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Martes, 24 de octubre de 2017

Ayaviri: Carta Pastoral Sacerdotal

De Enciclopedia Católica

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EL SACERDOTE, DON PARA LA IGLESIA.

A los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y laicos todos de nuestra Prelatura de Ayaviri.

Muy queridos hermanos y hermanas:

La presente carta pastoral que les hago llegar, quiere ser expresión de gratitud por el don del sacerdocio que descubrí en mis años de discernimiento vocacional, maduró a lo largo de mi vida sacerdotal, y se alimentó de la admiración y amistad con algunos sacerdotes ejemplares. Al valioso ministerio de varios de ellos debo en parte mi propia fidelidad, mi amor a la Iglesia y el aprendizaje nunca acabado de ser en Ella sacerdote - servidor del Señor.

Como comunidad de fieles sabemos del valor incalculable de su presencia. Lo sentimos tanto más, cuanto que en nuestra Prelatura carecemos en no pocas parroquias de su ministerio insustituible. Su singular estilo de vida y servicio forman, alimentan y colaboran incesantemente con el crecimiento de la Iglesia y de sus diversas comunidades: parroquias, comunidades religiosas, hermandades, movimientos o asociaciones y grupos de fieles.

Las reflexiones que comparto en esta ocasión se enmarcan en el año de gracia dedicado por la Iglesia toda a sus sacerdotes. Inaugurado en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús del 2009, el Santo Padre Benedicto XVI con afecto de padre para con sus hijos, ha titulado este año “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”, y nos ha propuesto el bello testimonio del Santo Cura de Ars, San Juan María Bautista Vianney, al cumplirse los 150 años de su natalicio. Al exponerles estas breves reflexiones en este año de gracia de los sacerdotes, nos unimos vivamente al Papa.

Estas líneas quieren ayudar siquiera un poco a una más profunda valoración entre nosotros de este “don y misterio” que Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote ha querido confiar a su Iglesia. Resulta muy necesario que todos podamos comprender esta vocación, tan alta en su dignidad, tan humilde en su realización, pues “llevamos este tesoro de gracia en vasijas de barro” .

Además desearía incentivar en todos la práctica de una oración asidua por quienes “desde el seno de su madre” fueron llamados a tan excelsa vocación. Orar por los sacerdotes, verdaderos ministros de Cristo, es hoy en día una tarea tanto más urgente para nuestra Iglesia particular, cuanto que la relativización o desfiguración de esta vocación se viene acentuando por la presencia de un secularismo que quiere eliminar toda referencia a Dios Amor y a su obra, y por tanto a los sacerdotes, rostro concreto de Su presencia y obra.

Finalmente no es menor motivo para hacerles llegar esta carta pastoral, una sincera preocupación por los muchos jóvenes que el Señor hoy en día llama a ser sacerdotes. Mucho se ha hablado de una crisis de vocaciones. Se trata más bien de una crisis de respuesta. El Señor, que cuida de su Iglesia, sigue llamando insistentemente a muchos jóvenes a seguirlo en este camino . Que estas líneas muevan a los llamados por Dios a la valentía de dejarlo todo para seguir a Jesús; y que los padres tengan la generosidad de acompañar a sus hijos en su respuesta al Señor y la Iglesia.


I. Situación dolorosa en un año de gracia

Debo partir de una breve alusión a la situación vivida en los últimos meses. Durante éstos, la Iglesia ha pasado por una prolongada situación de dolor. Todos hemos sido testigos por los medios de comunicación de las constantes denuncias contra sacerdotes católicos quienes traicionaron tristemente su vocación y ministerio. Incluso se ha querido inmiscuir maliciosamente en este asunto a la persona del Santo Padre. El año sacerdotal tan hermosamente inaugurado y celebrado a lo largo del 2009 parece haberse visto envuelto en el pasar de los primeros meses de este 2010 con un manto de profunda tristeza.

Las caídas vergonzosas por parte de un pequeño número de sacerdotes, pero presentadas a gran escala por su resonancia mediática, son desde todo punto de vista un horror, y las faltas tanto más graves por proceder de un ministro sagrado no podemos sino pensar que habrán de ser sancionadas en los fueros tanto civiles como eclesiásticos según corresponda.

Es verdad que nada hay que justifique los pecados de abusos sexuales contra menores inocentes, y sin embargo, ¿podemos simplemente tirar la primera piedra de acusación y condena o permanecer indiferentes sin movernos a misericordia y elevar a Dios nuestra más sentida oración por estos hombres acaso desorientados y que han caído?

Toda esta situación es también un momento para reflexionar acerca de algunos problemas que contribuyeron a la gestación de tan dolorosas situación. Nuestro mundo, que se afirma como “moderno”, con una cultura hoy tan hedonista y sexualizada, con una profunda crisis en la percepción de los verdaderos valores, en que al mal se le llama bien y a la mentira verdad, con leyes que amparan impunemente el asesinato de víctimas inocentes mediante el aborto, que otorgan carácter jurídico a dolorosos procesos de destrucción matrimonial y familiar sin reparar en los daños sufridos por los hijos. Nuestra cultura tan progresista y liberal, que denigra en vez de salvaguardar la dignidad de la mujer con los supuestos derechos sexuales y reproductivos, promueve la cultura homosexual dándole forma jurídica y equipara sus uniones al matrimonio, legitima el consumo de la pornografía, el uso de las drogas, y que otorga amparo jurídico a los menores de edad para el ejercicio sexual libre y el aborto sin consentimiento de sus padres, ¿no es precisamente este el mundo, construido por nosotros mismos, el que ha engendrado las monstruosidades que hoy vemos se denuncian, y que en honor a la verdad tocan aún de manera mucho más grave y numerosa a otros colectivos, que el de los sacerdotes católicos?

