Herramientas personales
En la EC encontrarás artículos autorizados
sobre la fe católica
Lunes, 18 de diciembre de 2017

Arqueología Cristiana

De Enciclopedia Católica

Saltar a: navegación, buscar

Introducción

Es la rama de la ciencia arqueológica cuyo objeto es el estudio de los antiguos monumentos cristianos. La historia moderna, que se empeña en la reconstrucción de la vida primitiva de los cristianos, tiene dos fuentes de información de donde echar mano, denominadas: fuentes literarias y monumentales. Por fuentes literarias comúnmente se entiende los restos aún existentes de la literatura cristiana primitiva. Las fuentes monumentales están conformadas por los objetos de diversas clases que sobreviven de la antigüedad, que fueron producidos por los cristianos o bajo la influencia de los mismos: inscripciones sepulcrales, pinturas, esculturas, iglesias, además de los objetos de las artes menores. El objetivo de la arqueología cristiana, tal como se dijo, es investigar todo lo que sea posible, relativo a las maneras y costumbres de los primitivos cristianos, a partir de los monumentos de dicha antigüedad. Cualquier intento de determinar las fechas que abarca el período denominado en forma libre “Antigüedad Cristiana”, que luego dio lugar al período medieval, es por necesidad más o menos arbitrario. Como una consecuencia de esta dificultad, existen diferencias de opiniones entre los arqueólogos, acerca de la forma como deben asignarse los límites de ella. Sin embargo, autoridades como De Rossi y Le Blant, miran el principio del siglo séptimo (600 D.C.), o la muerte de Gregorio el Grande (604), como una fecha que marca suficientemente bien el final de la antigüedad, y el principio del período medieval. En la Galia y en Alemania, los monumentos retuvieron mucho de su carácter antiguo hasta un siglo después.


Sumario Histórico

El honor de inaugurar el estudio científico de la antigüedad cristiana pertenece al monje agustiniano Onofrio Panvinio, quien en 1554 y 1568, publicó dos importantes trabajos sobre las basílicas de Roma (DE PRÆCIPUIS URBIS ROMÆ SANCTIORIBUS BASILICIS), y uno sobre los cementerios y ritos fúnebres de los primeros cristianos (DE RITU SEPELIENDI MORTUOS APUD VETERES CHRISTIANOS ET DE EORUM CŒMETERIIS). Diez años después de la publicación del último trabajo, algunos trabajadores descubrieron (31 de Mayo de 1578), un antiguo cementerio subterráneo en la Vía Salaria, que contenía inscripciones y frescos de carácter cristiano indiscutiblemente. Entre los primeros en visitar el cementerio recientemente descubierto, fue el historiador eclesiástico Baronius, quien, aunque reconoció la importancia de lo encontrado, no tomó parte en las exploraciones de sus contemporáneos; había éste iniciado su gran trabajo histórico, “ANNALES ECCLESIASTICI”, cuya composición copó toda su atención. En los quince años siguientes, las únicas personas que intentaron algunas exploraciones en las catacumbas fueron, un dominico español, Alfonso Ciacconio y dos laicos flamencos, Felipe de Winghe y Juan l’Heureux. Ciacconio no terminó nada de importancia. Las investigaciones de los dos exploradores flamencos prometían mejores resultados, pero sus escritos permanecieron sin publicar, y como consecuencia, no influenciaron a sus contemporáneos.

