de quinientos y ochenta y cinco. Vivió en esta ciudad de Lima, con los créditos que merecían sus grandes virtudes. Fue doctrinero y cura de Huamantanga, en la provincia de Canta, donde fue apostólico misionero. Y por disposición divina, se nos fue a ser arquitecto del magnífico y sagrado edificio de la descalcez. Está su vida impresa. El licenciado Quintana hace memoria de éste venerable varón en su libro de las Grandezas de Madrid. La causa de su vida y milagros está pendiente y muy adelantada en la curia romana.

El venerable siervo de Dios fray Antonio Correa, alias de San Pedro, penitenciado en éste Santo Tribunal de la Inquisición de Lima por observante de la ley de Moisés, fue enviado a nuestro convento grande para que en él se sirviese y fuese instruido en los misterios de nuestra santa fe, por el incomparable varón en virtud, nobleza y letras maestro fray Francisco Messía, dos veces provincial. Y su discípulo, el judío más prodigioso, aprovechó tanto en la fe y ejercicio de las virtudes con la enseñanza de tan grande maestro que, habiendo ido a los reinos de España y recibido nuestro santo hábito e la descalcez, floreció en e la con virtudes heroicas y milagros. Cuya causa, pendiente en la curia romana, está en términos que su beatificación sea glorioso honor de Nuestra Religión y de éste Tribunal de la fe.

El venerable padre fray Pedro Urraco, Job de la ley de gracia, ilustrado maestro de espíritu, que engendró en la vida mística innumerables hijos e hijas en el confesionario, fue hijo de ésta Provincia. La causa de su beatificación está pendiente y quiera Dios se adelante en la curia romana. El venerable hermano fray Gonzalo Díaz de Amarante floreció, en virtudes y milagros, en nuestro convento del puerto del Callao; y la causa de ellos está en la curia romana pendiente, con muy favorables decretos.

Fuera muy prolijo hace recuerdo de otros varones ilustres en virtudes y en el celo apostólico de convertir almas. Pero es imposible olvidarnos del venerable padre presentado fray Luis Galindo de San Ramón, misionero apostólico por la Santa Sede y en la conversión de las almas, un abrazado serafín en el amor de Dios y del próximo. Una tarde subió al púlpito de nuestra Iglesia, a predicar a un numerosísimo concurso. Empezó su sermón despidiendo rayos, que abrazaban y reducían a cenizas de contrición los corazones de su auditorio; fuese fervorizando; aumentóse en incendios el volcán de su pecho; abrazóse el Vesubio de su corazón apostólico, encendióse el Etna de su grande espíritu; y de repente, el volcán se apagó; el Vesubio, se extinguió; el Etna, no respiraba; cesaron sus voces; pausaron sus palabras; fijó sus ojos en el cielo; formó de sus brazos una cándida cruz, en el leño sangriento de su penitente cuerpo; empezó a levantarse del pavimento del púlpito; continuóse el éxtasis elevándose tanto que los pies correspondían al labio del púlpito. Estuvo en éste rapto media hora y, quizás, hubiera proseguido más tiempo si el prelado no ordena que subiesen religiosos y lo llevasen a su celda. Con éste mudo sermón convirtió a innumerables pecadores y, en la exaltación del exceso mental, trajo Dios así a toda la ciudad.

Dos días antes que se arruinase la ciudad de Lima, con el temblor de veinte de octubre de seiscientos ochenta y siete, hizo poner en sus esquinas cédulas, en que se hacía convite general para que lo oyesen un importante sermón. Subió al púlpito y dijo que brevemente se arruinaría Lima. Llegó aquel infausto día y, saliendo el venerable padre Galindo con un crucifijo, predicando por las calles penitencia, hecho un mar de lágrimas, repetía; No lo decía yo? No lo decía? Tus culpas son tu ruina y tus escándalos han sacado de la vaina la espada de la justicia de Dios; teme el castigo, que aun falta otro temblor. Seguíale mucha gente. Y se siguió el temblor de las seis de la mañana; y no haber perecido millares de personas en él, fue por seguir éstas convertidas ovejas al Padre amoroso y al vigilante pastor de ésta metrópoli de Lima.