¿Quién puede negar que tras la campaña mediática tan bien articulada e incluso con carácter de perversa malicia, se ha tenido un claro propósito de calumniar y aún hundir a la Iglesia para quitarle cualquier tipo de credibilidad moral?; ello a costa incluso de difamar públicamente con mayores o menores mentiras al mismo Sucesor de Pedro. Quienes han podido investigar un poco más a profundidad sobre los hechos y personajes involucrados, se habrán dado con la constante sorpresa de que un alto porcentaje de noticias publicadas parecen haber sido fabricadas en un laboratorio de malas intenciones y desinformación, desorientando en vez de esclarecer.


II. Remedios a una situación de crisis

Sin detenernos más en estas consideraciones, conviene más bien mirar las dificultades con profunda esperanza.

La perspectiva desde la mirada de Dios nos conforta y anima. En esa “visión” de las cosas según Dios hallaremos con toda certeza no solo paz, sino el necesario remedio y los caminos de salida a las situaciones de dificultad, que son parte del peregrinar de la Iglesia en la historia. Es éste un primer remedio ante las situaciones de crisis. Dejarse hundir en el pesimismo, en posturas de hiper-criticismo o paralizarse en tentaciones de lamento, no ayuda a superar los diversos obstáculos.

Por otra parte, la Iglesia, sociedad “semper reformanda”, es decir, comunidad de fieles siempre necesitada de conversión, encuentra también en los momentos históricos de confrontación con situaciones internas dolorosas, siempre mediante la fuerza y guía sabia del Espíritu Santo, la ocasión oportuna para purificarse y renovarse en su fidelidad a Jesucristo su Señor. Abrirse con espíritu dócil a Su guía da la certeza de avanzar por los caminos queridos por Dios.

Por eso es posible a la Iglesia, en medio de los ladridos ensordecedores de un mundo que juzga rápido y condena aún con mayor prisa, emprender con sincero espíritu de penitencia, de conversión y auténtico compromiso de perdón la vía de la renovación interior, fundamental en la vida de todos los fieles. Resultan confortantes las palabras de Jesús: “No tengáis miedo; en el mundo tendréis tribulación, pero, ¡ánimo! yo he vencido al mundo” .

En tercer lugar, “remediar” es para el cristiano también volver a las fuentes originarias de su identidad, a la raíz de su ser. Cuanta mayor la fidelidad a nuestra identidad cristiana, más autentica una renovación desde dentro de la Iglesia. Cuanto más coherentemente testimoniemos en la vida privada y pública, nuestro ser católicos, más contribuiremos a reflejar el verdadero rostro de la Iglesia en la sociedad.

No es difícil constatar hoy en día un espíritu de mediocridad, una connivencia con el mundo y su cultura de muerte en la vida de no pocos fieles, desgajados de la Iglesia. Una mal entendida “adecuación al mundo” ajena al espíritu conciliar, convertida en “mundanización” fue en su momento para diversas comunidades eclesiales y fieles ocasión de un más profundo divorcio entre fe y vida. Esto constituye una grave enfermedad espiritual. Muy distinta es la norma evangélica para el creyente: “estar en el mundo sí, pero sin ser del mundo” , es decir, sin dejarse contagiar por sus parámetros culturales antievangélicos.

El remedio del que hablamos no puede, entonces, ser entendido como una tarea de la Iglesia en abstracto, algo ajeno a nuestra vida personal. Las auténticas reformas o renovaciones eclesiales son siempre y en primera instancia actos, decisiones y esfuerzos concretos de personas y comunidades que quieren renovar sinceramente su fidelidad “en y con toda la Iglesia” a Dios Amor y a su Palabra de Vida.


III. Una clara identidad sacerdotal

Centrándonos ahora en el tema de esta carta pastoral, la necesaria vivencia de la propia identidad, ser signos visibles de fe, esperanza y caridad es tarea imprescindible también en la vida de todos y cada uno de los sacerdotes.

El “ser” sacerdotal no es un invento teológico, ni un poder otorgado por la comunidad ni por nosotros mismos . Se trata de una identidad recibida de, más aún comunicado por el mismo Cristo, en y para la Iglesia. Así lo expresa el Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros al afirmar que “la identidad del sacerdote deriva de la participación específica en el Sacerdocio de Cristo, por lo que el ordenado se transforma – en la Iglesia y para la Iglesia – en una imagen real, viva y transparente de Cristo Sacerdote: «una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor»” .

Cuando un sacerdote es ordenado mediante la imposición de manos del Obispo y la oración consecratoria, es realmente “tomado aparte” por Dios para servir a los hombres en las cosas de Dios y como “hombre de Dios”. “La ordenación es llamada «consecratio» precisamente porque es un «poner a parte» y un «investir» por Cristo mismo [al sacerdote] para su Iglesia”. Por tanto el sacerdote de un modo especial debe ser signo de contradicción en el mundo, estar en él sí, pero cuidando de no caer en la redes de una mundanización en lo que se refiere a su identidad y ministerio. Y es que “los clérigos, en su propia vida y conducta, están obligados a buscar la santidad por una razón peculiar, ya que consagrados a Dios por un título nuevo en la recepción del orden, son administradores de los misterios del Señor en servicio del Pueblo de Dios” .