El primero en iniciar la exploración sistemática de los antiguos cementerios romanos o catacumbas, fue el “Padre de la Arqueología Cristiana” Antonio Bosio, nacido en Malta en 1575; fue colocado a temprana edad al cuidado de un tío que habitaba en Roma como procurador de los Caballeros de Malta; a los dieciocho años su interés fue atraído por los estudios de los primitivos monumentos sepulcrales romanos, y desde esa fecha hasta su muerte en 1629, un período de 36 años, dedicó su vida a la exploración de las catacumbas. Tres años después de su muerte, 1632, los resultados de sus exploraciones y estudios se hicieron conocer a todo el mundo mediante una publicación italiana, “TOMA SOTTERRANEA” , editada por el Oratoriano Severano, y publicada bajo el patrocinio de la Orden de Malta. El gran mérito de este trabajo fue reconocido de inmediato, y llevó a su publicación en latín, por Aringhi en 1651, para beneficio de todos los sabios de Europa. El carácter científico de las exploraciones de Bosio ha sido recientemente confirmado por un descubrimiento interesante: De Rossi afirmaba, a pesar de su admiración por Bosio, que los cementerios de San Marcos y Marcelino, en el que el Papa Dámaso estaba enterrado, quedaba a la derecha de la Vía Ardeatina y no a la izquierda como Bosio decía; en 1902 se descubrieron por Wilpert las criptas del Papa Dámaso y la de Marcos y Marcelino en el lugar indicado por Bosio. A pesar de la importancia del trabajo de Bosio, éste es defectuoso al menos en un aspecto; las copias de las pinturas de las catacumbas hechas para el trabajo “ROMA SOTTERRANEA” son muy imprecisas, de acuerdo a Wilpert; este fallo debe adjudicarse a los copistas de Bosio. Por más de doscientos años luego de la muerte de este último, se hizo muy pocos avances en las exploraciones de dichas catacumbas, el mayor tesoro de monumentos de la primitiva cristiandad. Los escritores protestantes en su conjunto, ignoraron los descubrimientos de Bosio o los refutaron, para su satisfacción, sin siquiera haber visto los monumentos; aún Bingham, cuyo trabajo sobre las antigüedades cristianas fue publicado cerca de un siglo después de la primera edición del de Bosio, no hizo uso de los resultados de este último; tampoco los autores católicos mostraron aprecio por los monumentos, en forma similar a sus coetáneos protestantes. A diferencia de Rossi, Bosio no fundó una escuela de arqueólogos entrenados para continuar los trabajos felizmente inaugurados; como consecuencia cesaron todas las investigaciones a su muerte. Fabretti dedicó sólo un capítulo (VIII) a las inscripciones de los cristianos en su colección publicada en 1699; veintiún años después, Boldetti, que cuidaba de las catacumbas, publicó un trabajo apologético de poco valor, “Cementerios de los Santos Mártires y Antiguos Cristianos de Roma”. De gran mérito es un trabajo de Buonarotti acerca de los vidrios fúnebres (Florencia, 1716); pero este siglo dieciocho será más recordado por la destrucción de los cementerios que por el trabajo de los arqueólogos. Bajo la dirección de Boldetti, numerosas inscripciones se movieron de los lugares donde originalmente estaban colocadas, y se dispersaron en las diversas iglesias de Roma, sin indicaciones claras de los lugares donde se tomaron. Estas inscripciones fueron posteriormente recogidas por Benedicto XIV (1740-1758) en el Museo de los Cristianos del Vaticano, del cual fue su fundador. Muchos invaluables frescos fueron destruidos o dañados durante el siglo dieciocho. Debería haber sido natural esperar que el establecimiento de un departamento, en conexión con la Biblioteca del Vaticano, destinado a la reunión de las inscripciones cristianas y otras reliquias de la primitiva Iglesia, elevase la curiosidad de los anticuarios romanos; pero este no fue el hecho. Por varios años luego de la muerte de Benedicto XIV nadie tuvo interés por las catacumbas; cerca de 1780, Seroux d’Agincourt visitó varios de los cementerios antiguos y copió varios frescos para su publicación en “HISTOIRE DE PART PAR LES MONUMENTS” (París 1823); pero no se satisfizo únicamente con las copias; siguiendo el ejemplo de otros exploradores en el mismo campo, a menudo estaba deseoso de tener las pinturas originales, originando una destrucción mucho más sistemática que sus predecesores.