No es tiempo de decir alabanzas de los que ahora viven ilustrados de espíritu apostólico. Son, empero, continuas las misiones de ésta ciudad: predican sermones morales los viernes y domingos de cuaresma; predican en monasterios y parroquias. Desde el año de seiscientos y ochenta y siete, se hace misión y desagravios al Señor Crucificado del Auxilio, que es toda la devota veneración de esta ciudad, y el culto de su capilla es de excesivo precio. Empieza el día veinte de octubre y acaba el día veinte y ocho de dicho mes en que sucedió el espantoso temblor del año próximo pasado, de setecientos cuarenta y seis.

En la universal consternación de éste último temblor, el señor conde de Superunda, virrey de éstos reinos, el sábado inmediato, veinte y nueve de octubre, pidió a los prelados que, para consuelo de la ciudad, amargamente angustiada, sacasen a la plaza, en procesión a Nuestra Santísima Madre. Y el día domingo, por la tarde, salió, con el Señor del Auxilio, su preciosísimo Hijo. Los religiosos iban con los crucifijos en las manos, predicando penitencia al innumerable gentío que ocurrió a ponerse en la segura protección de María. Luego que llegó a la plaza en Señor con su Santísima Madre, nuestro padre vicario general, maestro fray Francisco Bustillo, misionero apostólico, allí, cerca de las andas, hizo una exhortación fervorosa a penitencia; y el padre lector jubilado fray Juan Maldonado, en medio de la plaza y en una mesa, cerca de la barraca en que se había acogido el señor virrey, empezó a predicar a innumerable concurso, a tiempo que se levantó la voz de salirse el mar. Qué horror! Que angustias de muerte! Que lágrimas! Que obsecraciones tiernas y dolorosas al Señor del Auxilio! Que ruegos de lo íntimo del alma a María Santísima de la Merced y de la Misericordia! Que contrición y conversiones había de pecadores, subertiéndose una Lima arruinada, de edificios muertos, y, por la gracia y penitencia, fabricábase otra mejorada Lima, de edificios vivientes!

Formose una capilla de tablas. Se debe notar que, antes de la fundación de Lima, la Capilla de Nuestra Señora de la Merced sirvió de iglesia parroquial, administrándose en ella los Santos Sacramentos, como se ha notado. Y después de más de doscientos y doce años, la capilla de Nuestra Madre sirvió de parroquia, por que a ella pasaron al Señor y Santos Óleos los curas rectores de ésta iglesia metropolitana, por la fatal ruina del Sagrario. Formóse una capilla de tablas, que costeó la devoción y, en ella, estuvo el Señor y Nuestra Madre asistida, de día y de noche, de religiosos sacerdotes y confesores. Se hicieron dos novenas, con gran solemnidad, con misas cantadas y grande frecuencia de sacramentos. Todas las tardes, cerca de ponerse el sol, se cantaba la Salve y Letanía por nuestra comunidad, asistiendo a ella los prelados superiores y el señor virrey. El día que se determinó volviesen a su Iglesia el Señor y Nuestra Madre, se hizo una procesión de sangre de ejemplo y edificación. Después, salió Nuestra Señora del Rosario a la capilla de la catedral de ésta metrópoli, en donde se hicieron novenas, con grande aprovechamiento espiritual y mejora de costumbres; y en ésta ocasión también predicó nuestro padre vicario general.

Acabada ésta novena de Nuestra Señora del Rosario, se hizo otra en nuestra Iglesia, a Nuestra Madre y Señora de la Merced, con innumerables concursos y devotísima frecuencia de sacramentos; y cada año, se hace solemnísima novena, nueve días antes de su fiesta de 24 de setiembre. A una imagen devotísima de Nuestra Señora de la Natividad, fundadora de esta provincia, muy milagrosa y de toda la devoción de los primeros conquistadores, que estaba en el altar mayor y, ahora colocada en una capilla, al lado de la epístola, que es un santuario de ejercicios espirituales y cotidiana frecuencia de sacramentos, cuyas alhajas de plata y vestuarios son de grande valor, se hace una quincena, que empieza el día primero de agosto y acaba el día quince. A nuestro padre San Pedro Nolasco se hace, cada año. Solemnísima novena, y muy devota, a Ramón Nonato, abogado y patrón de nuestras misiones. Todas estas son misiones apostólicas, en que se convierten pecadores o se forman espíritus dedicados a la virtud, para su mayor perfección. Se ofrece decir aquí que tuvimos un religioso con espíritu muy especial de misionero. Salía de nuestro convento de Lima a hacer misión en las haciendas cercanas a ésta ciudad, que acá llaman Chacras. Entrábase en una de ellas y se ocupaba tres o cuatro días en instruir a los negros esclavos en la doctrina cristiana: rezaba con ellos el Rosario, los imponía en la observancia de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, les reprehendía sus vicios, y pasaba a otra chacra a ejecutar éstos oficios de caridad cristiana y apostólica. En estas peregrinaciones se ocupaba por seis meses, volvíase al convento y, el año siguiente, salía a sumisión. Por esto lo apellidaron el Presentado de las Idas, sin que haya quedado memoria de su nombre propio. Especialísima y muy importante misión, por que éstos esclavos no reconocen cura que, por su obligación de justicia, los instruía en los misterios necesarios p[ara] salvarse. Estos esclavos son negros y negras bozales, venidos de Guinea sin bautismo, y en sus amos o mayordomos de éstas haciendas ay lastimoso descuido en catequizarlos o instruirlos. En lo dicho se manifiesta que la caridad mercedaria y apostólica es el omnibus omnia de San Pablo, sin distinción de naciones ni de colores.

