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Sábado, 21 de octubre de 2017

Antropología cristiana: El hombre y la verdadera "reforma"

De Enciclopedia Católica

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Para comprender cualquier renovación o reforma de la Iglesia, hay que acudir antes, previamente, a una profunda y cristiana antropología, aquello que comprende al hombre según su tipo y modelo: Jesucristo.

¿Qué observaremos? La capacidad de conversión y cambio, su dignidad y llamada a la santidad, su crecimiento mediante las virtudes. Éste es el hombre cristiano, movido siempre por la gracia, cooperando siempre con la gracia.

Esta antropología, realista a la par que esperanzada, da la clave de cualquier renovación o reforma, ya sea del mundo y la sociedad civil, ya sea de la misma Iglesia. Nada son las estructuras y las leyes si el hombre que vive en ellas y bajo ellas no ha sido transformado interiormente. El cambio se produce cuando un hombre comienza a parecerse realmente a Cristo; entonces el mundo, la sociedad civil, la misma Iglesia se va renovando.

Son lecciones de un sabio y veraz humanismo cristiano. A él acudimos para comprender tanto las posibilidades del hombre creado y redimido como para acertar en la concepción de cualquier renovación o reforma de la Iglesia, sin caer en la demagogia o en el populismo. Y una vez más serán las palabras de Pablo VI las que nos catequizarán, si abrimos la inteligencia y el corazón para recibir nuevos conceptos, directrices aptas para nuestro espíritu humano.

"Estimulados aún por el reciente Concilio, queremos indagar cuál sea el concepto del hombre modelado por la vida cristiana.

Pues bien, la vida cristiana se puede definir como una continua búsqueda de perfección. Esta definición no es completa, porque es puramente subjetiva y silencia muchos otros aspectos de la vida cristiana. Pero es exacta en el sentido de que el reino de Dios, es decir, la economía de la salvación, la comunión de relaciones, establecidas por el cristianismo entre la pequeñez humana y la grandeza de Dios, su inefable trascendencia, su infinita bondad, exige y comporta una transformación, una purificación, una elevación moral y espiritual del hombre llamado a tan gran suerte; en otras palabras exige la búsqueda, el esfuerzo hacia una condición personal, hacia un estado interior de sentimientos, de pensamientos, de mentalidad y de conducta exterior y una riqueza de gracia y de dones que llamamos perfección.

Afán de novedades

Que el hombre moderno está también continuamente a la búsqueda de algo nuevo y diverso de lo que él es, lo vemos todos: su inquietud, su espíritu crítico, su persuasión de poder modificar la propia existencia, su sed de plenitud, de placer y de felicidad, su tensión hacia un humanismo nuevo que prueba la evidencia, y tal vez el cristianismo mismo ha introducido en la humanidad una parte principal de estos fermentos. Y por ello, bajo ciertos aspectos, el cristiano y el hombre moderno presentan caracteres de singular semejanza.


Concepción cristiana y profana del hombre

Pero la búsqueda del hombre ideal, del hombre perfecto difiere bastante entre las dos concepciones, la cristiana y la profana (la sencillez de este discurso nos permite una clasificación tan empírica); y podemos observar especialmente en el campo pedagógico, es decir, aquel en el que se trabaja para la formación del verdadero hombre, del hombre completo y perfecto, la diversidad de las dos concepciones, tanto con respecto a la concepción humana como en cuanto a los medios para alcanzarla. Notemos de pasada cómo las dos concepciones recorren en sentido inverso el itinerario de la vida humana: la concepción cristiana parte de premisas conscientes siempre de la dignidad del hombre y de su perfectibilidad, pero fundada también sobre una doble observación negativa derivada la una de la herencia del pecado original, que ha mancillado la misma naturaleza del hombre, dando origen a desequilibrios, deficiencias y debilidades en el complejo de sus facultades; denunciando la otra la incapacidad de las solas fuerzas humanas para alcanzar la verdadera perfección, aquella que es también necesaria al hombre para la salvación, o sea, el insertarse de su propia vida en la de Dios mediante la gracia. Es, desde estas premisas, precisamente mediante la gracia y mediante un paciente aprendizaje de virtudes naturales y sobrenaturales, como la concepción de la perfección cristiana se desarrolla después victoriosamente; la perfección se hace posible, progresiva y llena de confianza en su objetivo final. La otra concepción, en cambio, la que llamamos total, parte de premisas optimistas: el hombre nace sin imperfecciones morales congénitas, es naturalmente bueno y santo, y ayudado por una educación que le permite un libre desarrollo, posee fuerzas bastantes para alcanzar con plenitud su forma ideal, con tal que el ambiente circunstante no atente contra la espontánea expresión de sus facultades; pero la experiencia desmiente demasiado a menudo este optimismo, que cede pronto a una visión pesimista, realista la llaman, de la que la literatura y la psicología ofrecen hoy bien tristes documentos (GS 10).