Con el advenimiento de la primera mitad del siglo diecinueve empezó una nueva era en los estudios arqueológicos; el trabajo de M. Raoul Rochete “DISCOURS SUR L’ORIGINE ETC. DES TYPES QUI CONSTITUENT L’ART DU CHRISTIANISME” (París, 1834), y su “TABLEAU DES CATACOMBES DE ROME” (París, 1837), tuvo el mérito de elevar el interés sobre los monumentos cristianos en Roma, aunque sus conclusiones no fueron del todo convincentes. En Italia, Sarti, Settele, Pasquini, De Minicis, Valentín, Manara, Cordero y otros, produjeron trabajos de menor importancia sobre los cementerios subterráneos, los sarcófagos cristianos, y las primitivas basílicas de su país. El honor de inaugurar trabajos realmente importantes pertenece al Padre Jesuita Marchi, quien fue el primero en demostrar la diferencia esencial entre las areneras, o fosos de arena de los alrededores de Roma y las galerías de las catacumbas; en 1841 publicó el primer volumen de lo que pretendió ser un trabajo exhaustivo sobre el arte de los primitivos cristianos, pero por varias razones fue incapaz de completar lo iniciado. Pero Marchi había tomado con él, en el momento de empezar a consagrar una atención especial a los monumentos cristianos en Roma (1841), a un hombre joven de menos de 20 años, que estaba destinado a tomar el trabajo de Bosio y elevar la arqueología cristiana a la dignidad de una ciencia; este fue Giovanni Battista de Rossi (1822-1894); este importante trabajo iniciado por él, junto con sus resultados, fueron de gran importancia para la historia de la Iglesia primitiva, que pudieron obtenerse por investigaciones sistemáticas, efectuadas con principios científicos; ninguno más calificado que él mismo para ejecutar sus planes; hecho reconocido por el Papa Pío IX, quien le comisionó para iniciar el trabajo destinado a ser muy fructífero.

El trabajo de De Rossi que mejor revela su inmenso aprendizaje y el método científico con que llevó a cabo sus investigaciones se muestra en su “ROMA SOTTERANEA” (Roma, 1864-77, en 3 volúmenes) El tiempo transcurrido entre la publicación de su último volumen de su obra, verdaderamente magna, ha confirmado esencialmente las teorías de su autor sobre las condiciones civiles y religiosas de los primeros cristianos, lo mismo que el carácter simbólico de su arte. En 1863 empezó la publicación de su “BULLETINO D’ARCHEOLOGIA CRISTIANA”, una revista casi tan indispensable para el estudioso de la arqueología cristiana como la “ROMA SOTTERANEA”; De Rossi dejó a su muerte una escuela de arqueólogos, entrenados en sus métodos científicos, capaces de continuar con su labor. Los tres primeros discípulos, Armellini, Stevenson y Marucchi, han publicado numerosos trabajos con los resultados de sus propias investigaciones, o popularizando los resultados generales de los descubrimientos arqueológicos cristianos, además de continuar la publicación de la revista bajo el título “NUOVO BULLETTINO D’ARCHEOLOGIA CRISTIANA”. Un publicista que ha cumplido un trabajo considerable, de valor permanente, dentro del dominio de la arqueología cristiana, es el jesuita Garrucci; su publicación más importante fue la “Historia del Arte Cristiano” en 6 volúmenes, que contiene 500 ilustraciones; muchas de ellas se han encontrado imprecisas y deben usarse con cuidado; su texto también ha sido superado, en gran medida, por el de los escritores más recientes. Los mejores resultados, desde la muerte de De Rossi, son atribuibles a un sacerdote alemán, cuyo amor por los estudios arqueológicos lo llevó a Roma hace dos décadas: Monseñor Joseph Wilpert. Él mismo se dedicó, de manera especial, al estudio de la pintura primitiva cristiana, un departamento de la arqueología, al cual, De Rossi fue incapaz de darle la atención requerida para esta materia; en 1889, Wilpert publicó su “PRINCIPIENFRAGEN DER CHRISTLICHEN ARCHAOLOGIE”, un folleto defendiendo los principios de interpretación de la escuela de arqueología romana, en contra de los ataques de autores alemanes no católicos; en 1892 apareció su estudio sobre “DIE GOTTGEWEIHTEN JUNGFRAUEN”, una valiosa contribución sobre los orígenes de la vida religiosa; en 1895 publicó su “FRACTIO PANIS”, donde describe el ciclo de las representaciones sagradas en la cripta de Santa Priscila, conocida como la Capilla Griega, y muestra su relación con la escena principal pintada en esa capilla, la Eucaristía, o banquete sagrado, escena del ábside, que apropiadamente llama la fracción del pan. El significado de las figuras orantes, que tan frecuentemente se bosquejan en las primitivas tumbas, fue el primero en explicarlo satisfactoriamente en su “CYCLUS CHRISTOLOGISCHER GEMALDE” (1891). Su trabajo mayor es “MALEREIGN DER KATAKOMBEN ROMS” (Friburgo, 1903), que consiste en dos volúmenes de tamaño folio, uno de fotografías que reproducen más de 600 frescos de las catacumbas la mitad de ellas en colores; el otro contiene el texto, en donde el autor, después de explicar sus principios de interpretación, clasifica y describe los diversos ciclos de pintura fúnebre, e interpreta su significado simbólico. Otro sacerdote alemán residente en Roma, Monseñor de Waal, fundador y editor de “ROMISCHE QUARTALSCHRIFT”, ha escrito extensamente sobre materias arqueológicas; uno de los artículos más conocidos es una inscripción, con ilustraciones, del sarcófago de Junios Bassus (Rodney, 1900)