El Papa Juan Pablo II de Venerable memoria hablando de la identidad sacerdotal se dirigía a los fieles, explicándoles que “en el presbítero la exigencia de la perfección deriva de su participación de Cristo como autor de la Redención: el ministro no puede menos de reproducir en sí mismo los sentimientos, las tendencias e intenciones íntimas, así como el espíritu de oblación al Padre y de servicio a los hermanos que caracterizan al Agente principal” .

Se nos recuerda a todos los sacerdotes – y esto incluye al Obispo a quien se le participó la plenitud del sacerdocio – la profunda necesidad de conformar toda nuestra vida con quien es nuestro Señor e íntimo Amigo, y de ser representación no sólo sacramental sino existencial de su amor pastoral, bondad, pureza, abnegación y servicio sacrificado.

Medios para el cultivo de nuestra identidad

a) La vida espiritual: Una clara identidad de “hombre de Dios” en el sacerdote implica – como no puede ser de otra manera – la práctica de una sólida y profunda vida espiritual. Sin la oración habitual e íntima de trato diario con el Señor no le es posible santificarse al sacerdote ni mucho menos estar a la altura de su ministerio muchas veces desgastante. El Papa Benedicto XVI refiriéndose a la vida de oración del presbítero decía que esta es una verdadera “prioridad pastoral; no es algo añadido al trabajo pastoral” .

Prácticas a veces un tanto olvidadas como la confrontación diaria por parte del sacerdote con la Palabra de Dios en una lectura espiritual de las escrituras mediante la Lectio Divina, el examen de conciencia al término del día, la confesión frecuente, la lectura de libros espirituales que alimentan sólidos criterios de fe no son asuntos simplemente opcionales. Las diarias resoluciones personales de conversión y crecimiento, sin olvidar la oración personal - o en ocasión comunitaria y solemne con la presencia de los fieles - de la Liturgia de las Horas constituyen el soporte diario y otorgan la savia viva que nutre la vida y acción pastoral del ministro de Cristo y de la Iglesia. Cuanta mayor la bulla y agitación del mundo moderno y su extravío, tanta mayor la necesidad de “la adoración silenciosa de Jesús escondido en la Hostia. [Los sacerdotes deben permanecer] con frecuencia en oración de adoración y enseñarla a los fieles. En ella encontrarán consuelo y luz…” .

El mismo Papa Benedicto XVI da un criterio a tener en cuenta con relación a la vida de oración y encuentro con el Señor. Decía: “ese encuentro sólo es posible si el hombre es capaz de abrir su corazón a Dios, que habla en la profundidad de la conciencia. Esto exige interioridad, silencio, vigilancia, actitudes que os invito a vivir personalmente y a proponer a vuestros fieles, tratando de promover iniciativas oportunas de tiempos y lugares que ayuden a descubrir el primado de la vida espiritual” .

Por un lado hace falta el cultivo en sí de estas aptitudes de interioridad, silencio y vigilancia personal sobre uno mismo. Por otro lado, y puesto en sentido negativo, diríamos que “el sacerdote, como hombre de lo sagrado, no puede aceptar una situación en la que se sacrifique habitualmente la oración a causa del trabajo. Las ocupaciones pastorales pueden a veces modificar el orden, el tiempo y también el modo con que se realizan las prácticas piadosas, pero no deben nunca hacer mella en la oración” .

b) La celebración de la Eucaristía: Ciertamente que el corazón de esta vida espiritual del presbítero es la celebración de la Eucaristía. Ella de modo especialísimo hace de alma de la vida y ministerio sacerdotal, pues “en el centro del sacerdocio está la celebración diaria y fervorosa de la santa misa” .

La vida del sacerdote lleva en sí - por su propia naturaleza - el asumir “forma eucarística”. Es por medio de la celebración cotidiana de la eucaristía – y cuánto mejor con la presencia diaria de fieles – que se “transforma” en lo que celebra y hace de sus fieles una verdadera comunidad eucarística, pues “ninguna comunidad cristiana puede edificarse si no tiene su raíz y su centro en la celebración de la eucaristía” .

En comunión con Jesús Eucaristía el sacerdote se convierte paulatinamente en “oblación y víctima” agradable a Dios y aprende - haciéndola suya - la dimensión sacrificial, de donación, amor y entrega sin reservas, a la que le impele la caridad pastoral según el corazón de Jesús Buen Pastor.

El Santo Padre, considerando el vínculo profundo entre sacerdocio y eucaristía, dirá más todavía que “la Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendemos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el modo del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender a desprenderme de mí mismo, a estar a disposición del Señor, para lo que necesite de mí en cada momento, aunque otras cosas me parezcan más bellas y más importantes. Dar la vida, no tomarla. Precisamente así experimentamos la libertad” .

c) La formación permanente: Unido a una sólida vida espiritual del sacerdote y como sustento de la misma, debe estar a su vez una bien cuidada formación permanente. Lo recuerda muy bien el Directorio ya citado: “Ellos [los presbíteros], sin embargo, para poder realizar su misión necesitan alimentar en sí mismos una vida, que sea muestra diáfana de la propia identidad… alentando la propia vida espiritual y el propio ministerio con una formación permanente completa” .