El año de setecientos cuarenta y dos, y el primero de oficio de vicario general de nuestro muy reverendo padre maestro fray Francisco Bustillo, hizo misión en nuestro convento grande y predicó catorce días continuos, asistiendo el último el señor marqués de Villagarcía, virrey de éstos reinos, y la Real Audiencia. Fue de grande fruto espiritual, dedicados veinte religiosos a dar pasto en los confesionarios a personas de ambos sexos, que ocurrían todos los días a confesar y comulgar. Después, en el año del último terremoto, hizo misión en nuestro convento de Bethlem y, el día noveno, se hizo una procesión de sangre y se dijo que, en ella y en la plaza, abría doce mil personas, a quienes predicó.

De la plenitud de ésta caridad mercedaria reciben todos: el cautivo la redención, en las copiosas limosnas que, por su cuarto voto, solicitan a los fieles, cuyas remisiones de las cinco provincias del Perú, ajustada la cuenta exactamente desde la conquista, sumarían millones; el pecador recibe venia y perdón de sus pecados, en la eficaz exhortación a penitencia y sobrenatural dolor de sus culpas; las almas dedicadas a la virtud y a la perfección de la vida cristiana reciben mística y segura dirección de espíritu en los confesionarios de nuestro convento grande y de nuestra recolección de Bethlem; de ésta dirección gozan los monasterios de las religiosas, a cuyo espíritu aprovechamiento están aplicados, con fervorosa caridad, los sujetos de mayor graduación de esta provincia; en ésta Real Universidad, con ventajosos créditos de sabiduría, se ocupan nuestros religiosos en el magisterio público de las cátedras de teología escolástica y escritura Sagrada; en ésta Iglesia metropolitana y su juzgado eclesiástico, sirven en el ministerio de examinadores sinodales, asistiendo a los exámenes públicos de ordenes y a las oposiciones de curatos; ni del calor de ésta caridad se esconde todo el profundo secreto del Santo Tribunal de la Inquisición, porque la censura de las proposiciones y hechos contra los dogmas de nuestra santa fe, son calificadores y consultores de esta Santo Oficio los más doctos maestros de esta provincia; los adjudicados a la muerte tampoco carecen del beneficio de la mayor caridad que profesamos; porque nuestro glorioso San Pedro Armengol, el día que se ejecuta la sentencia fulminada contra éstos reos, para castigo de sus delitos y ejemplo de los demás, sale de nuestro convento grande, con la comunidad de seis religiosos coristas, y de un padre sacerdote, tocándose rogativa, y los acompaña por las calles acostumbradas, hasta el patíbulo y, allí, se eleva el santo su vista para que se valgan de su gloriosa intercesión y para que, en memoria del santo, ofrezcan a Dios su afrentosa muerte.

Para el ministerio de todo lo referido hasta aquí, se intrui [sic] en nuestros religiosos, según lo dispuesto por nuestras sagradas constituciones, en los estudios de artes liberales y teología escolástica, de sagrada escritura y teología moral, en nuestro colegio y Universidad Pontificia de Nuestro Padre San Pedro Nolasco, donde leen dos lectores de artes y cuatro de teología, con dos maestros de estudiantes y un regente de muy sobresaliente literatura. En nuestro convento grande se regentan las mismas cátedras, con su regente mayor; y hay un lector de Lengua, que la enseña a los religiosos que se inclinan al ministerio de curas; fuera de muchos religiosos que hay lenguaraces nativos.

Paleografía: Fernando Armas Medina.

Tarnscripción: José Gálvez Krüger.

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Jueves, 24 de julio de 2014