El ímpetu dado al estudio de los monumentos de los primitivos cristianos, por los descubrimientos de De Rossi, se sintió, inmediatamente, en cada país europeo. Dos sacerdotes ingleses, Northcote y Brownlow, estuvieron entre los primeros que apreciaron la importancia de su trabajo, que popularizaron en su excelente “ROMA SOTTERRANEA” (Londres, 1869). Northcote publicó también un útil trabajo sobre las inscripciones de los primeros cristianos bajo el título “EPITAPHS OF THE CATACOMBS” (Londres, 1878). El primero de estos trabajos fue traducido al francés por Allard; el libro de Kraus “ROMA SOTTERRANEA” fue parcialmente una traducción por Northcote y Brownlow, y parcialmente un trabajo original. El diccionario de Smith y Cheetham “DICTIONARY OF CHRISTIAN ANTIQUITIES” (Londres, 1875*1881), es una evidencia del influjo de las exploraciones romanas sobre los protestantes ingleses; el manual de Lowrie “MONUMENTS OF THE EARLY CHURCH” (Nueva York, 1901), da testimonio del interés de los protestantes norteamericanos sobre los resultados de los estudios arqueológicos. En Francia, entre los primeros en ser influenciados por el reavivamiento de De Rossi, fueron el Abate Martigny, quien en 1865 publicó su “DICTIONAIRE DES ANTIQUITÉS CHRÉTIENNES”, Perret con “CATACOMBES DE ROME”, trabajo pretencioso y de poco valor, con ilustraciones imprecisas y un texto poco confiable, Deshassayn de Richemont con “CATACOMBES DE ROME” aparecido en 1870, y al año siguiente la traducción mencionada con anterioridad. Estos trabajos prestaron un buen servicio como manuales populares; empero otras investigaciones de gran importancia fueron desarrolladas por otro arqueólogo francés, Edmont Le Blant; su primer volumen, “INSCRIPTIONS CHRÉTIENNES DE LA GAULE” apareció en 1856, el segundo en 1865 y el tercero en 1892; posteriormente llegaron dos volúmenes sobre los sarcófagos cristianos de Arles y de Francia (París,1878-86), y varios estudios sobre epigrafía cristiana. En 1906 inició su aparición un trabajo excelente y muy útil, “DICTIONNAIRE D’ARCHÉOLOGIE ET DE LITURGIE” de Cabrol y Leclercq; los descubrimientos del Conde Vogüé en la parte central de Siria y en Tierra Santa fueron de gran importancia para la historia de la arquitectura del cristianismo primitivo. Los escritos del Padre Delattre y de Stephen Gsell son indispensables para el estudio de los monumentos cristianos del norte de África. En Alemania, el profesor Franz Xaver Kraus hizo más, probablemente, que cualquier otro escritos para popularizar los resultados de los estudios arqueológicos cristianos. Además de su “ROMA SOTTERRANEA”, Kraus editó su excelente “REAL ENCYKLOPADIE DER CHRISTLICHEN ALTERHUMER”, y publicó en tres volúmenes una historia del arte cristiano, del cual sólo el primero trata de la arqueología cristiana; siendo la obra más completa que haya aparecido sobre esas materias; también este autor publicó en dos volúmenes una colección de inscripciones cristianas de las tierras del Rin, además de un gran número de monografías de carácter arqueológico. Entre los arqueólogos protestantes puede mencionarse a Víctor Schultze, cuyos estudios sobre las catacumbas de Nápoles y Siracusa y su “ARCHAOLOGIE DER ALTCHRISTLICHEN KUNST” son de importancia. Sólo pueden darse algunos nombres de alemanes que han contribuido dentro del último siglo con estos estudios: Muller, Ficker, Krumbacher, Strzygowski, Kirsch, Kaufmann, y Baumstark.