Es una preocupación por los sacerdotes, que el Santo Padre Benedicto XVI ha querido compartir y encomendar reiteradamente a los Obispos con ocasión de diversas visitas “ad Limina”. Así en uno de sus encuentros alentaba a los Obispos a “trazar programas regulares de formación permanente, tan necesaria para profundizar la identidad sacerdotal…” y en otra ocasión advertía que “un mundo lleno de tentaciones exige sacerdotes totalmente entregados a su misión [y que] para lograr este objetivo es necesario reunir a los ministros de la Palabra y de los sacramentos para que reciban formación permanente” .

Es esta también la razón por la que, a pesar de nuestras dificultes geográficas y de distancia, al margen de otras reuniones habituales, contamos entre otros encuentros regulares con dos semanas anuales dedicadas a la formación permanente. Ellas constituyen de hecho, además de un espacio de amistosa comunión presbiteral y de oración en común, la ocasión para profundizar y compartir los conocimientos oportunos que nos permitan realizar nuestra misión como un servicio sagrado consistente para bien del Pueblo de Dios.

Pero además de los espacios fuertes durante el año que deben tener regularidad y un sólido contenido formativo, esta formación permanente debe prolongarse en la vida ordinaria de cada presbítero. Es una gran responsabilidad del sacerdote sobre sí mismo, aprendida en sus años de formación en el seminario, de la que no podemos desentendernos. El presbítero ha de ser el primer interesado en continuar la profundización en las ciencias sagradas y de estudiar cuanto contribuya a un recto cultivo de sí mismo, también en la dimensión humana. Las horas de estudio diarias o semanales y las lecturas de libros de diverso tipo que vayan en consonancia con este objetivo son siempre un tiempo bien invertido que dará su fruto apostólico.

La “Pastores dabo vobis” de modo providencial nos recordaba que lo que busca la formación permanente es que “el sacerdote sea una persona profundamente creyente y lo sea cada vez más [y] que pueda verse con los ojos de Cristo en su verdad completa” . Sin ella, se comprende, los sacerdotes fácilmente vemos debilitarse nuestra fe, y perderemos paulatinamente el sentido de nuestra propia identidad y verdad completa.

d) La vivencia del celibato: Un aspecto igualmente primordial en la vida sacerdotal y fuente de abundantes gracias es el celibato. En la lógica de un mundo que rinde culto al hedonismo, el celibato se ha malentendido muchas veces como una amputación del hombre. De hecho, en ocasiones se ha querido mediatizar la vida célibe como una existencia en soledad y amargura. Sacrificios sin recompensa, una misión pasada de moda, un mundo que no desea escuchar nuestro mensaje y que lo juzga anticuado , llevarían indefectiblemente a la frustración.

La mirada pesimista y aún cínica del mundo que, a pesar de tantas ofertas de placer y falsas felicidades, está tan lleno de enormes desiertos espirituales, no acierta a comprender el don y la alegría diáfana que son para los hombres y mujeres de todos los tiempos los sacerdotes y su vida célibe, que abre al amor universal y recuerda el valor de un amor desinteresado y servicio reverente.

La misma Iglesia “considera el sacerdocio ministerial como un don a Ella otorgado” y lo ofrece mediante sus ministros al mundo entero, pues por su medio se hace presente de un modo muy concreto la obra reconciliadora de Dios Amor.

En lo que se refiere al sacerdote, el celibato vivido generosamente es para él fuente de profunda alegría espiritual, y para su comunidad testimonio de una libre y generosa entrega. Lejos de ser una amputación, esta “renuncia por el Reino” es auténtica ganancia capaz de liberar de muchas ataduras. Abre el corazón del sacerdote a estar totalmente disponible a Dios y a los hombres; le hace crecer en la madurez afectiva cuando su corazón se adhiere a las cosas de arriba ; le permite escuchar con mayor sintonía y sin distracciones el susurro del Espíritu que le habla, y cultivar en sí el amor desprendido hacia Aquel que lo llamó y envió para servir a los hombres y mujeres de su tiempo.

Ciertamente el celibato exige del sacerdote trabajo interior, el esfuerzo de purificarse permanentemente de egoísmos, no atándose a falsos amores. Supone una sana ascesis, es decir la capacidad de vivir en espíritu de renuncia según aquello del apóstol: “todo es bueno, más no todo me conviene” . En la relación reciproca con las personas implica el arte de un trato siempre abierto, afable, atento, honesto y transparente. Supone las virtudes de la sinceridad y de la claridad en las palabras y pensamientos, una mirada limpia sobre los hombres y mujeres, sin prejuicios, dobles intenciones ni mezquinos intereses.

Implicará además una sexualidad bien integrada y tanto más madura cuanto que la propia identidad ha venido siendo consolidada humana y espiritualmente a lo largo de los años de su formación y posterior servicio ministerial. Difícilmente quien viva en este campo una doble vida puede mirar a Dios a los ojos ni dejarse mirar por Él, y el servicio pastoral a los fieles se verá lesionado seriamente tarde o temprano al punto de la esterilidad apostólica.

Un asunto a considerar es la relación del sacerdote con las mujeres, quienes muchas veces con una generosidad admirable ayudan en los diversos campos de la catequesis y labor pastoral en nuestras parroquias y comunidades.

Juan Pablo II en una carta de Jueves Santo dirigida a los sacerdotes del mundo, al abordar el celibato y la interrelación entre el sacerdote y la mujer, acertó a dar unas pautas sugerentes de comprensión. La relación entre sacerdote y mujer puede ser muy bien entendida y vivida diáfanamente, sin alterar la especifica identidad y lugar de cada quien en la vida y misión de la Iglesia, a partir de unas esclarecedoras categorías de dimensiones profundamente humanas y espirituales.

