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Jueves, 24 de mayo de 2018

Carlos Beas Portillo

De Enciclopedia Católica

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Rasgo distintitivo de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, a lo largo de su cuatricentenaria historia, es haber contado siempre con catedráticos de altísima preparación y dilatado saber. La historia reciente de la Faculta está marcada, sin duda alguna, por la presencia y el magisterio de Carlos Beas Portillo, apodado “El Sabio” por sus discípulos. Y sin duda lo era.

Da testimonio de este hecho, no sólo la declaración de todos los que tuvieron la inmensa fortuna de tenerlo como profesor, sino, especial e incontrovertiblemente, la información que nos brinda su valiosa biblioteca personal. Acaecido el tránsito del Sabio Beas, su esposa e hijos decidieron que el mejor homenaje que podían hacerle era donar íntegra esta selecta y valiosa colección a la Biblioteca Nacional del Perú


La generosidad del Señor Benavides ha permitido que nos reunamos hoy para rendir tributo de lealtad, admiración y gratitud al dr. Carlos Beas Portillo. En efecto, gracias a aquél, la colectividad peruana podrá tener acceso, desde hoy, a la que es sin duda una de las bibliotecas particulares más valiosas del Perú Preocupaba mucho al doctor Beas el destino que tendría su patrimonio bibliográfico después de haber partido al encuentro con su Creador y Salvador. La conservación intacta de la “Biblioteca Beas Portillo”, si se respeta la lógica de su compilación y organización permitirá que –trascendiendo su vida terrena – el Sabio Beas prolongue en el tiempo su pedagogía, en beneficio de los que fuimos sus alumnos y discípulos, y para beneficio de todo aquel que se acerque con humildad y respeto al conocimiento filosófico. Beas fue un científico en el sentido clásico de la palabra, más parecía un hombre del Renacimiento que de nuestros días porque buscaba conocer las cosas por sus causas, y era tan sensible a la belleza que a menudo se inclinaba para apreciar la hermosura de la flora o levantaba la vista para observar el vuelo de las aves. Su sed de conocimientos lo llevo a estudiar y dominar varios idiomas, y aprender los rudimentos de otros tantos, para conocer en sus versiones originales las obras que deseaba investigar.

No nos sorprende a quienes lo conocimos, quisimos y admiramos, conocer hoy la latitud, y real profundidad de los conocimientos de Beas.

Buscaba entender las realidades que estudiaba no bajo el prisma de prejuicio o del conocimiento vulgar sino mediante la familiaridad de de los textos clásicos, especialmente espirituales, de la cultura universal, de los cinco continentes. ¡Solamente un conocimiento tan profundo y tan meditado podía ser la raíz de explicaciones tan sencillas y tan amables para los ignorantes que tomábamos sus inolvidables cursos y seminarios!

Por la amistad y cercanía que tuve con Carlos Beas, puedo decir, sin equivocarme, que lo que él buscaba era poner en manos de sus alumnos las armas que les permitirían moverse en un mundo cada vez más inhumano, más ignorante, más perverso y más negador de a verdad.

Daba, en efecto, las armas intelectuales y argumentativas para la esta lucha, pero no olvidó entregar los bálsamos para atenuar las heridas de este desigual combate: Nos enseñó a ver con nuevos ojos las bellas artes, a oír con oído atento las bellas músicas y a entender con astucia y sagacidad las bellas letras y los textos aparentemente arcanos. Mucho nos previno de la inmensa mezquindad de la gente pequeña, de lo desalmados que suelen ser aquellos que se llenan la boca de Dios y de lo poco solidarias que son las llamadas comunidades universitarias, especialmente de la que se proclama la mejor universidad del Perú

Cuando joven viajó a especializarse al Europa y cuando regresó, recibió por pago la degradación en el escalafón universitario, la injusticia, la postergación y cuando no la sistemática relegación de sus colegas. Beas, como era filósofo, buscador de la verdad, enfrentó con altura de espíritu esas pruebas, que aunque lo entristecían, a veces, nunca amargaron ni atormentaron su espíritu. Nunca habló mal de nadie, ni siquiera de los que había recibido mayores sinsabores. Como profesor era inmensamente generoso, y no dudó en abrir hasta las puertas de su propia casa para que no quedaran truncas las clases que el cronograma semestral amenazaba con quedar inconclusas.

Como maestro, sabía graduar y pautar los progresos de sus discípulos, sin abrumarlos ni cargarlos con pesos que excedieran sus capacidades. Siempre mantuvo la serenidad, la alegría de vivir, la fe en el hombre y la esperanza en la Justicia, que sabía sólo la obtendría de Dios.

Fue gran contertulio, interlocutor inteligente y leal amigo. Fue un Sabio, porque sabía que la Sabiduría tiene como principio el santo temor de Dios.

Discurso de José Gálvez Krüger, Director de la Enciclopedia Católica en la ceremonia de donación.