Fuentes literarias

El conocimiento de la primitiva sociedad cristiana, derivado de los estudios sobre los monumentos cristianos más antiguos, ha arrojado luz sobre muchos aspectos obscuros de la historia de la Iglesia primitiva, que eran conocidos a través de la literatura que ha llegado hasta nosotros desde los primeros tiempos del cristianismo. Es igualmente cierto que el estudio de los monumentos cristianos es imposible hacerlo sin el estudio de las diversas fuentes literarias de la antigüedad cristiana. La literatura y los monumentos se suplementan los unos a los otros. Entre las primeras fuentes iniciales, indispensables para el estudio de los monumentos, es el arte cristiano del primer siglo, inspirado por las Sagradas Escrituras; después de éste siguen, el Martirologio, las liturgias cristianas, ciertas oraciones litúrgicas, en particular aquellas relacionadas con la muerte, los calendarios de la Iglesia, los llamados Libros Pontificales, especialmente el “LIBER PONTIFICALIS”, los antiguos misales y ritos sacramentales, en general toda la literatura cristiana hasta bien entrados los tiempos medievales; especialmente útiles fueron los itinerarios de los peregrinos a causa de las indicaciones que contenían referentes a la topografía de los antiguos cementerios subterráneos de la Roma cristiana.


Carácter de los monumentos primitivos y resultados principales de las investigaciones arqueológicas cristianas

Los principales monumentos de los primitivos cristianos se han encontrado en las catacumbas de Roma; las partes más antiguas datan del primer siglo de la era cristiana, así que, cualquier información que proporcionen nos dan una estampa del período apostólico; debe tenerse presente que todos esos monumentos son de carácter fúnebre; nadie puede esperar encontrar en las inscripciones de los modernos cementerios católicos una exposición completa de teología católica, ni tampoco pueden verse exposiciones de dogmas en los frescos e inscripciones de las catacumbas. Cualquier información que razonablemente pueda esperarse de dichos monumentos, debe tener relación con las ideas sobre la muerte que estaban en las mentes de quienes los erigían; dentro de ese alcance y un poco mas allá, los monumentos son perfectamente claros. Las inscripciones y pinturas de las catacumbas, lo mismo que los sarcófagos tallados del siglo cuarto y posteriores, exhiben, de manera inequívoca, las creencias de sus autores acerca de la existencia más allá de la tumba.