Las dos categorías son las de “madre” y “hermana” Dejemos en esta ocasión paso a las palabras de Juan Pablo II, suficientemente esclarecedoras en este aspecto:

“La hermana representa sin duda una manifestación específica de la belleza espiritual de la mujer; pero es, al mismo tiempo, expresión de su "carácter intangible". Si el sacerdote, con la ayuda de la gracia divina y bajo la especial protección de María Virgen y Madre, madura de este modo su actitud hacia la mujer, en su ministerio se verá acompañado por un sentimiento de gran confianza precisamente por parte de las mujeres, consideradas por él, en las diversas edades y situaciones de la vida, como hermanas y madre.

“La figura de la mujer-hermana tiene notable importancia en nuestra civilización cristiana, donde innumerables mujeres se han hecho hermanas de todos, gracias a la actitud típica que ellas han tomado con el prójimo, especialmente con el más necesitado. Una "hermana" es garantía de gratuidad: en la escuela, en el hospital, en la cárcel y en otros sectores de los servicios sociales. Cuando una mujer permanece soltera, con su "entrega como hermana" mediante el compromiso apostólico o la generosa dedicación al prójimo, desarrolla una peculiar maternidad espiritual. Esta entrega desinteresada de "fraterna" femineidad ilumina la existencia humana, suscita los mejores sentimientos de los que es capaz el hombre y siempre deja tras de sí una huella de agradecimiento por el bien ofrecido gratuitamente.

“Así pues, las dos dimensiones fundamentales de la relación entre la mujer y el sacerdote son las de madre y hermana. Si esta relación se desarrolla de modo sereno y maduro, la mujer no encontrará particulares dificultades en su trato con el sacerdote. Por ejemplo, no las encontrará al confesar las propias culpas en el sacramento de la Penitencia. Mucho menos las encontrará al emprender con los sacerdotes diversas actividades apostólicas.

“Cada sacerdote tiene pues la gran responsabilidad de desarrollar en sí mismo una auténtica actitud de hermano hacia la mujer, actitud que no admite ambigüedad. En esta perspectiva, el Apóstol recomienda al discípulo Timoteo tratar "a las ancianas, como a madres; a las jóvenes, como a hermanas, con toda pureza" (1 Tm 5,2)” .


V. El ejercicio ministerial de la Palabra, los Sacramentos, y la Caridad pastoral

Una recta comprensión del sacerdocio, correctiva de la miopía clericalista, pone en claro que “el ministerio ordenado o sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio bautismal” . Toda la vida del sacerdote es servicio al Pueblo de Dios para el que ha sido ordenado con miras a ejercer el ministerio u oficio pastoral.

Este ministerio se realiza por decirlo así en los tres ámbitos fundamentales que le son propios sobre todo a los párrocos, que en nuestro caso son la gran mayoría de nuestros sacerdotes. A ellos se les confía en comunión con su Obispo - nunca al margen de él - el oficio de la cura pastoral: el anuncio de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la guía mediante el ejercicio de la caridad pastoral. “El sacerdote, en efecto, es signo e instrumento del único Sacerdote y Mediador ante el Padre: Jesucristo, y continuación de El sobre la tierra, que actualiza el poder de Cristo de anunciar la Palabra, de renovar el sacrificio de la Cruz en la Eucaristía, perdonar los pecados y guiar al Pueblo de Dios” .

Ante todo vivir una verdadera paternidad espiritual:

Puede suceder que los presbíteros perdamos la perspectiva de nuestro servicio ministerial, olvidándonos incluso de lo que esperábamos cuando laicos de los sacerdotes que nos rodeaban. No olvidemos – y lo expresa formidablemente Benedicto XVI – que “los fieles esperan de los sacerdotes solamente una cosa: que sean especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. Al sacerdote no se le pide ser experto en economía, en construcción o en política. De él se espera que sea experto en la vida espiritual” , y por ende, que sea verdadero guía de los caminos de Dios para la comunidad de fieles que le ha sido encomendada. En este sentido decía el Papa que “Cristo [y la Iglesia] necesitan de sacerdotes maduros, viriles, capaces de cultivar una auténtica paternidad espiritual” .

No debiéramos perder la ocasión en ahondar cada vez más en el valor y significado de esta paternidad espiritual. El sacerdote verdaderamente es un padre. El sentir de los fieles lo expresa llamándolo así. Y ser “padre” en las cosas del espíritu - misión que siempre nos excede - implica en el fondo convertirnos en un ícono de la paternidad bondadosa y llena de misericordia de Dios Amor.

Tal paternidad espiritual implicará el desarrollo de una madurez humana, la adquisición de una sabiduría acerca del corazón del hombre y una talla espiritual excepcionales. Dichas disposiciones se adquirirán seguramente con una profunda vida de oración, el estudio concienzudo, los esfuerzos diarios de lucha espiritual y el ministerio ejercido a lo largo de años.

La paternidad espiritual hace al sacerdote profundamente feliz. No obstante pronto nos damos cuenta que como “padre espiritual” compartimos las cargas de nuestros hijos, y esto exige “amar hasta que duela”, según la acertada frase de la Beata Teresa de Calcuta. Una paternidad espiritual sin cruz ni sacrificios es impensable. Solo por medio de un amor sacrificial el corazón se ensancha; entonces el sacerdote sabrá acoger a los suyos, comprenderlos, esperar con paciencia, dar consejo oportuno, animar, corregir, incluso ofrecer pequeños sacrificios y hasta a sí mismo por los demás, velando en oración por los fieles que se confían a él en busca de ayuda.