Ante todo, reforma interior

El punto que nos parece merecer reflexión por nuestra parte es el de la reforma que el hombre debe realizar en sí. De ella hemos hablado en nuestra primera encíclica “Ecclesiam suam”. Pero la reflexión sobre este tema nunca se agota porque la palabra “reforma” ha tenido diversos significados, entre ellos uno que recordamos, pero del que no queremos hablar ahora, el significado histórico-religioso, de vastísimas proporciones, llamado Reforma Protestante.

Hoy este término “reforma” vuelve a estar de moda y domina los procesos evolutivos e innovadores de la vida moderna. Y es en este sentido prevalentemente exterior, como se presenta a cada momento, incluso en las discusiones sobre la Iglesia, como reclamado por otro término que ha tenido tanto éxito, el de “aggiornamento”, renovación. Tampoco pretendemos ahora discurrir sobre este significado. Nos basta notar cómo muchos, interesados precisamente en dar al cristianismo una expresión viva y moderna, ponen mucha atención y confianza en una transformación exterior y jurídica de la Iglesia, en un cambio de “estructura”, como ahora se dice; y cómo a menudo esta anhelada reforma consiste en un conformismo con la mentalidad y las costumbres de nuestro tiempo. Puede existir en esto, bajo varios aspectos, una exigencia plausible de cambios organizativos y pastorales en el ordenamiento canónico de la Iglesia; la revisión en curso de toda la legislación canónica quiere precisamente responder a tal exigencia. Mas por lo que ahora nos interesa, sería insuficiente la mirada que se detuviese tan sólo sobre tal reforma exterior, por muy obligada y legítima que sea, y sería ilusoria aquella que exigiese, de un lado, construir una Iglesia incoherente con su valiosa tradición y delineada según arbitrarias escrituras, imaginadas por improvisados y nada autorizados reformadores, como si fuese permitido prescindir de la Iglesia, cual es apoyada en los principios constitucionales establecidos por Cristo mismo; e ilusoria, de otra parte, si la reforma, incluso promovida por un sincero espiritualismo, cayese en el molde de la vida secular, descuidando las exigencias propias de la fe y de la adhesión a la cruz del Señor. La advertencia de San Pablo suena en nuestros oídos: “Nolite conformari huic saeculo”, no queráis conformaros a este mundo (Rm 12,2); “ut non evacuetur cruz Christi”, a fin de que no resulte vana la Cruz de Cristo (1Co 1,17).

Todos llamados a la santidad

Es precisamente de aquella reforma interior, a la que todavía se refiere San Pablo, de la que queremos hablar: “Reformamini in novitate sensus vestri”, transformados renovando vuestra mentalidad (Rm 12,2). Ésta es la reforma más necesaria y más difícil. Cambiar los propios pensamientos, los propios gustos según la voluntad de Dios, corregir los propios defectos de que a menudo nos vanagloriamos como de nuestros principios y de nuestras cualidades, buscar una continua rectitud interior de sentimientos y de propósitos, dejarse guiar verdaderamente por el amor de Dios y, consiguientemente, por el amor del prójimo, escuchar de verdad por el amor de Dios y, consiguientemente, por el amor del prójimo, escuchar de verdad la palabra del Señor y, habituarnos a percibir con humildad y silencio interior la voz del Espíritu Santo, alimentar aquel “sentido de Iglesia” que nos hace fácil comprender cuanto de divino y cuanto de humano hay en ella, familiarizarnos con la sencillez y las renuncias que nos habilitan para la caridad y para el seguimiento lógico y generoso de Cristo: esta es la reforma que antes que ninguna otra nos es exigida.

Es la que el Concilio predica, casi con singular sorpresa en el contexto de otro tema, hablando del ecumenismo: “Así como toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en la acrecentada fidelidad a su vocación, esa es, sin duda, la razón del movimiento hacia la unidad. La Iglesia peregrina está llamada a esta continua reforma... No hay verdadero ecumenismo sin conversión interior” (UR, nn. 6-7). Dos conceptos preciosos en relación con el tema de la perfección cristiana: la conversión (la célebre “metanoia”), y su continuo progreso; una conversión, una rectificación continuada.

Son conceptos que podemos encontrar en otros documentos conciliares, especialmente en el relativo a la perfección religiosa, que, para ser tal, se encuentra vinculada no con propósitos ocasionales y efímeros, sin con votos de riguroso compromiso, duraderos y también perpetuos.

Hijos carísimos, si nosotros mismos preguntásemos al Señor qué debíamos hacer para ser verdaderamente fieles y recordásemos que todos, en cuanto que bautizados, en cuanto que miembros de la Iglesia, de diversas maneras somos llamados a la santidad (LG nn. 11. 40). Él terminaría por dar a cada uno de nosotros la correspondiente respuesta: “Si vis perfectus esse...”, si quieres ser perfecto... (Mt 19,20). Que cada uno de nosotros escuche la voz misteriosa y divina en la profundidad de la propia conciencia".

Fuente: Corazón Eucarístico de Jesús [1]