Inscripciones

Las inscripciones cristianas son en extremo simples, apenas si mencionan el nombre del difunto, acompañado de una breve oración por su alma: “Reina, puedes vivir en el Señor Jesús”, “La paz esté contigo”, “En paz”, “En Dios”; hacia el siglo tercero, estas fórmulas se habían ampliado hasta incluir la Trinidad y la Comunión de los Santos; el sacramento del Bautismo es aludido implícitamente en la mención de los neófitos, con inscripciones como: “FIDEM ACCEPIT - Recibió la fe”, “POST SUSCEPTIONEM SUAM – Después su bienvenida”, o la Eucaristía como en los dos famosos epitafios de Abercius de Hierópolis y Pectorius de Autun. También se mencionan los tres grados más elevados de la jerarquía y algunas de las órdenes menores, lo mismo que las viudas y vírgenes consagradas; frecuentemente se hace referencia a miembros de la comunidad. Aún más interesante, tal vez, son las deducciones que legítimamente se pueden extraer de ciertas peculiaridades de estos primitivos monumentos cristianos; la igualdad de todos ante Dios, por ejemplo, es enseñada a través del silencio elocuente de los epitafios, sobre los rangos o títulos mundanos de los difuntos; las alusiones a esclavos y hombres libres, tan comunes en las inscripciones contemporáneas paganas, se encuentran en unos pocos epitafios cristianos, y eso, de manera muy bondadosa. Aún más notable, es el silencio de las inscripciones cristianas sobre las persecuciones, en un momento donde eran inminentes; ningún pensamiento sobre sus perseguidores fue dado, ya que el pensamiento de los seguidores de Cristo estaba absorbido por el mundo más allá de la tumba; y con referencia a este mundo mejor, habían recreado una confianza perfecta; el nombre dado a su último lugar de descanso, “cementerio” (KOIMETERIUM, DORMITORIUM, lugar de descanso), revela su confianza en las promesas del Salvador. Las inscripciones métricas, erigidas en la cuarta centuria por el Papa Dámaso (366-384), manifiestan la gran veneración en que se tenían los mártires, y al mismo tiempo, proporcionan datos invaluables su historia.