La concreción de nuestro servicio ministerial:

Abordemos ahora al menos brevemente los tres grandes ejes en que se desenvuelve nuestro servicio ministerial como sacerdotes. Ellos son como las directrices de todo plan pastoral: Anuncio (Pastoral Catequética), Celebración (Pastoral Sacramental), Caridad (Pastoral de la Caridad). Son también el campo en que ejercemos esta paternidad en el orden del espíritu.

a) Anuncio de la Palabra de Dios: El primer ámbito fundamental del ejercicio ministerial de nuestros sacerdotes es el de ser ministros de la Palabra y por ende responsables de toda labor de Catequesis en sus parroquias.

Dirá el Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros que “hoy, en particular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva evangelización que atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo ardor, nuevos métodos y una nueva expresión para el anuncio y el testimonio del Evangelio, exige sacerdotes radicales e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar un nuevo estilo de vida pastoral” .

Este nuevo estilo pastoral tan necesario, consecuente de una total inmersión en el misterio de Cristo por parte del sacerdote, lo convierte en un anunciador convincente y enamorado de la Palabra de Dios. Cierto que esta dimensión de ministro de la Palabra de Dios puede tener en el ejercicio ministerial de los sacerdotes innumerables concreciones. Quisiera detenerme fundamentalmente en dos.

Un primer aspecto a tener presente es el de nuestra predicación. Se entiende que “un deber específico del predicador del Evangelio es comunicar la misma Palabra de Dios, de la cual es humilde servidor – no la sabiduría humana (cf. 1 Cor. 2, 1 ss.)” .

En la comunicación de esta “sabiduría divina”, la Iglesia espera de nosotros en la “predicación… un elevado sentido de responsabilidad y deberes concretos: no debe ser improvisada, sino preparada mediante el estudio e interiorización en la oración; ha de expresar los valores perennes de la Sagrada Escritura, de la Tradición, de la Liturgia, del Magisterio y de la vida de la Iglesia; debe haber coherencia entre la predicación y la conducta del sacerdote, de manera que la Palabra sea corroborada por el testimonio (cf. Mt. 5, 16)” .

En este sentido destaca la importancia decisiva de nuestras homilías concienzudamente preparadas, convenientemente nutridas de la oración y el estudio, y apropiadamente expresadas en el lenguaje. Esto no sólo vale para las homilías dominicales. Incluye todo tipo de prédicas en las misas diarias o aquellas realizadas con ocasión de celebraciones sacramentales, bendiciones y otros actos. Igualmente las charlas que por diversas razones damos en parroquias, colegios, etc. Todas ellas son maravillosas oportunidades catequéticas ya sea para instruir o amonestar, o para inflamar y sobre todo orientar a la práctica de una vida coherente de fe a los fieles laicos.

Un segundo aspecto es el de la acción catequética. El párroco es siempre el responsable primero y último de ésta. Es verdad que contamos con valiosos colaboradores: catequistas, animadores cristianos y profesores de religión. Conviene desde todo punto de vista apoyarse en ellos y poder delegarles tareas y proyectos. Sin embargo, los párrocos deben entender que el ministerio catequético tiene que contar con su cuidado y acompañamiento constantes. Delegar no puede ser sinónimo de olvido o desinterés; mucho menos se trata de un traslado de responsabilidades.

En este sentido un esfuerzo de sumo cuidado es el de la formación de los catequistas, tanto en las grandes verdades de la fe para que las trasmitan adecuadamente, como también en los criterios pastorales que las deben acompañar.

La formación de estos estrechos colaboradores que son en muchas circunstancias la mano derecha del párroco, deberá abarcar mucho más que simplemente el cuidado por una apropiada formación intelectual. Pienso que es muy saludable que se les pueda organizar retiros, jornadas de formación, y encuentros de celebraciones litúrgicas. Así poco a poco iremos estimulándolos a que tengan una práctica cada vez más coherente de vida cristiana y sean los primeros en dar ejemplo con su vida cristiana activa, nutrida de vida espiritual, de oración y vida sacramental.

Les recuerdo, además, que los criterios pastorales con relación a diversos aspectos como la celebración de la eucaristía, las celebraciones de la palabra con comunión eucarística, la confirmación, los padres y padrinos de confirmación que hemos venido estableciendo para nuestra Prelatura, deben ser no sólo aplicados sino dados a conocer a todos, en especial a estos colaboradores más estrechos. Es verdad que aún hay una serie de retos pastorales que afrontar vinculados por ejemplo a las catequesis pre-bautismales, a las catequesis pre-matrimoniales, a nuestras fiestas religiosas, a los Alferados, las Hermandades, y muchas otras realidades. Conforme vayamos clarificando los mismos, habrá que irlos comunicando y explicando sus fundamentos y razón de ser.

b) Ministro de los sacramentos divinos: En segundo lugar, en cuanto ministro de los sacramentos, el sacerdote ofrece un servicio insustituible. A él ha sido dado el poder celebrar la liturgia y los sacramentos de modo que sirvan para provecho y edificación espiritual de la comunidad de los fieles. En este sentido, él precisamente por su identificación especial con Cristo Sacerdote hace de pontífice, de “puente” de la gracia divina a favor de los hombres.

Celebrar la Eucaristía diaria con y para los fieles, sentarse regularmente en el confesionario para ofrecer los tesoros de la misericordia divina, bautizar a los nuevos miembros de la comunidad eclesial, asistir como testigo cualificado en los matrimonios, llevar el consuelo de la unción a los enfermos y realizar regularmente la visita a la casa de los mismos con el viático son solo algunos de sus deberes esenciales en cuanto ministro de los sacramentos. Todo ello, si lo realizamos con verdadero celo pastoral, introduce más y más la vida de nuestros fieles laicos en la intimidad con Dios y fortifica su pertenencia vital a la Iglesia. Así ejerceremos además una verdadera paternidad espiritual, propia de nuestro sacerdocio, que hace madurar al pueblo de Dios y a nosotros también.

En este marco aprovecho en recordar la importancia del día domingo y del significado de la eucaristía dominical para todos. Decía en mi primera carta pastoral que de cara a una “pertenencia más consciente y activa de todos en la vida y misión de la Iglesia, quisiera proponer una recuperación más fuerte del día Domingo como día central en el que se reúne toda la comunidad cristiana a celebrar la Eucaristía. El Catecismo nos recordaba que «el Domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica, en que los fieles deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos» … Hagamos nuestro el lema “no hay Domingo sin Eucaristía” que se hace eco de la vida y tradición eclesial de los primeros siglos y convirtamos nuestras celebraciones dominicales en momentos fuertes y centrales para nuestras comunidades eclesiales”.

Además, un momento especial para la comunidad de fieles debiera ser para el párroco la adoración eucarística semanal por medio de los Jueves Eucarísticos. Ella “es un modo esencial de estar con el Señor” . Para alcanzar su verdadera eficacia necesita contar con esta regularidad semanal, como ya lo tenemos normado. Son espacios privilegiados para ayudar a los fieles a conocer y amar, así como dejarse conocer y dejarse amar por el Señor presente en la eucaristía.

Sugiero además la introducción de ciertas prácticas de piedad muy vivas en la Iglesia universal; tengamos en cuenta por ejemplo la oración del Santo Rosario, expresión de la piedad filial de los fieles a la Bienaventurada Virgen María. Estos y otros espacios deberán ser también los momentos privilegiados en que en comunión con todos los fieles oremos en especial por nuestros sacerdotes y por las futuras vocaciones para nuestra Iglesia particular y sus comunidades religiosas.

Y el Señor nos conceda además la gracia de que en algunas de nuestras parroquias tengamos con el tiempo “capillas de adoración perpetua”. Esto debería ser una preocupación de celo pastoral propia de cada párroco.

Finalmente, no olvidemos que el sacerdote, ministro de los sacramentos y hombre de lo sagrado, es también el hombre de la reverencia litúrgica, el liturgo por excelencia.

A él, en razón de su ministerio, le corresponde ser educador de la asamblea de fieles, en una participación activa y reverente de la celebración litúrgica. Conocedor experimentado de la liturgia de la Iglesia ha de guiar a los fieles a participar cada vez con mayor fruto en los misterios de la Iglesia, haciéndolo cada quien del modo en que le es propio. Preocúpese de que quienes ejerzan funciones particulares en las celebraciones – coro, lectores, monaguillos, acólitos, etc. – estén debidamente preparados y organizados para una celebración más viva, digna, decorosa y ordenada.

Con relación a algunos de estos puntos - la participación de los fieles en la eucaristía, la distribución de la comunión a los fieles, las celebraciones de las confirmaciones, la selección de los cantos, entre otros - hemos venido dando normas específicas con el objeto de velar por una siempre necesaria unidad entre nosotros como Iglesia particular y con la Iglesia Universal. Es nuestro deber ponerlas en práctica.

Finalmente, en el ámbito de nuestro ministerio sacerdotal no nos deberían faltar iniciativas ni esfuerzos, orientados al provecho espiritual y de vida de gracia de nuestras comunidades. Por poner un solo ejemplo quisiera recordarles lo oportuno que resulta alentar y educar en el recurso de gracias tan especiales como las de las indulgencias, sobre todo en los tiempos o días fuertes en que los propone la Iglesia así como con el uso de los medios habituales o más extraordinarios .

c) Pastor y guía con y en el ejercicio de la caridad Por último a nuestros sacerdotes por su ministerio pastoral les compete la tarea de ser pastores solícitos de la caridad para edificación de las comunidades a ellos encomendadas. La guía pastoral de los párrocos es ejercicio de la caridad pastoral de Cristo mismo, que está invitado a imitar y proyectar el sacerdote.

Aparecen en ella como dos dimensiones complementarias. Por un lado la vivencia de la caridad toca siempre en primer término nuestra propia vida personal. Ella deberá estar informada por ese amor solícito de Jesús Buen Pastor de nuestras almas.

En cuanto a esta dimensión más personal, es evidente que los sacerdotes, puestos al frente de una comunidad, hemos de ser siempre los primeros en dar un testimonio vivo de caridad. Como guía y pastores nuestro testimonio es vital. Que con todos tengamos siempre un trato amable, sereno, justo y pacifico. Hay ocasiones en que no puede faltar la firmeza, pero se la puede ejercer sin ofender ni humillar al prójimo. Así serviremos a los fieles y los edificaremos como una comunidad unida en el Señor.

Por otro lado la caridad pastoral implica una dimensión comunitaria en la que se expresa. Es toda la comunidad eclesial la llamada a vivir la caridad de Cristo y a ejercerla para con sus mismos miembros más necesitados de forma organizada y como verdadero Cuerpo de Cristo. La caridad si es verdadera se abre a todos en la vida de las parroquias. Esta es una tarea muy necesaria de ser emprendida en espíritu de comunión por párrocos y fieles.