Pintura

Siguiendo la costumbre de decorar las tumbas de los amigos muertos, los cristianos de Roma, desde el primer siglo, empezaron a adornar con frescos las cámaras sepulcrales de las catacumbas; de esta forma ellas fueron la “cuna del arte cristiano”; aunque algunos de los escritores cristianos de los primeros siglos miraron esta producción artística con sospecha, la Iglesia de Roma nunca pareció tener dudas sobre esta materia: el arte es sí mismo es indiferente, ¿por qué no adoptarlo y purificarlo? Esto fue precisamente lo que se hizo; de esta forma el proceso de purificación se inició, aún en las pinturas más antiguas de las catacumbas, con fechas de finales del primer siglo. La ornamentación pictórica de las tumbas de las familias Afiliana y Flaviana, que pertenecen a este período, aunque principalmente decorativas con caracteres como las de las tumbas paganas, están libres de motivos indelicados o idolátricos. Los cimientos del arte específicamente cristiano yacen en el primer siglo, tal como se puede ver en unos pocos frescos que representan a Daniel en el foso de los leones, Noé en el arca, y el Buen Pastor; todos ellos fueron símbolos, y el simbolismo fue la característica especial del arte cristiano a lo largo del siglo cuarto; la fuente de inspiración para este simbolismo fue la Biblia; no se procedió al azar en la selección de las materias de las Sagradas Escrituras, o los temas que los motivaron, sino que se siguieron ciertas regulaciones definidas, que fueron sugeridas por el hecho que los frescos iban a ser parte de la ornamentación fúnebre; la idea dominante al hacer la selección de los temas fue que debían ser adaptables, como símbolos, a las condiciones después de la muerte de quienes yacían en las tumbas que erigían, de acuerdo a la visión que prevalecía entre los cristianos. Las liturgias fúnebres, consecuentemente, las oraciones por los muertos y las invocaciones de igual tenor, servían para la escogencia de los símbolos. Así por ejemplo, en las Letanías para la Partida del Alma, aún en uso, tenemos la invocación: “Salva, ¡Oh Señor!, el alma de tu siervo, como Tú salvaste a Daniel del foso de los leones”; la figura de Daniel, de pie entre los dos leones, tan frecuentemente representada en las catacumbas, fue, de esa manera seleccionada, por su idoneidad para representar las condiciones del alma del cristiano después de la muerte. Desde el punto de vista de la doctrina y la disciplina, muchas de ellas son de gran importancia; por ejemplo, respecto a los sacramentos, el ciclo de frescos relativos al bautismo, algunos de ellos de la segunda centuria, muestran claramente que el bautismo era administrado por inmersión, mientras que varios de los ciclos de la Eucaristía muestran la creencia del carácter de sacrificio de la misa. En numerosos frescos se manifiesta la creencia en la divinidad de Cristo, y la virgen María ocupa un lugar prominente en el pensamiento de los cristianos de los primeros tres siglos; lo que es aparente por las diversas representaciones de María (la más antigua de la primera mitad del siglo segundo), con el Niño Salvador en sus brazos. El desarrollo gradual de la idea de la importancia del lugar de María en el esquema de la redención, es deducido por comparación de los frescos más tempranos con los últimos de la Madre y el Niño; una pintura de la última mitad del siglo tercero, en la catacumba de Santa Priscila, la representa como modelo para una virgen que toma el velo; mientras que un fresco, hacia la mitad de la cuarta centuria, en el Cementerio Mayor, María es vista en actitud de oración, intercediendo, de acuerdo a la interpretación de Wilpert, con su Hijo Divino, por los amigos sobrevivientes de la persona difunta, en donde esta representación aparece. El dogma de la comunión de los santos se expresa claramente en estas pinturas, como en las inscripciones de las catacumbas. Las figuras de personas que oran, son símbolos de los difuntos en el cielo que interceden ante Dios por los amigos, aún miembros de la Iglesia Militante. Otros frescos representan el juicio particular, con los santos en actitud de abogados, suplicando al Juez su admisión a los Cielos. San Pedro y San Pablo también fueron temas favoritos de los artistas cristianos en Roma, especialmente durante el siglo cuarto; el fresco más antiguo de San Pedro, en el cementerio de Las Dos Puertas, representa al Príncipe de los Apóstoles leyendo de un rollo, en el carácter de “Legislador del Nuevo Pacto”. El lugar destacado en que se tenían a las autoridades eclesiásticas, está representado por el atuendo especial con el que eran representadas; los sacerdotes que administraban el Bautismo están ataviados con su túnica y palio, dos artículos de su atavío, que junto a las sandalias, constituían el vestido reservado a los personajes de carácter sagrado.


Escultura

Durante los primeros tiempos de la Iglesia la escultura cristiana fue casi desconocida; muchas razones se han dado para esta circunstancia, la principal de ellas, además de su costo, estriba en la dificultad práctica de producir trabajos, indistintamente cristianos, sin conocimiento de los gobernantes y de un público hostil. Sólo sobreviven algunas estatuas y sarcófagos con representaciones de las Sagradas Escrituras, pertenecientes a los tres primeros siglos; la escultura cristiana empezó su verdadero desarrollo en el siglo cuarto, durante el tiempo de paz decretado por Constantino. Las principales esculturas de este período se encuentran en los numerosos sarcófagos que se encuentran principalmente en Roma, Ravena y en varios lugares de Francia, donde fueron enterrados los cristianos de la época de Constantino y posteriormente. Siendo monumentos fúnebres, los temas simbólicos de los frescos fueron también apropiados para los sarcófagos. Pero los escultores cristianos rápidamente cayeron bajo la influencia del nuevo desarrollo del arte cristiano, visto por primera vez en las basílicas erigidas por Constantino; sus símbolos de triunfo, junto con las escenas históricas delineadas en sus paredes, también se encuentran en los sarcófagos cristianos, al lado de algunos de los símbolos más primitivos y sagrados de las catacumbas. La transición del arte simbólico al histórico es, consecuentemente, mejor representado en los sarcófagos tallados del siglo cuarto y posteriores.


Basílicas

De acuerdo a los Hechos de los Apóstoles, los primeros cristianos acostumbraban a reunirse en casas privadas para la celebración de la liturgia: “fraccionando el pan de casa en casa” (Hch 2.46). Los primeros locales independientes para el culto cristiano, fueron las casas de aquellos de entre ellos, que poseían edificios lo suficientemente grandes para acomodar un gran número de personas. Bajo el reinado de Constantino, la costumbre establecida en la Iglesia de Jerusalén de reunirse en residencias privadas para la celebración de la liturgia, parece que se siguió en forma general; parece muy probable, que fuesen iglesias del tipo basílica que se encuentra en Asia Menor antes de Constantino. La iglesia de Nicomedia, destruida en la persecución de Dioclesiano, se construyó en el siglo tercero; de acuerdo a una antigua tradición, la casa del Senador Pudens en Roma, también como la de Santa Cecilia, fueron usadas para tal propósito. El romance conocido como “El Reconocimiento de Clementina” tiene dos referencias interesantes sobre esta materia: el autor habla de un cierto Maro quien invitó a San Pedro a predicar en un salón de su mansión, capaz de albergar a quinientas personas; y en otra lugar, habla de un nombre llamado Teófilo, quién tenía un salón en su casa consagrado como iglesia. Las iglesias cristianas del siglo cuarto, conocidas como basílicas, derivan su nombre y algunas de sus principales características, ya de las basílicas públicas, como las del foro romano, o de las basílicas privadas de las grandes mansiones, tales como los salones de Maro y Teófilo. Estaban conformadas por un gran salón de forma oval, divididas por columnas entre una nave central y dos o cuatro pasillos; el ábside, en el extremo opuesto a la entrada al salón, hereda, de acuerdo con Kraus y otros, de las iglesias primitivas en los cementerios, estructuras con tres ábsides, dos de ellas pueden aún verse en el cementerio de San Calixto; el ábside, sin embargo, es una característica que se encuentra en las dos basílicas de Trajano y Majencio. El atrio en frente de la entrada, es una característica de la basílica cristiana, no vista en las basílicas civiles, y evidentemente es una reminiscencia de la iglesia doméstica de los primeros tres siglos

El baptisterio erigido en forma adyacente a las basílicas, fue, como regla general, de forma circular o poligonal. Los edificios circulares también se erigieron como mausoleos; dos de los mejores ejemplos son la iglesia de Santa Constanza en Roma y el mausoleo del Rey Teodorico en Ravena. Siguiendo los precedentes de la iglesia del Santa Sepulcro en Jerusalén, en algunas ocasiones se erigían iglesias circulares u octagonales; la iglesia de San Vital en Ravena es la estructura occidental de este tipo mejor conocida. La decoración inferior de las basílicas cristianas exhibió el nuevo desarrollo del arte cristiano; los símbolos bosquejados en las catacumbas eran perfectamente apropiados para el propósito para el cual se hicieron, pero un diferente estilo de adorno fue exigido en los edificios cuyo objeto no estaba asociado inmediatamente con la muerte. Sin embargo, la iglesia de Cristo había tenido un gran triunfo sobre el paganismo, lo que sugirió a los artistas cristianos del tiempo de Constantino la idea de conmemorar la victoria en las basílicas; de esta forma vino en existencia un nuevo simbolismo representando a Cristo triunfante en su trono; en los frescos y mosaicos de las basílicas fueron representadas frecuentemente escenas de la vida de Cristo o del Antiguo Testamento, que sirvieron no sólo como adornos, sino como excelentes ilustraciones de las Sagradas Escrituras


Las artes menores

Bajo este encabezado usualmente se clasifican lo que tiene que ver como telas, vestidos litúrgicos y otros elementos, objetos de devoción, artículos domésticos, monedas y medallas, e ilustraciones en miniatura. Los últimos objetos son especialmente importantes para la historia del arte en la Edad Media

Hassett, Maurice. "Christian Archaeology." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908. <http://www.newadvent.org/cathen/03705a.htm>.

Traducido por Hugo Barona Becerra