El Papa Benedicto XVI lo expresaba así: «el amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia, en cuanto comunidad, ha de poner en práctica el amor. En consecuencia, el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado». En este sentido sigue siendo para nosotros una tarea pendiente la de las Caritas Parroquiales.

Tengamos en cuenta que la práctica comunitaria de la caridad en nuestras parroquias no requiere en primer término de grandes ayudas externas. Esperar esto sería un autoengaño. La creatividad de la caridad se realiza a partir de la generosidad de personas concretas que donan su tiempo, sus talentos y sobre todo se donan a sí mismos. Y la creatividad de la caridad se hace tanto mayor cuanta mayor es la santidad de vida de las personas involucradas. La historia de la Iglesia está llena de estos testimonios. Las auténticas obras de bien han nacido en el seno de la Iglesia siempre como expresión de la santidad de vida de sus miembros.

Un testimonio edificante en este sentido es el del Santo Cura de Ars. Él mismo de condición humilde, fue un artífice incansable de caridades personales y organizadas en y fuera de su parroquia. Por sus manos pasaban cantidades asombrosas de dinero y muchos bienes que siempre terminaban en ayudas a terceros, fueran pobres, peregrinos, niños o jóvenes abandonados, familias indigentes. Ni su casa ni su persona se vieron nunca beneficiados por nada de lo que recibía. Incluso regalos o donaciones a su persona terminaban en manos de quienes lo necesitaban más que él, de modo que ni sus compañeros sacerdotes pudieron cambiarle sus ropas y volvía a aparecer una y otra vez con su vieja sotana raída y de tela desgastada.


VI. Llamados a trabajar en la viña del Señor

Quiero terminar esta carta pastoral dirigiéndome especialmente a nuestros seminaristas y a los jóvenes a quienes el Señor llama para que vengan a trabajar en su viña, la Iglesia.

Toda vocación y particularmente la vocación al sacerdocio, es un don inmerecido y maravilloso que el Señor ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros. Son muchos los jóvenes que se sienten interpelados por el Señor a seguirlo. Sin embargo no son pocos los que como el joven rico se apartan entristecidos del camino, pronunciando un penoso “no te seguiré”.

Y es que los obstáculos personales o sociales que dificultan la respuesta generosa a la llamada de Dios están ahí: el mundo con su dinámica de mentira, sus falaces atractivos y su bulla; los espejismos con que engaña la sociedad de consumo; la oposición por parte de los padres a la vocación de los hijos, aún en el seno de familias católicas; la fragilidad psíquica y espiritual de quienes provienen de hogares rotos o gravemente dañados; la temprana iniciación en una vida sexual que tara la capacidad para una vida célibe; las drogas, el alcohol, y otros muchos sucedáneos que finalmente apartan al joven de un autentico encuentro consigo mismo, que le permita escuchar la voz del Señor que llama.

Sin embargo, deseo decirles que tengo la firme convicción, no solo de que el Señor sigue llamando a muchos jóvenes: “tú, ven, sígueme” , y tocando a la puerta de su corazón. Estoy seguro, además, que son muchos los jóvenes que, si pudieran escuchar Su voz, estarían dispuestos a seguirle con valentía. A ustedes les digo: ¡no tengan miedo de responder con todo el corazón y toda su vida! El Señor que llama da la gracia para ser fieles y perseverar, si estamos decididos a darle de nuestra parte una respuesta generosa. Y Él que nos pide nuestra vida entera, no se deja ganar en generosidad, pues nos ha dado ya totalmente su Vida, la única causa por la cual vale la pena vivir y morir.

En este sentido deseo recordarles a mis queridos hermanos sacerdotes que tenemos una gran responsabilidad para con estos jóvenes convocados por el Señor. Sepamos estar atentos a los soplos del Espíritu Santo y colaborar generosamente en apoyar la respuesta de quienes son llamados a servir y trabajar en la viña del Señor.

A nuestros queridos hermanos religiosos, religiosas y a los fieles laicos todos quisiera animarles en primer término a que agradezcamos siempre al Señor, quien nos ha regalado a sus sacerdotes. Como ministros de Cristo y de Su Iglesia nos ayudan por medio de su servicio sagrado. Oren por ellos, pues tienen necesidad de su oración constante. Muéstrenles su aprecio y gratitud, pues como humanos también conocen de la necesidad de contar con el afecto y aprecio de sus hermanos. Finalmente colaboren con ellos, para que juntos podamos edificar el Cuerpo de Cristo, la Iglesia

En segundo término, sintamos nuestro el deber de alentar a las vocaciones tanto sacerdotales como religiosas en nuestra Prelatura, verdadera tierra de misión. A las familias deseo decirles que una vocación en el seno del hogar es una gran bendición; Dios se ha fijado en ustedes, dándoles una prueba singular de Su amor. Apoyen a su hijo o hija si quieren seguir al Señor. Acompáñenles con su oración en familia. Sepan darles los sabios consejos de vida cristiana de una familia que tienen por su centro al Señor. Y testimonien la alegría de este regalo de Dios a sus familiares y conocidos para que participen de su gozo en el Señor.

Haciéndoles llegar mi bendición a todos los fieles de la Prelatura de Ayaviri, les confío esta carta pastoral en la espera de que pueda ser de utilidad para nuestra Iglesia particular.

En la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, 23 de Mayo de 2010



Mons. Kay Schmalhausen Panizo SCV Obispo Prelado de Ayaviri


Revisado por José Gálvez Krüger